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Más sobre este recurso: Catalogado en base de datos como: Obras de José O. Álvarez: Segunda parte. Huracán de pasión. El mimo fugitivo. Círculo hermenéutico. Humana trinidad. Pedro Mena, autor de Borges. Omnipresencia. Efecto mariposa. Nace una estrella. Misa por la guerra. Juan Pablo el marchista. Angeles de Eslovaquia. La monja de Borinquen. Prometeo desempleado. Don de la paloma. Fogoso patriotismo. Divina terquedad. Impotencia sansónica. Sherezado. Exhibicionista frustrado. Elsoytú. Agregado: 18 de JULIO de 2003 (Por Michel Mosse) | Palabras: 12719 | Votar! | Sin Votos | Sin comentarios | Agregar Comentario Categoría: Apuntes y Monografías > Literatura > |
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Obras
de José O. Álvarez
-Conmigo tienes amor todos los días
–dijo María mientras devoraba al pintor Olimpo con toda la fuerza de su pasión.
–Es lo que menos espero –contestó éste
tratando de ocultar los escalofríos que le producían el ser objeto del deseo
mariano.
María sacia su inextinguible apetito con
pintores, músicos, poetas y narradores. El ejercicio del amor la mantiene en
forma y sus 40 abriles han conservado una primavera que apenas empieza a hacer
mella en su cuerpo escultural. Ha sido la musa de más de mil artistas que han
caído bajos sus encantos y dimitido temprano ante la avalancha de su amor
desenfrenado.
Le gustan los colores primarios que hacen
resaltar su piel de alabastro que adquiere un halo mágico cuando está desnuda.
En el acostumbrado paseo por las populares
galerías de la Calle Ocho en la "sabuesera"de Miami, la encontramos
como antes lo habíamos hecho con el descendiente de Miranda y el cilicio de su
esposa, pareja irreconciliable que no se pierde una corrida de catres en cuanto
a eventos artísticos se refiere. Como en esto me identifico con los Miranda,
invité a Olimpo a hacer lo mismo. Acababa de llegar de Colombia huyendo de la
caravana de la muerte.
Nos sentamos en la avenida 16 a mirar a un
bailarín que lo hace con cuatro mujeres que compiten en belleza y quienes
esperan calladas su turno para mover espectacularmente hombros y caderas con el
hombre. No falta un borracho que les toque las nalgas o una lesbiana drogada
que les bese la boca. No se percatan que son maniquíes.
El maestro no solo alisa con sus manos la
cola de caballo de su mustia cabellera sino que sus inquietas manos les gusta
recorrer el cabello de las chicas que se acercan a beber de su sapiencia. En
ausencia de las chiquillas, de las que acostumbra a rodearse para mantener en
vivo la virilidad, acariciaba con ternura a María quien se prende como chispa
en verano duradero.
El bailarín desarmó su tinglado disgustado
con la drogada que no cesaba de besar a las despampanantes maniquíes dando paso
a que los meseros empezaran a hacer lo mismo con las mesas desarmables. Al
quedarnos sin mesa y sin mesero que nos atendiera, optamos por montarnos en la
chiva de Hernando Díaz que se detuvo un momento y que acarreaba a varios
colombianos que escandalosamente cantaban "La gota fría".
Alcancé a oír que María coreaba "O me
lleva él, o me lo llevo yo", cambiando un poco la patibularia frase de
sentencia de muerte de la canción por esa de declaración de amor que denunciaba
sus ganas exacerbadas por Olimpo. Las llamas del deseo la transforman, la
alborotan y la hacen exudar un olor de hembra en celo que mi olfato de perro
detectó al momento.
Olimpo se hacía el loco y evitaba los
rayos que le lanzaba María. En su rostro se notaba cierto disgusto acompañado
de curiosidad. La chiva nos dejó en un bar-teatro frente al estacionamiento
donde María había dejado su Lexus último modelo. Como todo estaba cerrado
decidimos regresar a casa y ella gustosamente se ofreció a llevar al pintor.
Al despedirnos alcancé a notar que Olimpo,
en el SOS que nos lanzó en su mirada, trataba de decirnos que lo libráramos del
huracán de pasión que se le venía encima.
El mimo se salió del cuadro y se
fue a pasear a la Calle Ocho.
Había logrado que Gastón le diera un
espacio en una ventanilla de la "Galería Gastón" donde riegan los
cuadro por el suelo. No es raro tropezarse con un Botero (100 mil dólares), un
Obregón (150 mil dólares) o un Olimpo (250 mil dólares). Los cuadros de Gastón
son los que guindan de las paredes.
-"Ni que los precios de esos maestros
estén por el piso", pensé al sospechar que tenía la intención de demostrar
con ello que su obra tenía más altura.
-Es que los precios de esos maestros los
tengo por el piso, -se atrevió a decir al ver que no dejaba de observar una y
otra vez los trazos firmes de Obregón, el manejo de las atmósferas de Botero y
la abstracción levitacional de Olimpo.
Un olor de animal muerto me sacó de mis
elucubraciones. Alcanzaba a vislumbrar un aúrea azulosa que brotaban de las
axilas de un mimo. Su traje remendado mostraba la pobreza absoluta que se
cierne sobre los desamparados.
Quise abordarlo pero la muralla del olor
era infranqueable. LeonnoeL, el pintor con quien me encontraba haciendo el
recorrido por las galerías de la Calle Ocho ya me había hablado del mimo. Se le
había metido en la cabeza que ese mimo le había señalado el camino
unidireccional que exige el mercado del arte a los artistas.
–Ese mimo es mi eureka –me dijo el
entusiasmado pintor mientras con señas le preguntaba al mimo su número de
teléfono que éste dibujaba en el aire. LeonnoeL entiende de pinceladas firmes y
concretas en el lienzo y no de pinturas en el aire. LeonnoeL seguía sin
entender y lo acosaba para que dejara de hacer muecas y que hablara.
Posiblemente el mimo sintió que esa
presión tenía que ver con deudas contraídas y en un descuido se nos escapó. Mi
olfato de perro me sirvió para seguir la huella azul que se iba haciendo tenue
mientras se alejaba.
Por las aceras llenas de cachibaches se
entremezclaba. La expresión aterradora de su rostro demostraba que quería
escapar de nuestro acecho.
En una esquina lo perdimos. Hasta el tenue
azul se hizo invisible porque el olor se desvaneció del todo.
–Posiblemente hemos seguido un fantasma o
una ánima en pena que no quiere que la martiricemos más, –le dije a LeonnoeL.
Cuando lo dábamos por perdido un
comentario al azar nos hizo mirarnos a los ojos con sorpresa.
–Tremendo susto me ha pegado ese mimo,
–dijo una señora que parecía un Botero que movía su escultural figura por la
Calle Ocho.
Cortésmente nos acercamos a ella. Aunque
comprobamos que era un Botero, no le dimos mucha importancia a ese hecho. Lo
que nos interesaba de ella era el comentario que había lanzado apoyando sus
voluminosas manos en el pecho.
–¿Dónde fue que viste al mimo? –le
preguntó LeonnoeL.
–Debo estar alucinando –dijo mientras su
regordete dedo señalaba una galería y su mofletudo rostro perdía color y
compostura.
–¿Qué pasó? –volvió a insistir el pintor.
–Me pareció que un mimo se metía en un
cuadro –dijo la gorda apretando sus labios como si fuera a dar un beso.
–Son locuras de esta vieja –nos dijo un
señor de aspecto distinguido que la acompañaba. Su porte me trajo a la memoria
uno de los personajes de la familia presidencial.
En cámara lenta levanté mi quijada y
empecé a dirigir mi olfato hacia la dirección señalada por la Botero. El olor
poco a poco se abrió camino hasta llegar a mis narices.
Caminando lentamente como si llevara una
valiosa vajilla haciendo equilibrio en mi cabeza, nos dirigimos a la galería.
"Buenas noches. Me llamo José
Alvarez y me han pedido que tome la palabra en nombre de una académica que a
última hora dimitió.
Para emular su ponencia he recurrido a la
hermenéutica arquetípica, la ciencia que me permitirá adentrarme como Hermes en
los laberintos crípticos de los mensajes abiertos y velados de estos escritores
de la diáspora.
Retomo para ello los planteamientos de
Martin Heidegger quien logró penetrar a través de una filosofía de
entendimiento humano el círculo hermenéutico propuesto por Federico
Schleiermacher.
Deconstruir esos mensajes de los cuentos
que esta noche van a leer es una tarea que Derrida haría de dos formas: la
primera, denunciando el discurso central; la segunda, exponiendo los límites
conceptuales metafísicos para que no quede por fuera ni el significante, ni el
significado, ni la significación.
Este criticismo genético fenomenológico de
buscar la historia detrás del cuento es la herramienta que me permite como
académico auscultar el pulso de la poética expresiva semiótica cuya recepción
estética está presente en autores de calibre como los que esta noche nos honran
con su presencia."
Las caras de todos los que habían ido a
participar en la tertulia literaria organizada por el consulado de Colombia en
Coral Gables, estaban marcadas por un interrogante como preguntándose qué
diablos hacían allí, o qué diablos hacía el petulante conferencista con esa
jerga filosófico literaria que no tenía ni pies ni cabeza.
Sentados en la mesa de honor, los
escritores también se miraban atónitos poniendo en duda que sus cuentos
ameritaran disquisiciones de esa índole. Los habían escrito solo para divertir
y no para devanarse los sesos.
La mayoría de los asistentes a la tertulia
eran mujeres que habían dejado a sus esposos en casa disfrutando del partido de
fútbol que se jugaba a la misma hora de la tertulia entre las selecciones de
Colombia y Chile. Los equipos participaban en una Copa que por fin le traería
paz al convulsionado país suramericano.
Sin embargo, a pesar de haberle puesto
cabeza a la decisión de asistir al consulado a cultivar el intelecto, las
palabras emitidas por el conferencista pasaban de largo. "Más fructífero
hubiera sido quedarnos viendo el partido en estos momentos cruciales para la
patria", pensaban dándole la razón por primera vez a sus maridos.
-¿Por qué es que si ese carajo está
hablando en español no le entiendo ni jota? -le dijo a soto voce una
puertorriqueña a una distinguida canosa que ya empezaba a dar muestras de
impaciencia rascándose la cabeza como se la rascan los que tienen una
preocupación de peso mayor.
Un murmullo como de panal de abejas empezó
a cundir en el Salón Santander del consulado e hizo que el conferencista
levantara la cabeza para encontrarse con otras estupefactas. Las mefistofélicas
cejas alimentadas de una penetrante mirada cortaron de tajo el murmullo.
Posiblemente para no romper el silencio sepulcral que se posó sobre el salón,
sin decirlo con palabras les dijo con señas que qué pasaba. La distinguida
canosa levantó tímidamente la mano y pausadamente como midiendo las palabras
demostrando su fina intención de ocultar su ignorancia dijo:
-Lo único que he entendido es que usted se
llama José Alvarez.
El consulado se vino al piso de la
estruendosa carcajada que todos soltaron al tiempo y de los aplausos a rabiar
que arrancó esa interrupción tan oportuna.
-Oh... lo siento, -dijo el conferencista
que recibió la carcajada como una violenta cachetada a su hermenéutica postura.
Trastabillando de nervios se dirigió a la
mesa donde había dejado una carpeta. Al regresar al podio pidió excusas
inclinando seguidamente la testa como anfitrión japonés.
-Esas eran las notas de una ponencia que
voy a dar en la Universidad de Yoayo sobre otra diáspora de las muchas que
abundan en estos días -dijo tratando de recuperar la compostura de aquellos que
se dan cuenta que han estado orinando fuera del tiesto.
La rigidez que había empezado a imponer
las galimatías que desde la torre de cristal del podio dirigía el conferensita
se rompió en pedazos y creó un ambiente de verdadera tertulia que los
escritores Rafael Vega, Marta Daza, Juan Pablo Salas, Jaime Cabrera y Luis
Miranda se encargaron de hacer amena.
Solo una escritora, con pose de
intelectual consumada y cuya crítica literaria aparece en las mejores revistas
del género pidió primero y luego exigió al conferencista que le diera una copia
de esa "circunspecta ponencia" como lo recalcó con ínfulas de pavo
real frente a un grupo de tertulianos que degustaban una picada ofrecida por el
restaurante "Los Arrieros".
Los del corrillo se abrieron como onda en
lago al recibir una pedrada y los dejaron solos para que disfrutaran de la conversación
de altura que se da en los círculos hermenéuticos.
Acostumbrada a la jerigonza que manejaba
en sus ensayos literarios, le reprochó al conferencista el que hubiera
interrumpido la ponencia que ella estaba entendiendo a cabalidad.
Yo soy yo y dos más que me siguen a
todas partes. Generalmente soy yo el que pongo la cara por lo que hacen y
deshacen los otros dos.
Yo soy ordenado, responsable, hierático,
madrugador y adicto al trabajo. Sigo las reglas al pie de la letra y trato
siempre de no descarrilarme. Las tentaciones las dejo pasar de largo porque
evito caer en ellas. Soy tan correcto que produzco animaversión por ello. He
podido detectar por el rabillo de mis ojos que la gente que me conoce sonríe
hipócritamente y con un rictus de desprecio se conmueven de mi rectitud. No
perdonan el hecho que sea un profesional, con varios títulos universitarios
sumido en el anonimato de la alienación.
Sobre mí podría escribir libros enteros
que evito hacer para no dar material en bruto a los manuales de educación
cívica y urbanidad. Claro que al final de cuentas ser yo no me hace ninguna
gracia porque vivo de lunes a viernes cumpliéndole al tirano de mí mismo.
Sábado y domingo les pertenece a los otros
dos que comparten su tiempo sin poner reparos. Como el yo los ha acostumbrado a
madrugar, estos tipos se levantan temprano los dos días de descanso para
aprovechar mientras todos en casa duermen.
Uno de ellos es narrador y el otro pintor.
Esta humana trinidad es inadmisible en un mundo que llama a la
superespecialización. Ellos han caído en esa trampa y cada uno se especializa
en lo suyo aunque los tres comparten los descubrimientos realizados en su
campo.
Al narrador le gustan los cuentos breves
porque piensa, como su maestro Borges, que son los más difíciles de lograr. A
veces consulta a Rulfo porque le recuerda lo telúrico de su infancia.
Como sabe escribir se puede dar el lujo de
hacer un cuento de cualquier suceso por insignificante que sea porque sabe
extraer toda la savia subyacente que recorren los ríos de la cotidianidad.
Al pintor
le encanta la abstracción. Educado por chamanes del Amazonas, sabe que puede
penetrar en la espiritualidad del color y de la forma en espacios
polidireccionales. No es un místico pero cree que en el segundo de una
meditación puede consultar la infinita cantera de imágenes que escasamente
alcanza a reflejar pálidamente en sus cuadros. No disfruta tanto el producto
final sino el proceso paulatino en que los colores y las formas se mezclan,
entrechocan, se difuminan, explotan y crean un caleidoscopio como el que se da
cuando nace una estrella.
A este yo plural, una sola persona en tres
distintos personajes, he querido ajustarlos en una cronotopia equitativa, pero
el tiempo se escapa y el espacio se reduce.
Los tres discuten, comparten y disfrutan
de cosas que los apartan y los unen, de lazos más fuertes que las células que
comparten en ese vehículo estrictamente corporal. Eso les ayuda a soportar
cualquier crítica porque les evita el postmoderno síndrome de la depresión.
A fin de cuentas soy yo el que muchas
veces sufro la depre porque me doy cuenta que el paso irremediable de
los años me afecta a mí que me la paso haciendo cosas que no tienen
trascendencia. En cambio lo que hacen el narrador y el pintor, puede salvarlos
del olvido.
Soy Pedro Mena y soy el autor de
Borges. Puede que esta confesión caiga como baldado de agua fría en la cabeza
de los amantes de ese impostor, pero es una verdad que no ha visto la luz por
estar cumpliendo condena. Un editor que tiene los derechos de la obra
cervantina y ahora "dizque borgesiana", me demandó por plagio.
Sus espías académicos defensores de las
letras y la dignidad me cogieron copiando El Quijote al pie de la letra y eso
me ha costado casi toda mi vida en prisión. Sin embargo, el mismo desgraciado
que desgració mi vida se dio mañas para hacerse a mis escritos.
Ahora que soy libre me encuentro con que
todos mis apuntes los han falseado y tergiversado y le son atribuidos a un tal
Borges.
El tiempo de prisión me curó de la
costumbre de copiar textualmente a los clásicos que tenía desde que tengo uso
de razón. Dante, Shakespeare, Homero, Tomás de Aquino, Aristóteles y uno o dos
más eran mis maestros. Repetir textualmente los escritos de estos autores me
permitía adentrarme en los vericuetos de su genialidad para apropiarme de su
memoria y de sus demonios.
Aunque mi amigo el siquiatra me
diagnosticó que la mejor manera de ser escritor era asistiendo a los talleres
de escritura, con una sola vez que asistí a uno de ellos quedé curado porque me
estrellé con mucha parla, poca letra.
En la corte no aceptaron mis excusas de
que la mejor lectura es la que se escribe. El peso de la fortuna del editor de
marras pesó a la hora del fallo y mi vida se dirigió por los senderos del
infortunio.
No fue por falta de talento que no escribí
novelas o ensayos peripatéticos. La brevedad de mis escritos se debió a la
falta de papel. El único escrito largo, exceptuando las obras que copiaba textualmente,
fue el que escribí en las paredes de la cárcel que pintaban una y otra vez.
Esa, que considero mi obra maestra, era mandada a borrar cada vez que llenaba
sus muros, por el director de prisiones, un enemigo acérrimo de los graffitis.
Abrigo la esperanza que algún día, cuando logre aclarar todo este embrollo,
pueda exhumar el palimpsesto de mi obra maestra siguiendo los procedimientos
que utilizaron para recuperar el original de la Ultima Cena de Leonardo de
Vinci que casi había desaparecido.
La infamia de todo este enredo merece una
historia local. Han llegado al descaro de titular a unos de mis manuscritos
como "Textos cautivos", cuando el que estaba cautivo era yo.
Afortunadamente puedo contar el cuento porque no llegaron al extremo de poner
en práctica los postulados del homicida Roland Barthes.
No quiero enumerar los hechos de mi vida
para dar constancia de mi reclamo, sino enumerar algunas de las obras cuyos
títulos y contenido fueron tergiversados añadiéndoles retazos de enciclopedia
para congraciarse con los pedantes.
"El Delta", que seguía las
electroencefalográficas frecuencias del sueño, fue cambiado a "El
Aleph" que se ubica en el nivel de lo real. La cuadratura del tiempo
finito representado en un dado, da paso a la cacofonía del caos del infinito
tiempo circular representado en una minúscula bola brillante.
El jardín de los senderos que se bifurcan
era el de los senderos que se multiplican. Había rehusado ese título que fue el
primero que me asaltó al escribirlo, porque empezaba a sospechar de las pobres
dicotomías que tanto sirven a los críticos.
Funesto el desmemoriado, quien había
servido de conejillo de indias a un doctor alemán de apellido Alzheimer, lo
bautizaron "Funes, el memorioso". El protagonista mío veía la
inutilidad de la historia que siempre se repite. Por eso su memoria era virgen.
Ninguna idea lo manchaba. En cambio el otro, se convertía en una enciclopedia
ambulante de saberes que mataban la capacidad del asombro.
Para no caer en el campo de las
repeticiones de las enumeraciones tan abusadas por mi impostor, el lector ya
puede imaginar lo que sucedió con todos los otros manuscritos como lo plantea
Wolfgang Iser con su teoría de la recepción.
Su supuesto "corpus" literario
es motivo de discusión en todos los círculos del planeta a donde he tratado de
entrar para aclarar dicha impostura pero siempre me sacan a empellones y me
declaran persona no grata.
Una revista francesa que denunció el
entuerto fue sacada de circulación y Roger Caillois, quien firmaba el
documento, condenado al olvido. Antonio Tabuchi, siguiendo las pistas del
francés, lo corroboró en el suplemento literario del periódico Clarín de Buenos
Aires el 13 de junio de 1996, pero recibió su bien merecido: fue ignorado y declarado
loco.
No culpo a Borges. El fue solo una víctima
del tinglado armado por académicos y editores. Se aprovecharon de su bondad
pero fundamentalmente de su ceguera, como se aprovecharon de mí por venir de un
lugar remoto.
Por ese complejo de inferioridad de creer
que solo trasciende lo que huela a extranjero, hasta mi nombre fue cambiado. En
lugar de Pedro Mena, natural del Chocó, Colombia, me llamaron Pierre Menard.
¿Estás aquí, allá
o acullá? -me preguntan al mismo tiempo Héctor, Juán Pablo y Freda.
Esa pregunta me produce pánico al constatar
que mis carnes acostumbradas a compartir un tiempo y un espacio señalados están
ahora en tres partes.
El vértigo que siento al subvertir la
medida del espacio es un absurdo para un simple mortal como yo, que al hacerlo
se enmanguala con la ubicuidad de los dioses.
El ayer, el hoy y el mañana, no me
producen temor porque ya los he develado descubriendo sus secretos. Por esa
razón había aceptado tiempo atrás participar en las lecturas que realizan los
escritores de la diáspora en las librerías de Barnes and Nobles de Coral
Gables, Kendall y Plantation, en el estado del sol. En ese momento no me di
cuenta que comprometía mi presencia con un futuro ubicuo que ahora me tiene
tripartido.
Por eso si me preguntas de nuevo dónde
estoy te puedo asegurar que ahora mismo te presento a ti Héctor Vallés, aquí en
Coral Gables; a ti Juan Pablo Salas, aquí en Kendall, y a ti Freda Mosquera,
aquí en Plantation.
Esta relación lineal de un hecho simultáneo
me impide adentrarme en los vericuetos de la obra de cada uno de ustedes
estimados compañeros. Creerán que he cometido una injusticia al dejar a la
escritora de último en esta relación. Para evitar cismas en el seno de la
diáspora quiero aclarar que este orden obedece más al orden temporal en que
ustedes me solicitaron que los presentara, y no a supuestas manipulaciones que
se entroncan más con el manoseado tema de congresos académicos cegados con
géneros e identidades reivindicadoras.
Por otro lado, no quiero estropear la
lectura de tu libro Héctor que has llamado "Memorias del sanatorio"
con disquisiciones sobre el mundo de la sinrazón razonada; ni del tuyo Juan
Pablo, esas "Crónicas del último colombiano" desplazado de su amado
espacio telúrico; mucho menos tus "Cuentos de seda y de sangre",
Freda, donde el erotismo se derrama a borbotones. Prefiero que los compren y
los disfruten, porque están hechos para entretener y no para cambiar el mundo
que de por sí cambia vertiginosamente.
Como el papel aguanta todo, en el Nuevo
Herald aparecía mi nombre como presentador de ustedes tres a la misma hora en
diferente lugar. Casi nadie se dio cuenta de ese entrecruce obnubilados por la
amnesia del presentismo devorador.
Tu llamada Freda, para avisarme que me
habías dado el honor de presentarte aquí esta noche y de que ibas a leer el
anuncio en el programa Monitor de Caracol Radio, me alertó del entrecruce y me
llenó de angustia cuando me dijiste que no te fuera a quedar mal con ese tono
sensual de seda que emula a tus cuentos.
-"Acuérdate que serás el último
colombiano al que recurra si me dejas plantado", me dijiste tú Juan Pablo,
con un dejo de cordial amenaza que me hizo imaginar la recibida por el
protagonista de tu obra en una llamada que entró por la otra línea mientras
hablaba con Freda.
En el momento que hablábamos three way
entró Héctor a apersonarse que cumpliría el compromiso de presentarlo.
A los tres les di el sí como novio que no
sabe para dónde coger cuando está frente al altar al lado de una novia puesta a
fuerza.
Afortunadamente un alma gemela con la mía,
que logra trasladarse a dimensiones desconocidas, me prestó un cassette que
conduce a la omnipresencia si uno se relaja a profundidad y se auto-hipnotiza.
Aunque el espíritu es el que logra
fraccionarse para viajar a donde uno quiera y azuzado por el compromiso
contraído, me di a la tarea de lograr lo mismo con el cuerpo.
De mi padre aprendí que palabra dada,
palabra sagrada; que no debe profanarse, aunque para ello haya que romperse en
pedazos con tal de cumplirla al pie de la letra.
Educado dentro de esa rígida
concepción cristiana, Orlando Sánchez no se atrevía a saltar barreras ni
cuestionar el universo que veía como un enorme reloj suizo. El orden era su
faro.
Una noche que fue a quedarse donde los
Miranda se estrelló con el caos. Un seguidor de Ilya Prigogine lo mantuvo a
raya con el cuento de las "estructuras de no equilibrio" y del
"efecto mariposa". La cháchara caótica la alimentaba con marigüana,
hongos, peyote, yagé, whisky, vodka y aguardiente.
Seguidor de simetrías, determinismos e
inmutabilidades, Orlando había apoyado sus creencias en Newton y Leibniz en
vista que los cimientos de su fe flaqueaban un poco. Estaba convencido como
Newton que Dios no jugaba a los dados y como Leibniz de la armonía de lo
creado.
Caer de sopapo en las garras de L. C. Vila
fue toda una revelación superior a las que tenía en los grupos de oración a que
pertenecía donde lograban rozar el paraíso cuando los espíritus se caldeaban
con los cantos y alabanzas.
El orden de Orlando no se reflejaba en su
presencia personal como el caos tampoco en L. C. El uno comía lo que le
pusieran al frente sin miramientos, mientras que el otro se cuidaba de las
carnes y las grasas. Las yerbas abundaban en sus recetas. Las comidas
preparadas por L. C. eran una delicia para el paladar. Estaba convencido que
hombre que no sabía cocinar no sabía hacer el amor.
-Creo que el amor completo es el que se
asemeja a la divina trinidad que ustedes los cristianos pregonan.
Orlando paró sus orejas de Bimbo. Por fin
L. C. decía algo que se entroncaba en sus creencias.
-Tienes razón -ripostaba Orlando-. Ahí
desemboca toda la fuente de nuestra creencia: en la Santísima Trinidad.
La ironía de la sonrisa de L. C. ponía en
acecho a Orlando. Su mofletuda cara se llenaba de sangre.
-Un hombre y una mujer forman la trinidad perfecta,
-dijo L. C. revelando el por qué de su sonrisa.
-Eso es degradante -contestó Orlando haciendo resonar
la ‘r’ para enfatizar su palabra.
-Un hombre no está en capacidad de saciar
la pasión de una mujer.
L. C. vive con dos mujeres y los tres se
aman. Orlando es monógamo y, según sus aferrados criterios, el amor es una
costumbre que solo la muerte puede acabar.
Orlando imaginó con envidia que no podía
igualar los encantos de L. C. que saltaban a la vista. La pasión que ponía a
sus palabras hacía tambalear los prejuicios de Orlando quien emulaba con su voz
arrastrada el peso de su barriga y su papada.
La tercera mujer entró por casualidad en
la vida de pareja de L. C. con su novia. Luego de hacer el amor notaba que su
compañera quedaba en espera de más aunque disfrutaba del sexo. Una vez, después
de hacerlo, su novia le confesó su fantasía erótica: dejarse amar de una mujer.
A L. C. le pareció que esta idea era perfecta y se dieron a la caza hasta que
encontraron un corazón gemelo en una de las correrías por las galerías de Coral
Gables.
Los dos quedaron prendados de una mujer
alta, cuerpo trabajado, cabellos negros, ojos negros y profundos, cejas
espesas, sonrisa ancha, boca sensual y en los treinta; atributos compartidos
por ellos como si de una hermana se tratara. Una mirada triangular selló el
pacto y esa noche L. C. constató que su novia lograba la plenitud.
Orlando escuchaba boquiabierto cómo L. C.
ponía sobre el tapete intimidades de su vida.
A pesar de desnudar su alma, L. C. no
logró desnudar la de Orlando y supuso que no lo hacía porque comprendía que en
su vida todo había sido arreglado, corregido y aceptado con férula.
Posiblemente de niño su espíritu rebelde
fue domesticado. Orlando guardó para sí los recuerdos. En casa, la severidad de
su padre no aceptaba descarríos y develarlos era un agravio a su venerada
memoria. El recuerdo lo golpeó de nuevo al sentir la punzada cuando era puesto
en el rincón de la sala arrodillado y con ladrillos levantados en cada mano
hasta que no podía con ellos y sus brazos se entumecían de cansancio. Era el
castigo mínimo a mínimas travesuras. Las mayores le producían escalofríos con
sólo evocarlas.
En la escuela también conoció todos los
rincones de los salones de clase. Allí era puesto por no atender, por mirar por
la ventana, por pintar o escribir lo que no era.
Por eso Orlando a pesar de su formalidad y
precisión, empezó a mirar con otros ojos a L. C. Pensaba que al igual que él,
había sido un espíritu libre con la diferencia que a L. C. no le habían puesto
freno.
El humo sutil de marigüana que entraba a
bocanadas a la casa, aunque L. C. se la fumara afuera, Orlando se lo imaginaba
como el aleteo de la mariposa de Pekín que desencadenaba huracanes en California.
Ese efecto mariposa se metía por los intersticios de la muralla china
construida con tesón por sus ancestros y que Orlando con su estrabismo veía
derrumbarse fractalmente para entrar en el reino de la incertidumbre.
La noche que murió mi madre le
prometí una serenata.
Amante de la música de cuerdas aguantó su
último suspiro para cerciorarse que lo que oía era verdad. No quería llevarse
la frustración que tuvo el día de las madres cuando pensó que su querido cejudo
había atravesado el Atlántico para ir a cantarle sus canciones preferidas que
cantaron unos amigos que le llevaron serenata.
No alcancé a decirle que lo haría cuando
escampara porque estiró la pata antes de confirmar la fecha.
-Posiblemente la plegaria del espíritu de
su madre conmovió a San Pedro, -dijo una amiga que se encontraba entre la
multitud de familiares y amigos que acudieron a darle el último adiós.
No habían servido las rogativas ni los
sacrificios. Ese verano había sido largo y hasta las piedras sintieron la furia
solar al chitiarse en lajas.
Al expirar se abrieron las compuertas del
cielo y llovió a cántaros sábado, domingo y lunes.
Aun bajo la lluvia torrencial todo el
pueblo se dio mañas para ir a la Funeraria Gutiérrez, no tanto por velar a mi
madre, sino por cerciorarse de las palpitaciones de un Cristo que había pintado
mi hermano emulando al de Velásquez y que habían colocado en medio de la
capilla de velación.
Al tercer día escampó. El verde se apoderó
del paisaje y la tierra expelió un aroma de gratitud.
La noche del martes, el cielo del Carmen de
Apicalá, donde nació mi madre, abrió una ventana triangular. Era el único
espacio libre dejado por las estrellas que colgaban como racimos. Esa ventana
dejaba ver la nebulosa del águila que en ese momento el telescopio Hubbles
tenía en la mira como pude comprobar después por la Internet.
Al terminar de cantar la canción que tanto
le gustaba...
Mama vieja, yo te canto desde aquí,
esta zamba, que una vez te prometí...
... de la esquina superior de la ventana se
desprendió una luz que viajó en cámara lenta hasta el centro de la pirámide
donde explotó con una ternura que me erizó los vellos, hizo desmayar a mi
hermana e inundar de una emoción incontrolable a mi cuñada.
Mi hermano menor, quien coincidencialmente
había llegado allí guitarra en mano, no pudo verla por estar pendiente de que
se hijo no se fuera por el abismo.
-Es un milagro -dijo mi cuñada cuando pudo
destrabar la lengua.
Mi hermana despertó del desmayo con una
cara plena, iluminada de felicidad, como si hubiera rozado el paraíso. La
huella de angustia y dolor que se había marcado en los ocho meses desde que
supo del cáncer implacable que azotó a mi madre se borró de su semblante.
-Ella ahora sí descansa para siempre -nos
dijo para aclarar nuestro extrañamiento.
Esa hermosa luz azul que vi multiplicarse
en un caleidoscopio de colores se coló en mis sueños. Intrigado me puse a
investigar y descubrí que mi madre agradeció la serenata que le había prometido
el día de su muerte naciendo en una estrella.
-Yo no voy a esa misa porque no creo
en el Dios del Antiguo Testamento, -fue la respuesta tajante que le dio Julia a
Orlando cuando éste la invitó al consulado. -Por Rafael Escalona me haría el
viaje, pero por una misa donde posiblemente pongan como estandarte la ley del
talión, ¡olvídate! -reafirmó con un tono que mostraba la apatía completa hacia
lo que Julia llamaba "el opio de la humanidad".
Orlando estaba enamorado de Julia y como a
ella le gustaba asistir a los actos programados por el consulado colombiano de
Coral Gables, siempre se hacía el viaje Miami - West Palm Beach - Miami
multiplicado por dos para poder disfrutar de su presencia por unas horas aunque
no de sus ideas. Orlando se había propuesto no solo conquistar su cuerpo, sino
salvar su alma.
Apesadumbrado Orlando se fue solo para el
consulado y para su sorpresa lo encontró repleto. El homenaje al maestro Rafael
Escalona, compositor de vallenatos que Carlos Vives ha puesto en la palestra
internacional, había sido sustituido por una misa en memoria a las víctimas de
la masacre cometida por terroristas desalmados al corazón financiero y militar
de los Estados Unidos.
Orlando se conmovió hasta las lágrimas con
el sermón de un sacerdote que con una voz apenas perceptible llamaba a la
vindicta del ojo por ojo, diente por diente.
-Le he pedido a Dios para que le de la
fuerza a este país para que borre de la faz de la tierra al enemigo.
Eso mismo rezaba Orlando todas las noches
antes de acostarse y desde la tragedia había aumentado la vigilia, prendido
velas, puesto banderas, rebajó dos libras con la dieta de sus 260 normales,
había llorado como lo hacía en la misa al ver que sus sentimientos guerreristas
eran compartidos por casi todos los asistentes a la misa que aprobaban con la
cabeza el sermón del sacerdote.
Pero no todos aprobaban el sermón. Orlando
alcanzó a escuchar claramente que al rezar el Padre Nuestro un grupo de jóvenes
vestidos de naranja enfatizaron el "perdona nuestras ofensas como también
nosotros PERDONAMOS A LOS QUE NOS OFENDEN".
Una mirada piadosa se lanzaron la cónsul,
vice-cónsul, sacerdote y feligreses al ver que la oración que rezaban
mecánicamente adquiría un significado distinto para el grupo naranja.
Al pasar a comulgar Orlando vio un hermoso
cuerpo de una mujer morena, pelo largo y negro, blue jeans de color naranja que
demarcaban un trasero bien moldeado parecido al de Julia, estuvo a punto de
devolverse y no comulgar por tener pensamientos lascivos como los que tenía al
ver y pensar en Julia. Mentalmente pidió perdón a Dios por caer en la tentación
y siguió adelante. Al regresar comprobó que ese cuerpo escultural era el de
Julia que estaba allí entre el grupo que había alzado la voz en la oración que
Jesús le enseñó a sus discípulos.
Orlando casi se ahoga con el cuerpo de
Cristo, pero logró controlarse. A la hora de la paz, el grupo anaranjado hizo
gran alboroto abrazando a todos los que estaban cerca. Cuando una de las del
grupo optó por abrazarle en lugar de estrechar la mano que él le extendía
mientras le decía conmovida que "la paz sea contigo", Orlando recapacitó
que esos sentimientos de venganza que abrigaba últimamente no eran saludables.
Si un atisbo de arrepentimiento había
asomado lo anuló el hecho de ver cómo el grupo anaranjado le caía al sacerdote
para cuestionarle duramente el sermón guerrerista que "no se compadecía
con las enseñanzas del divino maestro", como le recalcaba uno de ellos.
Quiso hablarle a Julia pero ella se había
enfrascado en una discusión con una católica que había dejado de cantar el
canto a la Virgen de "ha venido a América, ha venido a América, ha venido
a América a traer la paz", para criticar con los ánimos exaltados a ese
grupo de "idiotas útiles que le hacen juego a Satanás", como se lo
repetía con los ojos salidos de las órbitas a Julia que lo único que había querido
era invitarla a ver si se le medía a la marcha
hacia el Caguán para detener la violencia en Colombia.
Al ver que Orlando aprobaba lo que decía
la feligrés mariana, Julia lo miró de arriba a abajo como si fuera la primera
vez que lo viera y con plante altanero lo dejó y se fue a repartir volantes
entre la concurrencia para ver si encontraba a alguien que se comprometiera con
el efecto
naranja.
Al verse despreciado Orlando decidió
olvidarse de Julia y salir del consulado como perro regañado. De no ser porque
rechazaba la evolución, por un momento pensó que la cola se le metía por entre
las piernas. Era verdad que el cuerpo de esa mujer lo traía loco pero su alma
ya estaba conprometida con el diablo. Entre la disyuntiva entre el bien y el
mal que había recalcado el sacerdote en su sermón siguiendo las "claras
directrices de la Operación Justicia Infinita del presidente", Orlando escogía
las del bien aunque para ello hubiera que borrar de la faz del planeta a la
mitad de sus habitantes.
Juan Pablo se alinea siempre con
grupúsculos que todavía tienen viva la llama del ideal. Ante un mundo
oscurecido por el cinismo, la voz de jóvenes como la de Juan Pablo, es como una
arenita en el desierto.
Un perro moribundo atropellado por un
carro fantasma y salvado por el llamado solidario que hizo otro joven como Juan
Pablo a través de la Internet, fue la chispa que dio nacimiento a un proyecto
que pretendía salvar a la moribunda Colombia y de una vez por todas acabar con
su violencia endémica.
Al proyecto se le midieron jóvenes de todo
el mundo al ver que la propuesta reflejaba una sutura a los ideales rotos por
las generaciones anteriores que los habían traicionado.
Juan Pablo puso su destreza de escritor en
redactar los siete puntos del siguiente comunicado por la paz:
"Yo, colombiano del siglo XXI, en unidad con mis hermanos
colombianos y en un acto voluntario y libre, declaro:
Un brillo mesiánico en los ojos se
apoderó del grupo que se confundía con el color naranja con que vistieron. Como
nuevos profetas se enfrentaron a la indiferencia de sus compatriotas cansados
ya de tantas promesas incumplidas y preocupados más por satisfacer sus
necesidades primarias.
-¿Usted se le mide? -me confrontó Juan
Pablo la primera vez que lo conocí en el consulado colombiano de Coral Gables
luego de una misa en memoria de las víctimas de los
ataques terroristas en Nueva York y Washington.
-Claro... -le contesté con temor pensando
que era un kamikase que estaba dispuesto a ir a inmolarse en las cuevas afganas
con tal de arrasar a los enemigos como lo había planteado sabiamente el
sacerdote en el sermón.
Juan Pablo me puso el brazo en el hombro y
como si fuéramos amigos de toda la vida me dijo que se llamaba Juan Pablo, que
me invitaba a mí y a toda mi familia a unirme a la marcha de 3 millones de
colombianos que irían a San Vicente del Caguán a pedirle a Tirofijo y a sus
secuaces a que depusieran las armas y como mansas ovejas se aunaran al redil
para construir una patria justa, libre y soberana.
Horrorizado me zafé de su abrazo. Quise
espetarle todo el odio que sentía contra esos demonios que habían puesto al
país de rodillas amparados en unas negociaciones que servían solo para aumentar
su poderío.
-¿Pero es que usted no ha escuchado a
Bush? ¿Acaso no se da cuenta que esos son peores que Osama bin Landen porque no
creen en Dios?
-Usted no entiende.... - me dijo Juan
Pablo en tono conciliatorio tratando de enfriar la sangre que se me había
subido a la cabeza, -nosotros lo que queremos....
-.... ustedes lo que son, son unos idiotas
útiles, marxistas trasnochados, hippies drogos -le interrumpí señalando
acusatoriamente con el índice mientras le miraba la cola de caballo que me
había puesto en ascuas cuando me colocó el brazo por encima de mi hombro.
-Pero... -insistió Juan Pablo.
-Aquí no hay pero que valga. Eso hay que
dejarlo en manos de Dios y de Estados Unidos que son los que tienen el poder de
barrer esas alimañas -le dije marcando las palabras para ponerle punto final a
su atrevimiento de hacerme acalorar luego de haber comulgado y rezado para que
Dios iluminara a nuestros líderes en extirpar el mal de la faz de la tierra.
Mientras retomé el coro de la Virgen que ha venido a América a traer la paz, me
alejé con disgusto del consulado.
Juan Pablo, como buen marchista de la paz,
no se amilanó y siguió repartiendo volantes tratando de convencer a la gente
para que se le midieran a la marcha de los 3 millones al Caguán.
Anoche mientras dormía un ángel de
Eslovaquia cayó del cielo. Creí que despertaba para seguir soñando que una
rubia de ojos azules se metía en mi sueño. Tuve que pellizcarme para comprobar
que no era uno de mis escapes oníricos.
Un suave beso me despertó y creí recuperar
el paraíso perdido. El hermoso ángel me susurraba una frase melodiosa en un
idioma extraño para mí. Eran tan celestiales sus palabras que las grabé en mi
corazón:
Ja prichadzam z neba pocítit - tvoj zivot (He venido
a llenar el vacío de tu vida).
El aroma de flores frescas asaltó mi
olfato de perro. Con mis labios recorrí el pétalo de su piel y bebí el rocío de
su mañana. Sus vellos erizados parecían espigas de trigo listos para la
vendimia. En la fuente de su vida me detuve a beber la Vía Láctea hasta que sus
gemidos la hicieron convulsionar.
Las flores en primavera son para
admirarlas, olfatearlas, saborearlas y acariciarlas, no para estropearlas.
Aunque el animal despierto quería imponer sus instintos, interpuse mi condición
de asceta y me quedé contemplándola mientras Annette tiernamente entraba en los
laberintos del sueño con una sonrisa angelical. Mi ensoñación al verla tan
radiante me hizo meterme en su sueño para descubrir que estaba en Bratislava,
compartiendo con su amiga Lianna la experiencia que acababa de vivir.
Teniendo como testigo el río Danubio y un
barranco que conectaba con los Cárpatos, me volví brisa para repetir el
recorrido por las hermosas tierras de Lianna junto con Annete hasta que sus
gemidos se confundieron con el azul que se metió en el río y el viento que
venía de las montañas.
Ya L. C. Vila me había dicho que el amor
perfecto es el triangular. Según la teorética de Vila el hombre no tiene la
capacidad para satisfacer a las mujeres. La experiencia con Annette y Lianna lo
confirmaba.
El sutil aleteo de una mariposa y el olor
a frutas frescas me despertó para encontrarme frente a Annette, recién bañada
con dulces fragancias que se sienten a las orillas del Váh, del Orava, del
Hornád, del Slaná y del Danubio y quien febrilmente tecleaba en la computadora.
Suavemente acaricié el oro de su cabellera mientras trataba de descifrar lo que
escribía en la pantalla.
En eslovaco estaba chateando desde
Tallahassee con su amiga Lianna que se encontraba en Bratislava y quien le
pedía que ella también quería inmortalizar su primavera en las letras de ese
otoñal escritor que andaba de gira por las universidades del norte de la Florida
promoviendo su último libro de "Cuentos de vida, muerte y
resurrección".
Los escritores no quisieron quedarse en el convento habitado
por fantasmas. Habían sido invitados a participar en la Feria Internacional del
libro de Puerto Rico y todos optaron por quedarse en el hotel de la universidad
aunque tuvieron que compartir el cuarto.
Lo que a ellos
desanimó a mí me animó. Hasta ese momento nadie se había atrevido a pecnoctar
ahí, sin embargo acepté quedarme en ese antiquísimo monasterio mandado a
construir por el emperador Carlos V en 1786 en el mismo lugar donde descansaban
los restos de las monjas carmelitas.
Cuatro llaves
sampedrinas me dieron para abrir los monumentales portones de madera reforzados
de herrería que conducían desde la entrada hasta la sacristía, celda que había
sido adaptada como modesta habitación.
Al filo de la
media noche sentí un escalofrío que me dejó sentado rígido de espanto con los
pelos puerco espín. El hechizo de una mirada glacial congelaba mi cuerpo a
pesar del insoportable calor caribeño que me había hecho acostar desnudo. Por
las rendijas de una bóveda que quedaba en un nivel inferior salía un vapor
celeste de hielo.
Al medio volver
en mí de regreso de ese terrible espanto, cauteloso me acerqué a golpear la
cripta que se vino abajo como un castillo de naipes dejando al descubierto a
una mujer de inmortal belleza cuyos ojos tenían el brillo de la madrugada.
–Graçias por
liberarme.
El pavor que se
había apoderado de mí amainó un poco al dulce encanto de esa voz con acento
peninsular. Por un momento llegué a pensar que era una broma de los
organizadores de la Feria Internacional del libro que querían poner a prueba mi
capacidad de asombro. El olor a santidad que emanaba y las caricias que me daba
para regresar mis erizados vellos y cabellos a la normalidad me hicieron ver un
cielo desconocido.
Tratando de
esconder mis vergüenzas me vestí y le ofrecí un pantalón y una camisa para que
dejara ese pesado traje salido de telares medievales. Zapatos no quiso ponerse,
ni tenis, ni zandalias. El calor volvió a atacarnos y la sed se apoderó de mi
cuerpo que había dejado de temblar. Le propuse que saliéramos a tomarnos una
Medalla y ella gustosa aceptó. Cuando me dirigía a la puerta, me tomó de la
mano y me condujo por un pasadizo secreto que conectaba con la calle de las
Monjas por donde bajamos. Por la caleta del mismo nombre subimos hasta la calle
del Santo Cristo y nos metimos en el bar de doña María cerca del Parque de las
palomas.
Sentados en la
barra estaban dos zuritos dándose piquitos. Cerca de ellos, dos mujeres de
exuberantes atributos hablaban animadamente mientras bebían cerveza y fumaban
como murciélagos. Al fondo se escuchaba la misma tonada repetida hasta la
saciedad de Pablo Milanés que una de las chicas tarareaba mientras la otra
trataba de convencerla de ir a hacer el amor.
Mi compañera me
miró con cara de interrogante y yo le contesté con alzada de hombros que ahora
eso era lo normal.
–Anda –me dijo
desbaratando el asombro –pues parece que la cosa no ha cambiado en
cuatrocientos años.
Lo que no
lograba comprender era que muchos turistas solitarios que caminaban despistados
por las noches sanjuaneras se acercaban y me preguntaban que si la silla que
ocupaba mi compañera estaba vacía. Nadie la veía aunque para mí se me
manifestara en todo su esplendor.
La chica
reticente a claudicar a los amores lesbianos para no crearle traumas a su hija
de nueve años se fue para el baño. La otra me miró desafiante y agresiva me
dijo que si era que estaba loco porque estaba hablando solo.
Me hice el loco
y le dije que me gustaba divagar en voz alta cuando me cogían las Medallas.
Sospeché que presentarle a mi compañera era servirle en bandeja de plata
semejante manjar.
–Me he dado
cuenta de eso –dijo la machorra con la intención de meterme miedo–. Aquí a los
turistas que andan solos como usted a estas horas se les aparece la monja de
borinquen que fue tapiada en los muros del convento que queda en esta calle.
Noté que mi
compañera se puso incómoda y me dijo con la mandíbula señalando la puerta que
nos fuéramos.
–Déjeme yo lo
invito –me dijo la marimacho cuando quise pagarle a doña María–. Y ojalá que se
encuentre con sor Imelda.
La
alcohólica carcajada que los habitantes del bar lanzaron celebrando su
estentórica maldición golpeó los oídos de mi compañera que se los cubrió con
las dos manos. En la calle del Santo Cristo, y somo si descubriera un secreto a
voces, me confirmó que ella era sor Imelda. Le dije que lo presentía desde el
momento que la había visto por primera vez encerrada en esa cripta del
convento.
Mientras
caminábamos por la calle de San Sebastían, en medio de una humareda de
marijuana que salía de los bares aledaños colmados hasta el tope de jóvenes y
jovencitas que mostraban su ombligo al mundo, me contó su triste historia y
cómo su angelical belleza había sido su perdición.
Sor Imelda era
prima de Carlos V y se había recluido en el Monasterio de "El Abrojo"
en Laguna de Durero. El emperador mandó construir un palacio y compró todas las
tierras aledañas para convertirlas en bosques reales. Quería estar cerca de esa
amada esquiva. Huyó de él con destino al Nuevo Mundo al saber que quería
desposarla. Era conciente que las uniones consanguíneas que se daban en las
monarquías de la época concebían retoños que en la edad madura eran perseguidos
por los fantasmas de la locura como los que atacaron a su bisabuela Juana.
Aunque no era
hija legítima, su primo Carlos estaba enloquecido por ella. Su ardiente belleza
había trascendido las fronteras y no sólo era su primo el que quería poseerla
sino casi todos los desquiciados herederos de las dinastías reinantes.
En el Nuevo
Mundo se metió en el convento de las hermanas descalzas tratando de ocultar esa
belleza que eclipsaba todo.
El monje
encargado de la Inquisición criolla se enamoró perdidamente de ella. Por el
pasadizo secreto, que sólo él conocía para llegar al convento por el lado del
pasaje de las monjas construido durante el sitio de Barbarroja, entraba
sigiloso a refocilarse con algunas monjas.
Una noche se le
apareció en su celda y quiso violarla pero sor Imelda pataleó, manoteó y gritó
como endemoniada. Las otras monjas corrieron a su celda y encontraron al monje
maldito exorcisándola con las memorizadas retahilas que utilizaba sacadas del
manual inquisitorial Malleus Maleficarum.
El monje, que
por las calles estiraba con desdén su brazo para que le besaran su enorme anillo
que luego con asco se quitaba para meterlo en alcohol, le hizo un juicio. Pesó
más la ciega lealtad que las órdenes cerradas tienen hacia las autoridades y
terminaron aceptando el castigo que propuso el monje para lavarse sus
mofletudas manos. Sor Imelda fue tapiada en vida en la cripta donde la había
encontrado.
Por eso
caminaba agradecida de mi brazo aspirando la brisa caribeña que levantaba su
hermosa cabellera que se confundía con la noche de San Juan.
Un estrepitoso
bramido de sirena de un enorme transatlántico apresuró el paso de una
innumerable cantidad de turistas que se dirigieron hacia el muelle para
embarcar hacia otras tierras. Sor Imelda me arrastró hasta el malecón porque
sintió el llamado de su tierra. Yo corría, ella volaba.
En el puerto,
entró al enorme edificio flotante sin que nadie la detectara. Traté de seguirla
pero los guardias de seguridad me impidieron el ingreso al crucero que iba para
España. Dispuesto a no perderla, insistí como un poseso.
Me maniataron y
me encerraron en esta celda.
Una bandada de chulos cubrió el
cielo de Hialeah. Sus graznidos se confundían con el ruido ambiental que ha
convertido su progreso citadino en uno de los más infernales del planeta.
Una paloma blanca se interpuso en mi
camino. Al sobrevolarme le saqué el cuerpo confundiéndola con el Espíritu Santo
que meses antes me había salpicado de dones en una capilla de Puerto Rico. Su
sobrevuelo y su tímido chillido los tomé como un buen presagio y me animé a
adentrarme en las tenebrosas oficinas de desempleo. Tuve que esperar largas
horas para que me atendieran porque miles de desempleados se agolpaban allí a
pedir compensación por haber sido despedidos de sus puestos de trabajo.
–Yo no sabía qué era mejor; que me
dejaran o que me echaran –me dijo una señora de aspecto distinguido con
ganas de soltar la lengua para enfrentar el tedio.
–No me diga que a ustedes les pasó
lo mismo –contestó otra que vestía una camiseta con un enorme letrero
que pregonaba las bendiciones de Dios para ese imperio que prevalecerá sobre el
mal como pregonan sus dirigentes.
Casi todos comentaban que en sus empresas
el recorte no sólo era de personal sino de sueldos. Los que estuvieron dispuestos
a asumir las responsabilidades de los que se iban, por menos salario, les
garantizaban la estadía. Los demás tenían que hacer lo que estábamos haciendo:
engrosar la interminable fila del ejército de desocupados.
Los displicentes funcionarios mirando por
encima de sus hombros trataban de controlar ese enorme regimiento de
necesitados que empezaban a impacientarse. Varios representantes de la ley,
como sacados del planeta de los símios, se encargaban de sacar de las
interminables filas a los que perdían la cordura para conducirlos hacia la
azotea de donde se descolgaba un olor a mortecina que se confundía con los
malos humores que emanaban de los cuerpos de la gente que me rodeaba.
Luego de esperar por mucho tiempo logré
arribar donde una funcionaria peliteñida de rubio, con un trasero descomunal
que desbordaba su silla, me dijo que tenía que hacer otra fila para llenar unos
papeles. Resignado esperé otro tanto hasta que por fin un calvo de mustia
mirada me asignó una computadora para que yo mismo llenara un formulario.
"Si no sabe usarla, tiene que esperar", me dijo con ese desgano que
tienen los funcionarios oficiales para quienes el tiempo de los demás no
existe.
El día antes de ser despedidos nos
reunieron en el salón de juntas de la compañía que se vino a pique para
pintarnos pajaritos de oro; que podríamos estudiar; que el gobierno nos iba a
dar la mano; que la economía se estaba recuperando y que este era el mejor de
los mundos. Ese optimismo que superaba al de Leibniz se hallaba lejos de las
tinieblas proyectadas por los zopilotes que sobrevolaban las oficinas de
desempleo.
Las vueltas que me daban de un lugar para
otro y de un funcionario malacaroso a otro me fueron llenando de soberbia hasta
que no pude soportar y comencé a despotricar de los empleados, del darwinismo
neoliberal y de las desigualdades abismales de este mundo. Parecía que
Schopenhauer se hubiera apoderado de mís palabras que rasgaron la oscuridad de
esa ejército de indigentes que veían sin ver y oían sin sentir obnubilados por
el sueño americano. Tímidamente empezaron a llenarse de mi fuego y a levantar
la voz.
Hasta ese momento comprendí el mensaje de alerta
de la resplandeciente paloma blanca que trató de impedir mi entrada a ese antro
de ignominia. Antes que la voz de la turba se volviera vocinglería, los gorilas
me agarraron y me llevaron a la azotea donde me encadenaron a una roca. De allí
era que emanaba el fétido olor. Tiras de carne de desempleados que se habían
atrevido a protestar como yo estaban tiradas por toda la azotea. Los changos se
las disputaban como si fueran regalos sacados de una caja de Pandora. Al verme
expuesto al sol cual bandeja prometeica empezaron a despedazar mis carnes con
una vitalidad tan extraordinaria que en pocos minutos acababan con mis entrañas.
Algún resquicio de ilusión, alimentada
posiblemente por mis lecturas de Leibniz cuando creía que se podía construir el
paraíso en este valle de miserias, me mostró sorprendido el deseo de mis
mónadas de aferrarse a la vida. El hecho de que la esperanza es lo último que
me queda hace que mis entrañas renazcan de nuevo con cada picotazo.
Por eso confiado espero que tú, afortunado
lector, vengas a liberarme porque no soporto más esta terrible soledad que es
más fuerte que la muerte.
Al enterarse Ruth Hinestroza que iba a quedarme a dormir en
el viejo convento de la calle del Santo Cristo un escalofrío recorrió su
cuerpo. Ruth cree apasionadamente en la Santísima Trinidad como en la teosofía
de la nueva era. Aunque sospecho de esas literaturas fantásticas, posiblemente
el hecho de admirarlas a todas por igual me pertrecha de un sexto sentido que
los creyentes y no creyentes ignoran por su obscecación. Por eso alcancé a
detectar su excitación y sus vellos rubios queriéndose salir de su piel tostada
por las brisas caribeñas. Con los ojos brotando de sus pupilas como dos huevos
fritos me conminó a creer en mí mismo.
–Te veo como un autor consagrado –me dijo
en tono conspiratorio para no levantar los celos de los otros autores que
participaban conmigo en la Feria Internacional del libro de Puerto Rico y que
habían rehusado quedarse allí por temor a los espantos.
A pesar de estar cansado de dar vueltas
por las casetas libreras y de tanto hablar carreta con Ylonka Nacidit, la
hiperactiva poeta dominicana, el anhelado sueño se rehusaba a aparecer. Con un
temor sacropagano me puse a recorrer el enorme convento. Todo estaba cerrado y
oscuro como la noche de San Juan. Traté de probar las llaves Sampedrinas que me
habían dado para abrir los enormes portones y la puerta de la celda en que iba
a pasar la noche. Todo fue inútil. La puerta de la capilla, por el contrario,
se abrió con el solo intento de probar una de las llaves en su cerradura. Creí
que el viento helado que en ese momento llegó del inmenso patio era el que me
había hecho el favor de abrirlas. También dude por un instante prolongado que
alguien en el interior las había abierto para mí.
Si la oscuridad de afuera me hacía caminar
a tientas, la de adentro era absoluta. Como ciego me introduje hasta que una
luz azul que se desprendía de la cima de la cúpula asaltó mis pupilas. Desde
mis cataratas alcancé a ver cómo se confundían en uno el Padre, el Hijo y una
hermosa Virgen que presidía el altar. La blancura celestial del ave conteniendo
esas tres figuras iluminó completamente la capilla cual mediodía en plena
medianoche.
Deslumbrado cerré mis ojos, junté mis
manos y recordé la devota frase de Ruth: "Aunque no creas en Dios, entra a
la capilla y reza". Algún poder tenía esa frase porque comencé a rezar
como cuando niño me elevaba a la divina esencia cuando el sacerdote levantaba
la hostia al momento de la deificación. Los místicos hablan de la divina
transverberación y los amantes de la orgásmica muerte. Esas cosas no igualan en
lo más ínfimo la beatitud y la delectación del doloroso placer que irradió
todos mis sentidos y que me arrancó arrobadas lágrimas porque posiblemente por
primera y última vez sentí con pavor que penetraba el enigma de todo lo creado.
Mi oración resonó en los oídos de las tres
figuras convertidas en paloma. Lo que creí era una apostólica lengua de fuego
que se precipitaba desde las alturas, la sentí caer sobre mi cabeza que con
resignación recibió la fétida explosión de ese don acuoso como una estrella
apagada.
La consagración pronosticada por Ruth la
veo atropelladamente aproximarse porque se me ha dado la excelsa gracia, a lo
Midas, de convertir en cuento cualquier cosa por insignificante que sea ya que
alcanzo a percibir el cosmos que secretamente encierra.
Esa dicha alcanzada en la capilla forma
parte del alimento que me motiva a seguir viviendo del cuento.
Motivado por el aleluya de la
guerra el sentimiento por la patria arde en los corazones de Luis y Fernando.
Sobrios como jueces de circuito entran al "Bar de Emiliano". El
tabernero con cara de sebo los recibe. Una sonrisa lambona que reparte por
doquier disimula sus ojos sancochados. Hacen la V mientras se sientan.
¾... pues dos
Coronas ¾gruñe
agresivamente Fernando al cuestionamiento que el tabernero les hace con el sebo
que centellea en la penumbra.
Panean 270 grados con las cejas contrariándose. Garbo, parla
y gestos afirman repetidamente el balanceo de pandilleros. El ambiente está
agitado. La emoción patriotera es desbordante. El aire de triunfo nubla la
cortina de humo del cigarro y de las risotadas. Las banderas del imperio que
ondean por todos lados opacan las miradas de soslayo cotidianas de ese bar para
dar paso a una cálida hermandad. Los televisores anuncian la gran cruzada
contra el maligno con todos los condimentos militares, financieros y
tecnocráticos.