Sepelio, Entrevista en la calle catorce, El halcón y la ahogada, Jorobado en Río Piedras.
Obras
de Hector Vallés
Sepelio
Desde que
Arnaldo fue adquiriendo fama de loco, ninguna muchacha de buena familia quería
salír con él. Por tanto, el joven hijo del doctor Morales, tenía que quedarse
leyendo novelas rusas y enzorrarse en su habitación en la casa de su padre en
Ocean Park, hasta por fin, después de mirar las páginas melodramáticas por par
de horas, adquirir el sopor necesario para quedarse dormido de plano en su
muelle colchón Sealy Posturepedíc. Otras veces iba al cine a ver una película de
Drácula o Frankestein y después —sobrecogido por semanas de lujuria acumulada— se dírigía a los muelles a beber
y bailotear con prostitutas.
Eso fue antes de que su infamia llegara a aquellos reductos
de la ciudad. Una vez que esto sucedió, sin embargo, hasta las mujeres
decadentistas de los prostíbulos le sacaron el cuerpo. Es decir, si no estaban
demasiado borrachas o drogadas. Como esto ocurría con cierta frecuencia,
Arnaldete pudo por tanto lograr un grado de satisfacción sexual y emotiva en
aquellos tiempos difíciles.
Pero no siempre. Arnaldo Morales pasaba muchas noches en
coca, sin comerse ni un tostón, releyendo Los hermanos Karamasov en una
habitación que daba al patio frondoso de la casona del doctor Arnaldo Morales
Senior, el cual estaba contentísimo de que su híjo estuviera por fin sentando
cabeza. El aburrimiento y la añoranza sexual y emotiva de Arnaldo Morales se
remontaban sin embargo, en realidad, a paroxismos delirantes. Por más que las
orgías y francachelas de Dimitri y los pufos mentales de Alosha, y la fiebre
política de Iván Karamasov llegaran a alturas de naves de catedral gótica,
Arnaldete lo que quería era tener una novia.
Pero nada. Desde que el muchacho había comenzado a ver al
siquiatra doctor Mauricio Monserga, después que tuvo varias rabietas que
tomaron al barrio por sorpresa y que nadie supo a que se debían en realidad, si
no era a la vez que Pinkie le había dado con una piedra en la cabeza y le
habían tenido que tomar catorce puntos, es decir, cuando tenían ambos nueve años,
nadie se le arrimaba.
Desgraciadamente, más o menos después de una década más tarde
del famoso peñonazo, ese muchacho que antes había sido como un angelito,
callado por regla general, se había obnubilado, había pegado tres gritos en
varias ocasiones, como se dijo anteriormente, y hasta había corrido detrás de
Pinkie (dicho sea de paso, el vecino de al lado), con el cuchillo de cocina de
su casa.
Esto, por supuesto, tambíen había ocurrido en el interín.
Pero si se piensa que, ya entonces, Arnaldete tenía veintiún años, es decir, en
edad de merecer novia formal y terminar prácticamente, carrera universitaria y
matricularse en la escuela de medicina o de derecho, o de sicología o de lo que
fuera, donde fuera (en Santo Domingo si fuese necesario), su comportamiento no
procedía y daba mucho que desear. Por tanto, se encontró sentado en la poltrona
sicoanalítica del doctor Mauricio Monserga, examinando detenidamente sus etapas
orales, anales y fálicas, y su ira desmesurada hacia las figuras masculinas en
su vida. O al menos ese era el ideal analítico del ilustre Monserga.
—Ya es tiempo de que me busque una
novia, doctor...¿Usted no cree?
—Ya habrá lugar para eso más
tarde...
—Me sacan el cuerpo las muchachas,
doctor.
—Si fuera a usar el argot
barriobajero de Trastalleres, Arnaldo, diría que tienes la paranoia.
—Doctor--, suspiró Arnaldo --si
todo el mundo habla desde que vengo aquí.
—Hoy en día todo el mundo ve un
siquiatra que otro. No hay nada extraordinario en eso.
—Espero que tenga razón.
—No lo dudes...Pero tienes que
dejar de salir con putas, muchacho. Es decir, esos muelles están llenos de
drogos como si fuesen cucarachas. Vete tú a saber qué caso de sífilis galopante
te puede caer encima.
—Para eso está la penicilina,
doctor don Mauricio.
—¡Que te puede acaecer una mala
muerte de cantina! ¿Tú sabes lo que es eso? ¡Una mala muerte de cantina!
—Todo se resolvería si tuviese una
novia formal. Lo juro.
—Después que te arregles la cabeza,
muchacho. Lee, lee que el bachillerato en humanidades es buen entrenamiento para
la carrera de abogacía.
2
Y por tanto Arnaldete leía sobre los bajos fondos de Moscú y
San Petersburgo, para no mencionar las prisiones en Sibería durante el siglo
diecinueve. Pero precisamente estas lecturas le creaban añoranza de visitar los
antros en los muelles, a manera de así acumular experiencias propias, quizás
para sus propias novelas. Pensaba Arnaldo que si escríbía una novela de fama
internacional--y las novelas de los bajos fondos tienen ciertamente un vetusto
abolengo internacionalizante--llegaría, a pesar quizás de su locura, a tener
las muchachas más espeluznantemente bellas en toda la capital, para no
mencionar las europeas, las neoyorkinas, etc.
Sin embargo, cada vez que se le ocurría llamar a una muchacha
bien —o no tan bien pero al menos normal— el resultado era el mismo.
—Yo sí sé quien es usted pero
desgraciadamente usted no tiene buena fama, señorito Morales. Además, yo no
salgo con un muchacho que además de loco, tiene fama de prostibulario...Quién
sabe qué enfermedad se me podría pegar, con solo respirarme de cerca. Porque yo
de lo otro no, claro está...
—No sí ni lo pensaría.
—Pues no.
Esa fue la única vez que Arnaldo habló con Eulalia
Bustamante. El numero de teléfono se lo había dado un amigo, como una posible
muchacha que quízás saliese con él. Pero nanai. Aunque hacía poco tiempo que
Eulalia había llegado a Santurce de Naranjíto, ya había oído hablar de
Arnaldete,"el sícoanalizando". Por supuesto que nunca salió con
Arnaldete; ni tan síquíera se vieron jamás. Es decir hasta que...
3
Eulalia murió de un aneurisma. Así, de sopetón. Un día llegó
a casa de La Facultad de Comercio, se sintió mareada y fue a recostarse un
momentito. ¡CATAPUN! No se despertó jamás. Es de esperar que se hubiese
confesado y comulgado, tal como es prescrito a los miembros de La Iglesia de
Roma. De eso sin embargo estamos seguros. Como no, la muchacha no salía apenas
a no ser a la iglesia Santa Genoveva de Hato Rey. Así, ¡CATAPUN! Sinceramente,
no somos nadie.
Pues bien, esto ocurrió en el momento quizás más aburrido de
la vida de Arnaldo, cuando ya se había recorrido todos los muelles de San Juán
y se había leído todas las novelas decimonónicas rusas de renombre. No
solamente eso, pero cuando las muchachas le habían dado tantas calabazas de
entrada que no le quedaba otro recurso que leer y leer. Dicho sea de paso, el
veintiunañero hasta había decidido descontinuar el análisis y bandeárselas por
sí solo en la capital, con la esperanza de que la gente se olvidara de su
historia después de una cantidad razonable de tiempo y lo dejaran en paz en su
búsqueda de compañía femenina y noviazgo formalizado y casto.
—Le ocurrió cuando se despuntaba
mujer, dijo alguien en la Ehret de Hato del Rey.
—Si al menos hubiese cumplido los
veinticinco,¡pero a los diecinueve añitos!
La madre de Pínkie, quíen no conducía--había cogido pon para
venirse hasta la funeraria alegando conocer a la fenecida desde los dos días
después de nacida--tomaba parte en el llanterío, rodeada de niñas núbiles. El
ataúd estaba allá en la parte de atrás de la capilla y era prácticamente
inasequible, a causa de hileras sucesivas de plañideras adolescentes y sus
apropiadas chaperonas. Eso fue cuando entró Arnaldo si no novelando,
ciertamente, novelereando. No, pero esto es una broma. En realidad Arnaldete
tenía sobradas razones para participar en el velorio. Para empezar, quería
saber qué aspecto tenía aquella muchacha de la cual estaba supuesto a estar
formalmente enamorado, como correspondía a un muchacho con historial
siquiátrico.
Pero aquellas oleadas de gente no le permitían que llegase al
regazo de su amada y llorase lágrimas tiernas y ansiosas, destruido, como es
digno de un amor atormentado. Arnaldo se tapó la boca con el puño y tosió
apropiadamente, como quien se quiere suicidar con el uso exagerado de la
nicotina.
—Vas a morir como el pez, por la
boca--, le comentó un hombre con sortija gruesa con el caduceo de médico
engastado en un zafiro.
—Ojalá que muriese ahora mismo de
otro aneurisma.
—Lo sé, es trágíco. Degraciadamente
la ciencia médica no ha llegado a curar este síndrome sanguíneo venoso.¿Eras tú
de sus amistades más allegadas?
Arnaldo titubeó momentaneamente. --En sí era su novio...Claro
está, cómo decirle...que no la he visto nunca personalmente.
El médico achicó los ojos, extrañado. --Con el permiso--. Y
se escabulló por entre la dolida concurrencia. Sí, él también había oído hablar
del caso Arnaldo Morales, y su mente raudocíentífíca lo reconoció ipso facto.
Arnaldo se encogió de hombros y trató de vencer la
resistencia de la oleada plañidera. En un momento, sin embargo, en que Arnaldo
viró la cabeza hacia atrás, siguiendo con la vista un llantén particularmente
estridente, divisó a doña Pitusa, la madre de Pinkie, tener un apropiado
desmayo de velorio por enésima vez. Las núbiles niñas bien, por supuesto, la
recogieron y le dieron sales a oler. Despertó, tuvo la realización de dónde
estaba, y le dio otro consecuente patatús. Arnaldo se le ocurrió de que quizás
le podría introducir a las núbiles adolescentes, sobre todo una con una nariz
de enchufe que se enjugaba los ojos verdes con un delicado pañuelito de encaje.
Sin embargo, esto fue sólo de pasada. En realidad, quería ver
a su novia y entonces ya tendría un más acendrado criterio para tomar una
decisión. Por tanto, a rempujones, se avalanzó hacia la caja eterna de la que
era la homenajeada y despedida en aquella función social.
4
Era flaca, como un espárrago. La nariz aguileña, de aletas
distendidas, sobresaliendo a través del tul mortuorio desde una cara enjuta, la
mostraba como una vampiresa casta y brutal. Nadie se podría haber enamorado de
aquel espantapájaros: era demasiado requetefea. Además, tenía una verruga en la
punta de la nariz de la cual sobresalían ralos vellos como si fuese un erizo en
la segunda peña del Ultimo Trolley. A Arnaldo le sobrevino una enorme emoción
en aquel momento y se deshizo en un llanto fúnebre. De hecho, en un determinado
momento la tomó por sus gélidas manos, cruzadas en el pecho como dicta la
etiqueta funeraria, y derramó tiernas lágrimas de amante a lo Aleksandr
Pushkin. Después le plantó un beso en las mejillas enjuntísimas, y en la punta
de su nariz de guerrera azteca.
No rechistó, a pesar de las asperezas de la piel de la
difunta. Aún hubo que desarraigarlo dedo por dedo de la fenecida, horas más
tarde, cuando iban a llevarla en luctuoso sepelio, primero a Santa Eulalia de
los Naranjos, su iglesia onomástica, para que recibiera los aspergios de rigor
de las blancas manos rechonchas del padre León, y luego al panteón de la
familia en el cementerio La Vírgen de las Naranjas, también de Naranjito. Demás
está decir, que el padre de la fenecida lloró copiosas lágrimas sensibles al
saber que al menos su hija era regalada en melindres amatorios, si no en esta
vida donde los muchachos le huían despavoridos, al menos después de muerta.
El padre lo consideró señal de buen aguero y supuso en el
fondo de su acongojado corazón, que su hija ya descansaba en la gloria. Este,
el dueño de la cadena de mueblerías, El rey de los muebles, al contrario, por
una de esas cosas de la vida no había averiguado todavía quién era Arnaldo
Morales, aquel que todo el mundo en el área metropolitana conocía como "el
sicoanalizando".
Esto por supuesto lo descualificaba de amante casto y
doliente, ya que además las malas lenguas corrían por todo San Juán diciendo
que lo habían visto en La Riviera, en El Jockey Club, y en Los Cuatro Pechos De
Mi Llorona, bar poco conocido al lado de una quebrada en Guaynabo,
besuqueándose con alguna más baja que de los bajos fondos. Pero no le dijeron
nada, piadosamente, a don Carlitos Bustamante, como era conocido afectuosamente
en los Rotarios. Después de todo, a sus cincuenta años por fin se establecía en
Hato Rey, en Baldrich, para lo cual había trabajado vehementemente como un
animal, como quien dice toda su vída, y que ahora desgraciadamente le tocaba
este revés del destino, poco después de mudarse a una casa amplia decorada con
piezas de lo más refinado de El rey de los muebles, con un estéreo en el cual
podía oírse lo mejor de El trío los Panchos y Rafael Hernández con una
precisión de apariciones espiritistas.
Y vuelvo a repetir, ahora esto. Por más que le hubiese pedido
a santos y vírgenes que se la devolviesen, que fuese solamente un mal sueño del
que despertara y, allí su única hija, el fruto de la única mujer que le había
hecho caso cuando era un advenedizo de una jalda, aún en Naranjito...
5
Alguien empujó a Arnaldo dentro de un automóvil que formaba
parte de la procesión funebre que había de transitar por pueblos y montañas con
una seriedad de tumba de rigor. Miró a través del cristal del Plymouth negro y
supo que no regresaría vivo de aquel viaje, como quien se dirigía en un tren
transiberiano a cumplir una sentencia de cadena perpetua por haber asesinado a
una vieja usurera en Moscú o en Kiev. Las demás personas en el carro, unas
viejas vestidas de luto, soplándose las narices con sendos pañuelos de encaje,
lloraban a moco tendido, como es apropiado de plañideras a pago. Arnaldo sacó
un paquete de cancerígenos y le ofreció a las lloronas. Dos aceptaron. Arnaldo
les prendió los sendos cigarrillos con su encendedor de oro y se echó la cabeza
hacia atrás, después de haber abierto un poco el cristal de la ventana del
automóvil para no viciar demasiado el aire acondicionado, y caviló por unos
momentos sobre el sentido de la vida y la teleología del universo.
Después se relajo que daba gusto y fue cayendo en un sueño
profundo y divertido, sobre panteones y prostíbulos, que en sí hubiera servido
de varios relatos que el presente historiador tendrá que algún día abordar,
cuando llegue a la edad madura y sabia de los ochenta años. Para adelantar
algo, sin embargo, diré que Arnaldo se encontraba vagando por el cementerio que
nunca vío hasta más tarde en Naranjito y que, entre panteón que viene y panteón
que va, se topo cara a cara con su dulce Eulalia Bustamante, llamándolo con un
ademán del dedo índice, de que se acercara a ella y viviera con ella para
siempre y para siempre, criando malvas en aquella recoleta necrópolis.
6
Un hombre vestido de negro, de cabello blanco y líneas
pronunciadas en una cara larga, lo sacudía por el hombro y le repetía que nadie
debería dormir cuando la hija de don Carlos Bustamante estaba siendo bendecida,
por última vez, en la santa iglesia.
—¿Qué iglesia?--respingó.
El hombre le apuntó con el dedo índice a un edificio crema,
de campanario atemporal, que se cernía sobre la hilera de automóviles
estacionados, trepada al final de unas escaleras de piedras encaladas. El sol
de medio día le golpeó directamente en los ojos a Arnaldo. Se protegió con la
mano abierta. Asió la manivela, abrió el automóvil y salió afuera.
Se escuchaba una música luctuosa de misa solemne, de una
pintiparada depresión subida. Arnaldo buscó entre los pantalones a por un
cigarrillo y lo encendió mientras caminaba por una acera bordeada de una hilera
árboles. Abajo, en aquella tierra entre la balaustrada de hierro y el valle, se
desplegaban los naranjos colmados de fruta. Fue dejando la iglesia atrás,
trepada en aquel nivel, y concentró la vista en las montañas ceniza y azuladas
en la lontananza.
Pensó profundamente sobre la literatura decimonónica rusa de
vampiros y los ojos se le aguaron en un arrobo transmundano. Decidió en aquel
momento no volver a los muelles en la vida y esto le sirvió de acto de
contricción. Después, no recordó más que unas lentas campanadas y la gente
saliendo por las puertas de la iglesia. El ataúd era cargado por seis hombres
de las asas, lentamente, con dignidad apropiada de entierro de hija de rico
hombre. Arnaldo siguió la marabunta que se dirigía, entre tortuosas calles
adoquinadas, hacia el portal del Campo Santo que ya se perfilaba sumido en el
olor a gladiolas y demás flores víoláceas. Más tarde, en el preciso momento
exangüe de dar a la tierra lo que, al fin y al cabo, siempre fue suyo, Carlitos
Bustamante puso una docena de rosas encima del féretro y se desplomó y, como
suele suceder en estas ocasiones, estuvo a punto de caer plantado junto con su
hija en la fosa.
7
Después se fue desperdigando la gente hacia las casas y los
automóviles. En algún momento, en medio de aquel silencio sólo interrumpido por
algún sollozo, Arnaldo dijo en voz alta, --¡Quisiera olvidarme del universo!--
La gente lo miró como a loco, se encogieron de hombros, y siguieron regresando
por las calles estrechas. Arnaldo, por supuesto, se quedó atrás
mirando hacia la lontananza moral y física, al igual que a
aquellos espirituales angelitos, vírgenes, Cristos y santos que adornaban aquel
último lugar de reposo.
Nadie sabe en qué viajes astrales participó aquel atardecer
Arnaldo Morales, mientras fumaba empedernidamente. Sólo hay constancia lógica
de que estuvo cavilando horas por aquellos parajes, tratando de conjurar el
cuerpo o el alma de la única novia que tuvo. También consta en la leyenda de
que Arnaldo Morales pidió direcciones de dónde quedaba el burdel de Naranjito,
o el casino o qué sé yo. Finalmente, se sabe que allí se encontró con una mujer
algo cenicienta, de unos ojos enormes, hundidos, una nariz aguileña y unos
dientes algo separados. Quizás estaba de suplente aquella noche aquella mujer
que lo tocó por el hombro con dedos gélidos de ultratumba y le sonrió y le
dijo,
—Ahora sí, ahora sí seré tuya para
siempre— mientras la
vellonera maullaba alguna ranchera.
Fin
Entrevista en
la calle catorce
—Gudrun, el Boricua corpulento con el pelo de estropajo en el
autobús puede que haya estado yendo o viniendo de cualquier parte en la ciudad,
te lo acepto. Pero la manera que te miró a ti y después a mí uno podía saber
que estaba tratando de corroborar si somos quienes somos.
—Pero por qué, Arnaldo, ¿por qué?
—¿Quieres un cigarrillo? Te lo cuento.
Gudrun rechazó el cigarrillo con un gesto de la mano abierta.
Arnaldo encendió uno. Inhaló. Se peinó el pelo abundante con la mano hacia
atrás y luego hacia el lado.
—Me lo has contado montones de veces.
La sala de espera de la Clínica Outpatient de Highbridge
estaba pintada de un amarillo institucional. Estaba dividida del resto de la
clínica por una partición. Al nivel de la vista sobresalía alrededor una lámina
transparente de plástico, desde donde se podían observar los pacientes y los
pacientes podían observar a la recepcionista, a los trabajadores sociales y los
psiquiatras. Hacia la parte de afuera estaba la ventana que permitía ver la
avenida Jerome y la vía elevada del metro.
—Pues quizás te lo he contado otras veces. Es como pelar una
cebolla.
Gudrun se atusó el pelo rubio. Vestía un impermeable azul.
Tenía treinta y cinco años pero aparentaba cuarenta y tantos. Era matronal y lo
había sido cuando se habían conocido doce años atrás en Munich.
—Sé que las cosas que me están sucediendo tienen una razón de
ser —continuó Arnaldo. Comenzaron cuando estuve saliendo con Beatriz Gómez.
—No me empieces de nuevo con eso, Arnaldo.
—No, no, no, no. Escucha. Está saliéndose por los
intersticios de nuevo. Antes no. Pero esta vez sí que estoy seguro que me han
seguido y me están dando caza en Nueva York.
—Dame un cigarrillo, anda.
—¿Uh? —
—Anda. ¿Quién quiere vivir para siempre?
—No quiero arruinarte la vida, Gudrun. Pero me siento tan
solo. Sí no fuera porque tengo un miedo atroz de que están esperando como lobos
para destajarme... Te diría que volvieras a Alemania.
Gudrun tomó una calada del Marlboro. Pensó que estar allí a
estas alturas en el South Bronx era como estar en cualquier parte. Ya no le
importaba, en el fondo.
—Lo que necesitas es el medicamento, Arnaldo. Yo también. Si
no fuera por el Tofranil me hubiera tirado del puente desde que nos mudamos a
Undercliff.
—Las medicinas no pueden cambiar la realidad.
—Es cierto —admitió Gudrun—. Pero nos puede dar un tiempo
para pensar.
—Es lo que necesito: tiempo para pensar. Pero lo que ocurre
es que cuando comienzo a contarte algo me dices que ya te lo he contado y tal
vez es cierto que te lo he contado...
— ¡Me lo vienes contando una y otra vez desde ayer!
—Quizas, pero déjame que vuelva sobre ello, Gudrun. Por Dios,
déjame decirte que ésta... qué sé yo... mujer... retorcida... estaba caminando
el lunes, el día de la entrevista, por la catorce, saliendo y entrando de los
bazares de ropa, llevando un bolso de libros que probablemente había comprado
en Lectorum o en Macondo. Toda chula, así, con su cara arrogante a pesar de su
fealdad...
—¿Qué mujer?
Arnaldo se quedó boquiabierto. ¿Cómo no se lo había contado a
Gudrun si se lo había contado a Mario, el trabajador social, y a Warren
Kaufman, el siquiatra, y hasta a Paul Rubin, el farmacéutico?
—Me estás tomando el pelo, Meine Liebe.
—En absoluto. Sólo que no se me ocurre de quién hablas a no
ser que estés alucinando a una mujer que hace veinte años que no ves pero que
insistes que te sigue por todas partes como en Schawben, saliste corriendo de
la cervecería gritando que los comunistas del PCP te estaban observando desde
la otra mesa y que te iban a clavar...
—Soy el último en negar que he sido algo paranoico a veces.
Pero si tú tuvieras mi cerebro privilegiado quizás te darías cuenta que la
paranoia es un sexto sentido que...
—¡No te das cuenta que te lo estás imaginando! Supongamos que
eres un Albert Einstein. Para poner por caso, supongamos.
—Mujer, tanto como un Einstein, no.
—¿Por qué no? ¿Eres un genio o no eres un genio?
—Bueno lo soy pero un...
—Pero, pero qué. Einstein era un genio, ¿no?
Arnaldo asintió con un movimiento de la cabeza.
—Pues entonces, un genio puede estar loco, ¿no? Digo, todo el
mundo dice que Einstein pensaba tanto que era como si estuviera loco.
—No que estaba loco sino que tenía una genialidad tan
sobresaliente que...
—Estaba loco, Arnaldo, y punto.
—Bueno pues entonces tendrás que admitir que puede ser que yo
como genio veo cosas que otras personas no ven y que si yo vi a Beatriz Gómez
bamboleándose de un lado a otro de la catorce es porque lo estaba haciendo.
—Y lo estaba haciendo, ¿y...?
—Pues me siguió en dirección a mi entrevista en Baruch
College para hacerme la gran putada.
Gudrun hizo un gesto escéptico con los labios.
—Pues me siguió, sí. La vi espiándome desde la cristalera
cuando entré en el Chock Full 'O Nuts a tomarme un café y una dona para no ir
con el estómago vacío a la entrevista y poder enfrentarme con aquellas
cacatuas: la profesora Anderson y demás eruditas a la violeta, y poder torear
sus alusiones culteranas. Luego Beatriz hizo una mueca de sorna con los labios
y desapareció en la calle instantáneamente.
Las tres mujeres estaban vestidas con camisas de seda de
mucho volante, y trajes de negocios azulmarinos. La primera pregunta que me
hice fue qué tenían contra nosotros personalmente aquellas mujeronas que nos
querían ver por las calles panhandling, desorientados como en una
tragedia griega.
— ¿Nos podría decir algo más sobre su background, Dr.
Morales? —me preguntó la doctora Anderson una vez que nos habíamos sentado los
cuatro en su oficina: aquellas tres mujeres que acariciaban sus solapas y
jugaban con sus espejuelos de leer y a quienes no les importaba para nada los
años que pasamos en pensiones cochambrosas en Madrid mientras yo estudiaba
literatura castellana, y entraba y salía de los sanatorios porque sabía que no
había futuro en ello, que íbamos a terminar en la prángana.
—Tranquilo, Arnaldo, tranquilo, —le frotó Gudrun las
espaldas.
—Y me dice la muy hija de puta, —Nada serio espero, ¿Dr.
Morales?
—No llores, Arnaldish, no llores...
—Y la muy cínica me dice, —¿Qué es eso de un thought
disorder, Dr. Morales? He oído el término en alguna parte pero no
recuerdo...
—Arnaldish, ¿cómo se te ocurre? Dime.
—Ya sé que fue una estupidez de mi parte, pero... Gudrun,
quizás no lo fue. Yo vengo a hablar de cosas que son de, de primera importancia
para el destino del planeta. Cosas que si no se resuelven van a dar al trasto
con...
—El planeta se fue al trasto hace tiempo, Arnaldo. ¡Qué
importa! Mira chico, lo único que te pido es que te tomes el Mellaril.
—¿Donde tú has oído hablar de un profeta que tomara
neurolépticos? ¿En qué Biblia? No, chica, no…, las alucinaciones son mensajes
del más allá.
—Arnaldo, pero tú no crees en Dios.
—No, nadie me va a hacer tomar esos medicamentos del demonio.
Por más persuasivos que sean tus argumentos no los tomaré.
Una de dos mujeres que estaban sentadas enfrente de ellos en
la sala de espera se rió bobaliconamente. Eran dos puertorriqueñas gemelas de
alrededor de cincuenta y cinco años que apenas emitían un sonido. Tenían el
aspecto de haber estado en clínicas siquiátricas y cotolengos desde que habían
nacido. Al igual que Arnaldo, estaban esperando a que llegara el psiquiatra,
quien había llamado para decir que estaba teniendo problemas con el automóvil,
y les escribiera la receta mensual de neurolépticos. Otros pacientes entraban y
salían a humear cigarrillos y pedir dinero para un café azucarado que compraban
en un Donut Shop que quedaba en la esquina de la Burnside y que frecuentaban
también los narcómanos y adictos al crack del vecindario.
Hacía tres meses que Arnaldo había rehusado a tomar más las
medicinas. —Sólo sirven para castrar la creatividad— fue el comentario críptico
que le había pronunciado a Gudrun en aquella ocasión. Luego Arnaldo había caído
en un frenesí creativo donde escribía poesías, ensayos, cuentos y novelas hasta
las tantas de las noches. Progresivamente sus escritos se convirtieron en
enormemente gongorinos y luego, cada vez más mutilados, estridentistas y
finalmente ininteligibles. Gudrun los leyó pasmada, con la boca abierta.
—Escribo para de aquí a mil años— fue la explicación que le dio Arnaldo. Esta
semana por fin, Gudrun lo había convencido a medias a que viniera por una
receta de neurolépticos.
—Imagínate, Gudrun, lo que es el mundo. En San Juán supongo
que corre la bola de que estoy viendo a un sicoanalista en Central Park West y
que me codeo con la inteligentsia de Manhattan.
—Puerto Rico es un país atrasado y sin interés. No me explico
como sigues obsesionado por la historia de semejante islote.
—Pero ellos no lo saben. Beatriz, por ejemplo, me siguió con
toda la locura que implica la política de allí y se quedó husmeando por los
pasillos hasta que supo de que se trataba y... Bueno, tú sabes como son las
literatas que se conocen todas... Cuando llamé el martes a hablar con la Dra.
Anderson para concertar una segunda entrevista me dieron el runaround.
Que si está en una reunión, que si acaba de salir.
—Dame otro.
—¿Uh?
—Otro Marlboro.
Arnaldo sacó el paquete de cancerígenos y se lo acercó a
Gudrun. Fumaron ambos.
—Y entonces fue cuando...
—Decidí acercarme de nuevo hasta Baruch. Me puse el flus de
cuadros double breasted que le compré a los árabes, mi camisa azul de
cuello demasiado grande, y la corbata azul, lisa.
—Que fue lo mismo que vestiste cuando fuiste a la primera
entrevista...
—Cierto. Sólo que no había lavado la camisa. Estaba arrugada
(la saque del fondo del hamper) y olía a sobaco. La corbata tenía manchas de
café. Me puse unas medias de nilón sucias. Los únicos zapatos que tengo y salí
ayer. Como tú sabes diluvió, caminando entre charco y charco tapándome con el
paraguas en medio de la lluvia y la ventolera a decirle a la Dra. Anderson que
cogiera su trabajo y se lo metiera por donde no le da el sol.
Esperé la guagua lo que fue una eternidad. Ya estaba
chorreándome el agua cuando por fin llegó y cruce el puente de Washington
solamente pensando que un intelectual es un intelectual donde sea y que le iba
a decir que si los rusos se van a quedar con el mundo lo mejor es que... Así
tomé el tren y me llegué hasta la catorce. Supongo que lo mejor hubiera sido que
tomase el subterráneo crosstown pero me dije what the hell. Por
qué iba a esperar de pie en el maremagnum de gente que estaba en el andén
apretujados como si Godzilla se hubiera escapado del zoológico.
Salí a la catorce. Y el bazar estaba allí como todos los días
del año aunque hubiese una guerra termonuclear. Excepto que tenían toda la ropa
y los guindalejos debajo de carpas de plástico transparentes. Con el paraguas
roto, las varillas saliéndosele por todas partes, fui zigzagueando por las
mesas pensando que de un minuto a otro algún monstruo iba a aparecer por el
horizonte y se iba a acabar el mundo. Iba así caminando, pensando en tacos que
decirle a la Dra. Anderson y me salían por millones, cada cual más insultante
que el anterior.
Entonces, una sombrilla enorme roja se iba bamboleando con
una sonrisa de hacer putadas. La frente alta, la cara pecosa, la nariz
perfilada como la de una madona flamenca. Y le digo que me deje en paz. Que
ambos podemos vivir en el mismo planeta, tener puestos universitarios,
retirarnos cuando llegue el momento...
Beatriz se carcajeó en aquel momento mostró los dientes como
hachas, los labios finos, me apuntó y me dijo que nunca, nunca seré alguien.
Que viviré en los inner cities el resto de mis días.
Tiré los restos del paraguas a la calle y caminé
enchumbándome cada vez más en dirección al lado este de la catorce. Así que
había hablado la muy altanera con el cuadro director del departamento de
lenguas y literaturas extranjeras del antro de Baruch y me estaban sacando el cuerpo
las arpías.
Fui, Gudrun, con paso animado por medio del diluvio que
subsumía a toda la ciudad hostil...
—Estás algo paranoico, Arnaldo.
—Cómo que no. La ciudad es hostil.
Gudrun recordó a Arnaldo tomando la sopa de lentejas en el
cafetín en la Leopold Strasse donde se habían conocido. Tenía el pelo rizado y
las facciones finas. Estaba totalmente espaciado.
—¿Quieres ir al Max Planck Institute? — le dijo una vez que
hablaron un rato.
—¿Qué es eso?
—Es un lugar donde ayudan a gente como tú y yo.
Arnaldo la miró por un largo rato directamente en los ojos
tratando de corroborar si podía confiar en aquella extraña.
—Vamos—, finalmente se decidió, mientras mojaba el
Pumpernickle con los vestigios de la sopa.
Tomaron el tramn y fueron subiendo hasta la parte residencial
de la ciudad.
—Y ¿de dónde eres?
Arnaldo permaneció callado. Miraba hacia todas partes por
entre las ventanas del tramn.
—¿Te siguen?
—Hoy en día siguen a todo el mundo.
—A mí no. No soy lo suficientemente importante, —puntualizó
Gudrun.
—Yo tampoco lo soy. Pero, sin embargo, hay una mujer que
quiere vengarse de...
—¿De...?
Permaneció callado un largo rato. Finalmente dijo.
—Es de Puerto Rico igual que yo. Allí la política lleva a las
personas a asesinar por el más pequeño desdén.
—Al igual que acá y en todas partes.
La miró de soslayo como si no hubiera considerado lo evidente
desde hacía tiempo. Gudrun pensó doce años más tarde en Nueva York que, además
de su propia soledad, fue aquella mirada de siervo asustado lo que la atrajo a
él.
—Sí, la ciudad es hostil ¿y qué pasa con ello?
—Precisamente. Iba pensando en el desprecio sofisticado que
me iba a mostrar la doctora Anderson una vez que llegara jadeando hasta ella.
Cuando iba a las alturas de Chock Full 'O Nuts paré de caminar. Entré, me senté
en una esquina del mostrador. Ojié la cartera y busqué en los bolsillos
disimuladamente para corroborar si tenía suficiente dinero para una sopa.
Apenas lo tenía. Cuando me sirvieron desboroné las galletas saladas encima del
Clam Chowder y comencé a tomármela, lentamente, para hacerla durar.
Y pensé en las mujeres aquellas y la putada de Beatriz y cómo
no importaba un comino al fin y al cabo. Me miré en el espejo y me vi el pelo
mojado, entrecano. Temblaba. Pensé en los poemas que nunca publicaré y supe
entonces que el universo de aquellas espejueludas no añadía nada a mi pasión.
—Por eso te quiero, —dijo Gudrun.
—¿Por...?
—Porque no eres un pobre diablo como la mujer esa que
alucinas hace veinte años.
—¡Pero es cierto, Gudrun!
La alemana le puso el brazo alrededor del cuello y lo besó
con uno de sus besos que sabían a tabaco, y a café. Luego le sonrió.
—Espera, espera Arnaldish, —le tapó la boca con su mano— ¿Te
acuerdas cuando me escribiste el primer poema en Munchen?
Arnaldo pensó un poco y luego hizo un gesto afirmativo con la
cabeza.
—Y entonces supe, Arnaldish, que eres alguien. Tranquilo. Por
eso ella me envidia. Y te envidia a ti y te hace putadas.
—Si no sé sí en realidad...
—Arnaldo, te sigue. Yo a veces me despierto a las tres de la
mañana y miro a través de la ventana hacia Undercliff y la luna la ilumina,
como una loba hambrienta, esperando, acechando...
—Te lo inventas, Gudrun.
—Y jadea de tanta añoranza. Veinte años y no ha conocido a
nadie que la haga ser tan triste.
—Me tomas el pelo.
—Como cuando esperé un mes a que me besaras en Munchen y
luego fueron seis meses antes que me hicieras el amor. Estabas tan triste y yo
te esperé y te estudié. ¿Crees que no lo sé todo de ti? ¿Qué no te protejo?
Y Arnaldo la miró de lado y la vio llorar y sonreírle, a
pesar de todo, feliz.
El halcón y la
ahogada
Cuando la luz
del sol
se esté apagando
y te sientas cansada de vagar.
Ramón Álvarez despertó del sueño dopado del Unisome con un
dolor de cabeza de momia después de siete mil años de olvido en las arenas. Se
sentó en el borde del futon, haciendo un gran esfuerzo con los músculos y
coyunturas de un cuerpo que había albergado en otra hora el apacible Ka. No
obstante, en los tiempos recientes había sido atormentado, sujeto a la
desgracia y la locura.
Laura lo había dejado, trastornada, después que se les había
ahogado su hija, Ariadna, en una piscina, el día de su cuarto cumpleaños.
Entonces, Ramón, sin una razón que pudiera entender, había ido día tras día a
vagar por las tiendas y los bazares de Aventura Mall, aquel universo dentro de
la metrópolis, que cada vez le robaba más espacio a la realidad.
Aquel día, a eso de las diez de la mañana, vio por primera
vez en los grandes almacenes JC una fila de viejos moribundos y locos que
esperaban su turno para probar qué holgado les quedaba el ataúd, facsímil del
catafalco de un faraón de la época arcaica, o, si fuese la cliente mujer, aquél
de su ésposa y hermana.
Ramón vagó por los pasillos de JC y luego salió al segundo
nivel del mall. Asido a la baranda, miró hacia el primer piso cuyo suelo de
mármol veteado relucía grotescamente majestuoso. Hubiera sido cosa de dejarse
caer contra el seto de abajo en un trance, casi como si fuese un accidente.
A eso de las doce y media había mermado algo la fila
mortuoria. Ramón se encontró en linea con los tullidos, los terminales y los
locos, para participar del milagro de la vida eterna. Cuando le tocó el turno
de acostarse en el féretro y cerró los ojos, se vio en la penumbra entre las
cañas del río y escuchó el aleteo del halcón, Horus, en el momento de volar al
mundo suprarreal.
¾ ¿Qué cree usted? ¿Qué esto es para siempre?¾ , se le asomó
un hombre de cara burlona, ojos saltones, pelo canoso rapado al cero, y miles
de aditamentos para caminar, apuntando hacia su reloj pulsera en su muñeca
torcida, con el dedo índice de su mano derecha. Ramón Álvarez se frotó los
ojos, desperezándose, y se bajó como pudo. El hombre que tenía la cara de un
idiota de circo se trepó y apoyó las muletas contra el lado del ataúd. Se llevó
las manos a la cara, y se recostó, desapareciendo dentro del invento más
espeluznante de la historia de la humanidad.
Ramón Alvarez caminó con las imágenes vagas que le restaban
del trasmundo egipciaco y se puso de nuevo en fila. Frente a él, los locos y
los incapacitados en general eran acompañados por enfermeros, algún que otro
sacerdote, y monjas que prorrumpían obsesivamente con el murmullo de los
padrenuestros y las avemarías, cuenta por cuenta del enésimo rosario. Pasaron
así las próximas cuatro horas, durante las cuales Ramón Álvarez pudo acostarse
en la caja mortuoria tres veces más y por siete minutos, cada vez, verse entre
las deidades de la civilización del Nilo.
Luego, hambriento, fue al Food Court a comerse un trozo
refrito de pizza. Sentado en la mesa de colores pastel, pensó en que era
posible creer en cualquier cosa. Se figuró que el mall estaba lleno de personas
que creían en la vida de la ultratumba. Y mientras tenía estos pensamientos
insubstanciales, le vino la imagen de su hija, pálida y exangüe junto a la
piscina el día de su cumpleaños.
En Nueva York su esposa alimentaba palomas con migas de pan
desde un banco verde en la Broadway. Se fue tres semanas después de la muerte
de Ariadna y le había dicho que se iba a visitar a su amiga Esther Kozol. Hacía
dieciseis días, no obstante, que se sentaba allí durante horas, con la imagen
eidética de la niña golpeándole la frente, esperando reencontrarse con ella en
el torbellino de la hojarasca.
Los días siguientes Ramón Álvarez visitó el templo del faraón
en JC varias veces. Hizo fila y, después de esperar tres cuartos de hora,
volvió a los atardeceres de la ribera del Nilo siete mil años atrás.
En una de las ocasiones que deambuló por JC Department
Stores, durante los próximos días, pasó por el lado de una cortina negra, la
empujó a un lado con la mano y entró. Se hallaba en un departamento con hileras
de trajes negros, camisas dé colores pastel de etiqueta, pajaritas y, a la
izquierda, una selección variada de ataudes, con tapas doradas y figuras de faraones
con la barbilla protuberante y el tocado azul y de sucedáneo de oro, adornado
además con rayas negras horizontales.
¾ ¿En qué puedo servirle hoy? ¾ dijo un hombre de pelo cano,
un bigote totalmente blanco y un vestido negro con un clavel amarillo en la
solapa. Se ajustó la corbata con sus manos grandes y pálidas como las de un
verdugo.
Ramón Álvarez puso su tarjeta de JC sobre el escaparate.
¾ No es necesario.
¾ Lo prefiero así, sobre la mesa.
El vendedor movió la cabeza para arriba y para abajo y le
indicó poniéndole una de sus manazas en la espalda de Ramón, que se parara en
una esquina frente a un triángulo de espejos. Sacó su yarda de medir de un
bolsillo del chaquetón y comenzó a tomar medidas: los brazos, el pecho, las
piernas.
¾ Éste es el especial como parte standard del ajuar
funerario que ofrecemos. Pruébeselo, pruébeselo.
Ramón hizo un gesto indeciso. El vendedor entonces le mostró
un traje negro de finas solapas.
¾ Éste le quedará más ajustado. Aunque parece antiguo es en
si un estilo más moderno. Es el último grito de la moda del Trasmundo JC.
Ah pero sí...usted no se ve particularmente
demacrado...Bueno, pues un suicida. Está bien. Aquí en Almacenes JC respetamos
todos los estilos de vida...y de muerte.
O póngase este traje de etiqueta egipciaca...Bueno pero
quizás no sea necesario. Ah, se parece a un miembro del antiguo grupo de
Liverpool con este flus. ¿Sabe que ciertas nuevas escavaciones han probado que
la historia es circular? Por tanto hubo armas termonucleares en otros avatares
(Es una buena palabra para usar en estos Lares con los moribundos. ¿No lo
cree?) a la vez que guitarras eléctricas. ¿Usted toca algún instrumento?
¾ No.
¾ ¿No?
¾ No tengo oído.
¾ Ándele hombre. Todo el mundo tiene oído. Venga, venga por
aquí. Ahora póngase esta guitarra así, de lado. El pelo...Es usted un roquero
nato. La misma mirada de estar enchufado con la electricidad del otro mundo.
Aquella noche Ramón pasó las horas mirando hacia el techo,
viendo el cadáver de su hija. En Nueva York Laura seguía rezando, ya totalmente
ida, frente al bulevard flanqueado por los altos edificios de ladrillos.
Ramón Álvarez finalmente cayó en un sueño. No podía recordar
el teléfono de Laura en Nueva York. Luego supo que estaba en la calle. Que no
tenía ningún familiar o amistad en la ciudad. Se habían mudado a lugares que
desconocía. Vagó avenidas con los ojos morados. Le quedaban diez dólares. Olía
a parques y a estaciones de autobuses.
Despertó con un sofoco a las cuatro y cincuenta y dos de la
mañana. Buscó a Laura por el apartamento y por fin se percató de que ya no
estaba.
A las diez de la mañana se presentó a su cita con Sid Segal.
El vendedor había vuelto a llamarlo por su nombre de pila como en los viejos
tiempos.
¾ ¿Estás listo para probarte el sarcófago, Ramón?
Asintió con un gesto serio de la cabeza.
¾ Todos estos que tienes aquí puedes escoger por el especial
de $999.99¾ , le indicó con la mano abierta.
¾ Pero si me voy...es para siempre.
¾ No importa, Ramón, estás cubierto. Fuiste un buen empleado
de los Almacenes JC.
¾ ¿Un buen empleado...? Apenas trabajé un año y medio y lo
hacía todo mal.
¾ Fuiste perfecto.
Ramón entornó los ojos extrañado. Vio a Osiris en un fugaz
momento renacer sobre el río una vez más. Luego vio a Laura dándole de comer a
las palomas migajas del último sandwich que había tenido dinero para comprar.
Ya para entonces el dopamine del cerebro de Ramón Álvarez
había incrementado hasta llegar a una actividad febril. Pasó la noche
destartalada, recordando a Set y los viejos del mall vagar por los bazares
husmeando las alfombras orientales, las tarjetas Hallmark, los juguetes
charangueros propulsados por baterías.
No podía dormir. Fue hasta el botiquín. Abrió temblorosamente
un paquete de Unisome y reunió siete en la palma de su mano. Vio su sombra de
refilón en el espejo, a la vez que se atragantaba las pastillas con el agua de
la pluma.
Se vio las ojeras azotadas por el recuerdo de la pálida niña
de la barriga hinchada lista para partir en la cesta de mimbre hacia arriba,
hacia el valle opaco. Ya el próximo día llegaron en un camión de Almacenes JC
los utensilios.
¾ Sí, me lo han de montar. La propina está en la mesa.
Los dos empleados asintieron con un leve movimiento de las
cabezas. Ya, cuando habían traído el ataúd en piezas al apartamentito, les
añadió Ramón Alvarez.
¾ En el suelo. En el sofá, en la mesa. Ustedes escojan.
Cuando se vayan acuérdense de cerrar la puerta¾ . Los hombres sin decir una
palabra comenzaron el trabajo.
Ramón salió a la calle y se llegó hasta el canal que quedaba
al final de la Rue Versailles. Ya el sol estaba comenzando a tramontar la bóveda
gris. ¾ ¿Qué quería ella? ¾ Se preguntó. Quizás se había encontrado con Esther
en Nueva York. Era lo que había dicho.
Vio una manta leopardo de manchas amarillas volar a media
agua. Ariadna estaba con ella: en ese mundo sordo e inconsciente. Cogió un pedruzco
de la tierra y lo tiró al canal. Se hundió enseguida.
Arañó un puñado de tierra. Lo lanzó en una elipsis hacia el
canal. Los tres se iban a encontrar en el río. Ahora, mientras se dirigía de
vuelta (al lado oeste las casas sombreadas. Al otro lado la parte yerta de los
apartamentos, donde ellos habían vivido años.) la vio llegar al banco y
sentarse. Estaba lloviendo pertinazmente en la ciudad. Siguió manoseando las
migajas, del pan mojado. Sólo una tenue luz se filtraba a través del cielo
plomizo de Manhattan. La lluvia le había penetrado los huesos.
Ramón dejó los zapatos en el portal del apartamento. Cuando
vio el ataúd en medio del suelo de la sala, pensó que esta tarde, siete mil
años atrás estarían juntos los tres. Buscó las diez cajas de Unisome que tenía
en el closet: treinta pastillas cada una.
Se las atragantó con vaso tras vaso de agua. Vorazmente como
ella que ahora trataba de comerse unas migajas como las palomas grises a las
que había estado alimentando y que convulsionaban en la calle y en la acera.
Ramón Álvarez se recostó en el ataúd con el flus puesto. Ahora lo tenía para la
eternidad y no sólo para los siete minutos que habían sido sus visiones de los
últimos tiempos, desde que se había ahogado la niña en la piscina. Allá entre
las cañas en la ribera...quizás..siete mil años atrás volverían a acaecer los
días felices.
FIN
Jorobado en Río
Piedras
La gente no se da cuenta cuán
malos son los psiquiatras. La mayoría podría ser suplantada por podiatras u
oculistas sin que nadie lo notara. En mi larga carrera como sociópata tuve
varios de ellos requetemalos.
Por todos los medios traté de
curarme de mi enfermedad recurriendo a esta deplorable ciencia alienista.
Durante lustros los visité y los escuché hablar de teorías y estructuras,
de homosexualidades latentes, lo mismo que de mis supuestas inferioridades
raciales, intelectuales e inconscientes.
Todas estas deficiencias reales o
inventadas hicieron de mí un hombre contrahecho, tullido y acomplejado. En mi
cuartito de estudiante perpetuo de humanidades y psicología, me azotaba durante
las noches. Para entonces ya no creía en Dios, por tanto, hacía penitencia sin
esperanza alguna de redención. Y ¡de qué otra forma podrían ser las cosas! El
mundo tal como me lo habían pintado aquellos expertos de la salud mental era
demasiado jorobado para haber sido creado por alguna deidad que no fuese el
mismísimo Luzbel.
Sintiéndome culpable de que
existiera semejante bodrio me flagelaba hasta sangrar profusamente. La chepa
que había comenzado como un chichón, había tomado el cariz del jorobado de
Notre Dame.
Para aquel entonces, había sido
abandonado por toda mi familia. Ellos vivían en el vecindario exclusivo de
Ocean Park. En cambio mi cuartito quedaba en una callejuela sin salida en Río
Piedras. Era aquel designado para una criada, pero ante la escasez de las
mismas, lo rentaban a estudiantes que venían de la isla a estudiar en la UPR.
Yo pagaba sesenta dólares al mes por mi cuarto con ducha, lavamanos y retrete.
De lunes a jueves iba a las clases
durante la mañana y luego buscaba la paz en el lugar más ruidoso del universo:
la biblioteca. Todos saben lo mucho que hablan los estudiantes puertorriqueños
cuando estudian. Sin embargo, mi esquizofrenia no me permitía relacionarme con
ellos. Andaba por el campus de la UPR solitario huyendo de las voces de aquella
tropa de montoneros que me perseguía, pensando en la muchacha que había
conocido en alguna ocasión y con la cual había salido dos veces en un semestre.
Raquel Marrero, paradójicamente, gozaba del hecho de que le hubiera prestado
atención siendo ella tan fea. Eso era si no se tomaba en consideración mi
joroba, pues de lo contrario hubiéramos terminado en un fotofinish.
2
Como a eso de las cinco volvía yo
a mi cuarto. Usaba la cocina del apartamento principal para freír un bistec que
había comprado con los cupones de alimento que el Tío Sam nos proveía a los
esquizofrénicos.
Como los viernes no tenía clases
visitaba al siquiatra en las Torres de Castilla: dos edificios enjalbegados que
quedaban en la Fernández Juncos en medio de cafetines, restaurantes gallegos y
barras. Subía hasta el treceavo piso y lo esperaba sentado en una silla leyendo
Las cuitas del joven Werter, o posiblemente El Fausto. A veces,
no obstante, asumía una postura psicológica y leía el texto de Psicología
Anormal. Así iba aprendiéndome los síntomas de la esquizofrenia tipo
paranoide de la que adolecía para emular o quizás impresionar al doctor
Mauricio Monserga. Las sesiones con Monserga, como la de aquel día, no daban
ocasión para hacer alarde de iniciado en florituras sicológicas.
Más bien tarde que temprano salió
de la oficinucha de don Mauricio un barbudo alto y delgado de manos larguísimas
que había asistido a algunas de las clases que yo tomé en el departamento de
Filosofía antes de que tuviera mi segundo colapso nervioso. Lo saludé con un
gesto de la cabeza y le sonreí, al igual que a Monserga. El estudiante me
devolvió el saludo con una leve inclinación de la frente. Luego se fue alejando
por el pasillo lúgubre hacia los elevadores.
–Espérame cinco minutos –me dijo
Monserga y cerró la puerta.
En realidad fueron diecisiete
minutos los que esperé, caminando para arriba y para abajo, llegándome hasta la
ventana al extremo y mirando las gentes que como pulgas caminaban por entre los
edificios, trece pisos más abajo. Mientras lo hacía iba encojonándome más con
el Dr. Mauricio Monserga. No es que yo me considerara su paciente favorito como
lo hacen muchos clientes de psiquiatras, aunque me hubiera gustado que así
fuera.
Por fin, Mauricio mostró su cara
bigotuda y trigueña. Lo seguí. Fui renqueando con la chepa a cuestas. Me senté
en una silla desvencijada, frente a la silla de Mauricio. Se repantigó en la
suya, se cruzó de las piernas mientras sonreía.
–Y ¿qué tal de semana? –preguntó a
la manera tonta con que a veces comenzaba una sesión.
–No sé. En algunas cosas bien, en
otras mal.
– ¿Y la?... –beso estirado
dirigido a mi espalda–
–… sigue creciendo a pulgada por
semana. ¿Quiere sacar la yarda de medir?
Por un momento entornó los ojos
extrañado.
–Yo no tengo una yarda de medir en
mi consulta.
– Cómo que no doctor, si los
últimos nueve meses desde que vengo a verlo siempre la ha sacado y, de hecho,
ha aumentado a eso de cuatro pulgadas por mes. Excepto cuando usted estuvo de
vacaciones en agosto, entonces apenas creció. Claro que en venganza en el mes
de septiembre creció siete pulgadas.
–Ah, ahora me acuerdo. Era
prestada de una muchacha que insistía que cada semana le decrecían los pechos
una pulgada. Me la trajo expresamente para comprobarlo. Como te puedes imaginar
era un delusion de los más serios.
–¿Y la tiene?
–Chepo…, digo, Ramón …, no. La
semana pasada llegó a un paroxismo tan exagerado que tuve que hospitalizarla y
no hubo modo de que fuese al hospital si no se llevaba la yarda con ella. Es su
security blanket,¿sabes?
–¿Y de qué la protege?
–¿No lo sabes ya? De su id.
–Ah, ya entiendo. –Sentí la chepa
crecerme por lo menos pulgada y media–. ¡La vio! ¡La vio! ¿Ve que no me lo
estoy imaginando?
–¿Vi la?...
–¡Joroba!
–Hombre como la voy a ver. Las
jorobas suelen crecer en las espaldas. Al menos que no sea una rara joroba
frontal de las que se ven una en diez millones... No tengo manera de verla.
–¿Pero no ve como me jorobo?
–¿Quieres hospitalizarte?
–No, me quedo con la joroba.
–Como quieras, pero ya sabes que
la última vez que te hospitalizaste se te rebajó la chepa al menos tres
pulgadas.
3
A las once menos cuarto, después
de salir de la suite castellana del siquiatra, caminé bien jorobado por la
ciudad de Río Piedras. Tanto me pesaba verme con aquella deformidad que decidí
ir a La Taverna Segoviana, la cual quedaba en una bocacalle. Entré y me fui
directamente a la barra. La gente se reía de mí y me llamaba.
– ¿Qué le puedo servir al chepudo?
–¿Qué dice?
–Al acomplejado.
–Un Don Q triple. Sin hielo.
–Empiezas el fin de semana
temprano.
Clavadas las banderillas en pleno
lomo, el mozo tiró de su chaqueta dorada con ambas manos.
–Es más, hágalo quíntuple –dije
contrayendo el espinazo.
Dos horas más tarde subí la cuesta
de la calle Hortensia, arrastrándome. La gente se reía a carcajadas.
–¡Compañero, eres uno de los
nuestros! –exclamó un hombre que se impulsaba con los codos en patinetes,
carente de las extremidades del cuerpo. Era tan tullido que no le quedaban ni
las nalgas y tenía que acudir a un cojín para no rasparse los dos o tres huesos
que le servían de carapacho.
–¿De los …?
–…de Vietnam –se apresuró a
aclarar con dejo patriótico.
En aquel momento me creció la
joroba al tamaño de una pelota de baloncesto.
–Nunca estuve en Vietnam
–¿Y por qué?
–Porque estoy deshabilitado.