Un desafío para la educación
“La esperanza principal de
una nación radica en la educación adecuada de su juventud”
ERASMO
Como es comprensible, muchas veces hacemos hincapié en temas
poderosamente influyentes en la vida social, económica y política en la que
estamos inmersos. Pero uno de esos tópicos mas relevantes es el que abordaré en
las siguientes páginas: La Educación
No en un sentido estrictamente científico o formal, sino uno en el que
intervienen factores derivados de las emociones y sus pensamientos
característicos.
Vayamos a la raíz de la palabra emoción, que es motere, el verbo latino “mover”, además del prefijo “e” que implica
alejarse, lo que indica que en toda emoción hay implícita una acción.
En un sentido más amplio se puede distinguir entre emoción y razón, es
decir, entre un coeficiente intelectual y uno emocional. Estos tienden a estar
en equilibrio, en el que la emoción
alimenta e informa las operaciones de la mente racional, y esta depura y a
veces veta la energía de entrada de las emociones.
Generalmente la función principal de la escuela está asociada con aquellos
conocimientos que el niño debe ir adquiriendo día a día, y esta capacidad de
adquisición de conocimientos ,tiene que ver con ese coeficiente intelectual, el
cual varía de persona a persona. Este es la razón entre la edad mental de una
persona y su edad cronológica, multiplicada por 100.
Por su parte, la edad mental se mide a través de una puntuación obtenida
en pruebas.
Más allá de esta puntuación, y del numero obtenido tanto en estos tests,
como en los exámenes mismos, confío aún más en el coeficiente emocional.
He leído un libro, “La inteligencia emocional” de Daniel Goleman, y pude
comprender que la educación no solo para por un coeficiente intelectual elevado
(o no), ni por el rol atribuido exclusivamente a la escuela, y mucho menos por
considerar el estudiar como un mero hecho formal para la formación de los seres
humanos, sino por aquellas capacidades que nos permiten desarrollarnos, y que
tienen que ver con nuestras emociones, y motivaciones internas, y por
consiguiente la educación de estas mismas; claro está que no me eximo de lo que
implica la educación formal, solo deseo abordar esta misma desde otro punto de
vista, tan importante como los demás.
Por tales motivos me he dispuesto en las siguientes paginas a tratar en
primera instancia el rol atribuido a la escuela desde una perspectiva
sociológica, conjuntamente con el rol de los padres en la formación y
desarrollo de los niños, luego la inteligencia en su concepto explícito,
paralelamente con su otro concepto más implícito, y por último referirme
concretamente a las habilidades y capacidades tanto intelectuales como
emocionales, que pueden (y deben) desarrollarse desde los primeros años de
vida.
Es de mi placer, que toda persona que lea estas líneas, pueda entender
de otro modo, lo que significa estar “bien educado”, más allá de diversas
circunstancias, como sean la de asistir a una escuela privada o estatal, los
escasos recursos de gran parte de la población, como también los desalientos
que la situación del país pueda generarnos.
La escuela y la familia: dos
factores en constante interacción
Las escuelas aparecieron
cuando las culturas se volvieron demasiado complejas como para manejar
fácilmente dentro de la familia todo el aprendizaje necesario. Dentro de este
contexto, surgieron los maestros, aquellos especialistas de tiempo completo y
clases formales de estudiantes. Sin embargo, esta simplificación de factores
atribuidos a la formación de las escuelas y las demás instituciones educativas
opera en todas partes.
Según Paul B. Horton y Chester
L. Hunt, autores del libro “Sociología”: “Los
rasgos distintivos de las escuelas que tienen un alto nivel de aprendizaje son:
1) orden y jerarquía;
2)
una atmósfera escolar que subraye el aprendizaje y recompense los logros;
3)
el apoyo de los padres a los esfuerzos escolares por mantener la disciplina y
exigir bueno resultados”.
Estos rasgos son
importantes, pero no son los únicos que hay que tener en cuenta al considerar
una escuela buena o mala según su nivel de aprendizaje.
Considero esencial que en la
escuela se brinde lecciones de vida, se inculque motivaciones internas, y se
enseñe también habilidades sociales, ya que son cada vez mas los niños que no
reciben de la familia el apoyo necesario para su camino por la vida.
Los padres juegan en muchos casos un papel meramente simplificador en el
desarrollo educacional del niño, es decir, creen que porque este asiste a la
escuela, deberá formarse en torno a la adquisición de conocimientos, y en las
notas que obtenga. Sin embargo, no toman en cuenta que el aprendizaje del niño
también surge del ejemplo que estos den.
Según la psicóloga Diana
Baumrind, identificó tres categorías en la manera de actuar los padres con sus
hijos, es decir, entre los estilos de educar a los niños y la competencia
social de estos:
“Los padres con autoridad
ejercen un firme control cuando es necesario, pero explican su posición y
animan a sus hijos a que expresen sus opiniones.
Los niños, entonces, son los
que muestran más confianza en sí
mismos, mayor autocontrol, y son los mas asertivos, curiosos y satisfechos.
Los padres autoritarios
valoran la obediencia incuestionable y castigan a sus hijos con la fuerza al no
cumplir lo que ellos consideran un nivel adecuado. Son fríos, controladores y
distantes. Sus hijos tienden a estar descontentos, ser recelosos o
introvertidos.
Los padres permisivos piden
poco a sus hijos, establecen pocas reglas y raramente los castigan. A la edad
preescolar estos niños son inmaduros y son los que tienen menos confianza en si
mismo, y menos auto control y curiosidad”
También considera “influyente el
temperamento con el que ya nace su hijo”.
Estas diferentes categorías se centran en un carácter bastante amplio,
¿Y qué decir de aquellos niños que ni siquiera tienen padres, ni una familia
establecida, o en otros casos familias disgregadas o carenciadas
completamente?. Bueno, en mi opinión, son muchos los factores que desde nuestro
núcleo familiar, existente o no, influyen en nuestra “educación a ser un ser
humano”, es decir esta, una educación orientada a lecciones psicológicas y
motivacionales. .
En su libro “La inteligencia
emocional” Daniel Goleman hace referencia a la “alfabetización emocional”,
esta “invierte el término educación
afectiva en lugar de usar el efecto
para educar, se educa el afecto mismo”.
Tomé este concepto, porque
me pareció de suma importancia considerar el aprendizaje mas allá de los
conocimientos formales, sino también con aquellos que tienen que ver con el
desarrollo social, la motivación y las destrezas en la vida. Como lo expresa
Karen Stone McCown, creadora del programa de la Ciencia del Yo: “El aprendizaje no es un hecho separado de
los sentimientos de los niños. Ser un alfabeto emocional es tan importante para
el aprendizaje como la instrucción en matemática y lectura”.
Aquello mismo ocurre a la
hora de estudiar: muchos expresan lo tanto que han estudiado a lo largo de sus
vidas, o así mismo niños y jóvenes se quejan de todo el contenido que en la
escuela les dan a estudiar. Pero ¿realmente estudiamos? ¿o es que en verdad
nunca aprendimos a generar propias ideas?. Ya qué retener en la memoria
palabras, fechas, o cualquier otro orden de cosas no es aprender a pensar. Es
simplemente recordar.
Entonces, la carencia de la
capacidad de dominar las propias emociones y motivaciones, puede producir en
los niños dificultades para prestar atención, y desgano a la hora de estudiar,
y seguidamente un fracaso en el aprendizaje y calificaciones.
Por estos motivos, se
debería replantear en las escuelas, desde grados inferiores esta nueva
concepción de la educación, la cual es de tipo emocional, basada en la conducta
y en factores psico sociales, en la que también influyen los padres y los
maestros mismos. Teniendo en cuenta esto, estos últimos deberían ir más allá de
su misión tradicional; es probable que a muchos les ocasione incomodidad, o
encuentren poca relación entre los contenidos académicos que enseñan. Sin
embargo, con cursos dirigidos a un buen entrenamiento para los docentes, y una buena inclusión en las escuelas, se podría llevar adelante, esta nueva
perspectiva de la educación.
Sé que a simple vista parece
utópico, y más aún considerando situaciones actuales, tanto en nuestro país
como en otros con similares casos ,
pero realmente sería muy importante que desde pequeños en adelante puedan
mejorar la aptitud emocional, mejorando aún más el ambiente en la escuela.
¿Es
más o menos inteligente?
Partamos definiendo la
inteligencia según el psicólogo Jean Piaget “como
la capacidad para adoptarse al ambiente”, también es definida en forma
practica, por el psicólogo David Wechsley, como “la capacidad para actuar con un propósito concreto, pensar
racionalmente y relacionarse eficazmente con el ambiente”.
Ambas definiciones se
relacionan a través de la capacidad de desarrollarse adecuadamente en el
ambiente; estoy de acuerdo, pero haría hincapié en una cuestión más profunda,
que tiene que ver con el potencial interno de cada persona. Este mismo puede
ser desarrollado a través de una aptitud emocional, la cual es “una meta-habilidad y determina lo bien que
podemos utilizar cualquier otro talento, incluido el intelecto puro”( Daniel Goleman,
“La inteligencia emocional”).
La inteligencia académica
poco tiene que ver con una preparación en cuanto a un buen dominio de uno
mismo, y de la forma de sentirse satisfecho y eficaz en la vida. Las personas
que no logran un buen orden emocional, se llegan a autosabotear, lo que produce
un deterioro en la capacidad de concentración en su trabajo, como en las demás
tareas.
Tomando el concepto de
Howard Gardner, sobre la inteligencia intrapersonal, la cual define como “el acceso a los propios sentimientos y la
capacidad de distinguirlos y recurrir a ellos para guiar la conducta”, también
se podría relacionar con lo que significa tener un alto coeficiente
intelectual, y no utilizarlo completamente, por no tener esa capacidad de
autoconocerse, es decir, que a pesar de que existan múltiples tests para medir
el coeficiente intelectual, existen pocos o ningunos, más que la experiencia y
la sabiduría que estas dejan para medir el coeficiente emocional.
Una persona puede ser muy
inteligente, y tener un amplio espectro de conocimientos, pero si no tiene la
suficiente capacidad para ordenar su vida emocional, y de sentirse satisfecho,
probablemente no encuentre aquella felicidad natural emanada por las
simplicidades de la vida.
Aunque en estos tiempos, en
los cuales se pone énfasis en los avances de la tecnología y la influencia que
esta tiene en nuestra vida, resulta fundamental contar con un desarrollo
adecuado en lo intelectual como en lo emocional. No es suficiente contar con
las máquinas más modernas y las mejores instalaciones, sino existe la
cooperación y la motivación necesaria para optimizar su utilización en nuestro desarrollo.
Para demostrar que lugar
ocupan las emociones, es probable que cuando leamos dos textos con una trama
compleja, recordemos mejor aquel que tiene un alto contenido emocional; a modo
ilustrativo se podría decir que cuando nos sumergimos en la historia de las
invasiones inglesas, lo que menos retenemos son las fechas y actores, sino
aquello que nos recuerda el episodio de aceite hirviendo volcado sobre los
atacantes desde las azoteas de las casas porteñas.
En síntesis, no hay
parámetros reales que definan que es más o menos inteligente: existen tests,
como ya he dicho, pero como ha propuesto Howard Gardner, en su teoría de las
inteligencias múltiples, estas existen en todos los individuos. Según lo indica
son ocho, cada una desarrollada de modo y a un nivel particular. Las combinamos
y las usamos en diferentes grados, de manera personal y única.
De
las habilidades y capacidades intelectuales y emocionales
Todos los seres humanos
tenemos capacidades tanto emocionales como intelectuales. Estas últimas se asocian, tal vez, con saber leer,
escribir, razonar, tomando desde estas simples a las más complejas. Pero poco
se sabe de las capacidades emocionales, ya que se dan “por demás sabidas” o por
el simple hecho de que ya son parte de la vida, por lo cual, no se piensan, son
solo innatas.
Sin embargo, informes
clínicos realizados por un Centro de Programas clínicos infantiles, señala que
el éxito escolar no se pronostica a través del caudal de hechos de un niño o
por la precoz habilidad de leer, sino por parámetros sociales y emocionales: “Seguridad en si mismo, mayor autocontrol,
comprender los sentimientos de otros, trabajar en grupo”.
Estas son algunas de las
habilidades que son necesarias inculcarlas, a los niños, desde temprana edad, y estimular su entrenamiento
a lo largo de toda su vida.
Parecería ser que se enseña
al niño a no ser inteligente, ya que se les enseña que de un grado a otro pasan
por saber más, a que ciertos problemas no son capaces de resolver, o que ni
siquiera pueden escuchar, y esto produce un achatamiento en sus propias
capacidades, y en otra medida, desánimo.
Por otro lado, ocurre que
muchas veces los alumnos se aburren al tener que estudiar contenidos, en los
cuales no encuentran deleite alguno; en modo más general como expresa Prentice
Mulford en su libro “Nuestras fuerzas mentales”: “Toda persona para aprender prácticamente lo que mas desee, ha de
aprender en primer lugar a poner su propia inteligencia en un estado especial,
que es el estado de serenidad y descanso, exactamente el opuesto modo mental en
que los niños estudian casi siempre sus lecciones. (...)”.
Es por esto, que al no
lograr desarrollar adecuadamente las habilidades que los podrían llevar a
estados mayores de motivación, y desafío, pierden interés en las tareas intelectuales,
con el consiguiente riesgo de limitar su nivel ocasionando resultados
desfavorables en un futuro.
Entonces buscar en el
aprendizaje los desafíos para alcanzar un máximo desarrollo de las capacidades
es una forma natural y eficaz de canalizar las emociones hacia un fin
productivo, es decir, ordenar estas mismas al servicio de la educación.
Reflexiones
finales...
Como han podido ver a lo
largo de estas páginas he querido marcar, y remarcar mi posición sobre la otra
perspectiva de la educación, que me han alejado un poco de conceptos
tradicionales, y la seguida preocupación sobre su funcionamiento, deserción,
escasa participación del Estado en ella, y demás cuestiones.
Soy consciente, sin embargo,
que todo lo plasmado en estas líneas puede ser una abstracción, y que no son
teorías que no hayan sido tomadas y estudiadas por otros, pero en mi
pensamiento he caído en la formulación de conceptos menos formales y me he
unido a esas nuevas corrientes psicológicas que tratan de vincular la
inteligencia emocional con el aprendizaje de cada día.
El saber implica
necesariamente “el” conocer. Estos se asocian con el aprendizaje y la
enseñanza. Esta ultima toma el proceso de ejercitación de las funciones
intelectuales para obtener niveles mas elevados, y el aprendizaje es la
respuesta que da el cerebro a ese proceso. Sin embargo, si el niño no tiene las
habilidades necesarias para introducirse en ese esquema (enseñanza-
aprendizaje), se sentirá frustrado, secuela que podrá conllevar el resto de su
vida.
Por eso he planteado que se
“enseñe a aprender”, no meramente conocimientos formales, sino también a través
del dominio de las propias emociones, de la comprensión y entendimiento de unos
con otros, tanto llegue desde el núcleo familiar, como desde los maestros mismos.
De esta manera en un futuro
se formarían personas, que no solo
sepan dominar mejor sus emociones, y motivaciones, sino también una sociedad
mas amalgamada, y así constituir un Estado con mejores dirigentes, y con plena
participación de los integrantes de esa sociedad.
Bibliografia
utilizada
v Gardner, Howard.
“Multiple intelligences.: The Theory in practice”
v Goleman, Daniel.
“La Inteligencia emocional”
v Horton, Paul B,
Hunt, Chester. L. “Sociología”
v Mulford,
Prentice. “Nuestras fuerzas mentales”
v Olds, Sally
Wenckos, Papalia, Diana D. “Psicología”