Obras
de Juan José Arreola
EL SAPO
Salta de
vez en cuando, sólo para comprobar su radical estático. El salto tiene algo de
latido: viéndolo bien, el sapo es todo corazón.
Prensado
en un bloque de lodo frío, el sapo se sumerge en el invierno como una lamentable
crisálida. Se despierta en primavera, consciente de que ninguna metamorfosis se
ha operado en él. Es más sapo que nunca, en su profunda desecación. Aguarda en
silencio las primeras lluvias.
Y
un buen día surge de la tierra blanda, pesado de humedad, henchido de savia
rencorosa, como un corazón tirado al suelo. En su actitud de esfinge hay una
secreta proposición de canje, y la fealdad del sapo aparece ante nosotros con
una abrumadora cualidad de espejo.
TOPOS
Después
de una larga experiencia, los agricultores llegaron a la conclusión de que la
única arma eficaz contra el topo es el agujero. Hay que atrapar al enemigo en
su propio sistema.
En
la lucha contra el topo se usan ahora unos agujeros que alcanzan el centro
volcánico de la tierra. Los topos caen en ellos por docenas y no hace falta
decir que mueren irremisiblemente carbonizados.
Tales
agujeros tienen una apariencia inocente. Los topos, cortos de vista, los
confunden con facilidad. Más bien se diría que los prefieren, guiados por una
profunda atracción. Se les ve dirigirse en fila solemne hacia la muerte
espantosa, que pone a sus intrincadas costumbres un desenlace vertical.
Recientemente
se ha demostrado que basta un agujero definitivo por cada seis hectáreas de
terreno invadido.
EN VERDAD OS DIGO
Todas las
personas interesadas en que el camello pase por el ojo de la aguja, deben
inscribir su nombre en la lista de patrocinadores del experimento Niklaus.
Desprendido
de un grupo de sabios mortíferos, de esos que manipulan el uranio, el cobalto y
el hidrógeno, Arpad Niklaus deriva sus investigaciones actuales a un fin
caritativo y radicalmente humanitario: la salvación del alma de los ricos.
Propone
un plan científico para desintegrar un camello y hacerlo que pase en chorro de
electrones por el ojo de una aguja. Un aparato receptor (muy semejante en
principio a la pantalla de televisión) organizará los electrones en átomos, los
átomos en moléculas y las moléculas en células, reconstruyendo inmediatamente
el camello según su esquema primitivo. Niklaus ya logró cambiar de sitio, sin
tocarla, una gota de agua pesada. También ha podido evaluar, hasta donde lo
permite la discreción de la materia, la energía cuántica que dispara una pezuña
de camello. Nos parece inútil abrumar aquí al lector con esa cifra astronómica.
La
única dificultad sería en que tropieza el profesor Niklaus es la carencia de
una planta atómica propia. Tales instalaciones, extensas como ciudades, son
increíblemente caras. Pero un comité especial se ocupa ya en solventar el
problema económico mediante una colecta universal. Las primeras aportaciones,
todavía un poco tímidas, sirven para costear la edición de millares de
folletos, bonos y prospectos explicativos, así como para asegurar al profesor
Niklaus el modesto salario que le permite proseguir sus cálculos e
investigaciones teóricas, en tanto se edifican los inmensos laboratorios.
En
la hora presente, el comité sólo cuenta con el camello y la aguja. Como las
sociedades protectoras de animales aprueban el proyecto, que es inofensivo y
hasta saludable para cualquier camello (Niklaus habla de una probable
regeneración de todas las células), los parques zoológicos del país han
ofrecido una verdadera caravana. Nueva York no ha vacilado en exponer su
famosísimo dromedario blanco.
Por
lo que toca a la aguja, Arpad Niklaus se muestra muy orgulloso, y la considera
piedra angular de la experiencia. No es una aguja cualquiera, sino un
maravilloso objeto dado a luz por su laborioso talento. A primera vista podría
ser confundida con una aguja común y corriente. La señora Niklaus, dando
muestra de fino humor, se complace en zurcir con ella la ropa de su marido.
Pero su valor es infinito. Está hecha de un portentoso metal todavía no
clasificado, cuyo símbolo químico, apenas insinuado por Niklaus, parece dar a
entender que se trata de un cuerpo compuesto exclusivamente de isótopos de
níkel. Esta sustancia misteriosa ha dado mucho que pensar a los hombres de
ciencia. No ha faltado quien sostenga la hipótesis risible de un osmio
sintético o de un molibdeno aberrante, o quien se atreva a proclamar
públicamente las palabras de un profesor envidioso que aseguró haber reconocido
el metal de Niklaus bajo la forma de pequeñísimos grumos cristalinos
enquistados en densas masas de siderita. Lo que se sabe a ciencia cierta es que
la aguja de Niklaus puede resistir la fricción de un chorro de electrones a
velocidad ultracósmica.
En
una de esas explicaciones tan gratas a los abstrusos matemáticos, el profesor
Niklaus compara el camello en tránsito con un hilo de araña. Nos dice que si
aprovecháramos ese hilo para tejer una tela, nos haría falta todo el espacio
sideral para extenderla, y que las estrellas visibles e invisibles quedarían
allí prendidas como briznas de rocío. La madeja en cuestión mide millones de
años luz, y Niklaus ofrece devanarla en unos tres quintos de segundo.
Como
puede verse, el proyecto es del todo viable y hasta diríamos que peca de
científico. Cuenta ya con la simpatía y el apoyo moral (todavía no confirmado
oficialmente) de la Liga Interplanetaria que preside en Londres el eminente
Olaf Stapledon.
En
vista de la natural expectación y ansiedad que ha provocado en todas partes la
oferta de Niklaus, el comité manifiesta un especial interés llamando la
atención de todos los poderosos de la tierra, a fin de que no se dejen
sorprender por los charlatanes que están pasando camellos muertos a través de
sutiles orificios. Estos individuos, que no titubean en llamarse hombres de
ciencia, son simples estafadores a caza de esperanzados incautos. Proceden de
un modo sumamente vulgar, disolviendo el camello en soluciones cada vez más
ligeras de ácido sulfúrico. Luego destilan el líquido por el ojo de la aguja,
mediante una clepsidra de vapor, y creen haber realizado el milagro. Como puede
verdse, el experimento es inútil y de nada sirve financiarlo. El camello debe
estar vivo antes y después del imposible translado.
En
vez de derretir toneladas de cirios y de gastar dinero en indescifrables obras
de caridad, las personas interesadas en la vida eterna que posean un capita;
estorboso, deben patrocinar la desintegración del camello, que es científica,
vistosa y en último término lucrativa. Hablar de generosidad en un caso
semejante resulta del todo innecesario. Hay que cerrar los ojos y abrir la bolsa
con amplitud, a sabiendas de que todos los gastos serán cubiertos a prorrata.
El premio será igual para todos los contribuyentes: lo que urge es aproximar lo
más que sea posible la fecha de entrega.
El
monto del capital necesario no podrá ser conocido hasta el imprevisible final,
y el profesor Niklaus, con toda honestidad, se niega a trabajar con un
presupuesto que no sea fundamentalmente elástico. Los suscriptores deben cubrir
con paciencia y durante años, sus cuotas de inversión. Hay necesidad de contratar
millares de técnicos, gerentes y obreros. Deben fundarse subcomités regionales
y nacionales. Y el estatuto de un colegio de sucesores del profesor Niklaus, no
tan sólo debe ser previsto, sino presupuesto en detalle, ya que la tentativa
puede extenderse razonablemente durante varias generaciones. A este respecto no
está de más señalar la edad provecta del sabio Niklaus.
Como
todos los propósitos humanos, el experimento Niklaus ofrece dos pobables
resultados: el fracaso y el éxito. Admás de simplificar el problema de la
salvación personal, el éxito de Niklaus convertirá a los empresarios de tan
mística experiencia en accionistas de una fabulosa compañía de transportes.
Será muy fácil desarrollar la desintegración de los seres humanos de un modo
práctico y económico. Los hombres del mañana viajarán a través de grandes
distancias, en un instante y sin peligro, disueltos en ráfagas electrónicas.
Pero
la posibilidad de un fracaso es todavía más halagadora. Si Arpad Niklaus es un
fabricante de quimeras y a su muerte le sigue toda una estirpe de impostores,
su obra humanitaria no hará sino aumentar en grandeza, como una progresión
geométrica, o como el tejido de pollo cultivado por Carrel. Nada impedirá que
pase a la historia como el glorioso fundador de la desintegración universal de
capitales. Y los ricos, empobrecidos en serie por las agotadoras inversiones,
entrarán fácilmente al reino de los cielos por la puerta estrecha (el ojo de la
aguja), aunque el camello no pase.
INTRODUCCION
Yo, señores, soy de Zapotlán el Grande. Un pueblo que de tan grande
nos lo hicieron Ciudad Guzmán hace cien años. Pero nosotros seguimos siendo tan
pueblo que todavía le decimos Zapotlán […]
Yo soy el cuarto hijo de unos padres que tuvieron catorce y que viven
todavía para contarlo, gracias a Dios. Como ustedes ven, no soy un niño
consentido […]
Nací el año de 1918, en el estrago de la gripa española, día de San
Mateo Evangelista y Santa Ifigenia Virgen, entre pollos, puercos, chivos,
guajolotes, vacas, burros y caballos. Di los primeros pasos seguido
precisamente por un borrego negro que se salió del corral […]
Como casi todos los niños, yo también fui a la escuela. Pero no pude
seguir en ella por razones que sí vienen al caso pero que no puedo contar: mi
infancia transcurrió en medio del caos provinciano de la Revolución Cristera
[…]
Soy autodidacto, es cierto. Pero a los doce años y en Zapotlán el
Grande leí a Baudelaire, a Walt Whitman y a los principales fundadores de mi
estilo: Papini y Marcel Schwob, junto con medio centenar de otros nombres más y
menos ilustres… Y oía las canciones y los dichos populares y me gustaba mucho
la conversación de la gente de campo.
Desde 1930 hasta la fecha he desempeñado más de veinte oficios y
empleos diferentes… He sido vendedor ambulante y periodista; mozo de cuerda y
cobrador de Banco, Impresor, comediante y panadero. Lo que ustedes quieran […]
De hoy en adelante me propongo ser un escritor asequible, y no sólo
por el bajo precio que ahora tengo en el mercado, sino por el profundo cambio
que se opera en mi espíritu y en mi voluntad estilística […]
Una última confesión melancólica. No he tenido tiempo de ejercer la
literatura. Pero he dedicado todas las horas posibles para amarla […] Desconfío
de casi toda la literatura contemporánea. Vivo rodeado por sombras clásicas y
benévolas que protegen mi sueño de escritor. Pero también por los jóvenes que
harán la nueva literatura mexicana: en ellos delego la tarea que no he podido
realizar. Para facilitarla, les cuento todos los días lo que aprendí en las
pocas horas en que mi boca estuvo gobernada por el otro. Lo que oí, un solo
instante, a través de la zarza ardiente.
J.
J. A.