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Más sobre este recurso: Catalogado en base de datos como: Obras de Juan Rulfo: Es que somos muy pobres. El llano en llamas. Nos han dado la tierra. Macario. Agregado: 18 de JULIO de 2003 (Por Michel Mosse) | Palabras: 8116 | Votar! | Sin Votos | Sin comentarios | Agregar Comentario Categoría: Apuntes y Monografías > Literatura > |
Obras
de Juan Rulfo
Es que somos muy pobres
Aquí todo va de mal en
peor. La semana pasada se murió mi tía Jacinta, y el sábado, cuando ya la
habíamos enterrado y comenzaba a bajársenos la tristeza, comenzó a llover como
nunca. A mi papá eso le dio coraje, porque toda la cosecha de cebada estaba
asoleándose en el solar. Y el aguacero llegó de repente, en grandes olas de
agua, sin darnos tiempo ni siquiera a esconder aunque fuera un manojo; lo único
que pudimos hacer, todos los de mi casa, fue estarnos arrimados debajo del
tejaván, viendo cómo el agua fría que caía del cielo quemaba aquella cebada
amarilla tan recién cortada.
Y apenas ayer, cuando mi hermana
Tacha acababa de cumplir doce años, supimos que la vaca que mi papá le regaló
para el día de su santo se la había llevado el río
El río comenzó a crecer hace
tres noches, a eso de la madrugada. Yo estaba muy dormido y, sin embargo, el
estruendo que traía el río al arrastrarse me hizo despertar en seguida y pegar
el brinco de la cama con mi cobija en la mano, como si hubiera creído que se
estaba derrumbando el techo de mi casa. Pero después me volví a dormir, porque
reconocí el sonido del río y porque ese sonido se fue haciendo igual hasta
traerme otra vez el sueño.
Cuando me levanté, la mañana
estaba llena de nublazones y parecía que había seguido lloviendo sin parar. Se
notaba en que el ruido del río era más fuerte y se oía más cerca. Se olía, como
se huele una quemazón, el olor a podrido del agua revuelta.
A la hora en que me fui a
asomar, el río ya había perdido sus orillas. Iba subiendo poco a poco por la
calle real, y estaba metiéndose a toda prisa en la casa de esa mujer que le
dicen la Tambora. El chapaleo del agua se oía al entrar por el corral y
al salir en grandes chorros por la puerta. La Tambora iba y venía
caminando por lo que era ya un pedazo de río, echando a la calle sus gallinas
para que se fueran a esconder a algún lugar donde no les llegara la corriente.
Y por el otro lado, por donde
está el recodo, el río se debía de haber llevado, quién sabe desde cuándo, el
tamarindo que estaba en el solar de mi tía Jacinta, porque ahora ya no se ve
ningún tamarindo. Era el único que había en el pueblo, y por eso nomás la gente
se da cuenta de que la creciente esta que vemos es la más grande de todas las
que ha bajado el río en muchos años.
Mi hermana y yo volvimos a ir
por la tarde a mirar aquel amontonadero de agua que cada vez se hace más espesa
y oscura y que pasa ya muy por encima de donde debe estar el puente. Allí nos
estuvimos horas y horas sin cansarnos viendo la cosa aquella. Después nos
subimos por la barranca, porque queríamos oír bien lo que decía la gente, pues
abajo, junto al río, hay un gran ruidazal y sólo se ven las bocas de muchos que
se abren y se cierran y como que quieren decir algo; pero no se oye nada. Por
eso nos subimos por la barranca, donde también hay gente mirando el río y
contando los perjuicios que ha hecho. Allí fue donde supimos que el río se
había llevado a la Serpentina la vaca esa que era de mi hermana Tacha
porque mi papá se la regaló para el día de su cumpleaños y que tenía una oreja
blanca y otra colorada y muy bonitos ojos.
No acabo de saber por qué se le
ocurriría a La Serpentina pasar el río este, cuando sabía que no era el
mismo río que ella conocía de a diario. La Serpentina nunca fue tan
atarantada. Lo más seguro es que ha de haber venido dormida para dejarse matar
así nomás por nomás. A mí muchas veces me tocó despertarla cuando le abría la
puerta del corral porque si no, de su cuenta, allí se hubiera estado el día
entero con los ojos cerrados, bien quieta y suspirando, como se oye suspirar a
las vacas cuando duermen.
Y aquí ha de haber sucedido eso
de que se durmió. Tal vez se le ocurrió despertar al sentir que el agua pesada
le golpeaba las costillas. Tal vez entonces se asustó y trató de regresar; pero
al volverse se encontró entreverada y acalambrada entre aquella agua negra y
dura como tierra corrediza. Tal vez bramó pidiendo que le ayudaran. Bramó como
sólo Dios sabe cómo.
Yo le pregunté a un señor que
vio cuando la arrastraba el río si no había visto también al becerrito que
andaba con ella. Pero el hombre dijo que no sabía si lo había visto. Sólo dijo
que la vaca manchada pasó patas arriba muy cerquita de donde él , estaba y que
allí dio una voltereta y luego no volvió a ver ni los cuernos ni las patas ni
ninguna señal de vaca. Por el río rodaban muchos troncos de árboles con todo y
raíces y él estaba muy ocupado en sacar leña, de modo que no podía fijarse si
eran animales o troncos los que arrastraba.
Nomás por eso, no sabemos si el
becerro está vivo, o si se fue detrás de su madre río abajo. Si así fue, que
Dios los ampare a los dos.
La apuración que tienen en mi
casa es lo que pueda suceder el día de mañana, ahora que mi hermana Tacha se
quedó sin nada. Porque mi papá con muchos trabajos había conseguido a la
Serpentina, desde que era una vaquilla, para dársela a mi hermana, con el
fin de que ella tuviera un capitalito y no se fuera a ir de piruja como lo
hicieron mis otras dos hermanas, las más grandes.
Según mi papá, ellas se habían
echado a perder porque éramos muy pobres en mi casa y ellas eran muy retobadas.
Desde chiquillas ya eran rezongonas. Y tan luego que crecieron les dio por
andar con hombres de lo peor, que les enseñaron cosas malas. Ellas aprendieron
pronto y entendían muy bien los chiflidos, cuando las llamaban a altas horas de
la noche. Después salían hasta de día. Iban cada rato por agua al río y a
veces, cuando uno menos se lo esperaba, allí estaban en el corral, revolcándose
en el suelo, todas encueradas y cada una con un hombre trepado encima.
Entonces mi papá las corrió a
las dos. Primero les aguantó todo lo que pudo; pero más tarde ya no pudo
aguantarlas más y les dio carrera para la calle. Ellas se fueron para Ayutla o
no sé para dónde; pero andan de pirujas.
Por eso le entra la
mortificación a mi papá, ahora por la Tacha, que no quiere vaya a resultar como
sus otras dos hermanas, al sentir que se quedó muy pobre viendo la falta de su
vaca, viendo que ya no va a tener con qué entretenerse mientras le da por
crecer y pueda casarse con un hombre bueno, que la pueda querer para siempre. Y
eso ahora va a estar difícil. Con la vaca era distinto, pues no hubiera faltado
quien se hiciera el ánimo de casarse con ella, sólo por llevarse también
aquella vaca tan bonita.
La única esperanza que nos queda
es que el becerro esté todavía vivo. Ojalá no se le haya ocurrido pasar el río
detrás de su madre. Porque si así fue, mi hermana Tacha está tantito así de
retirado de hacerse piruja. Y mamá no quiere.
Mi mamá no sabe por qué Dios la
ha castigado tanto al darle unas hijas de ese modo, cuando en su familia, desde
su abuela para acá, nunca ha habido gente mala. Todos fueron criados en el
temor de Dios y eran muy obedientes y no le cometían irreverencias a nadie.
Todos fueron por el estilo. Quién sabe de dónde les vendría a ese par de hijas
suyas aquel mal ejemplo. Ella no se acuerda. Le da vueltas a todos sus
recuerdos y no ve claro dónde estuvo su mal o el pecado de nacerle una hija
tras otra con la misma mala costumbre. No se acuerda. Y cada vez que piensa en
ellas, llora y dice: "Que Dios las ampare a las dos."
Pero mi papá alega que aquello
ya no tiene remedio. La peligrosa es la que queda aquí, la Tacha, que va como
palo de ocote crece y crece y que ya tiene unos comienzos de senos que prometen
ser como los de sus hermanas: puntiagudos y altos y medio alborotados para
llamar la atención.
-Sí -dice-, le llenará los ojos
a cualquiera dondequiera que la vean. Y acabará mal; como que estoy viendo que
acabará mal.
Ésa es la mortificación de mi
papá.
Y Tacha llora al sentir que su
vaca no volverá porque se la ha matado el río. Está aquí a mi lado, con su
vestido color de rosa, mirando el río desde la barranca y sin dejar de llorar.
Por su cara corren chorretes de agua sucia como si el río se hubiera metido
dentro de ella.
Yo la abrazo tratando de
consolarla, pero ella no entiende. Llora con más ganas. De su boca sale un
ruido semejante al que se arrastra por las orillas del río, que la hace temblar
y sacudirse todita, y, mientras, la creciente sigue subiendo. El sabor a
podrido que viene de allá salpica la cara mojada de Tacha y los dos pechitos de
ella se mueven de arriba abajo, sin parar, como si de repente comenzaran a
hincharse para empezar a trabajar por su perdición.
Ya mataron a la perra, pero
quedan los perritos
Corrido popular.
"¡VIVA Petronilo
Flores!" El grito se vino rebotando por los paredones de la
barranca y subió hasta donde estábamos nosotros. Luego se deshizo.
Por un rato, el viento que
soplaba desde abajo nos trajo un tumulto de voces amontonadas, haciendo un
ruido igual al que hace el agua crecida cuando rueda sobre pedregales.
En seguida, saliendo de allá
mismo, otro grito torció por el recodo de la barranca, volvió a rebotar en los
paredones y llegó todavía con fuerza junto a nosotros:
"¡ Viva mi general
Petronilo Flores!" Nosotros nos miramos.La Perra se levantó
despacio, quitó el cartucho a la carga de su carabina y se lo guardó en la
bolsa de la camisa. Después se arrimó a donde estabanLos cuatro y les
dijo: "Síganme, muchachos, vamos a ver qué toritos toreamos!" Los
cuatro hermanos Benavides se fueron detrás de él, agachados; solamente la
Perra iba bien tieso, asomando la mitad de su cuerpo flaco por encima de la
cerca.
Nosotros seguimos allí, sin
movernos. Estábamos alineados al pie del lienzo, tirados panza arriba, como
iguanas calentándose al sol.
La cerca de piedra culebreaba
mucho al subir y bajar por las lomas, y ellos, la Perra y los Cuatro,
iban también culebreando como si fueran los pies trabados. Así los vimos
perderse de nuestros ojos. Luego volvimos la cara para poder ver otra vez hacia
arriba y miramos las ramas bajas de los amoles que nos daban tantita sombra.
Olía a eso; a sombra recalentada por el sol. A amoles podridos.
Se sentía el sueño del mediodía.
La boruca que venía de allá
abajo se salía a cada rato de la barranca y nos sacudía el cuerpo para que no
nos durmiéramos. Y aunque queríamos oír parando bien la oreja, sólo nos llegaba
la boruca: un remolino de murmullos, como si se estuviera oyendo de muy lejos
el rumor que hacen las carretas al pasar por un callejón pedregoso.
De repente sonó un tiro. Lo
repitió la barranca como si estuviera derrumbándose. Eso hizo que las cosas
despertaran: volaron los totochilos, esos pájaros colorados que habíamos estado
viendo jugar entre los amole s. En seguida las chicharras, que se habían
dormido a ras del mediodía, también despertaron llenando la tierra de
rechinidos. -¿Qué fue? - preguntó Pedro Zamora, todavía medio amodorrado por la
siesta.
Entonces el Chihuila se
levantó y, arrastrando su carabina como si fuera un leño, se encaminó detrás de
los que se habían ido.
- Voy a ver qué fue lo que fue -
dijo perdiéndose también como los otros.
El chirriar de las chicharras
aumentó de tal modo que nos dejó sordos y no nos dimos cuenta de la hora en que
ellos aparecieron por allí. Cuando menos acordamos aquí estaban ya, mero
enfrente de nosotros, todos desguarnecidos. Parecían ir de paso, ajuareados
para otros apuros y no para éste de ahorita.
Nos dimos vuelta y los miramos
por la mira de las troneras. Pasaron los primeros, luego los segundos y otros
más, con el cuerpo echado para adelante, jorobados de sueño. Les relumbraba la
cara de sudor, como si la hubieran zambullido en el agua al pasar por el
arroyo.
Siguieron pasando.
Llegó la señal. Se oyó un
chiflido largo y comenzó la tracatera allá lejos, por donde se había ido la
Perra. Luego siguió aquí. Fue fácil. Casi tapaban el agujero de las
troneras con su bulto, de modo que aquello era como tirarles a boca de jarro y
hacerles pegar tamaño respingo de la vida a la muerte sin que apenas se dieran
cuenta.
Pero esto duró muy poquito. Si
acaso la primera y la segunda descarga. Pronto quedó vacío el hueco de la
tronera por donde, asomándose uno, sólo se veía a los que estaban acostados en
mitad del camino, medio torcidos, como si alguien los hubiera venido a tirar
allí. Los vivos desaparecieron. Después volvieron a aparecer, pero por lo
pronto ya no estaban allí. Para la siguiente descarga tuvimos que esperar.
Alguno de nosotros gritó: "¡Viva Pedro Zamora !" Del otro lado
respondieron, casi en secreto: "¡Sálvame patroncito!¡Sálvame!¡Santo Niño
de Atocha, socórreme!" 'Pasaron los pájaros. Bandadas de tordos cruzaron
por encima de nosotros hacia los cerros.
La tercera descarga nos llegó
por detrás. Brotó de ellos, haciéndonos brincar hasta el otro lado de la cerca,
hasta más allá de los muertos que nosotros habíamos matado.
Luego comenzó la corretiza por
entre los matorrales. Sentíamos las balas pajueleándonos los talones, como si
hubiéramos caído sobre un enjambre de chapulines. Y de vez en cuando, y cada
vez más seguido, pegando mero en medio de alguno de nosotros, que se quebraba
con un crujido de huesos. Corrimos. Llegamos al borde de la barranca y nos
dejamos descolgar por allí como si nos despeñáramos.
Ellos seguían disparando.
Siguieron disparando todavía después que habíamos subido hasta el otro lado, a
gatas, como tejones espantados por la lumbre.
"¡Viva mi general Petronilo
Flores, hijos de la tal por cual!", nos gritaron otra vez. Y el grito se
fue rebotando como el trueno de una tormenta, barranca abajo.
Nos quedamos agazapados detrás
de unas piedras grandes y boludas, todavía resollando fuerte por la carrera.
Solamente mirábamos a Pedro Zamora preguntándole con los ojos qué era lo que
nos había pasado. Pero él también nos miraba sin decirnos nada. Era como si se
nos hubiera acabado el habla a todos o como si la lengua se nos hubiera hecho
bola como la de los pericos y nos costara trabajo soltarla para que dijera
algo. Pedro Zamora noslseguía mirando. Estaba haciendo sus cuentas con los
ojos; con aquellos ojos que él tenía, todos enrojecidos, como si los trajera
siempre desvelados. Nos contaba de uno en uno. Sabía ya cuántos éramos los que
estábamos allí, pero parecía no estar seguro todavía, por eso nos repasaba una
vez y otra y otra.
Faltaban algunos: once o doce,
sin contar a la Perra y al Chihuila a los que habían arrendado con
ellos. El Chihuila bien pudiera ser que estuviera horquetado arriba de
algún amole, acostado sobre su retrocarga, aguardando a que se fueran los
federales.
Los Joseses, los
dos hijos de la Perra, fueron los primeros en levantar la cabeza, luego
el cuerpo. Por fin caminaron de un lado a otro esperando que Pedro Zamora les
dijera algo. Y dijo: Otro agarre como éste y nos acaban.
En seguida, atragantándose como
si tragara un buche de coraje, les gritóa los Joseses:
-¡Ya sé que falta su padre, pero
aguántense, aguántense tantito! Iremos por él! Una bala disparada de allá hizo
volar una parvada de tildíos en la ladera de enfrente. Los pájaros cayeron
sobre la barranca y revolotearon hasta cerca de nosotros; luego, al vernos, se
asustaron, dieron media vuelta relumbrando contra el sol y volvieron a llenar
de gritos los árboles de la ladera de enfrente.
Los Joseses
volvieron al lugar de antes y se acuclillaron en silencio.
Así estuvimos toda la tarde.
Cuando empezó a bajar la noche llegó el Chihuila acompañado de uno de los
Cuatro. Nos dijeron que venían de allá abajo, de la Piedra Lisa, pero no
supieron decirnos si ya se habían retirado los federales. Lo cierto es que todo
parecía estar en calma. De vez en cuando se oían los aullidos de los coyotes.
-¡Epa tú, Pichón.! -me dijo Pedro Zamora-. Te voy a dar la encomienda de que
vayas con los Joseses hasta Piedra Lisa y vean a ver qué le pasó a la Perra.
Si está muerto, pos entiérrenlo. Y hagan lo mismo con los otros. A los heridos
déjenlos encima de algo para que los vean los guachos; pero no se traigan a
nadie.
-Eso haremos.
Y nos fuimos.
Los coyotes se oían más cerquita
cuando llegamos al corral donde habíamos encerrado la caballada.
Ya no había caballos, sólo
estaba un burro trasijado que ya vivía allí desde antes que nosotros
viniéramos. De seguro los federales habían cargado con los caballos.
Encontramos al resto de los Cuatro detrasito de unos matojos, los tres
juntos, encaramados uno encima de otro como si los hubieran apilado allí. Les
alzamos la cabeza y se la zangoloteamos un poquito para ver si alguno daba
todavía señales; pero no, ya estaban bien difuntos. En el aguaje estaba otro de
los nuestros con las costillas de fuera como si lo hubieran macheteado. Y
recorriendo el lienzo de arriba abajo encontramos uno aquí y otro más allá,
casi todos con la cara renegrida.
- A éstos los remataron, no
tiene ni qué -dijo uno delos Joseses.
Nos pusimos a buscar a la
Perra; a no hacer caso de ningún otro sino de encontrar a la mentada Perra.
No dimos con él. "Se lo han
de haber llevado -pensamos-. Se lo han de haber llevado para enseñárselo al
gobierno"; pero, aun así seguimos buscando por todas partes, entre el
rastrojo'. Los coyotes seguían aullando.
Siguieron aullando toda la
noche.
Pocos días después, en el Armería,
al ir pasando el río, nos volvimos a encontrar con Petronilo Flores. Dimos
marcha atrás, pero ya era tarde. Fue como si nos fusilaran. Pedro Zamora pasó
por delante haciendo galopar aquel macho barcino y chaparrito que era el mejor
animal que yo había conocido. Y detrás de él, nosotros, en manada, agachados
sobre el pescuezo de los caballos. De todos modos la matazón fue grande. No me
di cuenta de pronto porque me hundí en el río debajo de mi caballo muerto, y la
corriente nos arrastró a los dos, lejos, hasta un remanso bajito de agua y
lleno de arena. Aquél fue el último agarre que tuvimos con las fuerzas de
Petronilo Flores. Después ya no peleamos. Para decir mejor las cosas, ya
teníamos algún tiempo sin pelear, sólo de andar huyendo el bulto; por eso resolvimos
remontarnos los pocos que quedamos, echándonos al cerro para escondernos de la
persecución. Y acabamos por ser unos grupitos tan ralos que ya nadie nos tenía
miedo. Ya nadie corría gritando: "¡Allí vienen los de Zamora!" Había
vuelto la paz al Llano Grande.
Pero no por mucho tiempo.
Hacía cosa de ocho meses que
estábamos escondidos en el escondrijo del Cañón del Tozín, allí donde el río
Armería se encajona durante muchas horas para dejarse caer sobre la costa.
Esperábamos dejar pasar los años para luego volver al mundo', cuando ya nadie
se acordara de nosotros. Habíamos comenzado a criar gallinas y de vez en cuando
subíamos a la sierra en busca de venados. Eramos cinco, casi cuatro, porque a
uno delos Joseses se le había gangrenado una pierna por el balazo que le
dieron abajito de la nalga, allá, cuando nos balacearon por detrás. Estábamos
allí, empezando a sentir que ya no servíamos para nada. Y de no saber que nos
colgarían a todos, hubiéramos ido a pacificarnos.
Pero en eso apareció un tal Armancio
Alcalá, que era el que le hacía los recados y las cartas a Pedro Zamora.
Fue de mañanita, mientras nos
ocupábamos en destazar una vaca, cuando oímos el pitido del cuerno. Venía de
muy lejos, por el rumbo del Llano. Pasado un rato volvió a oírse. Era como el
bramido de un toro: primero agudo, luego ronco, luego otra vez agudo. El eco lo
alargaba más y más y lo traía aquí cerca, hasta que el ronroneo del río lo
apagaba.
Y ya estaba para salir el sol,
cuando el tal Alcalá se dejó ver asomándose por entre los sabinos. Traía
terciadas dos carrilleras con cartuchos del "44" y en las ancas de su
caballo venía atravesado un montón de rifles como si fuera una maleta. Se apeó
del macho. Nos repartió las carabinas y volvió a hacer la maleta con las que le
sobraban".
- Si no tienen nada urgente que
hacer de hoy a mañana, pónganse listos para salir a San Buenaventura. Allí los
está aguardando Pedro Zamora. En mientras', yo voy un poquito más abajo a
buscar a los Zanates. Luego volveré. Al día siguiente volvió, ya de
atardecida. Y sí, con él venían los Zanates. Se les veía la cara prieta
entre el pardear de la tarde. También venían otros tres que no conocíamos.
-En el camino conseguiremos
caballos-nos dijo. Y lo seguimos.
Desde mucho antes de llegar a
San Buenaventura nos dimos cuenta de que los ranchos estaban ardiendo. De las
trojes de la hacienda se alzaba más alta la llamarada, como si estuviera
quemándose un charco de aguarrás. Las chispas volaban y se hacían rosca en la
oscuridad del cielo formando grandes nubes alumbradas. Seguimos caminando de
frente, encandilados por la luminaria de San Buenaventura, como si algo nos
dijera que nuestro trabajo era estar allí, para acabar con lo que quedara.
Pero no habíamos alcanzado a
llegar cuando encontramos a los primeros de a caballo que venían al trote, con
la soga morreada en la cabeza de la silla y tirando, unos, de hombres pialados
que, en ratos, todavía caminaban sobre sus manos, y otros, de hombres a los que
ya se les habían caído las manos y traían descolgada la cabeza. Los miramos
pasar. Más atrás venían Pedro Zamora y mucha gente a caballo. Mucha más gente
que nunca. Nos dio gusto.
Daba gusto mirar aquella larga
fila de hombres cruzando el Llano Grande otra vez, como en los tiempos buenos.
Como al principio, cuando nos habíamos levantado de la tierra como huizapoles
maduros aventados por el viento, para llenar de terror todos los alrededores
del Llano. Hubo un tiempo que así fue. Y ahora parecía volver. De allí nos
encaminamos hacia San Pedro. Le prendimos fuego y luego la emprendimos rumbo al
Petacal. Era la época en que el maíz ya estaba por pizcarse y las milpas se
veían secas y dobladas por los ventarrones que soplan por este tiempo sobre el
Llano. Así que se veía muy bonito ver caminar el fuego en los potreros; ver
hecho una pura brasa casi todo el Llano en la quemazón aquella, con el humo
ondulado por arriba; aquel humo oloroso a carrizo y a miel, porque la lumbre
había llegado también a los cañaverales.
Y de entre el humo íbamos
saliendo nosotros, como espantajos, con la cara tiznada, arreando ganado de
aquí y de allá para juntarlo en algún lugar y quitarle el pellejo. Ese era
ahora nuestro negocio: los cueros de ganado.
Porque, como nos dijo Pedro
Zamora: "Esta revolución la vamos a hacer con el dinero de los ricos.
Ellos pagarán las armas y los gastos que cueste esta revolución que estamos
haciendo. Y aunque no tenemos por ahorita ninguna bandera por qué pelear,
debemos apurarnos a amontonar dinero, para que cuando vengan las tropas del
gobierno vean que somos poderosos." Eso nos dijo. Y cuando al fin
volvieron las tropas, se soltaron matándonos otra vez como antes, aunque no con
la misma facilidad. Ahora se veía a leguas que nos tenían miedo.
Pero nosotros también les
teníamos miedo. Era de verse cómo se nos atoraban los güevos en el pescuezo con
sólo oír el ruido que hacían sus guarniciones o las pezuñas de sus caballos al
golpear las piedras de algún camino, donde estábamos esperando para tenderles
una emboscada. Al verlos pasar, casi sentíamos que nos miraban de reojo y como
diciendo: "Ya los venteamos, nomás nos estamos haciendo disimulados."
Y así parecía ser, porque de buenas a primeras se echaban sobre el suelo,
afortinados detrás de sus caballos y nos resistían allí hasta que otros nos
iban cercando poquito a poco, agarrándonos como a gallinas acorraladas. Desde
entonces supimos que a ese paso no íbamos a durar mucho, aunque éramos muchos.
Cuando los vivos comenzaron a salir de entre las astillas de los carros,
nosotros nos retiramos de allí, acalambrados de miedo.
Estuvimos escondidos varios
días; pero los federales nos fueron a sacar de nuestro escondite. Ya no nos
dieron paz; ni siquiera para mascar un pedazo de cecina en paz. Hicieron que se
nos acabaran las horas de dormir y de comer, y que los días y las noches fueran
iguales para nosotros. Quisimos llegar al Cañón del Tozín; pero el gobierno
llegó primero que nosotros. Faldeamos el volcán. Subimos a los montes más altos
y allí, en ese lugar que le dicen el Camino de Dios, encontramos otra vez al
gobierno tirando a matar. Sentíamos cómo bajaban las balas sobre nosotros, en
rachas apretadas, calentando el aire que nos rodeaba. Y hasta las piedras
detrás de las que nos escondíamos se hacían trizas una tras otra como si fueran
terrones. Después supimos que eran ametralladoras aquellas carabinas con que
disparaban ahora sobre nosotros y que dejaban hecho una coladera el cuerpo de
uno; pero entonces creímos que eran muchos soldados, por miles, y todo lo que
queríamos era correr de ellos
DESPUÉS de tantas horas de
caminar sin encontrar ni una sombra de árbol, ni una semilla de árbol, ni una
raíz de nada, se oye el ladrar de los perros.
Uno ha creído a veces, en medio
de este camino sin orillas, que nada habría después; que no se podría encontrar
nada al otro lado, al final de esta llanura rajada de grietas y de arroyos
secos. Pero si, hay algo. Hay un pueblo. Se oye que ladran los perros y se
siente en el aire el olor del humo, y se saborea ese olor de la gente como si
fuera una esperanza.
Pero el pueblo está todavía muy
allá. Es el viento el que lo acerca.
Hemos venido caminando desde el
amanecer. Ahorita son algo así como las cuatro de la tarde. Alguien se asoma al
cielo, estira los ojos hacia donde está colgado el sol y dice:
-Son como las cuatro de la
tarde.
Ese alguien es Melitón. Junto
con él, vamos Faustino, Esteban y yo. Somos cuatro. Yo los cuento: dos
adelante, otros dos atrás. Miro más atrás y no veo a nadie. Entonces me digo:
"Somos cuatro." Hace rato, como a eso de las once, éramos
veintitantos; pero puñito a puñito se han ido desperdigando hasta quedar nada más
este nudo que somos nosotros.
Faustino dice:
-Puede que llueva.
Todos levantamos la cara y
miramos una nube negra y pesada que pasa por encima de nuestras cabezas. Y
pensamos: "Puede que sí."
No decimos lo que pensamos. Hace
ya tiempo que se nos acabaron las ganas de hablar. Se nos acabaron con el
calor. Uno platicaría muy a gusto en otra parte, pero aquí cuesta trabajo. Uno
platica aquí y las palabras se calientan en la boca con el calor de afuera, y
se le resecan a uno en la lengua hasta que acaban con el resuello. Aquí así
son las cosas. Por eso a nadie le da por platicar.
Cae una gota de agua, grande,
gorda, haciendo un agujero en la tierra y dejando una plasta como la de un
salivazo. Cae sola. Nosotros esperamos a que sigan cayendo más. No llueve.
Ahora si se mira el cielo se ve a la nube aguacera corriéndose muy lejos, a
toda prisa. El viento que viene del pueblo se le arrima empujándola contra las
sombras azules de los cerros. Y a la gota caída por equivocación se la come la
tierra y la desaparece en su sed,
¿Quién diablos haría este llano
tan grande? ¿Para qué sirve, eh?
Hemos vuelto a caminar. Nos habíamos
detenido para ver llover. No llovió. Ahora volvemos a caminar. Y a mí se me
ocurre que hemos caminado más de lo que llevamos andado. Se me ocurre eso. De
haber llovido quizá se me ocurrieran otras cosas. Con todo, yo sé que desde que
yo era muchacho, no vi llover nunca sobre el Llano, lo que se llama llover.
No, el Llano no es cosa que
sirva. No hay ni conejos ni pájaros. No hay nada. A no ser unos cuantos huizaches trespeleques
y una que otra manchita de zacate con las hojas
enroscadas; a no ser eso, no hay nada.
Y por aquí vamos nosotros. Los
cuatro a pie. Antes andábamos a caballo y traíamos terciada una carabina. Ahora
no traemos ni siquiera la carabina.
Yo siempre he pensado que en eso
de quitarnos la carabina hicieron bien. Por acá resulta peligroso andar armado.
Lo matan a uno sin avisarle, viéndolo a toda hora con "la 30"
amarrada a las correas. Pero los caballos son otro asunto. De venir a caballo
ya hubiéramos probado el agua verde del río, y paseado nuestros estómagos por
las calles del pueblo para que se les bajara la comida. Ya lo hubiéramos hecho
de tener todos aquellos caballos que teníamos. Pero también nos quitaron los
caballos junto con la carabina.
Vuelvo hacia todos lados y miro
el Llano. Tanta y tamaña tierra para nada. Se le resbalan a uno los ojos al no
encontrar cosa que los detenga. Sólo unas cuantas lagartijas salen a asomar la
cabeza por encima de sus agujeros, y luego que sienten la tatema del sol corren
a esconderse en la sombrita de una piedra. Pero nosotros, cuando tengamos que
trabajar aquí, ¿qué haremos para enfriarnos del sol eh? Porque a nosotros nos
dieron esta costra de tepetate
para que la sembráramos.
Nos dijeron:
-Del pueblo para acá es de
ustedes.
Nosotros preguntamos:
-¿El Llano?
-Sí, el Llano. Todo el Llano
Grande.
Nosotros paramos la jeta para
decir que el Llano no lo queríamos. Que queríamos lo que estaba junto al río.
Del río para allá, por las vegas, donde están esos árboles llamados casuarinas
y las paraneras y la tierra buena. No este duro pellejo de vaca que se llama el
Llano.
Pero no nos dejaron decir
nuestras cosas. El delegado no venía a conversar con nosotros. Nos puso los
papeles en la mano y nos dijo:
-No se vayan a asustar por tener
tanto terreno para ustedes solos.
-Es que el Llano, señor
delegado...
-Son miles y miles de yuntas.
-Pero no hay agua. Ni siquiera
para hacer un buche hay agua.
¿Y el temporal? Nadie les dijo
que se les iba a dotar con tierras de riego. En cuanto allí llueva, se levantará
el maíz como si lo estiraran.
-Pero, señor delegado, la tierra
está deslavada, dura. No creemos que el arado se entierre en esa como cantera
que es la tierra del Llano. Habría que hacer agujeros con el azadón para
sembrar la semilla y ni aun así es positivo que nazca nada; ni maíz ni nada
nacerá.
-Eso manifiéstenlo por escrito.
Y ahora váyanse. Es al latifundio al que tienen que atacar, no al Gobierno que
les da la tierra.
-Espérenos usted, señor delegado.
Nosotros no hemos dicho nada contra el Centro. Todo es contra el Llano... No se
puede contra lo que no se puede. Eso es lo que hemos dicho... Espérenos usted
para explicarle. Mire, vamos a comenzar por donde íbamos...
Pero él no nos quiso oír.
Así nos han dado esta tierra. Y
en este comal acalorado
quieren que sembremos semillas de algo, para ver si algo retoña y se levanta.
Pero nada se levantará de aquí. Ni zopilotes. Uno los ve
allá cada y cuando, muy arriba, volando a la carrera; tratando de salir lo más
pronto posible de este blanco terrenal endurecido, donde nada se mueve y por
donde uno camina como reculando.
Melitón dice:
-Esta es la tierra que nos han
dado.
Faustino dice:
-¿Qué?
Yo no digo nada. Yo pienso:
"Melitón no tiene la cabeza en su lugar. Ha de ser el calor el que lo hace
hablar así. El calor, que le ha traspasado el sombrero y le ha calentado la
cabeza. Y si no, ¿por qué dice lo que dice? ¿Cuál tierra nos ha dado, Melitón?
Aquí no hay ni la tantita que necesitaría el viento para jugar a los
remolinos."
Melitón vuelve a decir:
-Servirá de algo. Servirá aunque
sea para correr yeguas .
-¿Cuáles yeguas? -le pregunta
Esteban.
Yo no me había fijado bien a
bien en Esteban. Ahora que habla, me fijo en él.
Lleva puesto un gabán que le
llega al ombligo, y debajo del gabán saca la cabeza algo así como una gallina.
Sí, es una gallina colorada la
que lleva Esteban debajo del gabán. Se le ven los ojos dormidos y el pico
abierto como si bostezara. Yo le pregunto:
-Oye, Teban, ¿dónde pepenaste
esa gallina?
-Es la mía dice él.
-No la traías antes. ¿Dónde la
mercaste, eh?
-No la merqué, es la gallina de
mi corral.
-Entonces te la trajiste de
bastimento, ¿no?
-No, la traigo para cuidarla. Mi
casa se quedó sola y sin nadie para que le diera de comer; por eso me la traje.
Siempre que salgo lejos cargo con ella.
-Allí escondida se te va a
ahogar. Mejor sácala al aire.
Él se la acomoda debajo del
brazo y le sopla el aire caliente de su boca. Luego dice:
-Estamos llegando al derrumbadero.
Yo ya no oigo lo que sigue
diciendo Esteban. Nos hemos puesto en fila para bajar la barranca y él va mero
adelante. Se ve que ha agarrado a la gallina por las patas y la zangolotea a
cada rato, para no, golpearle la cabeza contra las piedras.
Conforme bajamos, la tierra se
hace buena. Sube polvo desde nosotros como si fuera un atajo de mulas lo que
bajará por allí; pero nos gusta llenarnos de polvo. Nos gusta. Después de venir
durante once horas pisando la dureza del Llano, nos sentimos muy a gusto
envueltos en aquella cosa que brinca sobre nosotros y sabe a tierra.
Por encima del río, sobre las
copas verdes de las casuarinas, vuelan parvadas de chachalacas verdes. Eso
también es lo que nos gusta.
Ahora los ladridos de los perros
se oyen aquí, junto a nosotros, y es que el viento que viene del pueblo retacha
en la barranca y la llena de todos sus ruidos.
Esteban ha vuelto a abrazar su
gallina cuando nos acercamos a las primeras casas. Le desata las patas para
desentumecerla, y luego él y su gallina desaparecen detrás de unos
tepemezquites.
-¡Por aquí arriendo yo! -nos
dice Esteban.
Nosotros seguimos adelante, más
adentro del pueblo.
La tierra que nos han dado está
allá arriba
Estoy sentado junto a la
alcantarilla aguardando a que salgan las ranas. Anoche, mientras estábamos
cenando, comenzaron a armar el gran alboroto y no pararon de cantar hasta que
amaneció. Mi madrina también dice eso: que la gritería de las ranas le espantó
el sueño. Y ahora ella bien quisiera dormir. Por eso me mandó a que me sentara
aquí, junto a la alcantarilla, y me pusiera con una tabla en la mano para que
cuanta rana saliera a pegar de brincos afuera, la apalcuachara a tablazos...
Las ranas son verdes de todo a todo, menos en la panza. Los sapos son negros.
También los ojos de mi madrina son negros. Las ranas son buenas para hacer de
comer con ellas. Los sapos no se comen; pero yo me los he comido también,
aunque no se coman, y saben igual que las ranas. Felipa es la que dice que es
malo comer sapos. Felipa tiene los ojos verdes como los ojos de los gatos. Ella
e s la que me da de comer en la cocina cada vez que me toca comer. Ella no
quiere que yo perjudique a las ranas. Pero a todo esto, es mi madrina la que me
manda a hacer las cosas... Yo quiero mas a Felipa que a mi madrina. Pero es mi
madrina la que saca el dinero de su bolsa para que Felipa compre todo lo de la
comedera. Felipa sólo se está en la cocina arreglando la comida de los tres. No
hace otra cosa desde que yo la conozco. Lo de lavar los trastes a mí me toca.
Lo de acarrear leña p ara prender el fogón también a mí me toca. Luego es mi
madrina la que nos reparte la comida. Después de comer ella, hace con sus manos
dos montoncitos, uno para Felipa y otro para mí. Pero a veces Felipa no tiene
ganas d e comer y entonces son para mí los dos montoncitos. Por eso quiero yo a
Felipa, porque yo siempre tengo hambre y no me lleno nunca, ni aun comiéndome
la comida de ella. Aunque digan que uno se llena comiendo, yo sé bien que no me
llen o por mas que coma todo lo que me den. Y Felipa también sabe eso... Dicen
en la calle que yo estoy loco porque jamás se me acaba el hambre. Mi madrina ha
oído que eso dicen. Yo no lo he oído. Mi madrina no me deja salir solo a la
call e. Cuando me saca a dar la vuelta es para llevarme a la iglesia a oír
misa. Allí me acomoda cerquita de ella y me amarra las manos con las barbas de
su rebozo. Yo no sé por qué me amarra mis manos; pero dice que porque dizque l
uego hago locuras. Un día inventaron que yo andaba ahorcando a alguien; que le
apreté el pescuezo a una señora nada más por nomás. Yo no me acuerdo. Pero, a
todo esto, es mi madrina la que dice lo que yo hago y ella nunca anda con men
tiras. Cuando me llama a comer, es para darme mi parte de comida, y no como
otra gente que me invitaba a comer con ellos y luego que me les acercaba me
apedreaban hasta hacerme correr sin comida ni nada. No, mi madrina me trata
bien. Por eso estoy contento en su casa. Además, aquí vive Felipa. Felipa es
muy buena conmigo. Por eso la quiero... La leche de Felipa es dulce como las
flores del obelisco. Yo he bebido leche de chiva y también de puerca recién
paridad; pero no, no es igual d e buena que la leche de Felipa... Ahora ya hace
mucho tiempo que no me da a chupar de los bultos esos que ella tiene donde
tenemos solamente las costillas, y de donde le sale, sabiendo sacarla, una
leche mejor que la que nos da mi madrina en el almuerzo de los domingos...
Felipa antes iba todas las noches al cuarto donde yo duermo, y se arrimaba
conmigo, acostándose encima de mí o echándose a un ladito. Luego se las
ajuareaba para que yo pudiera chupar de aquella leche dulce y caliente que se
dejab a venir en chorros por la lengua... Muchas veces he comido flores de
obelisco para entretener el hambre. Y la leche de Felipa era de ese sabor, sólo
que a mí me gustaba más, porque, al mismo tiempo que me pasaba los tragos,
Felipa me hacia c osquillas por todas partes. Luego sucedía que casi siempre se
quedaba dormida junto a mí, hasta la madrugada. Y eso me servía de mucho;
porque yo no me apuraba del frío ni de ningun miedo a condenarme en el infierno
si me moria yo solo allí, en alguna noche... A veces no le tengo tanto miedo al
infierno. Pero a veces sí. Luego me gusta darme mis buenos sustos con eso de
que me voy a ir al infierno cualquier día de éstos, por tener la cabeza tan
dura y por gustarme dar de cabezazos contra lo primero que encuentro. Pero viene
Felipa y me espanta mis miedos. Me hace cosquillas con sus manos como ella sabe
hacerlo y me ataja el miedo ese que tengo de morirme. Y por un ratito hasta se
me olvida... Felipa dice, cuando tiene ganas de estar conmigo, que ella le
cuenta al Señor todos mis pecados. Que iré al cielo muy pronto y platicará con
Él pidiéndole que me perdone toda la mucha maldad que me llena el cuerpo de
arriba abajo. Ella le dir á que me perdone, para que yo no me preocupe más. Por
eso se confiesa todos los días. No porque ella sea mala, sino porque yo estoy
repleto por dentro de demonios, y tiene que sacarme esos chamucos del cuerpo
confesandose por mí. Todo s los días. Todas las tardes de todos los días. Por
toda la vida ella me hará ese favor. Eso dice Felipa. Por eso yo la quiero
tanto... Sin embargo, lo de tener la cabeza así de dura es la gran cosa. Uno da
de topes contra los pilares del corredor horas enteras y la cabeza no se hace
nada, aguanta sin quebrarse. Y uno da de topes contra el suelo; primero
despacito, después más recio y aquello suena como un tambor. Igual que el
tambor que anda con la chirimía, cuando vien e la chirimía a la función del
Señor. Y entonces uno está en la iglesia, amarrado a la madrina, oyendo afuera
el tum tum del tambor... Y mi madrina dice que si en mi cuarto hay chinches y
cucarachas y alacranes es porque me voy a ir a arder en el infierno si sigo con
mis mañas de pegarle al suelo con mi cabeza. Pero lo que yo quiero es oír el
tambor. Eso es lo que ella debería saber. Oírlo, como cuando uno esta en la
iglesia, esperando salir pronto a la cal le para ver cómo es que aquel tambor
se oye de tan lejos, hasta lo hondo de la iglesia y por encima de las
condenaciones del señor cura...: "El camino de las cosas buenas esta Ileno
de luz. El camino de las cosas malas es oscuro." Eso dice e l señor
cura... Yo me levanto y salgo de mi cuarto cuando todavía esta a oscuras. Barro
la calle y me meto otra vez en mi cuarto antes que me agarre la luz del día. En
la calle suceden cosas. Sobra quien lo descalabre a pedradas apena s lo ven a
uno. Llueven piedras grandes y filosas por todas partes. Y luego hay que
remendar la camisa y esperar muchos días a que se remienden las rajaduras de la
cara o de las rodillas. Y aguantar otra vez que le amarren a uno las manos,
porque s i no ellas corren a arrancar la costra del remiendo y vuelve a salir
el chorro de sangre. Ora que la sangre también tiene buen sabor aunque, eso sí,
no se parece al sabor de la leche de Felipa... Yo por eso, para que no me
apedreen, me vivo s iempre metido en mi casa. En seguida que me dan de comer me
encierro en mi cuarto y atranco bien la puerta para que no den conmigo los
pecados mirando que aquello está a oscuras. Y ni siquiera prendo el ocote para
ver por dónde se me andan subiendo las cucarachas. Ahora me estoy quietecito.
Me acuesto sobre mis costales, y en cuanto siento alguna cucaracha caminar con
sus patas rasposas por mi pescuezo le doy un manotazo y la aplasto. Pero no
prendo el ocote. No vaya a suceder que me encuentren des prevenido los pecados
por andar con el ocote prendido buscando todas las cucarachas que se meten por
debajo de mi cobija... Las cucarachas truenan como saltapericos cuando uno las
destripa. Los grillos no sé si truenen. A los grillos nunca los mato . Felipa
dice que los grillos hacen ruido siempre, sin pararse ni a respirar, para que
no se oigan los gritos de las animas que estan penando en el purgatorio. El día
en que se acaben los grillos, el mundo se llenará de los gritos de las ánimas
sa ntas y todos echaremos a correr espantados por el susto. Además a mí me
gusta mucho estarme con la oreja parada oyendo el ruido de los grillos. En mi
cuarto hay muchos. Tal vez haya mas grillos que cucarachas aquí entre las
arrugas de los co stales donde yo me acuesto. También hay alacranes. Cada rato
se dejan caer del techo y uno tiene que esperar sin resollar a que ellos hagan
su recorrido por encima de uno hasta llegar al suelo. Porque si algún brazo se
mueve o empiezan a temblarle a uno los huesos, se siente en seguida el ardor
del piquete. Eso duele. A Felipa le picó una vez uno en una nalga. Se puso a
llorar y a gritarle con gritos queditos a la Virgen Santísima para que no se le
echara a perder su nalga. Yo le unt&e acute; saliva. Toda la noche me la
pasé untándole saliva y rezando con ella, y hubo un rato, cuando vi que no se
aliviaba con mi remedio, en que yo también le ayudé a llorar con mis ojos todo
lo que pude... De cualquier modo, yo estoy más a gusto en mi cuarto que si
anduviera en la calle, llamando la atención de los amantes de aporrear gente.
Aquí nadie me hace nada. Mi madrina no me regaña porque me vea comiéndome las
flores de su obelisco, o sus arrayanes , o sus granadas. Ella sabe lo entrado
en ganas de comer que estoy siempre. Ella sabe que no se me acaba el hambre.
Que no me ajusta ninguna comida para llenar mis tripas aunque ande a cada rato
pellizcando aquí y allá cosas de comer. Ella sabe que me como el garbanzo
remojado que le doy a los puercos gordos y el maíz seco que le doy a los
puercos flacos. Así que ella ya sabe con cuánta hambre ando desde que me
amanece hasta que me anochece. Y mientras encuentre de comer aquí e n esta
casa, aquí me estaré. Porque yo creo que el día en que deje de comer me voy a
morir, y entonces me iré con toda seguridad derechito al infiemo. Y de allí ya
no me sacara nadie, ni Felipa, aunque sea tan buena conm igo, ni el escapulario
que me regaló mi madrina y que traigo enredado en el pescuezo... Ahora estoy
junto a la alcantarilla esperando a que salgan las ranas. Y no ha salido
ninguna en todo este rato que llevo platicando. Si tardan más en salir, pue de
suceder que me duerma, y luego ya no habrá modo de matarlas, y a mi madrina no
le llegará por ningún lado el sueño si las oye cantar, y se llenará de coraje.
Y entonces le pedirá a alguno de toda la hilera de santos que tiene en su
cuarto, que ma nde a los diablos por mí, para que me lleven a rastras a la
condenación eterna, derechito, sin pasar ni siquiera por el purgatorio, y yo no
podré ver entonces ni a mi papá ni a mi mamá que es allí donde están... Mejor
seguiré platicando... De lo que más ganas tengo es de volver a probar algunos
tragos de la leche de Felipa, aquella leche buena y dulce como la miel que le
sale por debajo a las flores del obelisco...
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