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Más sobre este recurso: Catalogado en base de datos como: Historia de Roma: Evolución histórica. La Monarquía. Organización Política Y Social En El Periodo Monárquico. La República. Organización Política Y Social En El Periodo Republicano. El Imperio Romano. Augusto y la dinastía Julio-Claudia.Dinastías del los Flavios y los Antoninos. Decadencia y caída del Imperio. La religión y el modo de vida romanos. La arquitectura romana. La planificación de la ciudad romana. Los templos romanos. La Edad Media. Inicios de la edad media. La alta edad media. La baja edad media. Arquitectura gótica. Agregado: 24 de JULIO de 2003 (Por Patricia) | Palabras: 10052 | Votar! | 1 voto | Promedio: Categoría: Apuntes y Monografías > Historia > |
ROMA
EVOLUCION
HISTORICA
La Monarquía
Según la leyenda, Roma fue fundada en el 753 a.C. por
Rómulo y Remo, los hermanos gemelos de Rea Silvia, una virgen vestal, e hija de
Numitor, rey de Alba Longa, ciudad cercana, en el antiguo Lacio. Una tradición
más antigua remonta la ascendencia de los romanos a los troyanos y a su líder
Eneas, cuyo hijo Ascanio o Julo, fue el fundador y primer rey de Alba Longa.
Aunque los nombres, fechas y
sucesos del periodo real se cree que pertenecen a la ficción, existen pruebas
sólidas de la existencia de una antigua monarquía, del crecimiento de Roma y
sus luchas con los pueblos vecinos, de la conquista etrusca de Roma y del
establecimiento de una dinastía de príncipes etruscos, simbolizada por el
mandato de los Tarquinios, de su derrocamiento y de la abolición de la
monarquía. Los siete reyes del periodo monárquico y las fechas que
tradicionalmente se le asignan son: Rómulo (753-715 a.C.) Numa Pompilio
(715-676 o 672 a.C.), Tulio Hostilio (673-641 a.C.), Anco Marcio (hacia el
641-616 a.C.), Lucio Tarquino Prisco (616-578 a.C), Servio Tulio (578-534
a.C.), y Lucio Tarquino el Soberbio (534-510 a.C.), el séptimo y último rey,
derrocado cuando su hijo violó a Lucrecia, esposa de un pariente. Tarquinio fue
desterrado, y los intentos de las ciudades etruscas o latinas de restituirlo en
el trono de Roma no tuvieron éxito.
Organización
Política Y Social En El Periodo Monárquico
También es probable la existencia
de cierta organización social y política, como la división de los habitantes en
dos clases: los patricios, los cuales sólo poseían derechos políticos y
formaban el populus o pueblo y sus
subordinados, conocidos como clientes, y plebe, que en un principio no tenían
categoría política. El rex o rey, lo
elegía el Senado (Senatus) o Consejo
de Ancianos (patres) de entre los
patricios que ocupaba el cargo de por vida. Era responsable de convocar al populus a la guerra y de dirigir al
ejército en la batalla. En los desfiles era precedido por los funcionarios,
conocidos como lictores, que portaban las fasces, símbolo del poder y del
castigo. También era el juez supremo en todos los pleitos civiles y penales. El
Senado sólo daba su consejo cuando el rey decidía consultarlo, aunque sus
miembros poseían gran autoridad moral, ya que sus cargos también eran
vitalicios. En un principio sólo los patricios podían llevar armas en defensa
del Estado. Parece que hubo una importante reforma militar, conocida como
reforma Servia, ya que posiblemente tuvo lugar durante el mandato de Servio
Tulio, en el siglo VI a.C. Para entonces la plebe podía adquirir propiedades y,
según la reforma, todos los propietarios, tanto los patricios como los
plebeyos, estaban obligados a servir en el ejército, donde se les designaba un
rango de acuerdo con su riqueza. Este plan, aunque al principio servía a un
propósito puramente militar, preparó el terreno para la gran lucha política
entre patricios y plebeyos durante los primeros siglos de la República romana.
La
República
Ester periodo de la
historia de Roma esta caracterizado por el régimen republicano como forma de
gobierno, que se extiende desde el 510 a.C., en que se puso fin a la monarquía
con la expulsión del último rey, Lucio Tarquino el Soberbio, hasta el 27 a.C.,
fecha en que tuvo su inicio el Imperio.
Organización
Política Y Social En El Periodo Republicano
En sustitución del rey, el conjunto
de la ciudadanía elegía anualmente a dos magistrados, conocidos como pretores
(o jefes militares) que más tarde recibieron el título de cónsules. La
participación dual en el ejercicio del poder supremo y la limitación a un año
de permanencia en la magistratura evitaban el peligro de la autocracia. El
carácter del Senado, órgano asesor ya existente durante la monarquía, fue
modificado al poder ingresar en él los plebeyos, conocidos como conscripti, por lo que desde entonces la
denominación oficial de los senadores fue la de patres conscripti (padres conscriptos). Inicialmente sólo los
patricios podían ocupar las magistraturas, pero el descontento de la plebe
originó una violenta lucha entre los dos grupos sociales y la progresiva
desaparición de la discriminación social y política a la cual los plebeyos
habían estado sometidos.
En el 494 a.C., la secesión
(retirada) al Aventino (una de las siete colinas de Roma) de los plebeyos,
obligó a las clases patricias a conceder la institución de los tribuni plebis (tribunos de la plebe)
que eran elegidos anualmente por el Concilium
plebis (Asamblea de la plebe) como representantes de los plebeyos para la
defensa de sus intereses. Tenían derecho a veto sobre los actos de los
magistrados patricios y de hecho actuaban como dirigentes de la plebe en los
conflictos con los patricios. La constitución de un decenvirato (comisión de
diez hombres) en el 451 a.C. tuvo como resultado la redacción de un código
legal. En el 455 a.C. la Ley Canuleya declaraba legalmente válidos los
matrimonios entre patricios y plebeyos. En virtud de las Leyes Licinias-Sextas
(367 a.C.) uno de los dos cónsules debía ser plebeyo. El resto de las
magistraturas se fueron abriendo gradualmente a los plebeyos, incluida la
dictadura (356 a.C.), una magistratura excepcional cuyo titular era elegido en
tiempos de gran peligro, la censura o dignidad de censor (350 a.C), la praetura o cargo de pretor (337 a.C.) y
las magistraturas de los colegios pontifical y augural (300 a.C.). Estos
cambios políticos dieron paso a una nueva aristocracia compuesta por patricios
y plebeyos enriquecidos y propiciaron que el ingreso en el Senado fuera casi un
privilegio hereditario de estas familias. El Senado, que originalmente había
tenido escaso poder administrativo, se convirtió en un órgano fundamental de
poder; declaraba la guerra y firmaba la paz, establecía alianzas con otros
Estados extranjeros, decidía la fundación de colonias y gestionaba las finanzas
del Estado. Aunque el ascenso de esta nobilitas
puso fin a las disputas entre los dos grupos sociales, la posición de las
familias plebeyas más pobres no mejoró y el agudo contraste entre las
condiciones de los ricos y la de los pobres originó a finales de la República
las luchas entre el partido aristocrático y el popular.
Estos cambios políticos dieron paso
a una nueva aristocracia compuesta por patricios y plebeyos enriquecidos y
propiciaron que el ingreso en el Senado fuera casi un privilegio hereditario de
estas familias. El Senado, que originalmente había tenido escaso poder
administrativo, se convirtió en un órgano fundamental de poder; declaraba la
guerra y firmaba la paz, establecía alianzas con otros Estados extranjeros,
decidía la fundación de colonias y gestionaba las finanzas del Estado. Aunque
el ascenso de esta nobilitas puso fin
a las disputas entre los dos grupos sociales, la posición de las familias
plebeyas más pobres no mejoró y el agudo contraste entre las condiciones de los
ricos y la de los pobres originó a finales de la República las luchas entre el
partido aristocrático y el popular. Roma aplicó durante este periodo una
política exterior expansionista. Ayudados por sus aliados, los romanos lucharon
contra etruscos, volscos y ecuos. Las poderosas coaliciones formadas por
etruscos, umbros y galos en el norte, y por lucanos y samnitas en el sur,
amenazaron el poder de Roma hasta que fueron derrotadas, primero la
confederación del norte en el 283 a.C. y poco después la del sur. En el 281 la
colonia griega de Tarento solicitó ayuda a Pirro, rey de Epiro, contra Roma.
Sus campañas en Italia y en Sicilia (280-276 a.C.) no tuvieron éxito y regresó
a Grecia. Durante los siguientes diez años, Roma completó su dominio en el sur
de Italia y de este modo logró imponer su poder sobre toda la península Itálica
hasta los ríos Arno y Rubicón.
En el 264 a.C. Roma comenzó su
lucha con Cartago por el control del mar Mediterráneo. Cartago era en esta
época la potencia marítima hegemónica en el mundo y dominaba de forma absoluta
el Mediterráneo central y occidental mientras que Roma centraba su predominio
en la península Itálica.
Roma hubo de luchar finalmente en
la tercera Guerra Púnica (149-146 a.C.) que finalizó cuando Publio Cornelio Escipión
Emiliano conquistó y destruyó Cartago que a partir de entonces formó parte de
la provincia romana de África. La conquista de Numancia en el 133 a.C. puso fin
a una serie de campañas en la península Ibérica. Ese mismo año Roma también
incorporó a su control el reino de Pérgamo tras la muerte de su último
gobernante, Átalo III; poco después este territorio formó parte de la provincia
de Asia.
Con la adquisición de tan vastos
territorios comenzaron los problemas internos de Roma. Algunas familias plebeyas
extremadamente ricas se aliaron con las viejas familias patricias para excluir
al resto de ciudadanos de las más altas magistraturas y del Senado. Esta clase
dirigente aristocrática (optimates)
se hizo cada vez más arrogante y propensa al lujo, perdiendo los altos niveles
de moralidad e integridad de sus antepasados. La gradual desaparición de los
campesinos, causada por la creación de grandes propiedades agrarias, de un
sistema de producción esclavista y por la devastación del campo por la guerra, condujo
al desarrollo de un proletariado urbano cuya opinión política no se tenia en
consideración. El conflicto entre el partido aristocrático y el popular era
inevitable. Los intentos de los tribunos de la plebe Tiberio Sempronio Graco y
su hermano Cayo Sempronio Graco por aliviar la situación de los ciudadanos más
pobres con una reforma agraria y el reparto de cereales, acabaron en revueltas
en las que ambos hermanos resultaron muertos.
La ampliación territorial de Roma
continuó. Las comunidades itálicas aliadas con Roma sintieron que sus cargas
aumentaban en tanto que sus privilegios disminuían y exigieron compartir con
Roma los beneficios derivados de las conquistas, a las que habían contribuido.
El tribuno Marco Livio Druso intentó conciliar a la población pobre con una
serie de reformas legales sobre la posesión de la tierra y reparto de cereales
y a los ejércitos itálicos con la promesa de la concesión de la ciudadanía
romana. Su asesinato fue seguido, un año más tarde, por una revuelta de los
ejércitos itálicos cuyo objetivo era crear un nuevo Estado itálico gobernado
según las directrices de la constitución romana. Tras la denominada Guerra
Social los pueblos itálicos (principalmente marsos y samnitas) fueron
finalmente derrotados, pero consiguieron la plena ciudadanía romana.
. Sila suprimió a sus enemigos al
proscribirles, redactando y colocando en el Foro una lista de hombres
importantes que eran declarados enemigos públicos y fuera de la ley; también
confiscó las tierras de sus oponentes políticos, las cuales otorgó a los
veteranos de sus legiones, quienes por lo general las descuidaron o
abandonaron. La rica economía agrícola de Roma decayó y la ciudad tuvo que
importar gran parte de sus víveres, especialmente de África que se convirtió en
el mayor suministrador de cereales para Roma.
El
Imperio Romano
Periodo de la historia de Roma
caracterizado por un régimen político dominado por un emperador, que comprende
desde el momento en que Octavio recibió el título de 'Augusto' (27 a.C.) hasta
la disolución del Imperio romano de Occidente (476 d.C.).
El Imperio sucedió a la República
de Roma y Augusto, como princeps
(primer ciudadano) mantuvo la constitución republicana hasta el año 23 a.C. en
que el poder tribunicio y el imperium
militar (o mando supremo) fueron revestidos con la autoridad real. El Senado
conservó el control de Roma, la península Itálica y las provincias más
romanizadas y pacíficas. Las provincias fronterizas, donde fue preciso el
acuartelamiento estable de legiones, estaban gobernadas por legados, nombrados
y controlados directamente por Augusto. La corrupción y extorsión que habían
caracterizado a la administración provincial romana durante el último siglo de
la República no fue tolerada, de lo que se beneficiaron en especial las provincias.
Con el establecimiento de un
sistema de gobierno imperial, la historia de Roma se identificó en gran medida
con los reinados de cada uno de los emperadores:
Augusto y la dinastía Julio-Claudia
El emperador Tiberio, sucesor de su
padrastro Augusto desde el 14 d.C., competente gestor, fue objeto del
descontento y de la sospecha general; apoyándose en el poder militar, mantuvo
en Roma a su Guardia Pretoriana (las únicas tropas permitidas en la capital),
siempre prestas a su llamada. Fue sucedido por el tiránico y mentalmente
inestable Calígula (27-41). A su muerte el título imperial pasó a Claudio I,
cuyo mandato contempló la conquista de Britania y continuó las obras públicas y
las reformas administrativas iniciadas por César y Augusto. Su hijo adoptivo
Nerón inició su gobierno bajo el sabio consejo y asesoramiento del filósofo
Lucio Anneo Séneca y de Sexto Afranio Burro, prefecto de la Guardia Pretoriana;
sin embargo, sus posteriores excesos de poder le condujeron a su derrocamiento
y suicidio en el 68 d.C., lo que supuso el fin de la dinastía Julio-Claudia.
Dinastías del los Flavios y los Antoninos (69-192)
Los breves reinados de Galba, Otón
y Vitelio entre los años 68 y 69 d.C. fueron seguidos por el de Vespasiano, que
junto a sus hijos, los emperadores Tito y Domiciano, constituyen la dinastía de
los Flavios. Resucitaron la sencillez de la corte en los comienzos del Imperio
e intentaron restaurar la autoridad del Senado y promover el bienestar del
pueblo. Fue durante el reinado de Tito cuando se produjo la erupción del
Vesubio que devastó la zona al sur de Nápoles donde se encontraban las ciudades
de Herculano y Pompeya. Marco Coceyo Nerva (96-98) fue el primero de los
denominados cinco buenos emperadores junto a Trajano, Adriano, Antonino Pío y Marco
Aurelio. Cada uno de ellos era elegido y adoptado legalmente por su predecesor
según su habilidad e integridad. Trajano llevó a cabo una campaña contra los
dacios, armenios y partos, permitiendo que el Imperio alcanzara su mayor
extensión territorial; también destacó por su excelente administración. Los 21
años de gobierno de Adriano también fueron un periodo de paz y prosperidad;
tras ceder algunos de los territorios más orientales, Adriano consolidó el
resto del Imperio y estabilizó sus fronteras. El reinado de su sucesor,
Antonino Pío se caracterizó igualmente por el orden y la paz. Las incursiones
de varios pueblos emigrantes sobre diversas zonas del Imperio agitaron el
reinado del siguiente emperador, el filósofo estoico Marco Aurelio, que gobernó
junto a Lucio Aurelio Vero hasta el fallecimiento de este último. Marco Aurelio
fue sucedido por su disoluto hijo Lucio Aurelio Cómodo, considerado como uno de
los más sanguinarios y licenciosos tiranos de la historia. Fue asesinado en el
192 y con él finalizó la dinastía de los Antoninos.
Decadencia y caída del Imperio
Los breves reinados de Publio
Helvio Pertinax (193) y Didio Severo Juliano fueron seguidos por el de Lucio
Septimio Severo (193-211), primer emperador de la breve dinastía de los Severos.
Los emperadores de este linaje fueron: Caracalla, Heliogábalo (218-222) y
Severo Alejandro (222-235). Septimio Severo fue un hábil gobernante; Caracalla
fue famoso por su brutalidad y Heliogábalo por su corrupción. Se ha señalado
que Caracalla otorgó en el año 212 la ciudadanía romana a todos los hombres
libres del Imperio romano a fin de poder grabarlos con los impuestos a los que
sólo estaban sometidos los ciudadanos. Severo Alejandro destacó por su justicia
y sabiduría.
El periodo posterior a la muerte de
Severo Alejandro fue de gran confusión. De los 12 emperadores que gobernaron en
los 33 años siguientes, casi todos murieron violentamente, por lo general a
manos del Ejército, quien también los había entronizado. Los emperadores
ilirios, nativos de Dalmacia, lograron que se desarrollara un periodo breve de
paz y prosperidad. Esta nueva dinastía incluyó a Claudio II el Gótico, que
rechazó a los godos, y Aureliano, quien entre el 270 y el 275 derrotó a los
godos, germanos y a la reina de Palmira, Zenobia, que había ocupado Egipto y
Asia Menor, restaurando la unidad del Imperio durante algún tiempo. A Aureliano
le siguieron una serie de emperadores relativamente insignificantes hasta el
ascenso al trono en el año 284 de Diocleciano, quien instituyó un nuevo sistema de gobierno en el cual él y Maximiano
compartieron el título de 'augusto', a fin de establecer una administración más
uniforme en todo el Imperio.
Diocleciano y Maximiano abdicaron
en el 305 y dejaron a los dos nuevos césares inmersos en una guerra civil, que
no acabó hasta la ascensión de Constantino I el Grande en el 312. Constantino,
que había sido con anterioridad césar en Britania derrotó a sus rivales en la
lucha por el poder y reunificó el Imperio de Occidente bajo su mando. Tras
derrotar en el 314 a Licinio, emperador de Oriente, Constantino quedó como
único gobernante del mundo romano. Se convirtió al cristianismo, que había
hecho su aparición durante el reinado de Augusto y que, a pesar de las
numerosas persecuciones de que fue objeto, se había difundido durante el
mandato de los últimos emperadores; a finales del siglo IV, se convirtió en la
religión oficial del Imperio. Constantino estableció la capital en Bizancio,
ciudad reconstruida en el 330 y rebautizada con el nombre de Constantinopla
(actual Estambul). La muerte de Constantino (337) marcó el inicio de la guerra
civil entre los césares rivales, que continuó hasta que su único hijo vivo,
Constancio II reunificó el Imperio bajo su mando. Fue sucedido por Juliano el
Apóstata, conocido por tal nombre a causa de su renuncia al cristianismo, y
éste por Joviano (363-364).
A continuación el Imperio volvió a
escindirse, aunque bajo el reinado de Teodosio I estuvo unido por última vez,
tras morir el emperador de Occidente, Valentiniano II. Cuando murió Teodosio
(395), sus dos hijos se repartieron el Imperio: Arcadio se convirtió en
emperador de Oriente (395-408) y Honorio en emperador de Occidente (395-423).
En el siglo V las provincias del
Imperio romano de Occidente se empobrecieron por los impuestos exigidos para el
mantenimiento del ejército y de la burocracia; también a causa de la guerra
civil y de las invasiones de los pueblos germanos. Al principio la política
conciliatoria con los invasores al nombrarles para cargos militares en el ejército
romano y administrativos en el gobierno, tuvo éxito. No obstante, los pueblos
invasores del Este emprendieron gradualmente la conquista del Occidente y a
finales del siglo IV Alarico I, rey de los visigodos, ocupó Iliria y arrasó
Grecia; en el 410 conquistó y saqueó Roma, pero murió poco después. Su sucesor
Ataulfo (410-415) dirigió a los visigodos a la Galia y en el 419 el rey
visigodo Valia recibió autorización del emperador Honorio para asentarse en el
suroeste de la Galia, donde fundó un reino visigodo. En torno a estas fechas
los vándalos, suevos y alanos ya habían invadido Hispania, por lo que Honorio
se vio obligado a reconocer la autoridad de estos pueblos sobre esa provincia.
Durante el reinado de su sucesor, Valentiniano III, los vándalos, bajo el mando
de Genserico conquistaron Cartago, mientras que la Galia e Italia eran
invadidas por los hunos, encabezados por Atila. Éste marchó primero sobre la
Galia pero los visigodos, ya cristianizados y leales a Roma, le hicieron
frente. En el año 451 un ejército de romanos y visigodos, mandado por Flavio
Aecio, derrotó a los hunos en la batalla de los Campos Cataláunicos. En el año
siguiente Atila invadió Lombardía, pero no pudo seguir avanzando hacia el sur y
falleció en el año 453. En el 455, Valentiniano, último miembro del linaje de
Teodosio en Occidente, fue asesinado. En el periodo comprendido entre su muerte
y el año 476 el título de emperador de Occidente fue ostentado por nueve
gobernantes, aunque el auténtico poder en la sombra era el general romano de
origen suevo Ricimer, llamado también el 'proclamador de reyes'. Rómulo
Augústulo, último emperador de Occidente, fue depuesto por el rey de los
hérulos Odoacro a quien sus tropas proclamaron rey de Italia en el año 476. El
Imperio de Oriente, también llamado Imperio bizantino, perduraría hasta 1453.
Organizacion
Politica Y Social Durante El Imperio
Augusto introdujo numerosas
reformas sociales, entre ellas las que pretendían restaurar las tradiciones
morales del pueblo romano y la integridad del matrimonio; intentó combatir las
costumbres licenciosas de la época y recuperar los antiguos festivales
religiosos. Embelleció Roma con templos, basílicas y pórticos en lo que parecía
el nacimiento de una era de paz y prosperidad. Vespasiano, que junto a sus
hijos, los emperadores Tito y Domiciano, constituyen la dinastía de los
Flavios, restauraron la sencillez de la corte en los comienzos del Imperio e
intentaron restaurar la autoridad del Senado y promover el bienestar del
pueblo. Se ha señalado que Caracalla otorgó en el año 212 la ciudadanía romana
a todos los hombres libres del Imperio romano a fin de poder grabarlos con los
impuestos a los que sólo estaban sometidos los ciudadanos. Severo Alejandro
destacó por su justicia y sabiduría. Diocleciano llevó a cabo un buen número de
reformas sociales, económicas y políticas: eliminó los privilegios económicos y
políticos que habían disfrutado Roma e Italia a costa de las provincias,
intentó regular la creciente inflación mediante el control de los precios de
los alimentos y de otros productos básicos, así como del salario máximo de los
trabajadores. Sus poderes fueron reforzados por el nombramiento de dos césares,
Galerio y Constancio, instaurando así el régimen de tetrarquía (dos augustos y
dos césares). Diocleciano controlaba Tracia, Egipto y Asia, mientras que su
césar Galerio gobernaba las provincias danubianas.
LA
RELIGON ROMANA
El antiguo pueblo romano desde el
periodo legendario hasta que el cristianismo absorbió definitivamente las
religiones del Imperio romano a principios de la edad media, sufrio diferentes
modificaciones.
Las religiones primitivas romanas se modificaron tanto por la
incorporación de nuevas creencias en épocas posteriores, como por la
asimilación de gran parte de la mitología griega. Así pues, la religión romana
se consolidó antes de que comenzase la tradición literaria, por lo tanto, los
primeros escritores romanos que se ocuparon de ella desconocían sus orígenes en
la mayor parte de los casos, tal como el polígrafo del siglo I a.C. Marco
Terencio Varrón. Otros escritores, como el poeta Ovidio en sus Fastos, con una gran influencia de los
modelos alejandrinos, incorporaban creencias griegas para llenar los vacíos de
la tradición romana.
El ritual romano distingue
claramente dos clases de dioses, los di
indigetes y los di novensides o novensiles. Los indigetes eran los dioses nacionales protectores del Estado y los
títulos de los primeros sacerdotes, así como las festividades fijas del
calendario, indicaban sus nombres y naturaleza; treinta de esos dioses eran
venerados en festivales especiales. Los novensides
fueron divinidades posteriores cuyos cultos se introdujeron ya en el periodo
histórico. Las primeras divinidades romanas incluían, además de los di indigetes, una serie de dioses, cada
uno de los cuales protegía una actividad humana y cuyo nombre se invocaba
cuando se ejecutaba dicha actividad, la cosecha, por ejemplo. Fragmentos de un
viejo ritual que acompañaba actos tales como arar o sembrar revelan que en cada
fase de la operación se invocaba una divinidad diferente, cuyo nombre derivaba
regularmente del verbo correspondiente a la operación. Esas divinidades pueden
agruparse bajo el término general de dioses auxiliares o subalternos, a quienes
se invocaba junto con las divinidades mayores. El primitivo culto romano no era
tanto politeísta como polidemonista: adoración a los seres invocados por sus
nombres y funciones, y el numen o poder de cada divinidad se manifestaba de
maneras muy especializadas.
El calendario religioso romano
reflejaba la hospitalidad de Roma ante los cultos y divinidades de los
territorios conquistados. Originalmente eran pocas las festividades religiosas
romanas. Algunas de las más antiguas sobrevivieron hasta finales del imperio
pagano, preservando la memoria de la fertilidad y los ritos propiciatorios de
un primitivo pueblo agrícola. Sin embargo se introdujeron nuevas festividades
que señalaron la naturalización de los nuevos dioses. Llegaron a incorporarse
tantas fiestas que los días festivos eran más numerosos que los de trabajo.
Entre las festividades religiosas romanas más importantes figuraban las
Saturnales, las Lupercales, las Equiria y los Juegos Seculares.
Los Juegos Seculares, que incluían
tanto espectáculos atléticos como sacrificios, se realizaban a intervalos
regulares, tradicionalmente sólo una vez en cada saeculum , o siglo, para señalar el comienzo de uno nuevo. La
tradición, no obstante, no siempre se respetaba.
Ell cristianismo fue ganando
adeptos y se convirtió en una religión oficialmente tolerada en Roma bajo
Constantino el Grande, quien gobernó como único emperador desde 324 hasta 337.
Todos los cultos paganos se prohibieron en 392 por un edicto del emperador
Teodosio I.
MODO DE
VIDA ROMANO
La ciudad de Roma era un lugar
fantastico, lleno de palacios, templos, teatros y edificios. En sus estrechas
calles, en sus amplios foros, en sus atestados mercados, en cada rincon de la
magnifica capital del Imperio, sus habitantes desarrollaban un ritmo de vida
tan intenso como el de las ciudades actuales.
La educacion fisica era una de las
actividaes predilectas de ni;os y jovenes.
Los patricios y caballeros eran quienens ejercian las carreras
importantes como la abogacia, la arquitectura, la ingenieria, la medicina y la
magistratura. Tambien habia una enorme cantidad de plebeyos que se habian
enriquecido en el comercio o ganado mucho prestigio como militares y que formaban parte de la aristocracia. Los
oficios como el de artesano, carpintero o tendero recaian en la gente mas
pobre, muchas veces, esclavos libertados. Las
diversiones consistian en asistir a Los combates de gladiadores o a carreras
cuadrigas que se llevaban a cabo en los circos.
LA ARQUITECTURA ROMANA
Podemos hacernos una clara idea de
la arquitectura romana a través de los impresionantes vestigios de los
edificios públicos y privados de la Roma antigua y gracias a los escritos de la
época, como el De Architectura, un
tratado en 10 volúmenes compilado por Vitrubio hacia el final del siglo I a.C.
La planificación de la ciudad romana
La típica ciudad colonial romana
del periodo final de la república y del pleno imperio tuvo una planta
rectangular similar a la de los campamentos militares romanos con dos calles
principales —el cardo (de norte a
sur) y el decumano (de este a
oeste)—, una cuadrícula de pequeñas calles que dividen la ciudad en manzanas y
un perímetro amurallado con puertas de acceso. Las ciudades anteriores a la
adopción de este tipo de planificación, como la propia Roma, conservaron el
esquema laberíntico de calles sinuosas. El punto focal era el foro, por lo
general situado en el centro de la ciudad, en la intersección del cardo y el decumano. Este espacio abierto, rodeado de tiendas, funcionó como
el lugar de reunión de los ciudadanos romanos. Fue además el emplazamiento de
los principales edificios religiosos y cívicos, entre ellos el senado, la
oficina de registro y la basílica, que consistía en una gran sala cubierta,
flanqueada por naves laterales, con frecuencia de dos o más pisos. Las
basílicas romanas albergaban las transacciones comerciales y los procesos
judiciales, pero este edificio se adaptó en tiempos cristianos, convirtiéndose
en la tipología de iglesia occidental con un ábside y un altar al final de la
nave mayor. Las primeras basílicas se levantaron a comienzos del siglo II a.C.
en el propio foro romano, pero es en Pompeya donde se encuentran los ejemplos
de basílicas más antiguas y mejor conservadas (c. 120 a.C.).
En la Hispania romana se ha
descubierto, gracias a diferentes excavaciones y a los vestigios arqueológicos,
la planificación de algunas de las más importantes ciudades hispanorromanas,
como Baelo Claudia en Cádiz, Itálica cerca de Sevilla (fundada por Publio
Cornelio Escipión el año 206 a.C.), Emérita Augusta (Mérida), Caesar Augusta
(Zaragoza) o Tarraco (Tarragona).
Los templos romanos
El templo principal de la ciudad de
Roma, el capitolio, estuvo por lo general localizado en un extremo del foro. El
templo romano fue el resultado de una combinación de elementos griegos y
etruscos: planta rectangular, tejado a dos aguas, vestíbulo profundo con
columnas exentas y una escalera en la fachada dando acceso a su alto pódium o
plinto. Los romanos conservaron los tradicionales órdenes o cánones griegos
(dórico, jónico y corintio), pero inventaron otros dos: el toscano, una especie
de orden dórico sin estrías en el fuste y el compuesto, con un capitel creado a
partir de la mezcla de elementos jónicos y corintios. La Maison Carrée de la
ciudad francesa de Nîmes (c. 16 d.C.) es un ejemplo excelente de la tipología
romana templaria. Los templos romanos no se levantaron únicamente en el foro,
sino que aparecen también a lo largo de toda la ciudad y en el campo. Uno de
los ejemplos posteriores más influyentes fue el Panteón (118-128 d.C.) de Roma,
que consistió en el habitual vestíbulo o pórtico columnado cubierto a dos
aguas, seguido por un espacio cilíndrico cubierto por una cúpula, sustituyendo
la tradicional cella o habitación principal rectangular. Los templos rotondos,
más simples, como el construido hacia el 75 a.C. en Tívoli, cerca de Roma,
basados en prototipos griegos de cellas circulares perípteras, fueron también
populares.
En España subsisten algunos restos
arqueológicos de templos de época romana en las ciudades de Barcelona, Mérida
(dedicado a la diosa Diana), Córdoba (columnas de la calle Claudio Marcelo) y
Sevilla.
Las tiendas y los mercados
Los edificios lúdicos y las tiendas
estaban diseminados por toda la ciudad de Roma. Generalmente las tiendas eran
unidades de una habitación (tabernae)
abiertas a las aceras. Muchas muestras, incluyendo las que asociaban el molino
con la panadería, se conservan aún en Pompeya y en otros lugares. A veces, se
construyó un complejo unificado de tiendas, como los mercados de Trajano
(98-117 a.C.) en la colina del Quirinal en Roma, que incorporaron numerosos
locales comerciales (tabernae) en
diferentes niveles y grandes vestíbulos abovedados de dos pisos.
Los teatros y anfiteatros
Los teatros romanos aparecieron por
primera vez al final del periodo republicano. Constaban de un alto escenario
junto a un foso semicircular (orchestra) y un área circundante de asientos
dispuestos en gradas (cavea). A
diferencia de los teatros griegos, situados en pendientes naturales, los
teatros romanos se construyeron sobre una estructura de pilares y bóvedas y de
esta manera pudieron ubicarse en el corazón de las ciudades. Los teatros fueron
populares en todos los lugares del Imperio. Podemos encontrar ejemplos
impresionantes en Orange (principios del siglo I d.C., Francia) y en Sabratha
(finales del siglo II d.C., Libia). Los teatros de Itálica y de Mérida fueron
realizados en tiempos de Augusto y de Agripa, respectivamente. El segundo de
ellos, aunque presenta diferentes fases constructivas, destaca por su pórtico a
modo de gran fachada trasera del escenario (frons
scaenae) del siglo I d.C. y por su orchestra semicircular. Los anfiteatros
(literalmente, teatros dobles) tuvieron planta elíptica con una pista (arena)
central, donde se celebraban combates entre gladiadores y animales, y un
graderío alrededor similar al de los teatros. El anfiteatro más antiguo
conocido es el de Pompeya (75 a.C.) y el más grande es el Coliseo de Roma
(70-80 d.C.), que podía albergar a unos 50.000 espectadores, más o menos la
capacidad actual de los estadios deportivos. En la Hispania romana destacan los
anfiteatros de Mérida, Tarragona e Itálica. Los circos o hipódromos se
construyeron también en las ciudades más importantes; la plaza Navona de Roma
ocupa el lugar de un circo que fue construido durante el reinado de Domiciano
(81-96 d.C.).
En las ciudades de Tarragona,
Sagunto y Toledo pueden hoy día contemplarse algunos restos de antiguos circos
romanos.
Los baños públicos o termas
Las ciudades grandes, como las
pequeñas, tuvieron termas o baños públicos (thermae).
Bajo la república se completaron generalmente con un vestuario (apodyterium) y habitaciones para bañarse
con agua caliente, templada y fría (caldarium,
tepidarium, frigidarium) junto a una zona de ejercicios, la palestra. Las termas (75 a.C.) cerca del
foro de Pompeya son un ejemplo excelente de los modelos más antiguos. Bajo el
imperio estas estructuras comparativamente modestas se volvieron
progresivamente más grandiosas. Ejemplos posteriores, como los baños de
Caracalla (c. 217 d.C.) en Roma tenían incluso bibliotecas, tiendas y enormes
espacios públicos abovedados, decorados con estatuas, mosaicos, pinturas y
estucos.
Las obras públicas
Entre los diversos proyectos de
construcciones públicas de los romanos, la red de puentes y calzadas que
facilitaron la comunicación a través de todo el imperio y los acueductos que
traían el agua a las ciudades desde los manantiales cercanos (Pont du Gard, año
19 d.C., cerca de Nîmes), son los más extraordinarios.
El puente de Alcántara sobre el río
Tajo, en Cáceres (España), puede ser considerado como una gran obra de
ingeniería, gracias a la combinación del arco y la bóveda. Fue construido por
el arquitecto Lacer en tiempos de Trajano y llevaba asociados un arco de
triunfo y un templo. Aún se yergue el famoso acueducto de Segovia. Está formado
por dos series de arquerías (118 arcos en su totalidad), superpuestas en dos
niveles por robustos pilares de granito. Su cometido radicaba en surtir y
proveer a la ciudad del agua necesaria. Fue construido en el siglo I a.C.
Debemos destacar también los acueductos de los Milagros y de San Lázaro en
Emérita Augusta (Mérida).
Las viviendas
Aunque los edificios públicos
fueron las construcciones urbanas más grandes y costosas, la mayor parte de la
ciudad de Roma estaba ocupada por viviendas particulares.
La domus o casa romana
Las viviendas unifamiliares se
construyeron con una amplia variedad de formas y tamaños, pero las domus romanas generalmente exhibieron su
preferencia por la simetría axial, que caracteriza también la mayor parte de la
arquitectura pública. Las casas más antiguas, fechadas entre los siglos III y
IV a.C., parecen haber sido construidas de acuerdo con los modelos etruscos. La
domus itálica, o casa de los inicios
de la República, constaba de un pasillo de entrada (fauces), un espacio principal a cielo abierto (atrium) con un estanque central para recoger el agua de la lluvia (impluvium), una serie de pequeñas
habitaciones (cubicula), una zona de
recepción y trabajo (tablinum), un
comedor (triclinium), una cocina (culina) y a veces un pequeño jardín
trasero (hortus). La parte delantera
contaba en ocasiones con estancias abiertas a la calle que servían de tiendas.
Durante el final de la República y el comienzo del Imperio, las casas romanas
se convirtieron en unidades más complicadas. En el atrium se instalaron columnas de estilo griego, el antiguo hortus se ensanchó y se rodeó de una
columnata (peristilo), y la
decoración se hizo bastante profusa. Las viviendas de las ciudades más ricas
llegarían a ocupar un bloque entero, como ocurrió con la denominada casa del
Fauno de Pompeya, construida a principios del II siglo d.C.
La villa y el palacio
Las villas suburbanas, como las que
pertenecieron a Cicerón, el orador y hombre de estado, y a otros romanos famosos,
incorporaron grandes terrenos, lagos, santuarios y complejos termales. La más
extraordinaria de las villas imperiales conservadas es la de Adriano en Tívoli
(iniciada el 118 a.C.). El primer emperador, Augusto, que reinó desde el 27
d.C. al 14, vivió en una residencia relativamente austera en la colina Palatina
en Roma, pero Domiciano ordenó construir a su lado un gran palacio imperial
(iniciado aproximadamente el 81 d.C.). La domus
augustana de Domiciano sirvió también como cuartel general de los emperadores
posteriores. Tuvo grandes salones de recepción, comedores públicos, fuentes y
un jardín en forma de estadio, además de un ala residencial.
La insulae
Los ciudadanos del periodo imperial
que no pudieron permitirse tener viviendas particulares, vivían en insulae, viviendas colectivas de muchos
pisos, construidas de ladrillo y argamasa, similares a los edificios de
apartamentos actuales. Los ejemplos mejor conservados, fechados en los siglos
II y III, están en Ostia, el puerto de Roma en la desembocadura del río Tíber.
Los enterramientos romanos
La tumba sepulcral fue un tipo de
construcción que casi siempre estaba emplazada fuera de la urbe propiamente
dicha. Las tumbas romanas, levantadas generalmente junto a las calzadas
principales de entrada a la ciudad, tuvieron una extraordinaria variedad formal
porque reflejaron los gustos personales de sus promotores y porque su función,
alojar los cuerpos o restos incinerados de los muertos, podía adecuarse a
cualquier forma. El emperador Augusto construyó su propio mausoleo en Roma
entre los años 28 y 23 a.C., un gigantesco tambor macizo coronado por un
túmulo, recordando los sepulcros de tierra de la época etrusca. El emperador
Adriano erigió en el otro lado del Tíber un mausoleo aún mayor, construido para
él mismo y sus sucesores (135 d.C.-139 d.C.), que en el siglo V se transformó
en el castillo de Sant'Angelo. Un potentado contemporáneo a Augusto, Cayo
Sestio, eligió hacia el año 15 a.C. una pirámide sepulcral, mientras que en la
misma época un próspero panadero, Marcus Virgilium Eurysaces, decoró su tumba
con un friso en el que se detallaban las diferentes fases de la cocción del
pan. Las personas con menos recursos, los libertos en particular, fueron
enterrados en tumbas comunales llamadas columbaria,
en las que las cenizas de los fallecidos se depositaban en alguno de los
innumerables nichos diferenciados por una simple inscripción. Se erigieron
también grandes tumbas verticales, como la realizada en honor de la familia
patricia de los Julios en Saint-Rémy de Provenza (Francia). Su mausoleo,
construido hacia el 25 d.C., consiste en una gran base bajo un cuerpo de cuatro
arcos y un pequeño templo circular rematado por dos estatuas. Los sepulcros
también podían estar horadados en las laderas de las montañas, con portadas
monumentales talladas en los taludes de piedra, como en la necrópolis romana de
Petra (actual Jordania).
La denominada Tumba o Torre de los
Escipiones (primera mitad del siglo I d.C.) constituye uno de los mejores
sepulcros conservados en la Hispania romana. Localizado cercano a Tarragona,
presenta un aspecto de torre con cuerpos superpuestos, en los que se colocaron
esculturas del dios Atis y bajorrelieves que quizás representan a los difuntos
para los que se realizó el monumento, supuestamente rematado por una pequeña
pirámide.
Los materiales y métodos de construcción
El principal material de
construcción romano a partir del periodo republicano, fue el sillar de piedra
de cantería local, utilizado junto con vigas de madera, tejas y baldosas
cerámicas. La piedra elegida variaba desde la toba y el travertino del centro
de Italia al brillante mármol blanco importado de Grecia y Asia Menor o, en
tiempos de Julio César, desde Luna (actual Luni, cerca de Carrara, Italia) y
los mármoles polícromos traídos desde las canteras de todo el mundo antiguo. A
menudo se utilizaron finas placas de mármol como revestimiento para cubrir las
paredes construidas de sillería o sillarejo ligado con mortero.
Los mármoles dieron esplendor a las
construcciones romanas, al igual que a los edificios griegos anteriores, pero
la argamasa, material equiparable al hormigón actual inventado por los romanos,
les permitió levantar edificios imposibles de construir con el anterior sistema
de estructuras adinteladas. El opus caementicium
romano era una amalgama de piedras informes, cal y puzzolana volcánica, que
suministró a los arquitectos romanos los medios para cubrir espacios enormes
con grandes arcos y bóvedas, y liberar al diseño arquitectónico de los modelos
rectilíneos que se usaron en la arquitectura griega.
Las cubiertas concrecionadas
hicieron posible la construcción de los grandes anfiteatros y baños del mundo
romano, así como la cúpula del Panteón y algunos santuarios espectaculares en
las colinas, como el de Fortuna Primigenia en Palestina (finales del siglo II
d.C.). Debido a que los muros y cubiertas estaban hechas con moldes, los
arquitectos comenzaron a experimentar con configuraciones irregulares que
proporcionaban un cierto dramatismo al interior de los edificios. Aunque la
argamasa romana podía ser revestida con gran variedad de materiales, el
ladrillo fue el más popular durante el imperio. De hecho, durante los dos
siglos anteriores a nuestra era, el ladrillo llegó a ser apreciado por derecho
propio como elemento de construcción en las fachadas de los edificios. Las
fachadas de argamasa revestida de ladrillo se convirtieron rápidamente en el
modelo favorito para los edificios grandes como las insulae o casas de apartamentos, las termas y los horrea o almacenes (como los horrea de Epagathius en Ostia, del 145
al 150 d.C.).
LA EDAD
MEDIA
Este periodo de la historia europea, transcurre desde la desintegración del Imperio romano de
Occidente, en el siglo V, hasta el siglo XV. El término implicó en su origen
una parálisis del progreso, considerando que la edad media fue un periodo de
estancamiento cultural, ubicado cronológicamente entre la gloria de la
antigüedad clásica y el renacimiento. La investigación actual tiende, no
obstante, a reconocer este periodo como uno más de los que constituyen la
evolución histórica europea, con sus propios procesos críticos y de desarrollo.
Se divide generalmente la edad media en tres épocas:
Inicios de la edad media
Ningún evento concreto determina el
fin de la antigüedad y el inicio de la edad media. La culminación a finales del
siglo V de una serie de procesos de larga duración, entre ellos la grave
dislocación económica y las invasiones y asentamiento de los pueblos germanos
en el Imperio romano, hizo cambiar la faz de Europa. Durante los siguientes 300
años Europa occidental mantuvo una cultura primitiva aunque instalada sobre la
compleja y elaborada cultura del Imperio romano, que nunca llegó a perderse u
olvidarse por completo.
Durante este periodo no existió
realmente una maquinaria de gobierno unitaria en las distintas entidades
políticas, aunque la poco sólida confederación de tribus permitió la formación
de reinos. El desarrollo político y económico era fundamentalmente local y el
comercio regular desapareció casi por completo, aunque la economía monetaria
nunca dejó de existir de forma absoluta. En la culminación de un proceso
iniciado durante el Imperio romano, los campesinos comenzaron a ligarse a la
tierra y a depender de los grandes propietarios para obtener su protección y
una rudimentaria administración de justicia, en lo que constituyó el germen del
régimen señorial. Los principales vínculos entre la aristocracia guerrera
fueron los lazos de parentesco aunque también empezaron a surgir las relaciones
feudales. Se ha considerado que estos vínculos (que relacionaron la tierra con
prestaciones militares y otros servicios) tienen su origen en la antigua
relación romana entre patrón y cliente o en la institución germánica denominada
comitatus (grupo de compañeros
guerreros). Todos estos sistemas de relación impidieron que se produjera una
consolidación política efectiva.
La única institución europea con
carácter universal fue la Iglesia, pero incluso en ella se había producido una
fragmentación de la autoridad. Los miembros más destacados de esta comunidad se
hallaban en los monasterios, diseminados por toda Europa y alejados de la
jerarquía eclesiástica.
La actividad cultural durante los
inicios de la edad media consistió principalmente en la conservación y sistematización
del conocimiento del pasado y se copiaron y comentaron las obras de autores
clásicos. Se escribieron obras enciclopédicas en las que sus autores pretendian compilar todo el
conocimiento de la humanidad. En el centro de cualquier actividad docta estaba
la Biblia: todo aprendizaje secular llegó a ser considerado como una mera
preparación para la comprensión del Libro Sagrado.
Esta primera etapa de la edad media
se cierra en el siglo X con las segundas migraciones germánicas e invasiones
protagonizadas por los vikingos procedentes del norte y por los magiares de las
estepas asiáticas, y la debilidad de todas las fuerzas integradoras y de
expansión europeas al desintegrarse el Imperio Carolingio. La violencia y
dislocamiento que sufrió Europa motivaron que las tierras se quedaran sin
cultivar, la población disminuyera y los monasterios se convirtieran en los
únicos baluartes de la civilización.
La alta edad media
Hacia mediados del siglo XI Europa
se encontraba en un periodo de evolución desconocido hasta ese momento. La
época de las grandes invasiones había llegado a su fin y el continente europeo
experimentaba el crecimiento dinámico de una población ya asentada. Renacieron
la vida urbana y el comercio regular a gran escala y se desarrolló una sociedad
y cultura que fueron complejas, dinámicas e innovadoras.
Durante la alta edad media la
Iglesia católica, organizada en torno a una estructurada jerarquía con el papa
como indiscutida cúspide, constituyó la más sofisticada institución de gobierno
en Europa occidental. El papado no sólo ejerció un control directo sobre el
dominio de las tierras del centro y norte de Italia sino que además lo tuvo
sobre toda Europa gracias a la diplomacia y a la administración de justicia (en
este caso mediante el extenso sistema de tribunales eclesiásticos.)
Dentro del ámbito cultural, hubo un
resurgimiento intelectual al prosperar nuevas instituciones educativas como las
escuelas catedralicias y monásticas. Se fundaron las primeras universidades, se
ofertaron graduaciones superiores en medicina, derecho y teología, ámbitos en
los que fue intensa la investigación: se recuperaron y tradujeron escritos
médicos de la antigüedad, muchos de los cuales habían sobrevivido gracias a los
eruditos árabes y se sistematizó, comentó e investigó la evolución tanto del
derecho canónico como del civil, especialmente en la famosa Universidad de
Bolonia.
También se produjeron innovaciones
en el campo de las artes creativas. La escritura dejó de ser una actividad
exclusiva del clero y el resultado fue el florecimiento de una nueva
literatura, tanto en latín como, por primera vez, en lenguas vernáculas.
Durante el siglo XIII se
sintetizaron los logros del siglo anterior. La Iglesia se convirtió en la gran
institución europea, las relaciones comerciales integraron a Europa gracias
especialmente a las actividades de los banqueros y comerciantes italianos, que
extendieron sus actividades por Francia, Inglaterra, Países Bajos y el norte de
África, además de por las tierras imperiales de Alemania. Los viajes, bien por
razones de estudio o por motivo de una peregrinación fueron más habituales y
cómodos. También fue el siglo de las Cruzadas; estas guerras, iniciadas a
finales del siglo XI, fueron predicadas por el papado para liberar los Santos Lugares
cristianos en el Oriente Próximo que estaban en manos de los musulmanes.
Concebidas según el derecho canónico como peregrinaciones militares, los
llamamientos no establecían distinciones sociales ni profesionales. Estas
expediciones internacionales fueron un ejemplo más de la unidad europea
centrada en la Iglesia, aunque también influyó el interés de dominar las rutas
comerciales de Oriente. La alta edad media culminó con los grandes logros de la
arquitectura gótica, los escritos filosóficos de santo Tomás de Aquino y la
visión imaginativa de la totalidad de la vida humana, recogida en la Divina comedia de Dante Alighieri.
La baja edad media
Si la alta edad media estuvo
caracterizada por la consecución de la unidad institucional y una síntesis
intelectual, la baja edad media estuvo marcada por los conflictos y la
disolución de dicha unidad. Fue entonces cuando empezó a surgir el Estado
moderno —aún cuando éste en ocasiones no era más que un incipiente sentimiento
nacional— y la lucha por la hegemonía entre la Iglesia y el Estado se convirtió
en un rasgo permanente de la historia de Europa durante algunos siglos
posteriores. Pueblos y ciudades continuaron creciendo en tamaño y prosperidad y
comenzaron la lucha por la autonomía política. Este conflicto urbano se
convirtió además en una lucha interna en la que los diversos grupos sociales
quisieron imponer sus respectivos intereses.
Aunque este desarrollo filosófico
fue importante, la espiritualidad de la baja edad media fue el auténtico
indicador de la turbulencia social y cultural de la época. Esta espiritualidad
estuvo caracterizada por una intensa búsqueda de la experiencia directa con
Dios, bien a través del éxtasis personal de la iluminación mística, o bien
mediante el examen personal de la palabra de Dios en la Biblia. En ambos casos,
la Iglesia orgánica —tanto en su tradicional función de intérprete de la
doctrina como en su papel institucional de guardián de los sacramentos— no
estuvo en disposición de combatir ni de prescindir de este fenómeno.
Esta situación de agitación e
innovación espiritual desembocaría en la Reforma protestante; las nuevas
identidades políticas conducirían al triunfo del Estado nacional moderno y la
continua expansión económica y mercantil puso las bases para la transformación
revolucionaria de la economía europea. De este modo las raíces de la edad
moderna pueden localizarse en medio de la disolución del mundo medieval, en
medio de su crisis social y cultural.
LA
ARQUITECTURA EN LA EDAD MEDIA
rante la edad media la Iglesia fue
la depositaria de toda la sabiduría occidental. La orden benedictina ya estaba
bien organizada en tiempos de Carlomagno, y su influencia se extendió por toda
Europa con el transcurso de los siglos. Los arquitectos de la alta edad media
fueron monjes, puesto que los monasterios, además de preservar la salud
espiritual, eran los centros de producción de la filosofía y las ciencias. La
planta basilical de los primeros tiempos se modificó de acuerdo con las
necesidades litúrgicas de la misa, en la que un miembro del clero situado en el
altar dirige la oración de los fieles y oficia los ritos religiosos. El símbolo
de la cruz se añadió a la planta de los templos mediante la ubicación de un
transepto, o nave perpendicular, en la zona próxima al ábside. De esta forma se
creaba la distinción entre las naves, reservadas a los fieles, y el
presbiterio, espacio posterior al transepto o crucero que contenía el recinto
de los monjes (el coro) y el altar mayor, que debe ser el punto de atención más
importante del templo. Para resaltarlo aún más, este altar mayor se enmarcaba
en el ábside, una prolongación de la nave central de forma poligonal o
semicircular, que en ocasiones estaba rodeado por la girola o deambulatorio,
dispuesto como continuación de las naves laterales. En el templo también debía
haber otros altares, necesarios para la celebración de las misas diarias de los
monjes, situados dentro de pequeños absidiolos adosados al transepto y al
deambulatorio. A los pies de la nave, precediendo la entrada al templo, aparecía
el nártex, una antecámara o pórtico para recibir a los peregrinos y que no
debían traspasar los catecúmenos.
Aunque muchas iglesias francesas
cubren algunas de sus naves mediante bóvedas de cañón —Saint Savin (nave
1095-1115), Saint Sernin de Toulouse (c. 1080-1120) o Sainte Foy de Conques
(comenzada en 1050)—, Saint Philibert de Tournus (950-1120) ya dispone de todo
un catálogo de arcos de refuerzo, arcos torales, bóvedas de medio cañón y
bóvedas de medio cañón transversales que apean los esfuerzos de la gran bóveda
de cañón situada sobre la nave central, con ventanas de claraboyas bajo su
línea de impostas, en la parte alta de los muros. Como resultado de esta
evolución se impuso el uso de bóvedas de arista, que permiten situar fácilmente
un claristorio en la parte alta de los muros, que constituye una especie de
coronación lumínica a lo largo de la nave central, como en la catedral de Worms
(siglo XI), en Alemania, o en la Madeleine de Vezelay (1104), en Francia. Los
arcos de medio punto que configuran una bóveda de aristas se apoyan sobre una
planta cuadrada: de este modo, el espacio queda dividido por una fila de
crujías o fragmentos cuadrados. Para mantener la misma segmentación en las
naves laterales, de menor altura y anchura, se duplicaba en ellas el número de
bóvedas.
El monasterio de Cluny, en Borgoña,
fue el centro de la reforma monástica del siglo X que alentó la evolución al
románico. Tal es así que este arte se llama en ocasiones cluniacense. En el
siglo XII la mayor iglesia abacial de Europa era Cluny III (1088-1121),
destruida en la Revolución Francesa, pero restituida sobre el papel a partir de
dibujos y restos conservados. Era una inmensa iglesia de cinco naves y dos
transeptos, de casi 200 m de longitud y 15 capillas o absidiolos adosadas a los
transeptos y al deambulatorio. Una bóveda de cañón apuntada cubría su nave
central, que ya contaba con otros elementos característicos de la arquitectura
gótica, como el triforio ciego o el piso de ventanales altos. Sus trazas
ejercieron una notable influencia en la construcción de templos románicos y
góticos, no sólo en Borgoña, sino también en el resto de Europa.
Los caminos de peregrinación
generaron un enorme flujo ideológico a través de la Europa medieval. El más
importante para Francia y España fue el Camino de Santiago, que conducía a los
peregrinos de toda Europa hasta los restos del apóstol Santiago hallados en la
ciudad gallega de Santiago de Compostela. A lo largo de este camino se fueron
construyendo toda una serie de iglesias de peregrinación, que culminaban en la
catedral de Santiago de Compostela (c. 1075-1128), obra románica de influencia
francesa. El templo consta de tres naves, la central de ellas cubierta por una
enorme bóveda de cañón, y a sus pies se abre el Pórtico de la Gloria, al
parecer ideado por el maestro Mateo, que supone una pieza clave de la escultura
románica europea. En general, en el área española del camino de Santiago se
desarrolló una forma autóctona de arquitectura románica, con influencias
orientales que en unas ocasiones derivan del contacto con los reinos musulmanes
y en otras de la antigua tradición bizantina trasmitida por los visigodos.
Entre los templos destacan las colegiatas de Toro (1160-1240) y San Isidoro de
León (1054-1057), panteón de los reyes de Castilla; las iglesias de San Martín
de Frómista (c. 1066), con su peculiar cimborrio octogonal sobre el crucero, y
Torres del Río (siglo XII), de planta centralizada; y las catedrales de Jaca
(c. 1063), Salamanca (siglo XII) y Zamora (1151-1202), cuyo cimborrio está
rematado por una cúpula gallonada de origen bizantino. También se construyeron
numerosos monasterios que acogían a los peregrinos jacobeos, como el de la
orden benedictina en Silos, con su incomparable claustro románico del siglo XI,
o el derruido de San Juan de Duero (siglo XII) en la ciudad de Soria, con sus
arquerías árabes.
Arquitectura gótica
Al comienzo del siglo XII el
lenguaje arquitectónico románico va a ser sustituido por el gótico. Aunque el
cambio responde a la reforma en el seno de la Iglesia cristiana, caracterizada
por el racionalismo de los teólogos tomistas, también coincide con una serie de
avances técnicos en la edificación. El proceso de construcción de una bóveda
requiere en primer lugar la colocación de una estructura de madera (llamada
cimbra) que sostiene el conjunto hasta que la curva se cierra, todos los
elementos están ligados y se ha secado el mortero de las juntas. La cimbra de
las bóvedas de arista convencionales tiene que ser de una sola pieza para cada
crujía, y por tanto se requiere un complicado andamiaje que la haga descansar
sobre el suelo. Hacia el año 1100 los constructores de la catedral de Durham,
al norte de Inglaterra, y puede que simultáneamente los de San Ambrosio en
Milán, inventaron un nuevo método: en primer lugar se construyen los arcos
perpiaños y los dos arcos cruzados (llamados nervios) sobre el cuadrado de la
crujía de una bóveda de aristas, utilizando una cimbra ligera que se puede
sujetar a los cuatro pilares de la base; después se rellena el resto de la
bóveda mediante un material de relleno conocido con el nombre de plementería,
que se puede apoyar sobre cuatro cimbras ligeras e independientes. El resultado
es un nuevo tipo de bóveda llamada de crucería o de plementos, que aporta una
serie de ventajas evidentes: el conjunto de la bóveda pesa muchos menos, puesto
que los plementos no ejercen casi ninguna función estructural y por tanto
pueden ser mucho más ligeros, mientras que las auténticas líneas de tensión se
refuerzan mediante los nervios cruceros. Todos estos factores permiten elevar
la altura de las naves y ensanchar sus luces estructurales.
Otra novedad que ya presentaban
algunos edificios románicos es la de los arcos y bóvedas ojivales. La principal
ventaja es de tipo compositivo. Las bóvedas de diferentes curvaturas pueden
cubrir crujías rectangulares e incluso trapezoidales, de modo que las
divisiones de la nave central pueden corresponderse con las de las naves
laterales, y las bóvedas pueden seguir utilizándose en el deambulatorio y en el
ábside sin ninguna interrupción. Además, las naves con claristorio (es decir,
con un anillo de ventanas de claraboya) pueden elevarse hasta la altura máxima
de las bóvedas. Pronto estas claraboyas se convierten en grandes ventanales
llamados vidrieras, estructuradas mediante tracerías y compuestas por piezas de
vidrio coloreado. El espacio de la iglesia adquiere así una nueva luminosidad,
que se ha convertido en una de las características más propias de la
arquitectura gótica.
Gracias a todos estos avances
técnicos los maestros constructores se empeñaron en construir estructuras más
esbeltas, altas y ligeras. Pero de cualquier forma las bóvedas ejercen una
serie de empujes transversales que no pueden contener unos pilares
excesivamente altos, de modo que se hacía necesario encontrar una solución
constructiva que apeara estos empujes hacia el exterior. Esta solución la
constituye el sistema de arbotante y estribo, equivalente a los antiguos
contrafuertes adosados al muro, que tendrían que haberse agigantado para
aguantar los nuevos esfuerzos laterales. El arbotante es un segmento de arco
que transmite en diagonal, lejos del pilar de apoyo, las tensiones que ejerce
la bóveda, mientras que el estribo es un sólido pilar que actúa como un
contrafuerte aislado, recibiendo el empuje del arbotante y descargándolo
definitivamente en el suelo.
La nueva arquitectura evolucionó
rápidamente en la Île de France. El origen se sitúa en la abadía de Saint Denis
(1140-1144), panteón de los reyes de Francia situado cerca de París. Los
obispos de las ciudades más prósperas, que competían por la destreza de sus
artesanos y arquitectos, se lanzaron a la carrera de la construcción de
catedrales, rivalizando en esplendor y en prestigio. Los mejores ejemplos se
concentran en este área de Francia en torno a París, y entre ellas destacan,
con sus fechas de inicio, Laón, 1160; París, 1163; Chartres, 1194; Bourges,
1195; Reims, 1210; Amiens, 1220 y Beauvais, 1225. Otros países europeos se
lanzaron a esta carrera, especialmente los de mayor influencia francesa como
Inglaterra, donde se inició la construcción de las catedrales de Lincoln (1192)
o Salisbury (1220); y España, donde se inician las obras de las catedrales de
León, Burgos y Toledo. El derrumbamiento del coro de la catedral de Beauvais en
1284 indicó que se había alcanzado el límite estructural. La anchura de las
naves principales de estas catedrales oscila entre 9 y 15 m, pero hay que tener
en cuenta que el coro de la catedral de Beauvais se reconstruyó con una altura
de 47 metros.
Aunque la mejor arquitectura gótica
fue religiosa, también se construyeron magníficos edificios civiles y
militares. Uno de los más impresionantes es el Krak de los Caballeros (1131) en
Jordania, una fortaleza construida por la Orden de los Caballeros Hospitalarios
en la época de las cruzadas. La arquitectura militar fue una respuesta
defensiva contra los avances en la tecnología militar; en todo caso, una de las
estrategias más importantes seguía siendo resistir un asedio. Muchas ciudades
se resguardaban dentro de una muralla fortificada y así se han conservado hasta
nuestros días recintos como el de la ciudad de Ávila, en España, Aigues-Mortes
y Carcassonne en Francia, Chester en Inglaterra o Visby en Suecia. Este periodo
histórico coincide con un espectacular auge de la población urbana a causa del
desarrollo tecnológico y de la concentración de poder en torno a la nobleza y a
la realeza, así como por la aparición de nuevas clases sociales agrupadas en
torno a los gremios de artesanos, y de una incipiente burguesía de nuevos
oficios como banqueros y comerciantes. Las ciudades crecieron sin la
planificación teórica de la era romana ni de la posterior renacentista. En el
norte de Europa, donde la madera se conseguía fácilmente hasta la Revolución Industrial,
las ciudades se construyeron con este material que permitía bajos costes y
rapidez en la ejecución. Las naves de los monasterios, las lonjas y otras
construcciones civiles se cubrían en ocasiones mediante grandes estructuras de
madera. En Escandinavia se construyeron las iglesias con mástiles, realizadas
enteramente en madera. En los Alpes se levantaron ciudades enteras
entrecruzando vigas de sección rectangular. En numerosas regiones floreció la
construcción en ladrillo, como en Lombardía, el norte de Alemania, Holanda,
Dinamarca y España, donde numerosos alarifes musulmanes permanecieron en el
territorio reconquistado por los reinos cristianos, dando lugar a la que se
conoce como arquitectura mudéjar. Estos constructores trasmitieron a la arquitectura
cristiana toda la sabiduría árabe en materia de construcción de ladrillo, con
toda su variedad de arcos y los característicos aparejos empleados para
componer muros ornamentales.