El Análisis Literario y su Papel Formativo. La obra literaria, tema. La tragedia de Macbeth. Platón a Sartre. Kafka. La Metamorfosis. La Perla, de John Steinbeck.
El
Análisis Literario y su Papel Formativo
Alfonso López Quintás
lquintas@filos.ucm.es
El Dr. López Quintás es catedrático de
filosofía en la
Univ. Complutense de Madrid y
por encargo del
Ministerio de la Educación
dirige un curso de
Ética en el site:
http://cerezo.pntic.mec.es/~alopez84/
En el momento
actual, ninguna tarea más urgente que la de poner en forma métodos eficaces
para instruir a jóvenes y adultos en las cuestiones básicas de la ética. Esta
instrucción ha de realizarse de tal forma que los destinatarios de la misma se
sientan respetados en su libertad y, al mismo tiempo, dotados de pautas de
interpretación suficientes para estar orientados ante las diversas
encrucijadas que encuentran en la vida. La formación verdadera consiste en
disponer de poder de discernimiento, y éste sólo se alcanza si se
conocen las leyes que rigen el desarrollo de la vida humana.
Actualmente,
los jóvenes se resisten a aceptar doctrinas por razón de la autoridad de quien
las transmite. Sólo se muestran dispuestos a asumir aquello que sean capaces de
interiorizar y considerar como algo propio. De ahí su aversión a toda forma de
enseñanza que proceda o parezca proceder de forma autoritaria, llegando a
determinadas conclusiones a partir de ciertos principios inmutables.
Debido a ello,
se viene proponiendo desde hace algún tiempo como método ideal para formar en
cuestiones éticas la lectura penetrante de obras literarias de calidad[2]. A
través de ellas no son los profesores de ética quienes nos adoctrinan sobre el
sentido de la vida y sus acontecimientos básicos, sino diversos autores orlados
de prestigio y bien afirmados en una experiencia intensamente vivida y sufrida.
La sugerencia
es valiosa, pero apenas ha sobrepasado la condición de mero deseo. A lo que se
me alcanza, no hay todavía una exposición sistemática de lo que ha de ser un
método bien aquilatado de enseñanza de la ética a través de la lectura de
grandes obras literarias. Por mi parte, he intentado colmar esta laguna en este
curso y en varios libros; inspirados en la idea de que una obra literaria no es
un objeto sino un ámbito de realidad; no narra hechos sino
expresa acontecimientos; no muestra sólo el significado de las
acciones, sugiere además su sentido; no describe objetos, nos
hace asistir más bien a procesos de entreveramiento de ámbitos que dan
lugar a otros ámbitos o los destruyen. Al conocer estos procesos,
descubrimos las leyes del desarrollo humano.
1. La obra
literaria como campo de juego y de iluminación
Una obra
literaria no es un medio para comunicar el autor determinadas
experiencias. Es el medio en el cual realiza él mismo tales
experiencias. Cervantes había hecho la experiencia viva de lo que es el alma
hispana en sus vertientes: la quijotesca y la sanchopancesca. El momento en el
cual se encontró más vivamente con el espíritu hispano fue cuando se puso a
escribir El Quijote. Esta obra no es posterior al encuentro
cervantino con el núcleo de la forma española de sentir y vivir la vida; marca
el momento culminante de tal encuentro. Cuando un autor escribe una
obra, está entrando en juego con la realidad descrita en ella, que no se
reduce a un conjunto de objetos, sino que es en todo rigor una trama de
ámbitos, una historia viva. Al hacer juego con ésta, se le ilumina su
sentido más hondo. La obra literaria es un campo de juego y de iluminación.
Consiguientemente,
interpretar una obra no se reduce a verla desde fuera y hacerse cargo de lo que
en ella acontece. Significa entrar en juego con ella, rehaciendo
personalmente sus experiencias clave. En la base de toda obra de calidad se
hallan una o varias experiencias que impulsan la acción y le dan sentido. Al
vivirlas por propia cuenta el lector, se iluminan en su interior las intuiciones
fundamentales que impulsaron la génesis de la obra. A esta luz puede muy
bien realizar una lectura genética de la misma, leerla como si la
volviera a gestar, y comprender así todos sus pormenores, hasta el vocablo más
aparentemente anodino[3].
Esta lectura
genética nos permite realizar las tres tareas básicas del buen intérprete:
1) hacerse
cargo de lo que dice el autor, 2) descubrir por qué lo dice, 3) advertir qué es
lo que no dice y debiera haberlo dicho si fuera coherente con su punto de
partida.
2. La lectura
genética se mueve constantemente en dos niveles de realidad distintos
Por ser
corpóreo-espiritual, el ser humano se mueve ineludiblemente en diversos planos
o niveles de realidad a la vez. En un gesto tan sencillo como dar la mano
se movilizan a la vez unos seis planos de realidad: el físico, el fisiológico,
el psicológico-afectivo, el espiritual-creativo, el sociológico, el simbólico.
Es de sumo
interés pedagógico acostumbrar a niños y jóvenes a percibir en cada momento en
qué plano de la realidad se está uno moviendo. Para hacerlo
de forma espontánea se requiere una gran flexibilidad mental, que sólo puede
adquirirse mediante una cuidadosa preparación. En esta tarea puede ayudarnos
eficazmente la lectura atenta de obras literarias de calidad, que nos instan a
pasar constantemente de un nivel de realidad a otro.
La
interpretación literaria no nos permite contentarnos con los significados
de las cosas y sucesos; nos insta a elevarnos al nivel del sentido. Una
perla tiene siempre un mismo significado. Pero en la obra de John
Steinbeck titulada La perla[4] presenta un sentido
peculiar, extraordinariamente rico: alude a toda una trama de penuria, de
anhelo de mejora, de ilusiones, de crueles frustraciones... A lo largo del
relato se alude a "la música de la perla" y "la música del
mal". Qué significa en general la música creemos saberlo, aunque no sea
nada fácil dar una definición precisa. Pero cuál es el sentido exacto de este
término en dichas expresiones resulta un tanto enigmático. Podría en principio
pensarse que significa el particular encanto de una perla singularmente bella.
Pero este sentido no es aplicable a la expresión "música del
mal". A mi entender, el término música sugiere, en el caso de la
perla, todo el ámbito de vida que se forma al hallar una pieza
extraordinaria: la esperanza de una vida más holgada, con posibilidades de
educación para el hijo, de alimento y vestido para la familia, de una casa
digna... En el caso del mal, quiere condensar la trama de intenciones aviesas,
odios y egoísmos que va a tejerse en torno al pobre pescador ilusionado con un
futuro más halagueño. Toda la obra constituye la descripción de un
entreveramiento colisional entre dos ámbitos: el de la "música de la
perla" y el de la "música del mal":
"Y la
belleza de la perla, titilando y brillando, trémula, a la luz de la vela, le
sedujo. Era tan hermosa, tan suave, y tenía su propia música..., su música de
invitación y encanto, su garantía de futuro, de comodidad, de seguridad. Su
cálida claridad prometía un remedio para la enfermedad y un muro ante la
injuria. Cerraba una puerta al hambre. Y, contemplándola, los ojos de Kino se
hicieron más dulces y su rostro se relajó"[5].
"Pero el
cerebro de Kino ardía, aun cuando durmiese, y soñó que Coyotito sabía leer, que
uno de los suyos era capaz de decirle cuál era la verdad de las cosas. Coyotito
leía un libro grande como una casa (...). Y entonces la oscuridad cayó sobre el
texto, y con la oscuridad regresó la música del mal, y Kino se agitó en el
sueño; y cuando se agitó, los ojos de Juana se abrieron a la tiniebla. Y
entonces Kino despertó, con la música del mal latiendo en él, y se quedó echado
en la oscuridad con los oidos alerta"[6]. "Y
Kino volvió a guardar la perla entre sus ropas, y la música de la perla se
había hecho siniestra en sus oídos, y estaba entretejida con la música del
mal"[7].
El lenguaje
literario nos invita de continuo a considerar las realidades del entorno como ámbitos,
no como meros objetos. Recordemos el verso de Alphonse de Lamartine:
"¡Un solo ser os falta y todo queda despoblado!". El ser al
que aquí se alude no puede entenderse como una persona cualquiera, sino como
una con la que estamos "ambitalizados", de forma que para nosotros es
"única en el mundo". Al quedarnos sin ella, el universo entero se
despuebla. Una ciudad populosa sólo está de verdad poblada para nosotros
si podemos crear en ella relaciones de encuentro. De lo contrario, es para
nosotros un "desierto", un lugar sin posibilidades de libre juego
creador. Para entender ese verso tenemos que elevarnos al nivel ambital.
Las obras
literarias de calidad no atienden tanto a las relaciones -armónicas o
conflictivas- que se establecen entre seres individuales -por ejemplo,
personas- cuanto a las interferencias de ámbitos que tienen lugar en la vida.
Todo entreveramiento de ámbitos es fuente perenne de expresividad literaria y
de belleza. La honda expresividad de la Antígona de Sófocles no procede
del conflicto entre dos personajes atrapados en los condicionamientos
sociopolíticos de su época, sino de la interferencia colisional de dos grandes
ámbitos de la realidad humana: la piedad fraterna, encarnada en
Antígona, y la ley implacable, representada por Creonte. Las condiciones
concretas que dieron lugar a esta colisión de ámbitos en tiempo de Sófocles
tienen mero valor argumental, son contingentes y carecen de auténtico valor
estético, "poético", creador de "mundos" humanos. El ámbito
de conflicto fundado por la colisión de la piedad y la ley puede darse en
todo momento y situación. Ello confiere a Antígona su neta condición de
obra "clásica", superadora de los límites de la espaciotemporalidad
objetivista y fundadora de modos eminentes de espacio y tiempo. El gran tema
expuesto por Sófocles no es el conflicto entre dos personas, sino entre
dos ámbitos. Ello explica la vigencia actual de esta obra, que ha sido
objeto últimamente de varias re-creaciones -entre otras, las de Salvador Espriú
y Jean Anouilh-.
En la lectura
literaria debemos estar incesantemente integrando diversos niveles de
rangos distintos. En la obra Eurídice, de Jean Anouilh, la protagonista
le indica a Orfeo: "No hables más, no pienses más. Deja que tu mano se
pasee sobre mí. Déjala que sea feliz sola. Todo volvería a ser tan sencillo si
dejaras que tu mano sola me quisiera. Sin decir nada más"[8]
Eurídice interpreta el tacto como una relación puramente sensible; olvida que
es que es toda la persona la que toca y acaricia. El cuerpo humano no
puede desgajarse del espíritu, como si fuera un mero instrumento de éste.
Cuando reducimos el amor a mero halago sensible, lo consideramos
como una pura reacción de nuestro organismo. Y, como cada organismo es individual,
realiza sus funciones y vive sus impresiones a solas, debe concluirse
que el amor personal, como vínculo de unión íntima entre dos personas
diferentes, resulta inviable. Es, por tanto coherente, dentro de su orientación
equivocada, que para Orfeo y Eurídice cada ser humano sea un organismo bien
cerrado en sí mismo e incapaz de superar su soledad y fundar una auténtica
relación de amor[9].
Las obras
literarias de calidad nos instan incesantemente a ascender de nivel y
trascender los valores inmediatos. Con ello, nos ayudan a cultivar las tres
cualidades básicas de una inteligencia madura: largo alcance, amplitud y
penetración.
Al instarnos a
integrar diversos niveles de realidad, la interpretación literaria capta el sentido
pleno de las actitudes y los actos humanos. En El extranjero, de
Albert Camus, observamos que el protagonista, Meursault, no entiende el
lenguaje del juez. Lo considera como un manojo de palabras iguales a las que
puede pronunciar cualquier persona en la vida cotidiana. El lenguaje de un juez
que dicta sentencia expresa la interferencia de dos ámbitos: el de la sociedad
en cuyo nombre actúa y el del reo que se ha enfrentado a la misma. Por eso
tiene tanto poder. El que se mueve en nivel de objetos y no de ámbitos no puede
entender la elevación que experimenta el lenguaje del juez cuando éste ejerce
la función de dictar sentencia.
Poco antes de
ser ejecutado en la plaza pública, el mismo protagonista manifiesta este deseo:
"Para que todo sea consumado, para que me sienta menos solo, me quedaba
esperar que el día de mi ejecución hubiera muchos espectadores y me recibiesen
con gritos de odio"[10]. ¿Qué sentido
preciso tiene este deseo de verse rodeado de la repulsa popular? Una forma
superficial de interpretar este pasaje decisivo de la obra es atribuir esa
reacción agria al nerviosismo desesperado de quien se halla en una situación
límite. Esta interpretación es psicológica, no estética, y la Psicología tiene
un papel excelente que cumplir en otras vertientes de la vida humana pero no es
pertinente en la interpretación del valor estético de las obras
literarias. Prescindir de la interpretación rigurosamente estética sería
despojar a la mejor literatura de su poder formativo.
Intentemos
ahondar en el texto. Si, al dirigirse el condenado hacia el patíbulo entre las
filas de la multitud vociferante, una persona le mirara con piedad, le estaría
apelando implícitamente a reaccionar con agradecimiento y crear con ella
una relación, siquiera fugaz, de benevolencia. (Agradecer significa estar a la
recíproca en cuanto a generosidad y creatividad). Una simple mirada o palabra
bondadosa sería una enérgica invitación a elevarse al plano de la creatividad
personal en el que Meursault nunca había querido moverse. Si éste hubiera
aceptado en ese momento tal sugerencia, rompería abruptamente la lógica de
la no-creatividad que había regido toda su vida. Esa ruptura lo hubiera
abismado en una insufrible soledad, porque, al iniciar ese encuentro,
quedaría inundado de la luz que brota siempre en el entreveramiento de ámbitos,
y se vería como un ser totalmente "extraño" o
"extranjero" en el mundo de las personas normales, las que no han cometido,
como él, un acto criminal. En cambio, si se hallara rodeado totalmente de
miradas de odio -que no invitan a crear vínculos sino a romperlos
definitivamente-, Meursault no se sentiría solo, pues seguiría sin comprender
por qué lo habían condenado. Por eso deseaba sostener hasta el fin su actitud
infracreadora y mantenerse a resguardo de la luz que proyecta el encuentro
sobre la vida del hombre. Esa obstinación en aferrarse a una actitud no
creativa es la que define -según Camus- al "hombre absurdo"[11].
La
interpretación literaria nos mueve a trascender en todo momento la
apariencia de los acontecimientos y penetrar en su sentido más hondo. En Esperando
a Godot, de S. Beckett, vemos a cuatro personajes desvalidos que apenas
hacen otra cosa que hablar pero apenas tejen un diálogo auténtico. Se
interrumpen, no enhebran las frases y los pensamientos de modo coherente, se
expresan a menudo de forma mecánica, sin voluntad de exponer ideas con sentido.
Parece tratarse de una vida sencillamente "absurda", en el sentido de
que no procede con una mínima racionalidad. Pero el término "absurdo"
debe ser precisado cuidadosamente. Beckett quiere componer una "obra del
absurdo", pero no una "obra absurda". Troquela cuidadosamente
una pieza teatral para plasmar la imagen desgarrada que ofrece el hombre cuando
se acerca asintóticamente al grado cero de creatividad. Por eso los
protagonistas se aburren mortalmente y carecen de esperanza. Se
hallan tan sólo a la espera, dejando sencillamente que pase el
tiempo. "No ocurre nada. Nadie viene, nadie se va. Es
horrible", exclama uno de ellos[12]. El
aburrimiento responde a la falta de creatividad. El autor pretende provocar una
sensación insufrible de aburrimiento en los espectadores para que sientan en sí
mismos las consecuencias de la pérdida de la capacidad creadora.
Esta obra
apenas tiene argumento, pero sí tema, y éste implica una experiencia
básica -la vinculación de no-creatividad y tedio- y una intuición
radical: la falta de creatividad constituye una tragedia para el hombre por
cuanto provoca su asfixia lúdica. Al asomarse al vacío de su propia nada
existencial, los protagonistas sienten vértigo espiritual, es decir, angustia;
y, como el mero esperar a un salvador no redime al hombre de tal situación
angustiosa, al final de la obra no tienen ante sí más que dos opciones
igualmente faltas de sentido cabal: ahorcarse o seguir a la espera. Al fin, el
esperado Godot no viene. Su venida no hubiera podido salvar como hombres,
elevándolos a una auténtica condición personal, a quienes, por falta de
creatividad, no le habían salido al encuentro. "Tengo curiosidad por saber
lo que va a decirnos Godot -advierte uno de los protagonistas-. Sea lo que sea,
no nos compromete en nada"[13].
Esta falta
absoluta de voluntad de comprometerse existencialmente está en la base de la
condición trágica de la obra. Bien representada, esta obra aparentemente
anodina, escrita en un lenguaje deshilachado, produce escalofrío, quita el
aliento. Su tragicismo no depende de lo que en ella se hace o dice, sino del
hecho radical de que los protagonistas no son ya capaces de decir o hacer algo
propiamente humano. Este fallo de la capacidad creadora se refleja en la
disolución del lenguaje. Los protagonistas se instan mutuamente a decir algo,
para evitar el aburrimiento que los oprime; se esfuerzan por iniciar alguna
actividad, pero caen enseguida en el pozo de la inacción. De ahí su nostalgia
por el mundo infracreador, infraintelectual, infrahumano. "Lo terrible es
haber pensado -exclama dramáticamente Vladimir-. Y de ello bien hubiéramos
podido abstenernos"[14].
3. La obra
literaria presenta un realismo peculiar
La obra
literaria es una ficción en cuanto a su argumento, pero no en cuanto a
su tema. Los hechos que tejen la trama argumental pueden no haber sucedido
nunca. La trama de ámbitos que se crean o se destruyen al hilo de la historia
narrada nos revela la "intrahistoria" de los personajes, la
"lógica" que rige su actuar, los procesos que sigue cada personaje en
su existencia. El conflicto entre Creonte y Antígona tal vez no se haya dado
nunca en la vida griega. Pero el conflicto entre la ley y la piedad (o,
si se prefiere, entre la ley escrita y la ley no escrita) acontece
a diario. Por eso nos afecta todavía tan íntimamente la obra de Sófocles.
Ninguno de
nosotros puede identificarse hoy día con el argumento de La tragedia
de Macbeth. En las condiciones actuales nadie puede tener la tentación de
asesinar a un rey para usurpar su trono. Pero todos podemos dejarnos llevar del
vértigo de la ambición de poder en un aspecto o en otro, y
considerar como propia la historia trágica de Macbeth. Lo que intentó en
realidad Shakespeare no fue transmitirnos un suceso histórico, sino poner ante
nuestros ojos el proceso de vértigo, que es inspirado por el egoísmo, desea
poseer lo que encandila los instintos, produce euforia, pero inmediatamente
causa decepción, tristeza, angustia, desesperación y destrucción. La verdadera
tarea del dramaturgo consistió en plasmar en imágenes las distintas
fases de un proceso espiritual de ambición desmedida. Esas imágenes no
representan objetos; plasman ámbitos. Ser rey es una fuente de
posibilidades; constituye un "ámbito". El ser humano es también un
ámbito, una fuente de iniciativa, de deseos, proyectos, actitudes... Desear ser
rey indica querer asumir los campos de posibilidades que entraña esa condición.
Matar al rey significa un conflicto entre dos seres ambitales, no un
mero choque. Todo choque es un hecho real. Ese conflicto ambital
presenta un modo de realidad distinto, pero no inferior. Se da en un nivel más
elevado, más difícil de captar en su plenitud de sentido. Su sentido no lo ven
los ojos; lo entrevé la imaginación, que no es la facultad de lo irreal
sino de lo ambital.
No pocos
autores, desde Platón a Sartre, proclamaron la condición irreal de las
obras artísticas[15]. La teoría de los ámbitos nos permite
descubrir el carácter eminentemente real de las creaciones artísticas y
literarias[16]. Recordemos La metamorfosis de Kafka y el sentido de la
transformación de un hombre en insecto. Kafka no tergiversa la realidad; intuye
los acontecimientos que tienen lugar tras las apariencias sensibles, y los
traduce en imágenes. Este poder de plasmación literaria de grandes intuiciones
resalta en forma espléndida cuando Kafka anota, con mordaz ironía, que a Samsa,
tras su reducción a insecto, se lo dejaba en entera libertad, modo de libertad
vacía que no surge en el momento de plenitud existencial propio del juego
sino en el desamparo de la asfixia lúdica.
Las grandes
creaciones literarias no operan nunca con meras ficciones sino con realidades
nucleares que a una mirada superficial aparecen como extrañas e irreales.
La buena literatura aviva en el hombre el sentido de lo esencial, lo que
vertebra la vida humana. De ahí su gran poder formativo. Cada obra literaria
valiosa expone en imágenes diversos temas éticos, los engarza entre sí, les
hace entrar en juego, los somete a las múltiples tensiones de la vida, los
clarifica. El juego es fuente de luz, y la buena literatura plasma el juego de
la existencia en sus múltiples vertientes. Analizada con el método
lúdico-ambital, cada obra literaria de calidad se convierte en una espléndida
lección de ética impartida por autores de gran prestigio entre la juventud. El
análisis literario es una cantera en buena medida inexplorada e inexplotada de
formación humanística, por cuanto lo es de creatividad.
4. La lectura
de obras literarias de calidad fomenta la capacidad creativa del hombre
Por creatividad
ha de entenderse, en rigor, la capacidad de asumir activamente diversas
posibilidades con el fin de dar origen a algo nuevo valioso. Para crear una
relación de amistad hay que recibir las posibilidades de vida que otra persona
nos ofrece -afecto, proyectos y deseos compartibles, experiencia vital...-, y
ofrecerle las posibilidades de que uno dispone. Para crear de nuevo una obra
musical, hay que ser capaz de asumir activamente las posibilidades de
configurar formas musicales que nos otorgan una partitura y un instrumento.
La vida
cotidiana nos presenta múltiples posibilidades para ejercitar la creatividad.
Depende de nuestra actitud el recibirlas activamente o el rechazarlas. Ambas
posibilidades las refleja vivamente la literatura. Constantemente encontramos
en las obras literarias actitudes creativas y actitudes no creativas,
destructivas, que despiertan en nuestro ánimo una profunda nostalgia de las
primeras. Recordemos esquemáticamente algunos casos muy significativos.
Yerma, en la
obra homónima de Federico García Lorca, ansía vivir creativamente, crear
encuentros con su marido, Juan, y, consiguientemente, con los hijos que se
deriven de esa relación como fruto natural. Juan es una persona bondadosa pero
carece de sensibilidad para la vida creativa. A lo largo de la vida
matrimonial, Yerma observa que su vida matrimonial se halla vacía de
creatividad: no se da el encuentro con el marido, ni viene el hijo añorado con
el cual ella hubiera podido encontrarse. Yerma acaba enfrentándose a la
"ley de la dualidad", según la cual el hombre y la mujer no pueden
ser fecundos a solas, tanto en el aspecto biológico como en el
espiritual. Imagen de tal enfrentamiento crispado es el acto en el cual Yerma
asfixia biológicamente a Juan, que, sin querer, la había asfixiado
espiritualmente a ella por su falta de creatividad. Con ese gesto quiso indicar
que una vida sin creatividad no es plenamente humana, es una apariencia de
vida, una farsa que debe ser anulada para que la verdad resplandezca.
Pudiera parecer
que el "tema" de Yerma es la infecundidad propia de
quienes no crean relaciones de encuentro personal. Según testimonio del mismo
autor, esta obra quiere ser un canto a la importancia de la creatividad en la
vida humana: "Yo he querido hacer, he hecho, a través de la línea muerta
de lo infecundo, el poema vivo de la fecundidad. Y es de ahí, del contraste
entre lo estéril y lo vivificante, de donde extraigo el perfil trágico de la
obra"[17].
Juan Salvador
Gaviota, protagonista de la conocida obra homónima de Richard Bach[18],
no se resigna a moverse en el estrecho círculo de vivir para comer y comer para
vivir. Quiere perfeccionar al máximo su capacidad de volar. Esta voluntad de
excelencia le vale el desprecio y el rechazo por parte de sus compañeras de
bandada. Una vez que domina el arte de volar, no guarda para sí ese tesoro;
vuelve a los suyos, para compartir la felicidad que le proporciona la
perfección que ha alcanzado. Intuye que el "perfecto e invisible principio
de toda vida" es compartir los descubrimientos que uno ha hecho y la
riqueza que ha logrado atesorar. La recomendación que había recibido de la
Gaviota Mayor había sido: "Sigue trabajando en el amor". Por eso
consagra su energía a convencer a las restantes gaviotas de que pueden ser tan
libres como él, con un tipo de libertad creativa, tan exigente como
fecunda.
En La perla,
John Steinbeck destaca de modo inigualable la contraposición entre la
actitud creativa del pueblo humilde que acompaña en silencio afectuoso a
los padres del pobre niño enfermo y la fría repulsa de quien se niega a
prestarle la atención urgente que necesita. La tristeza del pueblo abatido por
tal rechazo nos resulta inmensamente bella, porque en ella resplandece la
virtud de la piedad compasiva[19].
La ardiente
oscuridad, de Antonio Buero Vallejo, parece terminar de forma desconsolada,
debido a la muerte física de uno de los dos protagonistas (Ignacio) y la muerte
espiritual del otro (Carlos). Pero, sobrevolando esta tragedia, se alza el
verdadero mensaje de la obra: la necesidad de ser tolerantes, buscar la
verdad en común y adivinar que ciertas posiciones aparentemente opuestas
son en realidad complementarias, pues crean, al confrontarse
colaboradoramente, un campo de luz en el cual resplandece la solución al
problema planteado -en este caso, cómo ser creativo en la vida a pesar de la
grave minusvalía de la ceguera-.
El protagonista
de El viejo y el mar, de E. Hemingway[20], vive la soledad
amarga del fracaso. Parece que todo es negativo en su torno y le invita a la
desesperación. Pero él responde de forma positiva renovando en su interior la
unión con el añorado muchacho, que le esperaba lleno de angustia por su
tardanza. La imagen del buen Manolín velando, al final de la obra, el sueño del
anciano desvalido nos eleva a un nivel de muy valiosa creatividad, que nos
redime del tragicismo al que parece abocar la miseria y el fracaso. Recordamos
la confesión que hace un personaje de una obra dramática de Gabriel
Marcel: "No hay más que un dolor en la vida: estar solo".
5. Exigencias
de este método de análisis
El método
lúdico-ambital de análisis se muestra fecundo e incluso seguro cuando se lo
maneja con cierta firmeza. Ésta se consigue a lo largo de un proceso de
formación humanística y filosófica que nos dote de la sensibilidad metodológica
necesaria para adivinar, en cada momento, en qué nivel de la realidad se mueve
el autor, qué esquemas mentales moviliza, qué sentido adquieren en tales
esquemas los conceptos básicos y cómo se articulan éstos entre sí. Por ejemplo,
La metamorfosis de Kafka está vertebrada por el esquema mental "sujeto-objeto".
Samsa es tratado por sus familiares como un medio para solucionar los
problemas, no como una persona que debe desarrollarse mediante la creación de
ámbitos diversos. Este esquema es sustituido en El principito de
Saint-Exupéry por el esquema "apelación-respuesta", uno de los pocos
adecuados a la expresión de acontecimientos creadores. El principito apela al
piloto, le invita a crear con él una relación de amistad, y el piloto acepta
esa invitación activamente.
La actividad
filosófica comienza, en rigor, cuando se intuye la articulación profunda de los
conceptos. Tal intuición se alumbra a medida que se descubre la trama interna
de los procesos creadores. La tarea del buen intérprete consiste en hacer la
experiencia de los diversos procesos espirituales que sigue el hombre en su
vida y captar la forma peculiar de lógica que orienta y articula soterradamente
cada uno de ellos. Recuérdese la lógica del poder arbitrario que sume a
Calígula en una forma de soledad asfixiante; la lógica de la ambición
que enceguece a Macbeth; la lógica del relax mental que fusiona al
protagonista de La náusea de Sartre con la realidad en torno y lo aleja
del mundo de las significaciones; la lógica del encuentro que adentra a
los protagonistas de El principito de Saint-Exupéry en una noche de
pacientes purificaciones a fin de pasar de la actitud objetivista a la actitud
lúdica.
Para captar con
cierta precisión éstas y otras formas de lógica o articulación interna, se
requiere un conocimiento bien articulado de la temática filosófica. No es
posible, por ejemplo, percibir el sentido riguroso de las obras pertenecientes
a la "literatura del absurdo" -que van contracorriente de la
normativa estética común y sólo pueden ser comprendidas cabalmente a la luz de
la intención soterrada que las anima- si no se acierta a precisar los diversos
modos que hay de temporalidad y espacialidad, el nexo entre la falta de
creatividad y el aburrimiento, la diferencia entre esperar y estar a
la espera, la vinculación de amor y lenguaje auténtico...
Cuanto mejor se
conozcan estos fenómenos humanos, más profundamente se calará en las obras
literarias. De ahí la necesidad ineludible, por parte del intérprete, de leer
cuidadosamente obras filosóficas que describan y analicen conceptos tales como amor
y odio, lealtad y perfidia, agradecimiento y
resentimiento, piedad y despego, entusiasmo y abatimiento,
veracidad y falacia, palabra y silencio... Numerosos autores,
tanto antiguos y modernos (Platón, Plotino, San Agustín, Santo Tomás, Pascal,
Hegel, Fichte, Kierkegaard, J.H. Newman...) como contemporáneos (Romano
Guardini, Jean Guitton, D. von Hildebrand, M. Scheler, Ch. Moeller, B.
Haering, P. Laín Entralgo, Th. Haecker, Peter Wust, M. Nédoncelle, M. Buber, Henri
J.M. Nouwen...) ofrecen en sus obras multitud de precisiones acerca de tales
conceptos básicos[21].
Al conocer de
cerca el sentido profundo de los sentimientos y las actitudes que tejen la
trama de la vida humana, es posible descubrir la articulación interna de los
principales procesos espirituales que determinan la marcha de la vida
humana. Entre ellos destacan los de vértigo y los de éxtasis. Es
indispensable saber en pormenor de dónde arrancan, cómo se articulan
internamente, a dónde conducen y qué consecuencias acarrean. La mayoría de las
obras literarias encarnan alguno de estos procesos, en una u otra de sus
modalidades.
En la obra Vértigo
y éxtasis. Bases para una vida creativa[22]
analicé ampliamente estos dos procesos. En Cómo formarse en ética a través
de la literatura[23] y en Literatura y formación humana[24] expuse
su articulación interna. Baste aquí una somera síntesis de tal articulación.
El proceso de
vértigo. En la vida podemos sentir dos formas de vértigo: una fisiológica y
otra personal. Si desde una gran altura miramos al vacío, éste parece
arrastrarnos y sentimos vértigo. Tenemos que asirnos fuertemente para no ser
catapultados al suelo. También en la vida espiritual podemos ver ante nosotros
un vacío insondable y sentir vértigo. ¿Cómo surge ese vacío?
Si en la vida
concedo primacía a la voluntad de dominar, poseer y disfrutar, tiendo a
considerarme como el centro del universo y a rebajar cuanto me rodea a medio
para mis fines. De ahí que, al tropezarme con alguien o algo que presenta
cualidades que pueden ser para mí una fuente de gratificaciones, me
siento fascinado y procuro dominarlo para ponerlo a mi
servicio. Dejarme fascinar por lo que me halaga me rebaja y envilece
como persona, porque fascinar implica arrastrar, seducir, succionar,
empastar. Al empastarme o fusionarme con la realidad fascinante, pierdo
libertad interior, la capacidad de mantenerme cerca a cierta distancia
respecto a tal
realidad.
Al ejercer ese
dominio envilecedor por partida doble, siento una singular euforia o
exaltación superficial, pues nada hay que conmueva tanto nuestro
ánimo como poseer aquello que enardece nuestros instintos. Este enardecimiento
es efímero como la llamarada de hojarasca y degenera bien pronto en una
profunda decepción, al percatarnos de que dos realidades envilecidas no
pueden encontrarse. El encuentro es una forma de unión muy fecunda
porque supone respeto -actitud opuesta al afán reductor-, oferta generosa de
posibilidades, voluntad de colaborar al perfeccionamiento mutuo. A través del
encuentro se desarrolla la persona humana y se enriquecen las realidades de su
entorno. Si, por afán egoísta de dominio, renuncio al encuentro, me veo vacío
de algo que necesito para crecer como persona, y ello me produce tristeza. Ese
vacío se acrecienta cuando adopto una vez y otra la misma actitud interesada,
centrada en mi propia satisfacción. Al asomarme a ese inmenso vacío interior,
experimento la forma de vértigo espiritual que llamamos angustia.
La angustia es una sensación de desmoronamiento total. Ante un peligro concreto
frente al cual podemos tomar medidas, sentimos miedo. Si el peligro nos
acecha por todas partes, no sabemos a dónde acudir y nos vemos desvalidos.
Nuestra situación es, entonces, angustiosa. En caso de que esta
situación sea irreversible porque no somos capaces de cambiar de actitud, la
angustia inspira enseguida un sentimiento de desesperación, la
conciencia amarga de haberse uno cerrado todas las puertas hacia el pleno
desarrollo de sí mismo. Ese sentimiento conduce a una extrema soledad,
la ruptura total de todo vínculo auténtico con las realidades circundantes. Esa
soledad de aislamiento supone la destrucción de la vida propiamente
humana.
Sobrevolando
este proceso, observamos que el vértigo comienza por la vana ilusión de
conquistar la felicidad por la vía del egoísmo y acaba privándonos de toda vida
personal auténtica. El que se entrega a cualquier tipo de vértigo puede tener
la impresión de ganar una forma intensa de unión con la realidad fascinante,
pero en realidad no se une a ella, se pierde en el halago que
ella le produce.
El proceso de
éxtasis es impulsado por una actitud básica de generosidad. Si
soy generoso, respeto cuanto me rodea, es decir, lo estimo en lo que es
y en lo que está llamado a ser. Si, por ejemplo, es una persona la que me
atrae, no intento reducirla de rango y convertirla en objeto -o medio para mis
fines-; la trato como un ámbito de realidad, una fuente de iniciativa, y
colaboro con ella para que alcance su pleno desarrollo. Esa colaboración
se da sobre todo en el encuentro. Al encontrarme, siento satisfacción
y alegría por partida doble, ya que somos dos personas las que nos
estamos realizando como tales. La alegría alcanza el grado de entusiasmo cuando
me encuentro con una realidad muy valiosa y me veo elevado a lo mejor de mí mismo.
Entusiasmo ("enthusiasmós") significaba en griego
"inmersión en lo divino", en lo perfecto, en lo que nos lleva a
plenitud. Al vernos realizados de esa forma, sentimos felicidad interior,
y ésta se manifiesta en sentimientos de paz, amparo y júbilo festivo.
El proceso de
éxtasis comienza con una gran exigencia -la de ser generosos-, nos promete
plenitud personal y nos la da al final porque nos lleva a crear relaciones de
auténtico encuentro. Las experiencias de éxtasis -de tipo estético, ético,
religioso...- promueven en nosotros la capacidad de fundar modos entrañables de
unidad con las realidades del entorno, agudizan nuestra sensibilidad para los
grandes valores y acrecientan nuestra capacidad creativa, que consiste en responder
activamente a la llamada de las realidades valiosas, realidades que ofrecen
posibilidades para realizar acciones llenas de sentido.
A la vista está
que los procesos de vértigo y éxtasis son polarmente opuestos por su origen, su
desarrollo y sus consecuencias. Sin embargo, hoy día se tiende profusamente a
confundirlos. Esta confusión es sumamente nociva porque pone a las gentes en
grave riesgo de lanzarse a las experiencias de vértigo, que destruyen la
personalidad, con la falsa ilusión de que son experiencias de éxtasis, que la
construyen.
Ver de cerca, a
través de las grandes obras literarias, los estragos que causa en la vida
humana la entrega a la seducción del vértigo y las altas cotas de vida humana a
que nos elevan las experiencias de éxtasis constituye la base de una auténtica
y sólida formación, pues nos prepara para saber prever. Nos permite
advertir que el proceso de vértigo se mueve en un nivel de manipulación de objetos
o de ámbitos tratados como tales. El proceso de éxtasis se da en un nivel
de encuentro con ámbitos o con objetos elevados a condición de ámbitos.
Por eso se subrayó con tanto interés en las Unidades primeras la necesidad de
distinguir diversos niveles de realidad y diferentes actitudes frente a ellos.
Si no sabemos en cada momento en qué nivel de realidad nos estamos moviendo
-por ejemplo, cuando manejamos un objeto, o interpretamos una obra musical, o
tratamos a una persona- y qué actitud debemos adoptar en cada caso, no tenemos
garantía alguna de configurar nuestra personalidad debidamente y vivir una existencia
digna.
Al instarnos
incesantemente a reflexionar sobre ello, la lectura de obras literarias de
calidad contribuye de modo decidido a nuestra formación integral.
6. Aplicación
de este método a obras cinematográficas
La película Pinocho[25]
permite al educador introducir al niño y al adolescente en un ámbito
pedagógico del mayor interés. Pinocho es un muñeco de madera, una
marioneta; no tiene capacidad de actuar por su cuenta. Pero el hada le ofrece
la posibilidad de llegar a ser "un niño de verdad". Le basta para
ello comportarse bien, seguir la voz de la conciencia, encarnada en Pepito
Grillo. Justo en el momento de iniciar su proceso formativo en la escuela,
recibe el asalto de la tentación, encarnada en el zorro. Éste lo aleja de la
escuela, con el señuelo de conseguir fama, gloria y riquezas. "Tendrás
mucho dinero para gastar", le dice. Pinocho se entrega, fascinado, a la
vida teatral, que representa el modo de existencia espectacular. "Voy a
ser un artista", exclama. Llevado de la primera euforia, canta enardecido:
"¡Soy libre y soy feliz, nadie me maneja a mí, viva la libertad, esto se
llama vivir!" Pinocho ignora que el zorro tentador, al que llama
inocentemente "el honrado Juan", lo ha entregado a un empresario
dominador, el gordo Farinelli, que lo reduce a mero medio para obtener
ganancias. Cuando Pinocho manifiesta su deseo de "volver a casa", lo
encierra en una jaula (que se tambalea para indicar la inseguridad que produce
el vértigo), y le advierte duramente que, cuando deje de ser un recurso
económico, le sacará todavía un poco de provecho alimentando durante un rato el
fuego con la madera de que está hecho. Pinocho, asustado, llama en su auxilio a
Pepito Grillo, que intenta en vano liberarlo. Pinocho desoye una y otra vez la
voz de la conciencia y reduce a Pepito Grillo a una especie de tabla de
salvación en momentos desesperados. Entonces acude el hada. Pinocho
siente vergüenza ante ella, por su conducta desviada, pero intenta salir de la
situación no mediante el arrepentimiento sino mediante la mentira. Con ello se
le deforma el rostro, porque le crece la nariz, para indicar que la mentira nos
impide ser auténticos.
Una vez
liberado, vuelve pronto a caer en manos del tentador, que lo envía a la casa de
los juegos, en la que "todos los días son domingos". Lo fascina con
la promesa de que encontrará lo que más le halaga. "¡Pasen pronto -les
dicen a los niños en esa casa-. Helados, pasteles y dulces. Todo gratis!".
"Aquí está la casa de las peleas. Peleen para divertirse". "Aquí
se fuma; se regalan cigarros y cigarrillos. Fumen hasta empacharse".
Pinocho y su amigo Polilla juegan al billar mientras fuman grandes cigarros.
"Puedes hacer lo que quieras -le dice Polilla-. Nadie te dice nada, no se
estudia, hay mucha comida, mucha bebida, todo de balde". En un momento le
pregunta Pinocho "dónde están los otros". Polilla responde
indiferente: "Estarán por ahí. ¿A ti qué te importa? ¿Te diviertes?"
Al llegar
Pepito Grillo a la casa de los juegos, exclama: "Parece un
cementerio". Y le advierte a Pinocho: "Así no serás nunca un niño de
verdad". La decepción no tarda en llegar, porque los niños se han ido
envileciendo y acaban por no saber hablar. Al que sabe decir su nombre (por
ejemplo, "Alejandro") lo rechaza el amo porque "no está
hecho". Esta degeneración se patentiza en la deformación de su figura
corpórea: se convierten en asnos. Ya lo había indicado el amo gordinflón:
"Cuanta más libertad se les da, más se portan como asnos". Al ver sus
grandes orejas y el rabo, Polilla se enfurece y grita: "Me han
engañado". Pepito Grillo propone a Pinocho escaparse antes de que se
envilezca del todo. La liberación de este proceso de vértigo consiste en volver
a la casa del padre, es decir, al lugar de encuentro del que se
había alejado.
Cuando se
entera de que su padre, Geppeto, se halla en situación angustiosa dentro del
vientre de la ballena Monstruo, corre desalado para salvarlo. Esta generosidad
encamina a Pinocho por la vía del éxtasis o la creatividad, que
va a permitirle llegar a ser un niño verdadero. Por eso empieza a amanecer, en
contraste con las densas tinieblas que envolvían las situaciones de vértigo. El
paisaje del fondo marino es atractivo y colorista; numerosos peces
acompañan a Pinocho amistosamente. Al encontrarse Pinocho y Geppeto, se unen en
un común deseo de salvarse. Cuando, tras muchos avatares y peligros, llegan a
tierra, Pinocho yace, ahogado, sobre la arena. Quien ha muerto, en definitiva,
es el muñeco sin personalidad, incapaz de desoír la voz halagadora de los
manipuladores que deseaban reducirlo a mero objeto. Una vez trasladado a casa,
el hada buena le dice: "Prueba que eres bueno, sincero y generoso, y
llegarás a ser un niño de verdad. Despierta, Pinocho...". La
transfiguración está hecha: Pinocho ya es un niño que piensa, siente y quiere
por sí mismo, guiado por su conciencia. El hogar se convierte en una fiesta,
como corresponde a la situación de encuentro que se ha creado entre todos, y
Pepito Grillo recibe el galardón que merece por haber guiado con éxito a
Pinocho en su proceso formativo.
Esta obra
ofrece múltiples ocasiones al profesor para subrayar la importancia de ciertas
ideas básicas e ir configurando la mente, la voluntad y el sentimiento
de niños y adolescentes en orden a la realización de un Humanismo de la
unidad. Tal modo de configuración ha de estar años luz alejado de toda
forma de manipulación. Orientar a una persona hacia los valores,
adentrarla en su área de irradiación no es manipularla; es guiarla,
realizar una labor de maestro. Uno puede equivocarse al hacerlo, porque es
humano el errar. Pero, si lo que intenta es convencer y no sólo vencer
al discípulo, no es un manipulador sino un guía. La utilización de películas y
narraciones presenta la ventaja de que el niño y el adolescente se sumergen en
situaciones corrientes de la vida, las viven, captan el sentido del lenguaje, y
en ese campo de iluminación se establece un diálogo fructífero entre
ellos y el formador. Este no habla en abstracto; no dice nada que caiga en
vacío sobre los discípulos; analiza las cuestiones en las que ellos están ya
participando. Este es el método adecuado: Hacer experiencias que los discípulos
puedan comprender y vivir por propia cuenta, y luego analizarlas, articularlas,
clarificar su auténtico sentido.
En el film El
doctor, un cirujano reduce a los enfermos a meros "casos
clínicos", a los que identifica con el número de la cama hospitalaria y
considera como pura materia de manipulación quirúrgica. Pero he aquí que el
médico enferma y es sometido a ese mismo tratamiento. Al principio se revela
contra semejante envilecimiento, indigno de su posición social. Mas poco a poco
va tomando nota de la lección que le está dando la vida. Al reintegrarse a su
trabajo profesional, no tolera que a los enfermos se les trate de la forma
deshumanizada de la que él mismo había hecho gala anteriormente
Uno de los
sucesos más impresionantes de esa joya cinematográfica que es Ben Hur tiene
lugar cuando el cónsul que manda la flota advierte que le ha salvado la vida
uno de sus galeotes, a quien él llamaba fríamente "41", el número del
remo al que solía estar encadenado. Sus primeras palabras son éstas: "Oye,
41, ¿tú cómo te llamas?". Una lección fecundísima de vida se desprende de
esta escena. Cuando se mira y trata a alguien como persona, se
desea saber su nombre propio. Al pronunciar el nombre propio de alguien, se
hace vibrar todo lo que éste es; no se le reduce a alguna de sus
características. En cambio, sustituir el nombre propio por alguna condición
accidental de la persona - un rasgo físico, una función social humilde, un
defecto...- equivale a reducirla de valor. Por eso es un acto envilecedor y
humillante.
Recuérdese, a
este respecto, que el protagonista del film de Bertolucci El último tango en
París manifiesta que no desea saber el nombre propio de la protagonista
cuando ésta, tras cierto tiempo de convivencia íntima, le pregunta cómo se
llama. Ello indica que quiere mantenerse en un nivel de pura relación corpórea,
y no crear relación personal alguna. Esta forma de plantear las relaciones en
un plano infracreador, puramente pasional, explica el desarrollo de la acción
y, sobre todo, su final descorazonador.
En El
silencio, de Ingmar Bergman, una joven comunica entusiasmada a una hermana
suya que está sosteniendo relaciones íntimas con un extranjero, y, como él no
conoce su lengua ni ella la suya, no pueden hablar... Sabemos que el lenguaje
auténtico, el que es dicho con verdadero afecto, crea paulatinamente relaciones
de convivencia. Alegrarse de no poder hablar, al tiempo que se mantienen
relaciones corpóreas íntimas, significa que no hay voluntad de crear vínculos
personales.
En las obras de
Charles Chaplin ("Charlot") y de Mario Moreno
("Cantinflas") se hallan múltiples episodios extraordinariamente
ricos en valor pedagógico. Ambos producen hilaridad porque están constantemente
bajando del nivel de personas normales a uno inferior, el nivel de muñecos que
actúan mecánicamente (Charlot) y de personas que se ven reducidas a condiciones
menesterosas (Cantinflas). En ambos casos se trata de "antihéroes",
que actúan de forma desmañada y, cuando parecen caer a niveles casi
infrahumanos, se alzan a un nivel de máxima dignidad porque nos dan una lección
sencilla, nada prepotente pero espléndida, de conducta virtuosa, constructiva,
regocijante para el espíritu. A la risa provocada por sus caídas de nivel, se
une el gozo interior que produce la bondad, la ternura para con el desvalido,
la voluntad de ayuda incluso en las condiciones más duras.
7. Aplicación
de este método a la actividad de las tutorías
Por su poder de
promocionar la capacidad creativa, este método de análisis de obras literarias
y cinematográficas produce óptimos resultados en la tarea de orientar a niños y
jóvenes en su camino hacia la madurez.
En más de una
ocasión, el análisis en clase de la obra de R. Bach Juan Salvador Gaviota
provocó en algunos falsos líderes estudiantiles un verdadero cambio de actitud.
De modo análogo, la consideración atenta de las diversas aventuras de Pinocho
abrió los ojos de muchos niños y adolescentes para comprender la falacia de
quienes nos halagan con promesas vanas pero nos lanzan al vértigo y, con él, a
la infelicidad.
La lectura
meditada de un cuento o un poema sugestivos graba a fuego en el ánimo de los
niños y jóvenes las claves de interpretación de la vida que necesitan para
saber orientarse. Hágase la prueba, por ejemplo, con la breve narración Los
siete tarros de oro, reproducida por Anthony de Mello en su libro El
canto del pájaro[26]. Se comprobará que es posible suscitar en niños y
adolescentes una idea clara, por sucinta que sea, de lo que es el proceso de
vértigo y la peligrosidad que encierra. El discípulo vive la peripecia del buen
barbero. A la luz que alumbra tal experiencia, el educador le pone nombre a tal
proceso: "vértigo". Y este término se carga de sentido para el niño y
el adolescente. Posteriormente, ese primer esbozo de sentido irá cobrando
cuerpo, adensándose, ampliándose, hasta ganar una gran madurez. Ese ir
llenando de sentido cada término y cada concepto es la tarea básica de la
educación.
Es muy
importante advertir que la meta de estos análisis no es tanto subrayar los
peligros inherentes a los procesos de vértigo cuanto destacar la riqueza de
vida que suscitan los procesos de éxtasis. Aunque se trate de una tragedia, en
la que todo parece diluirse en un puro horror, hemos de ver, al trasluz de las
desgracias, la inmensa felicidad que se hubiera conseguido de haber orientado
la vida por la vía opuesta, la del éxtasis. De esta forma, la tragedia resulta
"catártica", purificadora, como sugirió tempranamente el gran
Aristóteles.
[1] El
tema de esta ponencia lo expuse con amplitud en las obras La formación por
el arte y la literatura, Rialp, Madrid 1993; Cómo formarse en ética a
través de la literatura, Rialp, Madrid 21994; Literatura y formación
humana, San Pablo, Madrid 21997.
[2]
Véase, por ejemplo, J. Luis López Aranguren: Ética, Revista de
Occidente, Madrid 1965, 3ª ed., págs. 413-414.
[3]
Puede verse en mi Estética de la creatividad (Rialp, Madrid 1999, 3ª
ed., págs. 384-464) el análisis pormenorizado que realizo de la obra de J.P.
Sartre La náusea. Hasta el adjetivo más caprichoso en apariencia queda
coherentemente inserto en el contexto, sin necesidad de explicarlo como una
"licencia literaria".
[4]
Edhasa, Barcelona 1996, 5ª ed.
[5] Cf. O.
cit., p. 64.
[H6] Cf. O. cit., p. 61.
[7] Cf. O.
cit., p. 109.
[8] Cf. Eurydice,
La Table Ronde, Paris 1958, p. 143; Eurídice, Losada, Buenos Aires 1968,
4ª ed., p.280.
[9] Cf. Eurydice,
p. 142¸ Eurídice, p. 280.
[10] Cf. O.
cit., Alianza Editorial, Madrid 1971, p. 143; L'étranger, Gallimard,
Paris 1957, p. 188.
[11] Un
amplio análisis de El extranjero se halla en mi Estética de la
creatividad, págs. 431-464.
[12] Cf. Esperando
a Godot, Barral, Barcelona 1970, p. 46; En attendant Godot, Les
editions du Minuit, París, 1973, págs. 57-58.
[13] Cf. Esperando
a Godot, p. 19; En attendant Godot, págs. 22-23.
[14] Cf. Esperando
a Godot, p. 69; En attendant Godot, p. 90. Un amplio
análisis de esta obra puede verse en mi libro Cómo formarse en ética a
través de la literatura, Rialp, Madrid, 1994, 2ª ed., págs. 229-263.
[15] Cf.
Platón: República, libro X; J.P. Sartre: L´imaginaire, Gallimard,
París 1948, págs. 239-246.
[16]
Sobre las realidades artísticas, véanse mis obras La experiencia estética y
su poder formativo, Verbo Divino, Estella 1990; La formación por el arte
y la literatura, Rialp, Madrid 1993.
[17] Cf.
F. García Lorca: "En los umbrales del estreno de Yerma", en Yerma,
Alianza Editorial, Madrid 1981, p. 133.
[18] Cf. Juan
Salvador Gaviota, Pomaire, Barcelona 1972; Jonathan Livingston Seagull, Pan
Books, Londres 1972.
[19] Cf. O.cit.,
págs. 20-26; Título original: The Pearl, Pan Books, London 1981, 19ª ed.
[20] Ed. G. Kraft,
Buenos Aires 1959; The old man and the see, Penguin Books, Harmondsworth
1952, 1966.
[21] En
mis obras El libro de los valores, Planeta, Barcelona 1998, 7ª ed.; El
encuentro y la plenitud de vida espiritual, Edic. Claretianas 1990; El
poder del diálogo y del encuentro, BAC, Madrid 1997; Romano Guardini,
maestro de vida, Palabra, Madrid 1998, se explica el sentido de numerosos
conceptos decisivos para la comprensión del ser humano.
[22] PPC,
Madrid 1992.
[23] Cf. O.
cit., págs. 40-43.
[24] Cf. O.
cit., págs. 23-27.
[25]
Versión cinematográfica de la obra de Carlo Collodi Las aventuras de Pinocho,
Alianza Editorial, Madrid 1995.
[26] Editorial Sal
Terrae, Santander 1982, p. 173.