En memoria de Paulina. Nóumeno. La Trama Celeste. Las aventuras del capitán Morris. Adolfo Bioy Casares. El caso de los viejitos voladores. La explicación es evidente. Biografía de Adolfo Bioy Casares.
Obras
de Adolfo Bioy Casares
En
memoria de Paulina
Siempre quise a Paulina. En
uno de mis primeros recuerdos, Paulina y yo estamos ocultos en una oscura
glorieta de laureles, en un jardín con dos leones de piedra. Paulina me dijo:
Me gusta el azul, me gustan las uvas, me gusta el hielo, me gustan las rosas,
me gustan los caballos blancos. Yo comprendí que mi felicidad había empezado,
porque en esas preferencias podía identificarme con Paulina. Nos parecimos tan
milagrosamente que en un libro sobre la final reunión de las almas en el alma
del mundo, mi amiga escribió en el margen: Las nuestras ya se reunieron.
"Nuestras" en aquel tiempo, significaba la de ella y la mía.
Para explicarme ese parecido argumenté que yo era un
apresurado y remoto borrador de Paulina. Recuerdo que anoté en mi cuaderno:
Todo poema es un borrador de la Poesía y en cada cosa hay una prefiguración de
Dios. Pensé también: En lo que me parezca a Paulina estoy a salvo. Veía (y aún
hoy veo) la identificación con Paulina como la mejor posibilidad de mi ser,
como el refugio en donde me libraría de mis defectos naturales, de la torpeza,
de la negligencia, de la vanidad.
La vida fue una dulce costumbre que nos llevó a
esperar, como algo natural y cierto, nuestro futuro matrimonio. Los padres de
Paulina, insensibles al prestigio literario prematuramente alcanzado, y
perdido, por mí, prometieron dar el consentimiento cuando me doctorara. Muchas
veces nosotros imaginábamos un ordenado porvenir, con tiempo suficiente para
trabajar, para viajar y para querernos. Lo imaginábamos con tanta vividez que
nos persuadíamos de que ya vivíamos juntos.
Hablar de nuestro casamiento no nos inducía a tratarnos
como novios. Toda la infancia la pasamos juntos y seguía habiendo entre nosotros
una pudorosa amistad de niños. No me atrevía a encarnar el papel de enamorado y
a decirle, en tono solemne: Te quiero. Sin embargo, cómo la quería, Con qué
amor atónito y escrupuloso yo miraba su resplandeciente perfección .
A Paulina le agradaba que yo recibiera amigos.
Preparaba todo, atendía a los invitados, y, secretamente, jugaba a ser dueña de
casa. Confieso que esas reuniones no me alegraban. La que ofrecimos para que
Julio Montero conociera a escritores no fue una excepción.
La víspera, Montero me había visitado por primera vez.
Esgrimía, en la ocasión, un copioso manuscrito y el despótico derecho que la
obra inédita confiere sobre el tiempo del prójimo. Un rato después de la visita
yo había olvidado esa cara hirsuta y casi negra. En lo que se refiere al cuento
que me leyó –Montero me había encarecido que le dijera con toda sinceridad si
el impacto de su amargura resultaba demasiado fuerte–, acaso fuera notable
porque revelaba un vago propósito de imitar a escritores positivamente diversos.
La idea central procedía del probable sofisma: si una determinada
melodía surge de una relación entre el violín y los movimientos del violinista,
de una determinada relación entre movimiento y materia surgía el alma de cada
persona. El héroe del cuento fabricaba una máquina para producir almas (una
suerte de bastidor, con maderas y piolines). Después el héroe moría. Velaban y
enterraban el cadáver; pero él estaba secretamente vivo en el bastidor. Hacia
el último párrafo, el bastidor aparecía, junto a un esteroscopio y un trípode
con una piedra de galena, en el cuarto donde había muerto una señorita.
Cuando logré apartarlo de los problemas de su
argumento, Montero manifestó una extraña ambición por conocer a escritores.
–Vuelva mañana por la tarde–le dije–. Le presentaré a
algunos.
Se describió a si mismo como un salvaje y aceptó la
invitación. Quizá movido por el agrado de verlo partir, bajé con él hasta la
puerta de calle. Cuando salimos del ascensor, Montero descubrió el jardín que
hay en el patio. A veces, en la tenue luz de la tarde, viéndolo a través del
portón de vidrio que lo separa del hall, ese diminuto jardín sugiere la
misteriosa imagen de un bosque en el fondo de un lago. De noche, proyectores de
luz lila y de luz anaranjada lo convierten en un horrible paraíso de caramelo.
Montero lo vio de noche.
–Le seré franco–me dijo, resignándose a quitar los ojos
del jardín–. De cuanto he visto en la casa esto es lo más interesante.
Al otro día Paulina llegó temprano; a las cinco de la
tarde ya tenía todo listo para el recibo. Le mostré una estatuita china, de
piedra verde, que yo había comprado esa mañana en un anticuario. Era un caballo
salvaje, con las manos en el aire y la crin levantada. El vendedor me aseguró
que simbolizaba la pasión .
Paulina puso el caballito en un estante de la
biblioteca y exclamó: Es hermoso como la primera pasión de una vida. Cuando le
dije que se lo regalaba, impulsivamente me echó los brazos al cuello y me besó.
Tomamos el té en el antecomedor. Le conté que me habían
ofrecido una beca para estudiar dos años en Londres. De pronto creímos en un
inmediato casamiento , en el viaje, en nuestra vida en Inglaterra (nos parecía
tan inmediata como el casamiento). Consideramos pormenores de economía
doméstica; las privaciones, casi dulces, a que nos someteríamos; la
distribución de horas de estudio, de paseo, de reposo y, tal vez, de trabajo;
lo que haría Paulina mientras yo asistiera a los cursos; la ropa y los libros
que llevaríamos. Después de un r ato de proyectos, admitimos que yo tendría que
renunciar a la beca. Faltaba una semana para mis exámenes, pero ya era evidente
que los padres de Paulina querían postergar nuestro casamiento.
Empezaron a llegar los invitados. Yo no me sentía
feliz. Cuando conversaba con una persona, sólo pensaba en pretextos para
dejarla. Proponer un tema que interesara al interlocutor me parecía imposible.
Si quería recordar algo, no tenía memoria o la tenía demasiado lejos. Ansioso,
fútil, abatido, pasaba de un grupo a otro, deseando que la gente se fuera, que
nos quedáramos solos, que llegara el momento, ay, tan breve, de acompañar a
Paulina hasta su casa.
Cerca de la ventana, mi novia hablaba con Montero. Cuando la miré, levantó los
ojos e inclinó hacia mí su cara perfecta. Sentí que en la ternura de Paulina
había un refugio inviolable, en donde estábamos solos. ¡Cómo anhelé decirle que
la quería! Tomé la firme resolución de abandonar esa misma noche mi pueril y
absurda vergüenza de hablarle de amor. Si ahora pudiera (suspiré) comunicarle
mi pensamiento. En su mirada palpitó una generosa, alegre y sorprendida
gratitud.
Paulina me preguntó en qué poema un hombre se aleja
tanto de una mujer que no la saluda cuando la encuentra en el cielo. Yo sabía
que el poema era de Browning y vagamente recordaba los versos. Pasé el resto de
la tarde buscándolos en la edición de Oxford. Si no me dejaban con Paulina,
buscar algo para ella era preferible a conversar con otras personas, pero
estaba singularmente ofuscado y me pregunté si la imposibilidad de encontrar el
poema no entrañaba un presagio. Miré hacia la ventana. Luis Alberto Morgan, el
pianista, debió de notar mi ansiedad, porque me dijo:
–Paulina está mostrando la casa a Montero.
Me encogí de hombros, oculté apenas el fastidio y
simulé interesarme, de nuevo, en el libro de Browning. Oblicuamente vi a Morgan
entrando en mi cuarto. Pensé: Va a llamarla. En seguida reapareció con Paulina
y con Montero.
Por fin alguien se fue; después, con despreocupación y
lentitud partieron otros. Llegó un momento en que sólo quedamos Paulina, yo y
Montero. Entonces, como lo temí, exclamó Paulina:
–Es muy tarde. Me voy.
Montero intervino rápidamente:
–Si me permite, la acompañaré hasta su casa.
–Yo también te acompañaré–respondí.
Le hablé a Paulina, pero miré a Montero. Pretendí que
los ojos le comunicaran mi desprecio y mi odio.
Al llegar abajo, advertí que Paulina no tenía el
caballito chino. Le dije:
–Has olvidado mi regalo.
Subí al departamento y volví con la estatuita . Los
encontré apoyados en el portón de vidrio, mirando el jardín. Tomé del brazo a
Paulina y no permití que Montero se le acercara por el otro lado. En la
conversación prescindí ostensiblemente de Montero.
No se ofendió. Cuando nos despedimos de Paulina,
insistió en acompañarme hasta casa. En el trayecto habló de literatura,
probablemente con sinceridad y con fervor. Me dije: Él es el literato; yo soy
un hombre cansado, frívolamente preocupado con una mujer. Consideré la
incongruencia que había entre su vigor físico y su debilidad literaria. Pensé:
una caparazón lo protege; no le llega lo que siente el interlocutor. Miré con
odio sus ojos despiertos, su bigote hirsuto, su pescuezo fornido.
Aquella semana casi no vi a Paulina. Estudié mucho. Después
del último examen, la llamé por teléfono. Me felicitó con una insistencia que
no parecía natural y dijo que al fin de la tarde iría a casa.
Dormí la siesta, me bañé lentamente y esperé a Paulina
hojeando un libro sobre los Faustos de Muller y de Lessing.
Al verla, exclamé:
–Estás cambiada.
–Si–respondió–. ¡Cómo nos conocemos! No necesito hablar
para que sepas lo que siento.
Nos miramos en los ojos, en un éxtasis de beatitud.
–Gracias–contesté.
Nada me conmovía tanto como la admisión, por parte de
Paulina, de la entrañable conformidad de nuestras almas. Confiadamente me
abandoné a ese halago. No sé cuándo me pregunté (incrédulamente) si las
palabras de Paulina ocultarían otro sentido. Antes de que yo considerara esta
posibilidad, Paulina emprendió una confusa explicación. Oí de pronto:
–Esa primera tarde ya estábamos perdidamente enamorados
Me pregunté quiénes estaban enamorados. Paulina
continuó.
–Es muy celoso. No se opone a nuestra amistad, pero le
juré que, por un tiempo, no te vería.
Yo esperaba, aún, la imposible aclaración que me
tranquilizara. No sabía si Paulina hablaba en broma o en serio. No sabía qué
expresión había en mi rostro. No sabía lo desgarradora que era mi congoja.
Paulina agregó:
–Me voy. Julio está esperándome. No subió para no
molestarnos.
–¿Quién?–pregunté.
En seguida temí–como si nada hubiera ocurrido–que
Paulina descubriera que yo era un impostor y que nuestras almas no estaban tan
juntas.
Paulina contestó con naturalidad:
–Julio Montero.
La respuesta no podía sorprenderme; sin embargo, en
aquella tarde horrible, nada me conmovió tanto como esas dos palabras. Por
primera vez me sentí lejos de Paulina. Casi con desprecio le pregunté:
–¿Van a casarse?
No recuerdo qué me contestó. Creo que me invitó a su casamiento.
Después me encontré solo. Todo era absurdo. No había
una persona más incompatible con Paulina (y conmigo) que Montero. ¿O me
equivocaba? Si Paulina quería a ese hombre, tal vez nunca se había parecido a
mí. Una abjuración no me bastó; descubrí que muchas veces yo había entrevisto
la espantosa Verdad.
Estaba muy triste, pero no creo que sintiera celos. Me
acosté en la cama, boca abajo. Al estirar una mano, encontré el libro que había
leído un rato antes. Lo arrojé lejos de mí, con asco .
Salí a caminar. En una esquina miré una calesita. Me
parecía imposible seguir viviendo esa tarde.
Durante años la recordé y como prefería los dolorosos
momentos de la ruptura (porque los había pasado con Paulina) a la ulterior
soledad, los recorría y los examinaba minuciosamente y volvía a vivirlos. En
esta angustiada cavilación creía descubrir nuevas interpretaciones para los
hechos. Así, por ejemplo, en la voz de Paulina declarándome el nombre de su amado,
sorprendí una ternura que, al principio, me emocionó. Pensé que la muchacha me
tenía lástima y me conmovió su bondad como antes me conmovía su amor. Luego,
recapacitando, deduje que esa ternura no era para mí sino para el nombre
pronunciado.
Acepté la beca, y, silenciosamente, me ocupé en los
preparativos del viaje. Sin embargo, la noticia trascendió. En la última tarde
me visitó Paulina.
Me sentía alejado de ella, pero cuando la vi me enamoré
de nuevo. Sin que Paulina lo dijera, comprendí que su aparición era furtiva. La
tomé de las manos, trémulo de agradecimiento. Paulina exclamó:
–Siempre te querré. De algún modo, siempre te querré
más que a nadie.
Tal vez creyó que había cometido una traición. Sabía
que yo no dudaba de su lealtad hacia Montero, pero como disgustada por haber
pronunciado palabras que entrañaran–si no para mí, para un testigo
imaginario–una intención desleal, agregó rápidamente:
–Es claro, lo que siento por ti no cuenta. Estoy
enamorada de Julio.
Todo lo demás, dijo, no tenía importancia. El pasado
era una región desierta en que ella había esperado a Montero. De nuestro amor,
o amistad, no se acordó.
Después hablamos poco. Yo estaba muy resentido y fingí
tener prisa. La acompañé en el ascensor. Al abrir la puerta retumbó, inmediata,
la lluvia.
–Buscaré un taxímetro–dije.
Con una súbita emoción en la voz, Paulina me gritó:
–Adiós, querido.
Cruzó, corriendo, la calle y desapareció a lo lejos. Me
volví, tristemente. Al levantar los ojos vi a un hombre agazapado en el jardín.
El hombre se incorporó y apoyó las manos y la cara contra el portón de vidrio.
Era Montero.
Rayos de luz lila y de luz anaranjada se cruzaban sobre
un fondo verde, con boscajes oscuros. La cara de Montero, apretada contra el
vidrio mojado, parecía blanquecina y deforme.
Pensé en acuarios, en peces en acuarios. Luego, con
frívola amargura, me dije que la cara de Montero sugería otros monstruos: los
peces deformados por la presión del agua, que habitan el fondo del mar.
Al otro día, a la mañana, me embarqué. Durante el
viaje, casi no salí del camarote. Escribí y estudié mucho.
Quería olvidar a Paulina. En mis dos años de Inglaterra
evité cuanto pudiera recordármela: desde los encuentros con argentinos hasta
los pocos telegramas de Buenos Aires que publicaban los diarios. Es verdad que
se me aparecía en el sueño, con una vividez tan persuasiva y tan real, que me
pregunté si mi alma no contrarrestaba de noche las privaciones que
yo le imponía en la vigilia. Eludí obstinadamente su recuerdo. Hacia el fin del
primer año, logré excluirla de mis noches, y, casi, olvidarla.
La tarde que llegué de Europa volví a pensar en
Paulina. Con aprehensión me dije que tal vez en casa los recuerdos fueran
demasiado vivos. Cuando entré en mi cuarto sentí alguna emoción y me detuve
respetuosamente, conmemorando el pasado y los extremos de alegría y de congoja
que yo había conocido. Entonces tuve una revelación vergonzosa. No me conmovían
secretos monumentos de nuestro amor, repentinamente manifestados en lo más
íntimo de la memoria; me conmovía la enfática luz que entraba por la ventana,
la luz de Buenos Aires.
A eso de las cuatro fui hasta la esquina y compré un
kilo de café. En la panadería, el patrón me reconoció, me saludó con estruendosa
cordialidad y me informó que desde hacia mucho tiempo–seis meses por lo
menos–yo no lo honraba con mis compras. Después de estas amabilidades le pedí,
tímido y resignado, medio kilo de pan. Me preguntó, como .siempre:
–¿,Tostado o blanco'?
Le contesté, como siempre:
–Blanco.
Volví a casa. Era un día claro como un cristal y muy
frío.
Mientras preparaba el café pensé en Paulina. Hacia el
fin de la tarde solíamos tomar una taza de café negro.
Como en un sueño pasé de un afable y ecuánime in
diferencia a la emoción, a la locura, que me produjo la aparición de Paulina.
Al verla caí de rodillas, hundí la cara entre sus manos y lloré por primera vez
todo el dolor de haberla perdido.
Su llegada ocurrió así: tres golpes resonaron en la
puerta; me pregunté quién seria el intruso; pensé que por su culpa se enfriaría
el café, abrí, distraídamente.
Luego–ignoro si el tiempo transcurrido fue muy largo o
muy breve–Paulina me ordenó que la siguiera. Comprendí que ella estaba corrigiendo,
con la persuasión de los hechos, los antiguos errores de nuestra conducta. Me
parece (pero además de recaer en los mismos errores, soy infiel a esa tarde)
que los corrigió con excesiva determinación . Cuando me pidió que la tomara de
la mano ("¡La mano!", me dijo. "¡Ahora!") me abandoné a la
dicha. Nos miramos en los ojos y, como dos ríos confluentes, nuestras almas
también se unieron. Afuera, sobre el techo, contra las paredes, llovía.
Interpreté esa lluvia–que era el mundo entero surgiendo, nuevamente–como una
pánica expansión de nuestro amor.
La emoción no me impidió, sin embargo, descubrir que
Montero había contaminado la conversación de Paulina. Por momentos, cuando ella
hablaba, yo tenía la ingrata impresión de oír a mi rival. Reconocí la característica
pesadez de las frases; reconocí las ingenuas y trabajosas tentativas de
encontrar el término exacto; reconocí, todavía apuntando vergonzosamente, la
inconfundible vulgaridad.
Con un esfuerzo pude sobreponerme. Miré el rostro, la
sonrisa, los ojos. Ahí estaba Paulina, intrínseca y perfecta. Ahí no me la
habían cambiado.
Entonces, mientras la contemplaba en la mercurial
penumbra del espejo, rodeada por el marco de guirnaldas, de coronas y de
ángeles negros, me pareció distinta. Fue como si descubriera otra versión de
Paulina; como si la viera de un modo nuevo. Di gracias por la separación, que
me había interrumpido el hábito de verla, pero que me la devolvía más hermosa.
Paulina dijo:
–Me voy. Julio me espera.
Advertí en su voz una extraña mezcla de menosprecio y
de angustia, que me desconcertó. Pensé melancólicamente: Paulina, en otros
tiempos, no hubiera traicionado a nadie. Cuando levanté la mirada, se había
ido.
Tras un momento de vacilación la llamé. Volví a
llamarla, bajé a la entrada, corrí por la calle. No la encontré. De vuelta,
sentí frío. Me dije: "Ha refrescado. Fue un simple chaparrón". La
calle estaba seca.
Cuando llegué a casa vi que eran las nueve. No tenía
ganas de salir a comer; la posibilidad de encontrarme con algún conocido, me
acobardaba. Preparé un poco de café. Tomé dos o tres tazas y mordí la punta de
un pan.
No sabía siquiera cuándo volveríamos a vernos. Quería
hablar con Paulina. Quería pedirle que me aclarara... De pronto, mi ingratitud
me asustó. El destino me deparaba toda la dicha y yo no estaba contento. Esa
tarde era la culminación de nuestras vidas. Paulina lo había comprendido así.
Yo mismo
lo había comprendido. Por eso casi no hablamos. (Hablar, hacer preguntas
hubiera sido, en cierto modo, diferenciarnos.)
Me parecía imposible tener que esperar hasta el día
siguiente para ver a Paulina. Con premioso alivio determiné que iría esa misma
noche a casa de Montero. Desistí muy pronto; sin hablar antes con Paulina, no
podía visitarlos. Resolví buscar a un amigo–Luis Alberto Morgan me pareció el
más indicado–y pedirle que me contara cuanto supiera de la vida de Paulina
durante mi ausencia.
Luego pensé que lo mejor era acostarme y dormir.
Descansado, vería todo con más comprensión. Por otra parte, no estaba dispuesto
a que me hablaran frívolamente de Paulina. Al entrar en la cama tuve la
impresión de entrar en un cepo (recordé, tal vez, noches de insomnio, en que
uno se queda en la cama para no reconocer que está desvelado). Apagué la luz.
No cavilaría más sobre la conducta de Paulina. Sabía
demasiado poco para comprender la situación. Ya que no podía hacer un vacío en
la mente y dejar de pensar, me refugiaría en el recuerdo de esa tarde.
Seguiría queriendo el rostro de Paulina aun si
encontraba en sus actos algo extraño y hostil que me alejaba de ella. E1 rostro
era el de siempre, el puro y maravilloso que me había querido antes de la
abominable aparición de Montero. Me dije: Hay una fidelidad en las caras, que
las almas quizá no comparten.
¿O todo era un engaño? ¿Yo estaba enamorado de una
ciega proyección de mis preferencias y repulsiones? ¿Nunca había conocido a
Paulina?
Elegí una imagen de esa tarde–Paulina ante la oscura y
tersa profundidad del espejo–y procuré evocarla. Cuando la entreví, tuve una
revelación instantánea: dudaba porque me olvidaba de Paulina. Quise consagrarme
a la contemplación de su imagen. La fantasía y la memoria son facultades
caprichosas: evocaba el pelo despeinado, un pliegue del vestido, la vaga
penumbra circundante, pero mi amada se desvanecía.
Muchas imágenes, animadas de inevitable energía,
pasaban ante mis ojos cerrados. De pronto hice un descubrimiento. Como en el
borde oscuro de un abismo, en un ángulo del espejo, a la derecha de Paulina,
apareció el caballito de piedra verde.
La visión, cuando se produjo, no me extrañó; sólo
después de unos minutos recordé que la estatuita no estaba en casa. Yo se la
había regalado a Paulina hacía dos años.
Me dije que se trataba de una superposición de
recuerdos anacrónicos (el más antiguo, del caballito; el más reciente, de
Paulina). La cuestión quedaba dilucidada, yo estaba tranquilo y debía dormirme.
Formulé entonces una reflexión vergonzosa y, a la luz de lo que averiguaría
después, patética. "Si no me duermo pronto", pensé, "mañana
estaré demacrado y no le gustaré a Paulina".
Al rato advertí que mi recuerdo de la estatuita en el
espejo del dormitorio no era justificable. Nunca la puse en el dormitorio. En
casa, la vi únicamente en el otro cuarto (en el estante o en manos de Paulina o
en las mías).
Aterrado, quise mirar de nuevo esos recuerdos. E1
espejo reapareció, rodeado de ángeles y de guirnaldas de madera, con Paulina en
el centro y el caballito a la derecha. Yo no estaba seguro de que reflejara la
habitación. Tal vez la reflejaba, pero de un modo vago y sumario. En cambio el
caballito se encabritaba nítidamente en el estante de la biblioteca. La
biblioteca abarcaba todo el fondo y en la oscuridad lateral rondaba un nuevo
personaje, que no reconocí en el primer momento. Luego, con escaso interés,
noté que ese personaje era yo.
Vi el rostro de Paulina, lo vi entero (no por partes),
como proyectado hasta mí por la extrema intensidad de su hermosura y de su
tristeza. Desperté llorando.
No sé desde cuándo dormía. Sé que el sueño no fue
inventivo. Continuó, insensiblemente, mis imaginaciones y reprodujo con
fidelidad las escenas de la tarde.
Miré el reloj. Eran las cinco. Me levantaría temprano
y, aun a riesgo de enojar a Paulina, iría a su casa. Esta resolución no mitigó
mi angustia.
Me levanté a las siete y media, tomé un largo baño y me
vestí despacio.
Ignoraba dónde vivía Paulina. El portero me prestó la
guía de teléfonos y la Guía Verde. Ninguna registraba la dirección de Montero.
Busqué el nombre de Paulina; tampoco figuraba. Comprobé, asimismo, que en la
antigua casa de Montero vivía otra persona. Pensé preguntar la dirección a los
padres de Paulina.
No los veía desde hacía mucho tiempo (cuando me enteré
del amor de Paulina por Montero, interrumpí el trato con ellos). Ahora, para
disculparme, tendría que historiar mis penas. Me faltó el ánimo.
Decidí hablar con Luis Alberto Morgan. Antes de las
once no podía presentarme en su casa. Vagué por las calles, sin ver nada, o
atendiendo con momentánea aplicación a la forma de una moldura en una pared o
al sentido de una palabra oída al azar. Recuerdo que en la plaza Independencia
una mujer, con los zapatos en una mano y un libro en la otra, se paseaba
descalza por el pasto húmedo.
Morgan me recibió en la cama, abocado a un enorme
tazón, que sostenía con ambas manos. Entre vi un líquido blancuzco y, flotando,
algún pedazo de pan.
–¿Dónde vive Montero?–le pregunté.
Ya había tomado toda la leche. Ahora sacaba del fondo
de la taza los pedazos de pan.
–Montero está preso–contestó.
No pude ocultar mi asombro. Morgan continuó:
–¿Cómo? ¿Lo ignoras?
lmaginó, sin duda, que yo ignoraba solamente ese
detalle, pero, por gusto de hablar, refirió todo lo ocurrido. Creí perder el
conocimiento: caer en un repentino precipicio; ahí también llegaba la voz
ceremoniosa, implacable y nítida, que relataba hechos incomprensibles con la
monstruosa y persuasiva convicción de que eran familiares.
Morgan me comunicó lo siguiente: Sospechando que
Paulina me visitaría, Montero se ocultó en el jardín de casa. La vio salir, la
siguió; la interpeló en la calle. Cuando se juntaron curiosos, la subió a un
automóvil de alquiler. Anduvieron toda la noche por la Costanera y por los
lagos y, a la madrugada, en un hotel del Tigre, la mató de un balazo. Esto no
había ocurrido la noche anterior a esa mañana; había ocurrido la noche anterior
a mi viaje a Europa; había ocurrido hacía dos años.
En los momentos más terribles de la vida solemos caer
en una suerte de irresponsabilidad protectora y en vez de pensar en lo que nos
ocurre dirigimos la atención a trivialidades. En ese momento yo le pregunté a
Morgan:
–¿Te acuerdas de la última reunión, en casa, antes de
mi viaje?
Morgan se acordaba. Continué:
–Cuando notaste que yo estaba preocupado y fuiste a mi
dormitorio a buscar a Paulina, ¿qué hacía Montero?
–Nada–contestó Morgan, con cierta vivacidad–. Nada. Sin
embargo, ahora lo recuerdo: se miraba en el espejo.
Volvía a casa. Me crucé, en la entrada, con el portero.
Afectando indiferencia, le pregunté:
–¿Sabe que murió la señorita Paulina?
–¿Cómo no voy a saberlo?–respondió–. Todos los diarios
hablaron del asesinato y yo acabé declarando en la policía.
El hombre me miró inquisitivamente.
–¿Le ocurre algo?–dijo, acercándose mucho–. ¿Quiere que
lo acompañe?
Le di las gracias y me escapé hacia arriba. Tengo un
vago recuerdo de haber forcejeado con una llave; de haber recogido unas cartas,
del otro lado de la puerta; de estar con los ojos cerrados, tendido boca abajo,
en la cama.
Después me encontré frente al espejo, pensando: "
Lo cierto es que Paulina me visitó anoche. Murió sabiendo que el matrimonio con
Montero había sido un equivocación– una equivocación atroz–y que nosotros
éramos la verdad. Volvió desde la muerte, para completar su destino, nuestro
destino". Recordé una frase que Paulina escribió, hace años, en un libro:
Nuestras almas ya se reunieron. Seguí pensando: "Anoche, por fin. En el
momento en que la tomé de la mano". Luego me dije: "Soy indigno de
ella: he dudado, he sentido celos. Para quererme vino desde la muerte".
Paulina me había perdonado. Nunca nos habíamos querido
tanto. Nunca estuvimos tan cerca.
Yo me debatía en esta embriaguez de amor, victoriosa y
triste cuando me pregunté–mejor dicho, cuando mi cerebro, llevado por el simple
hábito de proponer alternativas, se preguntó–si no habría otra explicación para
la visita de anoche. Entonces, como una fulminación, me alcanzó la verdad.
Quisiera descubrir ahora que me equivoco de nuevo. Por
desgracia, como siempre ocurre cuando surge la verdad, mi horrible explicación
aclara los hechos que parecían misteriosos. Estos, por su parte, la confirman.
Nuestro pobre amor no arrancó de la tumba a Paulina. No
hubo fantasma de Paulina. Yo abracé un monstruoso fantasma de los celos de mi
rival.
La clave de lo ocurrido está oculta en la visita que me
hizo Paulina en la víspera de mi viaje. Montero la siguió y la esperó en el
jardín. La riñó toda la noche y, porque no creyó en sus explicaciones–¿cómo ese
hombre entendería la pureza de Paulina?–la mató a la madrugada.
Lo imaginé en su cárcel, cavilando sobre esa visita,
representándosela con la cruel obstinación de los celos.
La imagen que entró en casa, lo que después ocurrió
allí, fue un a proyección de la horrenda fantasía de Montero. No lo descubrí
entonces, porque estaba tan conmovido y tan feliz, que sólo tenía voluntad para
obedecer a Paulina. Sin embargo, los indicios no faltaron. Por ejemplo, la
lluvia. Durante la visita de la verdadera Paulina–en la víspera de mi viaje–no
oí la lluvia. Montero, que estaba en el jardín, la sintió directamente sobre su
cuerpo. Al imaginarnos, creyó que la habíamos oído. Por eso anoche oí llover.
Después me encontré con que la calle estaba seca.
Otro indicio es la estatuita. Un solo día la tuve en
casa: el día del recibo. Para Montero quedó como un símbolo del lugar. Por eso
apareció anoche.
No me reconocí en el espejo, por que Montero no me
imaginó claramente. Tampoco imaginó con precisión el dormitorio. Ni siquiera
conoció Paulina. La imagen proyectada por Montero se condujo de un modo que no
es propio de Paulina. Además, hablaba como él.
Urdir esta fantasía es el tormento de Montero. El mío
es más real. Es la convicción de que Paulina no volvió porque estuviera
desengañada de su amor. Es la convicción de que nunca fui su amor. Es la
convicción de que Montero no ignoraba aspectos de su vida que sólo he conocido
indirectamente. Es la convicción de que al tomarla de la mano–en el supuesto
momento de la reunión de nuestras almas–obedecí a un ruego de Paulina que ella
nunca me dirigió y que mi rival oyó muchas veces.
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Nóumeno
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Probablemente
fue Carlota la que tuvo la idea. Lo cierto es que todos la aceptaron, aunque
sin ganas. Era la hora de la siesta de un día muy caluroso, el 8 o el 9 de
enero. En cuanto al año, no caben dudas: 1919. Los muchachos no sabían qué
hacer y decían que en la ciudad no había un alma, porque algunos amigos ya
estaban veraneando. Salcedo convino en que el Parque Japonés quedaba cerca.
Agregó:
Será cosa de ponerse el rancho e ir en fila india, buscando la sombra.
¿Están seguros de que en el Parque Japonés funciona el Nóumeno?preguntó
Arribillaga.
Carlota dijo que sí. El Nóumeno era un cinematógrafo unipersonal, que por
entonces daba que hablar, aún en las noticias de policía.
Arturo miró a Carlota. Con su vestido blanco, tenía aire de griega o de
romana. "Una griega o romana muy linda", pensó.
Vale la pena costearsedijo Arribillaga. Para hacernos una opinión sobre el
asunto.
Algo indispensabledijo con sorna Amenábar.
Yo tampoco veo la ventajadijo Narciso Dillon.
Voy a andar medio justo de tiempo previno Arturo. El tren sale a las cinco.
Y si no vas, ¿qué pasa? ¿Tu campo desaparece?preguntó Carlota.
No pasa nada, pero me están esperando.
Aunque no fuera indispensable la fila india, tampoco era cuestión de
insolarse y derretirse, de modo que avanzaron de dos en dos, por la angosta y
no continua franja de sombra. Carlota y Amenábar caminaban al frente;
después, Arribillaga y Salcedo; por último, Arturo y Dillon. Éste comentó:
Qué valientes somos.
¿Por salir con este solazo?preguntó Arturo.
Por ir muy tranquilos a enfrentarnos con la verdad.
Nadie cree en el Nóumeno.
Desde luego.
Es de la familia de la cotorra de la buena suerte.
Entonces, una de dos. O no creemos y ¿para qué vamos? O creemos y ¿pensaste,
Arturo, en este grupo de voluntarios? La gente más contradictoria de la República.
Empezando por un servidor. Nací cansado, no sé lo que se llama trabajar, si
me arruino me pego un tiro y no hay domingo que no juegue hasta el último
peso en las carreras.
¿Quién no tiene contradicciones?
Unos menos que otros. Vos y yo no vamos al Nóumeno batiendo palmas.
Arturo dijo:
A lo mejor sospechamos que para seguir viviendo, más vale dormirse un poco
para ciertas cosas. ¿Qué va a suceder cuando entre Arribillaga y vea cómo el
aparato le combina su orgullo de perfecto caballero con su ambición política?
Arribillaga sale a todo lo que da y el Nóumeno estalla dijo Dillon.
¿Amenábar también tendrá contradicciones?
No creo.
Cuando conoció a Amenábar, Arturo estudiaba trigonometría, su última materia
de bachillerato, para el examen de marzo. Un pariente, profesor en el colegio
Mariano Moreno, se lo recomendó. "Si te prepara un mozo Amenábar",
le dijo, "no sólo aprobarás trigonometría, sabrás matemáticas". Así
fue, y muy pronto entablaron una amistad que siguió después del examen, a
través de esas largas conversaciones filosóficas, que en alguna época fueron
tan típicas de la juventud. Por Arturo, Amenábar conoció a Carlota y después
a los demás. Lo trataban como a uno de ellos, con la misma despreocupada
camaradería, pero todos veían en él a una suerte de maestro, al que podían
consultar sobre cualquier cosa. Por eso lo llamaban el Profe.
Comentó Dillon:
Su idea fija es la coherencia.
Ojalá muchos tuviéramos esa idea fija contestó Arturo. Él mismo dice que
la coherencia y la lealtad son las virtudes más raras.
Menos mal, porque si no, con la vida que uno lleva... ¿Qué sería de mí, un
domingo sin turf? ¡Me pego un balazo!
Si hay que pegarse un balazo porque la vida no tiene sentido, no queda
nadie.
¿También Carlota será contradictoria? A ella se le ocurrió el programa.
Carlota es un caso distintoexplicó Arturo; con aparente objetividad. Le
sobra el coraje.
Las mujeres suelen ser más corajudas que los hombres.
Yo iba a decir que era más hombre que muchos.
Tal vez Arturo no estuviera tan alegre como parecía: Cuando hablaba de
Carlota se reanimaba.
No conozco chica más independiente aseguro Dillon, y agregó: Claro que la
plata ayuda.
Ayuda. Pero Carlota era muy joven cuando quédó huérfana. Apenas mayor de
edad. Pudo acobardarse, pudo buscar apoyo en alguien de la familia. Se las
arregló sola.
"Y por suerte ahí va caminando con Amenábar", pensó Arturo.
"Sería desagradable que tuviera al otro a su lado."
Entraron en el Parque Japonés. Arturo advirtió con cierto alivio que nadie se
apuraba por llegar al Nóumeno. Lo malo es que no era el único peligro.
También estaba la Montaña Rusa. Para sortearla, propuso el Water Shoot, al
que subieron en un ascensor. Desde lo alto de la torre, bajaron en un bote, a
gran velocidad, por un tobogán, hasta el lago. Pasaron por el Disco de la
Risa, se fotografiaron en motocicletas Harley Davidson y en aeroplanos
pintados en telones y, más allá del teatro de títeres, donde tres músicos
tocaban Cara sucia, vieron un quiosco de bloques de piedra gris, en papier
mache, que por la forma y por las dos efinges, a los lados de la puerta,
recordaba una tumba egipcia.
Es acádijo Salcedo y señaló el quiosco.
En el frontispicio leyeron: El Nóumeno y, a la derecha, en letras más chicas:
de M. Cánter. Un instante después un viejito de mal color se les acercó para
preguntar si querían entradas. Arribillaga pidió seis.
¿Cuánto tiempo va a estar cada uno adentro?preguntó Arturo.
Menos de un cuarto de hora. Más de diez minutoscontestó el viejo.
Bastan cinco entradas. Si me alcanza el tiempo compro la mía.
¿Usted es Cánter?preguntó Amenábar.
Sídijo el viejo. No, por desgracia, de los Cánter de La Sin Bombo, sino de
unos más pobres, que vinieron de Alemania. Tengo que ganarme la vida
vendiendo entradas para este quiosco. ¡Seis, mejor dicho cinco, miserables
entradas, a cincuenta centavos cada una!
¿Ahora no hay nadie adentro?preguntó Dillon.
No.
Y aparte de nosotros, nadie esperando. Le tomaron miedo a su Nóumeno.
No veo por quéreplicó el viejo.
Por lo que salió en los diarios.
El señor cree en la letra de molde. Si le dicen que alguien entró en este
quiosco de lo más campante y salió con la cabeza perdida, ¿lo cree? ¿No se le
ocurre que detrás de toda persona hay una vida que usted no conoce y tal vez
motivos más apremiantes que mi Nóumeno, para tomar cualquier determinación?
Arturo preguntó:
¿Cómo se le ocurrió el nombre?
A mí no se me ocurrió. Lo puso un periodista, por error. En realidad, el
Nóumeno es lo que descubre cada persona que entra. Y, a propósito: ¡Adelante,
señores, pasen! Por cincuenta centavos conocerán el último adelanto del
progreso. Tal vez no tengan otra oportunidad.
Deséenme buena suertedijo Carlota.
Saludó y entró en el Nóumeno. Arturo la recordaría en esa puerta, como en una
estampa enmarcada: el pelo castaño, los ojos azules, la boca imperiosa, el
vestido blanquísimo. Salcedo preguntó a Cánter:
¿Por qué dice que tal vez no haya otra oportunidad?
Algo hay que decir para animar al público explicó el viejo, con una sonrisa
y una momentánea efusión de buen color, que le dio aire de resucitado.
Además, la clausura municipal está siempre sobre nuestras cabezas.
¿Cabezas? preguntó Arturo. ¿Las suyas o las de todos?
Las de todos los que recibimos la visita de señores que viven de las amenazas
de clausura. Los señores inspectores municipales.
Una verguenzadijo Salcedo, gravemente.
Hay que comerdijo el viejo.
Después de Cara Sucia, los de al lado tocaron Mi noche triste. Arturo pensó
que por culpa de ese tango, que siempre lo acongojaba un poco, estaba
nervioso porque la chica no salía del Nóumeno. Por fin salió y, como todos la
miraban inquisitivamente, dijo con una sonrisa:
Muy bien. Impresionante.
Arturo pensó "Le brillan los ojos".
Acá voy yoexclamó Salcedo y, antes de entrar, se volvió y murmuró:No se
vayan.
Felice mortegritó Arribillaga.
Carlota pasó al lado de Arturo y dijo en voz baja:
Vos no entres.
Antes que pudiera preguntar por qué, ella se trabó en una conversación con
Amenábar. El tono en que había dicho esas tres palabras le recordó tiempos
mejores.
En el teatro de títeres tocaban otro tango. Cuando Salcedo salió del Nóumeno,
entró Amenábar. Arribillaga preguntó:
¿Qué tal?
Nada extraordinariocontestó Salcedo.
Explicame un poco dijo Dillon. Ahí adentro ¿consigo un dato para el
domingo?
Creo que no.
Entonces no me interesa. Casi me alegro.
Yo, en cambio, me alegro de haber entrado. Hay una especie de máquina
registradora, pero de pie, y una sala, o cabina, de biógrafo, que se compone
de una silla y de un lienzo que sirve de pantalla.
Te olvidás del proyectordijo Carlota.
No lo vi.
Yo tampoco, pero el agujero está detrás de tu cabeza, como en cualquier
sala, y al levantar los ojos ves el haz de luz en la oscuridad.
La película me pareció extraordinaria. Yo sentí que el héroe pasaba por
situaciones idénticas a las mías.
¿Concluyó bien?preguntó Carlota.
Por suerte, sídijo Salcedo. ¿Y la tuya?
Depende. Según interpretes.
Salcedo iba a preguntar algo, pero Carlota se acercó a Amenábar, que salía
del quiosco, y le preguntó cuál era su veredicto.
Yo ni para el Nóumeno tengo veredictos. Es un juego, un simulacro ingenioso.
Una novedad bastante vieja: la máquina de pensar de Raimundo Lulio, puesta al
día. Casi puedo asegurar que mientras uno se limite a las teclas
correspondientes a su carácter, la respuesta es favorable; pero si te da por
apretar la totalidad de las teclas correspondientes a las virtudes, la
inmediata respuesta es Hipócrita, Ególatra, Mentiroso, en tres redondelitos
de luz colorada.
¿Hiciste la prueba?preguntó Carlota.
Riendo, Amenábar contestó que sí y agregó:
¿Te parece poco serio? A mí me pareció poco serio el biógrafo. Qué cinta.
Como si nos tomaran por sonsos.
Después de mirar el reloj Arturo dijo:
Yo me voy.
¿No me digas que te asusta el Nóumeno? preguntó Dillon.
La verdad que esa puerta alta y angosta le da aspecto de tumbadijo Salcedo.
Carlota explicó:
Tiene que tomar el tren de las cinco.
Y antes pasar por casa, a recoger la valija agregó Arturo.
Le sobra el tiempodijo Salcedo.
Quién sabe dijo Amenábar. Con la huelga no andan los tranvías y casi no he
visto automóviles de alquiler ni coches de plaza.
Lo que vio Arturo al salir del Parque Japonés le trajo a la memoria un álbum
de fotografías de Buenos Aires, con las calles desiertas. Para que esas
pruebas documentales no contrariaran su convicción patriótica de que en las
calles de nuestra ciudad había mucho movimiento, pensó que las fotografías
debieron de tomarse en las primeras horas de la mañana. Lo malo es que ahora
no era la mañana temprano, sino la tarde.
No había exagerado Amenábar. Ni siquiera se veían coches particulares. ¿lba a
largarse a pie, a Constitución? Una caminata, para él heroica, no desprovista
de la posibilidad de llegar después de la salida del tren. "¿Dónde está
ese ánimo? ¿Por qué pensar lo peor?", se dijo. "Con un poco de
suerte encontraré algo que me lleve a Constitución." Hasta Cerrito,
bordeó el paredón del Central Argentino, volviendo todo el tiempo la cabeza,
para ver si aparecía un coche de plaza o un automóvil de alquiler. "A
este paso, antes que las piernas se me cansa el pescuezo." Dobló por
Cerrito a la derecha, subió la barranca, siguió rumbo al barrio sur.
"Desde el Bajo y Callao a Constitución habrá alrededor de cuarenta cuadras",
calculó. "Más vale dejar la valija." Lo malo era que de paso
dejaría La ciudad y las sierras, que estaba leyendo. Para recoger la valija,
tendría seis cuadras hasta su casa, en la calle Rodríguez Peña y, ya con la
carga a cuestas, las seis cuadras hasta Cerrito y todas las que faltaban
hasta Constitución. "Otra idea", se dijo, "sería irme ahora
mismo a casa, recostarme a leer La ciudad y las sierras frente al ventilador
y postergar el viaje para mañana; pero, con la huelga, quién me asegura que
mañana corran los trenes. No hay que aflojar aunque vengan degollando".
Nadie venía degollando, pero la ciudad estaba rara, por lo vacía, y aún le
pareció amenazadora, como si la viera en un mal sueño. "Uno imagina
disparates, por la cantidad de rumores que oye sobre desmanes de los
huelguistas." A la altura de Rivadavia, pasó un taxímetro Hispano Suiza.
Aunque iba libre, continuó la marcha, a pesar de su llamado. "A lo mejor
el chófer está orgulloso del auto y no levanta a nadie."
Poco después, al cruzar Alsina, vio que avanzaba hacia él un coche de plaza
tirado por un zaino y un tordillo blanco. Arturo se plantó en medio de la
calle, con los brazos abiertos, frente al coche. Creyó ver que el cochero
agitaba las riendas, como si quisiera atropellarlo, pero a último momento las
tiró para atrás, con toda la fuerza, y logró sujetar a los caballos. Con voz
muy tranquila, el hombre preguntó:
¿Por suerte anda buscando que lo maten?
Que me lleven.
No lo llevo. Ahora vuelvo a casa. A casita, cuanto antes.
¿Dónde vive?
Pasando Constitución.
No tiene que desandar camino. Voy a Constitución.
¿A Constitución? Ni loco. La están atacando.
Me deja donde pueda.
Resignado, el cochero pidió:
Suba al pescante. Si voy con pasajero y nos encontramos con los huelguistas,
me vuelcan el coche. Que lleve a un amigo en el pescante, ¿a quién le
interesa? Hay que cuidarse, porque la Unión de Choferes apoya la huelga.
Usted no es chofer, que yo sepa.
Tanto da. Caigo en la volteada como cualquiera.
Por Lima siguieron unas cuadras. Arturo comentó:
Corre aire acá. Uno revive. ¿Sabe, cochero, lo que he descubierto?
Usted dirá.
Que se viaja más cómodo en coche que a pie.
El cochero le dijo que eso estaba muy bueno y que a la noche iba a contárselo
a la patrona. Observó amistosamente:
La ciudad está vacía, pero tranquila.
Una tranquilidad que mete miedoaseguró Arturo.
Casi inmediatamente oyeron detonaciones y el silbar de balas.
Armas largasdictaminó el cochero.
¿Dónde?preguntó Arturo.
Para mí, en la plaza Lorea. Vamos a alejarnos, por si acaso.
En Independencia doblaron a la izquierda y después, en Tacuarí, a la derecha.
Al llegar a Garay, Arturo dijo:
¿Cuánto le debo? Bajo acá.
Vamos a ver: ¿viajó, sí o no, en el asiento de los amigos?Sin esperar
respuesta, concluyó el cochero:Nada, entonces.
Porque faltaba la desordenada animación que habitualmente había en la zona,
la mole gris amarillenta de la estación parecía desnuda. Cuando Arturo iba a
entrar, un vigilante le preguntó:
¿Dónde va?
A tomar el trencontestó.
¿Qué tren?
El de las cinco, a Bahía Blanca.
No creo que salgadijo el vigilante.
"Con tal que atiendan en la boletería", se dijo Arturo. Lo
atendieron, le dieron el boleto, le anunciaron:
El último tren que corre.
En el momento de subir al vagón se preguntó qué sentía. Nada extraordinario,
un ligero aturdimiento y la sospecha de no tener plena conciencia de los
actos y menos aún de cómo repercutirían en su ánimo. Era la primera vez,
desde que ella lo dejó, que salía de Buenos Aires. Había pensado que la falta
de Carlota sería más tolerable si estaban lejos.
Se encontró en el tren con el vasco Arruti, el de la panadería La Fama,
reputada por la galleta de hojaldre, la mejor de todo el cuartel séptimo del
partido de Las Flores. Arturo preguntó:
¿Llegamos a eso de las ocho y media?
Siempre y cuando no paren el tren en Talleres y nos obliguen a bajar.
¿Vos creés?
La cosa va en serio, Arturito, y en Talleres hay muchos trabajadores. Nos
mandan a una vía muerta, si quieren.
No sé. Los trabajadores están cansados.
Pasaron de largo Talleres y Arruti dijo:
Tengo sed.
Vayamos al vagón comedor.
Ha de estar cerrado.
Estaba abierto. Pidió Arturo una Bilz, y un Pernod Arruti, que explicó:
Lo que tomábamos con tu abuelo, cuando iba a la estancia, a jugar a la
baraja.
Eso fue en los último años de mi abuelo.
Antes lo acompañabas a cazar.
De nuevo hablaron de la huelga. Con algún asombro, Arturo creyó descubrir que
Arruti no la condenaba y le preguntó:
¿No estás en contra de la huelga porque pensás que de una revolución va a
salir un gobierno mejor que el de ahora?
No estoy loco, chereplicó Arruti. Todos los gobiernos son malos, pero a un
mal gobierno de enemigos prefiero un mal gobierno de amigos.
¿El que tenemos es de enemigos?
Digamos que es de tu gente, no de la mía.
No sabía que vos y yo fuéramos enemigos.
No lo somos, Arturo, ni lo seremos. Ni tú ni yo estamos en política. Una
gran cosa.
Sin embargo, apostaría que tomamos las ideas más a pecho que los políticos.
Esa gente no cree en nada. Sólo piensan en abrirse paso y mandar.
Imaginó cómo iba a referirle a Carlota esta conversación. Recordó, entonces,
lo que había pasado. Se dijo: "Debo sobreponerme", pero tuvo
sentimientos que tal vez correspondieran a una frase como: "¿Para qué
vivir si después no puedo comentar las cosas con Carlota?".
Arruti, que era un vasco diserto, habló de su infancia en los Pirineos, de su
llegada al país, de sus primeras noches en Pardo, cuando se preguntaba si el
rumor que oía era del viento o de un malón de indios.
A ratos Arturo olvidó su pena. Lo cierto es que el viaje se hizo corto. A las
ocho y media bajaron en la estación Pardo.
Seguro que Basilio vino con el break dijo. ¿Te llevo?
No, hombrecontestó Arruti. Vivo demasiado cerca. Eso sí: una tarde caigo
de visita en la estancia. Esta vuelta vas a quedarte más de lo que tienes
pensado.
Basilio, el capataz, los recibió en el andén. Preguntó:
¿Qué tal viaje tuvieron?y agregó después de agacharse un poco y llevar la
mirada a una y otra mano de Arturo: ¿No olvidaste nada, Arturito?
Nada.
¿Qué debía traer?preguntó Arruti.
Siempre viene con valijas cargadas de libros. Hay que ver lo que pesan.
Arruti se despidió y se fue. Arturo preguntó:
¿Cómo andan por acá?
Bien. Esperando el agua.
¿Mucha seca?
Se acaba el campo, si no llueve.
Emprendieron el largo trayecto en el break. Hubo conversación, por momentos,
y también silencios prolongados. Todavía no era noche. Distraídamente Arturo
miraba el brilloso pelo del zaino, la redondez del anca, el tranquilo vaivén
de las patas, y pensaba: "Para vida agitada, el campo. Uno se desvive
porque llueva o no llueva, o porque pase la mortandad de los terneros... Lo
que es yo, no voy a permitir que me contagien la angustia". Iba a
agregar "por lo menos hasta mañana a la mañana", cuando se acordó
de la otra angustia y se dijo: "Qué estúpido. Todavía tengo ganas de
hacerme el gracioso".
Llegaron a la estancia por la calle de eucaliptos. Era noche cerrada. La
casera le tendió una mano blanda y dijo:
Bien ¿y usted? ¿Paseando?
En el patio había olor a jazmines; en la cocina y el cuartito de la caldera,
olor a leña quemada; en el comedor, olor a la madera del piso, del zócalo, de
los muebles.
Poco después de la comida, Arturo se acostó. Pensaba que lo mejor era
aprovechar el cansancio para dormirse cuanto antes. Un silencio, apenas
interrumpido por algún mugido lejano, lo llevó al sueño.
Vio en la oscuridad un telón blanco. De pronto, el telón se rajó con ruido de
papel y en la grieta aparecieron, primero, los brazos extendidos y después la
querida cara de Carlota, aterrada y tristísima, que le gritaba su nombre en
diminutivo. Repetidamente se dijo: "No es más que un sueño. Carlota no
me pide socorro. Qué absurdo y presuntuoso de mi parte pensar que está
triste. Ha de estar muy feliz con el otro. Al fin y al cabo este sueño no es
más que una invención mía". Pasó el resto de la noche en cavilaciones
acerca del grito y de la aparición de Carlota. A la mañana, lo despertó la
campanilla del teléfono.
Corrió al escritorio, levantó el tubo y oyó la voz de Mariana, la señorita de
la red local de teléfonos, que le decía:
Señor Arturo, me informan de la oficina de la Unión Telefónica de Las Flores
que lo llaman de Buenos Aires. Se oye mal y la comunicación todo el tiempo se
corta. ¿Paso la llamada?
Pásela, por favor.
Oyó apenas:
Un rato después de salir del Parque Japonés... Imagino cómo te caerá la
noticia... Encontraron el cuerpo en la gruta de las barrancas de la Recoleta.
¿El cuerpo de quién? gritó Arturo. ¿Quién habla?
No era fácil de oír y menos de reconocer la voz entrecortada por
interrupciones, que llegaba de muy lejos, a través de alambres que parecían
vibrar en un vendaval. Oyó nuevamente:
Después de salir del Parque Japonés.
El que hablaba no era Dillon, ni Amenábar, ni Arribillaga. ¿Salcedo? Por
eliminación quizá pareciera el más probable, pero por la voz no lo reconocía.
Antes que se cortara la comunicación, oyó con relativa claridad:
Se pegó un balazo.
La señorita Mariana, de la red local, apareció después de un largo silencio,
para decir que la comunicación se cortó porque los operarios de la Unión
Telefónica se plegaron a la huelga. Arturo preguntó:
¿No sabe hasta cuándo?
Por tiempo indeterminado.
¿No sabe de qué número llamaron?
No, señor. A veces nos llega la comunicación mejor que a los abonados. Hoy,
no.
Después de un rato de perplejidad, casi de anonadamiento, por la noticia y
por la imposibilidad de conseguir aclaraciones, Arturo exclamó en un
murmullo: "No puede ser Carlota". La exclamación velaba una
pregunta, que formuló con miedo. El resultado fue favorable, porque la frase
en definitiva expresaba una conclusión lógica. Carlota no podía suicidarse,
porque era una muchacha fuerte, consciente de tener la vida por delante y
resuelta a no desperdiciarla Si todavía quedaba en el ánimo de Arturo algún
temor, provenía del sueño en que vio la cara de Carlota y oyó ese grito que
pedía socorro. "Los sueños son convincentes", se dijo, "pero
no voy a permitir que la superstición prevalezca sobre la cordura. Es claro
que la cordura no es fácil cuando hubo una desgracia y uno está solo y mal
informado". De pronto le vinieron a la memoria ciertas palabras que dijo
Dillon, cuando iban al Parque Japonés. Tal vez debió replicarle que el
suicida es un individuo más impaciente que filosófico: a todos nos llega demasiado
pronto la muerte. Recapacitó: "Sin embargo fui atinado en no insistir,
en no dar pie para que Dillon dijera de nuevo que pegarse un tiro era la
mejor solución. No creo que lo haya hecho... Si me atengo a lo que dijo en
broma, o en serio, podría pegarse un tiro después de perder en el hipódromo.
Ayer no fue al hipódromo, porque no era domingo". En tono de
intencionada despreocupación agregó: "¿Qué carrerista va a matarse en
vísperas de carreras?"
¿Quiénes quedaban? " ¿Amenábar? No veo por qué iba a hacerlo. Para
suicidarse hay que estar en la rueda de la vida, como dicen en Oriente. En la
carrera de los afanes. O haber estado y sentir desilusión y amargura. Si no
se dejó atrapar nunca por el juego de ilusiones ¿por qué tendría ahora ese
arranque?" En cuanto a Carlota, la única falta de coherencia que le
conocía era Salcedo. Algo que lo concernía tan íntimamente quizá lo
descalificara para juzgar. Si la imaginaba triste y arrepentida hasta el
punto de suicidarse, caería en la clásica, y sin duda errónea, suposición de
todo amante abandonado. Pensó después en Arribillaga y en sus ambiciones,
acaso incompatibles: un perfecto caballero y un popular caudillo político.
Por cierto, el más frecuente modelo de perfecto caballero es un aspirante a
matón siempre listo a dar estocadas al primero que ponga en duda su buen
nombre y también dispuesto a defender, sin el menor escrúpulo, sus intereses.
Es claro que el pobre Arribillaga quería ser un caballero auténtico y un
político merecidamente venerado por el pueblo y tal vez ahora mismo jugara
con la idea de empuñar el volante de su Pierce Arrow y darse una vuelta por
la fábrica de Vasena y arengar a los obreros huelguistas. ¿Y Perucho Salcedo?
"Supongamos que no fue el que llamó por teléfono: ¿tenía alguna razón
para suicidarse? ¿Un flanco débil? ¿La deslealtad con un amigo? Birlar la
mujer del amigo ¿es algo serio? Además ¿cómo opinar sin saber cuál fue la
participación de la mujer en el episodio?" Se dijo: "Mejor no
saberlo".
A lo largo del día, de la noche y de los tres días más que pasó en el campo,
Arturo muchas veces reflexionó sobre las razones que pudo tener cada uno de
los amigos, para matarse. En algún momento se abandonó a esperanzas no del
todo justificadas. Se dijo que tal vez fuera más fácil encontrar un malentendido
en la comunicación telefónica del viernes, que una razón para matarse en
cualquiera de ellos. Sin duda la comunicación fue confusa, pero el sentido de
algunas frases era evidente y no dejaba muchas esperanzas: "Imagino cómo
te caerá la noticia", "encontraron el cuerpo en la gruta de la
Recoleta", "se pegó un balazo". También se dijo que llevado
por una impaciencia estúpida emprendió esa investigación y que más valía no
seguirla. Quizá fuera menos desdichado mientras no identificara al muerto.
En la última noche, en un sueño, vio un salón ovalado, con cinco puertas, que
tenían arriba una inscripción en letras góticas. Las puertas eran de madera
rubia, labrada, y todo resplandecía a la luz de muchas lámparas. Porque era
miope debió acercarse para leer, sobre cada puerta, el nombre de uno de sus
amigos. La puerta que se abriera correspondería al que se había matado. Con
mucho temor apoyó el picaporte de la primera, que no cedió, y después repitió
el intento con las demás. Se dijo: "Con todas las demás", pero
estaba demasiado confuso como para saberlo claramente. En realidad no deseaba
encontrar la puerta que cediera.
A la mañana le dijeron que se había levantado la huelga y que los trenes
corrían. Viajó en el de las doce y diez.
Apenas pasadas las cinco, bajaba del tren, salía de Constitución, tomaba un
automóvil de alquiler. Aunque nada deseaba tanto como llegar a su casa, dijo
al hombre:
A Soler y Aráoz, por favor.
En ese instante había sabido cuál de los amigos era el muerto. La brusca
revelación lo aturdió. El chófer trató de entablar conversación: preguntó
desde cuándo faltaba de la capital y comentó que, según decían algunos
diarios, se había levantado la huelga, lo que estaba por verse. Quizás en voz
alta Arturo pensó en el suicida. Murmuró:
Qué tristeza.
No le quedó recuerdo alguno del momento en que bajó del coche y caminó hacia
la casa. Recordó, en cambio, que abrió el portón del jardín y que la puerta
de adentro estaba abierta y que de pronto se encontró en la penumbra de la
sala, donde Carlota y los padres de Amenábar estaban sentados, inmóviles,
alrededor de la mesita del té. Al ver a su amiga, Arturo sintió emoción y
alivio, como si hubiera temido por ella. Trabajosamente se levantaron la
señora y el señor. Hubo saludos; no palmadas ni abrazos. Ya se preguntaba si
lo que había imaginado sería falso, cuando Carlota murmuró:
Traté de avisarte, pero no conseguí comunicación.
Creo que me llamó Salcedo. No estoy seguro. Se oía muy mal.
La señora le sirvió una taza de té y le ofreció tostadas y galletitas.
Después de un rato anunció Carlota:
Es tarde. Tengo que irme.
Te acompañodijo Arturo.
¿Por qué se van tan pronto?preguntó la señora. Mi hijo no puede tardar.
Cuando salieron, explicó la muchacha:
La madre se niega a creer que el hijo ha muerto. Me parece natural. Es lo
que todos sentimos. ¿Por qué no quiso vivir?
Amenábar era el único de nosotros que no se permitía incoherencias.
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Adolfo Bioy Casares
La Trama Celeste
Cuando el capitán Ireneo Morris y el doctor Carlos
Alberto Servian, médico homeópata, desaparecieron, un 20 de diciembre de Buenos
Aires, los diarios apenas comentaron el hecho. Se dijo que había gente engañada
gente complicada y que una comisión estaba investigando; se dijo también que el
escaso radio de acción del aeroplano utilizado por los fugitivos permitía
afirmar que éstos no habían ido muy lejos. Yo recibí en esos días una
encomienda; contenía: tres volúmenes in quarto (las obras completas del
comunista Luis Augusto Blanqui); un anillo de escaso valor (una aguamarina en
cuyo fondo se veía la efigie de una diosa con cabeza de caballo); unas cuantas
páginas escritas a máquina—Las aventuras del capitán Morris— firmadas C.
A. S. Transcribiré esas páginas.
LAS AVENTURAS DEL CAPITAN MORRIS
Este relato podría empezar con alguna leyenda celta
que nos hablara del viaje de un héroe a un país que está del otro lado de una
fuente, o de una infranqueable prisión hecha de ramas tiernas, o de un anillo
que torna invisible a quien lo lleva, o de una nube mágica, o de una joven llorando
en el remoto fondo de un espejo que está en la mano del caballero destinado a
salvarla, o de la busca, interminable y sin esperanza, de la tumba del rey
Arturo:
Ésta
es la tumba de March y ésta la de Gwythyir;
ésta es la tumba de Gwgawn Gleddyffreidd;
pero la tumba de Arturo es desconocida.
También podría empezar con la noticia, que oí con
asombro y con indiferencia, de que el tribunal militar acusaba de traición al
capitán Morris. O con la negación de la astronomía. O con una teoría de esos
movimientos, llamados "pases", que se emplean para que aparezcan o
desaparezcan los espíritus.
Sin embargo, yo elegiré un comienzo menos
estimulante; si no lo favorece la magia, lo recomienda el método. Esto no
importa un repudio de lo sobrenatural, menos aún el repudio de las alusiones o
invocaciones del primer párrafo.
Me llamo Carlos Alberto Servian, y nací en Rauch;
soy armenio. Hace ocho siglos que mi país no existe; pero deje que un armenio
se arrime a su árbol genealógico: toda su descendencia odiará a los turcos.
"Una vez armenio, siempre arrnenio." Somos como una sociedad secreta,
como un clan, y dispersos por los continentes, la indefinible sangre, unos ojos
y una nariz que se repiten, un modo de comprender y de gozar la tierra, ciertas
habilidades, ciertas intrigas, ciertos desarreglos en que nos reconocemos, la
apasionada belleza de nuestras mujeres, nos unen.
Soy, además, hombre soltero y, como el Quijote,
vivo (vivía) con una sobrina una muchacha agradable, joven y laboriosa.
Añadiría otro calificativo —tranquila—, pero debo confesar que en los últimos
tiempos no lo mereció. Mi sobrina se entretenía en hacer las funciones de
secretaria, y, como no tengo secretaria, ella misma atendía el teléfono, pasaba
en limpio y arreglaba con certera lucidez las historias médicas y las
sintomatologías que yo apuntaba al azar de las declaraciones de los enfermos
(cuya regla común es el desorden) y organizaba mi vasto archivo. Practicaba
otra diversión no menos inocente: ir conmigo al cinematógrafo los viernes a la
tarde. Esa tarde era viernes.
Se abrió la puerta; un joven militar entró,
enérgicamente, en el consultorio.
Mi secretaria estaba a mi derecha, de pie, atrás de
la mesa, y me extendía, impasible, una de esas grandes hojas en que apunto los
datos que me dan los enfermos. El joven militar se presentó sin
vacilaciones—era el teniente Kramer— y después de mirar ostensiblemente a mi
secretaria, preguntó con voz firme:
—¿Hablo?
Le dije que hablara. Continuó:
—El capitán Ireneo Morris quiere verlo. Está
detenido en el Hospital Militar.
Tal vez contaminado por la marcialidad de mi
interlocutor, respondí:
—A sus órdenes.
—¿Cuándo irá?—preguntó Kramer.
—Hoy mismo. Siempre que me dejen entrar a estas
horas...
—Lo dejarán—declaró Kramer, y con movimientos
ruidosos y gimnásticos hizo la venia. Se retiró en el acto.
Miré a mi sobrina; estaba demudada. Sentí rabia y
le pregunté qué le sucedía. Me interpeló:
—¿Sabes quién es la única persona que te interesa?
Tuve la ingenuidad de mirar hacia donde me
señalaba. Me vi en el espejo. Mi sobrina salió del cuarto, corriendo.
Desde hacía un tiempo estaba menos tranquila.
Además había tomado la costumbre de llamarme egoísta. Parte de la culpa de esto
la atribuyo a mi ex libris. Lleva triplemente inscripta—en griego, en
latín y en español—la sentencia "Conócete a ti mismo" (nunca sospeché
hasta dónde me llevaría esta sentencia) y me reproduce contemplando, a través
de una lupa, mi imagen en un espejo. Mi sobrina ha pegado miles de estos ex
libris en miles de volúmenes de mi versátil biblioteca. Pero hay otra causa
para esta fama de egoísmo. Yo era un metódico, y los hombres metódicos, los que
sumidos en oscuras ocupaciones postergamos los caprichos de las mujeres,
parecemos locos, o imbéciles, o egoístas.
Atendí (confusamente) a dos clientes y me fui al
Hospital Militar.
Habían dado las seis cuando llegué al viejo
edificio de la calle Pozos. Después de una solitaria espera y de un cándido y
breve interrogatorio me condujeron a la pieza ocupada por Morris. En la puerta
había un centinela con bayoneta. Adentro, muy cerca de la cama de Morris, dos
hombres que no me saludaron jugaban al dominó.
Con Morris nos conocemos de toda la vida; nunca
fuimos amigos. He querido mucho a su padre. Era un viejo excelente, con la
cabeza blanca, redonda, rapada, y los ojos azules, excesivamente duros y
despiertos; tenía un ingobernable patriotismo galés, una incontenible manía de
contar leyendas celtas. Durante muchos años (los más felices de mi vida) fue mi
profesor. Todas las tardes estudiábamos un poco, él contaba y yo escuchaba las
aventuras de los mabinogion, y en seguida reponíamos fuerzas tomando unos mates
con azúcar quemada. Por los patios andaba Ireneo; cazaba pájaros y ratas, y con
un cortaplumas, un hilo y una aguja, combinaba cadáveres heterogéneos; el viejo
Morris decía que Ireneo iba a ser médico. Yo iba a ser inventor, porque
aborrecía los experimentos de Ireneo y porque alguna vez había dibujado una
bala con resortes, que permitiría los más envejecedores viajes
interplanetarios, y un motor hidráulico, que, puesto en marcha, no se detendría
nunca. Ireneo y yo estábamos alejados por una mutua y consciente antipatía.
Ahora, cuando nos encontramos, sentimos una gran dicha, una floración de
nostalgias y de cordialidades, repetimos un breve diálogo con fervientes
alusiones a una amistad y a un pasado imaginarios, y en seguida no sabemos qué
decirnos.
El País de Gales, la tenaz corriente celta, había
acabado en su padre. Ireneo es tranquilamente argentino, e ignora y desdeña por
igual a todos los extranjeros. Hasta en su apariencia es típicamente argentino
(algunos lo han creído sudamericano): más bien chico, delgado, fino de huesos,
de pelo negro—muy peinado, reluciente—, de mirada sagaz.
Al verme pareció emocionado (yo nunca lo había
visto emocionado, ni siquiera en la noche de la muerte de su padre). Me dijo
con voz clara; como para que oyeran los que jugaban al dominó:
—Dame esa mano. En estas horas de prueba has
demostrado ser el único amigo.
Esto me pareció un agradecimiento excesivo para mi
visita. Morris continuó:
—Tenemos que hablar de muchas cosas, pero
comprenderás que ante un par de circunstancias así—miró con gravedad a los dos
hombres—prefiero callar. Dentro de pocos días estaré en casa; entonces será un
placer recibirte.
Creí que la frase era una despedida. Morris agregó
que "si no tenía apuro" me quedara un rato.
—No quiero olvidarme—continuó—. Gracias por los
libros.
Murmuré algo, confusamente. Ignoraba qué libros me
agradecía. He cometido errores, no el de mandar libros a Ireneo.
Habló de accidentes de aviación; negó que hubiera
lugares—El Palomar, en Buenos Aires; el Valle de los Reyes, en Egipto—que
irradiaran corrientes capaces de provocarlos.
En sus labios, "el Valle de los Reyes" me
pareció increíble. Le pregunté cómo lo conocía.
—Son las teorías del cura Moreau—repuso Morris—.
Otros dicen que nos falta disciplina. Es contraria a la idiosincrasia de
nuestro pueblo, si me seguís. La aspiración del aviador criollo es aeroplanos
como la gente. Si no, acordate de las proezas de Mira, con el Golondrina, una
lata de conservas atada con alambres . . .
Le pregunté por su estado y por el tratamiento a
que lo sometían. Entonces fui yo quien habló en voz bien alta, para que oyeran
los que jugaban al dominó.
—No admitas inyecciones. Nada de inyecciones. No te
envenenes la sangre. Toma un Depuratum 6 y después un irnica 10000. Sos
un caso típico de Árnica. No lo olvides: dosis infinitesimales.
Me retiré con la impresión de haber logrado un
pequeño triunfo. Pasaron tres semanas. En casa hubo pocas novedades. Ahora,
retrospectivamente, quizá descubra que mi sobrina estuvo más atenta que nunca,
y menos cordial. Según nuestra costumbre los dos viernes siguientes fuimos al
cinematógrafo; pero el tercer viernes, cuando entré en su cuarto, no estaba.
Había salido, ¡había olvidado que esa tarde iríamos al cinematógrafo!
Después llegó un mensaje de Morris. Me decía que ya
estaba en su casa y que fuera a verlo cualquier tarde.
Me recibió en el escritorio. Lo digo sin
reticencias: Morris había mejorado. Hay naturalezas que tienden tan
invenciblemente al equilibrio de la salud, que los peores venenos inventados
por la alopatía no las abruman.
Al entrar en esa pieza tuve la impresión de
retroceder en el tiempo; casi diría que me sorprendió no encontrar al viejo
Morris (muerto hace diez años), aseado y benigno, administrando con reposo los impedimenta
del mate. Nada había cambiado. En la biblioteca encontré los mismos libros,
los mismos bustos de Lloyd George y de William Morris, que habían contemplado
mi agradable y ociosa juventud, ahora me contemplaban; y en la pared colgaba el
horrible cuadro que sobrecogió mis primeros insomnios: la muerte de Griffith ap
Rhys, conocido como El fulgor y el poder y la dulzura de los varones del
Sur.
Traté de llevarlo inmediatamente a la conversación
que le interesaba. Dijo que sólo tenía que agregar unos detalles a lo que me
había expuesto en su carta. Yo no sabía qué responder; yo no había recibido
ninguna carta de Ireneo. Con súbita decisión le pedí que si no le fatigaba me
contara todo desde el principio.
Entonces Ireneo Morris me relató su misteriosa
historia.
Hasta el 23 de junio pasado había sido probador de
los aeroplanos del ejército. Primero cumplió esas funciones en la fábrica
militar de Córdoba, últimamente había conseguido que lo trasladaran a la base
del Palomar.
Me dio su palabra de que él, como probador, era una
persona importante. Había hecho más vuelos de ensayo que cualquier aviador
americano (sur y centro). Su resistencia era extraordinaria.
Tanto había repetido esos vuelos de prueba, que,
automáticamente, inevitablemente, llegó a ejecutar uno solo.
Sacó del bolsillo una libreta y en una hoja en
blanco trazó una serie de líneas en zigzag; escrupulosamente anotó números
(distancias, alturas, graduación de ángulos); después arrancó la hoja y me la
obsequió. Me apresuré a agradecerle. Declaró que yo poseía "el esquema
clásico de sus pruebas".
Alrededor del 15 de junio le comunicaron que en
esos días probaría un nuevo Breguet—el 309—monoplaza, de combate. Se trataba de
un aparato construido según una patente francesa de hacía dos o tres años y el
ensayo se cumpliría con bastante secreto. Morris se fue a su casa, tomó una
libreta de apuntes—"como lo había hecho hoy"—, dibujó el
esquema—"el mismo que yo tenía en el bolsillo"—. Después se entretuvo
en complicarlo; después—"en ese mismo escritorio donde nosotros
departíamos amigablemente"—imaginó esos agregados, los grabó en la
memoria.
El 23 de junio, alba de una hermosa y terrible
aventura, fue un día gris, lluvioso. Cuando Morris llegó al aeródromo, el
aparato estaba en el hangar. Tuvo que esperar que lo sacaran. Caminó, para no
enfermarse de frío, consiguió que se le empaparan los pies. Finalmente,
apareció el Breguet. Era un monoplano de alas bajas, "nada del otro mundo,
te aseguro". Lo inspeccionó someramente. Morris me miró en los ojos y en
voz baja me comunicó: el asiento era estrecho, notablemente incómodo. Recordó
que el indicador de combustible marcaba "lleno" y que en las alas el
Breguet no tenía ninguna insignia. Dijo que saludó con la mano y que en seguida
el ademán le pareció falso. Corrió unos quinientos metros y despegó. Empezó a
cumplir lo que él llamaba su "nuevo esquema de prueba".
Era el probador más resistente de la República.
Pura resistencia física, me aseguró. Estaba dispuesto a contarme la verdad.
Aunque yo no podía creerlo, de pronto se le nubló la vista. Aquí Morris habló
mucho; llegó a exaltarse; por mi parte, olvidé el "compadrito"
peinado que tenía enfrente; seguí el relato: poco después de emprender los
ejercicios nuevos sintió que la vista se le nublaba, se oyó decir "qué
vergüenza, voy a perder el conocimiento", embistió una vasta mole oscura
(quizá una nube), tuvo una visión efímera y feliz, como la visión de un
radiante paraíso. . . Apenas consiguió enderezar el aeroplano cuando estaba por
tocar el campo de aterrizaje.
Volvió en sí. Estaba dolorosamente acostado en una
cama blanca, en un cuarto alto, de paredes blancuzcas y desnudas. Zumbó un
moscardón, durante algunos segundos creyó que dormía la siesta, en el campo.
Después supo que estaba herido; que estaba detenido; que estaba en el Hospital
Militar. Nada de esto le sorprendió, pero todavía tardó un rato en recordar el
accidente. Al recordarlo tuvo la verdadera sorpresa no comprendía cómo había
perdido el conocimiento. Sin embargo, no lo perdió una sola vez. .. De esto
hablaré mas adelante.
La persona que lo acompañaba era una mujer. La
miró. Era una enfermera.
Dogmático y discriminativo, habló de mujeres en
general. Fue desagradable. Dijo que había un tipo de mujer, y hasta una mujer
determinada y única, para el animal que hay en el centro de cada hombre, y
agregó algo en el sentido de que era un infortunio encontrarla, porque el
hombre siente lo decisiva que es para su destino y la trata con temor y con torpeza,
preparándose un futuro de ansiedad y de monótona frustración. Afirmó que, para
el hombre "como es debido", entre las demás mujeres no habrá
diferencias notables, ni peligros. Le pregunté si la enfermera correspondía a
su tipo. Me respondió que no, y aclaró: "Es una mujer plácida y maternal,
pero bastante linda."
Continuó su relato. Entraron unos oficiales
(precisó las jerarquías). Un soldado trajo una mesa y una silla; se fue, y
volvió con una máquina de escribir. Se sentó frente a la máquina, y escribió en
silencio. Cuando el soldado se detuvo, un oficial interrogó a Morris:
—Su nombre?
No le sorprendió esta pregunta. Pensó: "mero
formulismo". Dijo su nombre, y tuvo el primer signo del horrible complot
que inexplicablemente lo envolvía.
Todos los oficiales rieron. Él nunca había
imaginado que su nombre fuera ridículo. Se enfureció. Otro de los oficiales
dijo:
—Podía inventar algo menos increíble.—Ordenó al
soldado de la máquina:— Escriba, no más.
—¿Nacionalidad?
—Argentino—afirmó sin vacilaciones.
—¿Pertenece al ejército?
Tuvo una ironía:
—Yo soy el del accidente, y ustedes parecen los
golpeados.
Si rieron un poco (entre ellos, como si Morris
estuviera ausente).
Continuó:
—Pertenezco al ejército, con grado de capitán,
regimiento 7, escuadrilla novena.
—¿Con base en Montevideo?—preguntó sarcásticamente
uno de los oficiales.
—En Palomar—respondió Morris.
Dio su domicilio: Bolívar 971. Los oficiales se
retiraron. Volvieron al día siguiente, ésos y otros. Cuando comprendió que
dudaban de su nacionalidad, o que simulaban dudar, quiso levantarse de la cama,
pelearlos. La herida y la tierna presión de la enfermera lo contuvieron. Los
oficiales volvieron a la tarde del otro día, a la mañana del siguiente. Hacía
un calor tremendo; le dolía todo el cuerpo; me confesó que hubiera declarado
cualquier cosa para que lo dejaran en paz.
¿Qué se proponían? ¿Por qué ignoraban quién era?
¿Por qué lo insultaban, por qué simulaban que no era argentino? Estaba perplejo
y enfurecido. Una noche la enfermera lo tomó de la mano y le dijo que no se
defendía juiciosamente. Respondió que no tenía de qué defenderse. Pasó la noche
despierto, entre accesos de cólera, momentos en que estaba decidido a encarar
con tranquilidad la situación, y violentas reacciones en que se negaba a "entrar
en ese juego absurdo". A la mañana quiso pedir disculpas a la enfermera
por el modo con que la había tratado; comprendía que la intención de ella era
benévola, "y no es fea, me entendés"; pero como no sabía pedir
disculpas, le preguntó irritadamente qué le aconsejaba. La enfermera le
aconsejó que llamara a declarar a alguna persona de responsabilidad.
Cuando vinieron los oficiales dijo que era amigo
del teniente Kramer y del teniente Viera, del capitán Faverio, de los tenientes
coroneles Margaride y Navarro.
A eso de las cinco apareció con los oficiales el
teniente Kramer, su amigo de toda la vida. Morris dijo con vergüenza que
"después de una conmoción, el hombre no es el mismo" y que al ver a
Kramer sintió lágrimas en los ojos. Reconoció que se incorporó en la cama y
abrió los brazos cuando lo vio entrar. Le gritó:—Vení, hermano.
Kramer se detuvo y lo miró impávidamente. Un
oficial le preguntó:
—Teniente Kramer, ¿conoce usted al sujeto?
La voz era insidiosa. Morris dice que esperó—esperó
que el teniente Kramer, con una súbita exclamación cordial, revelara su actitud
como parte de una broma—. . . Kramer contestó con demasiado calor, como si
temiera no ser creído:
—Nunca lo he visto. Mi palabra que nunca lo he
visto.
Le creyeron inmediatamente, y la tensión que
durante unos segundos hubo entre ellos desapareció. Se alejaron: Morris oyó las
risas de los oficiales, y la risa franca de Kramer, y la voz de un oficial que
repetía "A mí no me sorprende, créame que no me sorprende. Tiene un
descaro."
Con Viera y con Margaride la escena volvió a
repetirse, en lo esencial. Hubo mayor violencia. Un libro—uno de los libros que
yo le habría enviado— estaba debajo de las sábanas, al alcance de su mano y
alcanzó el rostro de Viera cuando éste simuló que no se conocían. Morris dio
una descripción circunstanciada que no creo íntegramente. Aclaro: no dudo de su
coraje, sí de su velocidad epigramática. Los oficiales opinaron que no era
indispensable llamar a Faverio, que estaba en Mendoza. Imaginó entonces tener
una inspiración; pensó que si las amenazas convertían en traidores a los
jóvenes, fracasarían ante el general Huet, antiguo amigo de su casa, que
siempre había sido con él como un padre, o, más bien, como un rectísimo
padrastro.
Le contestaron secamente que no había, que nunca
hubo, un general de nombre tan ridículo en el ejército argentino.
Morris no tenía miedo; tal vez si hubiera conocido
el miedo se hubiera defendido mejor. Afortunadamente, le interesaban las
mujeres, "y usted sabe cómo les gusta agrandar los peligros y lo cavilosas
que son". La otra vez la enfermera le había tomado la mano para
convencerlo del peligro que lo amenazaba; ahora Morris la miró en los ojos y le
preguntó el significado de la confabulación que había contra él. La enfermera
repitió lo que había oído: su afirmación de que el 23 había probado el Breguet
en El Palomar era falsa; en El Palomar nadie había probado aeroplanos esa
tarde. El Breguet era de un tipo recientemente adoptado por el ejército
argentino, pero su numeración no correspondía a la de ningún aeroplano del
ejército argentino. "¿Me creen espía?", preguntó con incredulidad.
Sintió que volvía a enfurecerse. Tímidamente, la enfermera respondió:
"Creen que ha venido de algún país hermano." Morris le juró como
argentino que era argentino, que no era espía; ella pareció emocionada, y
continuó en el mismo tono de voz: "El uniforme es igual al nuestro; pero
han descubierto que las costuras son diferentes." Agregó: "Un detalle
imperdonable", y Morris comprendió que ella tampoco le creía. Sintió que
se ahogaba de rabia, y, para disimular, la besó en la boca y la abrazó.
A los pocos días la enfermera le comunicó: "Se
ha comprobado que diste un domicilio falso." Morris protestó inútilmente;
la mujer estaba documentada: el ocupante de la casa era el señor Carlos
Grimaldi. Morris tuvo la sensación del recuerdo, de la amnesia. Le pareció que
ese nombre estaba vinculado a alguna experiencia pasada; no pudo precisarla.
La enfermera le aseguró que su caso había
determinado la formación de dos grupos antagónicos: el de los que sostenían que
era extranjero y el de los que sostenían que era argentino. Más claramente:
unos querían desterrarlo; otros fusilarlo.
—Con tu insistencia de que sos argentino—dijo la
mujer—ayudás a los que reclaman tu muerte.
Morris le confesó que por primera vez había sentido
en su patria "el desamparo que sienten los que visitan otros países".
Pero seguía no temiendo nada.
La mujer lloró tanto que él, por fin, le prometió
acceder a lo que pidiera. "Aunque te parezca ridículo, me gustaba verla
contenta." La mujer le pidió que "reconociera" que no era
argentino. "Fue un golpe terrible, como si me dieran una ducha. Le prometí
complacerla, sin ninguna intención de cumplir la promesa." Opuso
dificultades:
—Digo que soy de tal país. Al día siguiente
contestan de ese país que mi declaración es falsa.
—No importa—afirmó la enfermera—. Ningún país va a
reconocer que manda espías. Pero con esa declaración y algunas influencias que
yo mueva, tal vez triunfen los partidarios del destierro, si no es demasiado
tarde.
Al otro día un oficial fue a tomarle
declaración. Estaban solos; el hombre le dijo:
—Es un asunto resuelto. Dentro de una semana firman
la sentencia de muerte.
Morris me explicó:
—No me quedaba nada que perder...
"Para ver lo que sucedía", le dijo al
oficial:
—Confieso que soy uruguayo.
A la tarde confesó la enfermera: le dijo a Morris
que todo había sido una estratagema; que había temido que no cumpliera su
promesa; el oficial era amigo y llevaba instrucciones para sacarle la
declaración. Morris comentó brevemente:—Si era otra mujer, la azoto.
Su declaración no había llegado a tiempo; la
situación empeoraba. Según la enfermera, la única esperanza estaba en un señor
que ella conocía y cuya identidad no podía revelar. Este señor quería verlo
antes de interceder en su favor.
—Me dijo francamente—aseguró Morris—: trató de
evitar la entrevista. Temía que yo causara mala impresión. Pero el señor quería
verme y era la última esperanza que nos quedaba. Me recomendó no ser
intransigente.
—El señor no vendrá al hospital—dijo la enfermera.
—Entonces no hay nada que hacer—respondió Morris,
con alivio.
La enfermera siguió:
—La primera noche que tengamos centinelas de
confianza, vas a verlo. Ya estás bien, irás solo.
Se sacó un anillo del dedo anular y se lo entregó.
—Lo calcé en el dedo meñique. Es una piedra, un
vidrio o un brillante, con la cabeza de un caballo en el fondo. Debía llevarlo
con la piedra hacia el interior de la mano, y los centinelas me dejarían entrar
y salir como si no me vieran.
La enfermera le dio instrucciones. Saldría a las
doce y media y debía volver antes de las tres y cuarto de la madrugada. La
enfermera le escribió en un papelito la dirección del señor.
—¿Tenés el papel?—le pregunté.
—Sí, creo que sí—respondió, y lo buscó en su
billetera. Me lo entregó displicentemente.
Era un papelito azul; la dirección—Márquez 6890—
estaba escrita con letra femenina y firme ("del Sacré-Coeur", declaró
Morris, con inesperada erudición).
—¿Cómo se llama la enfermera?—inquirí por simple
curiosidad.
Morris pareció incomodo. Finalmente, dijo:
—La llamaban Idibal. Ignoro si es nombre o
apellido.