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Más sobre este recurso: Catalogado en base de datos como: Obras de Horacio Quiroga: La Insolación. Las Rayas. La Mancha Hiptálmica. El Vampiro. Juan Darién. El Espectro. Agregado: 18 de JULIO de 2003 (Por Michel Mosse) | Palabras: 12803 | Votar! | Sin Votos | Sin comentarios | Agregar Comentario Categoría: Apuntes y Monografías > Literatura > |
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Obras
de Horacio Quiroga
El
cachorro Old salió por la puerta y atravesó el patio con paso recto y perezoso.
Se detuvo en la linde del pasto, estiró al monte, entrecerrando los ojos, la
nariz vibrátil, y se sentó tranquilo. Veía la monótona llanura del Chaco, con
sus alternativas de campo y monte, monte y campo, sin más color que el crema
del pasto y el negro del monte. Éste cerraba el horizonte, a doscientos metros,
por tres lados de la chacra. Hacia el Oeste, el campo se ensanchaba y extendía
en abra, pero que la ineludible línea sombría enmarcaba a lo lejos.
A
esa hora temprana, el confín, ofuscante de luz a mediodía, adquiría reposada
nitidez. No había una nube ni un soplo de viento. Bajo la calma del cielo
plateado el campo emanaba tónica frescura que traía al alma pensativa, ante la
certeza de otro día de seca, melancolías de mejor compensado trabajo.
Milk,
el padre del cachorro, cruzó a la vez el patio y se sentó al lado de aquél, con
perezoso quejido de bienestar. Ambos permanecían inmóviles, pues aún no había
moscas.
Old,
que miraba, hacía rato a la vera del monte, observó:
—La
mañana es fresca.
Milk
siguió la mirada del cachorro y quedó con la vista fija, parpadeando distraído.
Después de un rato dijo:
—En
aquel árbol hay dos halcones.
Volvieron
la vista indiferente a un buey que pasaba y continuaron mirando por costumbre
las cosas.
Entretanto,
el Oriente comenzaba a empurpurarse en abanico, y el horizonte había perdido ya
su matinal precisión. Milk cruzó las patas delanteras y al hacerlo sintió un
leve dolor. Miró sus dedos sin moverse, decidiéndose por fin a olfatearlos. El
día anterior se había sacado un pique, y en recuerdo de lo que había sufrido
lamió extensamente el dedo enfermo.
—No
podía caminar —exclamó en conclusión.
Old
no comprendió a qué se refería, Milk agregó:
—Hay
muchos piques.
Esta
vez el cachorro comprendió. Y repuso por su cuenta, después de largo rato:
—Hay
muchos piques.
Uno
y otro callaron de nuevo, convencidos.
El
sol salió, y en el primer baño de su luz, las pavas del monte lanzaron al aire
puro el tumultuoso trompeteo de su charanga. Los perros, dorados al sol
oblicuo, entornaron los ojos, dulcificando su molicie en beato pestañeo. Poco a
poco la pareja aumentó con la llegada de los otros compañeros: Dick, el taciturno
preferido; Prince, cuyo labio superior, partido por un coatí, dejaba ver los
dientes, e Isondú, de nombre indígena. Los cinco foxterriers, tendidos y beatos
de bienestar, durmieron.
Al
cabo de una hora irguieron la cabeza; por el lado opuesto del bizarro rancho de
dos pisos —el inferior de barro y el alto de madera, con corredores y baranda
de chalet—, habían sentido los pasos de su dueño, que bajaba la escalera.
Míster Jones, la toalla al hombro, se detuvo un momento en la esquina del
rancho y miró el sol, alto ya. Tenía aún la mirada muerta y el labio pendiente
tras su solitaria velada de whisky, más prolongada que las habituales.
Mientras
se lavaba, los perros se acercaron y le olfatearon las botas, meneando con
pereza el rabo. Como las fieras amaestradas, los perros conocen el menor
indicio de borrachera en su amo. Alejáronse con lentitud a echarse de nuevo al
sol. Pero el calor creciente les hizo presto abandonar aquél, por la sombra de
los corredores.
El
día avanzaba igual a los precedentes de todo ese mes: seco, límpido, con
catorce horas de sol calcinante que parecía mantener el cielo en fusión, y que
en un instante resquebrajaba la tierra mojada en costras blanquecinas. Míster
Jones fue a la chacra, miró el trabajo del día anterior y retornó al rancho. En
toda esa mañana no hizo nada. Almorzó y subió a dormir la siesta.
Los
peones volvieron a las dos a la carpición, no obstante la hora de fuego, pues
los yuyos no dejaban el algodonal. Tras ellos fueron los perros, muy amigos del
cultivo desde el invierno pasado, cuando aprendieron a disputar a los halcones
los gusanos blancos que levantaba el arado. Cada perro se echó bajo un
algodonero, acompañando con su jadeo los golpes sordos de la azada.
Entretanto
el calor crecía. En el paisaje silencioso y encegueciente de sol, el aire
vibraba a todos lados, dañando la vista. La tierra removida exhalaba vaho de
horno, que los peones soportaban sobre la cabeza, envuelta hasta las orejas en
el flotante pañuelo, con el mutismo de sus trabajos de chacra. Los perros
cambiaban a cada rato de planta, en procura de más fresca sombra. Tendíanse a
lo largo, pero la fatiga los obligaba a sentarse sobre las patas traseras, para
respirar mejor.
Reverberaba
ahora adelante de ellos un pequeño páramo de greda que ni siquiera se había
intentado arar. Allí, el cachorro vio de pronto a Míster Jones sentado sobre un
tronco, que lo miraba fijamente. Old se puso en pie meneando el rabo. Los otros
levantáronse también, pero erizados.
—Es
el patrón—dijo el cachorro, sorprendido de la actitud de aquéllos.
—No,
no es él—replicó Dick.
Los
cuatro perros estaban apiñados gruñendo sordamente, sin apartar los ojos de
míster Jones, que continuaba inmóvil, mirándolos. El cachorro, incrédulo, fue a
avanzar, pero Prince le mostró los dientes:
—No
es él, es la Muerte.
El
cachorro se erizó de miedo y retrocedió al grupo.
—¿Es
el patrón muerto? —preguntó ansiosamente. Los otros, sin responderle, rompieron
a ladrar con furia, siempre en actitud temerosa. Pero míster Jones se
desvanecía ya en el aire ondulante.
Al
oír los ladridos, los peones habían levantado la vista, sin distinguir nada.
Giraron la cabeza para ver si había entrado algún caballo en la chacra, y se
doblaron de nuevo.
Los
foxterriers volvieron al paso al rancho. El cachorro, erizado aún, se
adelantaba y retrocedía con cortos trotes nerviosos, y supo de la experiencia
de sus compañeros que cuando una cosa va a morir, aparece antes.
—¿Y
cómo saben que ése que vimos no era el patrón vivo?—preguntó.
—Porque
no era él —le respondieron displicentes.
¡Luego
la Muerte, y con ella el cambio de dueño, las miserias, las patadas, estaba
sobre ellos! Pasaron el resto de la tarde al lado de su patrón, sombríos y
alerta. A1 menor ruido gruñían, sin saber hacia dónde.
Por
fin el sol se hundió tras el negro palmar del arroyo, y en la calma de la noche
plateada, los perros se estacionaron alrededor del rancho, en cuyo piso alto
míster Jones recomenzaba su velada de whisky. A media noche oyeron sus pasos,
luego la caída de las botas en el piso de tablas, y la luz se apagó. Los
perros, entonces, sintieron más el próximo cambio de dueño, y solos al pie de
la casa dormida, comenzaron a llorar. Lloraban en coro, volcando sus sollozos
convulsivos y secos, como masticados, en un aullido de desolación, que la voz cazadora
de Prince sostenía, mientras los otros tomaban el sollozo de nuevo. El cachorro
solo podía ladrar. La noche avanzaba, y los cuatro perros de edad, agrupados a
la luz de la luna, el hocico extendido e hinchado de lamentos—bien alimentados
y acariciados por el dueño que iban a perder—, continuaban llorando a lo alto
su doméstica miseria.
A
la mañana siguiente míster Jones fue él mismo a buscar las mulas y las unció a
la carpidora, trabajando hasta las nueve. No estaba satisfecho, sin embargo.
Fuera de que la tierra no había sido nunca bien rastreada, las cuchillas no
tenían filo, y con el paso rápido de las mulas, la carpidora saltaba. Volvió
con ésta y afiló sus rejas; pero un tornillo en que ya al comprar la máquina
había notado una falla, se rompió al armarla. Mandó un peón al obraje próximo,
recomendándole cuidara del caballo, un buen animal, pero asoleado. Alzó la
cabeza al sol fundente de mediodía, e insistió en que no galopara ni un
momento. Almorzó en seguida y subió. Los perros, que en la mañana no habían
dejado un segundo a su patrón, se quedaron en los corredores.
La
siesta pesaba, agobiada de luz y silencio. Todo el contorno estaba brumoso por
las quemazones. Alrededor del rancho la tierra blanquizca del patio,
deslumbraba por el sol a plomo, parecía deformarse en trémulo hervor, que
adormecía los ojos parpadeantes de los foxterriers.
—No
ha aparecido más—dijo Milk.
Old,
al oír aparecido, levantó vivamente las orejas. Incitado por la evocación el
cachorro se puso en pie y ladró, buscando a qué. A1 rato calló, entregándose
con sus compañeros a su defensiva cacería de moscas.
—No
vino más—agregó Isondú.
—Había
una lagartija bajo el raigón—recordó por primera vez Prince.
Una
gallina, el pico abierto y las alas apartadas del cuerpo, cruzó el patio
incandescente con su pesado trote de calor. Prince la siguió perezosamente con
la vista y saltó de golpe.
—¡Viene
otra vez! —gritó.
Por
el norte del patio avanzaba solo el caballo en que había ido el peón. Los
perros se arquearon sobre las patas, ladrando con furia a la Muerte, que se
acercaba. El caballo caminaba con la cabeza baja, aparentemente indeciso sobre
el rumbo que debía seguir. Al pasar frente al rancho dio unos cuantos pasos en
dirección al pozo, y se desvaneció progresivamente en la cruda luz.
Míster
Jones bajó; no tenía sueño. Disponíase a proseguir el montaje de la carpidora,
cuando vio llegar inesperadamente al peón a caballo. A pesar de su orden, tenía
que haber galopado para volver a esa hora. Apenas libre y concluida su misión,
el pobre caballo, en cuyos ijares era imposible contar los latidos, tembló
agachando la cabeza, y cayó de costado. Míster Jones mandó a la chacra, todavía
de sombrero y rebenque, al peón para no echarlo si continuaba oyendo sus
jesuísticas disculpas.
Pero
los perros estaban contentos. La Muerte, que buscaba a su patrón, se había
conformado con el caballo. Sentíanse alegres, libres de preocupación, y en
consecuencia disponíanse a ir a la chacra tras el peón, cuando oyeron a míster
Jones que le gritaba pidiéndole el tornillo. No había tornillo: el almacén
estaba cerrado, el encargado dormía, etc. Míster Jones, sin replicar, descolgó
su casco y salió él mismo en busca del utensilio. Resistía el sol como un peón,
y el paseo era maravilloso contra su mal humor.
Los
perros salieron con él, pero se detuvieron a la sombra del primer algarrobo;
hacía demasiado calor. Desde allí, firmes en las patas, el ceño contraído y
atento, veían alejarse a su patrón. Al fin el temor a la soledad pudo más, y
con agobiado trote siguieron tras él.
Míster
Jones obtuvo su tornillo y volvió. Para acortar distancia, desde luego,
evitando la polvorienta curva del camino, marchó en línea recta a su chacra.
Llegó al riacho y se internó en el pajonal, el diluviano pajonal del Saladito,
que ha crecido, secado y retoñado desde que hay paja en el mundo, sin conocer
fuego. Las matas, arqueadas en bóveda a la altura del pecho, se entrelazan en
bloques macizos. La tarea de cruzarlo, sería ya con día fresco, era muy dura a
esa ,hora. Míster Jones lo atravesó, sin embargo, braceando entre la paja
restallante y polvorienta por el barro que dejaban las crecientes, ahogado de
fatiga y acres vahos de nitrato.
Salió
por fin y se detuvo en la linde; pero era imposible permanecer quieto bajo ese
sol y ese cansancio. Marchó de nuevo. Al calor quemante que crecía sin cesar
desde tres días atrás, agregábase ahora el sofocamiento del tiempo
descompuesto. El cielo estaba blanco y no se sentía un soplo de viento. El aire
faltaba, con angustia cardíaca, que no permitía concluir la respiración.
Míster
Jones adquirió el convencimiento de que había traspasado su límite de
resistencia. Desde hacía rato le golpeaba en los oídos el latido de las
carótidas. Sentíase en el aire, como si de dentro de la cabeza le empujaran el
cráneo hacia arriba. Se mareaba mirando el pasto. Apresuró la marcha para
acabar con eso de una vez... Y de pronto volvió en sí y se halló en distinto
paraje: había caminado media cuadra sin darse cuenta de nada. Miró atrás, y la
cabeza se le fue en un nuevo vértigo.
Entretanto,
los perros seguían tras él, trotando con toda la lengua de fuera. A veces,
asfixiados, deteníanse en la sombra de un espartillo; se sentaban, precipitando
su jadeo, para volver en seguida al tormento del sol. A1 fin, como la casa
estaba ya próxima, apuraron el trote.
Fue
en ese momento cuando Old, que iba adelante, vio tras el alambrado de la chacra
a míster Jones, vestido de blanco, que caminaba hacia ellos. El cachorro, con
súbito recuerdo, volvió la cabeza a su patrón, y confrontó.
—¡La
Muerte, la Muerte!—aulló.
Los
otros lo habían visto también, y ladraban erizados, y por un instante creyeron
que se iba a equivocar; pero al llegar a cien metros se detuvo, miró el grupo
con sus ojos celestes, y marchó adelante.
—¡Que
no camine ligero el patrón! exclamó Prince.
—¡Va
a tropezar con él!—aullaron todos.
En
efecto, el otro, tras breve hesitación, había avanzado, pero no directamente
sobre ellos como antes, sino en línea oblicua y en apariencia errónea, pero que
debía llevarlo justo al encuentro de míster Jones. Los perros comprendieron que
esta vez todo concluía, porque su patrón continuaba caminando a igual paso como
un autómata, sin darse cuenta de nada. El otro llegaba ya. Los perros hundieron
el rabo y corrieron de costado, aullando. Pasó un segundo, y el encuentro se
produjo. Míster Jones se detuvo, giró sobre sí mismo y se desplomó.
Los
peones, que lo vieron caer, lo llevaron a prisa al rancho, pero fue inútil toda
el agua; murió sin volver en sí. Míster Moore, su hermano materno, fue allá desde
Buenos Aires, estuvo una hora en la chacra, y en cuatro días liquidó todo,
volviéndose en seguida al Sur. Los indios se repartieron los perros, que
vivieron en adelante flacos y sarnosos, e iban todas las noches con hambriento
sigilo a robar espigas de maíz en las chacras ajenas.
...—"En
resumen, yo creo que las palabras valen tanto, materialmente, como la
propia cosa significada, y son capaces de crearla por simple razón de eufonía.
Se precisará un estado especial; es posible. Pero algo que yo he visto me ha
hecho pensar en el peligro de que dos cosas distintas tengan el mismo
nombre."
Como
se ve, pocas veces es dado oír teorías tan maravillosas como la anterior. Lo
curioso es que quien la exponía no era un viejo y sutil filósofo versado en la
escolástica, sino un hombre espinado desde muchacho en los negocios, que
trabajaba en Laboulaye acopiando granos. Con su promesa de contarnos la cosa,
sorbimos rápidamente el café, nos sentamos de costado en la silla para oír
largo rato, y fijamos los ojos en el de Córdoba.
—Les
contaré la historia—comenzó el hombre—porque es el mejor modo de darse cuenta.
Como ustedes saben, hace mucho que estoy en Laboulaye. Mi socio corretea todo
el año por las colonias y yo, bastante inútil para eso, atiendo más bien la
barraca. Supondrán que durante ocho meses, por lo menos, mi quehacer no es
mayor en el escritorio, y dos empleados —uno conmigo en los libros y otro en la
venta— nos bastan y sobran. Dado nuestro radio de acción, ni el Mayor ni el
Diario son engorrosos. Nos ha quedado, sin embargo, una vigilancia enfermiza de
los libros como si aquella cosa lúgubre pudiera repetirse. ¡Los libros!... En
fin, hace cuatro años de la aventura y nuestros dos empleados fueron los
protagonistas.
El
vendedor era un muchacho correntino, bajo y de pelo cortado al rape, que usaba
siempre botines amarillos. El otro, encargado de los libros, era un hombre
hecho ya, muy flaco y de cara color paja. Creo que nunca lo vi reírse, mudo y
contraído en su Mayor con estricta prolijidad de rayas y tinta colorada. Se
llamaba Figueroa; era de Catamarca.
Ambos,
comenzando por salir juntos, trabaron estrecha amistad, y como ninguno tenía
familia en Laboulaye, habían alquilado un caserón con sombríos corredores de
bóveda, obra de un escribano que murió loco allá.
Los
dos primeros años no tuvimos la menor queja de nuestros hombres. Poco después
comenzaron, cada uno a su modo, a cambiar de modo de ser.
El
vendedor—se llamaba Tomás Aquino—llegó cierta mañana a la barraca con una
verbosidad exuberante. Hablaba y reía sin cesar, buscando constantemente no sé
qué en los bolsillos. Así estuvo dos días. Al tercero cayó con un fuerte ataque
de gripe; pero volvió después de almorzar, inesperadamente curado. Esa misma
tarde, Figueroa tuvo que retirarse con desesperantes estornudos preliminares
que lo habían invadido de golpe. Pero todo pasó en horas, a pesar de los
síntomas dramáticos. Poco después se repitió lo mismo, y así, por un mes: la
charla delirante de Aquino, los estornudos de Figueroa, y cada dos días un
fulminante y frustrado ataque de gripe.
Esto
era lo curioso. Les aconsejé que se hicieran examinar atentamente, pues no se
podía seguir así. Por suerte todo pasó, regresando ambos a la antigua y
tranquila normalidad, el vendedor entre las tablas, y Figueroa con su pluma
gótica.
Esto
era en diciembre. El 14 de enero, al hojear de noche los libros, y con
toda la sorpresa que imaginarán, vi que la última página del Mayor
estaba cruzada en todos sentidos de rayas. Apenas llegó Figueroa a la mañana
siguiente, le pregunté qué demonio eran esas rayas. Me miró sorprendido,
miró su obra, y se disculpó murmurando.
No
fue sólo esto. Al otro día Aquino entregó el Diario, y en vez de las
anotaciones de orden no había más que rayas: toda la página llena de rayas en
todas direcciones. La cosa ya era fuerte; les hablé malhumorado, rogándoles muy
seriamente que no se repitieran esas gracias. Me miraron atentos pestañeando
rápidamente, pero se retiraron sin decir una palabra.
Desde
entonces comenzaron a enflaquecer visiblemente. Cambiaron el modo de peinarse,
echándose el pelo atrás. Su amistad había recrudecido; trataban de estar todo
el día juntos, pero no hablaban nunca entre ellos.
Así
varios días, hasta que una tarde hallé a Figueroa doblado sobre la mesa,
rayando el libro de Caja. Ya había rayado todo el Mayor, hoja por hoja; todas
las páginas llenas de rayas, rayas en el cartón, en el cuero, en el metal, todo
con rayas.
Lo
despedimos en seguida; que continuara sus estupideces en otra parte. Llamé a
Aquino y también lo despedí. Al recorrer la barraca no vi más que rayas en
todas partes: tablas rayadas, planchuelas rayadas, barricas rayadas. Hasta una
mancha de alquitrán en el suelo, rayada...
No
había duda; estaban completamente locos, una terrible obsesión de rayas que con
esa precipitación productiva quién sabe a dónde los iba a llevar.
Efectivamente,
dos días después vino a verme el dueño de la Fonda Italiana donde aquellos
comían. Muy preocupado, me preguntó si no sabía qué se habían hecho Figueroa y
Aquino; ya no iban a su casa.
—Estarán
en casa de ellos—le dije.
—La
puerta está cerrada y no responden—me contestó mirándome.
—¡Se
habrán ido!—argüí sin embargo.
—No—replicó
en voz baja—. Anoche, durante la tormenta, se han oído gritos que salían de
adentro.
Esta
vez me cosquilleó la espalda y nos miramos un momento.
Salimos
apresuradamente y llevamos la denuncia. En el trayecto al caserón la fila se
engrosó, y al llegar a aquél, chapaleando en el agua, éramos más de quince. Ya
empezaba a oscurecer. Como nadie respondía, echamos la puerta abajo y entramos.
Recorrimos la casa en vano; no había nadie. Pero el piso, las puertas, las
paredes, los muebles, el techo mismo, todo estaba rayado: una irradiación
delirante de rayas en todo sentido.
Ya
no era posible más; habían llegado a un terrible frenesí de rayar, rayar a toda
costa, como si las más intimas células de sus vidas estuvieran sacudidas por
esa obsesión de rayar. Aun en el patio mojado las rayas se cruzaban
vertiginosamente, apretándose de tal modo al fin, que parecía ya haber hecho
explosión la locura.
Terminaban
en el albañal. Y doblándonos, vimos en el agua fangosa dos rayas negras que se
revolvían pesadamente.
—¿Qué
tiene esa pared?
Levanté
también la vista y miré. No había nada. La pared estaba lisa, fría y totalmente
blanca. Sólo arriba, cerca del techo, estaba oscurecida por falta de luz.
Otro
a su vez alzó los ojos y los mantuvo un momento inmóviles y bien abiertos, como
cuando se desea decir algo que no se acierta a expresar.
—¿P...
pared? —formuló al rato.
Esto
sí; torpeza y sonambulismo de las ideas, cuánto es posible.
—No
es nada—contesté—. Es la mancha hiptálmica.
—¿Mancha?
—.
. . hiptálmica. La mancha hiptálmica. Éste es mi dormitorio. Mi mujer dormía de
aquel lado... ¡Qué dolor de cabeza!... Bueno. Estábamos casados desde hacía
siete meses y anteayer murió. ¿No es esto?... Es la mancha hiptálmica. Una
noche mi mujer se despertó sobresaltada.
—¿Qué
dices? —le pregunté inquieto.
—¡Qué
sueño más raro! —me respondió, angustiada aún.
—¿Qué
era?
—No
sé, tampoco... Sé que era un drama; un asunto de drama... Una cosa oscura y
honda... ¡Qué lástima!
—¡Trata
de acordarte, por Dios!—la insté, vivamente interesado. Ustedes me conocen como
hombre de teatro. . .
Mi
mujer hizo un esfuerzo.
—No
puedo. . . No me acuerdo más que del título: La mancha tele... hita...
¡hiptálmica! Y la cara atada con un pañuelo blanco.
—¿Qué?
. . .
—Un
pañuelo blanco en la cara... La mancha hiptálmica
—¡Raro!
—murmuré, sin detenerme un segundo más a pensar en aquello.
Pero
días después mi mujer salió una mañana del dormitorio con la cara atada.
Apenas la vi, recordé bruscamente y vi en sus ojos que ella también se había
acordado. Ambos soltamos la carcajada.
—¡Si...
sí! —se reia—. En cuanto me puse el pañuelo, me acordé...
—¿Un
diente? ..
—No
sé; creo que sí...
Durante
el día bromeamos aún con aquello, y de noche mientras mi mujer se
desnudaba, le grité de pronto desde el comedor:
—A
que no...
—¡Sí!
¡La mancha hiptálmica! —me contestó riendo. Me eché a reír a mi vez, y durante
quince días vivimos en plena locura de amor.
Después
de este lapso de aturdimiento sobrevino un período de amorosa inquietud, el
sordo y mutuo acecho de un disgusto que no llegaba y que se ahogó por fin
en explosiones de radiante y furioso amor.
Una
tarde, tres o cuatro horas después de almorzar, mi mujer, no encontrándome,
entró en su cuarto y quedó sorprendida al ver los postigos cerrados. Me vio en
la cama, extendido como un muerto.
—¡Federico!—gritó
corriendo a mi.
No
contesté una palabra, ni me moví. ¡Y era ella, mi mujer! ¿Entienden
ustedes?
—¡Déjame!
—me desasí con rabia, volviéndome a la pared.
Durante
un rato no oí nada. Después, sí: los sollozos de mi mujer, el pañuelo hundido
hasta la mitad en la boca.
Esa
noche cenamos en silencio. No nos dijimos una palabra, hasta que a las diez mi
mujer me sorprendió en cuclillas delante del ropero, doblando con extremo
cuidado, y pliegue por pliegue, un pañuelo blanco.
—¡Pero
desgraciado! —exclamó desesperada, alzándome la cabeza—. ¡Qué haces!
¡Era
ella, mi mujer! Le devolví el abrazo, en plena e íntima boca.
—¿Qué
hacía? —le respondí—. Buscaba una explicación justa a lo que nos está pasando.
—Federieo...
amor mío... —murmuró.
Y
la ola de locura nos envolvió de nuevo.
Desde
el comedor oí que ella—aquí mismo—se desvestía. Y aullé con amor:
—¿A
que no?...
—¡Hiptálmica,
hiptálmica! respondió riendo y desnudándose a toda prisa.
Cuando
entré, me sorprendió el silencio considerable de este dormitorio. Me acerqué
sin hacer ruido y miré. Mi mujer estaba acostada, el rostro completamente
hinchado y blanco. Tenía atada la cara con un pañuelo.
Corrí
suavemente la colcha sobre la sábana, me acosté en el borde de la cama, y crucé
las manos bajo la nuca.
No
había aquí ni un crujido de ropa ni, una trepidación lejana. Nada. La llama de
la vela ascendía como aspirada por el inmenso silencio.
Pasaron
horas y horas. Las paredes, blancas y frías, se oscurecían progresivamente
hacia el techo... ¿Qué es eso? No sé...
Y
alcé de nuevo los ojos. Los otros hicieron lo mismo y los mantuvieron en la
pared por dos o tres siglos. Al fin los sentí pesadamente fijos en mí.
—¿Usted
nunca ha estado en el manicomio? —me dijo uno.
—No
que yo sepa. ..—respondí.
—¿Y
en presidio?
—Tampoco,
hasta ahora...
—Pues
tenga cuidado, porque va a concluir en uno u otro.
—Es
posible. . . perfectamente posible...—repuse procurando dominar mi confusión de
ideas.
Salieron.
Estoy
seguro de que han ido a denunciarme, y acabo de tenderme en el diván: como el
dolor de cabeza continúa, me he atado la cara con un pañuelo blanco
—Sí—dijo
el abogado Rhode—. Yo tuve esa causa. Es un caso, bastante raro por aquí, de
vampirismo. Rogelio Castelar, un hombre hasta entonces normal fuera de algunas
fantasías, fue sorprendido una noche en el cementerio arrastrando el cadáver
recién enterrado de una mujer. El individuo tenía las manos destrozadas porque
había removido un metro cúbico de tierra con las uñas. En el borde de la fosa
yacían los restos del ataúd, recién quemado. Y como complemento macabro, un
gato, sin duda forastero, yacía por allí con los riñones rotos. Como ven, nada
faltaba al cuadro.
En
la primera entrevista con el hombre vi que tenía que habérmelas con un fúnebre
loco. Al principio se obstinó en no responderme, aunque sin dejar un instante
de asentir con la cabeza a mis razonamientos. Por fin pareció hallar en mí al
hombre digno de oírle. La boca le temblaba por la ansiedad de comunicarse.
—¡Ah!
¡Usted me entiende!—exclamó, fijando en mí sus ojos de fiebre. Y continuó con
un vértigo de que apenas puede dar idea lo que recuerdo:
—¡A
usted le diré todo! ¡Sí! ¿Qué cómo fue eso del ga... de la gata? ¡Yo!
¡Solamente yo!
—Óigame:
Cuando yo llegué.. . allá, mi mujer...
—¿Dónde
allá?—le interrumpí.
—Allá...
¿La gata o no? ¿Entonces?... Cuando yo llegué mi mujer corrió como una loca a
abrazarme. Y en seguida se desmayó. Todos se precipitaron entonces sobre mí,
mirándome con ojos de locos.
¡Mi
casa! ¡Se había quemado, derrumbado, hundido con todo lo que tenía dentro!
¡Ésa, ésa era mi casa! ¡Pero ella no, mi mujer mía!
Entonces
un miserable devorado por la locura me sacudió el hombro, gritándome:
—¿Qué
hace? ¡Conteste!
Y
yo le contesté:
—¡Es
mi mujer! ¡Mi mujer mía que se ha salvado!
Entonces
se levantó un clamor:
—¡No
es ella! ¡Ésa no es!
Sentí
que mis ojos, al bajarse a mirar lo que yo tenía entre mis brazos, querían
saltarse de las órbitas ¿No era ésa María, la María de mí, y desmayada? Un
golpe de sangre me encendió los ojos y de mis brazos cayó una mujer que no era
María. Entonces salté sobre una barrica y dominé a todos los trabajadores. Y
grité con la voz ronca:
—¡Por
qué! ¡Por qué!
Ni
uno solo estaba peinado porque el viento les echaba a todos el pelo de costado.
Y los ojos de fuera mirándome.
Entonces
comencé a oír de todas partes:
—Murió.
—Murió
aplastada.
—Murió.
—Gritó.
—Gritó
una sola vez.
—Yo
sentí que gritaba.
—Yo
también.
—Murió.
—La
mujer de él murió aplastada.
—¡Por
todos los santos!—grité yo entonces retorciéndome las manos—. ¡Salvémosla,
compañeros! ¡Es un deber nuestro salvarla!
Y
corrimos todos. Todos corrimos con silenciosa furia a los escombros. Los
ladrillos volaban, los marcos caían desescuadrados y la remoción avanzaba a
saltos.
A
las cuatro yo solo trabajaba. No me quedaba una uña sana, ni en mis dedos había
otra cosa que escarbar. ¡Pero en mi pecho! ¡Angustia y furor de tremebunda
desgracia que temblaste en mi pecho al buscar a mi María!
No
quedaba sino el piano por remover. Había allí un silencio de epidemia, una
enagua caída y ratas muertas. Bajo el piano tumbado, sobre el piso granate de
sangre y carbón, estaba aplastada la sirvienta.
Yo
la saqué al patio, donde no quedaban sino cuatro paredes silenciosas, viscosas
de alquitrán y agua. El suelo resbaladizo reflejaba el cielo oscuro. Entonces
cogí a la sirvienta y comencé a arrastrarla alrededor del patio.
Eran
míos esos pasos. ¡Y qué pasos! ¡Un paso, otro paso otro paso!
En
el hueco de una puerta—carbón y agujero, nada más—estaba acurrucada la gata de
casa, que había escapado al desastre, aunque estropeada. La cuarta vez que la
sirvienta y yo pasamos frente a ella, la gata lanzó un aullido de cólera.
¡Ah!
¿No era yo, entonces?, grité desesperado. ¿No fui yo el que buscó entre los
escombros, la ruina y la mortaja de los marcos, un solo pedazo de mi María!
La
sexta vez que pasamos delante de la gata, el animal se erizó. La séptima vez se
levantó, llevando a la rastra las patas de atrás. Y nos siguió entonces así,
esforzándose por mojar la lengua en el pelo engrasado de la sirvienta —¡de ella,
de María, no maldito rebuscador de cadáveres!
—¡Rebuscador
de cadáveres!—repetí yo mirándolo—. ¡Pero entonces eso fue en el cementerio!
El
vampiro se aplastó entonces el pelo mientras me miraba con sus inmensos ojos de
loco.
—¡Conque
sabías entonces! —articuló—. ¡Conque todos lo saben y me dejan hablar una hora!
¡Ah! —rugió en un sollozo echando la cabeza atrás y deslizándose por la pared
hasta caer sentado—: ¡Pero quién me dice al miserable yo, aquí, por qué en mi
casa me arranqué las uñas para no salvar del alquitrán ni el pelo colgante de
mi María!
No
necesitaba más, como ustedes comprenden —concluyó el abogado—, para orientarme
totalmente respecto del individuo. Fue internado en seguida. Hace ya dos años
de esto, y anoche ha salido, perfectamente curado. . .
—¿Anoche?
—exclamó un hombre joven de riguroso luto—. ¿Y de noche se da de alta a los
locos?
—¿Por
qué no? El individuo está curado, tan sano como usted y como yo. Por lo demás,
si reincide, lo que es de regla en estos vampiros, a estas horas debe de estar
ya en funciones. Pero estos no son asuntos míos. Buenas noches, señores.
Aquí se
cuenta la historia de un tigre que se crió y educó entre los hombres, y que se
llamaba Juan Darién. Asistió cuatro años a la escuela vestido de pantalón y
camisa, y dio sus lecciones correctamente, aunque era un tigre de las selvas;
pero esto se debe a que su figura era de hombre, conforme se narra en las
siguientes líneas.
Una
vez, a principio de otoño, la viruela visitó un pueblo de un país lejano y mató
a muchas personas. Los hermanos perdieron a sus hermanitas, y las criaturas que
comenzaban a caminar quedaron sin padre ni madre. Las madres perdieron a su vez
a sus hijos, y una pobre mujer joven y viuda llevó ella misma a enterrar a su
hijito, lo único que tenía en este mundo . Cuando volvió a su casa, se quedó sentada
pensando en su chiquillo. Y murmuraba:
—Dios
debía haber tenido más compasión de mí, y me ha llevado a mi hijo. En el cielo
podrá haber ángeles, pero mi hijo no los conoce. Y a quien él conoce bien es a
mí, ¡pobre hijo mío!
Y
miraba a lo lejos, pues estaba sentada en el fondo de su casa, frente a un
portoncito donde se veía la selva.
Ahora
bien; en la selva había muchos animales feroces que rugían al caer la noche y
al amanecer. Y la pobre mujer, que continuaba sentada, alcanzó a ver en la
oscuridad una cosa chiquita y vacilante que entraba por la puerta, como un
gatito que apenas tuviera fuerzas para caminar. La mujer se agachó y levantó en
las manos un tigrecito de pocos días, pues aún tenía los ojos cerrados. Y
cuando el mísero cachorro sintió contacto de las manos, runruneó de contento,
porque ya no estaba solo. La madre tuvo largo rato suspendido en el aire aquel
pequeño enemigo de los hombres, a aquella fiera indefensa que tan fácil le
hubiera sido exterminar. Pero quedó pensativa ante el desvalido cachorro que
venía quién sabe de dónde y cuya madre con seguridad había muerto. Sin pensar
bien en lo que hacía llevó al cachorrito a su seno y lo rodeó con sus grandes
manos. Y el tigrecito, al sentir el calor del pecho, buscó postura cómoda,
runruneó tranquilo y se durmió con la garganta adherida al seno maternal.
La
mujer, pensativa siempre, entró en la casa. Y en el resto de la noche, al oír
los gemidos de hambre del cachorrito, y al ver cómo buscaba su seno con los
ojos cerrados, sintió en su corazón herido que, ante la suprema ley del
Universo, una vida equivale a otra vida...
Y
dio de mamar al tigrecito.
El
cachorro estaba salvado, y la madre había hallado un inmenso consuelo. Tan
grande su consuelo, que vio con terror el momento en que aquél le sería
arrebatado, porque si se llegaba a saber en el pueblo que ella amamantaba a un
ser salvaje, matarían con seguridad a la pequeña fiera. ¿Qué hacer? El
cachorro, suave y cariñoso—pues jugaba con ella sobre su pecho era ahora su
propio hijo.
En
estas circunstancias, un hombre que una noche de lluvia pasaba corriendo ante
la casa de la mujer oyó un gemido áspero—el ronco gemido de las fieras que, aún
recién nacidas, sobresaltan al ser humano—. El hombre se detuvo bruscamente, y
mientras buscaba a tientas el revólver, golpeó la puerta. La madre, que había
oído los pasos, corrió loca de angustia a ocultar el tigrecito en el jardín.
Pero su buena suerte quiso que al abrir la puerta del fondo se hallara ante una
mansa, vieja y sabia serpiente que le cerraba el paso. La desgraciada mujer iba
a gritar de terror, cuando la serpiente habló así:
—Nada
temas, mujer—le dijo—. Tu corazón de madre te ha permitido salvar una vida del
Universo, donde todas las vidas tienen el mismo valor. Pero los hombres no te
comprenderán, y querrán matar a tu nuevo hijo. Nada temas, ve tranquila. Desde
este momento tu hijo tiene forma humana; nunca lo reconocerán. Forma su
corazón, enséñale a ser bueno como tú, y él no sabrá jamás que no es hombre. A
menos... a menos que una madre de entre los hombres lo acuse; a menos que una
madre no le exija que devuelva con su sangre lo que tú has dado por él, tu hijo
será siempre digno de ti . Ve tranquila, madre, y apresúrate, que el hombre va
a echar la puerta abajo.
Y
la madre creyó a la serpiente, porque en todas las religiones de los hombres la
serpiente conoce el misterio de las vidas que pueblan los mundos. Fue, pues,
corriendo a abrir la puerta, y el hombre, furioso, entró con el revólver en la
mano y buscó por todas partes sin hallar nada. Cuando salió, la mujer abrió,
temblando, el rebozo bajo el cual ocultaba al tigrecito sobre su seno, y en su
lugar vio a un niño que dormía tranquilo. Traspasada de dicha, lloró largo rato
en silencio sobre su salvaje hijo hecho hombre; lágrimas de gratitud que doce
años más tarde ese mismo hijo debía pagar con sangre sobre su tumba.
Pasó
el tiempo. El nuevo niño necesitaba un nombre: se le puso Juan Darién.
Necesitaba alimentos, ropa, calzado: se le dotó de todo, para lo cual la madre
trabajaba día y noche. Ella era aún muy joven, y podría haberse vuelto a casar,
si hubiera querido; pero le bastaba el amor entrañable de su hijo, amor que
ella devolvía con todo su corazón.
Juan
Darién era, efectivamente, digno de ser querido: noble, bueno y generoso como
nadie. Por su madre, en particular, tenía una veneración profunda. No mentía
jamás. ¿Acaso por ser un ser salvaje en el fondo de su naturaleza? Es posible;
pues no se sabe aún qué influencia puede tener en un animal recién nacido la
pureza de un alma bebida con la leche en el seno de una santa mujer.
Tal
era Juan Darién. E iba a la escuela con los chicos de su edad, los que se
burlaban a menudo de él, a causa de su pelo áspero y su timidez. Juan Darién no
era muy inteligente; pero compensaba esto con su gran amor al estudio.
Así
las cosas, cuando la criatura iba a cumplir diez años, su madre murió. Juan
Darién sufrió lo que no es decible, hasta que el tiempo apaciguó su pena. Pero
fue en adelante un muchacho triste, que sólo deseaba instruirse.
Algo
debemos confesar ahora: a Juan Darién no se le amaba en el pueblo. La gente de
los pueblos encerrados en la selva no gustan de los muchachos demasiado
generosos y que estudian con toda el alma. Era, además, el primer alumno de la
escuela. Y este conjunto precipitó el desenlace con un acontecimiento que dio
razón a la profecía de la serpiente.
Aprontábase
el pueblo a celebrar una gran fiesta, y de la ciudad distante habían mandado
fuegos artificiales. En la escuela se dio un repaso general a los chicos, pues
un inspector debía venir a observar las clases. Cuando el inspector llegó, el
maestro hizo dar la lección al primero de todos: a Juan Darién. Juan Darién era
el alumno más aventajado; pero con la emoción del caso, tartamudeó y la lengua
se le trabó con un sonido extraño. El inspector observó al alumno un largo
rato, y habló en seguida en voz baja con el maestro.
—¿Quién
es ese muchacho?—le preguntó—¿De dónde ha salido?
—Se
llama Juan Darién—respondió el maestro y lo crió una mujer que ya ha muerto;
pero nadie sabe de dónde ha venido.
—Es
extraño, muy extraño...—murmuró el inspector, observando el pelo áspero y el
reflejo verdoso que tenían los ojos de Juan Darién cuando estaba en la sombra.
El
inspector sabía que en el mundo hay cosas mucho más extrañas que las que nadie
puede inventar, y sabía al mismo tiempo que con preguntas a Juan Darién nunca
podría averiguar si el alumno había sido antes lo que él temía: esto es, un
animal salvaje. Pero así como hay hombres que en estados especiales recuerdan
cosas que les han pasado a sus abuelos, así era también posible que, bajo una
sugestión hipnótica, Juan Darién recordara su vida de bestia salvaje. Y los
chicos que lean esto y no sepan de qué se habla, pueden preguntarlo a las
personas grandes.
Por
lo cual el inspector subió a la tarima y habló así:
—Bien,
niño. Deseo ahora que uno de ustedes nos describa la selva. Ustedes se han
criado casi en ella y la conocen bien. ¡Cómo es la selva? ¿Qué pasa en ella?
Esto es lo que quiero saber. Vamos a ver, tú—añadió dirigiéndose a un alumno
cualquiera—. Sube a la tarima y cuéntanos lo que hayas visto.
El
chico subió, y aunque estaba asustado, habló un rato. Dijo que en el bosque hay
árboles gigantes, enredaderas y florecillas. Cuando concluyó, pasó otro chico a
la tarima, después otro. Y aunque todos conocían bien la selva, respondieron lo
mismo, porque los chicos y muchos hombres no cuentan lo que
ven,
sino lo que han leído sobre lo mismo que acaban de ver. Y al fin el inspector
dijo:
—Ahora
le toca al alumno Juan Darién.
Juan
Darién dijo más o menos lo que los otros. Pero el inspector, poniéndole la mano
sobre el hombro exclamó:
—No,
no. Quiero que tú recuerdes bien lo que has visto. Cierra los ojos.
Juan
Darién cerró los ojos.
—Bien—prosiguió
el inspector—. Dime lo que ves en la selva.
Juan
Darién, siempre con los ojos cerrados, demoró un instante en contestar.
—No
veo nada—dijo al fin.
—Pronto
vas a ver. Figurémonos que son las tres de la mañana, poco antes del amanecer.
Hemos concluido de comer, por ejemplo... estamos en la selva, en la
oscuridad... Delante de nosotros hay un arroyo... ¿Qué ves?
Juan
Darién pasó otro momento en silencio. Y en la clase y en el bosque próximo
había también un gran silencio. De pronto Juan Darién se estremeció, y con voz
lenta, como si soñara, dijo:
—Veo
las piedras que pasan y las ramas que se doblan. .. Y el suelo. .. Y veo las
hojas secas que se quedan aplastadas sobre las piedras...
—¡Un
momento!—le interrumpe el inspector—Las piedras y las hojas que pasan, ¿a qué
altura las ves?
El
inspector preguntaba esto porque si Juan Darién estaba "viendo"
efectivamente lo que él hacía en la selva cuando era animal salvaje e iba a
beber después de haber comido, vería también que las piedras que encuentra un
tigre o una pantera que se acercan muy agachados al río pasan a la altura de
los ojos. Y repitió:
—¿A
qué altura ves las piedras?
Y
Juan Darién, siempre con los ojos cerrados, respondió:
—Pasan
sobre el suelo. . . Rozan las orejas. . . Y las hojas sueltas se mueven con el
aliento... Y siento la humedad del barro en...
La
voz de Juan Darién se cortó.
—¿En
dónde?—preguntó con voz firme el inspector—¿Dónde sientes la humedad del agua?
—¡En
los bigotes!—dijo con voz ronca Juan Darién, abriendo los ojos espantado.
Comenzaba
el crepúsculo, y por la ventana se veía cerca la selva ya lóbrega.
Los
alumnos no comprendieron lo terrible de aquella evocación; pero tampoco se
rieron de esos extraordinarios bigotes de Juan Darién, que no tenía bigote
alguno. Y no se rieron, porque el rostro de la criatura estaba pálido y
ansioso.
La
clase había concluido. El inspector no era un mal hombre; pero, como todos los
hombres que viven muy cerca de la selva, odiaba ciegamente a los tigres; por lo
cual dijo en voz baja al maestro:
—Es
preciso matar a Juan Darién. Es una fiera del bosque, posiblemente un tigre.
Debemos matarlo, porque si no, él, tarde o temprano, nos matará a todos. Hasta
ahora su maldad de fiera no ha despertado; pero explotará un día u otro, y
entonces nos devorará a todos, puesto que le permitimos vivir con nosotros. Debemos,
pues, matarlo. La dificultad está en que no podemos hacerlo mientras tenga
forma humana, porque no podremos probar ante todos que es un tigre. Parece un
hombre, y con los hombres hay que proceder con cuidado. Yo sé que en la ciudad
hay un domador de fieras. Llamémoslo, y él hallará modo de que Juan Darién
vuelva a su cuerpo de tigre. Y aunque no pueda convertirlo en tigre, las gentes
nos creerán y podremos echarlo a la selva. Llamemos en seguida al domador,
antes que Juan Darién se escape.
Pero
Juan Darién pensaba en todo menos en escaparse, porque no se daba cuenta de
nada. ¿Cómo podía creer que él no era hombre, cuando jamás había sentido otra
cosa que amor a todos, y ni siquiera tenía odio a los animales dañinos?
Mas
las voces fueron corriendo de boca en boca, y Juan Darién comenzó a sufrir sus
efectos. No le respondían una palabra, se apartaban vivamente a su paso, y lo
seguían desde lejos de noche.
—¿Qué
tendré? ¿Por qué son así conmigo?—se preguntaba Juan Darién.
Y
ya no solamente huían de él, sino que los muchachos le gritaban:
—¡Fuera
de aquí! ¡Vuélvete donde has venido! ¡Fuera!
Los
grandes también, las personas mayores, no estaban menos enfurecidas que los
muchachos. Quién sabe qué llega a pasar si la misma tarde de la fiesta no
hubiera llegado por fin el ansiado domador de fieras. Juan Darién estaba en su
casa preparándose la pobre sopa que tomaba, cuando oyó la gritería de las
gentes que avanzaban precipitadas hacia su casa. Apenas tuvo tiempo de salir a
ver qué era: Se apoderaron de él, arrastrándolo hasta la casa del domador.
—¡Aquí
está!—gritaban, sacudiéndolo—¡Es éste! ¡Es un tigre! ¡No queremos saber nada
con tigres! ¡Quítele su figura de hombre y lo mataremos!
Y
los muchachos, sus condiscípulos a quienes más quería, y las mismas personas viejas,
gritaban:
—¡Es
un tigre! ¡Juan Darién nos va a devorar! ¡Muera Juan Darién!
Juan
Darién protestaba y lloraba porque los golpes llovían sobre él, y era una
criatura de doce años. Pero en ese momento la gente se apartó, y el domador,
con grandes botas de charol, levita roja y un látigo en la mano, surgió ante
Juan Darién. E1 domador lo miró fijamente, y apretó con fuerza el puño del
látigo.
—¡Ah!—exclamó—¡Te
reconozco bien! ¡A todos puedes engañar, menos a mí! ¡Te estoy viendo, hijo de
tigres! ¡Bajo tu camisa estoy viendo las rayas del tigre! ¡Fuera la camisa, y
traigan los perros cazadores! ¡Veremos ahora si los perros te reconocen como
hombre o como tigre!
En
un segundo arrancaron toda la ropa a Juan Darién y lo arrojaron dentro de la
jaula para fieras.
—¡Suelten
los perros, pronto!—gritó el domador—¡Y encomiéndate a los dioses de tu selva,
Juan Darién!
Y
cuatro feroces perros cazadores de tigres fueron lanzados dentro de la jaula.
El
domador hizo esto porque los perros reconocen siempre el olor del tigre; y en
cuanto olfatearan a Juan Darién sin ropa, lo harían pedazos, pues podrían ver
con sus ojos de perros cazadores las rayas de tigre ocultas bajo la piel de
hombre.
Pero
los perros no vieron otra cosa en Juan Darién que el muchacho bueno que quería
hasta a los mismos animales dañinos. Y movían apacibles la cola al olerlo
—¡Devóralo!
¡Es un tigre! ¡Toca! ¡Toca'—gritaban a los perros—Y los perros ladraban y
saltaban enloquecidos por la jaula, sin saber a qué atacar.
La
prueba no había dado resultado.
—¡Muy
bien!—exclamó entonces el domador—Estos son perros bastardos, de casta de
tigre. No le reconocen. Pero yo te reconozco, Juan Darién, y ahora nos vamos a
ver nosotros.
Y
así diciendo entró él en la jaula y levantó el látigo.
—¡Tigre!—gritó—¡Estás
ante un hombre, y tú eres un tigre! ¡Allí estoy viendo, bajo tu piel robada de
hombre, las rayas de tigre! ¡Muestra las rayas!
Y
cruzó el cuerpo de Juan Darién de un feroz latigazo. La pobre criatura desnuda
lanzó un alarido de dolor, mientras las gentes, enfurecidas, repetían.
—¡Muestra
las rayas de tigre!
Durante
un rato prosiguió el atroz suplicio; y no deseo que los niños que me oyen vean
martirizar de este modo a ser alguno.
—¡Por
favor! ¡Me muero!—clamaba Juan Darién.
—¡Muestra
las rayas!—le respondían.
Por
fin el suplicio concluyó. En el fondo de la jaula arrinconado, aniquilado en un
rincón, sólo quedaba su cuerpecito sangriento de niño, que había sido Juan
Darién. Vivía aún, y aún podía caminar cuando se le sacó de allí; pero lleno de
tales sufrimientos como nadie los sentirá nunca.
Lo
sacaron de la jaula, y empujándolo por el medio de la calle, lo echaban del
pueblo. Iba cayéndose a cada momento, y detrás de él los muchachos, las mujeres
y los hombres maduros, empujándolo.
—¡Fuera
de aquí, Juan Darién! ¡Vuélvete a la selva, hijo de tigre y corazón de tigre!
¡Fuera, Juan Darién!
Y
los que estaban lejos y no podían pegarle, le tiraban piedras.
Juan
Darién cayó del todo, por fin, tendiendo en busca de apoyo sus pobres manos de
niño. Y su cruel destino quiso que una mujer, que estaba parada a la puerta de
su casa sosteniendo en los brazos a una inocente criatura, interpretara mal ese
ademán de súplica.
—¡Me
ha querido robar a mi hijo!—gritó la mujer—¡Ha tendido las manos para matarlo!
¡Es un tigre! ¡Matémosle en seguida, antes que él mate a nuestros hijos!
Así
dijo la mujer. Y de este modo se cumplía la profecía de la serpiente: Juan
Darién moriría cuando una madre de los hombres le exigiera la vida y el corazón
de hombre que otra madre le había dado con su pecho.
No
era necesaria otra acusación para decidir a las gentes enfurecidas. Y veinte
brazos con piedras en la mano se levantaban ya para aplastar a Juan Darién
cuando el domador ordenó desde atrás con voz ronca:
—¡Marquémoslo
con rayas de fuego! ¡Quemémoslo en los fuegos artificiales!
Ya
comenzaba a oscurecer, y cuando llegaron a la plaza era noche cerrada. En la
plaza habían levantado un castillo de fuegos de artificio, con ruedas, coronas
y luces de bengala. Ataron en lo alto del centro a Juan Darién, y prendieron la
mecha desde un extremo. El hilo de fuego corrió velozmente subiendo y bajando,
y encendió el castillo entero. Y entre las estrellas fijas y las ruedas
gigantes de todos colores, se vio allá arriba a Juan Darién sacrificado.
—¡Es
tu último día de hombre, Juan Darién! clamaban todos—¡Muestra las rayas!
—¡Perdón,
perdón!—gritaba la criatura, retorciéndose entre las chispas y las nubes de
humo. Las ruedas amarillas, rojas y verdes giraban vertiginosamente, unas a la
derecha y otras a la izquierda. Los chorros de fuego tangente trazaban grandes
circunferencias; y en el medio, quemado por los regueros de chispas que le
cruzaban el cuerpo, se retorcía Juan Darién.
—¡Muestra
las rayas!—rugían aún de abajo.
—¡No,
perdón! ¡Yo soy hombre!—tuvo aún tiempo de clamar la infeliz criatura. Y tras
un nuevo surco de fuego, se pudo ver que su cuerpo se sacudía convulsivamente;
que sus gemidos adquirían un timbre profundo y ronco, y que su cuerpo cambiaba
poco a poco de forma. Y la muchedumbre, con un grito salvaje de triunfo, pudo
ver surgir por fin, bajo la piel del hombre, las rayas negras, paralelas y
fatales del tigre.
La
atroz obra de crueldad se había cumplido; habían conseguido lo que querían. En
vez de la criatura inocente de toda culpa, allá arriba no había sino un cuerpo
de tigre que agonizaba rugiendo.
Las
luces de bengala se iban también apagando. Un último chorro de chispas con que
moría una rueda alcanzó la soga atada a las muñecas (no: a las patas del tigre,
pues Juan Darién había concluido), y el cuerpo cayó pesadamente al suelo. Las
gentes lo arrastraron hasta la linde del bosque, abandonándolo allí para que
los chacales devoraran su cadáver y su corazón de fiera.
Pero
el tigre no había muerto. Con la frescura nocturna volvió en sí, y
arrastrándose presa de horribles tormentos se internó en la selva. Durante un
mes entero no abandonó su guarida en lo más tupido del bosque, esperando con
sombría paciencia de fiera que sus heridas curaran. Todas cicatrizaron por fin,
menos una, una profunda quemadura en el costado, que no cerraba, y que el tigre
vendó con grandes hojas.
Porque
había conservado de su forma recién perdida tres cosas: el recuerdo vivo del
pasado, la habilidad de sus manos, que manejaba como un hombre, y el lenguaje.
Pero en el resto, absolutamente en todo, era una fiera, que no se distinguía en
lo más mínimo de los otros tigres.
Cuando
se sintió por fin curado, pasó la voz a los demás tigres de la selva para que
esa misma noche se reunieran delante del gran cañaveral que lindaba con los
cultivos. Y al entrar la noche se encaminó silenciosamente al pueblo. Trepó a
un árbol de los alrededores y esperó largo tiempo inmóvil. Vio pasar bajo él
sin inquietarse a mirar siquiera, pobres mujeres y labradores fatigados, de
aspecto miserable; hasta que al fin vio avanzar por el camino a un hombre de
grandes botas y levita roja.
El
tigre no movió una sola ramita al recogerse para saltar. Saltó sobre el
domador; de una manotada lo derribó desmayado, y cogiéndolo entre los dientes
por la cintura, lo llevó sin hacerle daño hasta el juncal.
Allí,
al pie de las inmensas cañas que se alzaban invisibles, estaban los tigres de
la selva moviéndose en la oscuridad, y sus ojos brillaban como luces que van de
un lado para otro. El hombre proseguía desmayado. El tigre dijo entonces:
—Hermanos:
Yo viví doce años entre los hombres, como un hombre mismo. Y yo soy un tigre.
Tal vez pueda con mi proceder borrar más tarde esta mancha. Hermanos: esta
noche rompo el último lazo que me liga al pasado.
Y
después de hablar así, recogió en la boca al hombre, que proseguía desmayado, y
trepó con él a lo más alto del cañaveral, donde lo dejó atado entre dos
bambúes. Luego prendió fuego a las hojas secas del suelo, y pronto una
llamarada crujiente ascendió. Los tigres retrocedían espantados ante el fuego.
Pero el tigre les dijo: "¡Paz, hermanos!", y aquéllos se apaciguaron,
sentándose de vientre con las patas cruzadas a mirar.
El
juncal ardía como un inmenso castillo de artificio. Las cañas estallaban como
bombas, y sus gases se cruzaban en agudas flechas de color. Las llamaradas
ascendían en bruscas y sordas bocanadas, dejando bajo ella lívidos huecos; y en
la cúspide, donde aún no llegaba el fuego, las cañas se balanceaban crispadas
por el calor.
Pero
el hombre, tocado por las llamas, había vuelto en sí. Vio allá abajo a los
tigres con los ojos cárdenos alzados a él, y lo comprendió todo.
—¡Perdón,
perdóname!—aulló retorciéndose—¡Pido perdón por todo!
Nadie
contestó. El hombre se sintió entonces abandonado de Dios, y gritó con toda su
alma:
—¡Perdón,
Juan Darién!
Al
oír esto, Juan Darién alzó la cabeza y dijo fríamente:
—Aquí
no hay nadie que se llame Juan Darién. No conozco a Juan Darién. Éste es un
nombre de hombre, y aquí somos todos tigres.
Y
volviéndose a sus compañeros, como si no comprendiera, preguntó:
—¿Alguno
de ustedes se llama Juan Darién?
Pero
ya las llamas habían abrasado el castillo hasta el cielo. Y entre las agudas
luces de bengala que entrecruzaban la pared ardiente, se pudo ver allá arriba
un cuerpo negro que se quemaba humeando.
—Ya
estoy pronto, hermanos—dijo el tigre—. Pero aún me queda algo por hacer.
Y
se encaminó de nuevo al pueblo, seguido por los tigres sin que él lo notara. Se
detuvo ante un pobre y triste jardín, saltó la pared, y pasando al costado de
muchas cruces y lápidas, fue a detenerse ante un pedazo de tierra sin ningún
adorno, donde estaba enterrada la mujer a quien había llamado madre ocho años.
Se arrodilló—se arrodilló como un hombre—, y durante un rato no se oyó nada.
—¡Madre!—murmuró
por fin el tigre con profunda ternura—Tú sola supiste, entre todos los hombres,
los sagrados derechos a la vida de todos los seres del Universo, Tú sola
comprendiste que el hombre y el tigre se diferencian únicamente por el corazón.
Y tú me enseñaste a amar, a comprender, a perdonar. ¡Madre!, estoy seguro de
que me oyes. Soy tu hijo siempre, a pesar de lo que pase en adelante pero de ti
sólo. ¡Adiós, madre mía!
Y
viendo al incorporarse los ojos cárdenos de sus hermanos que lo observaban tras
la tapia, se unió otra vez a ellos.
El
viento cálido les trajo en ese momento, desde el fondo de la noche, el
estampido de un tiro.
—Es
en la selva—dijo el tigre—. Son los hombres. Están cazando, matando,
degollando.
Volviéndose
entonces hacia el pueblo que iluminaba el reflejo de la selva encendida,
exclamó:
—¡Raza
sin redención! ¡Ahora me toca a mí!
Y
retornando a la tumba en que acaba de orar, arrancóse de un manotón la venda de
la herida y escribió en la cruz con su propia sangre, en grandes caracteres,
debajo del nombre de su madre:
Y
JUAN
DARIÉN
—Ya
estamos en paz—dijo. Y enviando con sus hermanos un rugido de desafío al pueblo
aterrado, concluyó:
—Ahora,
a la selva. ¡Y tigre para siempre!
Todas las
noches, en el Grand Splendid de Santa Fe, Enid y yo asistimos a los estrenos
cinematográficos. Ni borrascas ni noches de hielo nos han impedido
introducirnos, a las diez en punto, en la tibia penumbra del teatro. Allí,
desde uno u otro palco, seguimos las historias del film con un mutismo y
un interés tales, que podrían llamar sobre nosotros la atención, de ser otras
las circunstancias en que actuamos.
Desde
uno u otro palco, he dicho; pues su ubicación nos es indiferente. Y aunque la
misma localidad llegue a faltarnos alguna noche, por estar el Splendid en
pleno, nos instalamos, mudos y atentos siempre a la representación, en un palco
cualquiera ya ocupado. No estorbamos, creo; o, por lo menos, de un modo
sensible. Desde el fondo del palco, o entre la chica del antepecho y el novio
adherido a su nuca, Enid y yo, aparte del mundo que nos rodea, somos todo ojos
hacia la pantalla. Y si en verdad alguno, con escalofríos de inquietud cuyo
origen no alcanza a comprender, vuelve a veces la cabeza para ver lo que no
puede, o siente un soplo helado que no se explica en la cálida atmósfera,
nuestra presencia de intrusos no es nunca notada; pues preciso es advertir
ahora que Enid y yo estamos muertos.
De
todas las mujeres que conocí en el mundo vivo, ninguna produjo en mí el efecto
que Enid. La impresión fue tan fuerte que la imagen y el recuerdo mismo de
todas las mujeres se borró. En mi alma se hizo de noche, donde se alzó un solo
astro imperecedero: Enid. La sola posibilidad de que sus ojos llegaran a
mirarme sin indiferencia, deteníame bruscamente el corazón . Y ante la idea de
que alguna vez podía ser mía, la mandíbula me temblaba. ¡Enid!
Tenía
ella entonces, cuando vivíamos en el mundo, la más divina belleza que la
epopeya del cine ha lanzado a miles de leguas y expuesto a la mirada fija de
los hombres. Sus ojos, sobre todo, fueron únicos; y jamás terciopelo de mirada
tuvo un marco de pestañas como los ojos de Enid; terciopelo azul, húmedo y
reposado, como la felicidad que sollozaba en ella.
La
desdicha me puso ante ella cuando ya estaba casada.
No
es ahora del caso ocultar nombres. Todos recuerdan a Duncan Wyoming, el
extraordinario actor que, comenzando su carrera al mismo tiempo que William
Hart, tuvo, como éste y a la par de éste, las mismas hondas virtudes de
interpretación viril. Hart ha dado al cine todo lo que podíamos esperar de él,
y es un astro que cae. De Wyoming, en cambio, no sabemos lo que podíamos haber
visto, cuando apenas en el comienzo de su breve y fantástica carrera creó -como
contraste con el empalagoso héroe actual—el tipo de varón rudo, áspero, feo,
negligente y cuanto se quiera, pero hombre de la cabeza a los pies, por la
sobriedad, el empuje y el carácter distintivos del sexo.
Hart
prosiguió actuando y ya lo hemos visto.
Wyoming
nos fue arrebatado en la flor de la edad, en instantes en que daba fin a dos
cintas extraordinarias, según informes de la empresa: El Páramo y Más allá
de lo que se ve. Pero el encanto—la absorción de todos los sentimientos de
un hombre—que ejerció sobre mí Enid, no tuvo sino una amargura: Wyoming, que
era su marido, era también mi mejor amigo.
Habíamos
pasado dos años sin vernos con Duncan; él, ocupado en sus trabajos de cine, y
yo en los míos de literatura. Cuando volví a hallarlo en Hollywood, ya estaba
casado.
—Aquí
tienes a mi mujer—me dijo echándomela en los brazos.
Y
a ella:
—Aprétalo
bien, porque no tendrás un amigo como Grant. Y bésalo, si quieres .
No
me besó, pero al contacto con su melena en mi cuello, sentí en el escalofrío de
todos mis nervios que jamás podría yo ser un hermano para aquella mujer.
Vivimos
dos meses juntos en el Canadá, y no es difícil comprender mi estado de alma
respecto de Enid. Pero ni en una palabra, ni en un movimiento, ni en un gesto
me vendí ante Wyoming. Sólo ella leía en mi mirada, por tranquila que fuera,
cuán profundamente la deseaba.
Amor,
deseo... Una y otra cosa eran en mí gemelas, agudas y mezcladas; porque si la
deseaba con todas las fuerzas de mi alma incorpórea, la adoraba con todo el
torrente de mi sangre substancial.
Duncan
no lo veía. ¿Cómo podía verlo?
A
la entrada del invierno regresamos a Hollywood, y Wyoming cayó entonces con el
ataque de gripe que debía costarle la vida. Dejaba a su viuda con fortuna y sin
hijos. Pero no estaba tranquilo, por la soledad en que quedaba su mujer.
—No
es la situación económica—me decía—, sino el desamparo moral. Y en este
infierno del cine...
En
el momento de morir, bajándonos a su mujer y a mí hasta la almohada, y con voz
ya difícil:
—Confíate
a Grant, Enid... Mientras lo tengas a él, no temas nada. Y tú, viejo amigo,
vela por ella. Sé su hermano...No, no prometas. Ahora puedo ya pasar al otro
lado...
Nada
de nuevo en el dolor de Enid y el mío. A los siete días regresábamos al Canadá,
a la misma choza estival que un mes antes nos había visto a los tres cenar ante
la carpa. Como entonces, Enid miraba ahora el fuego, achuchada por el sereno
glacial, mientras yo, de pie, la contemplaba. Y Duncan no estaba más.
Debo
decirlo: en la muerte de Wyoming yo no vi sino la liberación de la terrible
águila enjaulada en nuestro corazón, que es el deseo de una mujer a nuestro
lado que no se puede tocar. Yo había sido el mejor amigo de Wyoming, y mientras
él vivió, el águila no deseó su sangre; se alimentó—la alimenté— con la mía
propia. Pero entre él y yo se había levantado algo más consistente que una
sombra. Su mujer fue, mientras él vivió—y lo hubiera sido eternamente—,
intangible para mí. Pero él había muerto. No podía Wyoming exigirme el
sacrificio de la Vida en que él acaba de fracasar. Y Enid era mi vida, mi
porvenir, mi aliento y mi ansia de vivir, que nadie, ni Duncan—mi amigo íntimo,
pero muerto—, podía negarme.
Vela
por ella. . . ¡Sí, mas dándole lo que él le había restado al perder su
turno: la adoración de una vida entera consagrada a ella!
Durante
dos meses, a su lado de día y de noche, velé por ella como un hermano. Pero al
tercero caí a sus pies.
Enid
me miró inmóvil, y seguramente subieron a su memoria los últimos instantes de
Wyoming, porque me rechazó violentamente. Pero yo no quité la cabeza de su
falda.
—Te
amo, Enid—le dije—. Sin ti me muero.
—¡Tú,
Guillermo!—murmuró ella—¡Es horrible oírte decir esto!
—Todo
lo que quieras—repliqué—. Pero te amo inmensamente.
—¡Cállate,
cállate!
—Y
te he amado siempre... Ya lo sabes...
—¡No,
no sé!
—Sí,
lo sabes.
Enid
me apartaba siempre, y yo resistía con la cabeza entre sus rodillas.
—Dime
que lo sabías...
—¡No,
cállate! Estamos profanando...
—Dime
que lo sabías...
—¡Guillermo!
—Dime
solamente que sabías que siempre te he querido...
Sus
brazos se rindieron cansados, y yo levanté la cabeza. Encontré sus ojos al
instante, un solo instante, antes que Enid se doblegara a llorar sobre sus
propias rodillas.
La
dejé sola; y cuando una hora después volví a entrar, blanco de nieve, nadie
hubiera sospechado, al ver nuestro simulado y tranquilo afecto de todos los
días, que acabábamos de tender, hasta hacerlas sangrar, las cuerdas de nuestros
corazones.
Porque
en la alianza de Enid y Wyoming no había habido nunca amor. Faltóle siempre una
llamarada de insensatez, extravío, injusticia—la llama de pasión que quema la
moral entera de un hombre y abrasa a la mujer en largos sollozos de fuego—.
Enid había querido a su esposo, nada más; y lo había querido, nada más que
querido ante mí, que era la cálida sombra de su corazón, donde ardía lo que no
le llegaba de Wyoming, y donde ella sabía iba a refugiarse todo lo que de ella
no alcanzaba hasta él.
La
muerte, luego, dejando hueco que yo debía llenar con el afecto de un hermano...
¡De hermano, a ella, Enid, que era mi sola sed de dicha en el inmenso mundo!
A
los tres días de la escena que acabo de relatar regresamos a Hollywood. Y un
mes más tarde se repetía exactamente la situación: yo de nuevo a los pies de
Enid con la cabeza en sus rodillas, y ella queriendo evitarlo.
—Te
amo cada día más, Enid...
—¡Guillermo!
—Dime
que algún día me querrás.
—¡No!
—Dime
solamente que estás convencida de cuánto te amo.
—¡No!
—Dímelo.
—¡Déjame!
¿No ves que me estás haciendo sufrir de un modo horrible?
Y
al sentirme temblar mudo sobre el altar de sus rodillas, bruscamente me levantó
la cara entre las manos:
—¡Pero
déjame, te digo! ¡Déjame! ¿No ves que también te quiero con toda el alma y que
estamos cometiendo un crimen?
Cuatro
meses justos, ciento veinte días transcurridos apenas desde la muerte del
hombre que ella amó, del amigo que me había interpuesto como un velo protector
entre su mujer y un nuevo amor...
Abrevio.
Tan hondo y compenetrado fue el nuestro, que aun hoy me pregunto con asombro
qué finalidad absurda pudieron haber tenido nuestras vidas de no habernos
encontrado por bajo de los brazos de Wyoming.
Una
noche—estábamos en Nueva York—me enteré que se pasaba por fin El páramo, una
de las dos cintas de que he hablado, y cuyo estreno se esperaba con ansiedad.
Yo también tenía el más vivo interés de verla, y se lo propuse a Enid. ¿Por qué
no?
Un
largo rato nos miramos; una eternidad de silencio, durante el cual el recuerdo
galopó hacia atrás entre derrumbamiento de nieve y caras agónicas. Pero la
mirada de Enid era la vida misma, y presto entre el terciopelo húmedo de sus
ojos y los míos no medió sino la dicha convulsiva de adorarnos. ¡Y nada más!
Fuimos
al Metropole, y desde la penumbra rojiza del palco vimos aparecer, enorme y con
el rostro más blanco que la hora de morir, a Duncan Wyoming. Sentí temblar bajo
mi mano el brazo de Enid.
¡Duncan!
Sus
mismos gestos eran aquéllos. Su misma sonrisa confiada era la de sus labios.
Era su misma enérgica figura la que se deslizaba adherida a la pantalla. Y a
veinte metros de él, era su misma mujer la que estaba bajo los dedos del amigo
íntimo...
Mientras
la sala estuvo a obscuras, ni Enid ni yo pronunciamos una palabra ni dejamos un
instante de mirar. Largas lágrimas rodaban por sus mejillas, y me sonreía. Me
sonreía sin tratar de ocultarme sus lágrimas.
—Sí,
comprendo, amor mío...—murmuré, con los labios sobre el extremo de sus pieles,
que, siendo un obscuro detalle de su traje, era asimismo toda su persona
idolatrada—Comprendo, pero no nos rindamos... ¿Sí?... Así olvidaremos...
Por
toda respuesta, Enid, sonriéndome siempre, se recogió muda a mi cuello.
A
la noche siguiente volvimos. ¿Qué debíamos olvidar? La presencia del otro,
vibrante en el haz de luz que lo transportaba a la pantalla palpitante de la
vida; su inconsciencia de la situación; su confianza en la mujer y el
amigo; esto era precisamente a lo que debíamos acostumbrarnos.
Una
y otra noche, siempre atentos a los personajes, asistimos al éxito creciente de
El páramo.
La
actuación de Wyoming era sobresaliente y se desarrollaba en un drama de brutal
energía: una pequeña parte de los bosques del Canadá y el resto en la misma
Nueva York. La situación central constituíala una escena en que Wyoming, herido
en la lucha con un hombre, tiene bruscamente la revelación del amor de su mujer
por ese hombre, a quien él acaba de matar por motivos aparte de este amor.
Wyoming acababa de atarse un pañuelo a la frente. Y tendido en el diván,
jadeando aún de fatiga, asistía a la desesperación de su mujer sobre el cadáver
del amante.
Pocas
veces la revelación del derrumbe, la desolación y el odio han subido al rostro
humano con más violenta claridad que en esa circunstancia a los ojos de
Wyoming. La dirección del film había exprimido hasta la tortura aquel prodigio
de expresión, y la escena se sostenía un infinito número de segundos, cuando
uno solo bastaba para mostrar al rojo blanco la crisis de un corazón en aquel
estado.
Enid
y yo, juntos e inmóviles en la obscuridad, admirábamos como nadie al muerto
amigo, cuyas pestañas nos tocaban casi cuando Wyoming venía desde el fondo a
llenar él solo la pantalla. Y al alejarse de nuevo a la escena del conjunto, la
sala entera parecía estirarse en perspectiva. Y Enid y yo, con un ligero
vértigo por este juego, sentíamos aún el roce de los cabellos de Duncan que
habían llegado a rozarnos.
¿Por
qué continuábamos yendo al Metropole? ¿Qué desviación de nuestras conciencias
nos llevaba allá noche a noche a empapar en sangre nuestro amor inmaculado?
¿Qué presagio nos arrastraba como a sonámbulos ante una acusación alucinante
que no se dirigía a nosotros, puesto que los ojos de Wyoming estaban vueltos al
otro lado?
¿A
dónde miraban? No sé a dónde, a un palco cualquiera de nuestra izquierda. Pero
una noche noté, lo sentí en la raíz de los cabellos, que los ojos se estaban
volviendo hacia nosotros. Enid debió de notarlo también, porque sentí bajo
mi mano la honda sacudida de sus hombros.
Hay
leyes naturales, principios físicos que nos enseñan cuán fría magia es ésa de
los espectros fotográficos danzando en la pantalla, remedando hasta en los más
íntimos detalles una vida que se perdió. Esa alucinación en blanco y negro es
sólo la persistencia helada de un instante, el relieve inmutable de un segundo
vital. Más fácil nos sería ver a nuestro lado a un muerto que deja la tumba
para acompañarnos, que percibir el más leve cambio en el rostro lívido de un film.
Perfectamente.
Pero a despecho de las leyes y los principios, Wyoming nos estaba viendo. Si
para la sala, El páramo era una ficción novelesca, y Wyoming vivía
sólo por una ironía de la luz; si no era más que un frente eléctrico de lámina
sin costados ni fondo, para nosotros—Wyoming, Enid y yo—la escena filmada vivía
flagrante, pero no en la pantalla, sino en un palco, donde nuestro amor sin
culpa se transformaba en monstruosa infidelidad ante el marido vivo....
¿Farsa
del actor? ¿Odio fingido por Duncan ante aquel cuadro de El páramo?
¡No!
Allí estaba la brutal revelación; la tierna esposa y el amigo íntimo en la sala
de espectáculos, riéndose, con las cabezas juntas, de la confianza depositada
en ellos...
Pero
no nos reíamos, porque noche a noche, palco tras palco, la mirada se iba
volviendo cada vez más a nosotros.
—¡Falta
un poco aún!...—me decía yo.
—Mañana
será...—pensaba Enid.
Mientras
el Metropole ardía de luz, el mundo real de las leyes físicas se apoderaba de
nosotros y respirábamos profundamente.
Pero
en la brusca cesación de luz, que como un golpe sentíamos dolorosamente en los
nervios, el drama espectral nos cogía otra vez.
A
mil leguas de Nueva York, encajonado bajo tierra, estaba tendido sin ojos
Duncan Wyoming. Mas su sorpresa ante el frenético olvido de Enid, su ira y su
venganza estaban vivas allí, encendiendo el rastro químico de Wyoming,
moviéndose en sus ojos vivos, que acababan, por fin, de fijarse en los
nuestros.
Enid
ahogó un grito y se abrazó desesperadamente a mí.
—¡Guillermo!
—Cállate,
por favor...
—¡Es
que ahora acaba de bajar una pierna del diván!
Sentí
que la piel de la espalda se me erizaba, y miré:
Con
lentitud de fiera y los ojos clavados sobre nosotros, Wyoming se incorporaba
del diván. Enid y yo lo vimos levantarse, avanzar hacia nosotros desde el fondo
de la escena, llegar al monstruoso primer plano... Un fulgor deslumbrante nos
cegó, a tiempo que Enid lanzaba un grito.
La
cinta acababa de quemarse.
Mas,
en la sala iluminada las cabezas todas estaban vueltas hacia nosotros. Algunos
se incorporaron en el asiento a ver lo que pasaba.
—La
señora está enferma; parece una muerta—dijo alguno en la platea.
—Más muerto parece él—agreg