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Más sobre este recurso: Catalogado en base de datos como: Imposturas intelectuales capítulo 3: Intermezzo el relativismo epistémico en la filosofia de la ciencia: Discusión epistemológica ante el hecho de la atracción que gran cantidad de autores posmodernos sienten hacia el relativismo cognitivo, ya sea directamente o mediante argumentos que lo podrían fomentar. Agregado: 29 de JULIO de 2003 (Por Michel Mosse) | Palabras: 1791 | Votar! | Sin Votos | Sin comentarios | Agregar Comentario Categoría: Apuntes y Monografías > Derecho > |
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RECENSIÓN CRÍTICA:
Imposturas
intelectuales capítulo 3: Intermezzo
el relativismo epistémico en la filosofia de la ciencia
NOTA DE EVALUACIÓN: 8,2
En este
tercer capítulo, el autor del mismo propone una discusión epistemológica ante
el hecho de la atracción que gran cantidad de autores posmodernos sienten hacia
el relativismo cognitivo, ya sea directamente o mediante argumentos que lo
podrían fomentar.
Seguidamente
nos dice que lo que interesa es un conjunto de ideas a las cuales se podría
considerar genéricamente relativistas. En la actualidad, estas ideas influyen
considerablemente en determinados sectores de los estudios humanísticos y de
las ciencias sociales.
Se
entiende por "relativismo" a toda filosofía que pretende que la
veracidad o falsedad de una afirmación es relativa a un individuo o a un grupo
social y que dependiendo del origen del enunciado se distinguen diversos tipos
de relativismo: cognitivo o epistémico, cuando se trata de una
afirmación de hecho (de lo que existe o se considera existente); ético o moral, cuando se trata de un juicio de valor (lo bueno o lo malo,
lo deseable o lo censurable); y estético,
cuando se trata de un juicio artístico (lo bello o lo feo, lo agradable o lo
desagradable). Con todo, el autor nos advierte de que en el texto que nos ocupa
va a tratar sólo del relativismo epistémico.
A
continuación comienza a disertar sobre el solipsismo (doctrina según la cual lo
único que existe es la propia conciencia y sus contenidos) y el escepticismo
radical. Lo hace planteando las siguientes cuestiones: ¿Cómo es posible llegar
a conseguir un conocimiento objetivo del mundo, aunque sólo sea aproximado y
parcial? y, en relación a nuestras sensaciones, ¿Cómo sabemos que existe algo fuera de ellas?.
La
respuesta, según el autor, es simple: no hay nada que pueda probarlo, sólo se
trata de una hipótesis perfectamente razonable. La explicación que damos sobre
la permanencia de nuestras sensaciones, especialmente las que nos resultan
desagradables, es que no proceden de nuestra conciencia sinó del exterior.
También
se subraya que "el simple hecho de que una opinión sea irrefutable no
implica en absoluto que exista la menor razón para creer que sea
verdadera".
Hay
veces que en lugar del solipsismo se manifiesta el escepticismo radical: desde
luego que existe un mundo externo, pero nunca podré llegar a tener conocimiento
fidedigno del mismo. Esencialmente se trata del mismo argumento solipsista,
esto es, a lo único que se accede de modo inmediato es a las sensaciones. A
partir de esto último se plantea cómo puede saberse si las sensaciones reflejan
enteramente la realidad y para ello recurre al argumento a priori.
Después
de ver qué decía David Hume al respecto, el autor plantea qué actitud hay que adoptar ante el
escéptico radical y también que la mejor manera de explicar la coherencia de
nuestra experiencia consiste en suponer que el mundo exterior corresponde, por
lo menos de manera aproximada, a la imagen que nos dan de él nuestros sentidos.
Dejando
ya los problemas generales del solipsismo y del escepticismo radical, el autor
se dispone a empezar a reflexionar. Admitiendo que pudiésemos obtener cierto
conocimiento fidedigno del mundo, al responder a la pregunta de hasta qué punto
son fiables nuestros sentidos mediante la comparación de impresiones
sensoriales entre sí y variando algunos parámetros de nuestra experiencia
diaria, construiríamos lentamente una racionalidad práctica que podría hacer
surgir la ciencia.
La
principal razón para creer en la veracidad de las teorías científicas es que
explican la coherencia de nuestra experiencia (entendiendo por “experiencia” a todas nuestras observaciones). Para
aclararlo, el autor nos lo ejemplifica con la electrodinámica cuántica.
Después, se nos dice que las confirmaciones experimentales de las teorías
científicas más probadas, tomadas conjuntamente, dan fe de que realmente se ha
adquirido un conocimiento objetivo de la naturaleza, aunque sólo sea incompleto
y aproximado.
Para
diferenciar la ciencia de otros tipos de discursos sobre la realidad
(religiones o mitos, o pseudociencias como la astrología), cosa que, según el
autor, pedirían en este punto de la discusión los relativistas o los escépticos
radicales, ante todo hay que tener en cuenta ciertos principios epistemológicos
generales, básicamente negativos que como mínimo se remontan trescientos años atrás: desconfiar de los
argumentos a priori, de los textos sagrados y de los argumentos de autoridad.
Además, durante el tiempo que ha transcurrido desde entonces, la experiencia
acumulada de práctica científica ha proporcionado una serie de principios
metodológicos de mayor o menor generalidad que pueden justificarse con
argumentos racionales. Pero hay que contar con que no existe ninguna
codificación completa de la realidad científica, y además se duda de que nunca
la haya. Con todo, ahí radica la diferencia con los escépticos radicales,
quienes no pueden creer que las teorías científicas bien desarrolladas se
funden generalmente en buenos argumentos.
Para mejorar la comprensión de
estas ideas, se considera en este punto un ejemplo entre conocimiento
científico y ordinario: las investigaciones policiales.
El
texto sigue adelante diciéndonos que lo que realmente conduce a la aceptación
de una teoría científica son, sobre todo, sus éxitos. Aún con eso, en cierto
sentido se vuelve al problema de Hume: nunca se podrá demostrar literalmente ninguna información sobre el mundo
real.
En el
siguiente apartado el autor recoge el hecho de la crisis en que se encuentra
actualmente la epistemología, apoyándose en la filosofía de Popper para
comprender el origen y la naturaleza de aquella. Popper busca, ante todo, un
criterio para la distinción entre las teorías científicas y las no científicas,
y cree poderlo encontrar en la noción de falsabilidad:
para que una teoría sea científica tiene que hacer predicciones que, en
principio, puedan ser falsas en el mundo real. S i una teoría es falsable y,
consecuentemente, científica, se puede someter a pruebas de falsación. Es decir, que se pueden
comparar las predicciones empíricas de la teoría con observaciones o
experimentos, y si estos últimos contradicen a aquéllas, se puede concluir que
la teoría es falsa y debe ser descartada. La enfatización de la falsación –por
oposición a la verificación- según
Popper, manifiesta lo siguiente: nunca se puede probar una teoría que es verdadera, puesto que formula una
infinidad de predicciones empíricas de las que sólo se pueden someter a prueba
un subconjunto limitado; no obstante, sí es posible demostrar que una teoría es
falsa, ya que basta una sola
observación confiable que la contradiga.
Después
de concluir con la epistemología popperiana, el autor pasa a tratar la tesis de
Duhem-Quine, la cual enuncia que las teorías están subdeterminadas por los
hechos. Nos dice que hay dos maneras de reaccionar ante este tipo de tesis tan
general. La primera consiste en aplicarla a todas
nuestras creencias y la segunda consiste en examinar las diferentes situaciones
concretas que se pueden presentar al confrontar la teoría con los hechos: 1. Se
pueden tener argumentos tan contundentes a favor de una teoría determinada que
se podría considerar irracional ponerla en duda (como por ejemplo el que la
sangre circula). 2. Se pueden tener varias teorías concurrentes pero que
ninguna de ellas parezca del todo convincente (como por ejemplo el origen de la
vida). 3. Existe la posibilidad, por último, de que no se disponga de ninguna
teoría capaz de explicar todos los datos disponibles (problemas científicos
complejos, como la unificación de la relatividad general con la física de las
partículas elementales).
En el
apartado titulado “Kuhn y la inconmensurabilidad de los paradigmas” el autor
nos llama la atención hacia la
aportación que algunos análisis históricos han hecho al relativismo contemporáneo,
en especial el libro de Kuhn La
estructura de las revoluciones científicas en su apartado epistemológico.
Según Kuhn, lo que él llama “ciencia normal”, se desarrolla en el interior de
“paradigmas”, que definen el tipo de problemas que hay que estudiar, los
criterios con los que se debe evaluar una situación y los procedimientos
experimentales que se consideran aceptables. La experiencia que tenemos del
mundo está condicionada, de forma radical, por nuestras teorías, que, a su vez,
dependen del paradigma. De ahí su inconmensurabilidad.
En
“Feyerabend: <<Todo vale>>”
el autor nos habla sobre el filósofo Paul Feyerabend adviertiéndonos de lo complicada que puede
ser su obra debido a sus actitudes personales y políticas. En este apartado, el
autor repasa lo que para el debate que nos ocupa a lo largo de todo este
capítulo le resulta de interés y utilidad, de lo cual destaca que Feyerabend
niega explícitamente la validez de la distinción entre descubrimiento y
justificación y también que su relativismo metodológico es tan radical que,
tomado literalmente, se autorrefuta.
En el
siguiente apartado, el autor nos habla de que hubo investigadores que en los
años setenta se agruparon en una nueva escuela de la sociología de la ciencia
intentando explicar, en términos sociológicos, el contenido de las teorías científicas. Seguidamente cita la obra de
autores como David Bloor o Barry Barnes respecto a la sociología del
conocimiento, para la que proponen un relativismo metodológico en lugar de un
escepticismo o un relativismo filosófico general.
Después
pasa a tratar sobre “Bruno Latour y sus Reglas del Método”. La obra de éste
llega a la conclusión de que una afirmación es, o verdadera, pero banal, o
sorprendente, pero manifiestamente falsa.
Posteriormente al extenso trato que da a
Latour, se llega finalmente a las “Consecuencias prácticas”. Aquí, el autor nos
cuenta que no ha querido dar la impresión de atacar exclusivamente algunas
doctrinas filosóficas esotéricas o a la metodología seguida por una corriente
en concreto de la sociología de la ciencia. En realidad lo hace hacia algo
mucho más amplio. El relativismo, así como otras ideas posmodernas, afecta a la
cultura y a la forma de pensar de los individuos. A continuación, el autor da
algunos ejemplos extraídos de sus observaciones, los cuales son:
El relativismo y las investigaciones policiales, donde
se pueden apreciar las confusiones en que hace caer el uso de un vocabulario
relativista a algunos sectores de las ciencias sociales
El relativismo y la enseñanza, donde
se muestra mediante la observación de un fragmento de un libro dirigido al
personal docente de institutos y que tiene por objeto definir algunas nociones
de epistemología, que se confunden los hechos con las afirmaciones de los
mismos.
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