Obras
de Alfredo Bryce Echenique
Pobre gente de París...
A Remigio
González le había
dicho su padre, cuando le despidió allá en su Lima natal, que no se anduviese
con cuentos en París, que le sacase un enorme provecho a su beca para estudiar
cooperativismo, y que, por encima de todo, mucho pero mucho cuidado con pescar
una gonorrea en invierno. "Hijo mío -le había concluido su padre a Remigio
González, hablándole de hombre a hombre y abrazándole entre paternal, brutal, y
los hombres también lloramente, ante la puerta de embarque número cinco del
aeropuerto de Lima-. No olvides, mijito mío de mi alma, que yo soy la voz de la
experiencia y que también viví mi París de soltero, allá por el año
veinticinco. Y créeme que un invierno en París es cosa seria y que con gonorrea
el asunto se pone ya de necesidad mortal. Y recuerda siempre que, por más de la
puta madre (con el perdón de aquí tu señora madre) que esté una franchutita, en
el fondo de su alma no es más que una puta. Y jamás olvides que la piba más
bella del barrio latino terminó convertida en una madame Ivonne, en Buenos
Aires, según canta en un tango el inmortal Carlitos Gardel, que de minas
francesas supo casi tanto como Dios, porque, además, nació en Toulouse de
Francia. Todas, mijito, dan muy mal pago y gonorrea. Y todas, todititas, son
como la Brigitte Bardot esa, que mucho acentito lindo y mucho pimpollo y pepa
de mango, pero que de BB nada y de PP todo".
Después, el padre de
Remigio González le cedió la palabra, el último abrazo, el beso conmovedoramente
prolongado y el llanto a mares, a aquí tu señora madre, que ante la puerta de
embarque y última llamada número cinco del aeropuerto de Lima sólo atinó a
desgarrarse aún más, aunque logrando a pesar de todo exhalar un lamentable y
último suspiro de limeña. Consistió éste en la promesa eterna de llevar el
hábito color morado del Señor de los Milagros cada mes de octubre, porque en
octubre se estaba embarcando suijito, y porque el Señor de los Milagros no le
fallaba nunca a nadie y era el Cristo moreno y patrón de la ciudad de Lima,
también llamada Ciudad Jardín, por entonces, algo que en la altamente
tugurizada Lima que se fue, de hoy y de Chabuca Granda, resulta ya totalmente
imposible y suena más bien a insulto de extranjero indeseable.
Soplaban vientos de
otoño, de 1964, y de Charles Aznavour cantando La bohème y Comme c¹est triste
Venise, cuando entre varios centenares más de latinoamericanos de ambos sexos y
del más amplio espectro y aspecto (cholos chatos, multiformes y todoterreno,
mulatos alegres al principio, pero luego los peores para aguantar inviernos de
comida sin picante y lontananzas sin ritmos patrios, una minoría negra, entre
serena, virreinal y muy en su lugar, o sea, sólo por encima del indio, ningún
indio de mierda, un pelirrojo como Dios manda, arios bajo sospecha y un
millonario de verdad, que quería empezar de cero, como empezó su padre),
Remigio González ocupó por primera vez su lugar en la cola del edificio
Chatelet, donde chicas y chicos españoles y latinoamericanos cobraban mensualmente
la beca del gobierno francés.
El era el pelirrojo de
verdad. Y era tan alto y pelirrojo y fornido que ya casi no parecía un
latinoamericano, sino un actor de Hollywood años cincuenta representando el
papel de Un americano en París. Pero, no, qué va. A Remigio González, a pesar
de la gonorrea mortal de su padre y del hábito desgarradoramente morado de su
señora madre, su alma-corazón-y-vida lo delataron como un gran seductor made in
Perú y muy años sesenta, o sea, ya casi decimonónico, en el preciso momento en
que llegó a la ventanilla de pago y la funcionaria de turno -que no estaba nada
mal para ser una funcionaria de turno y porque en tiempo de guerra todo hueco
es trinchera y La bohème, la bohème..., de Charles Aznavour-, con el fin de
ubicar el sobre con sus miserables cuatrocientos ochenta francos mensuales, le
preguntó su nombre, nacionalidad y la rama del saber que lo había traído a
Francia. Sintiendo y tarareando el orgullo y la felicidad de ser peruano, de
haber nacido en esa hermosa tierra del sol, donde el indómito Inca, prefiriendo
morir, legó a su raza la gran herencia de su valor, etc., etc., y con su mejor
espíritu de futbolista peruano con camiseta patria en estadio extranjero,
Remigio González untó su voz con miel de abejas y néctar de dioses, y se
presentó:
-La bohème, la bohème,
mamasel mamacita. My name is Remi, aunque solo para ti soy made in Perú, de
pies a cabeza, y mi especialidad en el saber es la de latin lover, pero latino,
además, lo cual es, como quien dice, un primer valor añadido...
El iba a agregar mucho
más, el inefable, caduco y lamentable Remigio González iba a preguntarle a qué
hora salía del trabajo mamasel mamacita, cuando la funcionaria le rompió en sus
narices el sobre con sus cuatrocientos ochenta francos del alma y del mes, a
gritos se lo rompió, además, llamando a su jefe y éste luego a la policía, por
si las moscas, mientras en la cola enfurecían los españoles porque ya basta de
tanta espera por el pelirrojo ese de eme, coño.
Entre los
latinoamericanos, en cambio, nació al unísono la más alegre solidaridad anti
Remigio González cuando una panameña desenfadada, de buen ver y mejor estar en
este mundo, gritó, autoritaria y lideresa: "¡Qué cobre el que sigue y que
viva el mambo de Pérez Prado. Y usted, compadre made in Perú, lo menos que
agarra este mes para dormir y comer es un muelle del Sena by night, o sea, que
mucho ojo con los clochards, que también los hay del otro equipo!". La
verdad, hasta Simón Bolívar habría aprovechado ese momento de total concordia latinoamericana
para crear un gran estado fuerte y unido al sur del río Grande.
"Alfredo Bryce"
-me dije, lo menos bolivarianamente que darse pueda, y profundamente triste,
mientras observaba el avergonzado y solitario caminar de cabeza gacha con que
Remigio González abandonaba al edificio Chatelet. "Alfredo Bryce" -me
repetí, abandonando enseguida mi lugar en la cola para acercarme al pelirrojo
más derrotado que he visto hasta hoy en mi vida. Pero que hay gente que hasta
la muerte es como Remigio González, aprendí en aquella oportunidad, cuando al
acercarme y presentarme pude comprobar que hay individuos que, por decirlo de
alguna manera, se crecen ante la adversidad cuando tienen ante sí a un tipo aún
más imbécil que ellos. Remigio González no sólo me dejó con la mano tendida,
sino que pegó un escupitajo que me rozó un zapato, olvidó por completo y para
siempre que acaba de portarse como un imbécil y, recuperando la totalidad de su
metro ochenta y cinco y el esplendor rojo de su engominado pelo, cruzó la calle
como quien cruza un baile limeño muy 1960 para matar a una hembrita con sus
andares y su mirada, y partió hacia un millón de conquistas amorosas.
Volví a entrar al
edificio, y me disponía a ubicarme al final de la cola cuando un español me dio
la voz y me dijo que me había estado guardando mi lugar, delante de él, en esa
cola.
-Mi nombre es Antonio
Linares -me dijo-, y vengo de Málaga a estudiar sociología. Debo confesarte que
llevo un buen rato observándote y que eres el único aquí que no se ha pasado
todo el rato mirándole el culo a las mujeres. ¿Cómo te llamas?
-Bryce... Alfredo
Bryce... Muchas gracias por guardarme el sitio.
-Nada, hombre...
¿Peruano?
-De Lima, sí. Y he venido
a estudiar literatura francesa.
Antonio Linares fue mi
primer amigo en París. Y fue también mi maestro. Y aunque con el tiempo el
hombre se politizó en exceso y sólo vivió para su causa, siempre hizo una
risueña excepción conmigo, como si aquel fracaso mío con el cretino de Remigio
González le hubiese abierto una pequeña brecha en el corazón de paredón que
reinaba entre la izquierda de aquellos años. Me refiero, claro, a los
hispanohablantes, a los españoles y, sobre todo, a los latinoamericanos.
Mezclado con éstos, y al mismo tiempo no sintiéndome jamás completamente mezclado
con nada, aprendí que era gente peligrosa por un hecho fundamental: porque es
malo creer en una sola idea, sobre todo en el caso en que se tiene una sola
idea.
En fin, como el semanario
que todos leíamos en aquella época, Le Nouvel Observateur, muy pronto me
descubrí convertido en una suerte de nuevo observador, a menudo condenado a
fracasos como el que había experimentado sólo por apiadarme de Remigio
González. Y entonces parecía un espectador taurino que, en el medio de la más
apoteósica faena, descubre que a la roja y grave muleta del torero le falta un
pespunte y que, en cambio, la capa trae una alegre y hermosa perfección que le
permite al matador ejercer con plenitud la personificación de su arte, o sea,
aquello que Joselito llamó el estilo y que, según él, no era otra cosa más que
la gracia con que se viene al mundo.
Por todo ello puedo
decir, hoy, que al inefable matador de hembritas parisienses Remigio González
le faltó siempre un pespunte y que nunca me cansé de observarlo. En otoño
llevaba siempre un impermeable a lo Albert Camus y Humphrey Bogart, y
esquineaba por todas las calles del barrio latino, poniéndose en marcha, eso
sí, no bien pasaba una mamasel mamacita digna de que él pusiera en
funcionamiento la estudiada y presumida ciencia del enamoramiento que allá, en
su Lima de barrio chico y cortas miras, le había resultado tan exacta como
infalible. Yo conocía sus itinerarios preferidos y me dedicaba a observarlo con
tanta curiosidad como piedad. ¿Cuál era su error? ¿Cuál era la razón por la
que, una y otra vez, tarde tras tarde y noche tras noche, abandonara el barrio
latino sin una sola presa?
Yo creo que era que ya
las muchachas de aquel momento parisiense y cosmopolita ni lo entendían. Y que
poco a poco el altivo pelirrojo empezaba a parecerse cada vez más un
desamparado indio que baja a Lima desde sus andinas alturas y quiere
preguntarnos algo desesperadamente, en un idioma que le es ajeno. Se ha dicho,
y es cierto, que por Lima uno pude curzarse con un hombre que acaba de llegar,
por ejemplo, del siglo XVI. Pues eso es lo que creo yo que le ocurría al pobre.
Porque cuando llegó al
invierno y Remigio González -que, dicho sea de paso, jamás pisó el curso de
cooperativismo para el que se le había otorgado la beca- estrenó un abrigo
simple y llanamente inenarrable, y se engominó más que nuca su roja cabellera
lacia y dijo más que nunca mamasel y mamacita y ¿voulezvous un café avec un
péruvien comme moi à París la bohème?, Sin la más remota posibilidad de éxito,
él y su decaída fama de don Juanito -éste era su apodo, desde mediados del
invierno, más o menos-, no tuvieron más remedio que trasladar sus puntos de
observación del devenir femenino al mundo de las hembritas árabes. Y ahí no
sólo fracasó, una vez más, sino que le llegó, además, la noche en que una
mancha estudiantil árabe obró grupalmente, asestándole tremenda paliza por el
solo hecho de haber pisado territorio magrebí.
Y todo esto se debe, cómo
no, a que un magrebí es como un latinoamericano corregido y aumentado, en todo
lo que al eterno femenino se refiere. Los magrebíes respetan tu terreno con ley
de hampa donjuanesca y hasta le hacen serias y respetuosas venias a tu pareja,
por más bella y sublime que ésta sea. Y, ay, por consiguiente, ay de ti si te
metes con una falda que les pertenece. Te aplican la ley del más macho con
nocturnidad, alevosía y gran maldad, y eso equivale a que te caen de a montón
magrebí y te dejan bien pateado en el suelo y convertido en carne de
ambulancia.
Y a aquella soberana
paliza se debió la prolongada desaparición del barrio latino, sus esquinas y
sus calles, del ya pobrecito Remigio González, y también su coja y tardía
reaparición primaveral en el bulevar Saint Michel. Dicen que Valle Inclán
fascinaba a las mujeres contádoles mil y una versiones de la pérdida de su
brazo. Limitémonos a decir que, definitivamente, Remigio González no escribió
Divinas palabras ni Luces de bohemia ni nada que se le parezca, ni muchísimo
menos tampoco. Y que con la llegada del verano, y tras un fracaso en el
ambiente de las latinoamericanas, redujo al máximo su campo de acción y ya sólo
probó suerte sin suerte alguna entre sus compatriotas peruanas. Y que se fue de
París sin saber absolutamente nada acerca de París y que en Lima se quedó calvo
tan rápido que, hablándole muy de hombre a hombre, su padre le preguntó si por
casualidad no había sobrevivido con las justas a una gonorrea en primavera o en
verano, porque la gonorrea en el París de 1925 del señor González padre también
era menos maligna y mortal que en invierno.
Yo hubiera pagado por
asistir a aquella conversación de hombre a hombre entre un padre de 1925 y un
hijo que regresó del frente de batalla, en 1965, sin una sola condecoración y
sin haber aprendido absolutamente nada sobre cooperativismo. Pero yo no estaba
en Lima cuando Remigio González regresó de la guerra y perdió lastimosamente su
pelirrojez, muy probablemente debido al clima desalentador y gris en que debió
recordar uno por uno los momentos mil en que no logró disparar un solo tiro en
París.
Y eso que era terco como
una mula, el lamentable y caduco Remigio. Esto me consta porque, entrado ya el
calor fuerte del verano parisiense, hizo una última aparición donjuanesca por
la rue des Ecoles.
Tuve el triste privilegio
de cruzármelo en mi camino y me detuve para verlo avanzar en dirección nada
menos que al Panteón, con unos pantalones que ni un torero soportaría, de tan
apretados, y una amplísima camisa hawaiana de mangas super cortas y que le
colgaba por delante y por detrás con dos grandes faldellines. Mataba como nunca
el asfalto poblado de féminas con su andar de torero en prostíbulo y de esbirro
de dictadura trujillista en una imaginaria República Dominicana de 1965. Ahí lo
dejé, camino al Panteón, sin que una sola muchacha se dignara pegarle una
miradita siquiera a aquel gran macho del novecientos.
Y seguí caminando por ese
barrio latino poblado de latinoamericanos en el que ya triunfaban un Julio
Cortázar, un Mario Vargas Llosa y un Miguel Angel Asturias. Y en el que todos
los latinoamericanos eran de izquierda. Sí, todos eran de izquierda. Hasta los
de derecha en vacaciones lo eran. Todos, toditos lo eran en aquel entonces
barrio estudiantil por el que yo continuaba caminando y tarareando una canción
que años atrás había dado la vuelta al mundo, creo:
Pobre gente de París
No la pasa muy feliz...
Con la única excepción de
Verita, por supuesto, que, por decirlo de alguna manera, a París llegó en 1966
para vengar a Remigio González y volver a izar hasta las nubes el pabellón del
eterno seductor latinoamericano, aunque en una versión bastante actualizada,
para decir la verdad. ¿O qué se han creído ustedes que era Verita? Verita
era...
No me esperen en abril (fragmento)
Ramoncito
Fitzgerald Olavarría,
que leía a Proust y estaba emparentado con medio Lima, había sido demasiado
lindo de niño, delicadísimo de adolescente, piadosísimo al cumplir la mayoría
de edad y, finalmente, un adulto profundamente depresivo hasta que encontró la
salvación de su equilibrio psíquico en su verdadera vocación: Sacerdote de moda.
Lo suyo, según él mismo confesaba y predicaba en púlpitos pero sólo en iglesias
de San Isidro, lo suyo era continuar metido entre los millones que su familia
había poseído gracias a urbanizables haciendas aledañas a Lima, y hacer entre
los ricos su verdadero apostolado con el fin de que algún día íntegre la alta
sociedad de Lima pasara por el hueco de una aguja. Detestaba, eso sí,
compararla con un camello, y se deprimía a muerte cuando alguien se olvidaba de
invitarlo a uno de esos cócteles a los que llegaba vestido con un elegantísimo
terno gris y el cuello sacerdotal por todo sacerdocio, ya que enseguida se
lanzaba a contar chistes y chismes de grupo en grupo, respetando siempre, no
faltaría más, la antigüedad de los apellidos y el monto de las fortunas. Pero
nunca había sido mala la intención del padre Ramoncito, que vivía en una
preciosa casita de estilo inglés, en pleno corazón de San Isidro, que daba la
vida por confesar a los adolescentes hijos de sus amigos de adolescencia, pero
no en un confesionario de iglesia sino, pero qué moderno es el hijo de Luchita
Olavarría, en la media luz eterna de la salita de su casa, al lado de la
chimenea, fumando su pipa y de tú a tú, por supuesto.
Verita y la Ciudad luz
A Noële y Jean Franco
"¡Mamita! ¡Qué tal par de cretinos!",
fueron las primeras palabras que escuché decir a Verita. Aún no lo conocía, ni
sabía quién era, ni sabía tampoco que era peruano ni en qué momento había hecho
su aparición en L'Escale, un pequeño, muy oscuro y sumamente atabacado local musical,
situado en la rue Monsieur le Prince, entre los bulevares Saint Germain y Saint
Michel, y en pleno corazón elegante del Barrio latino.
Sin embargo, L'Escale
distaba mucho de ser un local distinguido o minimamente elegante, siquiera, y
ahí uno se instalaba como podía en mesitas apretujadas y se sentaba en
incomodísimos y muy bajos taburetitos, sin saber nunca muy bien qué hacer con
las piernas. Pero aquel simpático y muy popular antrillo era algo así como la
meca musical de los latinoamericanos en la época en que llegué a París y lo
seguiría siendo muchísimos años después. En él habían cantado o tocado la
guitarra, el arpa, la quena, el charango y qué sé yo cuántos instrumento más
del folclor latinoamericano, con la única finalidad de ganarse un con qué vivir,
jóvenes promesas de las letras y de las artes, como el venezolano Soto, cuya
obra plástica adquiriría con el tiempo renombre universal, Y a él acudía cada
noche, a escuchar su música y beberse tintorros y sangrías de nostalgia, o
simple y llanamente a divertirse con un grupo de amigotes o con una chicoca,
toda una fauna proveniente de cuanto rincón pueda encontrar uno entre el Grande
y la Patagonia.
Una noche estaba yo ahí
sentado con mis amigos y compatriotas Carmen Barreda, futura gran pintora
peruana, Raúl Asín, futuro abogadazo y hasta presidente de una gran empresa, y
el simpático y siempre correcto Carlos Condemarín, otro mayúsculo futurible
más, y no sé bien si hasta ministro aún en pañales, pero sí algún día
presidente, me parece, de algo tan importante como el Banco de la Nación o el
Reserva del Perú, o qué sé yo, pero a lo grande, eso sí.
Y estábamos de lo más
tranquilos con nuestra jarra de sangría, escuchando canciones paraguayas,
pasillos ecuatorianos y Juan Charasqueado, nuestra canción preferida,
cuando a alguien se le ocurrió mandarse La Cumparsita y dos bonaerenses
casi se nos mueren juntitos de nostalgia, a pesar de encontrarse ubicados en
las dos mesas más distantes que había en L'Escale.
- Llo no aguanto
más sin Buenos Aires - se quejó amargamente el bonaerense invisible de la mesa
del fondo del negro local.
- Y llo mucho más
que vos - se amargó lamentablemente el invisible de la mesa justito al pie del
estrado.
- Fíjate que lla
llevo tres días desde que salí - dialogó en la oscuridad el llo del
fondo invisible.
- Y llo toda una
semana - empezaba a batir su propio récord el invisible de al lado del estrado,
cuando se oyó que un tipo soltaba la carcajada, al tiempo que encendía un
encendedor Zippo y se ponía la tremenda mecha encendida en la cara, para que lo
vieran bien y oyeran aún mejor su irónico y exclamativo comentario:
- ¡Mamita! ¡Qué tal par
de cretinos!
Era Verita, por supuesto,
y resultó ser peruano y bien macho, si lo pide la ocasión, y hasta se puso de
pie con el Zippo de fogata, porque aquí el que ronca ronca y qué, pero
felizmente los bonaerenses ni lo vieron ni lo oyeron, de puro enfrascados en la
nostalgia en que se hallaban.
Así conocimos a Luis
Antonio Vera, alias Verita, por lo entrañable y simpático que era, ingeniero
agrónomo de profesión, enólogo de especialización, en Francia y donde haya buen
vino, hombre de sonrisa eterna que jamás en su vida había tenido un problema, y
que en su enológico y motorista recorrido por los viñedos de Europa y media,
iba dejando una estela de alegría y positivismo absolutos y contagiosamente
maravillosos. Porque para Verita todo lo bueno era posible y todo lo malo
simple y llanamente imposible. Verita era un ejemplar único de peruano
optimista de principio a fin y de cabo a rabo, de sol a sol y de año tras año y
de década tras década, mañana, tarde y noche. Yo, un día, por ejemplo, le
pregunté por Cesar Vallejo, el más metafísicamente triste y pesimista de todos
los peruanos, que ya es decir, y que incluso consideraba muy seria y gravemente
la posibilidad de haber nacido un día en que Dios estaba enfermo...
- No me vengas con
cuentos, hermanito - me interrumpió Verita, agregando: - Sin ánimo de querer
discutir con todo un hombre de letras de cambio, je je, como tú, permíteme
decirte que, por más grande y genial que fuera Vallejo como poeta, sólo a un
huevas tristes se le ocurre pensar una cosa semejante, y además soltártela en
un poema.
- Bueno, pero se le
ocurrió.
- Púchica, hermanito.
Ponme tú al Cholo Vallejo delante y meto tal inyección de desahuevina que lo
convierto en Walt Whitman. A ese hombre seguro que le faltaba una buena
hembrita y uno de esos vinos cuyo secreto sólo posee este pechito.
Así esa Luis Antonio
Vera, Verita para sus amigos y Varita Mágica para sus amigas. Todavía lo recuerdo,
corriendo en su moto por todo París con una chica en el asiento posterior. Y
una chica distinta, cada día. Y sin embargo, Verita no era un donjuán ni un
veleta, ni era tampoco un motociclista que recorría Europa dejando un amor en
cada puerto. Verita era simple y llanamente simpático y contagioso. Sí,
sumamente contagioso. Porque durante el año que permaneció en París todos
conocimos montones de chicas encantadoras y muchos incluso nos casamos. Yo, el
primero. Y nadie tenía un centavo para celebrar su boda pero eso no fue jamás
problema alguno para aquel muchacho tan generoso como entrañable y alegre. Se
conquistaba al primer dueño de restaurante que conocía, organizaba una colecta
en pro del amor, y todo quedaba pagado en un comedor especial que él hacía
cerrar para los festejos, aunque con una extraña condición, eso sí: que lo
dejaran sacar a la novia cargada del restaurante cuando terminara el bailongo.
- ¿Y eso por qué, Verita?
- Le pregunté un día.
- Para entrenarme,
hermanito - me decía. - Porque el día que Verita ame, nadie va a amar como
Verita. Y a su hembrita la va llevar cargada por el mundo entero.
- ¿Y por qué no te
entrenas cargando a todas las chicas que paseas en tu moto?
- Pa' que no se hagan
locas ilusiones, pues, hermanito. Cargando a las novias de mis amigos nadie se
hace ilusiones y en cambio Verita se mantiene en forma para el gran día del
amor.
Verita, que jamás conoció
ni oyó hablar de caduco y lamentable Remigio González, el peruano aquel que
tiempo antes de su llegada se pasó un año entero en París dedicado única y
exclusivamente a meterle letra a cuanta chica se cruzaba en su camino, y que
abandonó la Ciudad luz con la cara de héroe muerto en batalla perdida, tras
haber llegado con un optimismo guerrero que ni los generales Eisenhower, Patton
y Mac Arthur juntos. Verita, que con su permanente sonrisa, sus ojitos chinos
de felicidad y vivaces y locuaces miraba a mil sitios al mismo tiempo y de cada
uno de ellos le llovía una muchacha para su moto, Verita, sí, era una suerte de
inmensa y definitiva reivindicación del honor perdido por un peruano tan
cretino como creído y tan caduco en su estilo como lamentable en su grosera
ambición. Verita nos había dado, en cambio, y nos seguía dando cada día, lo
mejor de su campechanismo, de su naturalidad, de su nobleza y de su
contagiosísima alegría. O sea que Verita se merecía lo mejor, y lo encontró en
París.
Y había que verlo y oírlo
cuando nos hablaba de su Ingrid, con su habitual plaga de diminutivos:
"Una alemanita, hermanito, una diocesita, una virgencita de altar", Y
se montaba en su moto y salía disparado a sus cursos intensivos de alemán en el
Instituto Goethe de París. Y nos mostraba feliz las buenas notas que iba
acumulando mientras su Ingridcita visitaba a sus padres en Alemania para
anunciarles su inminente boda con el enólogo peruano diplomado summa cum
laude en la lengua de Goethe y todo. Y la esperaba soñando en diminutivo y
con la más grande y feliz ternura que he visto en mi vida. Y por mi
departamento caía a cada rato para mantenerse en forma, cargando un rato a mi
carcajeante esposa. Y de mi departamento corría al de otro amigo y luego al de
otro y así de visita en visita para que uno tras otro los amigos le prestáramos
cinco minutitos a tu señora, hermanito, para que cuando mi Ingridcita regrese
yo esté en forma para llevarla cargada por el mundo entero y sus viñedos...
Nevaba el día en que
tomamos conciencia de que hacía varios meses que nadie veía a Verita. Y fuimos
varios los amigos que nos acercamos al departamento en que vivía, en busca de
noticias. Un portero locuaz nos hizo saber que el señor Luis Antonio Vera había
sufrido algún tipo de dolencia y que también algún problema personal o
sentimental; lo había hecho vender su motocicleta, cancelar su contrato de
alquiler y desaparecer de la noche a la mañana, sin despedirse de nadie.
Tuve que esperar un año
para enterarme, de la forma más casual, que Ingridcita, su alemanita, su
diocesita y virgencita de altar, no sólo lo había estafado, dejándolo sin un
centavo, sino que al mismo tiempo le había trasmitido una enfermedad venérea.
Melo contó un estudiante de medicina que conocí una tarde y que, al enterarse
de que yo era peruano, recordó el caso de un pobre compatriota mío que,
encontrándose en la miseria, se había prestado como conejillo de indias en una
clase práctica de la Facultad de Medicina, a cambio de un tratamiento gratuito.
Se llamaba Luis Antonio Vera y un catedrático de la Facultad lo había expuesto
en su clase como ejemplo de lo que puede ser una feroz gonorrea, ante un grupo
de muy atentos alumnos