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Más sobre este recurso: Catalogado en base de datos como: Obras de Miguel Ángel Asturias: "Guatemala", de Leyendas de Guatemala (1930). Leyenda de la Tatuana. Leyendas del Sombrerón. Agregado: 18 de JULIO de 2003 (Por Michel Mosse) | Palabras: 5885 | Votar! | Sin Votos | Sin comentarios | Agregar Comentario Categoría: Apuntes y Monografías > Literatura > |
Obras de Miguel Ángel Asturias
A mi madre que me contaba cuentos
La carreta llega al pueblo rodando un paso hoy y otro mañana. En el apeadero, donde se encuentran la calle y el camino, está la
primera tienda. Sus dueños son viejos, tienen güegüecho, han visto espantos, andarines y aparecidos, cuentan milagros y cierran la puerta
cuando pasan los húngaros: esos que roban niños, comen caballo, hablan con el
diablo y huyen de Dios.
La calle se hunde como la hoja de una espada quebrada en el puño de la plaza. La plaza no es grande. La estrecha el
marco de sus portales viejos, muy nobles y muy viejos. Las familias principales
viven en ella y en las calles contiguas, tienen amistad con el obispo y el
alcalde y no se relacionan con los artesanos, salvo, el día del apóstol Santiago, cuando, por sabido se calla, las
señoritas sirven el chocolate de los pobres en el Palacio Episcopal.
En verano, la arboleda se borra entre las hojas amarillas, los paisajes aparecen
desnudos, con claridad de vino viejo, y en invierno, el río crece y
se lleva el puente.
Como se cuenta en las historias que ahora nadie cree - ni las abuelas ni los
niños -, esta ciudad fue construida sobre ciudades enterradas en el centro de
América. Para unir las piedras de sus muros la mezcla se amasó con leche. Para señalar su primera huella se
enterraron envoltorios de tres dieces de plumas y tres dieces de cañutos de oro en polvo junto a la yerba-mala, atestigua un recio cronicón de linajes; en un palo podrido, saben otros, o bien bajo rimeros de leña o en la montaña de la que surgen fuentes.
Existe la creencia de que los árboles respiran el aliento de las personas que
habitan las ciudades enterradas, y por eso, costumbre legendaria y familiar, a
su sombra se aconsejan los que tienen que resolver casos de conciencia, los
enamorados alivian su pena, se orientan los romeros perdidos del camino y
reciben inspiración los poetas.2
Los árboles hechizan la ciudad entera. La tela delgadísima del sueño se puebla
de sombras que la hacen temblar. Ronda por Casa-Mata la Tatuana. El Sombrerón recorre los portales de un extremo a otro; salta,
rueda, es Satanás de hule. Y asoma por las vegas el Cadejo, que roba mozas de
trenzas largas y hace ñudos en las crines de los caballos. Empero, ni una pestaña se
mueve en el fondo de la ciudad dormida, ni nada pasa realmente en la carne de
las cosas sensibles.
El aliento de los árboles aleja las montañas, donde el camino ondula como hilo
de humo. Oscurece, sobrenadan naranjas, se percibe el menor eco, tan honda
repercusión tiene en el paisaje dormido una hoja que cae o un pájaro que canta,
y despierta en el alma el Cuco de los Sueños.
El Cuco de los Sueños hace ver una ciudad muy grande - pensamiento claro que
todos llevamos dentro -, cien veces más grande que esta ciudad de casas
pintaditas en medio de la Rosca de San Blas. Es una ciudad formada de ciudades
enterradas, superpuestas, como los pisos de una casa de altos. Piso sobre piso.
Ciudad sobre ciudad. ¡Libro de estampas viejas, empastado en piedra con páginas
de oro de Indias, de pergaminos españoles y de papel republicano! ¡Cofre que
encierra las figuras heladas de una quimera muerta, el oro de las minas y el
tesoro de los cabellos blancos de la luna guardados en sortijas de plata!
Dentro de esta ciudad de altos se conservan intactas las ciudades antiguas. Por
las escaleras suben imágenes de sueño sin dejar huella, sin hacer ruido. De
puerta en puerta van cambiando los siglos. En la luz de las ventanas parpadean
las sombras. Los fantasmas son las palabras de la eternidad. El Cuco de los
Sueños va hilando los cuentos.
En la ciudad de Palenque3, sobre el cielo juvenil, se recortan las terrazas
bañadas por el sol, simétricas, sólidas y simples, y sobre los bajorrelieves de
los muros, poco cincelados a pesar de su talladura, los pinos delinean sus
figuras ingenuas. Dos princesas juegan alrededor de una jaula de burriones, y un viejo de barba niquelada sigue la estrella tutelar diciendo augurios. Las princesas juegan. Los burriones
vuelan. El viejo predice. Y como en los cuentos, tres días duran los burriones,
tres días duran las princesas.
En la ciudad de Copán4, el Rey pasea sus venados de piel de
plata por los jardines de Palacio. Adorna el real hombro la enjoyada pluma del nahual. Lleva en el pecho conchas de embrujar, tejidas sobre
hilos de oro. Guardan sus antebrazos brazaletes de caña tan pulida que puede
competir con el marfil más fino. Y en la frente lleva suelta, insigne pluma de garza. En el crepúsculo romántico, el Rey
fuma tabaco en una caña de bambú. Los árboles de madre-cacao dejan caer las
hojas. Una lluvia de corazones es bastante tributo para tan gran señor. El Rey
está enamorado y malo de bubas, la enfermedad del sol.
Es el tiempo viejo de las horas viejas. El Cuco de los Sueños va hilando los
cuentos. La arquitectura pesada y suntuosa de Quiriguá hace pensar en las ciudades orientales. El aire
tropical deshoja la felicidad indefinible de los besos de amor. Bálsamos que
demayan. Bocas húmedas, anchas y calientes. Aguas tibias donde duermen los
lagartos sobre las hembras vírgenes. ¡El trópico es el sexo de la tierra!
En la ciudad de Quiriguá, a la puerta del templo, esperan mujeres que llevan en
las orejas perlas de ambar. El tatuaje dejó libres sus pechos. Hombres pintados
de rojo, cuya nariz adorna un raro arete de obsidiana. Y doncellas teñidas con
agua de barro sin quemar, que simboliza la virtud de la gracia.
El Sacerdote llega; la multitud se aparta. El sacerdote llama a la puerta del
templo con su dedo de oro; la multitud se inclina. La multitud lame la tierra
para bendecirla. El sacerdote sacrifica siete palomas blancas. Por las pestañas
de las vírgenes pasan vuelos de agonía, y la sangre que salpica el cuchillo de chay del sacrificio, que tiene la forma del Arbol de la Vida, nimba la testa de los dioses, indiferentes y
sagrados. Algo vehemente trasciende de las manos de una reina muerta que en el
sarcófago parece estar dormida. Los braseros de piedra rasgan nubes de humo
olorosas a anis silvestre, y la música de las flautas hace pensar en Dios. El
sol peina la llovizna de la mañana primaveral afuera, sobre el verdor del bosque
y el amarillo sazón de los maizales.
En la ciudad de Tikal5, palacios, templos y mansiones están deshabitados.
Trescientos guerreros la abandonaron, seguidos de sus familias. Ayer mañana, a
la puerta del laberinto, nanas e iluminados contaban todavía las leyendas del
pueblo. La ciudad alejóse por las calles cantando. Mujeres que mecían el
cántaro con la cadera llena. Mercaderes que contaban semillas de cacao sobre
cueros de puma. Favoritas que enhebraban en hilos de pita, más blanca que la luna, los chalchihuitls que sus amantes tallaban para ellas a la caída
del sol. Se clausuraron las puertas de un tesoro encantado. Se extinguió la
llama de los templos. Todo está como estaba. Por las calles desiertas vagan
sombras perdidas y fantasmas con los ojos vacíos.
¡Ciudades sonoras como mares
abiertos!
A sus pies de piedra, bajo la vestidura ancha, ceñida de leyendas, juega un
pueblo niño a la politica, al comercio, a la guerra, señalándose en las eras de
paz el aparecimiento de maestros-magos que por ciudades y campos enseñan la
fabricación de las telas, el valor del cero6 y las sazones del sustento.
La memoria gana la escalera que conduce a las ciudades españolas. Escalera
arriba se abren a cada cierto espacio, en lo más estrecho del caracol, ventanas
borradas en la sombra o pasillos formados con el grosor del muro, como los que
comunican a los coros en las iglesias católicas. Los pasillos dejan ver otras
ciudades. La memoria es una ciega que en los bultos va encontrando el camino.
Vamos subiendo la escalera de una ciudad de altos: Xibalbá, Tuláin, ciudades
mitológicas, lejanas, arropadas en la niebla. Iximché, en cuyo blasón el águila
cautiva corona el galibal de los señores cakchiqueles. Utatlán, ciudad de
señorios. Y Atitlán, mirador engastado en una roca sobre un lago azul. ¡La flor
del maiz no fue más bella que la última mañana de estos reinos! El Cuco de los
Sueños va hilando los cuentos.
En la primera ciudad de los Conquistadores - gemela de la ciudad del Señor Santiago -, una ilustre dama se inclina
ante el esposo, más temido que amado. Su sonrisa entristece al Gran Capitán, quien, sin pérdida de tiempo, le da un beso en
los labios y parte para las Islas de la Especiería. Evocación de un tapiz
antiguo. Trece navíos aparejados en el golfo azul, bajo la luna de plata. Siete
ciudades de Cíbola construidas en las nubes de un país de oro. Dos caciques
indios dormidos en el viaje. No se alejan de las puertas de Palacio los ecos de
las caballerías, cuando la noble dama ve o sueña, presa de aturdimientos, que
un dragón hace rodar a su esposo al silo de la muerte, ahogándola a ella en las
aguas oscuras de un río sin fondo.
Pasos de ciudad colonial. Por las calles arenosas, voces de clérigos que
mascullan Ave-Marías, y de caballeros y capitanes que disputan poniendo a Dios
por testigo. Duerme un sereno arrebozado en la capa. Sombras de purgatorio. Pestañeo de
lámparas que arden en las hornacinas. Ruido de alguna espuela castellana, de algún
pájaro agorero, de algún reloj despierto.
En Antigua, la segunda ciudad de los Conquistadores, de horizonte limpio y
viejo vestido colonial, el espíritu religioso entristece el paisaje. En esta
ciudad de iglesias se siente una gran necesidad de pecar. Alguna puerta se abre
dando paso al señor obispo, que viene seguido del señor alcalde. Se habla a
media voz. Se ve con los párpados caídos. La visión de la vida a través de los
ojos entreabiertos es clásica en las ciudades conventuales. Calles de huertos.
Arquerías. Patios solariegos donde hacen labor las fuentes claras. Grave metal
de las campanas. ¡Ojalá se conserve esta ciudad antigua bajo la cruz católica y
la guarda fiel de sus volcanes!7 Luego, fiestas reales celebradas en geniales días, y
festivas pompas. Las señoras, en sillas de altos espaldares, se dejan saludar
por caballeros de bigote petulante y traje de negro y plata. Ésta une al pie
breve la mirada lánguida. Aquélla tiene los cabellos de seda. Un perfume
desmaya el aliento de la que ahora conversa con un señor de la Audiencia. La noche penetra ... penetra ... El obispo se
retira, seguido de los bedeles. El tesorero, gentil hombre y caballero de la orden de
Montesa, relata la historia de los linajes. De los veladores de vidrio cae la
luz de las candelas entumecida y eclesiástica. La música es suave, bullente, y
la danza triste a compás de tres por cuatro. A intervalos se oye la voz del
tesorero que comenta el tratamiento de "Muy ilustre Señor" concedido
al conde de la Gomera, capitán general del Reino, y el eco de dos relojes
viejos que cuentan el tiempo sin equivocarse. La noche penetra ... penetra ...
El Cuco de los Sueños va hilando los cuentos.
Estamos en el templo de San Francisco. Se alcanzan a ver la reja que cierra el
altar de la Virgen de Loreto, los pavimentos de azulejos de Génova, las
colgaduras de Damasco, los tafetanes de Granada y los terciopelos carmesí y de
brocado. ¡Silencio! Aquí se han podrido más de tres obispos y las ratas
arrastran malos pensamientos. Por las altas ventanas entra furtivamente el oro
de la luna. Media luz. Las candelas sin llamas y la Virgen sin ojos en la
sombra.
Una mujer llora delante de la Virgen. Su sollozo en un hilo va cortando el
silencio. El hermano Pedro de Betancourt viene a orar después de medianoche:
dio pan a los hambrientos, asilo a los huérfanos y alivio a los enfermos. Su
paso es imperceptible. Anda como vuela una paloma.
Imperceptiblemente se acerca a la mujer que llora, le pregunta qué penas la
aquejan, sin reparar en que es la sombra de una mujer inconsolable, y la oye
decir:
--¡Lloro porque perdí a un hombre que amaba mucho; no era mi esposo, pero lo
amaba mucho! ... ¡Perdón, hermano, esto es pecado!
El religioso levantó los ojos para buscar los ojos de la Virgen, y. . ., ¡qué
raro!, había crecido y estaba más fuerte. De improviso sintió caer sobre sus
hombros la capa aventurera, la espada ceñida a su cintura, la bota a su pierna,
la espuela a su talón, la pluma a su sombrero. Y comprendiéndolo todo, porque
era santo, sin decir palabra inclinóse ante la dama que seguía llorando. . .
¿Don Rodrigo?
Con el tino del loco que se propone atrapar su propia sombra, ella se puso en
pie, recogió la cola de su traje, llegóse a é1 y le cubrió de besos. ¡Era el
mismo Don, Rodrigo! ... ¡Era el mismo Don Rodrigo! ...
Dos sombras felices salen de la iglesia - amada y amante - y se pierden en la
noche por las calles de la ciudad, torcidas como las costillas del infierno.
Y a la mañana que sigue cuéntase que el hermano Pedro estaba en la capilla
profundamente dormido, más cerca que nunca de los brazos de Nuestra Señora.
El Cuco de los Sueños va hilando los cuentos. De los telares asciende un siseo
de moscas presas. Un razraz de escarabajo escapa de los rincones venerables
donde los cronistas del rey, nuestro señor, escriben de las cosas de Indias. Un
lero-lero de ranas se oye en los coros donde la voz de los canónigos salmodia al
crepúsculo. Palpitación de yunques, de campanas, de corazones ...
Pasa Fray Payo Enríquez de Rivera. Lleva oculta, en la oscuridad de su sotana,
la luz. La tarde sucumbe rápidamente. Fray Payo llama a la puerta de una casa
pequeña e introduce una imprenta.
Las primeras voces me vienen a despertar; estoy llegando. ¡Guatemala de la
Asunción, tercera ciudad de los Conquistadores! Ya son verdad las casitas
blancas sorprendidas desde la montaña como juguetes de nacimiento. Me llena de
orgullo el gesto humano de sus muros - clérigos o soldados vestidos por el
tiempo -, me entristecen los balcones cerrados y me aniñan los zaguanes
abuelos. Ya son verdad las carreras de los rapaces que se persiguen por las
calles y las voces de las niñas que juegan a Andares:
- "¡Andares!
¡Andares!"
- "¿Qué te dijo
Andares?"
- "¡Que me dejaras
pasar!"
- ¡Mi pueblo! ¡Mi pueblo,
repito, para creer que estoy llegando! Su llanura feliz. La cabellera espesa de
sus selvas. Sus montañas inacabables que al redor de la ciudad forman la Rosca
de San Blas. Sus lagos. La boca y la espalda de sus cuarenta volcanes. El
patrón Santiago. Mi casa y las casas. La plaza y la iglesia. El puente. Los
ranchos escondidos en las encrucijadas de las calles arenosas. Las calles enredadas
entre los cercos de yerba-mala y chichicaste. El río que arrastra continuamente
la pena de los sauces. Las flores de izote. -¡Mi pueblo! ¡Mi pueblo!
LEYENDA DE LA TATUANA
Ronda
por Casa-Mata la Tatuana ...
El Maestro Almendro tiene la barba rosada, fue uno de los sacerdotes que
los hombres blancos tocaron creyéndoles de oro, tanta riqueza vestían, y sabe
el secreto de las plantas que lo curan todo, el vocabulario de la obsidiana -
piedra que habla - y leer los jeroglíficos de las constelaciones.
Es el árbol que
amaneció un día en el bosque donde está plantado, sin que ninguno lo sembrara,
como si lo hubieran llevado los fantasmas. El árbol que anda ... El árbol que
cuenta los años de cuatrocientos días por las lunas que ha visto, que ha visto
muchas lunas, como todos los árboles, y que vino ya viejo del Lugar de la
Abundancia.
Al llenar la luna
del Buho-Pescador ( nombre de uno de los veinte meses del año de cuatrocientos
días ), el Maestro Almendro repartió el alma entre los caminos. Cuatro eran los
caminos y se marcharon por opuestas direcciones hacia las cuatro extremidades
del cielo. La negra extremidad: Noche sortílega. La verde extremidad: Tormenta primaveral. La roja
extremidad: Guacamayo o éxtasis de trópico. La blanca extremidad: Promesa de
tierras nuevas. Cuatro eran los caminos.
- ¡ Caminín ! ¡
Caminito ! ... - dijo al Camino Blanco una paloma blanca, pero el Caminito
Blanco no la oyó. Quería que le dieran el alma del Maestro, que cura de sueños.
Las palomas y los niños padecen de ese mal.
- ¡ Caminín ! ¡
Caminito ! ... - dijo al Camino Rojo un corazón rojo; pero el Camino Rojo no lo
oyó. Quería distraerlo para que olvidara el alma del Maestro. Los corazones,
como los ladrones, no devuelven las cosas olvidadas.
- ¡ Caminín ! ¡
Caminito ! ... - dijo al Camino Verde un emparrado verde, pero el Camino Verde no lo oyó. Quería que
con el alma del Maestro le desquitase algo de su deuda de hojas y de sombra.
¿ Cuántas lunas
pasaron andando los caminos ?
¿ Cuántas lunas
pasaron andando los caminos ?
El más veloz, el
Camino Negro, el camino al que ninguno habló en el camino, se detuvo en la
ciudad, atravesó la plaza y en el barrio de los mercaderes, por un ratito de
descanso, dio el alma del Maestro al mercader de joyas sin precio.
Era la hora de los
gatos blancos. Iban de un lado a otro. ¡ Admiración de los rosales ! Las nubes
parecían ropas en los tendederos del cielo.
Al saber el
Maestro lo que el Camino Negro había hecho, tomó naturaleza humana nuevamente,
desnudándose de la forma vegetal de un riachuelo que nacía bajo la luna
ruboroso como una flor de almendro, y encaminóse a la ciudad.
Llegó al valle
después de una jornada, en el primer dibujo de la tarde, a la hora en que
volvían los rebaños, conversando a los pastores, que contestaban monosilábicamente
a sus preguntas, extrañados, como ante una aparición, de su túnica verde y su
barba rosada.
En la ciudad se
dirigió a Poniente. Hombres y mujeres rodeaban las pilas públicas. El agua sonaba a besos al ir llenando los
cántaros. Y guiado por las sombras, en el barrio de los mercaderes encontró la
parte de su alma vendida por el Camino Negro al Mercader de Joyas sin precio.
La guardaba en el fondo de una caja de cristal con cerradores de oro.
Sin perder tiempo
se acercó al Mercader, que en un rincón fumaba, a ofrecerle por ella cien arrobas de perlas.
El Mercader sonrió
de la locura del Maestro. ¿ Cien arrobas de perlas ? ¡ No, sus joyas no tenían
precio !
El Maestro aumentó
la oferta. Los mercaderes se niegan hasta llenar su tanto. Le daría esmeraldas,
grandes como maíces, de cien en cien almudes, hasta formar un lago de esmeraldas.
El Mercader sonrió
de la locura del Maestro. ¿ Un lago de esmeraldas ? ¡ No, sus joyas no tenían
precio !
Le daría amuletos,
ojos de namik para llamar el agua, plumas contra la tempestad,
mariguana para su tabaco ...
El Mercader se
negó.
¡ Le daría piedras
preciosas para construir, a medio lago de esmeraldas, un palacio de cuento !
El Mercader se
negó. Sus joyas no tenían precio, y, además ¿ a que seguir hablando ? -, ese
pedacito de alma lo quería para cambiarlo, en un mercado de esclavas, por la
esclava más bella.
Y todo fue inútil,
inútil que el Maestro ofreciera y dijera, tanto como lo dijo, su deseo de
recobrar el alma. Los mercaderes no tienen corazón.
Una hebra de humo de tabaco separaba la realidad del sueño, los
gatos negros de los gatos blancos y al Mercader del extraño comprador, que al
salir sacudió sus sandalias en el quicio de la puerta. El polvo tiene maldición.
Después de un año
de cuatrocientos días - sigue la leyenda - cruzaba los caminos de la cordillera
el Mercader. Volvía de paises lejanos, acompañado de la esclava comprada con el
alma del Maestro, del pájaro flor, cuyo pico trocaba en jacintos las gotitas de
miel, y de un séquito de treinta servidores montados.
- ¡ No sabes -
decía el Mercader a la esclava, arrendando su caballería - cómo vas a vivir en
la ciudad ! ¡ Tu casa será un palacio y a tus órdenes estarán todos mis
criados, yo el último, si así lo mandas tú !
- Allá - continuaba
con la cara a mitad bañada por el Sol - todo será tuyo. ¡ Eres una joya, y yo
soy el Mercader de joyas sin precio ! ¡ Vales un pedacito de alma que no cambié
por un lago de esmeraldas ! ... En una hamaca juntos veremos caer el sol y
levantarse el día, sin hacer nada, oyendo los cuentos de una vieja mañosa que sabe mi destino. Mi destino, dice, está en los
dedos de una mano gigante, y sabrá el tuyo, si así lo pides tú.
La esclava se
volvía al paisaje de colores diluidos en azules que la distancia iba diluyendo
a la vez. Los árboles tejían a los lados del camino una caprichosa decoración
de güipil. Las aves daban la impresión de volar dormidas, sin
alas, en la tranquilidad del cielo, y en el silencio de granito, el jadeo de
las bestias, cuesta arriba, cobraba acento humano.
La esclava iba
desnuda. Sobre sus senos, hasta sus piernas, rodaba su cabellera negra envuelta
en un solo manojo, como una serpiente. El Mercader iba vestido de oro,
abrigadas las espaldas con una Manta de lana de chivo. Palúdico y enamorado, al
frío de su enfermedad se unía el temblor de su corazón. Y los treinta
servidores montados llegaban a la retina como las figuras de un sueño.
Repentinamente,
aislados goterones rociaron el camino percibiéndose muy lejos, en los
abajaderos, el grito de los pastores que recogían los ganados, temerosos de la
tempestad. Las cabalgaduras apuraron el paso para ganar un refugio, pero no
tuvieron tiempo: tras los goterones, el viento azotó las nubes, violentando
selvas hasta llegar al valle, que a la carrera se echaba encima las mantas
mojadas de la bruma, y los primeros relámpagos iluminaron el paisaje, como los
fogonazos de un fotógrafo loco que tomase instantaneas de tormenta.
Entre las
caballerías que huían como asombros, rotas las riendas, ágiles las piernas,
grifa la crin al viento y las orejas vueltas hacia atras, un tropezón del
caballo hizo rodar al Mercader al pie de un árbol, que, fulminado por el rayo
en ese instante, le tomó con las raices como una mano que recoge una piedra, y
le arrojó al abismo.
En tanto, el
Maestro Almendro, que se había quedado en la ciudad perdido, deambulaba como
loco por las calles, asustando a los niños, recogiendo basuras y dirigiéndose
de palabra a los asnos, a los bueyes y a los perros sin dueño, que para e1
formaban con el hombre la colección de bestias de mirada triste.
- ¿ Cuántas lunas
pasaron andando los caminos ? ... - preguntaba de puerta en puerta a las
gentes, que cerraban sin responderle, extrañadas, como ante una aparición, de
su túnica verde y su barba rosada.
Y pasado mucho
tiempo, interrogando a todos, se detuvo a la puerta del Mercader de Joyas sin
precio a preguntar a la esclava, única sobreviviente de aquella tempestad:
- ¿ Cuántas lunas
pasaron andando los caminos ? ...
El sol, que iba
sacando la cabeza de la camisa blanca del día, borraba en la puerta, claveteada
de oro y plata, la espalda del Maestro y la cara morena de la que era un
pedacito de su alma, joya que no compró con un lago de esmeraldas.
- ¿ Cuántas lunas
pasaron andando los caminos ?.. .
Entre los labios
de la esclava se acurrucó la respuesta y endureció como sus dientes. El Maestro
callaba con insistencia de piedra misteriosa. Llenaba la luna del
Buho-Pescador. En silencio se lavaron la cara con los ojos, al mismo tiempo,
como dos amantes que han estado ausentes y se encuentran de pronto.
La escena fue
turbada por ruidos insolentes. Venían a prenderles en nombre de Dios y el Rey;
por brujo a él y por endemoniada a ella. Entre cruces y espadas bajaron a la
cárcel, el Maestro con la barba rosada y la túnica verde, y la esclava luciendo
las carnes que de tan firmes parecían de oro.
Siete meses
después, se les condenó a morir quemados en la Plaza Mayor. La víspera de la
ejecución, el Maestro acercóse a la esclava y con la uña le tatuó un barquito
en el brazo, diciéndole:
- Por virtud de
este tatuaje, Tatuana, vas a huir siempre que te halles en peligro, como vas a
huir hoy. Mi voluntad es que seas libre como mi pensamiento; traza este
barquito en el muro, en el suelo, en el aire, donde quieras, cierra los ojos,
entra en é1 y véte ...
¡ Véte, pues mi
pensamiento es más fuerte que ídolo de barro amasado con cebollín !
¡ Pues mi
pensamiento es más dulce que la miel de las abejas que liban la flor del
suquinay !
¡ Pues mi
pensamiento es el que se torna invisible !
Sin perder un
segundo la Tatuana hizo lo que el Maestro dijo: trazó el barquito, cerró los
ojos y entrando en é1- el barquito se puso en movimiento -, escapó de la prisión
y de la muerte.
Y a la mañana
siguiente, la mañana de la ejecución, los alguaciles encontraron en la cárcel
un árbol seco que tenía entre las ramas dos o tres florecitas de almendro,
rosadas todavía.
Leyendas
del Sombrerón
El sombrerón recorre los
portales...
En aquel apartado rincón del
mundo, tierra prometida a una Reina por un Navegante loco, la mano religiosa
había construido el más hermoso templo al lado de las divinidades que en
cercanas horas fueran testigos de la idolatría del hombre-el pecado más
abominable a los ojos de Dios-, y al abrigo de los tiempo de montañas y
volcanes detenían con sus inmensas moles.
Los religiosos encargados del
culto, corderos de corazón de león, por flaqueza humana, sed de conocimientos,
vanidad ante un mundo nuevo o solicitud hacia la tradición espiritual que
acarreaban navegantes y clérigos, se entregaron al cultivo de las bellas artes
y al estudio de las ciencias y la filosofía, descuidando sus obligaciones y
deberes a tal punto, que, como se sabrá el Día del juicio, olvidábanse de abrir
al templo, después de llamar a misa, y de cerrarlo concluidos
los oficios...
Y era de ver y era de oír y de
saber las discusiones en que por días y noches se enredaban los mas eruditos,
trayendo a tal ocurrencia citas de textos sagrados, los más raros y refundidos.
Y era de ver y era de oír y de
saber la plácida tertulia de los poetas, el dulce arrebato de los músicos y la
inaplazable labor de los pintores, todos entregados a construir mundos
sobrenaturales con los recados y privilegios del arte.
Reza en viejas crónicas, entre
apostillas frondosas de letra irregular, que a nada se redujo la conversación
de los filósofos y los sabios; pues, ni mencionan sus nombres, para
confundirles la Suprema Sabiduría les hizo oír una voz que les mandaba se
ahorraran el tiempo de escribir sus obras. Conversaron un siglo sin entenderse
nunca ni dar una plumada, y diz que cavilaban en tamaños errores.
De los artistas no hay mayores
noticias. Nada se sabe de los músicos. En las iglesias se topan pinturas
empolvadas de imágenes que se destacan en fondos pardos al pie de ventanas
abiertas sobre panoramas curiosos por la novedad del cielo y el sin número de
volcanes. Entre los pintores hubo imagineros y a juzgar por las esculturas de
Cristos y Dolorosas que dejaron, deben haber sido tristes y españoles. Eran
admirables. Los literatos componían en verso, pero de su obra sólo se conocen
palabras sueltas.
Prosigamos. Mucho me he detenido
en contar cuentos viejos, como dice Bernal Díaz del Castillo en "La
Conquista de Nueva España", historia que escribió para contradecir a otro
historiador; en suma, lo que hacen los historiadores.
Prosigamos con los monjes...
Entre los unos, sabios y
filósofos, y los otros, artistas y locos, había uno a quien llamaban a secas el
Monje, por su celo religioso y santo temor de Dios y porque se negaba a tomar
parte en las discusiones de aquéllos en los pasatiempos de éstos, juzgándoles a
todos víctimas del demonio.
El Monje vivía en oración dulces
y buenos días, cuando acertó a pasar, por la calle que circunda los muros del
convento, un niño jugando con una pelotita de hule.
Y sucedió...
Y sucedió, repito para tomar
aliento, que por la pequeña y única ventana de su celda, en uno de los rebotes,
colóse la pelotita.
El religioso, que leía la
Anunciación de Nuestra Señora en un libro de antes, vio entrar el cuerpecito
extraño, no sin turbarse, entrar y rebotar con agilidad midiendo piso y pared,
pared y piso, hasta perder el impulso y rodar a sus pies, como un pajarito
muerto. ¡Lo sobrenatural! Un escalofrío le cepilló la espalda.
El corazón le daba martillazos,
como a la Virgen desustanciada en presencia del Arcángel. Poco, necesitó, sin
embargo, para recobrarse y reír entre dientes de la pelotita. Sin cerrar el
libro ni levantarse de su asiento, agachóse para tomarla del suelo y
devolverla, y a devolverla iba cuando una alegría inexplicable le hizo cambiar
de pensamiento: su contacto le produjo gozos de santo, gozos de artista, gozos
de niño...
Sorprendido, sin abrir bien sus
ojillos de elefante, cálidos y castos, la apretó con toda la mano, como quien
hace un cariño, y la dejó caer en seguida, como quien suelta una brasa; mas la
pelotita, caprichosa y coqueta, dando un rebote en el piso, devolvióse a sus
manos tan ágil y tan presta que apenas si tuvo tiempo de tomarla en el aire y
correr a ocultarse con ella en la esquina más oscura de la celda, como el que
ha cometido un crimen.
Poco a poco se apoderaba del
santo hombre un deseo loco de saltar y saltar como la pelotita. Si su primer
intento había sido devolverla, ahora no pensaba en semejante cosa, palpando con
los dedos complacidos su redondez de fruto, recreándose en su blancura de armiño, tentado de llevársela a los labios y estrecharla
contra sus dientes manchados de tabaco; en el cielo de la boca le palpitaba un
millar de estrellas. . .
-¡La Tierra debe ser esto en
manos del Creador! -pensó.
No lo dijo porque en ese
instante se le fue de las manos -rebotadora inquietud-, devolviéndose en el
acto, con voluntad extraña, tras un salto, como una inquietud.
-¿Extraña o diabólica?...
Fruncía las cejas -brochas en
las que la atención riega dentífrico invisible-y, tras vanos temores,
reconciliábase con la pelotita, digna de él y de toda alma justa, por su afán
elástico de levantarse al cielo.
Y así fue como en aquel
convento, en tanto unos monjes cultivaban las Bellas Artes y otros las Ciencias
y la Filosofía, el nuestro jugaba en los corredores con la pelotita.
Nubes, cielo, tamarindos. . . Ni
un alma en la pereza del camino. De vez en cuando, el paso celeroso de bandadas
de pericas domingueras comiéndose el silencio. El día salía de las narices de
los bueyes, blanco, caliente, perfumado.
A la puerta del templo esperaba
el monje, después de llamar a misa, la llegada de los feligreses jugando con la pelotita que había olvidado en la
celda. ¡Tan liviana, tan ágil, tan blanca!, repetíase mentalmente. Luego, de
viva voz, y entonces el eco contestaba en la iglesia, saltando como un
pensamiento:
¡Tan liviana, tan ágil, tan
blanca!. .. Sería una lástima perderla. Esto le apenaba, arreglándoselas para
afirmar que no la perdería, que nunca le sería infiel, que con él la
enterrarían. . ., tan liviana, tan ágil, tan blanca . . .
¿Y si fuese el demonio?
Una sonrisa disipaba sus
temores: era menos endemoniada que el Arte, las Ciencias y la Filosofía, y,
para no dejarse mal aconsejar por el miedo, tornaba a las andadas, tentando de
ir a traerla, enjuagándose con ella de rebote en rebote..., tan liviana, tan
ágil, tan blanca . . .
Por los caminos -aún no había
calles en la ciudad trazada por un teniente para ahorcar- llegaban a la iglesia
hombres y mujeres ataviados con vistosos trajes, sin que el religioso se diera
cuenta, arrobado como estaba en sus pensamientos. La iglesia era de piedras
grandes; pero, en la hondura del cielo, sus torres y cúpula perdían peso,
haciéndose ligeras, aliviadas, sutiles. Tenía tres puertas mayores en la
entrada principal, y entre ellas, grupos de columnas salomónicas, y altares
dorados, y bóvedas y pisos de un suave color azul. Los santos estaban como
peces inmóviles en el acuoso resplandor del templo.
Por la atmósfera sosegada se
esparcían tuteos de palomas, balidos de ganados, trotes de recuas, gritos de
arrieros. Los gritos abríanse como lazos en argollas infinitas, abarcándolo
todo: alas, besos, cantos. Los rebaños, al ir subiendo por las colinas,
formaban caminos blancos, que al cabo se borraban. Caminos blancos, caminos
móviles, caminitos de humo para jugar una pelota con un monje en la mañana
azul. . .
-¡Buenos días le dé Dios, señor!
La voz de una mujer sacó al
monje de sus pensamientos. Traía de la mano a un niño triste.
-¡Vengo, señor, a que, por vida
suya, le eche los Evangelios a mi hijo, que desde hace días está llora que
llora, desde que perdió aquí, al costado del convento, una pelota que, ha de
saber su merced, los vecinos aseguraban era la imagen del demonio...
(... tan liviana, tan ágil, tan
blanca. . .)
El monje se detuvo de la puerta
para no caer del susto, y, dando la espalda a la madre y al niño, escapó hacia
su celda, sin decir palabra, con los ojos nublados y los brazos en alto.
Llegar allí y despedir la
pelotita, todo fue uno.
-¡Lejos de mí, Satán! ¡Lejos de
mí, Satán!
La pelota cayó fuera del
convento -fiesta de brincos y rebrincos de corderillo en libertad-, y, dando su
salto inusitado, abrióse como por encanto en forma de sombrero negro sobre la
cabeza del niño, que corría tras ella. Era el sombrero del demonio.
Y así nace al mundo el
Sombrerón.
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