Los paradójicos años treinta. Roberto Marcelino Ortiz, flamante presidente de la Nación en el otoño de 1938. Jose Padilla Ortiz. Alejando el barro: el pavimento como estética de la modernidad. Nuevos referentes: de caciques travestidos y otras figuras modélicas. El Rosario de Ermete y Culaciati: urbanismo y elitismo. Mundo urbano y cultura popular. La modernidad. El poder político.
“ROBAN, PERO HACEN OBRA”
CONSERVADURISMO Y MODERNIDAD: LOS ¿PARADOJICOS?
AÑOS TREINTA
por FERNANDO
CESARETTI y FLORENCIA PAGNI
-¡Pobre Padilla en ese ministerio de malandras! ¡Si es como la Virgen
María en un quilombo! (Luna 1978:136)
Roberto
Marcelino Ortiz, flamante presidente de la Nación en el otoño de 1938, sabía de
que hablaba cuando se refería en esa forma irónica a la inexperiencia e
ingenuidad del titular de la cartera de Agricultura, ingeniero José Padilla.
Ortiz era un experto en la materia. Había sido ministro de Alvear y de Justo,
en Obras Públicas y en Hacienda, respectivamente. Conocía la dinámica propia de
esas estructuras burocráticas y sus
corruptelas.
Esta salida jocosa del presidente
escondía toda una declaración de principios, común a los sectores que
detentaban el poder político desde 1930. La íntima convicción de que valores
tales como la pureza administrativa, la legitimidad del mandato o la
escrupulosidad en el manejo de la cosa
pública, eran elementos secundarios frente a la exteriorización de las
realizaciones concretas. Como bien señalan Ballent y Gorelik, esa dicotomía
moral entre forma y fines “se tradujo
en el imaginario social bajo la forma de un lugar común de larga
duración: los gobiernos conservadores “hacen obra”...”Los conservadores roban,
pero hacen obra”: gobiernos que fueron sinónimo de corrupción, fraude electoral
o intimidación política, se legitimaban en su capacidad ejecutiva a través de
la obra pública. Desde este punto de vista, la obra pública y sus imágenes
adquirían una nueva dimensión simbólica, ya que parecían tomar partido dentro
de la vieja alternativa administración/política. La obra pública permitía a los
conservadores presentarse como eficaces administradores empeñados en una tarea
amplia y patriótica, que buscaba el bien común, y desvinculada generosa y
asépticamente de los intereses partidarios y o sectoriales con los cuales
identificaban a “la política”.(2001:155-156).
Esa nueva dimensión simbólica fue
construyendo un discurso que se potenció en el tiempo, instituyendo un modelo
de eficiencia reñido con la “democracia politiquera”. Antes bien, fueron las
dictaduras militares de las décadas del sesenta y setenta las encargadas de
llevar esa eficiencia administrativa a lo más alto de la consideración pública,
especialmente en el ámbito municipal.
La pervivencia de ese discurso fue posible en gran parte, por el
espectacular desarrollo de la obra
pública en la década del treinta.
Desarrollaremos entonces un breve
análisis de las transformaciones de la década. De las múltiples articulaciones
de la política de obras públicas llevada a cabo por los gobiernos de la
Concordancia. Su interrelación con los modos culturales, el urbanismo, la
arquitectura, la emergencia de una sociedad de masas, y la nueva apropiación
del territorio resignificando desde la geografía a la historia, para que esta
legitimara desde el pasado a un presente que se pretendía actuara a modo de síntesis
superadora de la contradicción entre país urbano y país rural.
Poniendo
énfasis en lo regional -cuasi desde lo
“micro”-, articulamos una hipótesis que centralmente objeta a la paradoja, a la
dicotomía y la contradicción como atributos necesarios de esa modernización
conservadora. Dado que los procesos históricos se tornan asequibles desde los
cambios pero también desde las persistencias, creemos los autores de este
trabajo que en los años treinta se
produjo una particular situación sociopolítica que permitió que cortes y
continuidades convivieran con lógica coherencia.
Alejando el barro: el pavimento como
estética de la modernidad
Expresan Ballent y Gorelik “en 1932, el país disponía
solo de alrededor de 2.000 km de caminos de tránsito permanente;” (2001:159).
Es una afirmación correcta pero engañosa. Tránsito permanente no significaba
comodidad de tránsito. Solo el cinco por ciento de esos kilómetros estaban
pavimentados. Los demás eran usualmente “caminos de tierra con baches y
pantanos, estos debidos a la crisis del país, generalmente artificiales, pues
era un rebusque para los chacareros hambrientos sacar los autos que se
atascaban”…”en
aquellos tiempos tan importante como la nafta pues (se) debía llevar siempre
algunas latas de repuesto era cargar el auto con palas, tablones, ladrillos,
cuerdas y poleas para desatascar la carretera cuando los pantanos fueran
naturales y no coincidiera con cuarteadores preparados, también se llevaban
elementos para parchar las cámaras pues no había lugar para llevar rueda de
repuesto” (Botana 1985:50). Toda una odisea, que torna aún más significativo el
hecho que al término del gobierno de Justo “los 100 kilómetros de camino
pavimentado se elevan a casi 10.000 entre concreto y asfalto” (Fraga 1993:304).
Este desarrollo tuvo sin embargo
fallas estructurales y estratégicas. Ya desde la década del veinte la
construcción de caminos era una bandera de desarrollo económico autónomo frente
al monopolio ferroviario británico, tal como lo entendía un amplio espectro
político de izquierda a derecha. Y una forma práctica de combatir el desempleo.
Así en Octubre de 1930, “la C.G.T. envió una nota al presidente Uriburu
señalando que los deseos de los obreros residían en la solución de la
desocupación obrera y proponía la construcción de caminos como una medida
tendiente al logro de ese fin. Sin embargo es interesante aclarar que esos
caminos no debían ser aquellos de turismo paralelo a las vías férreas…sino los
caminos que necesitaban los campos para acceso a las estaciones ferroviarias y
que sirvan de combinación entre los centros de producción y los distintos mercados
de la ciudad y el interior. Tal argumentación agregaba que si se construyeran
tales caminos, se podía esperar que los trabajadores de la ciudad pudieran
internarse en el campo `donde habría trabajo seguro y equitativamente
remunerado`.” (Matsushita 1986:81). Igualmente, aunque con obvias distintas
intenciones “las empresas británicas, ante la evidencia de que no podían
impedir el desarrollo vial, buscaron al menos que complementara su propio trazado, proponiendo a las
estaciones principales de ferrocarril como cabeceras de subsistemas locales.
Sin embargo, vieron todas sus
aspiraciones derrotadas, ya que la red caminera se construyó en franca
competencia, organizando una red troncal paralela a las principales vías
férreas nacionales. De tal modo, el volumen de cargas por ferrocarril descendió
hasta el borde de la extinción a lo largo de la década.” (Ballent y Gorelik
2001:160)
Esta descripción es en esencia
correcta, aunque relativizamos la importancia que le dan estos autores a la
caída de la actividad ferroviaria. El camión no pudo superar al vagón hasta
mucho tiempo después. Paradójicamente (o no), el régimen conservador en el
mismo momento que creaba la red
caminera, acometía un “plan de extensión de las líneas del Estado, (que)
impulsado por el Administrador Pablo Nogués, significó un enorme impulso para
la construcción de nuevas líneas o la extensión de otras, en un tiempo en que
las empresas ferroviarias particulares prácticamente habían cancelado todo proyecto en ese sentido.”
(Ferrer y Priotti 2001:102). Los años treinta son también los del reinado de
los grandes expresos, de los “rápidos”
que transportan a las élites y a una emergente clase media alta a los lugares
de turismo.
El manziano misterio de adiós que
siembra el tren, adquiere nuevas significaciones. “Me alegro de haber nacido y
vivido cerca de una gran estación terminal con su movimiento, su cambio
constante, su inestabilidad, esa impalpable sensación de aventura que traían los silbatos desgarrados de los
trenes en las noches de viento”. (Sebreli 1982:17). Contemporáneo a este
recuerdo urbano, con menos vuelo literario pero con idéntica nostalgia, es la
evocación de ese sonido, por parte de un niño chacarero perdido en la llanura piamontesa-santafecina: “El pito del
tren se sentía lejos, apenas perceptible entre oleadas de resoplidos de la
máquina a vapor, que repetía con esfuerzo –conocido lamento de un tren de
carga-, el siseo del estribillo tantas veces remedado: ¡Cinco pesos poca
plata!...!Cinco pesos poca plata!...” (Forchino 1981:63). Se torna evidente que
la Diesel no pudo encarnar en el imaginario popular, ninguna épica. La
locomotora a vapor sí, cual canto del cisne de una época que se iba.
Y en esa época de cambios
modernizadores y de persistencias de elementos resignificados por esa oleada
modernizadora, las poblaciones del interior encuentran una posibilidad real de
romper con un encierro secular. “Ese pueblo está envuelto por el campo; en la
lucha que ha entablado contra la soledad, el vencido es él; está sitiado por el
campo, enquistado y reducido a un curioso caso de mimetismo”…”El campo rodea al
cementerio y circunda igualmente al pueblo. Una noche igual cae sobre ambos y
el mismo sol los ilumina. El pueblo tiene algo de la tristeza del cementerio;
la casa de los muertos es muy parecida a la casa de los vivos. La población
vegeta.” (Martínez Estrada 1986: 102-103)
El camino pavimentado encarna
entonces una nueva forma de sociabilidad, y su trazado involucra múltiples
intereses. Las influencias atentan contra la lógica de la ingeniería vial o el
deseo de la mayoría. Casi siete décadas después los testimonios orales, pese a
las mediaciones de la memoria son
coincidentes. “Había un problema aquí en Arroyo (Seco), y el problema era por
donde iba a pasar la ruta. Si por la calle San Martín (el centro) o por donde está
ahora. A todos los pueblos: Alvear, Lagos, etc., les convenía que la ruta
pasara por San Martín. Pero ganó el trayecto actual por la influencia de un tal
Grassi, que tenía una fábrica -no me acuerdo de que era la fábrica- en esa
zona-“ (Lucente 2002). Puja de intereses que se traslada como relato trasmitido
de generación en generación. “Mis padres me contaron que la pavimentación de la
ruta fue todo un problema en Arroyo (Seco). Por la época en que yo nací –soy
clase 36- se peleaban si pasaba por el centro o por las afueras.” (Lapadula
2002). Conflicto travestido de Pago Chico. Que queda subsumido en la dinámica
de las realizaciones. ”Los conservadores roban, pero hacen obra”. Y así,
refunfuñando por el trazado pero eufóricos por su concreción (conjeturamos), un
día de junio de 1936 los habitantes de Arroyo Seco ponen la mirada en dirección
a Fighiera, atisbando la llegada del “presidente (que) recorre la nueva ruta
pavimentada que une a Buenos Aires con Córdoba, transitándola a 85 km. por hora, lo que era un record para la
época:” (Fraga 1993:304). Record que se asocia a la dinámica puesta en la concreción de la red vial en los tiempos
planeados. Y que contrasta con la abulia y parálisis burocrática en que cae con
posterioridad el avance de la red.
La construcción efectiva de esa red
de caminos fue elemento cardinal de la
apropiación global del territorio y por ende de su modernización. Y
paradojalmente esa modernización permitió una resignificación del pasado
histórico. “En ciertas ciudades del interior existían sitios que habían sido
objeto de cuidado, por el valor histórico que se les atribuía; sin embargo,
eran ahora las zonas rurales las que se incorporaban al escenario, con
indicaciones de los lugares remotos de una batalla o la referencia al
nacimiento de cierto personaje en una aldea, posibles en buena parte por la
extensión de la red carretera.” (Cattaruzza 2001:466). Vialidad Nacional es en
ese sentido una herramienta tan útil como la Junta de Historia y Numismática
para dar un sentido legitimador al
discurso elitista que ve en el
Interior, en el país rural, el lugar de la más pura y auténtica nacionalidad.
Amojonando y referenciando históricamente su geografía, recopilando (o
inventando) sus tradiciones, el Estado conservador pretende dar una impronta
ingenuamente popular al
pasado nacional que debía celebrarse.
Nuevos referentes: de caciques
travestidos y otras figuras modélicas
Si
el pobrerío del país rural debe dar a través de un telurismo inventado esa
impronta popular a una “correcta visión” de la patria, serán en cambio los
sectores medios y medio altos del país urbano, los que en los treinta
terminarán de consolidar un proceso que viene de la década anterior: la
emergencia de una sociedad de masas donde ellos tendrán un rol hegemónico,
dictaminando e imponiendo usos y costumbres a las clases subordinadas, incluso
a aquellas que propuestas como “reserva moral” de los valores patriarcales de
tierra adentro, cambiarán esa arcadia rural solo existente en la imaginación de
sus dominadores por la perspectiva concreta de incorporarse como fuerza laboral
al país urbano, aprovechando la coyuntura del proceso de sustitución de
importaciones.
Esa hegemonía cultural implica
básicamente constituir un modelo a imitar, al mismo tiempo accesible y lejano. La consolidación en los treinta de la
industria del espectáculo masivo a través del cine, la radio y la discografía,
hace emerger una prensa especializada que reemplaza modelos ya perimidos. Las
crónicas sociales sobre lo mas rancio de la oligarquía, de Mercedes Moreno “la
dama duende” en Caras y Caretas o
Josué Quesada en El Hogar Argentino,
son desplazadas por las crónicas dedicadas a los espectáculos. Antena en 1931, Sintonía en 1933 y Radiolandia
en 1935, hacen que las clases medias y medias bajas pongan el mismo interés en
las estrellas de cine y radio (por lo general surgidas de esas mismas clases),
que antaño tuvieran por los miembros de la alta burguesía.
Tal vez más que estos órganos periodísticos,
sean otras dos publicaciones las que mejor definan el estilo ideológico
subyacente en la década. Nos referimos a Sur
y Patoruzú. Aunque parezca
extemporáneo comparar a una valiosa revista literaria, difusora de libros y
autores fundamentales con una tira de historietas, hallamos un paralelismo. La
decisión de Victoria Ocampo de provocar
la discusión priorizando los debates estéticos antes que políticos, encuentra
correlato en la creación de Dante Quinterno. Esto es la de un personaje que si
bien remite a un telurismo estereotipado, se maneja en el país urbano con modos
patriarcales y al mismo tiempo ingenuos. Un cacique patagónico, renegado de su
origen étnico, millonario y estanciero.
Lo uno como consecuencia de lo otro, y con total impunidad para “hacer el bien”. La misma impunidad que
le permite a su alter ego en el campo cultural, (esta si una auténtica
representante de la oligarquía y no un indio travestido) difundir un
esteticismo elitista, donde la cuestión social era considerada de mal gusto. La
modernidad expresada en términos de vanguardia literaria no encontraba
reprobable la exclusión política.
Discurso
que también hizo suyo otras de las grandes disciplinas modernizadoras de la
década: la arquitectura.
El Rosario de Ermete y Culaciati: urbanismo
y elitismo.
“La
vivienda urbana asumía a su vez particulares formas de transformación, que la
convirtieron rápidamente en el símbolo elocuente de los nuevos tiempos: la casa
de renta o departamentos desarrollada en altura se imponía como parte de una modernización
general de la ciudad. Fue este un proceso reconocible en los distritos
centrales de Rosario, Córdoba y Mendoza, ejemplos de gran despliegue constructivo en edificios de altura. Pero, como
en otros aspectos de la modernización, Buenos Aires lo emblematizó de modo más
completo.” (Ballent y Gorelik 2001:171-172)
Emblematización porteña aparte, en
Rosario este tipo de construcciones tiene un nombre fundamental: el de Ermete
Esteban Félix De Lorenzi. Nacido con el siglo en El Trébol, “después de recibir
su título de Arquitecto en la Universidad de Buenos Aires, se trasladó a
Rosario, donde inició su actividad en 1927, residiendo aquí durante 18 años,
hasta 1945.” (Gombos 1971:93) Su etapa rosarina abarca con creces el período
que analizamos. Entre sus múltiples realizaciones se destacan: Sanatorio
Británico, Sanatorio Plaza, edificios de renta en Córdoba al 1400, Santa Fe al
1400, edificio Gilardoni en Bulevar Oroño y Rioja, edificio industrial de
Chaina y Cía, en calle Córdoba al 3000, hoy ocupado por la UNR., etc.
Pero hay dos
obras que nos interesa destacar en
particular. Una “fue la levantada en la esquina de Córdoba y Bulevar Oroño,
terminada en el año 1940, edificio de la Compañía de Seguros ‘La Comercial de Rosario’…Ninguna medianera
arruina la majestuosidad del edificio, con sus 17 pisos, con sus 5.000 metros
cuadrados de superficie cubierta y con una torre de 70 metros de altura…El
edificio de ‘La Comercial de Rosario’ marcó época y sigue siendo un modelo de
arquitectura actual.” (Gombos 1971:95-96) Este edificio representa para
Rosario, en tiempo y lugar, lo que el Kavanagh para Buenos Aires. La otra obra
es la mansión ubicada en la ochava sudoeste de Córdoba y Moreno, que De Lorenzi
construyó como residencia familiar, y que entre tuvo otros destinos
posteriores, el de ser la sede del Comando del Cuerpo II de Ejército.
De Lorenzi no se limitó al ejercicio estricto de la
arquitectura o a actividades académicas relacionadas con ella. Desempeñó
también funciones públicas diversas a lo largo de esos años (Director de Obras
Públicas de la Provincia en 1935 y a principios de los años 40, miembro de
distintas comisiones municipales, etc.) Fue accionista de empresas familiares y
un hábil rentista de alguno de sus edificios. Tuvo afición por la música, la
pintura y la escultura. En síntesis, un hombre excepcionalmente dinámico. Un
arquetipo de la modernidad, un discípulo privilegiado del movimiento del
“Bauhaus” que transformó en pocos años la forma de construir, según la
tradición de siglos.
Esta vanguardia estética arquitectónica encuentra
correlato en lo que afirmáramos precedentemente sobre el esteticismo literario
de la revista Sur.
De Lorenzi, pese a sus antecedentes y lauros profesionales no escapa a esa
postura. “Mi padre, Legurio Tramallino, trabajó muchos años para la firma De
Lorenzi. Llegó a ser gerente. Estaban en calle Santa Fe y hacían el famoso
queso trebolggiano, que era muy rico. Los productos De Lorenzi eran de lo mejor
que había en Rosario. Durante la época de Perón tuvieron problemas por la forma
en que trataban al personal. ¡Imaginate lo que habrá sido antes! Mi papá me
contaba que cuando el era cadete (…si, debe haber sido por los años 30, porque
el era chico, y yo nací en el 44), cuando el era cadete te decía, lo hacían
trabajar de lunes a sábado, y el domingo tenía que levantarse temprano
solamente para ir hasta el centro a buscar los diarios de Buenos Aires y La Capital y llevarlos a la casa del Arquitecto
De Lorenzi que quedaba donde ahora está el bar ese (al) que los zurdos le tiran
huevazos porque antes estaba el Comando ” (Tramallino 2002). No se trata de
cargar las tintas sobre De Lorenzi. Simplemente hacemos ver que el se mueve
dentro de una lógica hecha de cortes y persistencias. Su posición
socio-económica le lleva a mostrar esos modos de continuidad en un trato
excluyente y restrictivo, al tiempo que su formidable capacidad profesional lo
hace protagonista emblemático de esos cortes modernizadores.
Si De Lorenzi es referente simbólico de una ciudad en
que al mismo tiempo se operan cambios y
persisten retrocesos, no lo es menos Miguel Culaciati. Intendente Comisionado
por la Intervención Federal que en 1935 abate al gobierno demoprogresista, en
ejercicio de su cargo desde noviembre de ese año “hasta enero de 1938, llevaría
adelante un ambicioso programa de obras públicas…” (Fernandez y Armida 2000:88). Administrador eficaz, supo paliar
el sempiterno déficit municipal con oportunas ayudas de la Provincia (mayor
participación en la recaudación fiscal) y de la Nación (construcción de accesos
a la ciudad). Desde el comienzo de su
gestión dio a conocer un esbozo de obras públicas a realizar “entre las que se
incluían la construcción de la Avenida Costanera en el tramo de Alberdi a La
Florida, la pavimentación de Boulevard Rondeau y la construcción de hornos
crematorios de basuras.” (Fernandez y Armida
2000:88) Se amplía el Parque
Independencia, se habilita la Avenida Belgrano, y al tiempo que se realizan
esas obras de embellecimiento urbanos, el intendente establece una particular
relación con las comisiones vecinales. Esto permite satisfacer demandas de los
barrios. Culaciati, político de raza (terminará su carrera como Ministro del
Interior de Castillo),
sabe de si ilegitimidad de origen. Tal vez por eso, intenta suplir el origen espurio
de su gestión convirtiéndose en interlocutor válido de los reclamos barriales y
ejecutor eficaz de las mejoras solicitadas. Eso fue creando una imagen positiva
de su gestión. Que ocultó algunos hechos significativos que demuestran la
verdadera relación elitista y restrictiva que tuvo esa administración.
Así cuando “el Jockey Club, presidido por Joaquín
Lagos, inauguró el último día de 1936 su espléndido Country Club, y durante una temporada Rosario estuvo con ese adorno
cual chiquillo con zapatos nuevos.” (Alvarez 1981:656), Culaciati puso especial énfasis en dar a ese
emprendimiento de la burguesía rosarina un adecuado marco contextual. Arterias
claves de la zona, entonces casi deshabitadas,
son pavimentadas con material de excelente calidad.
Se ajardina la prolongación de calle Córdoba hacia la ruta 9. Fisherton es en
cierto sentido una creación de la gestión Culaciati. Hecho inserto en la tendencia manifiesta en la época de que
“la ampliación a los sectores acomodados de las clases medias de la práctica
del weekend fuera de la ciudad se
vinculaba con el proceso de modernización de los modos y espacios del habitar
doméstico…En 1933 comenzaba a publicarse la revista Casas y Jardines, representante de estas nuevas tendencias y
dedicada sobre todo a la vivienda suburbana, de weekend o de veraneo.” (Ballent y Gorelik 2001:171)
Esos pródigos esfuerzos municipales son escatimados a otros sectores del ejido
urbano, más allá de la solución de determinados problemas. Sin embargo los
habitantes menos politizados de esos sectores, aunque manifiesten disparidad
ideológica o partidaria, tanto por la
módica solución alcanzada en hechos
puntuales, como por el reflejo modernizador concretado en una zonificación escindida entre segmentos sociales
principales y subalternos, elaboran una imagen críticamente positiva del
gobierno de Culaciati. Las aristas más negativas, tales como el fraude
electoral más o menos evidente, la complicidad en la represión a los opositores
y militantes sociales y la consiguiente ilegitimidad, son contrapuestas a las
realizaciones concretas, en un análisis comparativo con las administraciones
posteriores.
Más de seis décadas después, en el imaginario rosarino
hay en torno a la evaluación de las intendencias, un punto de inflexión que
pasa por la figura de Luis Carballo.
Pero hay un antes donde solo emerge la figura paradigmática de alguien que en
tanto lugar común a los ilegítimos funcionarios de la Concordancia, “robaba, pero hacía obra”. Y utilizó los
recursos estatales para modernizar, aunque restrictiva y paternalmente, a su
ciudad.
Conclusión: una lógica propia más allá
del antes y el después
Expresa
Alejandro Cattaruzza en el prólogo al tomo VII de la Nueva Historia Argentina
que “en el cruce de la profesionalización de la actividad historiográfica con
el descenso de la intensidad del debate colectivo, las imágenes actuales de los
años treinta resultan más eruditas, más cautas y notoriamente más fragmentarias
que las heredadas.” (2001:14-15). Esa moderación política ha permitido a los
años treinta comenzar a transitar un camino propio. Dejar de ser cosas tan
disímiles como la antesala del peronismo o la bisagra entre la argentina
liberal y la populista. Dejar de ser desde lo laudatorio, los Tiempos de la
República, o desde lo reprobatorio, la Década Infame. Dejar de ser para
comenzar a ser. Para poder articular una mirada de conjunto sobre esos años,
aprensible. Y para ello entendemos debemos respetar la lógica propia de esos
años. Sin olvidar la premisa crocceana de que toda historia es historia
contemporánea. Por eso si nuestro presente recién nos permite como afirma
Cattaruzza, liberarnos de la persistente lectura que enlazando política e
historia, veía en los años treinta solo el prolegómeno de otro enigma más
acuciante, el peronismo, debemos por
todo ello despojar a ese período de una adjetivación que le fuera impuesta con
posterioridad. Ya no habrá entonces paradoja ni contradicción entre un discurso
modernizador conviviendo con prácticas retardatarias y restrictivas. Despojados
esos años de interpretaciones hechas retrospectivamente por actores
individuales o colectivos desde sus respectivos presentes, es labor de
historiadores encontrar coherencias y lógicas interpretativas. Tarea ardua,
pero digna de ser emprendida.
Fernando Cesaretti Florencia
Pagni
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Escritas:
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del Ministerio de Hacienda y Obras Públicas de la Provincia de Santa Fe.
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Diarios:
La Capital, La Tribuna, La Reacción (Rosario); Crítica, La Nación (Buenos
Aires); El Conductor (Pergamino). De los citados en primer término, fueron
consultados distintos números de la década de 1930, con amplitud temática. Del
último, se consultaron varios números de 1955 en relación a las idas y venidas
en la construcción de una ruta (la ex
178), con el objeto de comparar la dinámica de Vialidad Nacional en dos
períodos distintos.
Revista
Summa. Documentos para una historia de la arquitectura en la Argentina.
Específicamente aquellos que comprenden lo que la revista acota
cronológicamente como el “periodo de integración nacional (1914-1943)”.
Orales:
Entrevista
al señor Carlos Lucente, realizada por Florencia Pagni en Arroyo Seco el 14 de
Julio de 2002.
Entrevista
al señor José “Chiche” Lapadula, realizada por Florencia Pagni en Arroyo Seco
el 20 de Julio de 2002.
Entrevista
al señor Carlos Alberto Tramallino, realizada por Fernando Cesaretti en
Rosario, el 6 de Julio de 2002.