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Obras de Horacio Quiroga

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La Insolacin. Las Rayas. La Mancha Hiptlmica. El Vampiro. Juan Darin. El Espectro.

Agregado: 18 de JULIO de 2003 (Por Michel Mosse) | Palabras: 12803 | Votar! | Sin Votos | Sin comentarios | Agregar Comentario
Categoría: Apuntes y Monografas > Literatura >
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    Obras de Horacio Quiroga

    La Insolacin


    El cachorro Old sali por la puerta y atraves el patio con paso recto y perezoso. Se detuvo en la linde del pasto, estir al monte, entrecerrando los ojos, la nariz vibrtil, y se sent tranquilo. Vea la montona llanura del Chaco, con sus alternativas de campo y monte, monte y campo, sin ms color que el crema del pasto y el negro del monte. ste cerraba el horizonte, a doscientos metros, por tres lados de la chacra. Hacia el Oeste, el campo se ensanchaba y extenda en abra, pero que la ineludible lnea sombra enmarcaba a lo lejos.

    A esa hora temprana, el confn, ofuscante de luz a medioda, adquira reposada nitidez. No haba una nube ni un soplo de viento. Bajo la calma del cielo plateado el campo emanaba tnica frescura que traa al alma pensativa, ante la certeza de otro da de seca, melancolas de mejor compensado trabajo.

    Milk, el padre del cachorro, cruz a la vez el patio y se sent al lado de aqul, con perezoso quejido de bienestar. Ambos permanecan inmviles, pues an no haba moscas.

    Old, que miraba, haca rato a la vera del monte, observ:

    La maana es fresca.

    Milk sigui la mirada del cachorro y qued con la vista fija, parpadeando distrado. Despus de un rato dijo:

    En aquel rbol hay dos halcones.

    Volvieron la vista indiferente a un buey que pasaba y continuaron mirando por costumbre las cosas.

    Entretanto, el Oriente comenzaba a empurpurarse en abanico, y el horizonte haba perdido ya su matinal precisin. Milk cruz las patas delanteras y al hacerlo sinti un leve dolor. Mir sus dedos sin moverse, decidindose por fin a olfatearlos. El da anterior se haba sacado un pique, y en recuerdo de lo que haba sufrido lami extensamente el dedo enfermo.

    No poda caminar exclam en conclusin.

    Old no comprendi a qu se refera, Milk agreg:

    Hay muchos piques.

    Esta vez el cachorro comprendi. Y repuso por su cuenta, despus de largo rato:

    Hay muchos piques.

    Uno y otro callaron de nuevo, convencidos.

    El sol sali, y en el primer bao de su luz, las pavas del monte lanzaron al aire puro el tumultuoso trompeteo de su charanga. Los perros, dorados al sol oblicuo, entornaron los ojos, dulcificando su molicie en beato pestaeo. Poco a poco la pareja aument con la llegada de los otros compaeros: Dick, el taciturno preferido; Prince, cuyo labio superior, partido por un coat, dejaba ver los dientes, e Isond, de nombre indgena. Los cinco foxterriers, tendidos y beatos de bienestar, durmieron.

    Al cabo de una hora irguieron la cabeza; por el lado opuesto del bizarro rancho de dos pisos el inferior de barro y el alto de madera, con corredores y baranda de chalet, haban sentido los pasos de su dueo, que bajaba la escalera. Mster Jones, la toalla al hombro, se detuvo un momento en la esquina del rancho y mir el sol, alto ya. Tena an la mirada muerta y el labio pendiente tras su solitaria velada de whisky, ms prolongada que las habituales.

    Mientras se lavaba, los perros se acercaron y le olfatearon las botas, meneando con pereza el rabo. Como las fieras amaestradas, los perros conocen el menor indicio de borrachera en su amo. Alejronse con lentitud a echarse de nuevo al sol. Pero el calor creciente les hizo presto abandonar aqul, por la sombra de los corredores.

    El da avanzaba igual a los precedentes de todo ese mes: seco, lmpido, con catorce horas de sol calcinante que pareca mantener el cielo en fusin, y que en un instante resquebrajaba la tierra mojada en costras blanquecinas. Mster Jones fue a la chacra, mir el trabajo del da anterior y retorn al rancho. En toda esa maana no hizo nada. Almorz y subi a dormir la siesta.

    Los peones volvieron a las dos a la carpicin, no obstante la hora de fuego, pues los yuyos no dejaban el algodonal. Tras ellos fueron los perros, muy amigos del cultivo desde el invierno pasado, cuando aprendieron a disputar a los halcones los gusanos blancos que levantaba el arado. Cada perro se ech bajo un algodonero, acompaando con su jadeo los golpes sordos de la azada.

    Entretanto el calor creca. En el paisaje silencioso y encegueciente de sol, el aire vibraba a todos lados, daando la vista. La tierra removida exhalaba vaho de horno, que los peones soportaban sobre la cabeza, envuelta hasta las orejas en el flotante pauelo, con el mutismo de sus trabajos de chacra. Los perros cambiaban a cada rato de planta, en procura de ms fresca sombra. Tendanse a lo largo, pero la fatiga los obligaba a sentarse sobre las patas traseras, para respirar mejor.

    Reverberaba ahora adelante de ellos un pequeo pramo de greda que ni siquiera se haba intentado arar. All, el cachorro vio de pronto a Mster Jones sentado sobre un tronco, que lo miraba fijamente. Old se puso en pie meneando el rabo. Los otros levantronse tambin, pero erizados.

    Es el patrndijo el cachorro, sorprendido de la actitud de aqullos.

    No, no es lreplic Dick.

    Los cuatro perros estaban apiados gruendo sordamente, sin apartar los ojos de mster Jones, que continuaba inmvil, mirndolos. El cachorro, incrdulo, fue a avanzar, pero Prince le mostr los dientes:

    No es l, es la Muerte.

    El cachorro se eriz de miedo y retrocedi al grupo.

    Es el patrn muerto? pregunt ansiosamente. Los otros, sin responderle, rompieron a ladrar con furia, siempre en actitud temerosa. Pero mster Jones se desvaneca ya en el aire ondulante.

    Al or los ladridos, los peones haban levantado la vista, sin distinguir nada. Giraron la cabeza para ver si haba entrado algn caballo en la chacra, y se doblaron de nuevo.

    Los foxterriers volvieron al paso al rancho. El cachorro, erizado an, se adelantaba y retroceda con cortos trotes nerviosos, y supo de la experiencia de sus compaeros que cuando una cosa va a morir, aparece antes.

    Y cmo saben que se que vimos no era el patrn vivo?pregunt.

    Porque no era l le respondieron displicentes.

    Luego la Muerte, y con ella el cambio de dueo, las miserias, las patadas, estaba sobre ellos! Pasaron el resto de la tarde al lado de su patrn, sombros y alerta. A1 menor ruido gruan, sin saber hacia dnde.

    Por fin el sol se hundi tras el negro palmar del arroyo, y en la calma de la noche plateada, los perros se estacionaron alrededor del rancho, en cuyo piso alto mster Jones recomenzaba su velada de whisky. A media noche oyeron sus pasos, luego la cada de las botas en el piso de tablas, y la luz se apag. Los perros, entonces, sintieron ms el prximo cambio de dueo, y solos al pie de la casa dormida, comenzaron a llorar. Lloraban en coro, volcando sus sollozos convulsivos y secos, como masticados, en un aullido de desolacin, que la voz cazadora de Prince sostena, mientras los otros tomaban el sollozo de nuevo. El cachorro solo poda ladrar. La noche avanzaba, y los cuatro perros de edad, agrupados a la luz de la luna, el hocico extendido e hinchado de lamentosbien alimentados y acariciados por el dueo que iban a perder, continuaban llorando a lo alto su domstica miseria.

    A la maana siguiente mster Jones fue l mismo a buscar las mulas y las unci a la carpidora, trabajando hasta las nueve. No estaba satisfecho, sin embargo. Fuera de que la tierra no haba sido nunca bien rastreada, las cuchillas no tenan filo, y con el paso rpido de las mulas, la carpidora saltaba. Volvi con sta y afil sus rejas; pero un tornillo en que ya al comprar la mquina haba notado una falla, se rompi al armarla. Mand un pen al obraje prximo, recomendndole cuidara del caballo, un buen animal, pero asoleado. Alz la cabeza al sol fundente de medioda, e insisti en que no galopara ni un momento. Almorz en seguida y subi. Los perros, que en la maana no haban dejado un segundo a su patrn, se quedaron en los corredores.

    La siesta pesaba, agobiada de luz y silencio. Todo el contorno estaba brumoso por las quemazones. Alrededor del rancho la tierra blanquizca del patio, deslumbraba por el sol a plomo, pareca deformarse en trmulo hervor, que adormeca los ojos parpadeantes de los foxterriers.

    No ha aparecido msdijo Milk.

    Old, al or aparecido, levant vivamente las orejas. Incitado por la evocacin el cachorro se puso en pie y ladr, buscando a qu. A1 rato call, entregndose con sus compaeros a su defensiva cacera de moscas.

    No vino msagreg Isond.

    Haba una lagartija bajo el raignrecord por primera vez Prince.

    Una gallina, el pico abierto y las alas apartadas del cuerpo, cruz el patio incandescente con su pesado trote de calor. Prince la sigui perezosamente con la vista y salt de golpe.

    Viene otra vez! grit.

    Por el norte del patio avanzaba solo el caballo en que haba ido el pen. Los perros se arquearon sobre las patas, ladrando con furia a la Muerte, que se acercaba. El caballo caminaba con la cabeza baja, aparentemente indeciso sobre el rumbo que deba seguir. Al pasar frente al rancho dio unos cuantos pasos en direccin al pozo, y se desvaneci progresivamente en la cruda luz.

    Mster Jones baj; no tena sueo. Disponase a proseguir el montaje de la carpidora, cuando vio llegar inesperadamente al pen a caballo. A pesar de su orden, tena que haber galopado para volver a esa hora. Apenas libre y concluida su misin, el pobre caballo, en cuyos ijares era imposible contar los latidos, tembl agachando la cabeza, y cay de costado. Mster Jones mand a la chacra, todava de sombrero y rebenque, al pen para no echarlo si continuaba oyendo sus jesusticas disculpas.

    Pero los perros estaban contentos. La Muerte, que buscaba a su patrn, se haba conformado con el caballo. Sentanse alegres, libres de preocupacin, y en consecuencia disponanse a ir a la chacra tras el pen, cuando oyeron a mster Jones que le gritaba pidindole el tornillo. No haba tornillo: el almacn estaba cerrado, el encargado dorma, etc. Mster Jones, sin replicar, descolg su casco y sali l mismo en busca del utensilio. Resista el sol como un pen, y el paseo era maravilloso contra su mal humor.

    Los perros salieron con l, pero se detuvieron a la sombra del primer algarrobo; haca demasiado calor. Desde all, firmes en las patas, el ceo contrado y atento, vean alejarse a su patrn. Al fin el temor a la soledad pudo ms, y con agobiado trote siguieron tras l.

    Mster Jones obtuvo su tornillo y volvi. Para acortar distancia, desde luego, evitando la polvorienta curva del camino, march en lnea recta a su chacra. Lleg al riacho y se intern en el pajonal, el diluviano pajonal del Saladito, que ha crecido, secado y retoado desde que hay paja en el mundo, sin conocer fuego. Las matas, arqueadas en bveda a la altura del pecho, se entrelazan en bloques macizos. La tarea de cruzarlo, sera ya con da fresco, era muy dura a esa ,hora. Mster Jones lo atraves, sin embargo, braceando entre la paja restallante y polvorienta por el barro que dejaban las crecientes, ahogado de fatiga y acres vahos de nitrato.

    Sali por fin y se detuvo en la linde; pero era imposible permanecer quieto bajo ese sol y ese cansancio. March de nuevo. Al calor quemante que creca sin cesar desde tres das atrs, agregbase ahora el sofocamiento del tiempo descompuesto. El cielo estaba blanco y no se senta un soplo de viento. El aire faltaba, con angustia cardaca, que no permita concluir la respiracin.

    Mster Jones adquiri el convencimiento de que haba traspasado su lmite de resistencia. Desde haca rato le golpeaba en los odos el latido de las cartidas. Sentase en el aire, como si de dentro de la cabeza le empujaran el crneo hacia arriba. Se mareaba mirando el pasto. Apresur la marcha para acabar con eso de una vez... Y de pronto volvi en s y se hall en distinto paraje: haba caminado media cuadra sin darse cuenta de nada. Mir atrs, y la cabeza se le fue en un nuevo vrtigo.

    Entretanto, los perros seguan tras l, trotando con toda la lengua de fuera. A veces, asfixiados, detenanse en la sombra de un espartillo; se sentaban, precipitando su jadeo, para volver en seguida al tormento del sol. A1 fin, como la casa estaba ya prxima, apuraron el trote.

    Fue en ese momento cuando Old, que iba adelante, vio tras el alambrado de la chacra a mster Jones, vestido de blanco, que caminaba hacia ellos. El cachorro, con sbito recuerdo, volvi la cabeza a su patrn, y confront.

    La Muerte, la Muerte!aull.

    Los otros lo haban visto tambin, y ladraban erizados, y por un instante creyeron que se iba a equivocar; pero al llegar a cien metros se detuvo, mir el grupo con sus ojos celestes, y march adelante.

    Que no camine ligero el patrn! exclam Prince.

    Va a tropezar con l!aullaron todos.

    En efecto, el otro, tras breve hesitacin, haba avanzado, pero no directamente sobre ellos como antes, sino en lnea oblicua y en apariencia errnea, pero que deba llevarlo justo al encuentro de mster Jones. Los perros comprendieron que esta vez todo conclua, porque su patrn continuaba caminando a igual paso como un autmata, sin darse cuenta de nada. El otro llegaba ya. Los perros hundieron el rabo y corrieron de costado, aullando. Pas un segundo, y el encuentro se produjo. Mster Jones se detuvo, gir sobre s mismo y se desplom.

    Los peones, que lo vieron caer, lo llevaron a prisa al rancho, pero fue intil toda el agua; muri sin volver en s. Mster Moore, su hermano materno, fue all desde Buenos Aires, estuvo una hora en la chacra, y en cuatro das liquid todo, volvindose en seguida al Sur. Los indios se repartieron los perros, que vivieron en adelante flacos y sarnosos, e iban todas las noches con hambriento sigilo a robar espigas de maz en las chacras ajenas.

    Las Rayas


    ..."En resumen, yo creo que las palabras valen tanto, materialmente, como la propia cosa significada, y son capaces de crearla por simple razn de eufona. Se precisar un estado especial; es posible. Pero algo que yo he visto me ha hecho pensar en el peligro de que dos cosas distintas tengan el mismo nombre."

    Como se ve, pocas veces es dado or teoras tan maravillosas como la anterior. Lo curioso es que quien la expona no era un viejo y sutil filsofo versado en la escolstica, sino un hombre espinado desde muchacho en los negocios, que trabajaba en Laboulaye acopiando granos. Con su promesa de contarnos la cosa, sorbimos rpidamente el caf, nos sentamos de costado en la silla para or largo rato, y fijamos los ojos en el de Crdoba.

    Les contar la historiacomenz el hombreporque es el mejor modo de darse cuenta. Como ustedes saben, hace mucho que estoy en Laboulaye. Mi socio corretea todo el ao por las colonias y yo, bastante intil para eso, atiendo ms bien la barraca. Supondrn que durante ocho meses, por lo menos, mi quehacer no es mayor en el escritorio, y dos empleados uno conmigo en los libros y otro en la venta nos bastan y sobran. Dado nuestro radio de accin, ni el Mayor ni el Diario son engorrosos. Nos ha quedado, sin embargo, una vigilancia enfermiza de los libros como si aquella cosa lgubre pudiera repetirse. Los libros!... En fin, hace cuatro aos de la aventura y nuestros dos empleados fueron los protagonistas.

    El vendedor era un muchacho correntino, bajo y de pelo cortado al rape, que usaba siempre botines amarillos. El otro, encargado de los libros, era un hombre hecho ya, muy flaco y de cara color paja. Creo que nunca lo vi rerse, mudo y contrado en su Mayor con estricta prolijidad de rayas y tinta colorada. Se llamaba Figueroa; era de Catamarca.

    Ambos, comenzando por salir juntos, trabaron estrecha amistad, y como ninguno tena familia en Laboulaye, haban alquilado un casern con sombros corredores de bveda, obra de un escribano que muri loco all.

    Los dos primeros aos no tuvimos la menor queja de nuestros hombres. Poco despus comenzaron, cada uno a su modo, a cambiar de modo de ser.

    El vendedorse llamaba Toms Aquinolleg cierta maana a la barraca con una verbosidad exuberante. Hablaba y rea sin cesar, buscando constantemente no s qu en los bolsillos. As estuvo dos das. Al tercero cay con un fuerte ataque de gripe; pero volvi despus de almorzar, inesperadamente curado. Esa misma tarde, Figueroa tuvo que retirarse con desesperantes estornudos preliminares que lo haban invadido de golpe. Pero todo pas en horas, a pesar de los sntomas dramticos. Poco despus se repiti lo mismo, y as, por un mes: la charla delirante de Aquino, los estornudos de Figueroa, y cada dos das un fulminante y frustrado ataque de gripe.

    Esto era lo curioso. Les aconsej que se hicieran examinar atentamente, pues no se poda seguir as. Por suerte todo pas, regresando ambos a la antigua y tranquila normalidad, el vendedor entre las tablas, y Figueroa con su pluma gtica.

    Esto era en diciembre. El 14 de enero, al hojear de noche los libros, y con toda la sorpresa que imaginarn, vi que la ltima pgina del Mayor estaba cruzada en todos sentidos de rayas. Apenas lleg Figueroa a la maana siguiente, le pregunt qu demonio eran esas rayas. Me mir sorprendido, mir su obra, y se disculp murmurando.

    No fue slo esto. Al otro da Aquino entreg el Diario, y en vez de las anotaciones de orden no haba ms que rayas: toda la pgina llena de rayas en todas direcciones. La cosa ya era fuerte; les habl malhumorado, rogndoles muy seriamente que no se repitieran esas gracias. Me miraron atentos pestaeando rpidamente, pero se retiraron sin decir una palabra.

    Desde entonces comenzaron a enflaquecer visiblemente. Cambiaron el modo de peinarse, echndose el pelo atrs. Su amistad haba recrudecido; trataban de estar todo el da juntos, pero no hablaban nunca entre ellos.

    As varios das, hasta que una tarde hall a Figueroa doblado sobre la mesa, rayando el libro de Caja. Ya haba rayado todo el Mayor, hoja por hoja; todas las pginas llenas de rayas, rayas en el cartn, en el cuero, en el metal, todo con rayas.

    Lo despedimos en seguida; que continuara sus estupideces en otra parte. Llam a Aquino y tambin lo desped. Al recorrer la barraca no vi ms que rayas en todas partes: tablas rayadas, planchuelas rayadas, barricas rayadas. Hasta una mancha de alquitrn en el suelo, rayada...

    No haba duda; estaban completamente locos, una terrible obsesin de rayas que con esa precipitacin productiva quin sabe a dnde los iba a llevar.

    Efectivamente, dos das despus vino a verme el dueo de la Fonda Italiana donde aquellos coman. Muy preocupado, me pregunt si no saba qu se haban hecho Figueroa y Aquino; ya no iban a su casa.

    Estarn en casa de ellosle dije.

    La puerta est cerrada y no respondenme contest mirndome.

    Se habrn ido!arg sin embargo.

    Noreplic en voz baja. Anoche, durante la tormenta, se han odo gritos que salan de adentro.

    Esta vez me cosquille la espalda y nos miramos un momento.

    Salimos apresuradamente y llevamos la denuncia. En el trayecto al casern la fila se engros, y al llegar a aqul, chapaleando en el agua, ramos ms de quince. Ya empezaba a oscurecer. Como nadie responda, echamos la puerta abajo y entramos. Recorrimos la casa en vano; no haba nadie. Pero el piso, las puertas, las paredes, los muebles, el techo mismo, todo estaba rayado: una irradiacin delirante de rayas en todo sentido.

    Ya no era posible ms; haban llegado a un terrible frenes de rayar, rayar a toda costa, como si las ms intimas clulas de sus vidas estuvieran sacudidas por esa obsesin de rayar. Aun en el patio mojado las rayas se cruzaban vertiginosamente, apretndose de tal modo al fin, que pareca ya haber hecho explosin la locura.

    Terminaban en el albaal. Y doblndonos, vimos en el agua fangosa dos rayas negras que se revolvan pesadamente.

    La Mancha Hiptlmica


    Qu tiene esa pared?

    Levant tambin la vista y mir. No haba nada. La pared estaba lisa, fra y totalmente blanca. Slo arriba, cerca del techo, estaba oscurecida por falta de luz.

    Otro a su vez alz los ojos y los mantuvo un momento inmviles y bien abiertos, como cuando se desea decir algo que no se acierta a expresar.

    P... pared? formul al rato.

    Esto s; torpeza y sonambulismo de las ideas, cunto es posible.

    No es nadacontest. Es la mancha hiptlmica.

    Mancha?

    . . . hiptlmica. La mancha hiptlmica. ste es mi dormitorio. Mi mujer dorma de aquel lado... Qu dolor de cabeza!... Bueno. Estbamos casados desde haca siete meses y anteayer muri. No es esto?... Es la mancha hiptlmica. Una noche mi mujer se despert sobresaltada.

    Qu dices? le pregunt inquieto.

    Qu sueo ms raro! me respondi, angustiada an.

    Qu era?

    No s, tampoco... S que era un drama; un asunto de drama... Una cosa oscura y honda... Qu lstima!

    Trata de acordarte, por Dios!la inst, vivamente interesado. Ustedes me conocen como hombre de teatro. . .

    Mi mujer hizo un esfuerzo.

    No puedo. . . No me acuerdo ms que del ttulo: La mancha tele... hita... hiptlmica! Y la cara atada con un pauelo blanco.

    Qu? . . .

    Un pauelo blanco en la cara... La mancha hiptlmica

    Raro! murmur, sin detenerme un segundo ms a pensar en aquello.

    Pero das despus mi mujer sali una maana del dormitorio con la cara atada. Apenas la vi, record bruscamente y vi en sus ojos que ella tambin se haba acordado. Ambos soltamos la carcajada.

    Si... s! se reia. En cuanto me puse el pauelo, me acord...

    Un diente? ..

    No s; creo que s...

    Durante el da bromeamos an con aquello, y de noche mientras mi mujer se desnudaba, le grit de pronto desde el comedor:

    A que no...

    S! La mancha hiptlmica! me contest riendo. Me ech a rer a mi vez, y durante quince das vivimos en plena locura de amor.

    Despus de este lapso de aturdimiento sobrevino un perodo de amorosa inquietud, el sordo y mutuo acecho de un disgusto que no llegaba y que se ahog por fin en explosiones de radiante y furioso amor.

    Una tarde, tres o cuatro horas despus de almorzar, mi mujer, no encontrndome, entr en su cuarto y qued sorprendida al ver los postigos cerrados. Me vio en la cama, extendido como un muerto.

    Federico!grit corriendo a mi.

    No contest una palabra, ni me mov. Y era ella, mi mujer! Entienden ustedes?

    Djame! me desas con rabia, volvindome a la pared.

    Durante un rato no o nada. Despus, s: los sollozos de mi mujer, el pauelo hundido hasta la mitad en la boca.

    Esa noche cenamos en silencio. No nos dijimos una palabra, hasta que a las diez mi mujer me sorprendi en cuclillas delante del ropero, doblando con extremo cuidado, y pliegue por pliegue, un pauelo blanco.

    Pero desgraciado! exclam desesperada, alzndome la cabeza. Qu haces!

    Era ella, mi mujer! Le devolv el abrazo, en plena e ntima boca.

    Qu haca? le respond. Buscaba una explicacin justa a lo que nos est pasando.

    Federieo... amor mo... murmur.

    Y la ola de locura nos envolvi de nuevo.

    Desde el comedor o que ellaaqu mismose desvesta. Y aull con amor:

    A que no?...

    Hiptlmica, hiptlmica! respondi riendo y desnudndose a toda prisa.

    Cuando entr, me sorprendi el silencio considerable de este dormitorio. Me acerqu sin hacer ruido y mir. Mi mujer estaba acostada, el rostro completamente hinchado y blanco. Tena atada la cara con un pauelo.

    Corr suavemente la colcha sobre la sbana, me acost en el borde de la cama, y cruc las manos bajo la nuca.

    No haba aqu ni un crujido de ropa ni, una trepidacin lejana. Nada. La llama de la vela ascenda como aspirada por el inmenso silencio.

    Pasaron horas y horas. Las paredes, blancas y fras, se oscurecan progresivamente hacia el techo... Qu es eso? No s...

    Y alc de nuevo los ojos. Los otros hicieron lo mismo y los mantuvieron en la pared por dos o tres siglos. Al fin los sent pesadamente fijos en m.

    Usted nunca ha estado en el manicomio? me dijo uno.

    No que yo sepa. ..respond.

    Y en presidio?

    Tampoco, hasta ahora...

    Pues tenga cuidado, porque va a concluir en uno u otro.

    Es posible. . . perfectamente posible...repuse procurando dominar mi confusin de ideas.

    Salieron.

    Estoy seguro de que han ido a denunciarme, y acabo de tenderme en el divn: como el dolor de cabeza contina, me he atado la cara con un pauelo blanco

    El Vampiro


    Sdijo el abogado Rhode. Yo tuve esa causa. Es un caso, bastante raro por aqu, de vampirismo. Rogelio Castelar, un hombre hasta entonces normal fuera de algunas fantasas, fue sorprendido una noche en el cementerio arrastrando el cadver recin enterrado de una mujer. El individuo tena las manos destrozadas porque haba removido un metro cbico de tierra con las uas. En el borde de la fosa yacan los restos del atad, recin quemado. Y como complemento macabro, un gato, sin duda forastero, yaca por all con los riones rotos. Como ven, nada faltaba al cuadro.

    En la primera entrevista con el hombre vi que tena que habrmelas con un fnebre loco. Al principio se obstin en no responderme, aunque sin dejar un instante de asentir con la cabeza a mis razonamientos. Por fin pareci hallar en m al hombre digno de orle. La boca le temblaba por la ansiedad de comunicarse.

    Ah! Usted me entiende!exclam, fijando en m sus ojos de fiebre. Y continu con un vrtigo de que apenas puede dar idea lo que recuerdo:

    A usted le dir todo! S! Qu cmo fue eso del ga... de la gata? Yo! Solamente yo!

    igame: Cuando yo llegu.. . all, mi mujer...

    Dnde all?le interrump.

    All... La gata o no? Entonces?... Cuando yo llegu mi mujer corri como una loca a abrazarme. Y en seguida se desmay. Todos se precipitaron entonces sobre m, mirndome con ojos de locos.

    Mi casa! Se haba quemado, derrumbado, hundido con todo lo que tena dentro! sa, sa era mi casa! Pero ella no, mi mujer ma!

    Entonces un miserable devorado por la locura me sacudi el hombro, gritndome:

    Qu hace? Conteste!

    Y yo le contest:

    Es mi mujer! Mi mujer ma que se ha salvado!

    Entonces se levant un clamor:

    No es ella! sa no es!

    Sent que mis ojos, al bajarse a mirar lo que yo tena entre mis brazos, queran saltarse de las rbitas No era sa Mara, la Mara de m, y desmayada? Un golpe de sangre me encendi los ojos y de mis brazos cay una mujer que no era Mara. Entonces salt sobre una barrica y domin a todos los trabajadores. Y grit con la voz ronca:

    Por qu! Por qu!

    Ni uno solo estaba peinado porque el viento les echaba a todos el pelo de costado. Y los ojos de fuera mirndome.

    Entonces comenc a or de todas partes:

    Muri.

    Muri aplastada.

    Muri.

    Grit.

    Grit una sola vez.

    Yo sent que gritaba.

    Yo tambin.

    Muri.

    La mujer de l muri aplastada.

    Por todos los santos!grit yo entonces retorcindome las manos. Salvmosla, compaeros! Es un deber nuestro salvarla!

    Y corrimos todos. Todos corrimos con silenciosa furia a los escombros. Los ladrillos volaban, los marcos caan desescuadrados y la remocin avanzaba a saltos.

    A las cuatro yo solo trabajaba. No me quedaba una ua sana, ni en mis dedos haba otra cosa que escarbar. Pero en mi pecho! Angustia y furor de tremebunda desgracia que temblaste en mi pecho al buscar a mi Mara!

    No quedaba sino el piano por remover. Haba all un silencio de epidemia, una enagua cada y ratas muertas. Bajo el piano tumbado, sobre el piso granate de sangre y carbn, estaba aplastada la sirvienta.

    Yo la saqu al patio, donde no quedaban sino cuatro paredes silenciosas, viscosas de alquitrn y agua. El suelo resbaladizo reflejaba el cielo oscuro. Entonces cog a la sirvienta y comenc a arrastrarla alrededor del patio.

    Eran mos esos pasos. Y qu pasos! Un paso, otro paso otro paso!

    En el hueco de una puertacarbn y agujero, nada msestaba acurrucada la gata de casa, que haba escapado al desastre, aunque estropeada. La cuarta vez que la sirvienta y yo pasamos frente a ella, la gata lanz un aullido de clera.

    Ah! No era yo, entonces?, grit desesperado. No fui yo el que busc entre los escombros, la ruina y la mortaja de los marcos, un solo pedazo de mi Mara!

    La sexta vez que pasamos delante de la gata, el animal se eriz. La sptima vez se levant, llevando a la rastra las patas de atrs. Y nos sigui entonces as, esforzndose por mojar la lengua en el pelo engrasado de la sirvienta de ella, de Mara, no maldito rebuscador de cadveres!

    Rebuscador de cadveres!repet yo mirndolo. Pero entonces eso fue en el cementerio!

    El vampiro se aplast entonces el pelo mientras me miraba con sus inmensos ojos de loco.

    Conque sabas entonces! articul. Conque todos lo saben y me dejan hablar una hora! Ah! rugi en un sollozo echando la cabeza atrs y deslizndose por la pared hasta caer sentado: Pero quin me dice al miserable yo, aqu, por qu en mi casa me arranqu las uas para no salvar del alquitrn ni el pelo colgante de mi Mara!

    No necesitaba ms, como ustedes comprenden concluy el abogado, para orientarme totalmente respecto del individuo. Fue internado en seguida. Hace ya dos aos de esto, y anoche ha salido, perfectamente curado. . .

    Anoche? exclam un hombre joven de riguroso luto. Y de noche se da de alta a los locos?

    Por qu no? El individuo est curado, tan sano como usted y como yo. Por lo dems, si reincide, lo que es de regla en estos vampiros, a estas horas debe de estar ya en funciones. Pero estos no son asuntos mos. Buenas noches, seores.

    Juan Darin


    Aqu se cuenta la historia de un tigre que se cri y educ entre los hombres, y que se llamaba Juan Darin. Asisti cuatro aos a la escuela vestido de pantaln y camisa, y dio sus lecciones correctamente, aunque era un tigre de las selvas; pero esto se debe a que su figura era de hombre, conforme se narra en las siguientes lneas.

    Una vez, a principio de otoo, la viruela visit un pueblo de un pas lejano y mat a muchas personas. Los hermanos perdieron a sus hermanitas, y las criaturas que comenzaban a caminar quedaron sin padre ni madre. Las madres perdieron a su vez a sus hijos, y una pobre mujer joven y viuda llev ella misma a enterrar a su hijito, lo nico que tena en este mundo . Cuando volvi a su casa, se qued sentada pensando en su chiquillo. Y murmuraba:

    Dios deba haber tenido ms compasin de m, y me ha llevado a mi hijo. En el cielo podr haber ngeles, pero mi hijo no los conoce. Y a quien l conoce bien es a m, pobre hijo mo!

    Y miraba a lo lejos, pues estaba sentada en el fondo de su casa, frente a un portoncito donde se vea la selva.

    Ahora bien; en la selva haba muchos animales feroces que rugan al caer la noche y al amanecer. Y la pobre mujer, que continuaba sentada, alcanz a ver en la oscuridad una cosa chiquita y vacilante que entraba por la puerta, como un gatito que apenas tuviera fuerzas para caminar. La mujer se agach y levant en las manos un tigrecito de pocos das, pues an tena los ojos cerrados. Y cuando el msero cachorro sinti contacto de las manos, runrune de contento, porque ya no estaba solo. La madre tuvo largo rato suspendido en el aire aquel pequeo enemigo de los hombres, a aquella fiera indefensa que tan fcil le hubiera sido exterminar. Pero qued pensativa ante el desvalido cachorro que vena quin sabe de dnde y cuya madre con seguridad haba muerto. Sin pensar bien en lo que haca llev al cachorrito a su seno y lo rode con sus grandes manos. Y el tigrecito, al sentir el calor del pecho, busc postura cmoda, runrune tranquilo y se durmi con la garganta adherida al seno maternal.

    La mujer, pensativa siempre, entr en la casa. Y en el resto de la noche, al or los gemidos de hambre del cachorrito, y al ver cmo buscaba su seno con los ojos cerrados, sinti en su corazn herido que, ante la suprema ley del Universo, una vida equivale a otra vida...

    Y dio de mamar al tigrecito.

    El cachorro estaba salvado, y la madre haba hallado un inmenso consuelo. Tan grande su consuelo, que vio con terror el momento en que aqul le sera arrebatado, porque si se llegaba a saber en el pueblo que ella amamantaba a un ser salvaje, mataran con seguridad a la pequea fiera. Qu hacer? El cachorro, suave y cariosopues jugaba con ella sobre su pecho era ahora su propio hijo.

    En estas circunstancias, un hombre que una noche de lluvia pasaba corriendo ante la casa de la mujer oy un gemido speroel ronco gemido de las fieras que, an recin nacidas, sobresaltan al ser humano. El hombre se detuvo bruscamente, y mientras buscaba a tientas el revlver, golpe la puerta. La madre, que haba odo los pasos, corri loca de angustia a ocultar el tigrecito en el jardn. Pero su buena suerte quiso que al abrir la puerta del fondo se hallara ante una mansa, vieja y sabia serpiente que le cerraba el paso. La desgraciada mujer iba a gritar de terror, cuando la serpiente habl as:

    Nada temas, mujerle dijo. Tu corazn de madre te ha permitido salvar una vida del Universo, donde todas las vidas tienen el mismo valor. Pero los hombres no te comprendern, y querrn matar a tu nuevo hijo. Nada temas, ve tranquila. Desde este momento tu hijo tiene forma humana; nunca lo reconocern. Forma su corazn, ensale a ser bueno como t, y l no sabr jams que no es hombre. A menos... a menos que una madre de entre los hombres lo acuse; a menos que una madre no le exija que devuelva con su sangre lo que t has dado por l, tu hijo ser siempre digno de ti . Ve tranquila, madre, y apresrate, que el hombre va a echar la puerta abajo.

    Y la madre crey a la serpiente, porque en todas las religiones de los hombres la serpiente conoce el misterio de las vidas que pueblan los mundos. Fue, pues, corriendo a abrir la puerta, y el hombre, furioso, entr con el revlver en la mano y busc por todas partes sin hallar nada. Cuando sali, la mujer abri, temblando, el rebozo bajo el cual ocultaba al tigrecito sobre su seno, y en su lugar vio a un nio que dorma tranquilo. Traspasada de dicha, llor largo rato en silencio sobre su salvaje hijo hecho hombre; lgrimas de gratitud que doce aos ms tarde ese mismo hijo deba pagar con sangre sobre su tumba.

    Pas el tiempo. El nuevo nio necesitaba un nombre: se le puso Juan Darin. Necesitaba alimentos, ropa, calzado: se le dot de todo, para lo cual la madre trabajaba da y noche. Ella era an muy joven, y podra haberse vuelto a casar, si hubiera querido; pero le bastaba el amor entraable de su hijo, amor que ella devolva con todo su corazn.

    Juan Darin era, efectivamente, digno de ser querido: noble, bueno y generoso como nadie. Por su madre, en particular, tena una veneracin profunda. No menta jams. Acaso por ser un ser salvaje en el fondo de su naturaleza? Es posible; pues no se sabe an qu influencia puede tener en un animal recin nacido la pureza de un alma bebida con la leche en el seno de una santa mujer.

    Tal era Juan Darin. E iba a la escuela con los chicos de su edad, los que se burlaban a menudo de l, a causa de su pelo spero y su timidez. Juan Darin no era muy inteligente; pero compensaba esto con su gran amor al estudio.

    As las cosas, cuando la criatura iba a cumplir diez aos, su madre muri. Juan Darin sufri lo que no es decible, hasta que el tiempo apacigu su pena. Pero fue en adelante un muchacho triste, que slo deseaba instruirse.

    Algo debemos confesar ahora: a Juan Darin no se le amaba en el pueblo. La gente de los pueblos encerrados en la selva no gustan de los muchachos demasiado generosos y que estudian con toda el alma. Era, adems, el primer alumno de la escuela. Y este conjunto precipit el desenlace con un acontecimiento que dio razn a la profeca de la serpiente.

    Aprontbase el pueblo a celebrar una gran fiesta, y de la ciudad distante haban mandado fuegos artificiales. En la escuela se dio un repaso general a los chicos, pues un inspector deba venir a observar las clases. Cuando el inspector lleg, el maestro hizo dar la leccin al primero de todos: a Juan Darin. Juan Darin era el alumno ms aventajado; pero con la emocin del caso, tartamude y la lengua se le trab con un sonido extrao. El inspector observ al alumno un largo rato, y habl en seguida en voz baja con el maestro.

    Quin es ese muchacho?le preguntDe dnde ha salido?

    Se llama Juan Darinrespondi el maestro y lo cri una mujer que ya ha muerto; pero nadie sabe de dnde ha venido.

    Es extrao, muy extrao...murmur el inspector, observando el pelo spero y el reflejo verdoso que tenan los ojos de Juan Darin cuando estaba en la sombra.

    El inspector saba que en el mundo hay cosas mucho ms extraas que las que nadie puede inventar, y saba al mismo tiempo que con preguntas a Juan Darin nunca podra averiguar si el alumno haba sido antes lo que l tema: esto es, un animal salvaje. Pero as como hay hombres que en estados especiales recuerdan cosas que les han pasado a sus abuelos, as era tambin posible que, bajo una sugestin hipntica, Juan Darin recordara su vida de bestia salvaje. Y los chicos que lean esto y no sepan de qu se habla, pueden preguntarlo a las personas grandes.

    Por lo cual el inspector subi a la tarima y habl as:

    Bien, nio. Deseo ahora que uno de ustedes nos describa la selva. Ustedes se han criado casi en ella y la conocen bien. Cmo es la selva? Qu pasa en ella? Esto es lo que quiero saber. Vamos a ver, taadi dirigindose a un alumno cualquiera. Sube a la tarima y cuntanos lo que hayas visto.

    El chico subi, y aunque estaba asustado, habl un rato. Dijo que en el bosque hay rboles gigantes, enredaderas y florecillas. Cuando concluy, pas otro chico a la tarima, despus otro. Y aunque todos conocan bien la selva, respondieron lo mismo, porque los chicos y muchos hombres no cuentan lo que

    ven, sino lo que han ledo sobre lo mismo que acaban de ver. Y al fin el inspector dijo:

    Ahora le toca al alumno Juan Darin.

    Juan Darin dijo ms o menos lo que los otros. Pero el inspector, ponindole la mano sobre el hombro exclam:

    No, no. Quiero que t recuerdes bien lo que has visto. Cierra los ojos.

    Juan Darin cerr los ojos.

    Bienprosigui el inspector. Dime lo que ves en la selva.

    Juan Darin, siempre con los ojos cerrados, demor un instante en contestar.

    No veo nadadijo al fin.

    Pronto vas a ver. Figurmonos que son las tres de la maana, poco antes del amanecer. Hemos concluido de comer, por ejemplo... estamos en la selva, en la oscuridad... Delante de nosotros hay un arroyo... Qu ves?

    Juan Darin pas otro momento en silencio. Y en la clase y en el bosque prximo haba tambin un gran silencio. De pronto Juan Darin se estremeci, y con voz lenta, como si soara, dijo:

    Veo las piedras que pasan y las ramas que se doblan. .. Y el suelo. .. Y veo las hojas secas que se quedan aplastadas sobre las piedras...

    Un momento!le interrumpe el inspectorLas piedras y las hojas que pasan, a qu altura las ves?

    El inspector preguntaba esto porque si Juan Darin estaba "viendo" efectivamente lo que l haca en la selva cuando era animal salvaje e iba a beber despus de haber comido, vera tambin que las piedras que encuentra un tigre o una pantera que se acercan muy agachados al ro pasan a la altura de los ojos. Y repiti:

    A qu altura ves las piedras?

    Y Juan Darin, siempre con los ojos cerrados, respondi:

    Pasan sobre el suelo. . . Rozan las orejas. . . Y las hojas sueltas se mueven con el aliento... Y siento la humedad del barro en...

    La voz de Juan Darin se cort.

    En dnde?pregunt con voz firme el inspectorDnde sientes la humedad del agua?

    En los bigotes!dijo con voz ronca Juan Darin, abriendo los ojos espantado.

    Comenzaba el crepsculo, y por la ventana se vea cerca la selva ya lbrega.

    Los alumnos no comprendieron lo terrible de aquella evocacin; pero tampoco se rieron de esos extraordinarios bigotes de Juan Darin, que no tena bigote alguno. Y no se rieron, porque el rostro de la criatura estaba plido y ansioso.

    La clase haba concluido. El inspector no era un mal hombre; pero, como todos los hombres que viven muy cerca de la selva, odiaba ciegamente a los tigres; por lo cual dijo en voz baja al maestro:

    Es preciso matar a Juan Darin. Es una fiera del bosque, posiblemente un tigre. Debemos matarlo, porque si no, l, tarde o temprano, nos matar a todos. Hasta ahora su maldad de fiera no ha despertado; pero explotar un da u otro, y entonces nos devorar a todos, puesto que le permitimos vivir con nosotros. Debemos, pues, matarlo. La dificultad est en que no podemos hacerlo mientras tenga forma humana, porque no podremos probar ante todos que es un tigre. Parece un hombre, y con los hombres hay que proceder con cuidado. Yo s que en la ciudad hay un domador de fieras. Llammoslo, y l hallar modo de que Juan Darin vuelva a su cuerpo de tigre. Y aunque no pueda convertirlo en tigre, las gentes nos creern y podremos echarlo a la selva. Llamemos en seguida al domador, antes que Juan Darin se escape.

    Pero Juan Darin pensaba en todo menos en escaparse, porque no se daba cuenta de nada. Cmo poda creer que l no era hombre, cuando jams haba sentido otra cosa que amor a todos, y ni siquiera tena odio a los animales dainos?

    Mas las voces fueron corriendo de boca en boca, y Juan Darin comenz a sufrir sus efectos. No le respondan una palabra, se apartaban vivamente a su paso, y lo seguan desde lejos de noche.

    Qu tendr? Por qu son as conmigo?se preguntaba Juan Darin.

    Y ya no solamente huan de l, sino que los muchachos le gritaban:

    Fuera de aqu! Vulvete donde has venido! Fuera!

    Los grandes tambin, las personas mayores, no estaban menos enfurecidas que los muchachos. Quin sabe qu llega a pasar si la misma tarde de la fiesta no hubiera llegado por fin el ansiado domador de fieras. Juan Darin estaba en su casa preparndose la pobre sopa que tomaba, cuando oy la gritera de las gentes que avanzaban precipitadas hacia su casa. Apenas tuvo tiempo de salir a ver qu era: Se apoderaron de l, arrastrndolo hasta la casa del domador.

    Aqu est!gritaban, sacudindoloEs ste! Es un tigre! No queremos saber nada con tigres! Qutele su figura de hombre y lo mataremos!

    Y los muchachos, sus condiscpulos a quienes ms quera, y las mismas personas viejas, gritaban:

    Es un tigre! Juan Darin nos va a devorar! Muera Juan Darin!

    Juan Darin protestaba y lloraba porque los golpes llovan sobre l, y era una criatura de doce aos. Pero en ese momento la gente se apart, y el domador, con grandes botas de charol, levita roja y un ltigo en la mano, surgi ante Juan Darin. E1 domador lo mir fijamente, y apret con fuerza el puo del ltigo.

    Ah!exclamTe reconozco bien! A todos puedes engaar, menos a m! Te estoy viendo, hijo de tigres! Bajo tu camisa estoy viendo las rayas del tigre! Fuera la camisa, y traigan los perros cazadores! Veremos ahora si los perros te reconocen como hombre o como tigre!

    En un segundo arrancaron toda la ropa a Juan Darin y lo arrojaron dentro de la jaula para fieras.

    Suelten los perros, pronto!grit el domadorY encomindate a los dioses de tu selva, Juan Darin!

    Y cuatro feroces perros cazadores de tigres fueron lanzados dentro de la jaula.

    El domador hizo esto porque los perros reconocen siempre el olor del tigre; y en cuanto olfatearan a Juan Darin sin ropa, lo haran pedazos, pues podran ver con sus ojos de perros cazadores las rayas de tigre ocultas bajo la piel de hombre.

    Pero los perros no vieron otra cosa en Juan Darin que el muchacho bueno que quera hasta a los mismos animales dainos. Y movan apacibles la cola al olerlo

    Devralo! Es un tigre! Toca! Toca'gritaban a los perrosY los perros ladraban y saltaban enloquecidos por la jaula, sin saber a qu atacar.

    La prueba no haba dado resultado.

    Muy bien!exclam entonces el domadorEstos son perros bastardos, de casta de tigre. No le reconocen. Pero yo te reconozco, Juan Darin, y ahora nos vamos a ver nosotros.

    Y as diciendo entr l en la jaula y levant el ltigo.

    Tigre!gritEsts ante un hombre, y t eres un tigre! All estoy viendo, bajo tu piel robada de hombre, las rayas de tigre! Muestra las rayas!

    Y cruz el cuerpo de Juan Darin de un feroz latigazo. La pobre criatura desnuda lanz un alarido de dolor, mientras las gentes, enfurecidas, repetan.

    Muestra las rayas de tigre!

    Durante un rato prosigui el atroz suplicio; y no deseo que los nios que me oyen vean martirizar de este modo a ser alguno.

    Por favor! Me muero!clamaba Juan Darin.

    Muestra las rayas!le respondan.

    Por fin el suplicio concluy. En el fondo de la jaula arrinconado, aniquilado en un rincn, slo quedaba su cuerpecito sangriento de nio, que haba sido Juan Darin. Viva an, y an poda caminar cuando se le sac de all; pero lleno de tales sufrimientos como nadie los sentir nunca.

    Lo sacaron de la jaula, y empujndolo por el medio de la calle, lo echaban del pueblo. Iba cayndose a cada momento, y detrs de l los muchachos, las mujeres y los hombres maduros, empujndolo.

    Fuera de aqu, Juan Darin! Vulvete a la selva, hijo de tigre y corazn de tigre! Fuera, Juan Darin!

    Y los que estaban lejos y no podan pegarle, le tiraban piedras.

    Juan Darin cay del todo, por fin, tendiendo en busca de apoyo sus pobres manos de nio. Y su cruel destino quiso que una mujer, que estaba parada a la puerta de su casa sosteniendo en los brazos a una inocente criatura, interpretara mal ese ademn de splica.

    Me ha querido robar a mi hijo!grit la mujerHa tendido las manos para matarlo! Es un tigre! Matmosle en seguida, antes que l mate a nuestros hijos!

    As dijo la mujer. Y de este modo se cumpla la profeca de la serpiente: Juan Darin morira cuando una madre de los hombres le exigiera la vida y el corazn de hombre que otra madre le haba dado con su pecho.

    No era necesaria otra acusacin para decidir a las gentes enfurecidas. Y veinte brazos con piedras en la mano se levantaban ya para aplastar a Juan Darin cuando el domador orden desde atrs con voz ronca:

    Marqumoslo con rayas de fuego! Quemmoslo en los fuegos artificiales!

    Ya comenzaba a oscurecer, y cuando llegaron a la plaza era noche cerrada. En la plaza haban levantado un castillo de fuegos de artificio, con ruedas, coronas y luces de bengala. Ataron en lo alto del centro a Juan Darin, y prendieron la mecha desde un extremo. El hilo de fuego corri velozmente subiendo y bajando, y encendi el castillo entero. Y entre las estrellas fijas y las ruedas gigantes de todos colores, se vio all arriba a Juan Darin sacrificado.

    Es tu ltimo da de hombre, Juan Darin! clamaban todosMuestra las rayas!

    Perdn, perdn!gritaba la criatura, retorcindose entre las chispas y las nubes de humo. Las ruedas amarillas, rojas y verdes giraban vertiginosamente, unas a la derecha y otras a la izquierda. Los chorros de fuego tangente trazaban grandes circunferencias; y en el medio, quemado por los regueros de chispas que le cruzaban el cuerpo, se retorca Juan Darin.

    Muestra las rayas!rugan an de abajo.

    No, perdn! Yo soy hombre!tuvo an tiempo de clamar la infeliz criatura. Y tras un nuevo surco de fuego, se pudo ver que su cuerpo se sacuda convulsivamente; que sus gemidos adquiran un timbre profundo y ronco, y que su cuerpo cambiaba poco a poco de forma. Y la muchedumbre, con un grito salvaje de triunfo, pudo ver surgir por fin, bajo la piel del hombre, las rayas negras, paralelas y fatales del tigre.

    La atroz obra de crueldad se haba cumplido; haban conseguido lo que queran. En vez de la criatura inocente de toda culpa, all arriba no haba sino un cuerpo de tigre que agonizaba rugiendo.

    Las luces de bengala se iban tambin apagando. Un ltimo chorro de chispas con que mora una rueda alcanz la soga atada a las muecas (no: a las patas del tigre, pues Juan Darin haba concluido), y el cuerpo cay pesadamente al suelo. Las gentes lo arrastraron hasta la linde del bosque, abandonndolo all para que los chacales devoraran su cadver y su corazn de fiera.

    Pero el tigre no haba muerto. Con la frescura nocturna volvi en s, y arrastrndose presa de horribles tormentos se intern en la selva. Durante un mes entero no abandon su guarida en lo ms tupido del bosque, esperando con sombra paciencia de fiera que sus heridas curaran. Todas cicatrizaron por fin, menos una, una profunda quemadura en el costado, que no cerraba, y que el tigre vend con grandes hojas.

    Porque haba conservado de su forma recin perdida tres cosas: el recuerdo vivo del pasado, la habilidad de sus manos, que manejaba como un hombre, y el lenguaje. Pero en el resto, absolutamente en todo, era una fiera, que no se distingua en lo ms mnimo de los otros tigres.

    Cuando se sinti por fin curado, pas la voz a los dems tigres de la selva para que esa misma noche se reunieran delante del gran caaveral que lindaba con los cultivos. Y al entrar la noche se encamin silenciosamente al pueblo. Trep a un rbol de los alrededores y esper largo tiempo inmvil. Vio pasar bajo l sin inquietarse a mirar siquiera, pobres mujeres y labradores fatigados, de aspecto miserable; hasta que al fin vio avanzar por el camino a un hombre de grandes botas y levita roja.

    El tigre no movi una sola ramita al recogerse para saltar. Salt sobre el domador; de una manotada lo derrib desmayado, y cogindolo entre los dientes por la cintura, lo llev sin hacerle dao hasta el juncal.

    All, al pie de las inmensas caas que se alzaban invisibles, estaban los tigres de la selva movindose en la oscuridad, y sus ojos brillaban como luces que van de un lado para otro. El hombre prosegua desmayado. El tigre dijo entonces:

    Hermanos: Yo viv doce aos entre los hombres, como un hombre mismo. Y yo soy un tigre. Tal vez pueda con mi proceder borrar ms tarde esta mancha. Hermanos: esta noche rompo el ltimo lazo que me liga al pasado.

    Y despus de hablar as, recogi en la boca al hombre, que prosegua desmayado, y trep con l a lo ms alto del caaveral, donde lo dej atado entre dos bambes. Luego prendi fuego a las hojas secas del suelo, y pronto una llamarada crujiente ascendi. Los tigres retrocedan espantados ante el fuego. Pero el tigre les dijo: "Paz, hermanos!", y aqullos se apaciguaron, sentndose de vientre con las patas cruzadas a mirar.

    El juncal arda como un inmenso castillo de artificio. Las caas estallaban como bombas, y sus gases se cruzaban en agudas flechas de color. Las llamaradas ascendan en bruscas y sordas bocanadas, dejando bajo ella lvidos huecos; y en la cspide, donde an no llegaba el fuego, las caas se balanceaban crispadas por el calor.

    Pero el hombre, tocado por las llamas, haba vuelto en s. Vio all abajo a los tigres con los ojos crdenos alzados a l, y lo comprendi todo.

    Perdn, perdname!aull retorcindosePido perdn por todo!

    Nadie contest. El hombre se sinti entonces abandonado de Dios, y grit con toda su alma:

    Perdn, Juan Darin!

    Al or esto, Juan Darin alz la cabeza y dijo framente:

    Aqu no hay nadie que se llame Juan Darin. No conozco a Juan Darin. ste es un nombre de hombre, y aqu somos todos tigres.

    Y volvindose a sus compaeros, como si no comprendiera, pregunt:

    Alguno de ustedes se llama Juan Darin?

    Pero ya las llamas haban abrasado el castillo hasta el cielo. Y entre las agudas luces de bengala que entrecruzaban la pared ardiente, se pudo ver all arriba un cuerpo negro que se quemaba humeando.

    Ya estoy pronto, hermanosdijo el tigre. Pero an me queda algo por hacer.

    Y se encamin de nuevo al pueblo, seguido por los tigres sin que l lo notara. Se detuvo ante un pobre y triste jardn, salt la pared, y pasando al costado de muchas cruces y lpidas, fue a detenerse ante un pedazo de tierra sin ningn adorno, donde estaba enterrada la mujer a quien haba llamado madre ocho aos. Se arrodillse arrodill como un hombre, y durante un rato no se oy nada.

    Madre!murmur por fin el tigre con profunda ternuraT sola supiste, entre todos los hombres, los sagrados derechos a la vida de todos los seres del Universo, T sola comprendiste que el hombre y el tigre se diferencian nicamente por el corazn. Y t me enseaste a amar, a comprender, a perdonar. Madre!, estoy seguro de que me oyes. Soy tu hijo siempre, a pesar de lo que pase en adelante pero de ti slo. Adis, madre ma!

    Y viendo al incorporarse los ojos crdenos de sus hermanos que lo observaban tras la tapia, se uni otra vez a ellos.

    El viento clido les trajo en ese momento, desde el fondo de la noche, el estampido de un tiro.

    Es en la selvadijo el tigre. Son los hombres. Estn cazando, matando, degollando.

    Volvindose entonces hacia el pueblo que iluminaba el reflejo de la selva encendida, exclam:

    Raza sin redencin! Ahora me toca a m!

    Y retornando a la tumba en que acaba de orar, arrancse de un manotn la venda de la herida y escribi en la cruz con su propia sangre, en grandes caracteres, debajo del nombre de su madre:

    Y

    JUAN DARIN

    Ya estamos en pazdijo. Y enviando con sus hermanos un rugido de desafo al pueblo aterrado, concluy:

    Ahora, a la selva. Y tigre para siempre!

    El Espectro


    Todas las noches, en el Grand Splendid de Santa Fe, Enid y yo asistimos a los estrenos cinematogrficos. Ni borrascas ni noches de hielo nos han impedido introducirnos, a las diez en punto, en la tibia penumbra del teatro. All, desde uno u otro palco, seguimos las historias del film con un mutismo y un inters tales, que podran llamar sobre nosotros la atencin, de ser otras las circunstancias en que actuamos.

    Desde uno u otro palco, he dicho; pues su ubicacin nos es indiferente. Y aunque la misma localidad llegue a faltarnos alguna noche, por estar el Splendid en pleno, nos instalamos, mudos y atentos siempre a la representacin, en un palco cualquiera ya ocupado. No estorbamos, creo; o, por lo menos, de un modo sensible. Desde el fondo del palco, o entre la chica del antepecho y el novio adherido a su nuca, Enid y yo, aparte del mundo que nos rodea, somos todo ojos hacia la pantalla. Y si en verdad alguno, con escalofros de inquietud cuyo origen no alcanza a comprender, vuelve a veces la cabeza para ver lo que no puede, o siente un soplo helado que no se explica en la clida atmsfera, nuestra presencia de intrusos no es nunca notada; pues preciso es advertir ahora que Enid y yo estamos muertos.

    De todas las mujeres que conoc en el mundo vivo, ninguna produjo en m el efecto que Enid. La impresin fue tan fuerte que la imagen y el recuerdo mismo de todas las mujeres se borr. En mi alma se hizo de noche, donde se alz un solo astro imperecedero: Enid. La sola posibilidad de que sus ojos llegaran a mirarme sin indiferencia, detename bruscamente el corazn . Y ante la idea de que alguna vez poda ser ma, la mandbula me temblaba. Enid!

    Tena ella entonces, cuando vivamos en el mundo, la ms divina belleza que la epopeya del cine ha lanzado a miles de leguas y expuesto a la mirada fija de los hombres. Sus ojos, sobre todo, fueron nicos; y jams terciopelo de mirada tuvo un marco de pestaas como los ojos de Enid; terciopelo azul, hmedo y reposado, como la felicidad que sollozaba en ella.

    La desdicha me puso ante ella cuando ya estaba casada.

    No es ahora del caso ocultar nombres. Todos recuerdan a Duncan Wyoming, el extraordinario actor que, comenzando su carrera al mismo tiempo que William Hart, tuvo, como ste y a la par de ste, las mismas hondas virtudes de interpretacin viril. Hart ha dado al cine todo lo que podamos esperar de l, y es un astro que cae. De Wyoming, en cambio, no sabemos lo que podamos haber visto, cuando apenas en el comienzo de su breve y fantstica carrera cre -como contraste con el empalagoso hroe actualel tipo de varn rudo, spero, feo, negligente y cuanto se quiera, pero hombre de la cabeza a los pies, por la sobriedad, el empuje y el carcter distintivos del sexo.

    Hart prosigui actuando y ya lo hemos visto.

    Wyoming nos fue arrebatado en la flor de la edad, en instantes en que daba fin a dos cintas extraordinarias, segn informes de la empresa: El Pramo y Ms all de lo que se ve. Pero el encantola absorcin de todos los sentimientos de un hombreque ejerci sobre m Enid, no tuvo sino una amargura: Wyoming, que era su marido, era tambin mi mejor amigo.

    Habamos pasado dos aos sin vernos con Duncan; l, ocupado en sus trabajos de cine, y yo en los mos de literatura. Cuando volv a hallarlo en Hollywood, ya estaba casado.

    Aqu tienes a mi mujerme dijo echndomela en los brazos.

    Y a ella:

    Aprtalo bien, porque no tendrs un amigo como Grant. Y bsalo, si quieres .

    No me bes, pero al contacto con su melena en mi cuello, sent en el escalofro de todos mis nervios que jams podra yo ser un hermano para aquella mujer.

    Vivimos dos meses juntos en el Canad, y no es difcil comprender mi estado de alma respecto de Enid. Pero ni en una palabra, ni en un movimiento, ni en un gesto me vend ante Wyoming. Slo ella lea en mi mirada, por tranquila que fuera, cun profundamente la deseaba.

    Amor, deseo... Una y otra cosa eran en m gemelas, agudas y mezcladas; porque si la deseaba con todas las fuerzas de mi alma incorprea, la adoraba con todo el torrente de mi sangre substancial.

    Duncan no lo vea. Cmo poda verlo?

    A la entrada del invierno regresamos a Hollywood, y Wyoming cay entonces con el ataque de gripe que deba costarle la vida. Dejaba a su viuda con fortuna y sin hijos. Pero no estaba tranquilo, por la soledad en que quedaba su mujer.

    No es la situacin econmicame deca, sino el desamparo moral. Y en este infierno del cine...

    En el momento de morir, bajndonos a su mujer y a m hasta la almohada, y con voz ya difcil:

    Confate a Grant, Enid... Mientras lo tengas a l, no temas nada. Y t, viejo amigo, vela por ella. S su hermano...No, no prometas. Ahora puedo ya pasar al otro lado...

    Nada de nuevo en el dolor de Enid y el mo. A los siete das regresbamos al Canad, a la misma choza estival que un mes antes nos haba visto a los tres cenar ante la carpa. Como entonces, Enid miraba ahora el fuego, achuchada por el sereno glacial, mientras yo, de pie, la contemplaba. Y Duncan no estaba ms.

    Debo decirlo: en la muerte de Wyoming yo no vi sino la liberacin de la terrible guila enjaulada en nuestro corazn, que es el deseo de una mujer a nuestro lado que no se puede tocar. Yo haba sido el mejor amigo de Wyoming, y mientras l vivi, el guila no dese su sangre; se alimentla aliment con la ma propia. Pero entre l y yo se haba levantado algo ms consistente que una sombra. Su mujer fue, mientras l viviy lo hubiera sido eternamente, intangible para m. Pero l haba muerto. No poda Wyoming exigirme el sacrificio de la Vida en que l acaba de fracasar. Y Enid era mi vida, mi porvenir, mi aliento y mi ansia de vivir, que nadie, ni Duncanmi amigo ntimo, pero muerto, poda negarme.

    Vela por ella. . . S, mas dndole lo que l le haba restado al perder su turno: la adoracin de una vida entera consagrada a ella!

    Durante dos meses, a su lado de da y de noche, vel por ella como un hermano. Pero al tercero ca a sus pies.

    Enid me mir inmvil, y seguramente subieron a su memoria los ltimos instantes de Wyoming, porque me rechaz violentamente. Pero yo no quit la cabeza de su falda.

    Te amo, Enidle dije. Sin ti me muero.

    T, Guillermo!murmur ellaEs horrible orte decir esto!

    Todo lo que quierasrepliqu. Pero te amo inmensamente.

    Cllate, cllate!

    Y te he amado siempre... Ya lo sabes...

    No, no s!

    S, lo sabes.

    Enid me apartaba siempre, y yo resista con la cabeza entre sus rodillas.

    Dime que lo sabas...

    No, cllate! Estamos profanando...

    Dime que lo sabas...

    Guillermo!

    Dime solamente que sabas que siempre te he querido...

    Sus brazos se rindieron cansados, y yo levant la cabeza. Encontr sus ojos al instante, un solo instante, antes que Enid se doblegara a llorar sobre sus propias rodillas.

    La dej sola; y cuando una hora despus volv a entrar, blanco de nieve, nadie hubiera sospechado, al ver nuestro simulado y tranquilo afecto de todos los das, que acabbamos de tender, hasta hacerlas sangrar, las cuerdas de nuestros corazones.

    Porque en la alianza de Enid y Wyoming no haba habido nunca amor. Faltle siempre una llamarada de insensatez, extravo, injusticiala llama de pasin que quema la moral entera de un hombre y abrasa a la mujer en largos sollozos de fuego. Enid haba querido a su esposo, nada ms; y lo haba querido, nada ms que querido ante m, que era la clida sombra de su corazn, donde arda lo que no le llegaba de Wyoming, y donde ella saba iba a refugiarse todo lo que de ella no alcanzaba hasta l.

    La muerte, luego, dejando hueco que yo deba llenar con el afecto de un hermano... De hermano, a ella, Enid, que era mi sola sed de dicha en el inmenso mundo!

    A los tres das de la escena que acabo de relatar regresamos a Hollywood. Y un mes ms tarde se repeta exactamente la situacin: yo de nuevo a los pies de Enid con la cabeza en sus rodillas, y ella queriendo evitarlo.

    Te amo cada da ms, Enid...

    Guillermo!

    Dime que algn da me querrs.

    No!

    Dime solamente que ests convencida de cunto te amo.

    No!

    Dmelo.

    Djame! No ves que me ests haciendo sufrir de un modo horrible?

    Y al sentirme temblar mudo sobre el altar de sus rodillas, bruscamente me levant la cara entre las manos:

    Pero djame, te digo! Djame! No ves que tambin te quiero con toda el alma y que estamos cometiendo un crimen?

    Cuatro meses justos, ciento veinte das transcurridos apenas desde la muerte del hombre que ella am, del amigo que me haba interpuesto como un velo protector entre su mujer y un nuevo amor...

    Abrevio. Tan hondo y compenetrado fue el nuestro, que aun hoy me pregunto con asombro qu finalidad absurda pudieron haber tenido nuestras vidas de no habernos encontrado por bajo de los brazos de Wyoming.

    Una nocheestbamos en Nueva Yorkme enter que se pasaba por fin El pramo, una de las dos cintas de que he hablado, y cuyo estreno se esperaba con ansiedad. Yo tambin tena el ms vivo inters de verla, y se lo propuse a Enid. Por qu no?

    Un largo rato nos miramos; una eternidad de silencio, durante el cual el recuerdo galop hacia atrs entre derrumbamiento de nieve y caras agnicas. Pero la mirada de Enid era la vida misma, y presto entre el terciopelo hmedo de sus ojos y los mos no medi sino la dicha convulsiva de adorarnos. Y nada ms!

    Fuimos al Metropole, y desde la penumbra rojiza del palco vimos aparecer, enorme y con el rostro ms blanco que la hora de morir, a Duncan Wyoming. Sent temblar bajo mi mano el brazo de Enid.

    Duncan!

    Sus mismos gestos eran aqullos. Su misma sonrisa confiada era la de sus labios. Era su misma enrgica figura la que se deslizaba adherida a la pantalla. Y a veinte metros de l, era su misma mujer la que estaba bajo los dedos del amigo ntimo...

    Mientras la sala estuvo a obscuras, ni Enid ni yo pronunciamos una palabra ni dejamos un instante de mirar. Largas lgrimas rodaban por sus mejillas, y me sonrea. Me sonrea sin tratar de ocultarme sus lgrimas.

    S, comprendo, amor mo...murmur, con los labios sobre el extremo de sus pieles, que, siendo un obscuro detalle de su traje, era asimismo toda su persona idolatradaComprendo, pero no nos rindamos... S?... As olvidaremos...

    Por toda respuesta, Enid, sonrindome siempre, se recogi muda a mi cuello.

    A la noche siguiente volvimos. Qu debamos olvidar? La presencia del otro, vibrante en el haz de luz que lo transportaba a la pantalla palpitante de la vida; su inconsciencia de la situacin; su confianza en la mujer y el amigo; esto era precisamente a lo que debamos acostumbrarnos.

    Una y otra noche, siempre atentos a los personajes, asistimos al xito creciente de El pramo.

    La actuacin de Wyoming era sobresaliente y se desarrollaba en un drama de brutal energa: una pequea parte de los bosques del Canad y el resto en la misma Nueva York. La situacin central constituala una escena en que Wyoming, herido en la lucha con un hombre, tiene bruscamente la revelacin del amor de su mujer por ese hombre, a quien l acaba de matar por motivos aparte de este amor. Wyoming acababa de atarse un pauelo a la frente. Y tendido en el divn, jadeando an de fatiga, asista a la desesperacin de su mujer sobre el cadver del amante.

    Pocas veces la revelacin del derrumbe, la desolacin y el odio han subido al rostro humano con ms violenta claridad que en esa circunstancia a los ojos de Wyoming. La direccin del film haba exprimido hasta la tortura aquel prodigio de expresin, y la escena se sostena un infinito nmero de segundos, cuando uno solo bastaba para mostrar al rojo blanco la crisis de un corazn en aquel estado.

    Enid y yo, juntos e inmviles en la obscuridad, admirbamos como nadie al muerto amigo, cuyas pestaas nos tocaban casi cuando Wyoming vena desde el fondo a llenar l solo la pantalla. Y al alejarse de nuevo a la escena del conjunto, la sala entera pareca estirarse en perspectiva. Y Enid y yo, con un ligero vrtigo por este juego, sentamos an el roce de los cabellos de Duncan que haban llegado a rozarnos.

    Por qu continubamos yendo al Metropole? Qu desviacin de nuestras conciencias nos llevaba all noche a noche a empapar en sangre nuestro amor inmaculado? Qu presagio nos arrastraba como a sonmbulos ante una acusacin alucinante que no se diriga a nosotros, puesto que los ojos de Wyoming estaban vueltos al otro lado?

    A dnde miraban? No s a dnde, a un palco cualquiera de nuestra izquierda. Pero una noche not, lo sent en la raz de los cabellos, que los ojos se estaban volviendo hacia nosotros. Enid debi de notarlo tambin, porque sent bajo mi mano la honda sacudida de sus hombros.

    Hay leyes naturales, principios fsicos que nos ensean cun fra magia es sa de los espectros fotogrficos danzando en la pantalla, remedando hasta en los ms ntimos detalles una vida que se perdi. Esa alucinacin en blanco y negro es slo la persistencia helada de un instante, el relieve inmutable de un segundo vital. Ms fcil nos sera ver a nuestro lado a un muerto que deja la tumba para acompaarnos, que percibir el ms leve cambio en el rostro lvido de un film.

    Perfectamente. Pero a despecho de las leyes y los principios, Wyoming nos estaba viendo. Si para la sala, El pramo era una ficcin novelesca, y Wyoming viva slo por una irona de la luz; si no era ms que un frente elctrico de lmina sin costados ni fondo, para nosotrosWyoming, Enid y yola escena filmada viva flagrante, pero no en la pantalla, sino en un palco, donde nuestro amor sin culpa se transformaba en monstruosa infidelidad ante el marido vivo....

    Farsa del actor? Odio fingido por Duncan ante aquel cuadro de El pramo?

    No! All estaba la brutal revelacin; la tierna esposa y el amigo ntimo en la sala de espectculos, rindose, con las cabezas juntas, de la confianza depositada en ellos...

    Pero no nos reamos, porque noche a noche, palco tras palco, la mirada se iba volviendo cada vez ms a nosotros.

    Falta un poco an!...me deca yo.

    Maana ser...pensaba Enid.

    Mientras el Metropole arda de luz, el mundo real de las leyes fsicas se apoderaba de nosotros y respirbamos profundamente.

    Pero en la brusca cesacin de luz, que como un golpe sentamos dolorosamente en los nervios, el drama espectral nos coga otra vez.

    A mil leguas de Nueva York, encajonado bajo tierra, estaba tendido sin ojos Duncan Wyoming. Mas su sorpresa ante el frentico olvido de Enid, su ira y su venganza estaban vivas all, encendiendo el rastro qumico de Wyoming, movindose en sus ojos vivos, que acababan, por fin, de fijarse en los nuestros.

    Enid ahog un grito y se abraz desesperadamente a m.

    Guillermo!

    Cllate, por favor...

    Es que ahora acaba de bajar una pierna del divn!

    Sent que la piel de la espalda se me erizaba, y mir:

    Con lentitud de fiera y los ojos clavados sobre nosotros, Wyoming se incorporaba del divn. Enid y yo lo vimos levantarse, avanzar hacia nosotros desde el fondo de la escena, llegar al monstruoso primer plano... Un fulgor deslumbrante nos ceg, a tiempo que Enid lanzaba un grito.

    La cinta acababa de quemarse.

    Mas, en la sala iluminada las cabezas todas estaban vueltas hacia nosotros. Algunos se incorporaron en el asiento a ver lo que pasaba.

    La seora est enferma; parece una muertadijo alguno en la platea.

    Ms muerto parece lagreg otro.

    Qu ms? Nada, sino que en todo el da siguiente Enid y yo no nos vimos. nicamente al mirarnos por primera vez de noche para dirigirnos al Metropole, Enid tena ya en sus pupilas profundas la tiniebla del ms all, y yo tena un revlver en el bolsillo.

    No s si alguno en la sala reconoci en nosotros a los enfermos de la noche anterior. La luz se apag, se encendi y torn a apagarse, sin que lograra reposarse una sola idea normal en el cerebro de Guillermo Grant, y sin que los dedos crispados de este hombre abandonaran un instante el gatillo.

    Yo fui toda la vida dueo de m. Lo fui hasta la noche anterior, cuando contra toda justicia un fro espectro que desempeaba su funcin fotogrfica de todos los das cri dedos estranguladores para dirigirse a un palco a terminar el film.

    Como en la noche anterior, nadie notaba en la pantalla algo anormal, y es evidente que Wyoming continuaba jadeante adherido al divn. Pero Enid Enid entre mis brazos!tena la cara vuelta a la luz, pronta para gritar... Cuando Wyoming se incorpor por fin!

    Yo lo vi adelantarse, crecer, llegar al borde mismo de la pantalla, sin apartar la mirada de la ma. Lo vi desprenderse, venir hacia nosotros en el haz de luz; venir en el aire por sobre las cabezas de la platea, alzndose, llegar hasta nosotros con la cabeza vendada. Lo vi extender las zarpas de sus dedos... a tiempo que Enid lanzaba un horrible alarido, de esos en que con una cuerda vocal se ha rasgado la razn entera, e hice fuego.

    No puedo decir qu pas en el primer instante. Pero en pos de los primeros momentos de confusin y de humo, me vi con el cuerpo colgado fuera del antepecho, muerto.

    Desde el instante en que Wyoming se haba incorporado en el divn, dirig el can del revlver a su cabeza. Lo recuerdo con toda nitidez. Y era yo quien haba recibido la bala en la sien.

    Estoy completamente seguro de que quise dirigir el arma contra Duncan. Solamente que, creyendo apuntar al asesino, en realidad apuntaba contra m mismo. Fue un error, una simple equivocacin, nada ms; pero que me cost la vida.

    Tres das despus Enid quedaba a su vez desalojada de este mundo. Y aqu concluye nuestro idilio.

    Pero no ha concluido an. No son suficientes un tiro y un espectro para desvanecer un amor como el nuestro. Ms all de la muerte, de la vida y de sus rencores, Enid y yo nos hemos encontrado. Invisibles dentro del mundo vivo, Enid y yo estamos siempre juntos, esperando el anuncio de otro estreno cinematogrfico .

    Hemos recorrido el mundo. Todo es posible esperar menos que el ms leve incidente de un film pase inadvertido a nuestros ojos. No hemos vuelto a ver ms El pramo. La actuacin de Wyoming en l no puede ya depararnos sorpresas, fuera de las que tan dolorosamente pagamos.

    Ahora nuestra esperanza est puesta en Ms all de lo que se ve. Desde hace siete aos la empresa filmadora anuncia su estreno y hace siete aos que Enid y yo esperamos. Duncan es su protagonista; pero no estaremos ms en el palco, por lo menos en las condiciones en que fuimos vencidos. En las presentes circunstancias, Duncan puede cometer un error que nos permita entrar de nuevo en el mundo visible, del mismo modo que nuestras personas vivas, hace siete aos, le permitieron animar la helada lmina de su film.

    Enid y yo ocupamos ahora, en la niebla invisible de lo incorpreo, el sitio privilegiado de acecho que fue toda la fuerza de Wyoming en el drama anterior. Si sus celos persisten todava, si se equivoca al vernos y hace en la tumba el menor movimiento hacia afuera, nosotros nos aprovecharemos. La cortina que separa la vida de la muerte no se ha descorrido nicamente en su favor, y el camino est entreabierto. Entre la Nada que ha disuelto lo que fue Wyoming, y su elctrica resurreccin, queda un espacio vaco. Al ms leve movimiento que efecte el actor, apenas se desprenda de la pantalla, Enid y yo nos deslizaremos como por una fisura en el tenebroso corredor. Pero no seguiremos el camino hacia el sepulcro de Wyoming; iremos hacia la Vida, entraremos en ella de nuevo. Y es el mundo clido del que estamos expulsados, el amor tangible y vibrante de cada sentido humano, lo que nos espera entonces a Enid y a m.

    Dentro de un mes o de un ao, ella llegar. Slo nos inquieta la posibilidad de que Ms all de lo que se ve se estrene bajo otro nombre, como es costumbre en esta ciudad. Para evitarlo, no perdemos un estreno. Noche a noche entramos a las diez en punto en el Gran Splendid, donde nos instalamos en un palco vaco o ya ocupado, indiferentemente.


     
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