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PREFACIO
A LA PRIMERA EDICION DE 1884 Los
capítulos siguientes vienen a ser, en cierto sentido, la ejecución de un
testamento. Carlos Marx se disponía a exponer personalmente los resultados de las
investigaciones de Morgan en relación con las conclusiones de su (hasta cierto
punto, puedo decir nuestro) análisis materialista de la historia, para
esclarecer así, y sólo así, todo su alcance. En América, Morgan descubrió de
nuevo, y a su modo, la teoría materialista de la historia, descubierta por Marx
cuarenta años antes, y, guiándose de ella, llegó, al contraponer la barbarie y
la civilización, a los mismos resultados esenciales que Marx. Señalaré que los
maestros de la ciencia <<prehistórica>> en Inglaterra
procedieron con el Ancient Society de Morgan [*] del mismo modo que se
comportaron con El Capital de Marx los economistas gremiales de
Alemania, que estuvieron durante largos años plagiando a Marx con tanto celo
como empeño ponían en silenciarlo. Mi trabajo sólo medianamente puede remplazar
al que mi difunto amigo no logró escribir. Sin embargo, tengo a la vista, junto
con extractos detallados que hizo de la obra *
Ancient Society, or Researches in the Lines of Human Progress from Savagery
through Barbarism to Civilization. (<<Sociedad antigua, o investigaciones de las líneas de
progreso humano del salvajismo a través de la barbarie a la civilización>>). By Lewis
H. Morgan, London, MacMillan and Co., 1877. Este libro fue impreso en América, y es muy difícil
encontrarlo en Londres. El autor ha muerto hace algunos años. pág. 204
de
Morgan [*], glosas críticas que reproduzco aquí, siempre que cabe. Según la
teoría materialista, el factor decisivo en la historia es, en fin de cuentas,
la producción y la reproducción de la vida inmediata. Pero esta producción y
reproducción son de dos clases. De una parte, la producción de medios de
existencia, de productos alimenticios, de ropa, de vivienda y de los
instrumentos que para producir todo eso se necesitan; de otra parte, la
producción del hombre mismo, la continuación de la especie. El orden social en
que viven los hombres en una época o en un país dados, está condicionado por
esas dos especies de producción: por el grado de desarrollo del trabajo, de una
parte, y de la familia, de la otra. Cuanto menos desarrollado está el trabajo,
más restringida es la cantidad de sus productos y, por consiguiente, la riqueza
de la sociedad, con tanta mayor fuerza se manifiesta la influencia dominante de
los lazos de parentesco sobre el régimen social. Sin embargo, en el marco de
este desmembramiento de la sociedad basada en los lazos de parentesco, la
productividad del trabajo aumenta sin cesar, y con ella se desarrollan la
propiedad privada y el cambio, la diferencia de fortuna, la posibilidad de
emplear fuerza de trabajo ajena y, con ello, la base de los antagonismos de
clase: los nuevos elementos sociales, que en el transcurso de generaciones
tratan de adaptar el viejo régimen social a las nuevas condiciones hasta que, por
fin, la incompatibilidad entre uno y otras no lleva a una revolución completa.
La sociedad antigua, basada en las uniones gentilicias, salta al aire a
consecuencia del choque de las clases sociales recién formadas; y su lugar lo
ocupa una sociedad organizada en Estado y cuyas unidades inferiores no son ya
gentilicias, sino unidades territoriales; se trata de una sociedad en la que el
régimen familiar está completamente sometido a las relaciones de propiedad y en
la que se desarrollan libremente las contradicciones de clase y la lucha de
clases, que constituyen el contenido de toda la historia escrita hasta
nuestros días. El gran
mérito de Morgan consiste en haber encontrado en las uniones gentilicias de los
indios norteamericanos la clave para descifrar importantísimos enigmas, no
resueltos aún, de la historia antigua de Grecia, Roma y Alemania. Su obra no ha
sido trabajo de un día. Estuvo cerca de cuarenta años elaborando sus datos
hasta que consiguió dominar por completo la materia. Y su esfuerzo no ha sido
vano, pues su libro es uno de los pocos de nuestros días que hacen época. * Véase C. Marx Guión de
la obra de Lewis Morgan <<Ancient Society>>. (N. de la Edit.) pág. 205
En lo
que a continuación expongo, el lector distinguirá en términos generales fácilmente
lo que pertenece a Morgan y lo que he agregado yo. En los capítulos históricos
consagrados a Grecia y a Roma no me he limitado a reproducir la documentación
de Morgan y he añadido todos los datos de que yo disponía. La parte que trata
de los celtas y de los germanos es mía, esencialmente, pues los documentos de
que Morgan disponía al respecto eran de segunda mano y en cuanto a los
germanos, aparte de lo que dice Tácito, únicamente conocía las pésimas
falsificaciones liberales del señor Freeman. La argumentación económica he
tenido que rehacerla por completo, pues si bien era suficiente para los fines
que se proponía Morgan, no bastaba en absoluto para los que perseguía yo.
Finalmente, de por sí se desprende que respondo de todas las conclusiones hechas
sin citar a Morgan.
PREFACIO A LA CUARTA
EDICION DE 1891 CONTRIBUCION
A LA HISTORIA Las ediciones
precedentes, de las que se hicieron grandes tiradas, agotáronse hará cosa de
unos seis meses, por lo que el editor [*] venía dese hace tiempo rogándome que
preparase una nueva. Trabajos más urgentes me han impedido hacerlo hasta ahora.
Desde que apareció la primera edición han transcurrido ya siete años, en los
que el estudio de las formas primitivas de la familia ha logrado grandes
progresos. Por ello ha sido necesario corregir y aumentar minuciosamente mi
obra, con mayor razón porque se piensa estereotipar el libro y ello me privará,
por algún tiempo, de toda posibilidad de corregirlo. Como
digo, he revisado atentamente todo el texto y he introducido en él adiciones en
las que confío haber tenido en cuenta, debidamente, el actual estado de la ciencia.
Además, hago en este prólogo una breve exposición del desarrollo de la historia
de la familia desde Bachofen hasta Morgan; he procedido a ello, ante * J. Dietz. (N. de la Edit.) pág. 206
todo,
porque la escuela prehistórica inglesa, que tiene un marcado matiz chovinista,
continúa haciendo todo lo posible para silenciar la revolución que los
descubrimientos de Morgan han producido en las nociones de la historia
primitiva, aunque no siente el menor escrúpulo cuando se apropia los resultados
obtenidos por Morgan. Por cierto, también en otros países se sigue con excesivo
celo, en algunos casos, este ejemplo dado por los ingleses. Mi obra
ha sido traducida a varios idiomas. En primer lugar, al italiano: L'origine
della famiglia, della propietá privata e dello stato, versione riveduta
dall'autore, di Pasquale Martignetti, Benevento, 1855. Luego apareció la
traducción rumana: Origina familei, propietatei private si a statului,
traducere de Joan Nadejde, publicada en la revista de Iassi Contemporanul
[3] desde septiembre de 1885 hasta mayo de 1886. Luego al dinamarqués: Familjens,
privatejendommens og Statens Oprindelse, Dansk, af Forffatteren gennemgaet
Udgave, bes–rget of Gerson Tier, K–benhavn, 1888. Está imprimiéndose una
traducción francesa de Henri Ravé según esta edición alemana. * * * Hasta
1860 ni siquiera se podía pensar en una historia de la familia. Las ciencias
históricas hallábanse aún, en este dominio, bajo la influencia de los cinco
libros de Moisés. La forma patriarcal de la familia, pintada en esos cinco
libros con mayor detalle que en ninguna otra parte, no sólo era admitida sin
reservas como la más antigua, sino que se la identificaba - descontando la
poligamia- con la familia burguesa de nuestros días, de modo que parecía como
si la familia no hubiera tenido ningún desarrollo histórico; a lo sumo se
admitía que en los tiempos primitivos podía haber habido un período de
promiscuidad sexual. Es cierto que aparte de la monogamia se conocía la
poligamia en Oriente y la poliandría en la India y en el Tíbet; pero estas tres
formas no podían ser ordenadas históricamente de modo sucesivo, sino que
figuraban unas junto a otras sin guardar ninguna relación. También es verdad
que en algunos pueblos del mundo antiguo y entre algunas tribus salvajes aun existentes
la descendencia se cuenta por línea materna, y no paterna, siendo aquélla la
única válida, y que en muchos pueblos contemporáneos se prohibe el matrimonio
dentro de determinados grupos más o menos grandes -por aquel entonces aún no
estudiados de cerca-, dándose este fenómeno en todas las partes del mundo;
estos hechos, ciertamente, eran conocidos y cada día se agregaban a ellos
nuevos ejemplos. Pero nadie sabía cómo abordarlos e incluso en la obra de E. B.
Tylor Investigaciones de la Historia primitiva de la Humanidad, etc.
(1865) figuran
como pág. 207
<<costumbres
raras>>, al lado de la prohibición vigente en algunas tribus
salvajes de tocar la leña ardiendo con cualquier instrumento de hierro y otras
futilezas religiosas semejantes. El
estudio de la historia de la familia comienza en 1861, con el Derecho
materno de Bachofen. El autor formula allí las siguientes tesis: 1)
primitivamente los seres humanos vivieron en promiscuidad sexual, a la que
Bachofen da, impropiamente, el nombre de heterismo; 2) tales relaciones
excluyen toda posibilidad de establecer con certeza la paternidad, por lo que
la filiación sólo podía contarse por línea femenina, según el derecho materno;
esto se dio entre todos los pueblos antiguos; 3) a consecuencia de este hecho,
las mujeres, como madres, como únicos progenitores conocidos de la joven
generación, gozaban de un gran aprecio y respeto, que llegaba, según Bachofen,
hasta el dominio femenino absoluto (ginecocracia); 4) el paso a la monogamia,
en la que la mujer pertenece a un solo hombre, encerraba la
transgresión de una antiquísima ley religiosa (es decir, el derecho inmemorial
que los demás hombres tenían sobre aquella mujer), transgresión que debía ser
castigada o cuya tolerancia se resarcía con la posesión de la mujer por otros
durante determinado período. Bachofen
halló las pruebas de estas tesis en numerosas citas de la literatura clásica
antigua, reunidas por él con singular celo. El paso del <<heterismo>> a la
monogamia y del derecho materno al paterno se produce, según Bachofen
-concretamente entre los griegos-, a consecuencia del desarrollo de las
concepciones religiosas, a consecuencia de la introducción de nuevas
divinidades, que representan ideas nuevas, en el grupo de los dioses
tradicionales, encarnación de las viejas ideas; poco a poco los viejos dioses
van siendo relegados a segundo plano por los primeros. Así, pues, según
Bachofen no fue el desarrollo de las condiciones reales de existencia de los
hombres, sino el reflejo religioso de esas condiciones en el cerebro de ellos,
lo que determinó los cambios históricos en la situación social recíproca del
hombre y de la mujer. En correspondencia con esta idea, Bachofen interpreta la Orestiada
de Esquilo como un cuadro dramático de la lucha entre el derecho materno
agonizante y el derecho paterno, que nació y logró la victoria sobre el primero
en la época de las epopeyas. Llevada de su pasión por su amante Egisto,
Clitemnestra mata a Agamenón, su marido, al regresar éste de la guerra de
Troya; pero Orestes, hijo de ella y de Agamenón, venga al padre quitando la
vida a su madre. Ello hace que se vea perseguido por las Erinias, seres
demoníacos que protegen el derecho materno, según el cual el matridicio es el
más grave e imperdonable de los crímenes. Pero Apolo, que por mediación de su
oráculo ha incitado a Orestes a matar a su madre, y Atenea, que interviene como
juez (ambas divinidades pág. 208
representan
aquí el nuevo derecho paterno), defienden a Orestes. Atenea escucha a ambas
partes. Todo el litigio está resumido en la discusión que sostienen Orestes y
las Erinias. Orestes dice que Clitemnestra ha cometido un crimen doble por
haber matado a su marido y padre de su hijo. ¿Por qué las Erinias le
persiguen a él, cuando ella es mucho más culpable? La respuesta es
sorprendente: <<No estaba unida por los vínculos
de la sangre al hombre a quien ha matado>> [*] El
asesinato de una persona con la que no se está ligado por lazos de sangre,
incluso si es el marido de la asesina, puede expiarse y no concierne en lo más
mínimo a las Erinias. La misión que a ellas corresponde es perseguir el
homicidio entre consanguíneos, y el peor de estos crímenes, el único
imperdonable, según el derecho materno, es el matricidio. Pero aquí interviene
Apolo, el defensor de Orestes. Atenea somete el caso al areópago, el tribunal
jurado de Atenas; hay el mismo número de votos en pro de la absolución y en pro
de la condena; entonces Atenea, en calidad de presidente del Tribunal, vota en
favor de Orestes y lo absuelve. El derecho paterno obtiene la victoria sobre el
materno, los <<dioses de la nueva generación>>, según
se expresan las propias Erinias, vencen a éstas, que, al fin y a la postre, se
resignan a ocupar un puesto diferente al que han venido ocupando y se ponen al
servicio del nuevo orden de cosas. Esta
nueva y muy acertada interpretación de la Orestiada es uno de los más
bellos y mejores pasajes del libro de Bachofen, pero al mismo tiempo es la
prueba de que Bachofen cree, como en su tiempo Esquilo, en las Erinias, en
Apolo y en Atenea, es decir, cree que estas divinidades realizaron en la época
heroica griega el milagro de echar abajo el derecho materno y de sustituirlo
por el paterno. Es evidente que tal concepción, que estima la religión como la
palanca decisiva de la historia mundial, se reduce, en fin de cuentas, al más
puro misticismo. Por ello, estudiar a fondo el voluminoso tomo de Bachofen es
una labor ardua y, en muchos casos, poco provechosa. Sin embargo, lo dicho no
disminuye su mérito como investigador que ha abierto una nueva senda, ya que ha
sido el primero en sustituir las frases acerca de aquel ignoto estadio
primitivo con promiscuidad sexual por la demostración de que en la literatura
clásica griega hay muchas huellas de que entre los griegos y entre los pueblos
asiáticos existió, en efecto, antes de la monogamia, un estado social en el que
no solamente el hombre mantenía relaciones sexuales con varias mujeres, sino
que también la mujer mantenía relaciones sexuales * Esquilo. Orestiada.
Euménidas. (N. de la Edit.) pág. 209
con
varios hombres, sin faltar por ello a los hábitos establecidos. Bachofen probó
que este uso no desapareció sin dejar huellas bajo la forma de la necesidad,
para la mujer, de entregarse por un período determinado a otros hombres,
entrega que era el precio de su derecho al matrimonio único; que, por tanto,
primitivamente no podía contarse la descendencia sino en línea femenina, de
madre a madre; que esta validez exclusiva de la filiación femenina se mantuvo
largo tiempo, incluso en el período de la monogamia con la paternidad
establecida, o por lo menos, reconocida; y, por último, que esta situación
primitiva de las madres, como únicos genitores ciertos de sus hijos, aseguró a
aquéllas y, al mismo tiempo, a las mujeres en general, una posición social más
elevada de la que desde entonces acá nunca han tenido. Es cierto que Bachofen
no emitió esos principios con tanta claridad, por impedírselo el misticismo de
sus concepciones; pero los demostró, y ello, en 1861, fue toda una revolución. El
voluminoso tomo de Bachofen estaba escrito en alemán, es decir, en la lengua de
la nación que menos se interesaba entonces por la prehistoria de la familia
contemporánea. Por eso permaneció casi ignorado. El más inmediato sucesor de
Bachofen en este terreno entró en escena en 1865, sin haber oído hablar de él
nunca jamás. Este
sucesor fue J. F. MacLennan, el polo opuesto de su predecesor. En lugar de
místico genial, tenemos aquí a un árido jurisconsulto; en vez de una exultante
y poética fantasía, las plausibles combinaciones de un alegato de abogado.
MacLennan encuentra en muchos pueblos salvajes, bárbaros y hasta civilizados de
los tiempos antiguos y modernos, una forma de matrimonio en que el novio, solo
o asistido por sus amigos, está obligado a arrebatar su futura esposa a sus
padres, simulando un rapto por violencia. Esta usanza debe ser vestigio de una
costumbre anterior, por la cual los hombres de una tribu adquirían mujeres
tomándolas realmente por la fuerza en el exterior, en otras tribus. Pero ¿cómo
nació ese <<matrimonio por rapto>>?.
Mientras los hombres pudieron hallar en su propia tribu suficientes mujeres, no
había ningún motivo para semejante procedimiento. Por otra parte, con frecuencia
no menor encontramos en pueblos no civilizados ciertos grupos (que en 1865 aún
solían identificarse con las tribus mismas) en el seno de los cuales estaba
prohibido el matrimonio, viéndose obligados los hombres a buscar esposas y las
mujeres esposos fuera del grupo; mientras tanto, en otros pueblos existe una
costumbre en virtud de la cual los hombres de cierto grupo vienen obligados a
tomar mujeres sólo en el seno de su mismo grupo. MacLennan llama <<tribus>> exógamas
a los primeros, endógamas a los segundos, y a renglón seguido y sin más
circunloquios señala que existe una pág. 210
antítesis
bien marcada entre las <<tribus>>
exógamas y endógamas. Y aún cuando sus propias investigaciones acerca de la
exogamia le meten por los ojos el hecho de que esa antítesis en muchos, si no
en la mayoría o incluso en todos los casos, existe solamente en su imaginación,
no por eso deja de tomarla como base de toda su teoría. Según esta, las tribus
exógamas no pueden tomar mujeres sino de otras tribus, cosa que, dada la guerra
permanente entre las tribus, tan propia del estado salvaje, sólo puede hacerse
mediante el rapto. MacLennan
plantea más adelante: ¿De dónde proviene esa costumbre de la exogamia? A su
parecer, nada tienen que ver con ella las ideas de la consanguinidad y del
incesto, nacidas mucho más tarde. La causa de tal usanza pudiera ser la
costumbre muy difundida entre los salvajes, de matar a las niñas en seguida que
nacen. De eso resultaría un excedente de hombres en cada tribu tomada por
separado, siendo la inmediata consecuencia de ello que varios hombres tendrían
en común una misma mujer, es decir, la poliandría. De aquí se desprende, a su
vez, que se sabía quien era la madre del niño, pero no quién era su padrea; por
ello la ascendencia sólo se contaba en línea materna, y no paterna (derecho
materno). Y otra consecuencia de la escasez de mujeres en el seno de la tribu,
escasez atenuada, pero no suprimida, por la poliandría, era precisamente el
rapto sistemático de mujeres de tribus extrañas. <<Desde el momento en que la
exogamia y la poliandria proceden de una sola causa, del desequilibrio numérico
entre los sexos, debemos considerar que entre todas las razas exogámicas ha
existido primitivamente la poliandría... Y por esto debemos tener por
indiscutible que entre las razas exógamas el primer sistema de parentesco era
aquel que sólo reconocía el vínculo de la sangre por el lado materno>>. (MacLennan, Studies in
ancient History, 1886 Primtive Marriage. p. 124 [Estudios de
Historia Antigua, 1886. Matrimonio primitivo, pág. 124].) El
mérito de MacLennan consiste en haber indicado la difusión general y la gran
importancia de lo que él llama exogamia. En cuanto al hecho de la existencia de
grupos exógamos, no lo ha descubierto, y menos todavía lo ha
comprendido. Sin hablar ya de las noticias anteriores y sueltas de numerosos
observadores -precisamente las fuentes donde ha bebido MacLennan-, Latham había
descrito con mucha exactitud y precisión (Descriptive ethnology [Etnología
descriptiva], 1859) ese fenómeno entre los magares[4] de la India y había
dicho que estaba universalmente difundido y se encontraba en todas las partes
del mundo. Este pasaje lo cita el propio MacLennan. Además, también nuestro
Morgan había observado y descrito perfectamente en 1847, en sus cartas acerca
de los iroqueses (American Review), y en 1851, en su pág. 211
La Liga
de los Iroqueses, este mismo fenómeno, mientras que el ingenio
triquiñuelista de MacLennan ha introducido aquí una confusión mucho mayor que
la aportada por la fantasía mística de Bachofen en el terreno del derecho
materno. Otro mérito de MacLennan consiste en haber reconocido como primario el
orden de descendencia con arreglo al derecho materno, aunque también aquí se le
adelantó Bachofen, según lo confiesa aquél más tarde. Pero tampoco aquí ve
claras las cosas, pues habla sin cesar de <<parentesco
en línea femenina solamente>> (kinship through females
only), empleando continuamente esta expresión, exacta para un período
anterior, en el análisis de fases del desarrollo más tardías en que, si bien es
cierto que la filiación y el derecho de herencia siguen contándose
exclusivamente según la línea materna, el parentesco por línea paterna está ya
reconocido y fijado. Observamos aquí la estrechez de criterio del
jurisconsulto, que se forja un término jurídico fijo y continúa aplicándolo,
sin modificarlo, a circunstancias para las que es ya inservible. Parece
ser que, a pesar de su verosimilitud, la teoría de MacLennan parecióle a su
autor no muy bien asentada. Por lo menos, le llama la atención el <<hecho, digno de ser notado, de que
la forma de rapto (simulado) de las mujeres se observe marcada y nítidamente
entre los pueblos en que predomina el parentesco masculino (es decir, la
descendencia en línea paterna)>> (pág. 140). Más
adelante dice: <<Es muy extraño que, según las
noticias que poseemos, el infanticidio no se practique por sistema allí donde
coexisten la exogamia y la más antigua forma de parentesco>> (pág.
146). Estos
dos hechos rebaten directamente su manera de explicar las cosas, y MacLennan no
puede oponerle sino nuevas hipótesis más embrolladas aún. Sin
embargo, su teoría fue acogida en Inglaterra con gran aprobación y simpatía.
MacLennan fue considerado aquí por todo el mundo como el fundador de la
historia de la familia y como la primera autoridad en la materia. Su antítesis
entre las <<tribus>>
exógamas y endógamas continuó siendo, a pesar de ciertas excepciones y
modificaciones comprobadas, la base reconocida de las opiniones dominantes y se
trocó en las anteojeras que impedían ver libremente el terreno explorado y, por
consiguiente, todo progreso decisivo. Ante la exageración de los méritos de
MacLennan, hoy costumbre en Inglaterra y, siguiendo a ésta, fuera de ella,
debemos señalar que con su antítesis de <<tribus>> exóga- pág. 212
mas y
endógamas, basada en la más pura confusión, ha causado más daño que servicios
ha prestado con sus investigaciones. Entretanto,
pronto empezaron a ser conocidos hechos que ya no cabían en el frágil molde de
su teoría. MacLennan sólo conocía tres formas de matrimonio: la poligamia, la
poliandría y la monogamia. Pero así que se centró la atención en este punto, se
hallaron pruebas, cada vez más numerosas, de que entre los pueblos no
desarrollados existían otras formas de matrimonio, en las que varios hombres
tenían en común varias mujeres; y Lubbock (El origen de la civilización,
1870) reconoció como un hecho histórico este matrimonio por grupos (Communal
marriage). Poco
después (en 1871) apareció en escena Morgan, con documentos nuevos y decisivos
desde muchos puntos de vista. Habíase convencido de que el sistema de
parentesco propio de los iroqueses, y vigente aún entre ellos, era común a
todos los aborígenes de los Estados Unidos, es decir, que estaba difundido en
un continente entero, aun cuando se encuentra en contradicción formal con los
grados de parentesco que resultan del sistema conyugal allí imperante. Incitó
entonces al gobierno federal americano a que recogiese informes acerca del
sistema de parentesco de los demás pueblos, según un formulario y unos cuadros
confeccionados por él mismo. Y de las respuestas dedujo: 1) que el sistema de
parentesco de los indios americanos estaba igualmente en vigor en Asia y, bajo
una forma poco modificada, en muchas tribus de Africa y Australia; 2) que este
sistema tenía su más completa explicación en una forma de matrimonio por grupos
que se hallaba en proceso de extinción en Hawai y en otras islas australianas,
3) que en estas mismas islas existía, junto a esa forma de matrimonio, un
sistema de parentesco que sólo podía explicarse mediante una forma,
desaparecida hoy, de matrimonio por grupos más primitivo aún. Morgan publicó
las noticias reunidas y las conclusiones deducidas de ellas en su Sistemas
de consanguinidad y afinidad, en 1871, y llevó así la discusión a un
terreno infinitamente más amplio. Tomando como punto de partida los sistemas de
parentesco y reconstituyendo las formas de familia a ellos correspondientes,
abrió nuevos caminos a la investigación y dio la posibilidad de ver mucho más lejos
en la prehistoria de la humanidad. De haber sido aceptado este método, las
frágiles construcciones de MacLennan hubieran quedado reducidas a polvo. MacLennan
salió en defensa de su teoría con una nueva edición del Matrimonio
primitivo (Estudios de Historia Antigua, 1875). Aunque él mismo
construye la historia de la familia basándose en simples hipótesis y de una
manera artificial en extremo, exige a Lubbock y a Morgan, no sólo la prueba de
cada una de sus aseveraciones, sino pruebas irrefutables, las únicas admitidas
en pág. 213
los
tribunales de justicia escoceses. ¡Y eso lo hace un hombre quien, apoyándose en
el íntimo parentesco entre el tío materno y el sobrino en los germanos (Tácito:
Germania, cap. XX), en el relato de César de que los bretones tienen
sus mujeres en común por grupos de diez o doce, y en todas las demás relaciones
que los autores antiguos hacen de las mujeres entre los bárbaros, deduce sin
vacilación que la poliandría ha reinado en todos esos pueblos! Parece que se
está oyendo a un fiscal que se toma entera libertad para amañar sus
conclusiones y exige, en cambio, al defensor la prueba más formal y más
jurídicamente valedera de cada palabra que éste pronuncie. Afirma
que el matrimonio por grupos es pura invención, y queda, así, muy por debajo de
Bachofen. Según él, los sistemas de parentesco de Morgan no son sino
simplemente fórmulas de cortesía social, demostradas por el hecho de que al
dirigir los indios la palabra hasta a un extranjero, a un blanco, lo tratan de
hermano o de padre. Esto es lo mismo que si se quisiera asegurar que las
palabras padre, madre, hermano y hermana son puras fórmulas de apóstrofe sin
significación, porque a los sacerdotes y a las abadesas católicas se los saluda
igualmente con los nombres de padre y madre, y porque los frailes y las monjas,
lo mismo que los masones y los miembros de los sindicatos ingleses, se tratan
entre sí de hermanos y hermanas en sus reuniones solemnes. En una palabra, la
defensa de MacLennan no pudo ser más floja. Pero
quedaba un punto en el que era invulnerable. Su antítesis de las <<tribus>>
exógamas y endógamas, base de su sistema, lejos de vacilar, se reconocía
universalmente como el fundamento de toda la historia de la familia. Se admitía
que el intento de demostrar esta antítesis hecho por MacLennan era insuficiente
y estaba en contradicción con los datos por él mismo aportados. Pero se
consideraba como un evangelio indiscutible la antítesis misma, la existencia de
dos tipos, exclusivos entre sí, de tribus autónomas e independientes, de los
cuales uno tomaba sus mujeres en la misma tribu, mientras que al otro le estaba
eso terminantemente prohibido. Consúltese, por ejemplo, Orígenes de la
familia, de Giraud-Teulon (1874), y aun la obra de Lubbock El origen
de la civilización (4a edición, 1882). Aparece
luego el trabajo fundamental de Morgan, Studies in Ancient History
(1877), que forma la base de la obra que ofrezco al lector. Aquí Morgan
desarrolla con plena nitidez lo que en 1871 conjeturaba vagamente. La endogamia
y la exogamia no forman ninguna antítesis; la existencia de <<tribus>>
exógamas no está demostrada hasta ahora en ninguna parte. Pero, en la época en
que aún dominaba el matrimonio por grupos -que, según toda verosimilitud, ha
existido en tiempos en todas partes-, la pág. 214
tribu se
escindió en cierto número de grupos, de gens consanguíneas por línea materna,
en el seno de las cuales estaba rigurosamente prohibido el matrimonio, de tal
suerte que los hombres de una gens, si bien es verdad que podían tomar mujeres
en la tribu, y las tomaban efectivamente en ella, venían obligados a tomarlas
fuera de su propia gens. De este modo, si la gens era estrictamente exógama, la
tribu que comprendía la totalidad de las gens era endógama en la misma medida.
Esta circunstancia dio al traste con los restos de las sutilezas de MacLennan. Pero
Morgan no se limitó a esto. La gens de los indios americanos le sirvió, además,
para dar un segundo y decisivo paso en la esfera de sus investigaciones. En esa
gens, organizada según el derecho materno, descubrió la forma primitiva de
donde salió la gens ulterior, basada en el derecho paterno, la gens tal como la
encontramos en los pueblos civilizados de la antigüedad. La gens griega y
romana, que había sido hasta entonces un enigma para todos los historiadores,
quedó explicada partiendo de la gens india, y con ello se dio una base nueva
para el estudio de toda la historia primitiva. El
descubrimiento de la primitiva gens de derecho materno, como etapa anterior a
la gens de derecho paterno de los pueblos civilizados, tiene para la historia
primitiva la misma importancia que la teoría de la evolución de Darwin para la
biología, y que la teoría de la plusvalía, enunciada por Marx, para la Economía
política. Este descubrimiento permitió a Morgan bosquejar por vez primera una
historia de la familia, donde, por lo menos en líneas generales, quedaron
asentados previamente, en cuanto lo permiten los datos actuales, los estadios
clásicos de la evolución. Para todo el mundo está claro que con ello se inicia
una nueva época en el estudio de la prehistoria. La gens de derecho materno es
hoy el eje alrededor del cual gira toda esta ciencia; desde su descubrimiento,
se sabe en qué dirección encaminar las investigaciones y qué estudiar, así como
de qué manera de debe agrupar los resultados obtenidos. Por eso hoy se hacen en
este terreno progresos mucho más rápidos que antes de aparecer el libro de
Morgan. También
en Inglaterra todos los investigadores de la prehistoria admiten hoy los
descubrimientos de Morgan, aunque sería más exacto decir que se han apropiado
de ellos. Pero casi ninguno de estos investigadores declara francamente que es
a Morgan a quien debemos esa revolución en las ideas. En Inglaterra se pasa en
silencio su libro siempre que es posible; en cuanto al propio autor, se limitan
a condescendientes elogios de sus trabajos anteriores; escarban con celo
en pequeños detalles de su exposición, pero silencian, contumaces, sus
descubrimientos, verdaderamente pág. 215
importantes.
La primera edición de Ancient Society se agotó; en América las
publicaciones de este tipo se venden mal; en Inglaterra parece que la
publicación de este libro ha sido saboteada sistemáticamente, y la única
edición en venta de esta obra, que forma época, es la traducción alemana. ¿Por qué
esa reserva, en la cual es difícil no advertir una conspiración del silencio,
sobre todo si se toma en cuenta las numerosas citas hechas por simple cortesía,
y otras pruebas de camaradería en que abundan las obras de nuestros reconocidos
investigadores de la prehistoria? ¿Quizá porque Morgan es americano, y resulta
muy duro para los historiadores ingleses, a pesar del muy meritorio celo que
ponen en acopiar documentos, tener que depender en cuanto a los puntos de vista
generales necesarios para ordenar y agrupar los datos, en una palabra, en
cuanto a sus ideas, de dos extranjeros de genio, de Bachofen y de Morgan?. Aun
pudiera pasar el alemán, pero ¡el americano!. En presencia de un americano
vuélvese patriota todo inglés; he visto en los Estados Unidos ejemplos
graciosísimos[5]. Agréguese a esto que MacLennan fue, en cierto modo,
proclamado oficialmente el fundador y el jefe de la escuela prehistórica
inglesa; que, hasta cierto punto, en prehistoria se consideraba de buen tono no
hablar sino con el más profundo respeto de su alambicada construcción
histórica, que conducía desde el infanticidio a la familia de derecho materno,
pasando por la poliandría y el matrimonio por rapto. Teníase como grave
sacrilegio manifestar la menor duda acerca de la existencia de <<tribus>>
endógamas y exógamas que se excluían absolutamente unas a otras; por tanto,
Morgan, al disipar como humo todos estos dogmas consagrados, cometió una
especie de sacrilegio. Además, los hacía desvanecerse con argumentos cuya sola
exposición bastaba para que todo el mundo los admitiese como evidentes. Y los
adoradores de MacLennan, que hasta entonces vacilaban, perplejos, entre la
exogamia y la endogamia, sin saber qué camino tomar, casi se vieron obligados a
darse de puñadas en la frente, y exclamar: <<¿Cómo
hemos podido ser tan pazguatos para no haber descubierto todo esto nosotros
mismos hace mucho tiempo?>>. Y como
si tantos crímenes no fuesen aún suficientes para que la escuela oficial diese
fríamente la espalda a Morgan, éste hizo desbordarse la copa, no sólo
criticando, de un modo que recuerda a Fourier, la civilización y la sociedad de
la producción mercantil, forma fundamental de nuestra sociedad presente, sino
hablando además de una transformación de esta sociedad en términos que hubieran
podido salir de labios de Carlos Marx. Por eso Morgan se llevó su merecido
cuando MacLennan le espetó indignado que el <<método
histórico le es absolutamente antipático>> y
cuando el profesor Giraud-Teulon se lo repitió en pág. 216
Ginebra,
en 1884. Y, sin embargo, el mismo señor Giraud- Teulon erraba impotentemente en
1874 (Orígenes de la familia) por el laberinto de la exogamia
maclennanesca, ¡de donde sólo Morgan había de sacarlo!. Huelga
detallar aquí los demás progresos que debe a Morgan la prehistoria; en el curso
de mi trabajo se hallará lo que es preciso decir acerca de este asunto. Los
catorce años transcurridos desde que apareció su obra capital, han aumentado
mucho el acervo de nuestros datos históricos acerca de las sociedades humanas
primitivas. En adición a los antropólogos, viajeros e investigadores
profesionales de la prehistoria, han salido al palenque los representantes de
la jurisprudencia comparada, que han aportado nuevos datos y nuevos puntos de
vista. Algunas hipótesis de Morgan han llegado a bambolearse y hasta a caducar.
Pero los nuevos datos no han sustituido en parte alguna por otras sus muy
importantes ideas principales. El orden introducido por él en la historia
primitiva subsiste aún en lo fundamental. Incluso puede afirmarse que este
orden va siendo reconocido generalmente en la misma medida en que se intenta
ocultar quién es el autor de este gran avance[*]. Federico
Engels Londres, 16 de junio de
1891
* Al regresar de Nueva York, en
septiembre de 1888, encontré a un ex diputado al Congreso por la
circunscripción de Rochester, el cual había conocido a Lewis Morgan. Por
desgracia, no supo contarme gran cosa acerca de él. Morgan había vivido como un
particular en Rochester, ocupado únicamente en sus estudios. Su hermano había
sido coronel y ocupaba un puesto en el Ministerio de la Guerra en Washington;
gracias a la mediación de este hermano, había conseguido interesar al gobierno
en sus investigaciones y hacer publicar varias de sus obras a expensas del erario
público; mi interlocutor también le había ayudado varias veces a ello mientras
estuvo en el Congreso. pág. 217
EL
ORIGEN DE LA FAMILIA,
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