El oro del Rin, El barbero de sevilla, Opera en dos actos (1916) - Libreto de Cesare Sterbini, sobre "Le barbier de Séville", de Pierre de Beaumarchais, Aída.
TRABAJO PRACTICO
DE MUSICA
PROFESORA MARIA
INES NÚÑEZ
COLEGIO NACIONAL
DE BUENOS AIRES
3°5° - 2002
Opera en dos actos (1916) - Libreto de Cesare Sterbini
sobre "Le barbier de Séville", de Pierre de Beaumarchais
Una plaza de Sevilla con la casa del doctor Bartolo
El Conde de Almaviva, oculto bajo el nombre de Lindoro,
corteja a la bella Rosina, pero ésta no puede hablarle porque es celosamente
custodiada por su viejo tutor, el doctor Bartolo, quien pretende casarse con la
joven.
Al despuntar el alba, llega el Conde dispuesto a dar una
serenata a su amada. Una vez terminado el canto, paga a sus acompañantes, que
sorprendidos por la generosidad de la retribución expresan con entusiasmo su
reconocimiento. El Conde queda solo con su servidor Fiorello, cuando aparece
Fígaro, conocido barbero, cuyas múltiples tareas le abren todas las puertas.
El barbero reconoce a Almaviva, pero éste le recomienda no
mencionar su nombre ya que se encuentra de incógnito en Sevilla. Inmediatamente
pide a Fígaro que le concierte una entrevista con Rosina. La joven aparece en
el balcón y logra deslizar una carta que cae a los pies de su enamorado. Fígaro
lee rápidamente el contenido de la misiva. La joven corresponde al amor de
Almaviva pero le dice que su viejo tutor la vigila constantemente. Ahora sólo
desea saber su nombre, su estado y sus intenciones. Don Bartolo sale en ese
momento, recomendando a su criado no abrir la puerta a nadie, con la sola
excepción de Don Basilio. Don Bartolo planea, con la ayuda de éste, casarse ese
mismo día con Rosina. Al desaparecer el anciano, Fígaro y Almaviva ponen a
punto su plan.
El Conde canta una nueva serenata, revelando a Rosina su
supuesto nombre de Lindoro. La joven contesta prudentemente. Fígaro, previa
promesa de abundante retribución, aconseja al Conde que se disfrace de soldado
y, fingiéndose ebrio, se presente en casa de Don Bartolo, exigiendo
alojamiento. El astuto barbero se siente dichoso ante la promesa de dinero que
le hace Almaviva, mientras éste sueña con el momento ya próximo de reunirse con
su amada.

Casa del doctor Bartolo
Rosina recuerda los ecos de la voz que ha escuchado hace
poco frente a su ventana. El nombre de Lindoro despierta en ella un sentimiento
afectivo, convencida de que este amor naciente la hará triunfar sobre la
obstinación de su tutor. Se presenta Fígaro, quien hace comprender a la joven
que debe comunicarle algo importante, pero tiene que esconderse porque se
aproxima Don Bartolo. Entra éste y en un arranque de celos se enfurece contra
el barbero. En este momento aparece Don Basilio, un clérigo que además de su
profesión de maestro de música, se dedica a arreglar matrimonios. Concierta con
Don Bartolo la manera de desacreditar al Conde de Almaviva propalando una
calumnia sobre él. Los dos entran en una habitación vecina para arreglar el
contrato de matrimonio que el doctor quiere celebrar con Rosina. Entretanto,
Fígaro explica a la joven que el personaje con quien ella lo vio hablar desde
el balcón y que la corteja, es un joven llamado Lindoro, al que sería
conveniente enviar una cartita animándole en su pretensión. Pero Don Bartolo,
apenas vuelve, advierte que su pupila ha escrito la carta y la reconviene
acosándola con preguntas que la joven elude astutamente.
Se oyen fuertes golpes en la puerta. Berta, la vieja criada
de Don Bartolo, acude presurosa disponiéndose a abrir, cuando entra el Conde en
traje de soldado y fingiéndose ebrio, de acuerdo con las indicaciones que le
hiciera Fígaro. El soldado, mofándose de Don Bartolo, quiere hacer valer su
derecho de alojamiento, pero el doctor sostiene que no está obligado a
admitirlo. Almaviva provoca un gran alboroto, circunstancia que aprovecha para
darse a conocer a Rosina y pasarle una carta. Don Bartolo protesta, aparece
Fígaro fingiendo gran sorpresa, todos gritan y en eso llega la fuerza pública
para reprimir el desorden y llevarse preso al soldado. Pero éste se da a
conocer al oficial, que le rinde honores, entre el asombro de todos y la
indignación de Don Bartolo, que es objeto de la burla general.

Casa del doctor Bartolo
Mientras Don Bartolo cavila sobre quién puede ser el
soldado, al cual nadie conoce en el regimiento, se le aparece el Conde disfrazado
de clérigo; le dice que se llama Don Alonso y que es maestro de música y
discípulo de Don Basilio. Viene a sustituirle para dar lección a Rosina, por
hallarse aquél enfermo. Don Bartolo al principio rehusa, pero mostrándole Don
Alonso una carta de Rosina dirigida al Conde, y que él obtuvo por casualidad,
el doctor se calma y convienen en que el maestro de música, mientras imparte su
lección a Rosina, le hará creer que Lindoro la engaña. Don Bartolo llama a
Rosina, le presenta a Don Alonso y ante la sorpresa de la joven, que reconoce
instantáneamente al Conde bajo su nuevo disfraz, se inicia la lección de canto,
a la cual el tutor asiste embelesado, recordando él también un motivo musical
de sus tiempos. Llega Fígaro con el objeto de afeitar al doctor, y recibe de
éste un manojo de llaves para que vaya a buscar en otra habitación lo necesario
para su tarea.
Pero en cuanto el barbero tiene en su poder las llaves,
sustrae de entre ellas una que sirve para abrir la celosía de la ventana, por
donde a la medianoche escaparán Rosina y Almaviva. Mientras Fígaro se dispone a
afeitar a Don Bartolo, ante el estupor de todos se presenta Don Basilio. Pero
el Conde no pierde su serenidad y entrega al clérigo una bolsa de dinero.
Secundado por Fígaro, lo obliga a retirarse, diciéndole que está muy enfermo y
que debe guardar cama. Fígaro sigue afeitando a Don Bartolo, mientras los
enamorados conciertan la fuga para la noche, pero son sorprendidos por el
tutor. Se origina un escándalo y en medio de enorme confusión, Fígaro y el
Conde huyen. Luego Berta se lamenta de su suerte, comentando el irascible
carácter de su señor y las continuas reyertas con la pupila por los deseos
matrimoniales opuestos. Entra Don Bartolo y muestra a Rosina la carta que
anteriormente le dio el supuesto Don Alonso, asegurándole que éste y Fígaro
traman entregar la joven al vil Conde Almaviva. Rosina, desilusionada y llena
de despecho acepta entonces casarse con el tutor, al mismo tiempo que lo entera
del plan de fuga preparado para la medianoche. Don Bartolo corre a trancar las
puertas.
La escena queda sola, desencadenándose una tempestad. Entran
el Conde y Fígaro, que vienen en busca de Rosina. Pero ésta rechaza indignada
al joven pretendiente. El Conde, encantado de que Rosina prefiera un amante
sincero aunque pobre a un marido noble pero falso, revela su verdadera
identidad. Los enamorados se reúnen en un abrazo, mientras Fígaro los observa
satisfecho. Esta escena es interrumpida por Don Basilio, quien regresa ahora
para unir en matrimonio a Rosina y a Don Bartolo, pero ante la sorpresiva
persuasión de una pistola, se ve obligado a casar a Rosina y al Conde. Llega
Don Bartolo seguido por la policía y se dispone a detener a todos. El Conde se
da a conocer. El contrato matrimonial ha sido ya firmado: Rosina es ahora la
esposa del Conde de Almaviva. El doctor reprocha a Don Basilio por haberlo
traicionado y actuar además como testigo, aceptando finalmente la situación.
Todo concluye en medio de general regocijo.
Aída
Cuadro Primero: Antesala en el Palacio del Faraón en Menfis
Los etíopes han amenazado nuevamente a Egipto con la guerra
por cuyo motivo Ramfis, el gran sacerdote, en diálogo con el capitán Radamés,
informa que ha interrogado a la diosa Isis en su templo de Menfis, para que
ella señale quién debe ser el jefe del ejército en la temible lucha. En el
palacio real indicará ahora al soberano, el nombre pronunciado por la diosa.
Radamés, anhela ansiosamente ser elegido. Está resuelto a ofrecer toda la
gloria del triunfo a la esclava Aída, a quien ama apasionadamente, y a
solicitar al Faraón su libertad, como general victorioso y en recompensa de sus
méritos. El mundo que lo rodea desaparece para él al pensar en Aída. Ni una
mirada, ni una palabra dedicada a la princesa Amneris quien se hace presente y
que está secretamente enamorada del capitán. Esta pregunta a Radamés si es
solamente el afán de gloria y la ambición, o son otras esperanzas más dulces
las que le incitan a la lucha.
El Faraón, los sacerdotes y ministros se reúnen para el
consejo de guerra, al cual un mensajero refiere los horrores de la agresión
enemiga. El ejército de los etíopes, acaudillado por Amonasro, su implacable
rey, avanza hacia Tebas, saqueándolo todo. Pero los egipcios se defenderán y
podrán vencer a los invasores. El Faraón proclama el nombre indicado por Isis:
¡Radamés! Amneris le entrega la insignia de guerra, dirigiéndole un profético
saludo de despedida: ¡Vuelve vencedor! Acompañado por aclamaciones jubilosas e
himnos de guerra, se dirige al templo para recibir la espada sagrada. Aída se
queda sola. Nadie sospecha allí que Amonasro, rey de los etíopes, es su padre.
Ella también ha victoreado a Radamés, y anhela el triunfo de su amado, aunque
como hija de aquél debería desear su muerte. Amor y deber de hija se enfrentan.
La victoria etíope sería pues la libertad de la esclava y la venganza de su
patria; pero sería también la derrota o la muerte de su amado. Aída, en su
terrible desesperación, invoca la piedad de los dioses.
Cuadro Segundo: El Templo de Ftah
Los sacerdotes entonan sus plegarias al dios Ftah,
implorando la victoria del ejército egipcio, y las sacerdotistas ejecutan sus
danzas sagradas. Ramsis y Radamés, rinden también homenaje a Ftah, y al
guerrero, lleno de alegría, ignorando que va a combatir al padre de Aída,
vislumbra ya la brillante victoria de su patria y de su amor.

Cuadro Primero: En el Palacio del Faraón en Tebas
Cantos y danzas distraen a la princesa Amneris, quien aún
espera conquistar a su amado Radamés. Ahora, por fin, antes de la celebración
de la victoria, desea tener seguridad con respecto a Aída. Con un ardid arranca
a la esclava la confesión de su amor: alarmada por la falsa noticia de la muerte
de Radamés en la lucha, que le comunica la princesa, Aída pierde la entereza.
Su regocijo al enterarse que Amneris la ha engañado, elimina todas las dudas:
la princesa y la esclava son rivales. Por un instante reacciona la sangre real
de Aída, pero de inmediato recobra su dominio. Humildemente pide merced a
Amneris, pero su rival se ha dispuesto a saborear su poder: durante la llegada
de las tropas y la recepción de los héroes, Aída deberá estar a su lado.
Humillándola con soberbia y crueldad, Amneris se retira, dejándola desolada.
Cuadro Segundo: Pórtico Real en la Ciudad de Tebas
El pueblo se congrega para recibir al triunfante ejército y
a su heroico jefe. Desfilan los vencedores, se celebran danzas y, finalmente
aclamado por todos, entra Radamés conducido como líder victorioso. El Faraón le
saluda y Amneris, en premio de su hazaña, coloca sobre su cabeza la corona
triunfal. Radamés pide que sean traídos los prisioneros. Entre los últimos
viene Amonasro. Aída se precipita al encuentro de su padre. Pero Amonasro le
ordena guardar silencio. Se hace pasar por un oficial del rey de los etíopes
que, según él, ha caído en la lucha, y suplica merced para sus compañeros
presos. El pueblo se une a su ruego; pero los sacerdotes, con Ramfis en primer
lugar, previenen al faraón contra la clemencia mal empleada, de la cual después
se arrepentirán.
Radamés pide la vida y la libertad de los prisioneros
etíopes. El Rey cumple con su palabra, pero Aída y el padre deberán quedarse
por consejo del Sumo Sacerdote, como garantía de la paz. El Faraón concede a
Radamés la mano de su hija: algún día gobernará Egipto como esposo de Amneris.
Todos aclaman al héroe, quien parece resignarse a su suerte. Aída ve
derrumbarse sus sueños de felicidad. Amonasro trata de alentarla diciéndole que
la venganza sangrienta sorprenderá a los odiados enemigos mucho antes de lo que
ella piensa. Amneris festeja su triunfo: junto a Radamés, acompañada por el Rey
y Ramfis, se abre paso por entre la muchedumbre jubilosa.
Templo de Isis a Orillas del Nilo
Ramfis conduce a Amneris al templo de Isis. Allí deberá
pasar la noche precedente a su boda. En el mismo lugar, a orillas del río
sagrado, Radamés ha citado también a Aída. Llega la joven princesa prisionera,
entregándose a sus ensueños y a los nostálgicos recuerdos de su patria, que no
espera volver a ver jamás. De improviso Amonasro surge de la sombra,
interrumpiendo las melancólicas meditaciones de su hija. Con alegría evoca los
encantos de aquella patria lejana, a la que pronto podrán regresar los dos.
Enterado del amor de Aída por Radamés, Amonasro le insinúa inducirlo a la fuga,
a la traición, a entregarle el secreto de las posiciones enemigas y de sus
planes de batalla. Aída vacila negándose a tal sacrificio. Solamente bajo la
maldición de Amonasro recuerda su estirpe real y su odio contra el enemigo,
quien la ha humillado a ella y a su raza. Ante la voluntad paterna que se
impone con imperio avasallador, Aída se doblega y le promete seguir sus
órdenes. Amonasro se oculta. Cuando Radamés se acerca queriendo abrazarla, Aída
lo rechaza. Pero él no quiere abandonar a la joven. Sus bodas con Amneris se
aplazarán hasta después de la campaña contra el enemigo, quien corre al asalto
nuevamente; y después de la segunda victoria solicitará al Faraón, como premio,
la mano de Aída. Pero ésta le previene contra la venganza de Amneris,
aconsejándole la fuga. Radamés al fin consiente. Pronuncia las palabras
fatales: en su huida tendrán que evitar los despeñaderos de Nápata, por los
cuales el ejército egipcio marchará al encuentro del enemigo. Amonasro, que ha
escuchado todo, sale ahora triunfante de su acecho, dándose a conocer a Radamés
como rey de los etíopes, y tratando de llevarse consigo al sorprendido y
consternado capitán. Pero, entre tanto, Amneris ha abandonado el templo de Isis
y escucha asombrada las últimas palabras que le revelan lo sucedido. Amonasro
trata de darle muerte. Radamés lo sujeta y facilita la huida de Aída y su
padre; él solo, el traidor de su pueblo, se quedará. Los soldados persiguen a
los fugitivos. Radamés se entrega prisionero.
Cuadro Primero: Corredor frente a la Sala de Juicio
Amneris, siempre enamorada del capitán y arrepentida por ser
causante de su desgracia, anhela hallar el modo de salvarlo. Le hace comparecer
ante su presencia y, declarándole su amor siempre constante, le ofrece
interceder por él; pero el capitán permanece frío, y, dispuesto a recibir la
pena merecida, vuelve a su prisión.
Los sacerdotes se dirigen al lugar donde va a juzgarse a
Radamés. Desde lo profundo escúchase la triple acusación de los jueces:
Radamés, que no ha respondido, es declarado traidor y condenado a muerte,
mientras que Amneris, oyendo la sentencia se entrega desesperadamente a su
dolor. Al salir los sacerdotes, la princesa se postra a sus pies y suplica en
vano el perdón. Amneris los maldice invocando para ellos el anatema divino.
Cuadro Segundo: Una cripta en el Templo
Radamés, condenado a ser sepultado en vida, espera la
muerte. La losa se ha cerrado ya sobre su tumba. El héroe se abandona a su
suerte, pensando sólo en Aída, a la que supone lejos de allí. Pero su sorpresa es
enorme al descubrir a la joven en la oscuridad de la cripta, resuelta a
compartir el amargo destino de su amado.
Mientras en el templo se elevan himnos sagrados, los
amantes, reunidos en postrer abrazo, entonan el último adiós a la vida
terrenal. Amneris, sobre el sepulcro del héroe amado, exhala en una plegaria su
arrepentimiento y su profundo dolor.
El oro del Rin
Opera en un acto y cuatro escenas - Libreto de Richard
Wagner
Escena Primera. En el fondo del Rin
Las ondinas Woglinde, Ellgunde y Flosshilde, nadan y juegan
alegremente en las aguas del río. Un pérfido gnomo, ser fantástico y
monstruoso, el nibelungo Alberico, surge de un abismo y contempla a las ninfas.
Con voluptuoso deseo intenta seducirlas; pero sucesivamente, cada una de las
hijas del Rin se burla del horrible enano, lo que exaspera al nibelungo.
Furiosamente las persigue, trepando por las rocas, hasta que fatigado por sus
vanos esfuerzos se detiene, amanazándolas con rabia salvaje.
Entre tanto amanece y un rayo de sol ilumnina una alta roca.
Mágico fulgor de oro brilla al instante, extendiéndose a través de las ondas.
Las ninfas ensalzan con alegría el esplendoroso encanto del oro, profunda
estrella de las aguas. Admirado, Alberico pregunta qué es lo que tanto brilla.
". Es el oro del Rin -contestan las ninfas encargadas de su custodia- y un
anillo forjado de aquel metal daría a su poseedor el dominio del mundo".
La revelación es peligrosa; pero como advierte Woglinde, sólo quien reniegue
del amor podrá conquistar el encanto para forjarlo. El enamorado Alberique no
es temible, por tanto, y las ninfas continuan sus juegos y burlas. Mas el feroz
y codicioso nibelungo exclama: Maldigo el amor!". Inmediatamente se
apodera del oro, sumiendo las aguas en tienieblas, y ser rie de modo siniestro,
perseguido por las desoladas hijas del Rin.
Escena segunda. En las alturas, sobre la tierra
En el fondo se divisa un castillo iluminado por el sol
naciente. En primer término, hállanse dormidos Wotan, rey de los dioses, y
Fricka. La diosa despierta, observa el castillo y angustiada llama a su esposo.
Wotan despierta a su vez y saluda con orgullo y júbilo al resplandeciente
castillo. Pero Fricka le recuerda que el palacio fue construido para los dioses
por los gigantes Fasolt y Fafner, a quienes Wotan ofreció entregar como
recompensa a Freia, la bella diosa del amor y la juventud. Y en efecto, Freia,
que es hermana de Fricka, no tarda en llegar aterrada, pidiendo socorro, porque
en su busca se aproximan los gigantes.
Pronto se presentan los hermanos Fassolt y Fafner, empuñando
enormes mazas. Vienen a exigir el pago de su obra. Wotan rehúsa cumplir con el
pacto conmovido y no quiere entregar a Freia, porque Loge el dios sutil del
fuego y de la astucia, le había prometido sustituirla por otra recompensa. Los
gigantes se indignan y Fafner dice a Fasolt que es muy conveniente arrebatar a
Freia a los dioses, porque ella cuida en su jardín las manzanas del oro, que
procuran a la raza divina de eterna juventud. A los gritos de la diosa acuden
sus hermanos, Froh, dios de la alegría, y Donner, dios del trueno, los cuales
desafían a los gigantes; pero Wotan, que espera impaciente la llegada de Loge,
impone la paz con su lanza, garantía del pacto.
Al fin aparece Loge. Wotan le exige que solucione el
conflicto, al cual contribuyó con su promesa astuta. Pero Loge ha fracasado en
su tarea. Buscó en el universo entero algo con qué sustituir a Freia en el pago
a los gigantes pero no lo halló, porque nada iguala al encanto femenino. Sólo
un ser perverso, el nibelungo Alberico, fue capaz de renegar del amor para
conquistar el oro del Rin y forjar con él un anillo omnipotente. Las ondinas
desean que el rey de los dioses repare ese mal y castigue tal audacia. Pero
Wotan se encuentra ahora en grave apuro para cuidarse de ajenas desdichas, y
además ambiciona para sí ese oro que concede supremo poderío.
Todos se han quedado fascinados ante la revelación de Loge,
y Fafner convence as su hermano que el oro es preferible a Freia. Entonces los
gigantes proponen a Wotan que les entregue el oro del nibelungo. El dios se
encoleriza. ¿Cómo puede darles lo que no posee?. Pero los gigantes le dicen que
será fácil para él apoderarse del tesoro. Se llevarán a Freia en prenda y si a
su regreso no les entrega el rescate, se quedarán para siempre con la diosa.
Fasolt y Fafner se llevan a Freia, que lanza gritos de
terror. Los dioses permanecen atónitos, consternados y empiezan a envejecer de
repente. Loge les explica que la guardiana de su alimento de la juventud divina
está como rehén y que las manzanas cuelgan marchitas en el jardín. Si Freia no
regresa, los dioses, caducos perecerán. En tal extremo, Wotan decide descender
da la oscura región de los nibelungos para conquistar el tesoro de Alberico y
rescatar a la bella diosa. Loge lo acompañará.
Escena tercera. En las profundidades de la tierra
Escúchase el rumor de yunques en el sombrío Nibelheim,
morada de los nibelungos, donde reina Alberico. Este ha encargado a su hermano
Mime que le forje el yelmo mágico. Mime desa guardarse su obra, pero Alberico
se la arrebata y, poniéndose el yelmo, se hace invisible, propinando feroces
latigazos al otro gnomo. Su voz se aleja, lanzando imprecaciones, mientras Mime
gime de dolor.
Descienden Wotan y Loge e interrogan al gemebundo enano,
quien les refiere que Alberico, con su anillo ha esclavizado a los nibelungos,
obligándolos a trabajar incesantemente para forjar tesoros. Alberico no tarda
en reaparecer, conduciendo a latigazos una multitud de aterrados nibelungos
cargados de objetos de oro, que depositan en el suelo. En seguida les muestra
el anillo, símbolo de dominación, y los esclavos corren despavoridos. Luego
Alberico increpa a Wotan y a Loge. Los dioses le dicen que vienen a admirar sus
fabulosas riquezas, pero él sabe bien que son huéspedes envidiosos. Muy seguro
de su poder, desafía a los dioses, su tesoro, es aún poca cosa, pero crecerá
fabulosamente, dándole dominio sobre el mundo entero. Wotan indigndo, le
amenaza pero Loge se interpone y pregunta al gnomo de qué medio se vale para
que nadie pueda robarle el anillo, en el cual reside su fuerza.
Ante las adulaciones irónicas de Loge, Alberico dice que
posee un yelmo mágico, pudiendo hacerse invisible o transformarse a su
voluntad. El astuto dios finge no creerle. Es necesario que el enano demuestre
tal maravilla. Entonces Alberico se transforma en dragón, para reaparecen
inmediatamente en su figura natural. El prodigio es asombroso. ¿Pero podría
convertirse en algo muy pequeño, para poder ocultarse en el escondrijo de un
sapo?. Eso sí que es imposible, agrega Loge, Alberico para demostrar nuevamente
su poder portentoso, transfórmase en sapo. Entonces Wotan le pone el pie
encima, mientras recobra su aspecto, y Loge lo ata fuertemente. Los dioses
arrastran a su prisionero hacia la superficie terrestre.
Escena cuarta. En las alturas, sobre la tierra.
Wotan y Loge llegan conduciendo al gnomo, del cual se burlan
ahora. Para recuperar su libertad le exigen que entregue su tesoro, Alberico
accede y pide que le desaten una mano. Colócase la sortija en los labios, murmuando
palabras cabalísticas, y a su conjuro surgen los nibelungos del seno de la
tierra, cargados con los tesoros, que depositan en el suelo, desapareciendo
enseguida. Pero antes de soltar al enano Loge lo despoja de su yelmo. Entonces
Wotan exige también el anillo, y a pesar de las protestas de Alberico, se lo
arrebata violentamente.
Luego Loge desata al gnomo, el cual, con terrible
desesperación, maldice al anillo. Al nibelungo le procuró riquezas, pero quien
lo posea después será víctima de la angustia y morirá bajo el peso de la
maldición. Preso de furor salvaje, Alberico huye hacia las profundidiades de
Nibelheim.
Wotan, desdeñando las immprecaciones del nibelungo,
contempla con éxtasis el anillo. Entonces vuelven Fricka, Froh y Donner,
regocijándose del triunfo de Wotan y poco después llegan también los
gigantesque traen a Freia, para llevarse el tesoro. Al acercarse la diosa, las
otras divinidades se sienten rejuvenecer nuevamente Fasolt y Fafner reclaman el
rescate, deseando tanto el oro como sea necesario para ocultar a Freia. Tómase
la medida con las mazas y se amontona el tesoro. Agotado éste se ve todavía al
trvés la cabellera de la diosa, por lo que es preciso entregar el yelmo mágico.
Ya se ha colmado la medida pero Fasolt descubre todavía un hueco por el que ve
brillar los ojos de Freia. Mientras los contemple no se resignará a renunciar
para siempre a la diosa. Ya no queda más que el anillo reluciente de el dedo de
Wotan.
Los gigantes lo reclaman. El dios se enfurece y se niega a
entregarlo. Fasolt y Fafner se llevarán definitivamente a Freia, pese a las
imploraciones de la afligida Fricka a su esposo. En ese instante, de las
profundidad de una caverna, envuelta en azulado resplandor, surge una divinidad
majestuosa: es Erda el alma de la tierra. Aconseja a Wotan que se desprenda del
anillo maldito. Ella eterna vidente, sabe que aún los mismos dioses perecerán.
Ya prevé su ocaso, Wotan angustiado, quiere saber más, pero la profetisa
desaparece, augusta y misteriosa.
El dios soberano cae en profunda meditación, y al fin se
decide a entregar el anillo a los gigantes. Freia queda libre. Enseguida Fasolt
y Fafner disputarán por el reparto del tesoro. El anillo lo quiere Fasolt en
recuerdo de la mirada de Freia. Se lo arrebata a su hermano, pero Fafner cae
sobre él, dándole muerte violentamente. La maldición del nibelungo comienza su
obra, que los dioses, contemplan horrorizados. El cielo se ensombrece con
siniestros nubarrones.
Donner, dios de la tempestad, hace brotar el rayo y el
trueno. El cielo se despeja y brilla un arco iris, que forma luminoso puente
haste el castillo de la cumbre. Wotan invita a su esposa y a los demás a entrar
en la mansión divina que será el Walhalla, morada de los los héroes elegidos.
El maligno Loge mira con desprecio a los dioses; quizá le sería grato consumir
con su fuego devorador a los que se creen eternos.
El radiante cortejo es interrumpido por melancólicos
lamentos. Son las hijas del Rin, que desde el valle profundo lloran su oro
perdido. Los dioses, con cruel ironía, búrlandose de las ondinas prosiguen
majestuosamente su camino hacia la Walhalla.