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El Arte Románico
Arquitectura Románica
Agregado: 20 de MARZO de 2004 (Por Anónimo) | Palabras: 6762 | Votar! | Sin Votos |
1 comentario - Leerlo | Agregar ComentarioCategoría: Apuntes y Monografías > Historia del Arte >
Arquitectura Románica
La arquitectura Románica La
desintegración de la cultura y economía romanas trajo consigo la desaparición
de la estructura social capaz de generar un cierto número de arquitectos
cualificados y artesanos especializados. Sin sus técnicas, restringidas al arte
religioso, los intentos de construir edificios monumentales dieron como
resultado unas estructuras que fueron a menudo toscas y de proporciones
relativamente modestas. La excepción a este tipo de arquitectura, que desde finales
de los siglos V al VIII fue extremadamente sencilla, fue la desarrollada en la
ciudad de Ravena (Italia), entonces bajo dominio bizantino. Las edificaciones
de la ciudad a menudo se realizaron o decoraron con elementos procedentes de
las construcciones romanas. El estilo prerrománico en muchas regiones fue una
prolongación del arte y arquitectura paleocristianas. Así ocurrió por ejemplo
con las iglesias de Roma, construidas en planta basilical. Durante el periodo
prerrománico se construyeron también iglesias centralizadas con cúpulas
inspiradas en los modelos de la arquitectura bizantina. Avanzando en el tiempo,
en la región de Aquitania (en el suroeste de Francia) y en Escandinavia se
construyó de esta manera. San Vital de Ravena (526-548), construida para el
emperador bizantino Justiniano, y la capilla del palacio construido para
Carlomagno en Aix la Chapelle (hoy Aquisgrán, Alemania) entre el 792 y el 805
según el modelo de San Vital (también en Aquisgrán) son los ejemplos más
complejos y mejor conocidos. El desarrollo del cuerpo occidental de las
basílicas cristianas a modo de fachada monumental, flanqueada por torres de
campanarios, fue una de las creaciones de los arquitectos carolingios. Este
cuerpo occidental (Westwerk) se convirtió en el prototipo para las grandes
fachadas de las catedrales románicas y góticas. Las órdenes monásticas
construyeron también importantes edificios. El monaquismo, manifestación social
y religiosa característica del periodo, necesitaba grandes complejos
residenciales que incluyeran capillas, claustros, bibliotecas, talleres,
cocinas, refectorios y dormitorios para los monjes. Los arquitectos,
particularmente los cluniacences idearon nuevas técnicas constructivas. Se
edificaron complejos monasterios prerrománicos para los benedictinos de
Saint-Gall (Suiza), la isla de Reichneau (en el lado alemán del lago Constanza)
y Montecassino (Italia). El desarrollo de las bóvedas de piedra fue uno de los
logros excepcionales de la arquitectura románica. La razón principal para el empleo
de las bóvedas fue la necesidad de encontrar una alternativa a las cubiertas de
madera de las estructuras prerrománicas, expuestas al fuego y la humedad. Los
intentos para solucionar los nuevos problemas estructurales variaron
infinitamente. Se utilizaron cúpulas, bóvedas de cañón semicirculares y
apuntadas y bóvedas de arista. Sin embargo, hasta el periodo gótico, no se
consiguió una estructura de mampostería en la que los empujes de las bóvedas
estuvieran contenidos exclusivamente por pilares exentos y contrafuertes. Como
las bóvedas de piedra eran más pesadas que las cubiertas de madera, se
utilizaron muros más gruesos y columnas más robustas. En el estilo románico
pleno, particularmente en el francés, el uso de muros con contrafuertes y
pilares macizos como soportes para las pesadas bóvedas de piedra produjo un
modelo característico de edificio en el que la estructura se compone de
unidades más pequeñas articuladas. Estas unidades, llamadas crujías, son los
espacios de planta cuadrada o rectangular cubiertos por cada bóveda de arista.
En la arquitectura románica tardía las crujías tendieron a ser tratadas como
unidades fundamentales del edificio y estos espacios rectangulares se
convirtieron en un rasgo característico importante del estilo imperante. La
solidez de las estructuras en piedra es otra de las características más
notorias de la arquitectura románica. El espacio de las iglesias románicas era
generalmente alto y estrecho, iluminado por ventanas de claraboya abiertas en
lo alto de la nave central, bajo la bóveda. Las puertas y ventanas presentaban
arcos de medio punto ligeramente apuntados. Estas aberturas fueron pequeñas y
estuvieron decoradas con molduras, tallas y esculturas que se hicieron más
ricas y variadas a medida que el periodo románico fue avanzando hacia su
final. Arquitectura Románica en Italia
En las provincias italianas aparecieron durante el periodo románico una gran
variedad de estilos. En Lombardía, se desarrolló un estilo italiano caracterizado
por un notable ingenio estructural. Entre sus elementos destacan el uso
continuado de la bóveda de arista y la invención de la bóveda de crucería, la
realización de edificios sombríos, impresionantes por sus macizas proporciones,
y los detalles decorativos que acompañaron a sus bóvedas. Entre los ejemplos
más antiguos de este estilo se conservan las iglesias de San Ambrosio de Milán
y San Miguel, en Pavía (ambas del siglo XII). Las catedrales y baptisterios de
Parma, Cremona, Piacenza, Ferrara y Módena, fechadas en el siglo XII, son también
ejemplos importantes. Otro modelo románico sumamente importante fue el de la
parte central de Italia. Exhibió pocas innovaciones estructurales, pero
continuó la tradición de las basílicas paleocristianas al emplear los elementos
decorativos clásicos. En las provincias cercanas a la ciudad eterna, el estilo
está tipificado por las basílicas medievales, como la de San Clemente en Roma
(siglo XII). Las iglesias de Toscana fueron menos monumentales y generalmente
tuvieron una decoración más profusa que las de Roma, pero ambas utilizaron
libremente los motivos clásicos, como capiteles corintios, hojas de acanto y
molduras de ovas y flechas. La utilización de mármoles polícromos en diseños
geométricos, creando bandas alternativas de colores fue característica. La
fachada de la iglesia de San Miniato al Monte de Florencia (iniciada el año
1013), por ejemplo, está revestida con mármoles negros, blancos y verdes. Los
pórticos abiertos, las columnatas y las tribunas son otros elementos
característicos, así como las fachadas decoradas con relieves escultóricos.
Entre los ejemplos destacados del románico toscano destaca la catedral de Pisa,
formada por el duomo, iniciado en 1063, el baptisterio construido en 1153 y el
campanile (la famosa torre inclinada), un campanario exento empezado a
construir en 1173. En este conjunto la utilización de capiteles derivados de
prototipos romanos pone en evidencia el predominio de los modelos clásicos
precedentes. En la Italia meridional, sobre todo en la región de Apulia y en
Sicilia, se desarrolló un estilo peculiar que combinó elementos bizantinos,
romanos, musulmanes, lombardos y normandos. Su característica principal es el
uso decorativo de mosaicos y arcos apuntados entrelazados. Los ejemplos mejor
conocidos son del siglo XII: catedrales de Monreale y Cefalú y capilla Palatina
de Palermo. Arquitectura Románica en
Francia La arquitectura románica en Francia se caracteriza por las diferentes
soluciones que adoptó en la construcción de bóvedas. Incluso en Provenza, donde
se encuentra la arquitectura románica más clasicista: la nave central se cubrió
generalmente con bóveda de cañón. Sin embargo, los edificios provenzales siguen
estrechamente los modelos romanos en sus proporciones y detalles decorativos.
De todos los edificios románicos realizados fuera de Italia, la iglesia que más
emuló los órdenes clásicos fue la de Saint-Trophîme de Arlés (antigua
catedral). Sus construcciones principales datan del siglo XII. Existe un
magnífico claustro contiguo a la iglesia (iniciado el año 1183 y concluido en
el siglo XIV), excepcional por la decoración de sus columnas. En Aquitania, en
el suroeste de Francia, los arquitectos adoptaron la disposición bizantina de
iglesia centralizada cubierta con cúpulas, como se observa en Saint-Front de
Périgueux (iniciada el año 1120) y en las catedrales del siglo XII de Cahors y
Angulema. Sus características principales fueron el uso de cúpulas apuntadas y
fachadas de hileras de arcos ciegos decoradas con motivos escultóricos. La
variante estilística que se desarrolló en Auvernia, en la parte central de
Francia, representa una evolución provinciana del románico borgoñón y es
importante por la experimentación que realizó para resolver el problema
funcional de las iglesias de peregrinación. La iglesia de Saint-Sermin de
Toulouse (c. 1080-1120), situada en la provincia principal de la región del
Languedoc al sur de Francia, y la iglesia de Saint-Martin de Tours son los
ejemplos más antiguos de iglesias con una larga tribuna sobre las naves
laterales y un ábside semicircular con deambulatorio (pasillo semicircular) y
capillas radiales. Este modelo de planta fue más tarde adoptado y complicado en
el periodo gótico. Saint-Sermin de Toulouse es famosa también por tener una
imponente torre central sobre el crucero (terminada en fechas posteriores),
nave principal cubierta con bóveda de cañón y composición simétrica. En
Borgoña, las iglesias basilicales de tres naves cubiertas por bóvedas de cañón
se desarrollaron enormemente, sobre todo gracias a las órdenes monásticas cisterciense
y benedictina, la primera originada en la abadía de Cîteaux (siglo XI) cerca de
Nuits-saint-Georges, y la segunda encabezada por el monasterio de Cluny. La
expansión de estas órdenes hizo que los métodos constructivos borgoñones se
extendieran por toda Europa. Un ejemplo temprano de este estilo es la gran
iglesia de Saint-Philibert de Tournus (siglo XI), extraordinaria por su nártex
o pórtico de acceso de dos niveles cubierto con bóvedas de arista, que
contribuyó a la difusión de las fachadas de doble torre. Otra iglesia monástica
de impresionante tamaño y sencillez es la de Saint-Benoît-sur-Loire (terminada
en el siglo XII). La iglesia más grande de la cristiandad medieval, demolida en
tiempos de la Revolución Francesa, fue la abacial de Cluny, que se construyó
entre los años 1080 y 1130 y que influyó decisivamente en las construcciones de
Normandía, Lombardía y la zona del Rin. Los arquitectos normandos asimilaron
los métodos de la construcción de bóvedas desarrollados en Lombardía y crearon
un estilo original, ejemplificado en las iglesias abaciales de Caen, de
Saint-Étienne o abadía de los hombres y Sainte-Trinité o abadía de las mujeres
(ambas iniciadas a finales del siglo XI), en las que las bóvedas de crucería
componen espacios bien proporcionados. Las innovaciones estructurales
normandas, así como la composición de sus fachadas, caracterizadas por dos
torres altas en los flancos, fueron adoptadas en la región de la Île-de-France,
en el norte y centro de Francia, conformando las bases para la evolución de la
arquitectura gótica temprana. La abadía de Saint-Denis, cerca de París, está
estrechamente asociada con la aparición del estilo gótico. Su reconstrucción
desde el año 1136 hasta el 1147, marca el final del periodo románico. Arquitectura Románica en Alemania o el Sacro
Imperio Romano Germánico El estilo
románico en Alemania evolucionó a partir de la arquitectura otónica. La
relevancia tradicional del cuerpo occidental fue particularmente notable en los
edificios que presentan torres emparejadas, como en la primitiva catedral de
Estrasburgo, del primer románico (iniciada en el 1015), donde se prefigura la
disposición de las típicas fachadas góticas. Las iglesias románicas alemanas
estuvieron proyectadas a menudo con gran amplitud, pero las construidas fuera
de la región del Rin no suelen presentar bóvedas sobre la nave central. Las
catedrales renanas se construyeron con cubiertas de madera, que más tarde se
sustituyeron por bóvedas. Las catedrales de Espira (iniciada el 1030 y
abovedada aproximadamente en el año 1125) y Maguncia (reconstruida a finales de
los siglos XII y XIII) contaban con bóvedas de crucería sobre planta cuadrada.
Muchas iglesias renanas tienen una considerable altura y, a menudo, un ábside a
cada lado. Las torres octogonales y circulares están agrupadas en los extremos
del transepto, mientras que las torres más prominentes se sitúan en la fachada
y sobre el crucero. Entre los ejemplos de catedrales de este tipo se incluyen
las de Colonia, sobre todo la iglesia de los Apóstoles (siglo XII) y las
catedrales e iglesias del siglo XII en Tréveris, Worms, Laach, Reichnau,
Quedlinburg y Hildesheim. Arquitectura
Románica en el reino anglonormando Se
conservan pocos ejemplos de arquitectura prerrománica en Inglaterra. Antes del
siglo X la mayoría de los edificios se construían en madera y los primeros de
piedra (en los siglos X y XI) fueron edificios toscos, como la torre de Todos
los Santos (principios del siglo XI) de Earls Barton en Northampton. Después de
la conquista normanda en el año 1066, el estilo románico, conocido en las islas
Británicas con el nombre de normando, reemplazó al sajón. Desde aproximadamente
el año 1120 al 1200 se construyeron la mayoría de las estructuras monumentales
normandas, como las partes principales de las catedrales de Ely, Durham,
Lincoln, Winchester y Gloucester y las grandes iglesias abaciales en Fountains
(Yorkshire) y Malmesbury (Wiltshire). Las naves principales se cubrieron con
techumbres planas, que más tarde se sustituyeron por bóvedas pétreas, como en
la catedral de Durham, mientras que las naves laterales presentaban bóvedas de
crucería. Otras características del estilo incluyen muros y pilares macizos,
edificios largos y estrechos, ábsides rectangulares, transeptos dobles y
pórticos profundamente retranqueados que se decoraron con molduras denticulares
y en zig-zag. Arquitectura Románica en
los reinos hispano-cristianos La
arquitectura prerrománica en España está ejemplificada por las iglesias
construidas en el siglo IX, durante el reinado del rey asturiano Alfonso II. Se
puede discernir una mezcla de influencias paleocristianas y bizantinas en las
iglesias de San Tirso y San Julián en Oviedo, y en las de San Miguel de Lillo y
Santa María (también conocida como palacio del Naranco), fechadas aproximadamente
entre los años 800 y 850. Estas influencias, junto con una fuerte impronta de
la arquitectura musulmana, seguirán apareciendo en edificios posteriores.
Dentro de la arquitectura románica de los diferentes reinos que conforman la
península Ibérica durante el periodo románico, debemos distinguir tres momentos
constructivos atendiendo a su desarrollo cronológico y a las diversas escuelas
regionales. Un primer románico durante el siglo XI, un románico pleno que se
desarrolla entre el último tercio del siglo XI y durante la primera mitad del
siglo XII, y un tardorrománico que engloba las iglesias románicas con elementos
protogóticos centrado en la segunda mitad del siglo XII. En los condados
catalanes del siglo XI, gracias sobre todo al impulso del abad Oliva
(970-1046), tiene lugar la construcción de una serie de edificios de estructura
simple en los que se emplean las novedades arquitectónicas introducidas en
Europa por los monjes cluniacenses, caracterizadas por el uso de un aparejo
rústico, naves cubiertas con techumbres de madera o bóvedas de cañón, zonas
absidiales en sus cabeceras, soportes en forma de columnas o pilares, fachadas
torreadas y una característica decoración exterior a base de arcos ciegos y
lesenas o bandas decorativas de tradición lombarda. Los edificios más
representativos de este primer románico catalán son San Pedro de Roda, San
Vicente de Cardona, la abadía de Ripoll y San Miguel de Cuixá. La configuración
del denominado románico pleno conlleva la creación de un estilo uniforme, con
un lenguaje arquitectónico común, que se extendió por los diferentes reinos de
la península Ibérica a lo largo de toda una serie de edificios religiosos
compuestos con una misma sintaxis plástica y constructiva. La expansión de la
orden cluniacense en España, la interrelación de las diferentes zonas
geográficas a través de las nuevas vías de comunicación, la sustitución de la
liturgia visigoda por la romana y el establecimiento de grandes rutas de
peregrinación como el Camino de Santiago, ayudaron a la difusión del estilo
románico pleno. La catedral de Santiago de Compostela, construida sobre el
sepulcro del apóstol Santiago el Mayor, se inicia el año 1075 bajo los
auspicios del obispo Diego Peláez. Como iglesia de peregrinación, recoge en su
distribución los precedentes de las iglesias francesas de Saint-Martin de
Tours, Sainte-Foi de Conques, Saint-Sernin de Toulouse y Saint-Martial de
Limoges. Se compone de una planta de cruz latina de tres naves, amplio
transepto también de tres naves, cabecera con girola y cinco capillas
absidiales, torres en su fachada occidental y tribuna en el interior. Su nave
central está cubierta con bóveda de cañón, las naves laterales con bóvedas de
arista y las tribunas con bóvedas de cuarto de cañón. En el área castellano-leonesa
la peregrinación jacobea determinó la edificación de toda una serie de iglesias
en la ruta hasta las reliquias del apóstol. En la colegiata de San Isidoro de
León, de planta basilical con tres naves, tres ábsides semicirculares y bóvedas
de cañón y arista, a cuyos pies se sitúa el panteón de los Reyes de Castilla,
destacan además los arcos lobulados de influencia árabe que aparecen en el
crucero. En San Martín de Frómista, construida con el apoyo de doña Mayor,
viuda de Sancho el Mayor, se realizó una de las iglesias románicas mejor
conservadas, con planta basilical de tres naves separadas por pilares
cruciformes, tres ábsides semicirculares, un cimborrio de tambor octogonal
sobre trompas cubierto con una cúpula y torres circulares en su fachada occidental.
Otros conjuntos importantes son los monasterios de Silos y de San Pedro de
Arlanza, ambos en la provincia de Burgos. En la regiones aragonesa y navarra
destacan la catedral de Jaca, con sus naves divididas por columnas y pilares
cruciformes dispuestos alternamente, el conjunto fortificado de Loarre con sus
murallas y su cripta, y la iglesia de Leyre, con su cripta configurada por
pilares que soportan unos macizos capiteles y arcos de medio punto peraltados.
Por último, debemos referirnos a un conjunto de edificios realizados o
iniciados en la segunda mitad del siglo XII, considerados por algunos
especialistas como edificios plenamente románicos, mientras que para otros
presentan algunos avances constructivos del periodo gótico (protogóticos). Se
trata de la catedral de Zamora, la catedral vieja de Salamanca y la colegiata
de Toro. El elemento más destacado de los tres edificios es el empleo del
cimborrio agallonado sobre el crucero, inspirado probablemente en los modelos
bizantinos. Arquitectura cluniacense y
cistercience. La reforma de la orden de San Benito, iniciada por los monjes
franceses de la abadía de Cluny, había de tener consecuencias importantes para
el arte. Hasta entonces, las casas benedictinas no habían tenido entre sí más
vinculo que la unión que los preceptos de la regla del fundador; no existía la
autoridad común para la Orden; los monjes de cada monasterio elegían entre
ellos mismos a su propio abad y no mantenían con las otras abadías trato de
dependencia ni sujeción alguna, como no fuera la que procedía de vivir los
benedictinos seguían la regla escrita por San Benito. Como, además, por este
tiempo, la vida monástica en occidente estaba reducida a la Orden benedictina,
no reinaba siempre esa disciplina y fervor religioso que después se despertó
por las competencias entre las nuevas Ordenes mendicantes de franciscanos y
dominicos. Los monasterios, reformados por iniciativa de Carlomagno, habían
recaído, con el transcurso del tiempo, en desordenes e inmoralidades, y se
imponía, dentro de la Orden misma, una orden que restableciera el antiguo
espíritu y la piedad desaparecida. La reforma partió de Cluny, una casa
benedictina de Borgoña fundada a principios del siglo X y su idea inicial
consistía en acabar con la disgregación e independencia en que habían vivido
hasta entonces los benedictinos; no tenía pretenciones de universalidad, pues
intentaba solo agrupar los monasterios con un mínimo de jerarquía para mantener
la disciplina. La reforma cundió y se formalizó porque hacía muchos años que se
había advertido la necesidad de reunir las casas de los religiosos; así los
Saint Germain, de París, se habían unido en 842 con los de Saint Rémy, de
Reims. Pero solo por obra de San Odón y San Mayolo, los dos segundos abades de
Cluny, adquirió la Orden de san Benito nuevo esplendor, y llegó a producirse un
renacimiento monástico comparable en todo con el de la época de las primeras
fundaciones efectuadas en el siglo V. En este concepto, Cluny puede ser
considerado como un nuevo Montecassino, porque en su recinto cabe decir que la
Orden benedictina nació por segunda vez. Cluny era un lugar desierto, malsano y
pantanoso, sin tradición de ninguna cultura, adonde el año 909 el duque
Guillermo de Aquitania llevó algunos monjes, entregándoles aquél terreno a
perpetuidad, libres de señor y francos de toda actividad civil. Viollet-je-Duc,
en su Dictonnaire raisonné de l'architecture française du XI au XV siècles,
copia del testamento del duque de Aquitania, haciendo el debido honor a quien
había fundado aquella casa, desde la cuel, el arte francés debía irradiar por
toda europa. La suerte de Cluny fue haber tenido una serie de primeros abades
verdaderamente eminentes. Bajo el primero de ellos, Berno, se construyó la
primera iglesia de Cluny que debía ser sustituida por otra mayor ya a mediados
del siglo X. El segundo, Odón (927 - 942), estableció ya la federación de Cluny
con el monasterio de San Agustín de Pavía, con el famoso de Aurillac, en
Auvernia, con el de Romanmourtier, en Suiza, y con otros, hasta doce, que se
sometían a una autoridad común. Cluny que había propuesto la agregación a pesar
de ser fundación más reciente, iba a la cabeza en mérito a su abad,
universalmente reconocido. Así empezó la agregación de los monasterios
alrededor de uno solo, que estaba convertido en metropolitano de todos ello.
Como Cluny fundaba además abadías filiales, reformadas, la organización se
extendió con extraordinaria rapidez. Por ejemplo, la mayor parte de los
monasterios del condado de Barcelona, ya en el siglo XI, fueron afiliados a
cenobios benedictinos del mediodía de Francia.
En Castilla, en tiempo del rey Alfonso VI, la reina francesa llegó
acompañada de benedictinos de Cluny, que ocuparon los principales obispados del
reino, y su influencia produjo una corriente cluniacence en el arte. Desgraciadamente
es difícil estudiar este desarrollo artístico porque las principales iglesias
monásticas han sido destruidas: Oña (fundada en 1033), Nájera (1056), Shagún
(hacia 1080) y Carrión de los condes (1095). Así, pues, no es de extrañar que
al edificar de nuevo la iglesia de la abadía de Cluny con los recursos
limitados que la Orden disponía, se la construyera de manera que llegase a ser
la mayor de la cristianidad en Occidente, mayor, aún que las propias basílicas
de los apóstoles en roma. La pequeña iglesia primitiva del duque Guillermo,
construída bajo el abad Berno, ya había sido sustituida por la llamada Cluny II
(edificada en tre 995 y 1000), pero ésta fue destruida a su vez para levantar
Cluny III, con arreglo a un plan colosal, a partir de 1088. Dice la leyenda,
que al monje Gauzon, que fue el director de las construcciones, se le apareció
el apóstol San Pedro para entregarle los planos, que sin ayuda superior parecía
imposible de realizar. El templo tenía un larguísimo atrio o nártex con tres
naves, vasto por si solo como una gran iglesia; después, por una puerta
decorada con innumerables esculturas, se entraba en la basílica, de cinco
naves, con dos transeptos, cada uno con varios ábsides capillas y un gran coro
en el fondo, también con otros ábsides pequeños y girola. Sobre el crucero
posterior se levantaba un fino cimborrio octogonal, y sobre el crucero
anterior, cercano al santuario, la llamada Torre de las Lámparas. A cada lado
de la purte de nártrex había dos grandes campanarios cuadrados con su flecha,
el uno destinado a archivo y el otro a encierros prisión de la abadía. La nave
central, inmensa, estaba cubierta con bóveda de medio punto; las laterales con
bóvedas por arista. Tenemos noticia vaga de las esculturas que adornaban la
puerta de entrada y que representaban la visión del señor en majestad,
bendiciendo dentro de la aureola almendrada, acompañado de ángeles y los cuatro
Evangelistas. Parece ser que este templo gigantesco ya estaba terminado
totalmente cuando fue consagrado el 15 de diciembre de 1097, nueve años después
de haber empezado las obras. Al lado de la iglesia estaba el claustro rodeado
del refectorio, cocina, almacenes y bibliotecas, y las dos casa abaciales,
situadas ya fuera del nucleo de los edificios del cenobio. Todas las
dependencias del monasterio, así como las huertas y los jardines, quedaban
incluidas dentro de una recia muralla, y otro recinto fortificado ceñía la
pequeña población de Cluny, que se extendía sobre una pendiente de la próxima
colina. Cluny permaneció intacto hasta la revolución Francesa, pero hoy puede
decirse que nada queda de la gran iglesia y del cenobio, a excepción de una
parte de los transeptos con una de las torres. En estos escasos restos
conservados, los arcos son ya apuntados, y los capiteles del ábside que aún
subsisten muestras de un estilo saturadode un estetico intelectualismo, que es
característico de los monjes cluniacenses. Si de esta colosal agrupación de
construcciones de Cluny no quedan hoy más que reliquias insignificantes, en
cambio subsiste casi intacta su abadía filial de Vézelay, también en Borgoña,
con su gran iglesia, provista de un atrio espacioso y el ábside con girola, que
en menor escala representa la copia reducida de la gran iglesia matriz de la
abadía de Cluny. Hemos hablado ya de Vélezay porque se vanagloriaba de poseer
en cuerpo de santa Magdalena y fue lugar de peregrinación nternacional. La
iglesia tiene solo tres naves, pero la riqueza decorativa de los capiteles e
impostas es la misma de que hacían gala los monjes de Cluny en todas sus
construcciones. Los arranques de las bóvedas están avalorados con fajas
bellísimas de entrelazados de rizos de parra, y los capiteles muestran
m´ltiples escenas bíblicas o simbólicasentre caprichosas espiras de tallos de
vid o de hiedra estilizados. Los monumentos de la Orden de Cluny tienen esta
fantastica multitud de minúsculos animales: pájaros que se persigen, centauros
y leones, profetas y cantores, enredados en los espirales de una decoración
vegetal. El estilo decorativo de los frisos ornamentales, con esculturas
menudísimas, repletas de pájaros, hombres y animales que se persiguen por entre
los rizos de las hojas de vid, fue aplicado no solo a la arquitectura, sino
también a los pequeños objetos santuarios, muebles y piezas de orfebrería.
Desde Francia se propagó por toda Europa con tal profusión que no debe
extrañarlos que muy pronto se iniciara la reacción a favor a la humildad
tradicional de los benedictinos. La reforma de Cluny había obedecido tan solo
al deseo de conseguir mayor disciplina, estableciendo una jerarquía entre los
cenobios antes independientes; pero este régimen centralizador hizo que la
Orden se enriqueciera, lo que produjo otra clase de pecado: el orgullo y otra
inmoralidad: el abuso de poder. Fue una segunda recaida que obligó a una nueva
reforma. Esta se realizó en el monasterio de Cister, también en borgoña, por
iniciativa de san Bernardo, el hermano espiritual de Pedro el ermitaño,
predicador de la primera cruzada. El Cister no era, como Cluny, un lugar
absolutamente nuevo para la vida religiosa: la a principios del siglo XI tres
monjes de Solesmes, que en vano se habían esforzado por reformar su abadía, se
marcharon a Lyon, y allí, con cuatro compañeros que se agregaron, pidieron al
obispo que les concediera un lugar apartado donde pudieran practicar la regla
de San Benito en todo su rigor. Concedido en permiso y asociados pronto a
nuevos monjes, en numero de 21, se establecieron en el desierto de Cister. Los
religiosos cistercienses habían de vivir exclusivamente del trabajo de sus
manos, y para no llegar a reunir la abundancia de riquezas de los conventos
cluniacenses, rehusaban en toda ocasión cuantas donaciones les ofrecían. Pero
el cister no debía conseguir su completo desarrollo hasta que San Bernardo y
sus compañeros vinieron a acogerse en su soledad en 1112; a partir de ese
momento, una nueva milicia espiritual se presenta para relevar a la que había
conducido Cluny un siglo antes. Del lugar del cister, adonde los primeros
monjes de Solesmes fueron a construir sus pobres cabañas, en las que vivían
míseramente del cultivo de la tierra, tenían que salir, en poco tiempo, más de
60.000 monjes que diseminarían y fundarían nuevos cenobios en Italia, España y
la Europa central. Cuando murió san Bernardo en el año 1153, la Orden del
Cister ya poseía 343 monasterios, y hacia 1200 llegaron a la cifra de 694. El
espíritu de la nueva Orden puede estimarse como una protesta contra las
riquezas de los monjes benedictinos de Cluny, exteriorizadas en el lujo de sus
edificios. Sin embargo, en la disposición general los monasterios cistercienses
no se apartaran mucho de los de Cluny, porque continúan repitiendo la
distribución de servicios que se ve en el plano de Saín Gall. La gran abadía de
Claraba, fundada por el propio san Bernardo en 1115, a unos 70 Km. al norte de
Dijon, resultaba ya insuficiente en 1133, fecha en que se inició una nueva
construcción inmensa. En ella se mantenía la disposición general de los
anteriores monasterios benedictinos, con su claustro central, la iglesia a un
lado, la sala capitular en el otro, en el tercero el refectorio y en el cuarto
las dependencias agrícolas. Además, fuera de este conjunto monumental, se
hallaba aún otros dos claustros, hornos, molinos de grano y aceite, hospedería
y casa del abad, amén de edificios destinados a oratorios y habitaciones para
los obreros y campesinos dependientes del cenobio. Todos los monasterios
cistercienses tenían la planta análoga y dimensiones parecidas, debido a idénticas
necesidades agrícolas y religiosas. Pronto en Cister llegó a tener bajo su
dependencia centenares de casas de religiosos de ambos sexos, y así el nuevo
espiritu benedictino, restaurado por San Bernardo, se extendió por Europa,
propagando un estilo de arquitectura uniforme. He aquí, pues, como las
extravagancias esteticas de Cluny primero y la reacción del Cister después,
también excesiva, contribuyeron a difundir por todo el occidente los principios
constructivos de la escuela de Borgoña, de un estilo que preparaba el
advenimiento de los metodos de la arquitectura gótica, que debía venir más
tarde. Como ambas ordenes, tanto la de Cluny como la de Cister, se habían
originado en Borgoña y ambas coincidían en aprovecharse de los mismos adelantos
constructivos, la escuela de arquitectura románica borgoña fue una de las más
avanzadas de todas las regiones francesas. Desde el siglo XI empleaba el arco
apuntado y la bóveda por arista, aunque sin aristones. En las Constituciones de
la Orden del Cister, redactadas definitivamente en 1119, en una asamblea que
tomó el nombre de capitulo general y de la que fueron ponentes el propio San
Bernardo y otros diez abades de la Orden, se concreta puntualmente que la
iglesia ha de ser construida con una gran simplicidad, sin esculturas ni
pinturas de ningún género, con ventanas de vidrios blancos y sin torres ni
campanarios de altura inmoderada. Las iglesias de los monasterios cistercienses
debían dedicarse a la madre de Dios, para evitar el peligro de los cultos
extravagantes, como el de las supuestas reliquias de la Magdalena en Vézelay; y
para impedir la acumulación de bienes conventuales, se estatuía que los rebaños
propiedad de la abadía no podían estar más lejos de una jornada de camino de
las granjas, y que no debía consentirse que entre dos monasterios cistercienses
midieran más de dos leguas borgoñesas. Desnudos de esculturas, sin policromías
ni ajuar litúrgico que los enriqueciera, los edificios del Cister serían
artísticamente poco interesantes si no lo fuera por sus grandes bóvedas, que
vienen a ser como un anticipo de los atrevimientos constructivos que poco
después llevará a cabo el estilo gótico. En los monasterios cistercienses son,
por su planta, de dos tipos, ambos derivados de las plantas de las iglesias de la
Orden de Cluny. El primer tipo de las iglesias cistercienses es el de ábside
circular, con girola y capillas; así eran las iglesias de Poblet y Veruela, en
España, y la iglesia del monasterio de San Bernardo, en Claraval. Una simple
comparación de la planta de Cluny con las de Veruela y Poblet bastará para
evidenciar cómo en el fondo tienen la misma disposición; solo que los
cistercienses redujeron y simplificaron el gran conjunto monumental de la
iglesia de Gauzon, en Cluny, dejándola de tres naves y un solo transepto. El
otro tipo de iglesias cistercienses es de ábside rectangular, como la propia
iglesia del Cister y la de la Fontenay, en Borgoña, el monasterio de Saint
Creus, en España y las iglesias de casi todos los monasterios de Italia, con
Fossanova, Casamari y San Galgano. Este segundo tipo tiene también sus
antecedentes en algunos monasterios de Cluny. Todo indica, pues, que las dos
reformas que sucedieron tanto en arte como en influencia social y política,
aprovechándose el Cister de los procedimientos constructivos de Cluny sin caer
en sus excesos decorativos. Las naves de la iglesia estaban ya, desde la
planta, dispuestas para ser cubiertas con bóvedas por arista, al menos en las
naves laterales, como se puede ver en Poblet, que tiene aún la nave central de
cañón seguido. En Veruela, la nave central ya está cubierta con bóvedas por
arista, lo mismo que las naves centrales de las iglesias cistercienses de
Fossanova, Casamari y san Galgano. En las iglesias de planta con ábside
circular, los pequeños elementos trapezoidales de la girola delante de las
capillas están cubiertos también con bóveda por arista, de modo que el conjunto
de una iglesia cisterciense como la de Veruela queda ya subdividido en tramos
cruzados por nervios o aristones diagonales, lo mismo que veremos más tarde en
las catedrales góticas. ¿Qué distingue una construcción cisterciense de otra de
puro estilo gótico, tan parecidas ambas en su estrucrura interior?
Técnicamente, solo faltan los contrafuertes para contrarrestar los empujes de
las bóvedas. En una construcción gótica, todo el peso de las bóvedas se
concentra en algunos puntos singulares de los muros, donde, por medio de arcos
exteriores que determinan un esfuerzo contrario, resulta contrarrestada la
presión de los arcos del interior. Ello permite elevar bóvedas de una altura y
de una amplitud antes desconocidas, y - al mismo tiempo - abrir en los muros
grandes ventanales. En los edificios cistercienses apenas hay contrafuertes,
que faltan en absoluto en Poblet o se reducen en pilastras en Veruela. Vamos a
ver ahora la fuerza difusiva del estilo y la propagación de los monasterios
cistercienses en Europa, persiguiendo las huellas de sus precursores de Cluny.
El primer convento de la Orden del Cister en la Italia central fue el de
Fossanova, construido desde 1179 a 1208 cerca de Terracina. Fundado por los
cistercienses franceses de Haute-Combe, en la vía de Roma a Nápoles, es famoso
por la circunstancia de que en él murió Santo Tomás de Aquino yendo de camino
para asistir al concilio de Lyon. De Fossanova dependía Casamari, otro cenobio
cisterciense aún mayor, y de Casamari pasó a ser sufragánea la abadía de San
Galgano, en Toscana, cerca de Siena, fundada por los franceses de Claraval. San
Galgano fue el centro de expansión en Italia de los procedimientos franceses de
bóvedas borgoñonas con aristones. Su iglesia, hoy una ruina impresionante, fue
iniciada en 1218. De todos modos, los grandes edificios italianos de puro
estilo cisterciense no se diferencian en nada de los que se levantaron
simultáneamente en Francia y España. Las iglesias de tres naves abren sus
puertas con archivoltas decoradas de simples molduras; en el interior, los
pilares se levantan sencillísimos, con las columnas adosadas en que apoyan los
torales; por fuera, el único elemento que sobresale del conjunto de edificios
es la torre octogonal del cimborrio de la iglesia, que puede distinguirse desde
lejos. La regla de San Benito está interpretada al pie de la letra: un espíritu
de austeridad artística domina los monasterios del Cister, rodeados de granjas
y explotaciones agrícolas. He aquí casi todas prescritas oficialmente las
dependencias indispensables de un cenobio cisterciense como falansterio
cristiano, sin nada superfluo ni vistoso. Dependiente cada monasterio de otro,
que lo habían fundado o adoptado, existían entre ellos poca diferencia. Los
monjes repetían a la casa filial la misma disposición y las mismas formas de la
casa matriz, y, como siempre sucede en el arte, la repetición continuada de un
tipo fijo iba conduciendo a la perfección, y como siempre también, no queriendo
hacer premeditadamente nada nuevo, se iban produciendo las más grande
novedades. Si se comparan los interiores de dos iglesias cistercienses
sorprenden las insignificantes diferencias que existen en la disposición
general y en cada uno de sus elementos: los pilares casi tiene la misma
sección, y las molduras son idénticas. La sala capitular tiene siempre una
forma cuadrada, dividida en nueve tramos de bóvedas por arista con cuatro
pilares en el centro. El refectorio es una sala rectangular, con una tribuna
para el lector y una fuente en el centro. Las iglesias de Poblet y Veruela, en
España, tienen casi una misma planta, los cual no es de extrañar, porque ambas
fueron construidas por monjes franceses. Los de Veruela procedían de Scala Dei,
en Gascuña, los de Poblet, de Fointfroide, en el Languedoc; y ambos repetían el
tipo de iglesia de la casa matriz de claraval. Conocemos exactamente los
detalles de la fundación de Veruela, cera de Tarazona, por el noble don Pedro
de Atarés, quién, perdido en el Moncayo, decidió por inspiración de la virgen
fundar allí un monasterio. En cambio, resultan más oscuras la fundación de
Poblet y su historia, hasta que, en 1149, el conde de Barcelona Ramón Berenguer
IV logró que se trasladaran allí trece monjes de Fontfroide encargándoles de
reformarlo según el nuevo espíritu de la regla cisterciense. Además de estos
dos mayores, tenemos en España muchos más monasterios cistercienses. En
Cataluña, los de Santes Creus (construido de 1147 a 1225) y Vallbona de las
Monjas; en Navarra, el de la Oliva; en León, el de Moreruela, fundado
directamente por los monjes de Claraval; en Castilla, el de las huegas, y en
Portugal, el de Alcobaça, también descendiente directo de Clarava, cuya
edificación fue iniciada en 1158 y terminada en 1223. En Inglaterra había 18
monasterios cistercienses fundados por los cenobios franceses o por sus casas
filiales; en Alemania más de 40, once en Austria, y hasta 6 en Suecia y
Noruega. Cada uno era un centro de difusión de formas semigóticas de las
bóvedas borgoñonas, con arcos torales apuntados y bóvedas por arista. De estos
monjes cistercienses aprendieron los arquitectos laicos de las iglesias
góticas, y así la aparición de magnificas catedrales góticas nórdicas ya no
parece tan misteriosa. Los monumentos cistercienses son el anillo de transición
entre la iglesia románica, de bóveda cilíndrica de cañón, y la iglesia gótica,
con bóvedas ligeras sostenidas en el aire por contrafuertes. También en España
los cistercienses contribuían a la dirección de las catedrales de transición,
como las de Sigüenza, Tarragona y Lérida. El claustro de la catedral de
Tarragona de principios del siglo XIII, es casi idéntico al del monasterio de
Fontfroide, contemporáneo suyo. Todos los claustros cistercienses se
caracterizan por tener una serie de arcos de descarga bajo los que se cobijan
grupos de arcos de medio punto. La diferencia está en el ritmo creado por el
número de arcos de medio punto que corresponden a cada arco de descarga: dos en
Poblet y Le Thoronet (Provenza), tres en la catedral de Tarragona y en
Vallbona, cuatro en FOntfroide (Languedoc). En Francia, la influencia
cisterciense sobre los arquitectos laicos de catedrales queda confirmada en un
arquitecto francés del siglo XIII, Villiard de Honnecourt, que en su álbum
copió las plantas de dos iglesias del Cister.
La difusión de los estilos de las ordenes de Cluny y del Cister fue
acrecentada con recursos algo ajenos a los propósitos primitivos. Restaurando
la disciplina en cenobios relajados, no se hubiera producido el gran furor
constructivo que acompañó a ambas reformas. Cluny se hizo campeón de la
uniformidad de la liturgia, imponiendo el misal romano en sustitución de los
ritos provinciales. Para fundir la cristiandad en un mismo espíritu, estimuló
la devoción de las peregrinaciones, haciendo que desde los más excéntricos
países de Europa fueran peregrinos a Roma y Santiago. Viajando por las calzadas
de las rutas de peregrinación, los devotos y andantes encontraban aposento en
las casas que dependían de Cluny, y admiraban las excelencias de los estilos
cluniacenses. Esto explica la internacionalidad del arte cluniacense. El
imperio monástico de Cluny, con sus casa distribuidas por toda Europa produjo
una primera impresión de Europeísmo religioso que tuvo alcances políticos. El
papado, sostenido por Cluny recuperó su fuerza perdida. Aunque en apariencia
reducida a una mera revolución monástica, la reforma del Cister traspasó sus
límites fomentando las Cruzadas. El propio San Bernardo predicó la segunda
Cruzada en 1146 por encargo del Papa Eugenio III. La conquista de Tierra Santa
tenía en su origen un carácter de estricta devoción, pero resultó también un
fundente político, y muchos de los métodos de la técnica constructiva de la
arquitectura cisterciense se emplearon en la obra de los castillos de los
Cruzados. Para participar en los movimiento laicos de la peregrinación y las
Cruzadas, tanto Cluny como en Cister tuvieron que suavizar el rigor de sus reglas.
Los cenobios cistercienses aceptaron algo de decoración, aunque fuera
simplemente de enlazados geométricos y de hojas estilizadas. Nunca las
construcciones cistercienses llegaron a tolerar las fantasías decorativas del
estilo de Cluny, pero no se redujeron el simple esqueleto de piedra que tenía
que sostener una cubierta, como parece que era el idel de San Bernardo. Lo
mismo ocurrió con la pintura. No se llegaron a decorar los cenobios
cistercienses con frescos, pero en los libros se hicieron maravillas.
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