La honra en La Celestina y sus continuaciones. Controversias de la crítica en torno a "La Celestina". Las ediciones. El género literario. El autor. La intencionalidad. Argumento y estructura (informativo). Síntesis argumental. Estructura argumental. Análi
Autor: Francisco José Herrera
La
honra en La Celestina y sus continuaciones
Fecha de envío: 20/07/98
La honra
en La Celestina y sus continuaciones
Podemos
asegurar que, a todas luces, la defensa de la honra privada y su extensión al
ámbito familiar ocupa un puesto importante entre las preocupaciones de los
personajes de las obras celestinescas, pero no el principal. En este corpus
textual las figuras se mueven al son del amor o al soniquete de la bolsa; sin
embargo, en pocos casos el honor y sus consecuencias tienen mayor importancia
que la de un tópico literario. Claro que abundan en la materia celestinesca las
referencias a la honra que se ha de perder y a su auxilio, aunque en la mayoría
de los casos suenen a declaraciones huecas, excusas vanas que tienen más un
valor formal que una intención moral auténtica. Como es de suponer, los autores
pretendían dar un barniz de integridad pública que hiciera más pasables los
estragos cometidos por sus personajes en los terrenos de la pasión y el interés
propio. De aquí, la insistencia, en especial en los prólogos e introducciones,
en demostrar el carácter moral y la reprensión de los vicios que caracteriza a
estas obras. En todas, ellas, incluso en las más alejadas del modelo rojano,
flota ese virtuoso decorado. Veamos el ejemplo de La hija de la
Celestina de Salas Barbadillo, una obra escrita ya en los primeros años del
siglo XVII y, por lo tanto, inserta en un ambiente social diferente al que
respiró el autor del texto seminal. En la Aprovación del libro se nos
dice:
aora, para conseguir Alonso de
Salas el fin que con tales obras se pretende, te muestra en la astucia y
hermosura de Elena y trato de su compañía lo que executa la malicia deste
tiempo y el fin que tiene la gente desalmada, que viven como si les faltara el
conocimiento de nuestra verdadera Fe y de que ay premio y castigo eterno (La
hija de Celestina, pág. 41).
Un personaje como éste tan poco
sospechoso de cumplir las normas morales, se atreve, con todo su cinismo y su
ironía, a reprochar los comportamientos desviados de otros
protagonistas:
Hombre miserable que pierdes la
ocassión de ser el más dichoso de la tierra; tú, a quien dio el cielo las dos
mayores comodidades, las dos más grandes ventajas que puede tirar el gusto
humano, como son larga hazienda y muger propia que te yguala en la calidad,
hermosa en las partes del cuerpo, discreta en las del alma; y en las unas y en
las otras a tu satisfazión y a la de los ojos de tus vezinos, que siempre en
esta materia veen más que los tuyos; honesta y vergonçosa, qué buscas? (op.
cit. pág. 95).
Elena, una vez más, hace recaer
sobre la virtud femenina la defensa de la honra familiar, convirtiéndose así en
el baluarte de la reputación. En este aspecto nos encontramos ante la misma
situación que es tan común en toda la literatura del siglo de oro. No obstante
el sentido irónico y burlesco convierte a esta obra en una excepción,
incluyéndola en la rama torcida de la tradición celestino-picaresca.
Cómo es el paisaje moral que
aparece en este tipo de obras? A tenor de lo observado hasta el momento, se
produce un enfrentamiento entre la realidad mostrada y la aspiración prometida
por parte de los autores.
Con toda su animada galería de
personajes poco edificantes, con toda su exhibición de jóvenes descarriados,
rufianes, prostitutas, alcahuetas, fanfarrones, etc., La Celestina pretende ser
considerada como una "moralidad" (MARAVALL, 1972, pág. 15).
Esta confrontación nace de una
doble intención, la de criticar, consciente o inconscientemente, el tipo de
moral impuesta en la época y, al mismo tiempo, limpiar la obra de cualquier
sospecha ante la posible censura. No debemos olvidar que
sufría ésta [la sociedad española
del siglo de oro], sobre todo a partir de la segunda mitad del siglo XVI, de
una exacerbación del sentimiento del honor que llegó a tomar las proporciones
de psicosis colectiva (DOMÍNGUEZ ORTIZ, 1970, pág. 191).
Ante esta preocupante situación
no eran vanas las precauciones tomadas por los autores para defender su
trabajo. Hay que subrayar que este proceso tendría lugar en especial en las
obras más originales -la de Rojas y la de Delicado-, mientras que en la mayoría
de las continuaciones, cíclicas o no, este enfrentamiento sería más bien una
herencia literaria. De esta manera, el impulso de la obra original, descartado
por completo el de la Lozana andaluza al no conocerse en España, llevó a cabo
este proceso de despojo de la realidad, al querer mostrarla en su carne viva.
Con la fuerza de la obra de Rojas, el ciclo celestinesco entra en el reducido
grupo de las obras que se oponen a las ideas establecidas. Por esta razón no
debe extrañarnos que muchas de estas obras no tuvieran ninguna posibilidad de
aparición entre el público -el Retrato de la Lozana andaluza, la Seraphina,
la Thebaida, la Ypólita- o se tuvieran como de dudosa moralidad
-las continuaciones directas-. Como nos explica CASTRO (1966):
La literatura mayoritaria no se
hacía problema de las ideas reinantes acerca de la honra; pero desde La
Celestina hasta el Quijote corre una serie de obras en las cuales se afirma en
modos distintos, aunque coincidentes en su sentido, que la honra depende de la
conducta, de las obras personales, no del linaje, ni de lo decidido por la
anónima opinión del vulgo (pág. 243).
El riesgo que Fernando de Rojas
corrió fue, además, doble. Por un lado, este rechazo a la norma social que
imponía como centro de la vida al honor público. Por otro lado, su origen
converso le convertía en un enemigo fácil de abatir por sus contrarios -como ya
demostró GILMAN (1978) en su trabajo sobre las vida de este escritor-. No debe
extrañarnos, pues, que una vez escrita la obra, Rojas se olvidara para siempre
de sus devaneos literarios y se dedicara a otros menesteres menos sospechosos.
Su intención debió de ser no levantar ningún recelo, pasar lo más sigilosamente
posible, una vez dejada su herencia mortal entre las páginas de su obra. El
peligro era grave:
Atendiendo a las graves
consecuencias que tenía la difamación en una materia que tanto pendía de la
fama y rumor público, es natural que llamar a otro moro o judío se tuviese por
grave ofensa que las leyes castigaban con retractación pública y otras penas si
el ofensor no justificaba sus palabras (DOMÍNGUEZ ORTIZ, 1970, pág. 200).
Estando las cosas de esta
manera, el autor no pudo declarar en modo alguno su intención abiertamente. Lo
hizo de una forma más sutil. Todo el entramado trágico, la sordidez de los
ambientes -tanto entre los criados como en la casta superior-, el egoísmo
reinante en la obra (Cfr.. GOYTISOLO) hace que la crítica penetre de una manera
ingeniosa y, al mismo tiempo, descarnada. Donde mejor se observan estos rasgos
es en la pintura de los personajes establecidos en la punta de la pirámide:
En los ricos de reciente elevación
se dan faltas sociales con frecuencia. Su comportamiento ofrece fallos
notorios, porque su fe en las cláusulas del código del honor estamental es
débil. Es el caso de los ricos recientes, en su alto nivel social. Ello llegó a
constituir un fenómeno característico de los siglos XV y XVI. Hay en Calisto, y
más o menos acusadamente en los restantes personajes distinguidos de La
Celestina, una falta del sentido del honor (MARAVALL, 1972, pág. 54).
Nos hallamos ante una quiebra
social, reflejo de una época de transición, al distenderse la tensión pública y
relajarse el orden feudal propio de las sociedades cristianas castellanas de
los albores del Renacimiento. Agotado el objetivo militar, la clase superior,
en especial los jóvenes, se encuentran con una reglas nuevas que organizan el
juego social de una forma diferente:
El concepto de honra,
fundamentalmente masculino y comprensivo de los valores que se destacan, se
acuñan y tienen mayor peso en la guerra, se ha modificado. Su contenido ya no
es ético sino económico y social, no designa ya algo subjetivo, sino objetivo y
con símbolos visibles (CARLÉ, págs. 81-82).
Si unimos estas dos ideas, la
ruptura de castas -y por consiguiente la desaparición o enclaustramiento mental
de una parte considerable de la sociedad- y la nueva situación histórica que
impone una vida más relajada, encontraremos el medio en el que se mueven estos
personajes masculinos. Calisto, el prototipo de joven de la época, no tiene la
decisión de los héroes literarios, es un atolondrado, egoísta e indeciso. No
puede lograr su honor en el campo de batalla, así que debe plantearse la lucha
en la esfera pública. La facilidad para el gasto, que analizamos en el capítulo
correspondiente a la ganancia, no es más que uno de los signos sociales a los
que están obligados los caballeros del momento. Cuando en el acto II, Calisto
duda haber hecho bien al darle cien monedas a la alcahueta antes de rendir
cuentas de su trabajo, será Sempronio quien le tranquilice con estos
razonamientos:
Allende de remediar tu vida,
ganaste muy gran honrra. Y para qué es la fortuna favorable y próspera sino
para servir a la honrra, que es el mayor de los mundanos bienes? (La
Celestina, II, pág. 58).
El concepto de fama se ha
deslizado hacia otro significado. Ya no se fundamenta en los méritos propios
sino en las opiniones ajenas:
En esta obra asoma ya un concepto
de honra desligado de toda ética, y que más que una participación activa o la
ejecución de una serie de actos virtuosos, se fundamenta, como posteriormente
en el Siglo de Oro, en la opinión y estimación ajenas. Bajo este
condicionamiento, tan honrado se siente el caballero como la ramera. Y esta
estimación ajena se consigue mayormente con el dinero, las riquezas, la
generosidad en el dar (RUBIO GARCÍA, pág. 70).
El veleidoso caballero apenas se
plantea otra meta que satisfacer su instinto primario, su ciega pasión que le
lleva a dejar de lado cualquier otro interés, público o privado. Su tiránico melibeísmo
le obliga a avanzar sin sentido hacia el logro de su fin. Sólo al final del
proceso, cuando le llega la noticia de la muerte de Sempronio y Pármeno, se da
cuenta de que ha caído en una trampa de la que no podrá salir sin daño -mortal
en su caso-. Demasiado tarde para reaccionar y elegir la opción válida:
Pues yo bien siento mi honrra.
Pluguiera a Dios que fuera yo ellos y perdiera la vida, y no la honrra, y no la
esperança de conseguir mi començado propósito, que es lo que más en este caso
desastrado siento (op. cit. XIII, pág. 187).
Al otro lado de la estructura,
como una imagen deformante y grotesca, el rufián Pandulfo, ingeniado por
Feliciano de Silva, defiende su propia reputación con uñas y dientes. En su
actitud de proxeneta ,exige de su pupila, Quincia, una fama limpia y
reluciente. Así, cuando alguien mira a mal a su protegida, se enerva y hace
ademán de buscar su espada -que lógicamente no encuentra a tiempo para deshacer
el entuerto-, y al mismo tiempo la tiene en la mancebía. Para el cobarde
Pandulfo
una cosa es ganar dineros, y, otra
es, fuera del lugar de ganallos, dezille de palabras ni de señas ninguna descortesía
en mi presencia; porque quiero yo que delante de mí parezca una Santa Catalina (Segunda
Celestina, I, pág. 120).
Si avanzamos en el estudio del
comportamiento rufianesco, veremos que su concepto de honor se circunscribe al
del éxito profesional. Como le advierte, de forma zalamera, a Quincia:
havíate a ti de faltar casa y
casas donde estuvieses a tu honra? (op. cit. II, pág. 132).
Como es habitual entre los
personajes del ciclo celestinesco, serán los criados fieles los que defiendan
el viejo sentimiento del honor. De este modo, Lydorio advierte sobre su amo:
Con lo que Floriano ha de
satisfazer a su appetito, él pierde el almo lo principal, pierde la honra, la
vida en condiciones, el patrimonio se disminuye, la hazienda anda en manos de
enemigos de su dueño y amigos de ella (Comedia Florinea, III, pág. 166).
De igual modo, en la Comedia
Ypólita, el lacayo Solento se escandaliza ante el comportamiento
desenfrenado de la dama: Que ya no mira su fama! (II, pág. 45).No
obstante, la mayoría de los sirvientes prefieren buscar su propio interés y
seguir el juego de sus amos. Por eso, es tan común encontrar bromas o sarcasmos
entre los criados sobre el comportamiento de los caballeros. En la anónima Comedia
Thebaida, Simaco parece reírse de su amo que intenta esconder de la opinión
pública lo que ya todos saben:
Trasquíleme en consejo y no lo
sepan en mi casa (I, pág. 13).
Es, en general, en el ámbito
familiar donde se encuentra la única actitud de defensa de la reputación. Al
contrario del plancto de Pleberio, construido sobre la base del dolor
por la pérdida de la hija y el desgarro de la fortuna, las lamentaciones de los
padres cíclicos se limitan a reclamar la opinión mermada. Ocurre en la obra
teatral de Jaime de Huete, en la que Timbreo se queja:
Oh desventurado viejo,oy mi vida y
fama es muerta!Oh gran mal,pues siendo la vida tal,muy mejor es fenecer!
(Comedia Tesorina, V, 2, pág. 120).
Hallamos aquí levantado el
edificio del honor barroco, alejado de las consideraciones morales de las
primeras obras del ciclo. Ni en La Celestina, ni mucho menos en el
Retrato de la Lozana andaluza se da esta desconfianza, este antifeminismo
tan exacerbado que asoma por entre las páginas de las continuaciones teatrales.
Una de las más características de este grupo es el Auto de Clarindo. En
esta obra de Antonio Díez, el padre de la dama expone de forma clara su opinión
sobre las mujeres y la opinión pública:
Son brasacon que se quema la
casa,acarrean mil ultrajes,por ser hechas de vil masa,dan menguas de sus
linajes (II, 1, pág. 243).
El mismo personajes toma sus
precauciones, advirtiendo a Clarisa, su hija, sobre el peligro que corre su
género:
No es cosasino que la muger
hermosa,hija mía, en este siglo,su honra jamás reposa,contino corre peligro (op.
cit. II, 3, pág. 251).
Y de igual manera opina
Raimundo, padre del protagonista, haciendo resaltar el hecho de que sólo en las
manos de las damas está sostener la reputación de los caballeros:
Avéis de ver,pues Dios puso en la
mugerla honra del hombre en ella,no se deve de perder,como veis, por culpa
della (op. cit. II, 3, pág. 251).
En resumidas cuentas, la idea
del honor sufre en el primer momento de la materia celestinesca un
apartamiento, como consecuencia del momento histórico, que desaparecerá
conforme vayamos avanzando en el ciclo hacia la idea barroca de la fama. La
situación se podría explicar, como apunta MARAVALL (1972), por los cambios en
las estructuras económico-sociales:
Desde que, en el declinar del
Medievo, una nueva mentalidad se anuncia, el fin de enriquecimiento es la ley y
toda consideración moral, si no se pierde -en ninguna ocasión, desde luego-,
pasa a segundo plano (pág. 65).
En nuestra opinión lo que se
produce es una evolución de la idea del honor. La reputación ha pasado de ser
un bien conquistado por el trabajo propio (habitual en una sociedad en guerra
continua) a ser un tesoro ya dado, por vía familiar, que se debe guardar y
defender de cara a la opinión pública -aunque en la esfera privada haya perdido
todo su valor-.
En mitad de la batalla por la
honra se encuentra la víctima -verdugo a su vez- de la situación: la mujer. En
general, la actitud más común entre los personajes femeninos es la del
acatamiento del orden impuesto por los hombres. Así, en la obra principal de
San Pedro, Laureana le aclara al auctor:
Ya tú conosces cuánto las mugeres
deven ser más obligadas a su fama que a su vida, la cual deven estimar en lo
menos por razón de lo más, que es la bondad (Cárcel de amor, pág. 103).
La heroína de San Pedro sería el
prototipo de mujer perfecta para la opinión masculina de la época. Defender la
honra hasta las últimas consecuencias. Melibea, por el contrario, cede, sin
apenas oponer resistencia, a los requerimientos de Calisto. En los primeros
encuentros pretende salvar los restos de su pundonor y, por eso, le pide a su
amado que le dé la solución a su pasión amorosa
tal que mi honrra no
dañes con tus palabras (La Celestina, X, pág. 155).
Y en la misma situación le
permite que haga según su parecer, siemprequedando libre mi honrra
(ibídem). En este caso, no está tan claro si Melibea realmente confía en no
perder su pundonor o más bien azuza la pasión de Calisto con falsas
resistencias. De cualquier modo, no tardará la hija de Pleberio en caer en
manos de la alcahueta y perder lo poco que de su honor quedaba a salvo. Así se
lo declara a la vieja Celestina:
Agora toque en mi honrra, agora
dañe mi fama, agora lastime mi cuerpo, aunque sea romper mis carnes para sacar
mi dolorido coraçón, te doy fe ser segura (op. cit. X, pág. 156).
Y, aún a pesar de haberse
declarado vencida, Melibea persevera, ya débilmente, en la defensa de su fama
hasta el último momento. De este modo le habla a Calisto en su primer encuentro
amoroso:
Desvía estos vanos y locos
pensamientos de ti, porque mi honrra y persona estén, sin detrimento de mala
sospecha, seguras (op. cit. XII, pág. 171).
Por el contrario, la alcahueta
de Rojas no padece de estos melindres. Celestina siempre ha tomado lo que le
interesa sin pararse a pensar en su honor. Recordemos que su máxima es que
honra y provecho no caben en el mismo saco. Por eso
cree que [las mujeres] no deben
cohibirse en sus deseos carnales, y que las que de ellos sean demasiado
generosas, deben sacarles un provecho contante y sonante (FERNÁNDEZ MÁRQUEZ,
s/p).
La vieja vive en un continuo carpe
diem, tan solo dificultado por su edad y su avaricia. No deja pasar ningún
placer que se encuentre a su mano: come, bebe, incluso se permite asistir al
encuentro sexual entre Sempronio y Areusa, rememorando las ocasiones pasadas.
En realidad, cuando la alcahueta habla de honra, se refiere a su propio
interés:
Celestina sabe, instintivamente,
que el ser significa existir, vivir en el mundo, en un instante dado, cuya
duración está fuera del humano control y que, por lo tanto, hay que aprovechar
decididamente ese instante antes de que se vaya para siempre (GURZA, pág. 84).
La protagonista del Retrato de
la Lozana andaluza comparte con su modelo rojano las ganas de vivir y el
aprovechamiento de la fama pública para la bolsa privada:
Una vez conseguida la estima
social Lozana la conserva y la aumenta, ella conoce bien la importancia de la
reputación y manipula la honra y deshonra del prójimo por medio de la alabanza
o la difamación (HERNÁNDEZ ORTIZ, pág. 80).
El beneficio propio mueve a
ambas mujeres al uso y abuso del honor ajeno como herramienta de trabajo. En
estos menesteres, será Lozana la que alcance, sin duda, los honores más altos.
Y la que se libere con más facilidad del yugo de la honra femenina.
En el otro apartado de
personajes femeninos se encuentran los que sufren las consecuencias de las
normas morales y apenas se rebelan. En la obra de Feliciano de Silva la
protagonista se aferra a la herencia familiar por desgracia para el insistente
Felides. Así defiende Polandria
aquella honra y fama que mis
passados con tantos trabajos me dexaron, con el autoridad de su linaje
sostenida en los trabajos, premios de la honra, que con descanso a ninguno es
otorgada (Segunda Celestina, XXXI, pág. 448).
Junto a ella encontraremos a la
más virtuosa criada del corpus celestinesco, Poncia, quien, ante la insistencia
del criado Sigeril, le advierte:
yo por mejor tendría la pérdida de
la hazienda que la de la honra (op. cit. XXVI, pág. 389).
En contraposición a la facilidad
con la que los personajes rojanos se deshacen de la armadura moral que les
oprime, las protagonistas femeninas de la primera continuación cíclica se
encierran en el castillo de su virtud. Feliciano de Silva se plantea su nudo
argumental como la lucha entre el interés masculino y la defensa de la honra de
las mujeres, con un símil caballeresco -muy cercano también a la Cárcel de
amor de Diego de San Pedro-. Este paralelismo convierte a Felides en un
nuevo Amadís, un renacido Palmerín, que se enfrenta, junto a su pseudo-escudero
Sigeril, con el castillo de la virtud femenina.
Sin embargo, en la misma obra,
aparece otro personaje que defiende un concepto de honra más cercano al de la
vieja Celestina. Se trata de la prostituta Palana, pupila del rufián cobarde. A
él se refiere cuando se queja:
Desventurada de mí, que cuanto
afano y trabajo para sostener mi honra me ha de robar este desuellacaras (op.
cit. V, pág. 151).
Aunque por mucho que se queje,
no puede librarse de la influencia de Pandulfo, de que depende terriblemente.
Así, ante la posibilidad de que él no pudiese mantenerse, la misma Palana lo
tranquiliza diciendo:
ya sabes que honra me quedará para
ganar para ti y para mí (op. cit. V, pág. 156).
Queda demostrado así que en
prácticamente la totalidad de los textos celestinescos aparecen los dos modelos
de conducta moral: el virtuoso (falso o sentido) y el interesado (el de la
alcahueta, las prostitutas, las mochachas, Lozana). En la Comedia
Ypólita, Florinda resume muy bien la incapacidad para sostener los ataques
y los requerimientos sentimentales de su caballero:
O donzella muy cuitada,y cómo en
el mal consientoy en mi daño!Y aunque veo claro el engaño,dél no me puedo
partir (IV, pág. 66).
La dama se ve arrastrada hacia
el vórtice de la pasión amorosa, encadenada a su vehemente ardor, a pesar de reconocer
la gravedad de los peligros que la rodean.
Dentro del grupo celestinesco,
el texto que más se ocupa argumentalmente de la pérdida y restitución de la
honra es la Comedia Florinea, aparecida en 1554 de la pluma de Juan
Rodríguez Florián. El ambiente moral ya empieza a espesarse -quizá con la
cercanía del Concilio de Trento y sus disposiciones antirreformistas- tanto en
la realidad como en la ficción literaria. No encontramos ya en las obras
celestinescas la frescura y la ligereza de los primeros textos. En la comedia
de Juan Rodríguez, aparecen tres personajes femeninos fundamentales, Marcelia
-que ocupa el trono de la alcahueta-, Justina y Belisea. La primera es una
mujer viuda con una hija doncella y una sobrina de buen ver. O sea, una
situación bastante peligrosa, puesto que, sin duda, debía levantar las
sospechas y los comentarios de la gente. De ahí la advertencia que Marcela le
hace a Gracilia, una prostituta acogida a su hospitalidad:
que ya sabes qué vezindad tenemos
en este barrio, que todos son cintinelas de casas agenas (Comedia Florinea,
XXXVI, pág. 284).
Y, de igual manera, le recuerda
a su hija:
más hemos de tener del ser buenas
y honestas, porque al mundo maligno y la vezindad sospechosa hemos de ser
recatadas (op. cit. XLII, pág. 301).
Son estos argumentos opuestos a
los usados por la Celestina rojana o la Lozana de Delicado. Para estas mujeres,
la fama profesional era un factor importante de su éxito, en realidad, la base
misma de su supervivencia. Si no se hubieran conocido sus tejemanejes, nadie
habría acudido a ellas para ejercer sus profesiones (tercerías, prostitución,
brujería o cualquier otro menester). Como es lógico, los trabajos celestinescos
no se hacen a la luz del día y abiertamente. Sin embargo, nunca pueden estar
exentos del conocimiento popular. Por el contrario, en el caso de Marcelia,
todas sus medianerías y el pupilaje que ejerce sobre Gracilia, la prostituta,
aparecen con un carácter marcadamente sumergido, escondido, disimulado. Por
eso, cuando se pone en duda la honorabilidad de esta mujer, Marcelia sale en su
defensa:
Que, por mi vida, que a mi sombra
está tenida y honrada y acreditada, que no es poco en este barrio (op. cit.
XXXVI, pág. 283).
A pesar de estas diferencias
formales entre el modelo rojano y la alcahueta oculta propuesta por
Rodríguez Florián, las semejanzas en la función y el fondo son mayoría. Como la
Celestina primigenia, Marcelia sabe dar largas a los rufianes en sus
requerimientos de forma zalamera:
Y de qué, mi amor, te daré cuenta?
Que, por tu vida, quasi todo lo di luego para salir de deudas que la persona
haze en esta triste vida, por sustentar la honra (op. cit. XXX, pág.
260).
Otro de los personajes femeninos
de la obra es Justina. Nos hallamos aquí ante Melibea de escasa resistencia,
sin su furia, aunque sí con sus repulgos, como en esta escena con Polytes:
no des en mí mal cobro de aquello
que para te servir yo tanto amo, que es mi honra (op. cit. VI, pág.
182).
De esta manera, el caballero se
ve obligado a acudir a la labor de la alcahueta, aun teniendo ya conquistado el
corazón de la dama. De todos modos, Justina no cede en sus melindres tampoco
ante la insistencia de Marcelia:
Pues me dizes lo que haga, dime el
cómo sin derogar a mi estado ni quebrar el hilo delgado de la honra, pues antes
sin la vista que sin ésta me desseo (op. cit. XV, pág. 209).
En contraposición a estos
postizos morales, aparecen las razones de Belisea. Las intervenciones de este
personaje se centran siempre en una defensa sin fisuras de la fama masculina:
La honra es cosa muy vedriada y
muy sotil, y muy frágil, y junto con esto, la que haze inmortales los hombres,
la que los haze de estima, la que les da imperios, la que los haze ser
servidos, pues vemos que los antiguos por solo la honra arriscaron quanto fuera
de ella tenían (op. cit. XL, pág. 295).
O el pundonor femenino:
Buena estaría la honra de la mujer
si sólo guardasse su honra de las manifiestas sospechas y los notorios daños de
su bondad (op. cit. II, 163).
Más adelante insiste en esta
idea, según la cual, las damas deben proteger su renombre incluso de en
aquellas ocasiones en las que el peligro no sea tan inminente,
porque el hilo de la honra es más
delgado que el de Portugal con que tú labras (op. cit. II, pág. 165).
Es este, pues, él único tesoro
que la dama debe mantener en su castillo, y en esta defensa le va algo más que
la opinión, la vida:
la donzella, sin estas dos cosas
[la honra y la honestidad], deviera ser antes enterrada que nascida. Y la
quiebra de la hembra no es como la del varón, porque ella cayendo en este
deslizadero, o se levanta tarde, o pocas veces, o nunca (op. cit. II,
pág. 162).
Las mismas conclusiones expone
ANAHORY-LIBROWICZ en su estudio sobre el pundonor femenino en la lírica
popular:
En la mujer, en cambio, el honor
lleva connotaciones negativas y fatalistas. Encerrada desde el principio en el
estrecho marco de la conducta sexual, la honra femenina no se acrecienta, más
sí se puede arruinar con el menor "deslice" sentimental. Una vez
perdida, ya no se puede recuperar (...). No extraña pues que la palabra honra
en el romancero venga a ser a menudo un eufemismo para expresar la virginidad,
el sexo y hasta el goce sexual (pág. 321).
Finalmente, debemos tener en
cuenta que para muchos personajes el bien tiene un verdadero sentido profesional
y no moral. Por consiguiente, es necesario andarse con pies de plomo a la hora
de analizar ciertas declaraciones. Así ocurre en la Comedia Thebaida,
cuando Aminthas opina sobre los tejemanejes de Veturia -una celestina sui
generis-:
assí me ha parecido siempre muger
amiga de toda bondad (XIII, pág. 222).
En la obra de Rodríguez Florián,
Marcelia se presenta ante el caballero protagonista, del forma más cínica que
se pueda imaginar, como
una pobre viuda, amadora de los
nobles y buenos (Comedia Florinea, XVI, pág. 216).
Más adelante y tras un encuentro
violento con el truhán Fulminato, se declara
desamparada de mi honra y querida
y tractada de los buenos (op. cit, XXX, pág. 263).
De todos estos casos, el más
pintoresco es el de la prostituta Palana, ideada por Feliciano de Silva. Ya en
su primera actuación se define muy claramente:
yo soy muger de bien (Segunda
Celestina, V, pág. 152).
Ella misma, ante las acusaciones
de Elicia y Celestina, lucha por su honra profesional, amparándose en la
calidad y publicidad de su trabajo:
Vos sois la ramera y la establera,
que yo limpiamente y público bivo de mi oficio, y no ganando dineros secretos
como vos. Yo soy tan buena como vos y mejor (op. cit. XXII, pág. 346).
También la vieja alcahueta usa
el sentido contrapuesto de estos términos en sus consejos al rufián Pandulfo:
guárdate, hijo, de las malas
conversaciones, y llégate a los buenos y serás uno dellos (op. cit. XIX,
pág. 305).
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