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La revolución de Mayo: La sociedad de la época.

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Quiénes eran los que querían saber de qué se trata. Cabildo Abierto. El rol de las mujeres en la sociedad de la colonia. La acción de los chisperos en la plaza. Saavedra y Moreno.

Agregado: 08 de JULIO de 2003 (Por Michel Mosse) | Palabras: 1293 | Votar! | Sin Votos | 1 comentario - Leerlo | Agregar Comentario
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    LA REVOLUCION DE MAYO LA SOCIEDAD DE LA EPOCA EL ROL DE LAS MUJERES LA ACCION DE LOS CHISPEROS EN LA PLAZA


    Quiénes eran los que querían saber de qué se trata

    No todos tuvieron participación directa en los sucesos de Mayo de 1810. Intelectuales y miembros de la burguesía comercial impulsaron los episodios del 25. Pero las clases populares también dieron su apoyo a través de las milicias.

     

    Saavedra estaba en silencio. El hombre a cargo del regimiento más numeroso de Buenos Aires, el que iba a presidir la Primera Junta, se mantenía frío y reservado frente a quienes lo rodeaban e insistían en que ya era tiempo de exigirle al virrey un Cabildo Abierto.

    Cinco mujeres de rebozo celeste ribeteado con cintas blancas se abrieron paso. Una de ellas le habló: "Coronel, no hay que vacilar; la Patria lo necesita para que la salve; ya ve lo que quiere el pueblo, y usted no puede volvernos la espalda ni dejar perdidos a nuestros maridos, a nuestros hermanos y a nuestros amigos".

    Cornelio Saavedra contestó sin saber que también la historia estaba esperando una respuesta: "Yo estoy pronto y siempre he sido patriota. Pero para hacer una cosa tan grande es preciso pensarlo con madurez y tomar las medidas del caso".

    Después, una mano de mujer lo tomó del brazo y logró lo que los hombres no habían podido: "Venga usted con nosotras a lo de Peña, que allá lo están esperando muchos amigos".

    Así, Vicente Fidel López cuenta en su novela La gran semana de 1810, una de las primeras del género histórico, lo que su padre, Vicente López y Planes, le había narrado de los días previos al 25 de Mayo de 1810. La historia revela que el diálogo de las mujeres ocurrió el sábado 19. Es una de las pocas escenas en que el protagonismo de los hombres que aparecen en los manuales de historia cedió ante la gente.

    En lo de (Rodríguez) Peña estaban los apellidos que trascendieron a los hechos. Se encontraban dos de los futuros vocales de la Junta: Manuel Belgrano y Juan José Castelli. Ese día, la Revolución de Mayo se puso en marcha.

    Anécdota al margen, la escena sirve para mostrar que —como la mayoría de la población de Buenos Aires— "las mujeres no tuvieron un protagonismo político. No eran sujetos de derecho, pero sí sociales", según Ricardo Cicerchia. En su libro Historia de la vida privada en la Argentina, este historiador consigna un dato que sostiene esa afirmación: el 22% de las familias urbanas era comandada por una mujer. Un promedio superior al europeo. "Aunque —apunta— la sociedad era patriarcal y jerárquica, lo que se repetía en las formas de participación política". Otro historiador, Enrique Carretero, cuenta: "Ellas se encargaban el correveidile político".

    En 1810, Buenos Aires era una ciudad que podía considerarse relativamente nueva, a la que la noticia de que los reyes de España estaban presos en Bayona había llegado en un barco inglés. No era ni linda ni fea. Era polvo en verano, un barrial en otoño y, a los ojos actuales, tenía más de espanto que de la cálida aldea colonial imaginada. Punto de vista que compartieron los extranjeros, que ni bien ponían un pie en el puerto de pasajeros se encontraban con imposiciones de los peones que los habían trasladado en lanchas a velas o en carretones desde los barcos. Ellos querían cobrarles cualquier precio por el viaje hasta esta tierra que la apertura comercial había transformado.

    La ciudad ya no era un grupo de ranchos que rodeaba un puerto de contrabandistas. El virrey había permitido el libre comercio y las calles se habían llenado de pequeños vendedores que formaban un gran grupo urbano. Y que, como los más, no protagonizaron en forma directa los sucesos de Mayo.

    El crecimiento abrupto de Buenos Aires había dejado su huella en una ciudad que no pudo asimilarlo. A esa altura, entre las calles con pozos en las que se ahogaron jinetes y caballos, vivían, se mezclaban y comerciaban 44.000 personas.

    Para construir sus casas, los vecinos usaban tierra y no se tomaban la molestia de ir a buscarla a las afuera de la ciudad: la sacaban de las calles. Y después de una larga lluvia, en la calle de las Torres (Rivadavia) se formaron pantanos tan peligrosos que fue necesario poner centinelas cerca de la Plaza (de Mayo) para evitar empantanarse y que se ahogara algún chico.

    "Yo he visto en algunas calles principales —escribía el ingeniero Antonio Mosquera a encargo del virrey Vértiz— dejar mulas y caballos muertos. He visto arrojar las basuras de cualquier casa y aún algo más: he visto en la fiesta de los toros dejar a éstos muertos".

    Por estas calles en las que caminar era una aventura, iban y venían los miembros de una sociedad multiétnica, con un tercio de la población negra, según se lee en en el libro de Cicerchia. Y a pesar de que formaban una cofradía que le imprimía a Buenos Aires el ritmo de sus tradiciones, no tenían derechos y, por lo tanto, tampoco se escucharon durante la Revolución.

    "A este pueblo no se lo llamó para votar", explica Carretero. "Los que fueron convocados al Cabildo Abierto del 22 de mayo eran parte de la elite. El golpe del 25 fue de intelectuales y de la burguesía comercial", puntualiza. "La participación política directa es de un grupo de vecinos formado por comerciantes, funcionarios, militares y los hijos de las familias más destacadas", confirma Cicerchia.

    Carretero reseña que la sociedad porteña estaba dividida entre los vecinos (los españoles que tenían negocios, familia y casa en la ciudad, y que además podían elegir y ser elegidos en el gobierno comunal) y el resto. Pero entre ellos las diferencias también existían. Según sus riquezas, eran considerados clase alta, media y media baja. "El censo de 1810 permite confirmar esta categorización y un parámetro a tomar es la cantidad promedio de esclavos que tenían", analiza Carretero en su libro Vida cotidiana en Buenos Aires. Los más ricos contaban con 20 esclavos, los de fortunas no tan grandes utilizaban entre 10 y 20 y los más pobres mantenían a menos de 10: los ocupaban en actividades rentadas como vendedores ambulantes.

    "El pueblo —dice el historiador, y alude a los trabajadores: al gaucho que carneaba, al talabartero, al albañil, al que mataba perros o ratas por encargo— no participó de los sucesos de Mayo. Los que estaban en la Plaza fueron convocados para dar apoyo a la línea ganadora." Pero a la actual Plaza de Mayo llegó gente. Era de los barrios lejanos y traída por el grupo llamado los chisperos que comandaban Domingo French y Antonio Beruti, punteros políticos de la época que les indicaban qué gritar.

    El clima dentro del Cabildo era ciertamente tenso. Entonces, los que apoyaban al virrey salían al balcón para comprobar si era verdad que la otra posición tenía apoyo popular. Pero pese a que la participación es limitada —sostiene Cicerchia— y la Revolución resulta una tarea política de un grupo, "no quiere decir que sus ideas no eran representativas". La clases populares, incluso los mulatos, "intervenían en la vida política a través de las milicias a las que pertenecían y que se habían formado desde 1807 con las Invasiones Inglesas".

    Ellos dieron su apoyo a los jefes militares como Saavedra. Y fueron los que estuvieron en la Plaza. Los que quisieron saber de qué se trata. El resto se enteró tiempo después —una noticia de Lima a Buenos Aires podía tardar 36 días— de lo que pasó aquellos días en el nombre del pueblo.



     
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