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Más sobre este recurso: Catalogado en base de datos como: Agujeros negros: La muerte de las estrellas, enanas blancas, estrellas de neutrones, el colapso inevitable. Agregado: 29 de AGOSTO de 2000 | Palabras: 6139 | Votar! | 4 votos | Promedio: Categoría: Apuntes y Monografías > Astronomía > |
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Autor: Shayen Hacyan - fuente: “Los Hoyos Negros y la Curvatura del
Espacio/Tiempo” - Edit. La Ciencia desde México
TERCERA PARTE
Las estrellas, como todos los cuerpos materiales del
Universo, están constituidas por átomos
Un átomo consta de un
núcleo, con carga eléctrica positiva, rodeado de electrones, con cargas
eléctricas negativas. A su vez, un núcleo atómico está formado por dos tipos de
partículas: protones, cargados positivamente, y neutrones, sin carga.
El calor es una
manifestación macroscópica del movimiento de los átomos. Mientras más caliente
está un cuerpo, sus átomos se mueven más rápido, chocando continuamente entre
sí. Si la temperatura es muy alta, los átomos llegan a "sacudirse" de
algunos o de todos sus electrones: se forma, entonces, una mezcla de núcleos
atómicos y de electrones libres.
Una estrella es una
gigantesca masa de gas incandescente que brilla porque en su centro se producen
reacciones de fusión nuclear. La temperatura en el centro de una estrella puede
alcanzar decenas de millones de grados.
(El cero de esta escala es el cero absoluto (- 273,16ºC).Para pasar de
grados Kelvin ('K) a grados centígrados o Celsius ('C), hay que restar 273.16
grados). A tales temperaturas, los núcleos, desprovistos de electrones, chocan
tan violentamente unos con otros que llegan a fusionarse entre sí. Al principio
son los núcleos de hidrógeno los que se fusionan para producir núcleos de
helio. Como vimos en el capítulo anterior, la masa del núcleo de helio es
ligeramente inferior a la masa de sus constituyentes por separado, y la
diferencia se libera en forma de energía. Este proceso genera la energía que
radia una estrella -el Sol, Por ejemplo- en forma de luz y calor.
En la plenitud de su vida,
una estrella se mantiene en equilibrio gracias al balance muy preciso entre dos
fuerzas que actúan sobre ella: la fuerza de atracción gravitacional entre las
diversas partes de la estrella, y la fuerza de presión de la materia
incandescente. La primera fuerza tiende a contraer a la estrella y la segunda a
expanderla (recordemos que un gas, al calentarse, se expande aumentando su
presión). En la mayoría de las estrellas, el equilibrio entre estas dos fuerzas
puede durar miles de millones de años. Los astrónomos han calculado que el Sol
nació hace unos cinco mil millones de años y seguirá brillando, en la forma en
que lo hace actualmente, durante otro lapso semejante de tiempo.
El combustible nuclear de
una estrella no puede durar eternamente. Cuando todo el hidrógeno del centro de
la estrella se ha transformado en helio, pueden suceder otras reacciones
nucleares en las que estén involucrados otros elementos químicos. Así, si la
temperatura en el centro de la estrella alcanza unos doscientos millones de
grados, los núcleos de helio se fusionan entre sí y producen núcleos de oxígeno
y carbono. Si aumenta aún mas la temperatura, el carbono se trasmuta en
oxígeno, neón, sodio y magnesio, y así sucesivamente. Si la temperatura central
alcanza unos 3 000 millones de grados, se pueden formar todos los núcleos
atómicos que no sean más pesados que el hierro, pues los elementos más pesados
que éste no pueden fusionarse liberando energía, así que la fusión nuclear en
una estrella se termina definitivamente cuando sólo queda hierro en su centro.
De hecho, en la mayoría de las estrellas, la fusión nuclear termina mucho
antes, pues sólo las estrellas más masivas son lo suficientemente calientes
como para producir hierro.
La evolución final de una
estrella es un proceso bastante complicado, en el que fases de expansión,
equilibrio y compresión pueden alternarse varias veces a medida que la estrella
quema diversos tipos de combustible nuclear en su centro. Relacionadas con las
etapas evolutivas de la estrella, se producen inestabilidades que originan
desde la expansión de las capas gaseosas más externas, hasta la eyecci0n
violenta de grandes cantidades de materia estelar al espacio. En cualquier
caso, al envejecer, las estrellas arrojan al espacio una fracción importante de
sus masas, con lo que enriquecen de gas el medio interestelar. De ese gas se
forman nuevas estrellas, en un proceso que se repite desde hace miles de
millones de años.
No todas las estrellas viven
y mueren de la misma manera; el parámetro fundamental que determina la
evolución de una estrella es su masa. La masa de nuestro Sol es aproximadamente
2 X 1030 Kg. (es decir, 2 seguido de 30 ceros). El Sol es una
estrella de un tipo bastante común. La masa de las estrellas puede variar en un
rango muy amplio; desde una centésima hasta cien veces la masa del Sol. Una
estrella no puede tener menos de una centésima de la masa solar porque la
temperatura en su centro sería insuficiente para encender las reacciones
nucleares; y una estrella cien veces más masiva que el Sol sería sumamente
inestable y se desbarataría rápidamente.
Por supuesto, las estrellas
más masivas disponen de mas materia para liberar energía y, por lo tanto,
brillan más que las poco masivas. Sin embargo, mientras más masiva es una
estrella, menos tiempo brilla, porque consume su combustible nuclear mucho mas
rápidamente que una estrella poco masiva. Los astrofísicos han calculado que
las estrellas más masivas derrochan toda su energía en unas cuantas decenas de
miles de años, mientras que una estrella como el Sol puede brillar
tranquilamente durante 10 000 millones de años.
En la actualidad, la mayoría
de los astrónomos piensa que las estrellas se forman a partir de condensaciones
en las gigantescas, nubes de gas que se observan en la galaxia. Por otra parte,
hay que recordar que, según las teorías cosmológicas mas aceptadas, el Universo
mismo nació hace unos 15 mil millones de años, y que la edad de nuestra galaxia
-de la que forma parte el Sol y todas las estrellas que observamos- es muy
cercana a la del Universo.* Ahora bien, se ha calculado que las estrellas cuya
masa es inferior a unas 0.7 veces la masa del Sol pueden vivir por mas de 15
mil millones de años, mientras que, como ya señalamos, las más masivas apenas
viven unas cuantas decenas de miles de años. En consecuencia, podemos afirmar
con certeza que deben existir en nuestra galaxia muchísimos restos de estrellas
más masivas que 0.7 masas solares, que ya dejaron de brillar o están en las
últimas etapas de su evolución. Es aquí donde surge la pregunta: ¿qué aspecto
tienen estas estrellas que dejaron de brillar? Dependiendo de la masa de la
estrella, o lo que queda de ella, su fin puede tomar tres formas distintas:
enana blanca, estrella de neutrones y hoyo negro.
ENANAS
BLANCAS
A principios de los años veinte,
los astrónomos habían descubierto tres estrellas de muy baja luminosidad y de
un color claramente blanco. La más notable era una pequeña, visible sólo con
telescopio, que giraba alrededor de Sirio, la estrella más brillante del
firmamento. A partir del periodo de revolución de esta estrella alrededor de
Sirio, los astrónomos calcularon que la masa de la pequeña compañera no excedía
una masa solar, pero otras observaciones indicaron que su radio era de unos 20
000 kilómetros (apenas el triple del radio terrestre), un tamaño inusitadamente
pequeño para una estrella. Estos valores de la masa y el radio implicaban que
la compañera de Sirio debía ser un cuerpo extremadamente compacto: una
cucharada de su materia pesaría cerca de 100 kilogramos.
Los astrofísicos dedujeron
correctamente que las estrellas de este tipo, a las que bautizaron "enanas
blancas", se encuentran en la etapa final de su evolución. Al agotar una
estrella su combustible nuclear, la presión interna no puede contrarrestar su propia
fuerza gravitacional y la estrella se contrae hasta alcanzar una nueva
configuración de equilibrio, en la que la materia adquiere características
completamente nuevas, determinadas por las leyes de la mecánica cuántica que
rigen el mundo atómico. A continuación, abriremos un paréntesis para describir
este estado de la materia.
Poco después del surgimiento
de la mecánica cuántica, el físico suizo Wolfgang Pauli descubrió una ley
fundamental de la naturaleza que prohíbe a dos o más electrones ocupar el mismo
lugar con las mismas características. En mecánica cuántica, la posición y la
velocidad de una partícula no pueden determinarse con una precisión absoluta
(Más precisamente, si x es la
incertidumbre en la posición y v la incertidumbre en la velocidad, entonces, para
una partícula de masa m, se tiene necesariamente x.v > h/m, donde h es la
constante de Planck; (éste es el principio de incertidumbre de Heisenberg). En
consecuencia, dos electrones que se encuentren suficientemente cerca y posean
la misma velocidad serían indistinguibles. Sin embargo, el llamado principio de
exclusión de Pauli prohíbe que una situación así ocurra en la naturaleza: si
dos electrones llegan a ocupar una misma posición, sus velocidades deben ser
distintas, siendo la diferencia entre las velocidades necesariamente mayor que
un cierto valor (Ese valor es h/(m.x);
ver la nota anterior. Para no complicar la exposición, no consideramos la
orientación del espín de los electrones). Gracias al principio de exclusión, la
materia no puede comprimirse arbitrariamente, porque los electrones de los
átomos lo impiden.
En el caso de una enana
blanca, la materia está tan comprimida que los núcleos atómicos se
"pegan" entre, sí, formando una especie de red cristalina, y los
electrones se mueven libremente a través de esa configuración de núcleos,
formando a su vez un "gas de electrones". Si la densidad de la materia es suficientemente
alta, los electrones se enciman y, por el principio de exclusión, adquieren
velocidades diferentes, y cada vez mas altas, para poder ocupar un mismo
volumen. La situación es semejante a la de una caja llena con un número fijo de
canicas; si la caja es suficientemente grande, las canicas se esparcen en su
fondo; pero si se contraen las paredes de la caja, las canicas se amontonan
unas encima de las otras, porque obedecen un "principio de
exclusión": dos canicas no pueden estar en el mismo lugar y a la misma
altura dentro de la caja. En el caso de las estrellas, el equivalente de la
caja que se contrae es la estrella que reduce su tamaño, las canicas
corresponden a los electrones, y la altura sobre el fondo de la caja equivale a
la velocidad de los electrones.
Los físicos llaman
"electrones degenerados" a aquellos que adquieren su velocidad
gracias al principio de exclusión de Pauli, por medio del mecanismo que hemos
descrito. El punto fundamental es que un gas de electrones degenerados tiene
propiedades muy distintas a las de la materia común. En particular, la presión
y la densidad están relacionadas entre sí en forma distinta a la que ocurre en
los gases normales.
En 192 6, el astrofísico
inglés Ralph H. Fowler calculó la configuración de equilibrio de una estrella
en la que la presi0n interna es producida por la degeneración de los
electrones, y no por el calor central como en las estrellas ordinarias. Fowler
encontró que la presión de los electrones degenerados siempre era suficiente
para detener definitivamente la contracción gravitacional de las estrellas. El
problema del estado último de las estrellas parecía resuelto: todas terminan su
evolución como enanas blancas, brillando débilmente con lo poco que les queda
de su calor inicial -como ceniza que se apaga lentamente-; al irse agotando ese
último calor, la enana blanca se vuelve "enana roja" y finalmente
"enana negra": un cuerpo totalmente apagado, comparable en tamaño a
un planeta. Inciden talmente, estos no son los cuerpos oscuros de Laplace; un
cálculo simple muestra que la velocidad de escape de la superficie de una
"enana negra" es de unos cuantos miles de kilómetros por segundo,
cien veces inferior a la velocidad de la luz.
Tal era la situación en 1930
cuando Subrahmanyan Chandrasekhar, en esa época un joven estudiante indio, se
dio cuenta de que, en las condiciones de las enanas blancas, los electrones
degenerados alcanzan velocidades cercanas a la de la luz. Eso implicaba que
habla que tomar en cuenta los efectos nuevos predichos por la teoría de la
relatividad y que no habían sido considerados por los astrofísicos hasta
entonces. Chandrasekhar reviso los cálculos de sus antecesores y encontró una
relación entre la presión y la densidad de un gas de electrones degenerados
distinta de la que Fowler había usado. A partir de esa relación resolvió el
problema del equilibrio de una enana blanca y encontró un hecho sorprendente
que no había sido descubiento hasta entonces: la presión de los electrones
degenerado, sólo puede detener el colapso gravitacional de la estrella si la
masa de ésta es menor que un valor critico -conocido ahora como límite de
Chandrasekhar- que es de 1.5 veces la masa del Sol. Aquellas estrellas cuya
masa excede este valor límite no pueden detener su colapso gravitacional y
deben proseguir encogiéndose. Con una visión profética, el mismo Chandrasekhar
concluyó: " ... no es posible avanzar en la comprensi0n de la estructura
estelar sin antes poder responder la siguiente pregunta fundamental: dado un
conjunto confinado de electrones y núcleos atómicos ¿qué sucede si se comprime
la materia indefinidamente?"
Empero, los resultados de
Chandrasekhar fueron recibidos con gran escepticismo por la comunidad
científica. Los astrofísicos no podían imaginarse qué le sucede a, una estrella
que se sigue comprimiendo más allá del estado de enana blanca, por lo que
preferían soslayar la pregunta planteada por Chandrasekhar y seguir pensando
que la enana blanca es la etapa final de todas las estrellas. La actitud de
Arthur Eddíngton, fundador de la astrofísica y maestro de Chandrasekhar, es
típica: a pesar de ser uno de los promotores mas entusiastas de la teoría de la
relatividad, no pudo aceptar la idea de que los electrones degenerados pudieran
alcanzar velocidades cercanas a la de la luz, por lo que inventó varios
posibles mecanismos físicos que lo pudieran evitar. Eddington, como muchos de
sus colegas, no concebía que una estrella se siguiera contrayendo después de
convertirse en una enana blanca: " ... ¡creo que debe haber una ley de la
naturaleza que impida que una estrella se comporte en forma tan absurda!"
escribió en 1935.
Pasaron más de dos décadas
para que el trabajo de Chandrasekhar fuera aceptado plenamente por la comunidad
científica, y cinco décadas para que se le concediera el premio Nóbel. En la
actualidad se conocen cientos de enanas blancas; algunas de ellas se encuentran
en sistemas dobles, lo que ha permitido determinar sus masas: ninguna excede el
límite de Chandrasekhar.
Según las teorías más
recientes de la evolución estelar, una estrella cuya masa no excede 6 u 8 veces
la masa solar arroja al espacio, en las últimas etapas de su evolución, una
gran parte de su materia, principalmente cuando se expande y se vuelve una
gigante roja. A la larga, queda sólo la parte central y más densa de la
estrella, la cual se contrae hasta volverse una enana blanca.
ESTRELLAS
DE NEUTRONES
Quedaba pendiente de
responderse la pregunta planteada por Chandrasekhar: ¿qué pasa con una
configuración de materia cuya masa excede la crítica? En el ejemplo anterior de
la caja llena de canicas, la contracción de las paredes conduciría con el
tiempo, a una situación en la que las canicas, sí no detienen la compresión, se
rompen y se pulverizan. ¿Puede algo semejante suceder con los electrones?
Pocos meses después de la
publicación del trabajo de Chandrasekhar, el gran físico soviético Lev Landau
propuso que, cuando la densidad de la materia excede la de una enana blanca,
los electrones se ven forzados a fusionarse con los protones. Como resultado,
predijo Landau, se llegaría a una nueva configuración de equilibrio, en la que
la "densidad de la materia es tan alta que los núcleos atómicos en
contacto forman un solo y gigantesco núcleo". Solo unos meses después, en
el mismo año de 1932, James Chadwick descubrió el neutrón la partícula sin
carga eléctrica que, junto con el protón, forma los núcleos atómicos.
El problema de la evolución estelar
después de la etapa de enana blanca se aclaro con la aparición del neutrón. En
una estrella cuya masa excede el límite de Chandrasekhar, los electrones
degenerados no pueden detener la compresión y se ven forzados a fusionarse con
los protones, formando neutrones. El resultado es una estrella de neutrones, un
cuerpo de sólo unas decenas de kilómetros de radio y tan denso como un núcleo
atómico: una cucharada de la materia de estas estrellas pesa unos cien millones
de toneladas.
El concepto de una estrella
de neutrones apareció por primera vez en 1934, en un artículo de los astrónomos
Walter Baade y Fritz Zwicky sobre la naturaleza de las llamadas supernovas.
Como mencionamos anteriormente, las supernovas son cuerpos estelares que
aparecen súbitamente en el cielo, alcanzando un brillo muy superior al de
cualquier estrella normal durante varias semanas, después de lo cual se apagan
paulatinamente.* Una famosa supernova ocurrió en 1054 y fue registrada por los
astrónomos chinos, según la crónica de La historia Sung. Las últimas que se
observaron en nuestra propia galaxia tuvieron lugar en 1572 y en 1604; en ambos
casos la estrella era tan brillante que se podía observar en pleno día. A
principios de 1987, apareció una supernova en la Nube Mayor de Magallanes, una
pequeña galaxia irregular, vecina de la Vía Láctea, sólo visible desde el
Hemisferio Sur.**
Al estallar como supernova,
una estrella llega a brillar como diez mil millones de estrellas juntas, tanto
como todas las estrellas de una galaxia ¿De dónde proviene tal cantidad de
energía? Baade y Zwicky llegaron a la conclusión de que la estrella debería
transformar una fracción sustancial de la materia, en su centro, en energía,
según la fórmula de Einstein, E = MC2. Las capas más externas de la estrella
son arrojadas violentamente al espacio interestelar y de la parte central
únicamente queda una estrella de neutrones.
Faltaba determinar si una
estrella de neutrones podía mantenerse en equilibrio en contra de su propia
fuerza gravitacional. Al igual que los electrones, los neutrones (y los
protones) también obedecen al principio de exclusión de Pauli, por lo que, en
una estrella de neutrones, se puede formar un gas de neutrones degenerados,
cuya presión se opone a la fuerza gravitacional que tiende a contraer a la
estrella. En 1939, J. Robert Oppenheimer (mejor conocido por su contribución a
la fabricación de la bomba atómica) y George M. Volkoff estudiaron las posibles
configuraciones de equilibrio de una estrella de neutrones, repitiendo lo que
había hecho unos años antes Chandrasekhar con las enanas blancas. La situación
era algo más complicada porque la atracción gravitacional en la superficie de
una estrella de neutrones debe ser tan intensa que la velocidad de escape es
cercana a la de la luz, por lo que la física newtoniana deja de ser una buena
aproximación. Oppenheimer y Volkoff optaron por utilizar, desde el principio,
la teoría de la relatividad general, combinada con la descripción física de un
gas de neutrones degenerados. El resultado que obtuvieron fue semejante al de
Chandrasekhar: también para una estrella de neutrones existe un límite superior
de masa, que resultó un poco menor que la masa del Sol. Si la masa de la
estrella es superior a ese límite, entonces la presión de los neutrones degenerados
no puede detener el colapso gravitacional. Todo indicaba que las estrellas muy
masivas terminan sus vidas en una forma "absurda---, en contra de lo que
pensaba Eddington.
* No hay que confundir las
supernovas con las novas, estas últimas también son estrellas que aumentan su
brillo súbitamente, pero no en la magnitud de una supernova. Los dos fenómenos
se deben a mecanismos muy distintos.
** En el momento de escribir
estas líneas, la supernova se encontraba en el máximo de su brillo y había
despertado un enorme interés entre los astrónomos. Por primera vez se ofrece la
oportunidad de estudiar una supernova relativamente cercana (170 000 años luz)
con técnicas modernas.
*** Existen en la naturaleza
dos tipos de partículas: los fermiones, asociados a la materia (electrones,
protones, neutrones, etc.) y los bosones, asociados a las interacciones entre
la materia (fotones, mesones, etc.). Todos los fermiones obedecen al principio
de exclusión de Pauli.
Durante las tres décadas que
siguieron a su presentación en la sociedad científica, la estrella de neutrones
fue considerada un objeto fabuloso, producto de la mente de los teóricos, pero
sin confirmación observacional. Sin embargo, la situación cambió drásticamente
a finales de 1967. En aquellos días, Jocelyn Bell, una estudiante inglesa que
preparaba su tesis doctoral sobre observaciones radioastronómicas, descubrió
una señal de radio en el cielo que pulsaba con una precisión asombrosa y con un
periodo de apenas una fracción de segundo entre cada pulso. Rápidamente se
encontraron otras fuentes de radio similares a las que se bautizó con el nombre
de pulsares.
Al principio, los astrónomos
propusieron diversas hipótesis para explicar la naturaleza de los pulsares;
inclusive se llegó a pensar que se trataba de señales emitidas por seres
inteligentes. Pero sólo un año después de su descubrimiento, todos se
convencieron de que los pulsares eran ¡estrellas de neutrones!.
Las estrellas, al igual que
la Tierra, suelen poseer un campo magnético. Al contraerse la estrella, su
campo magnético se "condensa" y aumenta su intensidad. En el caso de
que se forme una estrella de neutrones, el campo magnético resultante llega a
ser tan intenso que acelera los electrones a velocidades cercanas a la
luminosa, y los hace radiar, principalmente en forma de ondas de radio.
Las estrellas también giran
sobre sí mismas. Al contraerse, la velocidad de giro aumenta (éste es un efecto
físico utilizado, por ejemplo, por los patinadores: si empiezan a girar con los
brazos abiertos, al cerrarlos aumentan su velocidad de rotación). Así una
estrella, al contraerse, aumenta la velocidad con la que rota; si se vuelve
estrella de neutrones, alcanza una velocidad de rotación enorme, dando varias
vueltas sobre sí misma por segundo.
Combinando el efecto de la
radiación producida por el intenso campo magnético con la rotación de la
estrella, se explica el origen de los pulsos observados por los
radioastrónomos. Un pulsar radia constantemente en una direcci0n definida por
su campo magnético; esta dirección no coincide necesariamente con el eje de
rotación, así que sólo podemos recibir la señal cuando el campo magnético
apunta hacia nosotros (Figura 18, tal como un faro que, aparentemente, se
prende y se apaga). Así, la frecuencia de los pulsos de un pulsar corresponde
simplemente a su frecuencia de giro. Un pulsar debe necesariamente ser una
estrella de neutrones, pues sólo un cuerpo tan compacto y denso puede girar
sobre sí mismo a la frecuencia de varias vueltas por segundo; una estrella
común o aun una enana blanca, se desbarataría inmediatamente al girar a esa
enorme velocidad.
El descubrimiento de los
pulsares reavivó el estudio teórico de las estrellas de neutrones. Los cálculos
originales de Oppenheimer y Volkoff se repitieron hace pocos años, tomando en
cuenta las interacciones nucleares entre los neutrones. Los resultados más
recientes indican que la máxima masa de una estrella de neutrones debe ser de
aproximadamente unas 2.5 veces la masa del Sol.
Según las teorías más
aceptadas en la actualidad sobre la evolución estelar, las estrellas con una
masa superior a unas 6 u 8 masas solares terminan explotando como supernovas.
Esta colosal explosión ocurre cuando los electrones degenerados en el centro de
la estrella no logran detener el colapso gravitacional: en algún momento, el
núcleo estelar se comprime bruscamente y se produce una detonación nuclear, en
la que una fracción importante del centro de la estrella se transforma en
energía, como una inmensa bomba at0mica, expulsando violentamente al espacio
las capas externas de la estrella. En el lugar mismo de la explosión, sólo
queda un vestigio de lo que fue la estrella: la parte más central de su núcleo,
transformado en estrella de neutrones.
La famosa nebulosa del
Cangrejo (Figura 19) es el remanente de la explosión de la supernova de 1054,
descrita por los astrónomos chinos. Baade y Zwicky conjeturaron que en el
centro de esa nebulosa debería de encontrarse una estrella de neutrones, único
resto no diseminado de la estrella que explotó. Y, efectivamente, en 1969 los
radioastrónomos descubrieron un pulsar justo en el centro de la nebulosa,
confirmando así la relación entre remanente de supernova y estrella de
neutrones.
Hoy en día se conocen más de
300 pulsares y sus características generales, deducidas de datos
observacionales y modelos teóricos, son las siguientes: su radio típico es de
unos 10 Km. y la densidad alcanza, en el centro, un valor de cien millones de
toneladas por cada centímetro cúbico; estas estrellas poseen una corteza sólida
de aproximadamente un kilómetro de profundidad, por debajo de la cual el
interior es líquido con propiedades físicas muy particulares (en un estado que
los físicos llaman superfluído).
EL
COLAPSO INEVITABLE
Ya que las estrellas de
neutrones tampoco pueden exceder cierto límite de masa sin colapsarse, surge
una vez más la pregunta ¿qué pasa con aquéllas demasiado masivas? Evidentemente
seguirán comprimiéndose y sus neutrones, para no violar el principio de
exclusión, tendrán que fusionarse entre sí para transformarse en otros tipos de
partículas elementales, o, finalmente, romperse en sus constituyentes más
básicos.
Así como los átomos están
constituidos por tres tipos de partículas elementales (protones, neutrones y
electrones), éstas, a su vez, no son tan elementales, según las teorías más
recientes de la física moderna. Existen evidencias recientes de que cada
partícula elemental "pesada", como el protón y el neutrón, esta
constituida, a su vez, por tres partículas llamadas cuarks. La fuerza que amarra
un cuark a otro es tan intensa que no puede existir un cuark aislado en la
naturaleza.
Algunos físicos piensan que
si una estrella de neutrones se sigue contrayendo, sus neutrones llegan a
"romperse", de tal modo que se forma una estrella de cuarks. Los
cuarks también satisfacen el principio de exclusión, por lo que se produce tina
presión de "cuarks degenerados" que podría, en principio, detener el
colapso. Los cálculos indican, sin embargo, que también para las estrellas de
cuarks existe una masa crítica, de unas 6 masas solares, por encima de la cual
la fuerza gravitatoria vence a la presión y el colapso no se detiene. En este
caso, los cuarks se fusionarán entre sí para producir estados de la materia
cada vez más exóticos y, por supuesto, más alejados de nuestra comprensión.
Hasta la fecha no se han
encontrado evidencias observacionales de que las estrellas de cuarks existan,
ni tampoco se entienden muy bien sus propiedades generales, pues este tipo de
concepto se encuentra en los límites de los conocimientos actuales de la
física. Sin embargo, la historia de la astronomía moderna nos enseña que nunca
se puede decir la última palabra sobre las elucubraciones teóricas de los
astrofísicos.
Hemos visto que ni los
electrones ni los neutrones ni los cuarks degenerados pueden impedir el colapso
gravitatorio de una estrella suficientemente masiva. ¿Existe algún estado de la
materia tal que su presión pueda resistir a la fuerza gravitatoria?. Este
problema se ha podido resolver en los últimos años y el resultado es bastante sorprendente.
Se ha demostrado que, independientemente del mecanismo físico (conocido o aún
por conocer) que produce la presión, existe, necesariamente, una masa límite
para que una configuración esférica de materia permanezca en equilibrio sin
colapsarse. La existencia de este límite de masa es una consecuencia directa de
la teoría de la relatividad general: no importa que tipo de presión se
considere, la fuerza gravitatoria vence definitivamente cualquier fuerza de
presión de la estrella si la masa de ésta supera unas 8 masas solares.
Existen teorías de la
gravitación diferentes de la de Einstein, aunque ninguna tiene la misma
simplicidad de conceptos y claridad teórica. Se ha calculado la masa límite
según otras teorías y excepto por algunas, muy exóticas y que no han sido
confirmadas independientemente, se encuentra siempre que existe una masa
límite, cuyo valor no discrepa demasiado del predicho por la relatividad
general. Incluso para aquellos que dudan de la relatividad general u otras
teorías modernas, mencionemos que la teoría clásica de Newton también predice
un límite de masa, semejante a la relativista, para el equilibrio de una esfera
masiva.
En conclusión, se puede
afirmar que no existe en la naturaleza ningún mecanismo físico que pueda
oponerse a la fuerza gravitatoria y detener el colapso de un cuerpo esférico
con una masa superior a un cierto límite que, en ningún caso, excede unas 8
masas solares (el valor preciso de ese límite depende del estado de la materia
y de la teoría gravitatoria considerada). Asi, cuando una estrella
extremadamente masiva agota su combustible nuclear, empieza una contracción que
produce, en algún momento, una explosión de supernova. El núcleo de la
estrella, que queda en el lugar de la explosión, seguirá su contracción si su
masa supera a la crítica. Todavía no hay unanimidad entre los astrofísicos
sobre cuáles serían las características del núcleo remanente, pero es muy
plausible que su masa exceda a la crítica, si la masa original de la estrella
era muy grande. Este es un problema importante que está siendo investigado en
la actualidad. Señalemos que existen estrellas cuyas dimensiones son unas 60
veces las del Sol, y posiblemente más, y que éstas son las que evolucionan más
rápidamente.
Finalmente, nos vemos
enfrentados siempre al problema de una masa esférica que se comprime
indefinidamente por su propia atracción gravitatoria. Esta situación fue
estudiada en 1938 por el mismo Oppenheimer y otro colaborador suyo, Hartland
Snyder, quienes llegaron a una conclusión extremadamente interesante utilizando
la teoría de la relatividad general. Así, estudiaron la evolución de una esfera
material sin ninguna presión interna que se contrae por su propia gravedad. La
suposición de presión nula es una simplificación valida en este problema
particular; estudios más recientes, en los que se consideran cuerpos masivos
más próximos a los reales y dotados con presión interna, han confirmado que la
forma cualitativa del colapso gravitatorio no depende de la presión.
Según la mecánica newtoniana,
una esfera masiva sin presión interna se contrae bajo su propia fuerza
gravitatoria, hasta que, en principio, toda la masa queda comprimida en un
punto. Un resultado importante de la mecánica clásica es que una esfera masiva
atrae gravitatoriamente como si toda su masa estuviera concentrada en su
centro, independientemente de su radio. En consecuencia, la atracción
gravitatoria de una esfera en contracción no varia en un punto fijo del
espacio; aumenta, eso sí, la fuerza gravitatoria en la superficie en movimiento
de la esfera. Asi, por ejemplo, si el Sol se comprimiera súbitamente, sin
alterar su masa, el efecto sobre el movimiento de los planetas sería nulo.
Algo similar ocurre según la
teoría de la relatividad general. La atracción gravitatoria de una esfera en la
región exterior a ella es del todo independiente de la contracción de la
esfera; sólo aumenta la intensidad de la gravedad en la superficie de la esfera
a medida que se contrae, tal como en el caso newtoniano. Pero fenómenos
extraños suceden cuando la esfera se aproxima al radio de Schwarzschild que
corresponde a su masa.
Consideremos, pues, una
hipotética esfera masiva que se contrae. Oppenheimer y Snyder se dieron cuenta
de que, de acuerdo con la teoría de la relatividad, existen dos sistemas de
referencia desde los cuales el colapso se ve de formas muy distintas: uno es el
sistema de referencia de un observador en la superficie de la esfera y que se
colapsa junto con ella; otro es el sistema de referencia de un observador
externo que estudia el fenómeno desde un lugar lejano.
El observador situado en la
superficie de la esfera verá como ésta se contrae progresivamente. El efecto
físico más notable para él será un aumento de la atracción gravitatoria de la
esfera: en efecto, la fuerza gravitatoria en la superficie irá aumentando en
razón inversa al cuadrado del radio de la esfera (por la ley de Newton), lo que
implica un aumento del peso del observador. Pero, aparte de ese molesto efecto,
el observador no notará nada particular, aun en el momento en que el radio de
la esfera alcance el valor del radio de Schwarzschild (recordemos que este
radio es igual a unos 3 Km. por cada masa solar de la esfera). Después de
cruzar el radio de Schwarzschild, seguirá el colapso de la esfera, hasta que, en
algún momento, la fuerza gravitatoria será tan intensa que despedazará al
observador. Finalmente, toda la masa de la esfera se contraerá hasta
comprimirse en un punto, de tamaño nulo, donde la fuerza gravitatoria es
infinita. A un punto así, los físicos lo llaman singularidad; las leyes de la
física dejan de aplicarse en ese punto. Sin embargo, más que un concepto
físico, la singularidad es un reconocimiento de nuestra ignorancia de las
condiciones físicas extremas. Antes de que se forme una singularidad deben
aparecer fenómenos cuánticos que hasta ahora desconocemos, y que, quizás en el
futuro, logremos entender si llegamos a una teoría cuántica de la gravitación.
Medido por el que acompaña a
la esfera en su contracción, el tiempo que transcurre entre el momento en que
la esfera atraviesa su radio de Schwarzschild correspondiente y el momento en
que se convierte en singularidad, depende fundamentalmente de la masa que posee
la esfera; en términos aproximados, es de unas cien milésimas de segundo por
cada masa solar de la esfera.
Supongamos ahora que el
observador situado en la superficie de la esfera que se colapsa, envía señales
luminosas al espacio. Una vez que cruza el radio de Schwarzschild, estas
señales no podrán salir y acabarán, con el tiempo, en la singularidad junto con
la esfera masiva y el observador. Todo este proceso será visto de una manera
muy distinta por un observador que haya quedado a una distancia prudente, quien
verá a la esfera acercarse a su radio de Schwarzschild correspondiente, pero
sin llegar nunca a él. Si el observador situado sobre la esfera posee un reloj
y llega al radio de Schwarzschild a una cierta hora -las 3:00, por ejemplo- las
manecillas de ese mismo reloj, vistas desde lejos, se acercarán a esa hora cada
vez más lentamente, sin nunca alcanzarla. Un observador lejano verá todo el
proceso del colapso como si éste se hubiera filmado, y luego la película se
proyectara cada vez más despacio, acercándose sin llegar nunca al momento en
que el reloj en la superficie marque las 3:00. Así, el proceso del colapso
gravitatorio hacia el radio de Schwarzschild ocurre en un tiempo finito para un
observador que sigue el colapso, pero el mismo proceso parece tomar un tiempo
infinito cuando es visto desde lejos: un caso extremo y muy ilustrativo de la
relatividad del tiempo.
El colapso gravitatorio de
una estrella suficientemente masiva debe acabar, según todas las evidencias
teóricas, en la formación de un hoyo negro. Para un cuerpo suficientemente
lejano, la aparición de un hoyo negro no tendrá ninguna consecuencia física
novedosa, ya que, como vimos en las páginas anteriores la atracción
gravitatoria de una esfera sólo depende de su masa y no de su radio. De hecho,
un hoyo negro atrae, muy lejos de él, exactamente como lo predice la ley de la
gravitación de Newton. Lo realmente novedoso, con respecto a la física
newtoniana, es lo que sucede cerca de la estrella que está a punto de
convertirse en hoyo negro. Vista desde
afuera se verá como una esfera que se acerca lentamente a su radio de Schwarzschild
correspondiente, el tiempo transcurriendo cada vez más lentamente en su
superficie, "congelándose" los procesos físicos que ocurren ahí. Por
esta razón, algunos astrofísicos propusieron, en un principio, llamar a estos
cuerpos “estrellas congeladas" ; pero el nombre de hoyo negro (o agujero negro)
-inventado por el físico estadounidense John A. Wheelerse se volvió más
popular.
Hay que recordar que la
métrica de Schwarzschild describe el espacio-tiempo generado por un cuerpo
masivo perfectamente simétrico y que no gira. En una primera aproximación, el
espacio-tiempo alrededor de una estrella colapsada será el de Schwarzschild,
aunque se podrían esperar ciertas correcciones porque las estrellas no son
perfectamente esféricas y, en particular, giran sobre sí mismas. Volveremos en
el capítulo v al espacio-tiempo más general de un hoyo negro, pero antes veamos
cómo se pueden detectar los agujeros negros y confirmar su existencia.
Debemos recordar que la
métrica de Schwarzschild describe el espacio-tiempo generado por un cuerpo
masivo perfectamente simétrico y que no gira. En una primera aproximación, el
espacio-tiempo alrededor de una estrella colapsada será el de Schwarzschild,
aunque se podrían esperar ciertas correcciones porque las estrellas no son
perfectamente esféricas y, en particular, giran sobre sí mismas. Volveremos en
el capítulo v al espacio-tiempo más general de un hoyo negro, pero antes veamos
como se pueden detectar los agujeros negros y confirmar su existencia.
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