Primera parte. Escape onírico. Fiebre de lotto. Paloma mensajera. Desamparado. Viaje. Iguana. Manifiesto antipoético. Arenas movedizas. Abelina. Elegía canina. Lágrimas congeladas. Regreso a la materia. Buscando empleo. Chucho, el obituario El Cristo palpitante. Hambre de inmortalidad. Vida asegurada. Constelación edípica. Fatal error. Paraíso recuperado. Razón de vivir. Amor al vuelo. Beverly Hills criollos. Voces sin voz. Anaquel de los recuerdos. LeonnoeL.
Obras
de José O. Álvarez
Escape onírico
Después
de la lluvia el hermoso verde se apoderó del paisaje poniendo en ridículo las
pinturas bucólicas. La música callada hacía resonar la soledad. El olor de
tierra preñada empezó a gestarse. Era el momento anhelado para interrogar el
universo al creer conjuradas las iras salvajes. Una serpiente se abrió buscando
la vida que pensaba hallar emponzoñando. Desde siempre me acechaba pero sólo
hasta ese momento dudé de su sapiencia que escondía tras un velo de dulzura.
Incapaz de soportar el oprobio rasgó el velo. Mi cuerpo saltó a tiempo pero mi
mano detenida por un instante le sirvió de blanco. Pude salirme de su sueño
sibilino y despertar del mío.
Dos gotas de sangre corrían por el
dorso de mi mano.
Fiebre de lotto
Para
combatir los rumores de que en pocas semanas iban a ser absorbidos por el Banco
Interamericano y posiblemente quedarían en la calle, los 160 trabajadores del
Banco de Ahorros y Préstamos acordaron gastar los ahorros de toda su vida
comprando conjuntamente medio millón de dólares en números de la lotería de la
Florida que subía su acumulado por minutos. Los menos afortunados, que eran la
mayoría, aprovechándose de las conexiones que tenían en el banco, pidieron
prestadas sumas exageradas que respaldaron con sus joyas y sus bienes raíces.
Al pie de las enormes carteleras
regadas a lo largo y ancho del estado, un ejército de jóvenes, equipados con
celulares, cada minuto cambiaban la cifra que subía al borde del hervor: 100
millones de Washingtones.
En la historia de los sorteos
nunca antes se había disparado el acumulado a alturas que igualaran la
temperatura de las playas produciendo fiebre de lotto en cada nativo o turista
de turno. La noticia se regó como pólvora y hasta los jugadores de otros
estados y países viajaron expresamente a comprar miles y millones en boletos.
Se supo de madres pobres que cambiaron sus cupones por boletos dejando a sus
crías sin alimento, esperanzadas en que luego lo tendrían hasta la saciedad.
Muchos matrimonios sufrieron la ruptura porque todo el dinero fue invertido en
el juego. Los burócratas de la educación rebosaban de alegría: podrían aumentar
sus primas y los fondos de retiro; aprobar licitaciones nepóticas y sólo un
pequeño porcentaje, invertirlo en tratar de educar a una juventud indiferente a
la escolaridad.
Los trabajadores del banco, que
cada semana ponían todas sus esperanzas en el premio gordo, decidieron
contratar a un experto en combinaciones numéricas, el cual había sido expulsado
de la Lotería Estatal por negociar con los secretos que dicha entidad maneja en
cuestiones de sorteos. Este señor les cobró una cantidad exagerada, exigiendo
de antemano no revelar la suma para evitar el implacable castigo de la
administración de impuestos.
Antes de mandar al mensajero a
comprar los números, por escrito acordaron unas reglas que debían cumplirse al
pie de la letra para evitar estropear la suerte.
- Ninguno podía
comprar por su cuenta la lotería
- No se podía hablar
con nadie acerca de lo mismo hasta el lunes siguiente a las ocho de la
mañana luego de abrir un sobre con los datos que cada cual encontraría en
su escritorio
- Todos tendrían que
dedicarse a la oración y a encender velitas a los inumerables santos de su
preferencia para que en concilio extraordinario seleccionaran uno de los
números comprados por ellos.
Una fila que le daba vueltas a la
manzana le armó una trifulca al mensajero por demorarse obteniendo los números.
Lo salvaron otros mensajeros de otras entidades que estaban haciendo la misma
diligencia.
A medida que
pasaba la semana la atención iba desmejorando progresivamente hasta casi llegar
a la parálisis del jueves y viernes. En estos días atendieron con tal desgano
que muchos clientes que se encontraban allí para retirar sus fondos para
invertirlos en la misma inversión combinatoria, optaron por retirarse
maldiciendo.
El viernes
hicieron una fiesta de despedida y muchos empeñaron lo poco que les quedaba
para comprar bebidas y comidas a granel. La fiesta terminó en una francachela
como de final de año. La policía tuvo que intervenir porque la mayoría salió a
la calle a gritar pestes contra el banco. En improvisadas pancartas denunciaban
los salarios de hambre que les pagaban contando a montones dinero que no era de
ellos. Con paso de pavo real y desplante de torero, comentaban que ahora sí no
los iban a ver ni en las curvas porque se iban a dar la gran vida tal como se
la daban los dueños del banco.
Ese fin de
semana se convirtió en una tortura. Ninguno se atrevió a violar el pacto por
temor a echar a perder la suerte del grupo. Nadie quería cargar con la culpa de
seguir arrastrando una vida esclavizada, mecánica y sin sentido. Las iglesias
de todas las denominaciones se vieron repletas de fieles que en silencio
solicitaban el gran milagro. En el fondo sabían que nada hay más retrógrado que
la pobreza.
El lunes se
vistieron con sus mejores ropas. No querían demostrar que eran unos miserables
que la fortuna los había atropellado. El corazón latía aceleradamente. Hasta
los que siempre llegaban con retraso, ese día se levantaron con tiempo para
evitar el tráfico al que siempre le echaban la culpa de sus demoras.
El sobre estaba
sobre la mesa. La emoción los paralizó. Nadie se atrevía a dar el primer paso.
Todos se miraban con recelo, como si súbitamente entre sus vidas se abriera un
abismo profundo unido por un puente de desconfianza construido sobre tontas
sonrisas. Poco a poco se empezaron a sentir gritos, desmayos, llantos. Agarrándose
el pecho unos cuantos caían fulminados por una insoportable emoción. Varios
elevaban los brazos al cielo hieráticamente elevados a la divina esencia.
Al ver los ojos
inconmensurablemente abiertos de otros, y un rictus de sorpresa en los demás,
lentamente los últimos abrieron el sobre para enterarse de que habían sido
despedidos y que el acumulado para la próxima semana sería de 200 millones de
dólares.
Paloma
mensajera
Tenía entrenada a la paloma para
que volara alto y llevara presto mensajes de amor. Le había dado la entereza
para remontar alturas inconcebibles a las águilas monarcas de los Andes. Le
gustaba extasiarse en esas alturas donde el hambre de los vientos se saciaba
con vapores andino amazónicos. Al descender desafiante las esquivaba. Día y
noche el águila del Inca se disfrazaba de paloma, pero ella la evadía. Aun
tenía presente la suerte que corrieron sus padres al dejarse tentar por el
engaño. Había sobrevivido bajo la custodia de palomas esquivas a las trampas
puestas por escritores iniciados. Cuando pudo volar se lanzó a la aventura del
nuevo continente no porque la movieran utópicos dorados, sino porque veía cómo
los parques se llenaban de artistas extranjeros muertos de hambre que buscaban la
fama en las tinieblas de la ciudad luz, mientras sobrellevaban una vida de
mastines arrancando de un tirón la de las palomas de la Plaza de la Concordia.
A veces la nostalgia la embargaba y le daba por soñar mientras volaba. Esta
costumbre le hizo bajar la guardia y fue así como en su último vuelo la garra
certera del águila del Inca, alcanzó a herirla.
En principio creyó despertar como en el
sueño de la rosa de Colaridge, pero al verse en tierra enfrentada a una
realidad cruda e inesperada, tuvo que avanzar de tumbo en tumbo por el
empedrado sendero que conducía a la colina donde la esperaba ansioso. Le había
prohibido volar a bajas horas, por eso a esas alturas mi preocupación crecía
geométrica. Era la hora en que el sol moría extrangulado por las sombras.
Caminaba con aspecto lánguido como si el sendero quisiera ahogarla. Con la
misma pose con que seducía palomas, arrastraba el ala. Probablemente el amor es
una herida desgarradora que hace bajar las alas, pensó.
No tardó en escuchar el ladrido de los perros del vecino que
olfatearon sus heridas. Eran perros que antes de escapar del paraíso, no
ladraban. Les aburrió el hecho de no tener que cuidar nada en ese lugar donde
la felicidad se compartía. Ahora hacían lo que les venía en gana, bajo la tutela
de su poderoso amo, el de las grandes bolsas en las ojeras que competían con su
papada y su panza, que sólo les exigía ciega lealtad. Veloces se deslizaron
monte abajo llevándose consigo hasta a los diablos. Ella recibió a los
agresores con aletazos de espanto que apenas el camino percibía. Logré llegar a
tiempo para ponerle un palo entre las mandíbulas al más atrevido lebrel famoso
por su entraña asesina. El tarascazo fue tan violento que volaron dientes como
perlas escapadas de collar chamánico en trance de ayawasca.
Por más que la he cuidado llenándola de
mimos, la ausencia de las alturas la ha sumido en una profunda pena que ha
puesto ceniciento su ropaje. Sus alas han quedado estropeadas y los mensajes de
amor condenados al olvido.
Desamparado
Un movimiento leve de cabeza acompañado de cómplice mirada le
basta a los perros del paraíso para interpretar los deseos del amo.
—Espero que hagan lo hay que hacer
—piensa el magnate.
Un ingenuo desconcertado susurra
preguntando a uno de los extasiados súbditos quién es esa dignidad cuya
presencia impone el orden.
—¿No lo sabe?
—No
Si todo el mundo lo debería saber,
para que perder el tiempo contestando estupideces. Es uno de los pocos
privilegiados poseedores de la mitad de la riqueza planetaria que ha consolidado
sus empresas. Los amparados bajo su alero lo reciben con veneración y gratitud
que expresan con venias y sonrisas serviles mientras baja majestuoso de la
limosina a participar de mala gana en el congreso sobre la creciente
problemática de los marginados.
En vista que es el primero en
salir enmascarado con pañuelos exclusivos Christian Dior, se tapan las narices
con Oscar de la Renta. Ni los perfumes, ni los pañuelos perfumados logran
neutralizar el olor de los desamparados que pululan por las calles. Es un olor
de animal muerto abandonado, enclaustrado y de pronto sacado a la intemperie,
algo que se queda grabado no sólo en el olfato sino en la memoria y produce
náusea el recordarlo.
Entre tinieblas y luces mortecinas
de la calle confundido en cartones, periódicos, botellas y jeringas cerca de
allí emerge un bulto de humanoide apariencia. Sus ojos compiten con el sol que
se derrama por el techo de los edificios. Son destellos producidos por las
lágrimas que forman cauces salitrosos que se confunden con la nieve que cae de
su cabeza. No se sabe el color de la cara ni de su piel. Los labios reventados
por el frío de las noches le sangran y están llenos de cicatrices. Lo que
parece ser una sonrisa es una mueca amarga de fiera en acecho que le deja
entrever unos dientes amarillos tocados de verde en las encías. Levanta los
brazos como si quisiera abrazar el mundo semejando el Mesias prometido que se
le cuelga al sol recién nacido.
—Es un Cristo.
—Un Cristo de espaldas—, replica
mentalmente una mendiga adivinando el pensamiento de la beata que abandona la
iglesia.
El gesto mascullador que la última
toma por plegaria unido a la aparición, conmueve los cimientos de su corazón.
Al dar limosna la bondadosa mujer espera el consabido "Dios se lo
pague" que ayudará a acrecentar su riqueza celeste.
—Dios se lo pague—. La beata no
escucha porque el viento arrastra las palabras junto con periódicos de enormes
titulares anunciando la llegada a la ciudad del redentor.
—¡Desagradecidos! ¡Deberían
barrerlos a todos!
Se lo habían repetido una y mil
veces los de la congregación: "Dar limosna es alimentar la pobreza".
Creyente de apariciones trata de acercarse al Cristo que se despereza. Un sudor
recorre sus entrañas. Expoleada por el olor, alcanza a ver que la corona de
espinas de ese Cristo imaginado no es de espinas.
El cabello y la barba se
entrelazan formando un nudo irrompible que en gajos se esparcen como corona
cristera. Sus manos ásperas tatuadas de barro y aceite semejan dos aspas
carcomidas por el óxido marino. Lo que fueron alguna vez uñas se han convertido
en garras de oso siberiano revolcado en el fango. Chaqueta, pantalones y
zapatos son hilachas que cuelgan formando una coraza que lo mantiene en soledad
que arrastra como su pierna que parece no formara parte de su cuerpo. Su
apariencia le quita las ganas de evolucionar a la materia inanimada. A su paso
las flores y las plantas se doblegan inermes. Habla con una subterránea voz que
se enfrenta a otros sonidos guturales en una pelea que nunca termina y que deja
escapar de vez en cuando un dejo de melancolía.
Por el sutil tono de dulzura de
ese dejo se entrevé que hubo un tiempo feliz antes de que sus sueños fueran
privatizados. En las noches de luna llena su alarido hace estremecer la ciudad
cuya escarcha apozada en sus muros cae en pedazos cual Jericó vulnerada. Las
ratas huyen despavoridas a esconderse en las vitrinas Versaci donde ve
reflejada su forma deforme de poeta de la urbe. Allí es donde menos peligro
corren. Filogenéticamente saben que en los muladares unas garras asesinas las
diezman implacables.
Ese ser que es pesadilla hasta
para la escoria que se apila en escaleras catedralicias, maldice a los cielos
mientras deletrea un grafiti lapidario que ha visto reproducido en los muros de
la urbe contaminada:
¡Combata la pobreza: mate un
mendigo!
Viaje
El primer viaje lo hice el día que
nací. Entré a este mundo con 28 días de retraso porque algo me amarraba
umbilicalmente a ese paraíso que todos hemos perdido. Es muy paradójico que
aunque parezca una persona lista, ordenada, trascendente, teleológica,
hierática, totalizante y centrada, siempre por alguna u otra razón me
descarrilo y llego tarde a todo. Por más que quiero combatir la discontinuidad,
la dislocación y la rutina postmodernas; los segundos, minutos, horas, días,
años, siglos e infinitos, se imponen a mis designios.
Como la vida es un gran viaje y la
mezquindad va sentada en primera clase, una angustia sartriana me apabulla.
Puedo asumir entonces que llegue tarde a la cita con la muerte o que quede condenado
a llevar la abúlica existencia de los dioses.
Iguana
Siempre
me he opuesto a tener mascotas en la ciudad. Criado en medio de animales, me
conmueve ver coartada la libertad de animalitos que muchos exhiben orgullosos
en jaulas de oro pendientes de balcones. Mi mujer trató por todos los medios de
convencerme. Puso de pantalla a mis hijos y sin querer queriendo me dejó sobre
la mesita de noche un libro que ignoré como lo hago con Selecciones y
todo escrito que tenga con ver con el mejoramiento humano. Ella misma me leyó
pasajes de El beneficio síquico de las mascotas en los niños y en los
ancianos de un autor que trataba de paliar su culpa temprana de depredador
de animales. William Blake decía que "el gusano partido en dos perdona el
arado", pero el autor de marras confesaba que lo hacía para comprobar cómo
un ser podía reproducir la desdicha de haber nacido. A la manera cartesiana
creía que guillotinando lograba separar cuerpo y alma. Entre contrito e
indignado aceptaba que de niño maltrataba todo ser viviente que se le
atravesaba hasta que llegó un depredador mayor que él y de un golpe lo dejó
inválido.
Un día mi mujer llegó onda y oronda con
una iguana. Mi ceño fruncido la hizo abrigar el reptil antes de que de un
zarpaso se lo echara a los patos. "Los de la tienda de animales me dijeron
que estos animales son los más inofensivos" me dijo con un gran
interrogante en su cara a pesar de que estaba afirmando algo. La pobre iguana,
acostumbrada a vivir encima o debajo de otras iguanas, mostraba una mirada de
tristeza tan profunda que, por esa manía de buscar estructuras subyacentes
heredada de mis estudios estructurales, me llevó a concluir que añoraba los
tiempos cuando sus antepasados eran regentes del planeta. Mi mujer, siempre
atenta a las desgracias ajenas, decidió conseguirle compañía. De esta forma mis
dos hijos menores zanjaban sus diferencias quedando igualada la balanza.
Al principio estaban encantados. Les
colocaban comida a cada rato, cambiaban el agua, limpiaban los excrementos, los
orines y las bañaban con jabón. Cuando llegaban visitas las cargaban para
mostrarlas con orgullo zootécnico. Una vez que viajamos de vacaciones arriaron
con ellas y el menor quiso ofrecerla como garante en el hotel cuando nos
quedamos sin dinero y las tarjetas de crédito hasta el tope. Muchas mujeres
melindrosas corrían despavoridas a esconderse, temerosas de que esos pequeños
monstruos las devoraran a pedazos. Poco a poco las atenciones de mis hijos
hacia los saurios fueron desmejorando hasta quedar en manos de la señora que
cada tres días hace el aseo de la casa.
Como estaban encerradas en un acuario un
día el rasguño que hacían contra el vidrio me insufló ideales bolivarianos y
las dejé libres. Las coloqué en una enredadera que llaman Miami y para mi sorpresa
allí permanecieron todo el día. Tuve que bajarlas a la fuerza para acabar con
su huelga de hambre. Por ahorrar energía acostumbro a abrir las puertas dejando
puesta la de anjeo que impide la entrada de otras mascotas pequeñas que no
dejan dormir con su zumbido y que transmiten la enfermedad que combate
eficazmente el doctor Elkin Patarroyo. Agarradas de pies y manos treparon por
la malla que se convirtió en el sitio predilecto durante el día. Cuando la
tarde languidecía cubriéndose de sombras regresaban a su mata. Me obsesionaba
verlas abiertas de piernas y de manos en posición de abrazo al vacío
pascaliano. La mayor se lanzaba verticalmente desde la parte más alta y caía
como sapo en la baldosa fría. Esto lo había interpretado como un acto suicida, pero
cierta sonrisa a flor de sus ásperos labios me dejaba entrever que gozaba con
ello pues, emulando a Sísifo, emprendía de nuevo su ascenso.
A veces la pequeña incursionaba por la
casa marcando territorio con sus huellas gredosas. Cierto día se metió detrás
del armario de la biblioteca y duró dos días atrapada en medio de cables que
conectan la computadora. La persistencia de mi mujer logró diferenciar un
objeto que parecía otro cable. El camuflaje que les ha servido para sobrevivir
cataclismos la estaba condenando al sueño eterno.
No se sabe cómo desapareció la pequeña.
Hicimos brigadas de búsqueda durante una semana revolcando toda la casa. Lo
positivo de esta acción fue la cantidad de basura que se sacó. Pude llevar
muchas cosas a Good Will a escondidas de mi mujer acostumbrada a guardar hasta
el papel de regalo que quita cuidadosamente cada vez que recibe uno. Una
pequeña nevera que le había dejado de recuerdo su abuelita no me atreví a
sacarla aunque ganas no me faltaron. En mi interior me molestaba que la
mantuviera conectada. Alzando los hombros condescendientemente, aceptaba su
razonamiento de que así no cogía mal olor. Pensaba en el gasto adicional de
energía.
En un viaje a mi país acordamos llevar la
pequeña nevera para regalársela a mi madrina a quien le acababan de instalar la
electricidad. En las carreras del viaje nadie se preocupó por limpiar la
neverita. Con todo y el óxido que empezaba a carcomer sus bordes fue metida en
una caja de cartón. Mi madrina se puso contenta. Ahora no iba a sufrir más de
esos terribles calores que quebraban las piedras.
Al abrir la neverita, la iguana pegó un
brinco. Salió corriendo hacia las enormes lajas que había en la finca donde se
encontraba una biblioteca panche llena de petrogrifos que el pintor Olimpo
había calcado. Muchas de esas figuras eran abstracciones que semejaban familias
abundantes de reptiles ovíparos. Pude ver cómo la iguana miraba esos signos con
el mismo interés que ponía de pequeño cuando iba a visitar a mi madrina.
Posiblemente pudo descifrar algún enigma porque corrió a comerse unos enormes
helechos. Según aseguraba el profesor Van der Hamen cuando íbamos los de la
facultad a hacer trabajo de campo, estos polipodios eran de la era jurásica .
Poco a poco empezó a crecer. De un sólo lengüetazo se tragó a mi madrina que
ladraba de susto. Logré escapar por entre las lajas a dar la noticia. Como
pólvora se regó llegando a los oídos del Mechudo, un mafioso que, huyendo de la
DEA y de otros mafiosos a quienes había estafado, se había atrincherado en el
pueblo donde actuaba como un moderno Robin Hood. Armados de bazukas, misiles,
etc. atacaron a la bestia la cual crecía mientras se orientaba hacia Los
Chorros, un bosque pluvial donde brota agua caliente milagrosa. A
fuego de artillería sofisticada la gente del Mechudo y los guerrilleros
circunvecinos que defendían los alcaloides cultivos del mafioso, lograron en
pocas horas lo que a los meteoritos les costó mucho tiempo 65 millones atrás.
Con gritos de triunfo vieron caer al monstruo. Su paquidérmica figura vino a
formar el cerro de la Cruz mientras su cabeza quedaba sumergida como avestruz
en las aguas termales.
En verano cuando la reverberación del
calor hace mover el cerro de la Cruz, muchos pirómanos justifican sus
esotéricas creencias metiéndole candela con fervor ermitaño. Homologando a
Heráclito pretenden devolverle las características del inextinguible fuego de
que está compuesto el universo.
Manifiesto
antipoético
Nelson
leyó su manifiesto dejando escapar una sonrisa burlona que cubría su expresión
agraz. Con media docena de Coronas encima, de la docena que sagradamente
llevaba a cada reunión, la voz le pesaba como su barriga precoz toque de buda.
Las saetas que lanzaba con ese tono pausado, mesiánico, behemothiano, fueron
despertando la abulia de los que estábamos cansados de oir poemas. Los poetas
se sobresaltaron y entre sí se miraron con evasivas como si estuvieran
recibiendo una paliza. Unos pocos comenzamos sutilmente a llevar el ritmo con
el pie como si los reflejos se nos hubieran desencadenado. El luto con que
siempre Nelson y su mujer se enfundaban, pareció recibir el rayo de luz que
emanaban sus ojos burlones. Hasta el sombrero del mismo color que no se quitaba
aunque "la noche hubiera cubierto con su manto las hogueras de la
tarde", parecía iluminarse. Sin proponérselo habían optado por ese color,
presagiando funerales permanentes a que asistían, donde la poesía era el cadáver
a velar en las tertulias literarias.
El manifiesto, salido de tono en
una época de nihilismo y cinismo rampante, dejaba sin pies ni cabeza todo lo
sagrado y lo profano. Se detenía prolijamente en explicar que la causa del
desastre ecológico era el gasto de papel que las imprentas utilizaban
consignando dos o tres frases por dos o tres hojas en blanco. Los vates exigían
ésto a los editores para abultar la obra y darle buena presentación
posiblemente convencidos que esos espacios en blanco pertenecían al silencio
sonoro logrado por Mallarmé. Unos llegaban al extremo de Emmet
Williams de colocar una letra en las páginas para que los libros no
fueran leídos sino que al ser hojeados rápidamente se encontraran las palabras.
Las poetisas eran las que sufrían la peor andanada de improperios que
respondían con gestos que las asemejaban a Gorgonias. Murmuraban que el orador
se desquitaba con ellas del férreo matriarcado que la sacerdotisa del amor ejercía en su casa
y fuera de ella.
Emulando al Club de la Serpiente
que Oliveira había establecido en París, un descendiente del prócer Miranda
había formado el Círculo de mismo reptil en Miami con el objetivo de elevar el
nivel cultural de esa metrópoli que lo tenía al nivel del mar que bañaba sus
playas. No en vano sus disertaciones se remontaban hasta el origen del
universo. Quería dar una visión completa a esa ciudad ciega a la cultura. Varios
de los asistentes, irreverentes de por sí, comentaban a media voz que lo único
que le quedaba de Miranda era la cola del equino que el héroe montó. Nos
reuníamos cada segundo viernes de mes a escuchar poesía y cuentos pues el
primer viernes lo dedicábamos a pasear y beber vino barato que daban en las
galerías de Coral Gables.
Los cuadros de la galería El Sol
ubicada en Coconut Grove en el mismo boulevard en que muchos se solasaban
bebiendo y comiendo en las aceras, nos miraban impávidos mientras los vates
leían sus poemas. A veces me daba la impresión que querían salirse del marco
ante tanta desfachatez. Para evitar que mis pensamientos se dejaran llevar de
la mano de imágenes simples, me imaginaba metido en ellos siendo a veces unas
manchas de color, otras naturaleza muerta con esas palabras insensatas que
salían de la boca de quienes se proclamaban los destinatarios de las musas.
En los intermedios unos osados
críticos que eran los menos, se atrevían a formular oraciones patibularias
condenando la pobreza metafórica, la ausencia filosófica y la falta de ritmo.
Otros menos atrevidos, criticones al fin y al cabo pero con herramientas
teóricas deplorables, torcían los labios. Los agraciados, familiares o amigos
entrañables perdonadores de faltas graves, se dejaban cautivar de la rima
consonante de infinitivos, gerundios y participios pasados. En gesto de
aprobación arqueaban las cejas reprimiendo las manos que se les querían
desbocar en aplausos. Estos, que eran la gran mayoría, ponían más furiosos a los
cuadros y a las naturalezas muertas que parecían revolcarse en sus tumbas
enmarcadas.
A veces la discusión se adentraba
por los vericuetos de la poética. Miranda remontaba vuelo desde los orígenes
hasta llegar a las vanguardias. Ante el completo descarrío poético trataba como
su antepasado de levantar el estandarte liberador. "Hay que aceitar al
poema" proclamaba tratando vanamente de que los poetas se comprometieran
con la vida, aclarando que esa toma de conciencia tenía que desenmascarar la esquizofrenia
del amor por el presente, el cinismo rampante, el nihilismo
exacerbado, el anarquismo recalcitrante y el
neoliberalismo darwiniano propios de la postmodernidad.
Esa empresa libertaria era
encumbrada e inaccesible para burdos bardos. Al igual que la postmodernidad, el
Círculo de la Serpiente empezó a moderse su propia cola y sufrió la desbandada
apocalíptica. Al final terminamos por ir dos o tres pelagatos que no habíamos
tomado en serio el manifiesto agorero. Como si una profecía autocumplida se
ciñera sobre el lugar, los cuadros se dejaron contaminar de la falta de poesía
de acuerdo a lo que manifestaban los compradores de arte. El dueño tuvo que
cerrar. Decidió montar un restaurante apabullado por la convicción de que la
comida para el cuerpo produce más que la de para el alma.
Junto con los desamparados
considerados desechables por The Establishment, los poetas poco a poco
empezaron a desaparecer sin dejar rastro. Las brigadas de limpieza social
encontraron el sustento teórico para establecer en la práctica lo formulado por
el manifiesto nelsoniano:
"Salve el planeta, mate un
poeta"
Arenas
movedizas
Mi padre construyó su casa sobre arenas movedizas. Me vine a
dar cuenta cuando casi me tragan. Logré salirme de su boca devoradora agarrado
de la pata de una mesa compacta de madera brasil afirmada a la orilla. El
enorme hueco que quedó enmedio de la sala nos produjo pavor. Con escrupulosidad
de genio mi padre me miraba como si con recelo comprobara que sus amenazas se hubieran
cumplido. Suspicazmente empezó a torear el monstruo con un barretón. Al tomar
confianza, lo introdujo un poco y se lo devoró. Por la rendija le echó toda la
arena que pudo pero fue como lanzarla al vacío pascaliano porque el monstruo la
devoraba como si fuera enorme agujero negro.
Un día decidí enfrentarlo junto
con mis hermanos. Quitamos la enorme lámina con la que mi padre le había tapado
la boca y comenzamos a hurgarlo. Despacio, no tan rápido no va y sea que se
despierte. Cuidado que ya empieza a dar vida. Pum, un enorme boquete se abrió.
Desde arriba alcanzamos a ver una gigantesca galería iluminada por nuestras
linternas. Bajamos por una soga y nos encontramos en un salón infinito lleno de
piedras talladas. Parecía un taller de escultor agustiniano. Las megalíticas
figuras eran semejantes a las halladas a flor de tierra en San
Agustín.
En esa época no sabíamos de esa
cultura y pensamos que eran obras del diablo. Las figuras lo parecían con sus
enormes colmillos y las serpientes enredadas en su cuerpo. Decidimos guardar el
secreto. Cada uno tomó una figura pequeña y abandonamos el lugar.
Mi madre limpiando las encontró.
Se las mostró a mi padre quien con fruncido ceño, de dónde diablos sacaron
ésto; nos las encontramos; que dónde, y el ceño más fruncido; que por el lado
del cerro; que quiero ver dónde. El menor se afloja, llora y luego confiesa, de
ahí, señalando el lugar que nos había prohibido pisar.
"Estas son figuras
agustinianas" plante meditativo y escuchar otra de sus largas
disquisiciones que ahora extraño.
Acostumbrado a dar lo mejor de su
cosecha para alimentar la papada de obispo de los curas, donó la casa a la
parroquia. No quiso hacer negocio con las cosas de ultratumba. Los curas pronto
la cedieron al municipio al comprobar que muchos feligreses desviaban sus
plegarias hacia esos ídolos de piedra dejando vacías las arcas de los santos de
palo. Ahora es un museo descuidado que en principio fue el orgullo de la
región. Las administraciones que se han turnado, expertas en los malos manejos
de la pública res, se las han ingeniado para borrar el pasado amerindio.
Caminando por la Quinta Avenida
capitalina varias veces me he detenido a ver las figuras recién envejecidas
expuestas a la venta por vendedores ambulantes que juran y rejuran que son
originales. Los originales deben estar en museos extranjeros como el monumental
ídolo de piedra que volví a encontrar sorpresivamente en el Palacio de
Chaillot. En principio creí que mi astigmatismo progresivo me hacía ver
espejismos, pero mi tacto de molusco y mi olfato de perro no me engañaban. Allí
en el Museo del Hombre se encuentra catalogado como de la cultura Maya
posiblemente para tapar con datos etnográficos la rapiña milenaria que los
civilizados infringen a los bárbaros.
Si fueron capaces de llevarse
hasta París el ídolo más trabajado de enorme bulto, lo pequeño no aguantó la
voracidad que resultó más violenta que la del monstruo que nos quitaba el sueño
cuando de pequeños decíamos inocentes mentiras aunque mirando con temor hacia
el suelo. Según la creencia de los viejos, los que dicen mentiras se los come
la tierra.
Abelina
Abelina se había quedado con sus noventa y dos años y sus dos
nietas a merced de las circunstancias orteguianas. Decir que dependía de su
hijo era mucho decir. Serenatero de poca monta, lo poco que ganaba lo gastaba
en cerveza. Borracho, descargaba sus frustraciones en el lomo de sus pequeñas
hijas huérfanas de una madre que había muerto de inanición.
Siempre pasaban por el frente de
mi casa como perritas regañadas agobiadas por el peso de un hambre pálida y
huesuda. Una vez que pasaron con la abuela "sin el zángano ése" mi
padre de reojo vio cómo ellas de la misma forma miraban las frutas prohibidas.
Mirando al cielo, torciendo la boca y dando un chasquido le abrió paso a la
compasión y las dejó entrar a la granja a que cogieran las frutas que
quisieran. Mi viejo tenía una especie de laboratorio agrícola que superaba en
resultados los experimentos realizados en las instalaciones del SENA. Muchas
veces vi llenarse la finca de estudiantes de esa institución que atentos
escuchaban a mi padre quien compartía orgulloso los resultados exitosos de sus
experimentos, entre otros los de clonación cítrica que le valió la visita de delegaciones
de organismos internacionales. En una mochila raída, las dos pequeñas colocaban
mangos, anones, naranjas, limas y limones. Cuando la cosecha de melón, piña,
guanábana, banano y maiz estaba en su apogeo, mi padre les regalaba buenos
frutos de "la tierra mineral que agradece con delicias los cuidados del
homo sapiens" según afirmaba con autoridad. La viejita se sentaba en
cualquier tronco a conversar con mi padre.
Mi padre la observaba con la misma
curiosidad que observaba las plantas y descubrió que la comparaba con las
mejores orquídeas de su envidiado jardín. Podía ser que los años le hubieran
caído encima pero no habían borrado ciertos rasgos que denotaban un rostro
bello realzado por una elegancia que no opacaban sus ropas pobres bien remendadas.
Se dejó llevar por la ensoñación y la imaginó rodeada de galanes pero un gesto
cansado de Abelina lo trajo a tierra. La natural predisposición de mi padre de
adivinar los caracteres le dejaba entrever que a pesar de la madurez de sus
años y de sus pesares, conservaba en su porte las muestras de una juventud
bella y distinguida, la expresión amorosa en el tono de su voz. Cuando joven
llevó vida acomodada, tuvo goces y se rozó con gente bien criada y de buenas
maneras pero vino a caer en las garras del peor, el más mujeriego y empedernido
borracho.
Había llegado con embustes a la
casa de sus padres quienes se dejaron embrujar de su labia como le había
sucedido a ella. Ellos, que siempre habían tenido cuidado de no dejarla un
momento sola, la ofrecieron en bandeja a ese intruso que luciendo ropa
prestada, carro robado, y labia afilada, pregonaba tener mucha riqueza. En cosa
de días, podría decirse de horas, había escapado con él. La madre murió de
dolor y el padre cayó de un caballo. Los hermanos dilapidaron la herencia sin
que ella se diera cuenta. No había querido decirles que su príncipe azul era un
pobre diablo. El hijo que le dejó era igual a él. "Qué se puede esperar de
ese zángano" le oí decir mientras remataba con una sentencia que comprendí
el día que vi a mi abuelo rajar leña con precisión de relojero : "De tal
palo tal astilla".
Tres nuevos comensales se sumaron
al enorme ejército que había en casa. En una banqueta que mi padre había
construído se sentaban calladas y con recogimiento, como si estuvieran orando,
consumían sus alimentos. Al terminar se retiraban con una parsimonia que
interpretaba de cansancio existencial pero que era de respeto ya que iba
acompañada de un Dios se lo pague. No sabíamos por qué esos tres seres
compartían nuestros alimentos hasta que mi padre nos contestó una vez que nos
vio cruzar miradas interrogativas. "Mientras viva no les faltará un pedazo
de pan de esta mesa" sentencia que retumbó en mi compasión de niño a quien
le prometen el cielo si acumula méritos con obras de esa naturaleza.
Mi padre siempre se había negado a
visitar a "matasanos" como les decía a los médicos. Curaba no sólo
sus malestares sino los de mucha gente, con yerbas cultivadas en el huerto. Las
continuas resolanas a las que se sometía estoicamente para cuidar con mano de
seda a sus queridas plantas le cobraron duro su impuesto. Al igual que Abelina
empezó a confundir el camino a casa y a irse a otras donde lo atendían con una
amabilidad que borraba las diferencias entre la nuestra y la de los fraternales
vecinos. En ellas entraba como lo hacía Abelina en la nuestra. Cuando mi madre
lo encontró desmayado una vez que se demoraba a la hora del almuerzo lo llevó
al hospital donde inmediatamente lo operaron de una hernia que siempre había
manejado a su antojo, cuando lo que de lo que debían operar era de una
obstrucción intestinal.
El hospital nos entregó una cuenta
extratosférica junto con el cadáver de mi padre. Sentí no haberle podido dar el
último adiós por seguir el consejo que me dieron cuatro enfermeras que a ocho
manos trataban de subirlo a la cama la víspera de su deceso. Cuando estaban a
punto de inyectarlo alcanzó a distinguir mi voz que le sirvió de calmante.
"Creí que no ibas a llegar" me dijo con una voz que trataba de
inhalar todo el oxígeno del planeta. En esas palabras sentí que había una
especie de súplica, de perdón y de arrepentimiento. La fiebre normal de joven
revolucionario me había separado bruscamente de él. Talvez en su último momento
se dio cuenta de la estupidez de su terquedad conservadora como después me di
cuenta de la mía radical.
"Corazón de piedra" me
dijo mi hermana menor al ver que no derramaba una sóla lágrima. Todo el
engorroso trámite que como mayor tuve que hacer no me dio cabida ni salida a
ellas. Acumulé un enorme dique que Abelina voló en pedazos cuando vi sus manos
temblorosas, más cadavéricas que las del difunto, tratando vanamente de agarrar
el féretro en que estaba mi padre descansando para siempre.
Una semana no más me dió la
oportunidad Abelina de ganar indulgencias que entraron en saco roto porque se
negó a pasar bocado prefiriendo seguir la ruta que mi padre le señalaba.
Las dos nietas desaparecieron del
mapa. Alguien dijo, lo cual es probable por la pobreza que arrastraban, que
eran mantenidas a la fuerza bajo el manto macabro de un tratante de blancas que
suplía con su comercio humano los grandes prostíbulos de las capitales.
Elegía canina
Alguna misteriosa energía convirtió mi pierna en la pareja de
Yiyi. Mi pierna rechazaba su jineteada, y de no ser por el cariño que le tenía
a la dueña, la hubiera mandado al cielo canino de un solo patadón. Ese amor
frustrado, más masturbación que coito, se acrecentaba cuando salían para sus
casas los noveles escritores y nos quedábamos solos la anfitriona, Yiyi y yo.
Todo el pudor que Yiyi conservaba mientras discutíamos de literatura, se
desbordaba y mi pierna adquiría el protagonismo. Su obsceno acto continuaba
hasta que la anfitriona, muerta de vergüenza, la sacaba de la enorme sala.
Yiyi llegó a mi vida por
casualidad una vez que se había escapado de los brazos de su dueña. Nos
encontrábamos desarrollando un ejercicio de creación colectiva en el taller
literario que cada jueves realizábamos en la librería de Peggy's Books cuando
de pronto sentí que algo se recostaba a mi pierna. En principio creí que una de
las escritoras quería seducirme, pero el grito de la dueña desbarató esta
fantasía.
-¡Yiyi! ¿Qué haces? -y suspirando
con altura remató -¡Te estás poniendo insoportable!
La brusca interrupción del
ejercicio acabó con el taller por esa tarde. Las mujeres empezaron a alabar a
la hermosa poodle lo que le dio confianza a la dueña para tomar asiento
en medio de los creadores. Al enterarse del motivo de nuestra reunión se
desbordó en zalamerías y terminó ofreciendo su casa "mucho más
cómoda" para realizar los talleres literarios.
Pensando que esta mecenas caída
del cielo podría en parte paliar mi desamparo, acepté la oferta. Ese recelo
hacia una clitocracia, impuesta con subterfugios por las cacatuas del
departamento de letras exóticas de la Universidad de Yoayo, de donde fuera
expulsado "por demasiado macho" como lo sugirió una de ellas, se vio
aminorado por su dulzura, su porte, su atención y su belleza. Por otro lado, la
dueña se encontraba en esa edad en que las mujeres se ponen como las frutas
maduras: en su punto. Un día más y se echan a perder.
La anfitriona quiso revivir las
veladas que en Europa le habían dado alguna fama. Nos atendía a las mil
maravillas y varios creadores, que cargábamos la misma desgracia, encontramos
un paraíso de colaciones, vino importado y libros a granel que ella con gusto
exquisito se encargaba de mantener al día.
Mientras se desarrollaba el
taller, Yiyi permanecía en los marmóreos brazos, pero a la primera oportunidad
demostraba con ahinco su amor por mi pierna izquierda. Su instinto animal le
hacía adivinar mis inclinaciones que eran las culpables de mi situación paria.
El reclamo de una herencia
incalculable hizo que mi mecenas se fuera del país. Para no perder el contacto,
todos los días nos cruzábamos emilianos que leía en la biblioteca de Miami
Lakes, donde Yiyi era el motivo principal de los mensajes. La hermosa perrita
empezó a desmejorarse y la dueña no hallaba qué hacer. El veterinario le
diagnosticó depresión canina. Más que extrañar a Miami, la perrita extrañaba mi
pierna siniestra como lo sospechaba mi lejana protectora.
Un amigo siquiatra que había
llegado a la conclusión que era más fácil curar las fobias animales que las del
homo sapiens, me sugirió que le hiciera una visita. Mi mecenas accedió gustosa
y me envió los pasajes. La felicidad de Yiyi fue exorbitante. Casi se muere de
la dicha al volver a cabalgar mi pierna que la dejé a su libre albedrío
convencido en parte que en mi pierna se había reencarnado un karma emparentado
con los cánidos.
Por unas semanas los tres vivimos
felices. Yiyi se recuperó vertiginosamente y la dueña me ofreció matrimonio.
Mis perennes sobresaltos de desempleado iban a ser subsanados por un amor de
perros.
En una visita rutinaria al
veterinario, un labrador, creyendo que era un peluche, le clavó los cuatro
colmillos que penetraron por las arterias y se ajustaron en el delicado cuello
de Yiyi. Al zangolotearla de lado a lado el espíritu de Yiyi ascendió al cielo
canino. Dos horas después de haberla dejado en las buenas manos del veterinario
llamaron a mi prometida para darle la mala nueva.
No dejó que la cremaran en la
clínica. Me hizo cargar la bolsa plástica en que nos entregaron a Yiyi. Al
sugerirle que le pusiéramos una demanda a la clínica veterinaria me miró con
una mirada de desprecio que pronosticaba la vida perra a la que me vería
abocado.
Con sus marmóreas manos, que
posiblemente tocaban por primera vez la tierra, cavó una fosa en la huerta que
daba al rellano de la mansión y, elevando una elegía al paraíso de los perros,
confundió sus lágrimas con las de la lluvia torrencial que caía inmisericorde.
Lágrimas
congeladas
Como de
costumbre, después de salir de la oficina y mirar su reloj que marcaba las 6:13
de aquel 30 de febrero del año del dragón, llegó a la casa de su padres sin
percibir que había recorrido miles de kilómetros en un abrir y cerrar de ojos.
Al transpasar el umbral de la enorme casona de tierra
caliente, se encontró ante una cantidad infinita de coronas de flores que
tapaban el féretro de alguien que velaban entre cuatro cirios enormes de
catedral metropolitana. A pesar de la solemnidad de este hecho, por los
rincones se oían las voces de un enjambre avasallador de huéspedes que bebían
aguardiente, paladeaban diversos platos típicos, jugaban a las cartas y
contaban chistes verdes. Como el ambiente era más de carnaval que de funeral,
se divertían tanto que no oían, veían, ni sentían nada que fuera más allá de
sus narices, olvidando por momentos el motivo de la reunión.
En el salón principal, completamente circular, adornado con
cuadros del pintor Olimpo, se encontraba la madre y la hermana menor en actitud
compungida, quienes empañaban con su llanto las octogonales gafas Ray Ban
traídas exclusivamente para la ocasión por alguien del extranjero. Ellas no
detectaron su presencia porque solo veían, oían y sentían lo que tuviera que
ver con el muerto.
–¡Esto no puede ser Dios mío..., yo estoy segura que está dormido
porque él siempre ha tenido pesado el sueño!, –decía la madre, con esa voz
suave y esa dignidad de terciopelo que tienen las señoras cuarentonas cuyo
sufrimiento no les ha producido muchas huellas. Aunque era mucho mayor, su tez
suave la hacía aparecer más joven y no le faltaban pretendientes, los cuales
iban no solo detrás de sus heredadas riquezas.
–Debe estar soñando..., yo estoy segura, porque él es un
soñador atormentado–, decía la hija en tono melancólico mientras consolaba a la
madre con un abrazo. Esta era muy ligada a su madre, ligazón que no solo era de
género fisionómico. Cabellos claros al igual que sus ojos, tenía la estatura de
las personas medianas que sobresalen por su encanto personal. No era una
belleza extrema, pero su presencia hacía volver la cabeza más de una vez a los
transeúntes cuando caminaba por las calles del pueblito que quedaba a media
hora de la hacienda La Ponderosa.
Varios pretendientes de ambas en su segunda edad o la etapa
primera, las consolaban con estrujones que iban más allá del pésame. Antes de
dar el abrazo, se daban un retoque en el baño y la mayoría, ceja derecha
arqueada, mirada prepotente, pechos inflamados, barriga sumergida, ajuste de
cuello, peinada bidimensional, con sólidas cachetadas resbaladizas hacían
penetrar el Oscar de la Renta for men para afirmar con un golpe de hombros su
posición de gallos finos.
En uno de los cuartos adyacentes, ubicados en la parte
occidental de la casona y adornado con afiches de Ricky Martin, una algarabía
de muchachas consolaba al hermano mayor. Con una cara de aburrimiento que le
pesaba toneladas, daba las gracias mientras aprovechaba la situación para
sentir el cuerpo caliente de cada una de ellas y medir el caudal de su abulia
en la exuberancia de los senos al apretarlos contra su pecho. Ellas gustosas se
dejaban manosear. “Tal vez en su tristeza profunda no se dé cuenta de su
atrevimiento”, pensaban. Inconcientemente comparaban esas caricias con las del
que ya no podía darlas. Por respeto al muerto, calladamente lo pensaban, poco a
poco, en forma conspiracional lo comentaban y con el tiempo abiertamente lo
divulgaban.
–Sus abrazos –decía una chica de curvas exuberantes como las
de la letra S–, me hacían arder por dentro.
–Yo también me ponía como una galaxia a punto de estallar
–decía otra de cuerpo de guitarra española, mientras aspiraba y espiraba en
espirales un cigarrillo Malboro juntando los dedos como la actriz de la
película “Fumando espero”.
Un gordito de unos siete años, menor de todos los hermanos,
jugaba animadamente en el patio con otros niños. Por momentos sus gritos
llegaban al cielo espantando las aves que anidaban en la centenaria ceiba. Doña
Bárbara, la más regañona de las madres presentes, les hacía señas agresivas de
que se callaran. Los surcos extremadamente marcados en su rostro, hablaban de
la amargura profunda que le había marchitado el alma.
–¡No frieguen la vida! ...¡si quieren jugar háganlo en
silencio para que no despierten al difunto!, –gruñía en tono grave con cierta
tirantez en la mandíbula que inflamaba las pupilas y acentuaba sus arrugas de
uva pasa.
Por un momento los chiquillos se calmaban temerosos de la
mirada fulminante de la vieja y del sonido corrosivo de su ladrido. Cuando se
apaciguaba ese soslayado rayo y cesaban las vibraciones caninas, continuaban
con el alboroto que, mezclado con la tertulia de los mayores, el rezo de las
mujeres, el llanto de las plañideras y el trino asustadizo de los pájaros,
parecía el día del juicio final.
Uno por uno vio a sus tres hermanos y a sus dos hermanas.
Ninguno respondió a su fraternal saludo, ocupados en agradecer el sentido
pésame de la multitud. Educados con todas las de la ley como para violarla
olímpicamente en su edad madura, sabían que los modales exigían portarse a la
altura de esa circunstancia imprevista. Una expresión circunfleja en el rostro,
les mostraba a flor de piel el usual “a mí qué me importa”, acompañado por esa
expresión de “hago lo que me da la gana” de los niños que les sobra todo pero
que les falta lo principal.
Una duda lo asaltó, pero no quiso darle crédito. Por esta
razón se mezcló en la muchedumbre a decodificar los murmullos. Su duda se
acrecentaba al oir los comentarios sarcásticos a media voz de los presentes,
quienes se referían al difunto como idiota inútil de ideologías utópicas
condenadas al fracaso.
En su mente se agolpó el súbito recuerdo de su mejor amigo
considerado como su hermano gemelo. Ninguno desconocía el profundo aprecio que
le profesaba su madre, el cual despertaba celos entre sus hermanos, ni el amor
eterno que le había jurado su hermana menor.
–Pobre Hugo..., siempre lo confundían conmigo. Lo que menos
esperaba era encontrarte metido en un ataúd- –se dijo así mismo como
encontrando la forma de combatir la duda y alimentar la nostalgia.
Durante la infancia compartieron todo, hasta las primeras
novias, sin sentir celos, con la misma actitud con que compartían la bicicleta.
Los ojos, verdes, el pelo indio y hasta los hoyitos que se les formaban en las
mejillas al sonreir, eran como sus parejos gustos que fueron motivos de
habladurías. Igual que las habladurías que tuvieron hacia los abuelos de cada
uno, quienes también fueron uña y mugre, cosa que nunca llegaron a entender sus
madres porque sus padres eran dos polos opuestos. Las chicas sabían que entre
ellos había un pacto amigable, por eso aceptaban acostarse con los dos, porque
era más estimulante. Al igual que sus abuelos, mientras uno realizaba el
trabajo de exploración, el otro hacía el de penetración y viceversa. La última
vez que la había preguntado le habían contestado con recelo que estaba en la
zona de distensión.
–Seguramente vino por estos lados a desandar los pasos y se
encontró con un reguero de pólvora –pensó resignadamente. Igual le había pasado
a varios compañeros de la universidad quienes pensaban que la vía armada era la
respuesta consecuente con ese mundo que los llamaba como una liberación.
Quitando los ramos de flores, la hermana menor abrió la
ventanilla que dejaba al descubierto el rostro del muerto. Con el sigilo propio
de las ánimas en pena, se acercó a mirar el cadáver.
Los pensamientos sobre su entrañable amigo de la infancia se
desvanecieron dejando congeladas sus lágrimas en sus mustios párpados.
Regreso a la
materia
Allí se vio encarcelado
en la madera suavizada por las colchas de seda que con la delicadeza de
solteronas piadosas construían las hijas del dueño de la funeraria Gutiérrez.
Vestía impecablemente con el traje azul oscuro comprado en Milán. El maquillaje
lo hacía lucir más joven, casi un adolescente. Así se vio en el espejo el día
que fue a la fiesta de graduación. En esa oportunidad aspiró el perfume de las
chicas más lindas del pueblo con quienes bailó toda la noche. Ahora, sin
aspirar, por su respingada nariz entraba el polen de las flores cargado de
gusanitos.
No quiso ver la destrucción de ese cuerpo que lucía bello,
aún rozagante. Esos rasgos faciales se delineaban perfectamente en las sombras
proyectadas sobre la pared blanca. Las pobladas cejas y enormes pestañas lo
asemejaban a un dios cobrizo descansando placidamente. Por la claraboya que su
padre había mandado construir para iluminar la casa, se colaba una luz diáfana.
Un esfuerzo sobrehumano le ayudó a seguir el camino que le
trazaba esa luz y como falo luminoso, erecto hacia la vagina celestial, rompió
el velo del lucero de la mañana. Entrando como daga en esa dimensión
desconocida, un goce pagano y profundo lo invadió haciéndole exhalar un gemido
orgásmico. Al mirar hacia el oriente vio una enorme estrella y se dejó guiar
por ella. La felicidad era tal que pensó que todo era un sueño. La música más
hermosa del mundo estalló en sus oídos. Los primeros movimientos de las
sinfonías creadas por inspirados compositores y por miles de shamanes de todas
las comunidades, se confundían en finales apoteósicos con resonancia de selva
amazónica. Era como si los mejores intérpretes de toda la humanidad se hubieran
reunido bajo la batuta de sus gestos siguiendo el capricho de sus deseos, muy
superiores a los perseguidos infructuosamente por Skriabin.
Los olores más deliciosos le aguaron la boca de un sabor
exquisito que le hacía relamer una y mil veces los labios. Los movimientos
veloces de la lengua no alcanzaban a detener el torrente de saliva, ante esa
sazón jamás lograda por cocinero alguno a través de la historia. Las
explosiones de luz eran indefinibles. Los juegos pirotéctnicos de las guerras
apocalípticas eran un pálido reflejo ante tanta magnificencia. La multicolor
combinación de los colores primarios, nacía y moría a pasos inalcanzables. Las
fórmulas del color rojo, que lo hacían el único jamás conocido y conservadas en
secreto por la mayor embotelladora de la tierra, eran una frágil proyección de
los rojos desplegados. Al extender sus brazos notó que cada poro se alargaba
como mano con dedos innumerables que palpaban, saboreaban y aspiraban todo el
orbe adentrándose como raíces en la infinita noche oscura. Aún las cosas
ásperas, inodoras e inoloras al ser apreciadas producían la suave sensación de
relajación. Este caleidoscopio generaba y regeneraba la síntesis absoluta de
todas las artes y todos los sentidos, cual arcoiris de amor.
-Posiblemente sin quererlo –pensó- he encontrado el paraíso
perdido.
Una felicidad totalizante, para alguien no acostumbrado a
ella, embriaga. Aunque efímera, le produjo un vértigo que se apoderó de todos
sus sentidos, obnubilándolos. La estrella de oriente lo desorientó y con unas
náuseas infernales se percató que su penetración había ido demasiado lejos.
Dando tumbos, bordeó las fronteras de la creación antes de ser asaltada por el
big-bang dejando de existir los puntos cardinales, el abajo, el arriba, el
derecho, el izquierdo. No era de día, no era de noche, sólo era un punto con el
infinito circundándolo. Sin reglas, sin melodías, sin compás, sin tiempo y sin
espacio, en el centro de la supersimetría de la nada. Solo la absoluta
oscuridad y el caos.
Congelado de terror empezó a rezar, implorando al mismo Dios
que renegaba. En respuesta a su solicitud de ayuda recibió una andanada de rayos
y centellas que le perforaron los intestinos haciéndole expeler metano, helio,
gases azules, orines violeta y greda biliosa. Esa excresión le produjo una sed
del diablo. Quiso beberse una nube, pero resultó ser una nebulosa que se abría
como una rosa galáctica. Se conformó con atragantarse un sorbo de su propia
saliva que le supo a orines de cabra montés.
El ascenso a esos infiernos le hicieron aceptar su simple
condición mortal. Por eso hizo el camino de regreso y juntando sus moléculas se
metió en el nido de seda preparado cuidadosamente por las piadosas hijas del
dueño de la Funeraria Gutiérrez. Comprendió que al meterse en su propio
cadáver, los minúsculos animalitos que se arremolinaban en torno a él, se
encargarían de borrar sus huellas y sepultarlo en el olvido.
Buscando empleo
Sentado solo, en mi destartalada oficina de la Universidad de
Yoayo, adonde me enviaron las envidiosas cacatúas del departamento de lenguas
exóticas, luego de ser nominado profesor del año por varios años consecutivos,
llegó una escuálida mujer vestida de negro, con un bolso negro raído como la
expresión de su cara. Los profundos surcos de su frente me recordaron los
rostros curtidos del habitante de las estepas.
-Quiero enseñar alemán –me dijo con voz de hombre-. El
marcado acento, que retumbó por los pasillos, lo sentí como la marcha de los
ejércitos en la película Thiumph of the Will de Leni Reifenstahl.
La invité a sentarse y lo hizo con desgano, como si no
hubiera probado alimento desde hacía una eternidad.
-Yo ya no soy el coordinador –le dije sin convencimiento,
igualando su falta de energía-, me han degradado. Tal vez quieran sustituirme
por alguien que esté al subterráneo nivel que exigen abúlicos alumnos.
Me di cuenta que estaba agobiada de problemas y que cargarla
con los míos era aplastarla con el peso.
-Entonces... ¿con quién debo hablar? –dijo con voz de
recluta. Posiblemente un desfile de hambre cruzó por su mente.
-Ahora lo coordina una intransigente lesbiana, -le contesté
levantando los hombros como lo hacen los condenados a la horca.
Su mirada atravesó como una bala los estadios de la
sublevación a la sumisión.
-Era lo único que me faltaba –dijo y su cuerpo cayó sobre la
silla como reino que claudica.
En esa posición relajada noté cierto estado de gracia. Una
especie de áurea la envolvía.
Por primera vez en mi vida, un sentimiento de ternura y
bondad se apoderó de mí.
-Si habla español –le dije conmovido hasta el alma-, le puedo
ceder mi puesto. Total, luego de lo que me han hecho, se me han quitado las
ganas de enseñar una lengua en proceso de corrupción.
Como elevada a la divina esencia la mujer se recuperó.
-No esperaba esta respuesta. Era la última puerta que pensaba
tocar. A pesar de haber tenido todo el poder del universo, ahora me encuentro
peor que un habitante de Biafra-, me dijo haciendo el gesto de abrazarme.
Creí que era una loca enviada por mi amigo el siquiatra que
le gusta curar sus depresiones suicidas con bromas de este talante.
-He sido expulsada del paraíso. Gente diabólica me ha
degradado como a usted y ando en busca de trabajo –dijo recuperando una energía
celestial.
Al ver mi extrañeza tan profunda, colocó su mano extendida en
el pecho y emulando con el índice al Sagrado Corazón, con una voz que emanaba
timbres celestiales, dijo:
-Yo soy Dios.
Chucho, el
obituario
Hoy me he enterado de la muerte de Chucho y me ha pesado no
estar allá para lanzar en su tumba el último manojo de tierra.
Como una apariencia de ser venido de otro planeta donde lo
ferroso impone su dominio, Chucho parecía un hombre de hierro por fuera y por
dentro.
Escuchaba como un bobo o como lo hacen los ciegos. La ropa
que vestía era regalada, usada o nueva, que se ponía hasta que caía hecha
pedazos. Solo en ese momento se bañaba en Los Chorros, sacando con limpiagrasa
toda la mugre acumulada por meses. Las lavanderas que asistían a ese
espectáculo, aún las más mojigatas, no dejaban de admirar el enorme animal bien
dotado que relucía al quedar como nuevo. Un suspiro las hacía añorar esas
cualidades en sus esposos o amantes.
De pequeño siempre lo vi en la plaza cargando bultos enormes
y llevando el mercado de viejas arribistas que lo trataban como a una bestia y
le tiraban cualquier centavo como pago. Admiraba su hercúleo cuerpo. Me decían
que se debía al constante ajetreo de mula de carga.
Nadie sabía de donde había llegado. Muchos aseguraban que
había aterrizado en Plazacolombia venido de otro planeta y yo lo creía. Parecía
denunciar la nostalgia por su lugar de origen al caminar con paso lerdo como si
llevara una herida clavada en el corazón.
Las chicas huían espantadas siguiendo el consejo de sus
madres que lo catalogaban como un violador en potencia. Los chicos admirábamos
sus pectorales de gigante de casi dos metros. Parecíamos liliputienses
alrededor de Gulliver pidiendo que jugara con los poderosos músculos de sus
brazos. Nos encantaba poner nuestras manecitas en sus bíceps de hierro que se
movían como enormes bolas de cañon. Eran las únicas veces que sonreía.
Se alimentaba de verduras y frutas que los mercaderes botaban
antes de que se dañaran y que colocaban en la plaza en un canasto dispuesto
para él. Trabajaba como una mula y como una mula comía.
Cuando las campanas de la iglesia sonaban incesantes
anunciando la muerte de algún feligrés, Chucho abandonaba su trabajo y esperaba
en la esquina central de la plaza que colocaran el anuncio obituario elaborado
en letras góticas por las piadosas hijas del dueño de la Funeraria Gutiérrez.
No valían amenazas ni promesas. Chucho se disponía a realizar
su trabajo ad honorem de copista como si Tánatus se lo exigiera del más
allá. Sagradamente se posesionaba de los escalones que conducían a la plaza y
usando las escalas como escritorio y silla, copiaba en su totalidad todo el
cartel dejando un espacio donde iba el nombre del difunto que colocaba al
final.
Reproducía hasta los bordes sinuosos del aviso de tal forma
que parecía una copia en formato 11 x 8 del mismo. Seguidamente la colocaba en
una bolsa plástica y la depositaba en unas cajas que guardaba bajo las
escaleras abiertas de madera que llevaban a la Voz de los Chorros, una pequeña
emisora que transmitía complacencias de amor y desamor, pregonaba funerales y
emitía propagandas de dos o tres tiendas que se daban el lujo de anunciarse.
Nadie se atrevía a tocar esas cajas por temor a que las únicas palabras que le
oyeron mascullar un día con tono severo, se cumplieran al pie de la letra:
-"El que toque estas cajas mientras yo viva, será
infeliz".
Por razones ajenas a mi voluntad tuve que irme de mi pueblo y
de mi país y la distancia le echó tierra a muchas cosas incluyendo la de
Chucho.
Al morir mi madre volví a ver a Chucho. Estaba en la posición
de costumbre copiando el obituario donde decía que nosotros y demás familiares
invitábamos al sepelio de quien "descansó en la paz del Señor" para
lo cual quedaríamos eternamente agradecidos.
Así como nadie lo interrumpía en esa labor que el pueblo
consideraba normal, tampoco nadie se atrevío a molestarme mientras detrás de
Chucho miraba cómo con destreza increíble copiaba al pie de la letra y estilo
todo el anuncio. Al colocar el nombre de mi madre, "la distinguida señora
Elena de la Concepción Sarache viuda de Vásquez del Pino", me di vuelta
tratando de disimular las lágrimas que empañaban mis ojos.
A la hora del entierro lo volví a ver otra vez. En esta
oportunidad ayudó, como siempre lo hacía, a bajar al sepulcro el pesado ataúd.
Todos se fueron, pero Chucho se quedó impertérrito como ciego mirando el
horizonte. Comprendí que quería quedarse solo. Oculto detrás del mausoleo de la
familia Bernatte, lo vi tirar el último puñado de tierra sobre la tumba de mi
madre y abandonar el camposanto con paso lerdo como si cargara los yerros de
todos los que ahora gozaban del sueño eterno.
Hoy que llamé a mi hermano me enteré de lo de Chucho.
-Creyeron que se había dormido copiando un obituario, –me
dijo con una voz que denotaba tristeza. "Al tocarlo, lo sintieron tieso
como el hierro. Al ver que no reaccionaba lo voltearon y se dieron cuenta que
estaba muerto".
-Y ¿de quién era el obituario? –le pregunté para confirmar mi
sospecha.
-No sé si sería el de él o el de otro difunto.
-¿Por qué? –le interrumpí intrigado.
-Porque donde colocaba el nombre …, lo dejó en blanco.
El Cristo
palpitante
El Cristo
de mi hermano pagó los servicios funerales de primera de mi madre.
Admirador ferviente de Velásquez y Rembrandt, mi hermano el pintor
quiso superarlos con un cuadro tamaño natural de Jesús crucificado.
Con la paciencia propia de relojero de agua fina logró emular
con creces a esos dos maestros. Las últimas palabras de "perdónalos que no
saben lo que hacen", parecían repercutir como eco misterioso y celestial
en las paredes de la enorme sala de la casa.
En medio del dolor por la muerte de mi madre, a alguien se le
ocurrió la grandiosa idea de adornar con el cuadro la capilla de velación de la
Funeraria Gutiérrez.
A regañadientes mi hermano aceptó que su obra fuera colgada
en una capilla. Sus temores se cumplieron al pie de la letra. La gente se
impresionó al ver ese enorme Cristo tratando de abrazar tantas coronas que
cubrían el ataúd donde reposaba mi madre.
A medianoc