Realizado por:
Eduardo Benedí Curiel
Sonia
Val Royo
Jorge
Valls Campos
3º de
G.A.P.
BREVE RESEÑA BIOGRÁFICA
Alejandro Oliván nació en Aso de Sobremonte, los
primeros años de su vida los pasó en este bello pueblo del Pirineo oscense. Su
contacto con la naturaleza y con el sobrio carácter aragonés marcaron para
siempre las vivencias de su infancia, contribuyendo poderosamente en la
formación de su fuerte personalidad.
Alejandro Oliván era hijo de D. Francisco Antonio
Oliván de Lope, y de Dª. Antonia Borruel y de Viú, señores de Estarruás.
Así pues, sus cuatro apellidos fueron los de
Oliván, Borruel, Lope y Viú. Todos ellos linajes infanzones con pruebas
fehacientes de su nobleza, incluso con sentencias ganadas en fechas próximas al
nacimiento de Alejandro Oliván.
Alejandro Oliván procedía de una familia
infanzona, ilustrada, de terratenientes, con buena posición económica y bien
relacionada. Fue el primogénito de los ocho hijos, dos varones y seis mujeres,
del matrimonio.
Nació el día 28 de febrero de 1796. El mismo día
de su nacimiento fue bautizado en la Iglesia parroquial de San Juan de Aso, en
la pila bautismal que aún se conserva. Como hemos dicho, los primeros años de
su vida los pasó en el lugar de su nacimiento. Su existencia en esta época no
difería demasiado de la de los demás niños del lugar, inmersa en plena
naturaleza, sin otro horizonte que el de la agricultura y la ganadería. Tan
sólo se diferenciaría en la asimilación de los principios Religión, Patria y
Rey, característicos de la ideología de una familia de infanzones.
Alejandro Oliván durante sus primeros años vive
en un ambiente especialmente religioso y marcado por la adhesión a la
monarquía, dado que eran sacerdotes sus seis tíos varones por parte de padre y
al menos dos de los seis tíos maternos, ostentando los cargos honoríficos o de
ejercicio en la Real Capilla de doctoral, maestro de ceremonias, receptor y
capellanes de honor, y dos habían acumulado méritos para que el Rey les
concediese el ingreso en la Orden de Carlos III.
Era norma en la Casa de los Oliván que todos sus
miembros siguiesen estudios, frecuentemente eclesiásticos, que eran costeados
por los padres o faltando éstos, preceptivamente por el hermano mayor
universal. Mas la situación de los hermanos no era la de general sumisión al
señor de la Casa, sino por el contrario éste quedaba subordinado a aquellos
hermanos que por sus conocimientos o dotes personales se hacían merecedores a
juicio de sus padres a tal distinción.
A los siete años ingresó en el internado de los
Padres Escolapios de Jaca; allí se formaría hasta cumplir los once. En 1807, al
alcanzar la edad de once años, con una buena base de conocimientos y de
formación de su personalidad adquiridas en las Escuelas Pías de Jaca, ingresó
en el internado de la pequeña ciudad francesa de Sorèze. Allí sólo curso
estudios durante dos años.
En 1810, cuando Oliván había cumplido 15 años de
edad, fue admitido pretendiente en el Colegio de Artillería, y en 1811 ingresó
en el Colegio General Militar de San Fernando, en la isla de igual nombre.
Posteriormente y hasta 1828, se desarrollará una
etapa en la que redactará sus escritos políticos y memorias, los cuales
alcanzaron una considerable resonancia, y en los que figuraban firmados con el
seudónimo Un
ciudadano Imparcial o Un ciudadano que no gusta de partidos. En
la capital francesa publicó a mediados de 1824, también con carácter anónimo,
un libro fundamental en su tiempo y hoy incomprensiblemente olvidado: Ensayo
imparcial sobre el gobierno del Rey D. Fernando VII.
Poco a poco fue ascendiendo en la Administración
Pública, llegando a ser ministro, director de Instrucción Pública, etc. hasta
que a los 82 años, Oliván contrajo una penosa enfermedad; aunque siempre había
gozado de excelente salud, debido a su avanzada edad, la enfermedad fue minando
su robusta naturaleza; no obstante, siguió trabajando. Ante su progresivo
agravamiento, tuvo que ir limitando sus actividades. La inminencia del fin
aconsejó que se le administraran los últimos Sacramentos.
Alejandro Oliván y Borruel muere en Madrid, en su
casa de la calle Arco de Santa María, nº 45, 3º a la una y media de la noche
del día 14 de octubre de 1878, a la edad de 82 años, 5 meses y 14 días.
Al día siguiente de fallecimiento de Oliván,
todos los periódicos dan la noticia. <<El Diario de Zaragoza>>
comunica a sus lectores aragoneses: <<Una sensible pérdida hay que
lamentar, la del Sr. Alejandro Oliván, uno de los mejores hablistas españoles,
ex director de Instrucción Pública, ex-presidente del Consejo de Agricultura, y
actualmente consejero del mismo, ex - ministro, individuo de las Academias
Españolas, de la Historia y de Ciencias Morales y Políticas, autor distinguido
de obras científicas y persona muy querida en Madrid por las condiciones de su
carácter, amabilidad y caballerosidad reconocidas>>.
EL
PENSAMIENTO POLÍTICO-JURÍDICO DE Alejandro Oliván
Una de las grandes personalidades creadoras y
encauzadoras del pensamiento político liberal español en la primera mitad del
pasado siglo fue el altoaragonés Alejandro Oliván y Borruel. Defensor de una
teoría política moderada, participó activamente en la complicada construcción
de una base ideológica que resultara capaz de sustentar los primeros ensayos de
monarquía doctrinaria.
En efecto, la figura de Alejandro Oliván aparece
indisolublemente unida al impresionante proceso de transformación de la España
del Antiguo Régimen en una nación ideológicamente liberal, económicamente
preindustrial y socialmente burguesa, fenómeno histórico circunscrito a los
reinados de Fernando VII y de Isabel II.
En una buena parte de los acontecimientos que
dieron forma al nuevo edificio burgués intervino el aragonés, bien como testigo
presencial, bien como protagonista activo, y en todos ellos demostró sin
ambages una sutileza y sagacidad fuera de toda duda, favorecidas por los
postulados moderados que siempre defendió y que, a la larga, llegaron a
transcender en una auténtica actitud vital.
Dicha actitud únicamente puede llegar a ser
plenamente comprensible si se inscribe dentro de los trascendentales sucesos
político-sociales que le tocó vivir. En efecto, sólo mediante una acertada
comprensión del trasfondo histórico de su época puede entenderse con plenitud
su pensamiento jurídico-político.
El análisis del mismo, aunque sea con carácter sintético,
parece en nuestra opinión necesario, no únicamente por su interés en sí mismo,
razón ya de por sí suficiente, sino porque al entroncarse en la más pura
esencia del pensamiento liberal español moderado de la primera parte del siglo
XIX deja traslucir, desde dentro, la peculiar evolución ideológica de nuestro
propio movimiento liberal.
Es por ello que resultaría infructuoso pretender
encontrar en el pensamiento de Oliván notas y cualidades originales, tanto
intelectuales como políticas, ya que se aleja de forma consciente de grandes
postulados doctrinales de carácter personal, si bien dicho alejamiento es
consecuencia inequívoca de una cierta mediocridad, fiel reflejo de la palpable
debilidad teórica y falta de profundidad de las corrientes de pensamiento
liberales españolas en su conjunto.
Tal evolución ideológica va a verse comprendida
en el marco integrado por toda una serie de acontecimientos político-sociales
que darán en última instancia vida al proceso, indiscutiblemente intermitente,
de la revolución liberal en España.
De dicho proceso es indudable exponente Alejandro
Oliván, cuyos principales fundamentos políticos encontrarán materialización
expresa en su fecunda actividad a partir de la década de 1840 desde sus
posiciones de ministro, diputado y senador.
Su evolución ideológica transcurre pues paralela
a la del núcleo de los liberales moderados españoles dentro del cual aparece
integrado. Consecuentemente, conviene sintetizar su pensamiento político en dos
fases que, lejos de hablar de censuras, se complementan con naturalidad.
En su primera etapa aparece como un liberal
convencido y ardiente luchador a favor de la causa antiabsolutista. En efecto,
durante el reinado de Fernando VII, tras haber empuñado las armas en la Guerra
de la Independencia frente al invasor francés, concentrará todos sus esfuerzos
en intentar demostrar las excelencias que la instauración de un gobierno
monárquico representativo y templado tendría para todos los españoles, haciendo
hincapié en la inviabilidad del régimen absolutista fernandino.
<<Moderación>>,
<<Constitución>> y <<Cortes>>, son las palabras claves
sobre las cuales van a girar sus concepciones políticas, pero siempre desde un
prisma reformista, nunca revolucionario. La limitación del poder real mediante
un texto constitucional más comedido que el gaditano será su principal
preocupación.
Todas estas ideas las condensará en varios
artículos periodísticos que alcanzarán una considerable difusión y popularidad
en su época, en donde se traslucen ya los dos ejes esenciales sobre los que van
a girar sus principales postulados teóricos: la idea del orden como base
legitimadora de todo su pensamiento y la doctrina del juste milieu, procedente de
las fuentes francesas del doctrinarismo, como la vía más adecuada hacia la moderación
y el reformismo en el difícil tránsito de la formación del nuevo Estado liberal
español.
El siguiente paso en su trayectoria viene marcado
por la publicación a mediados del mes de marzo de 1823 de un interesantísimo
folleto que, con el título de Sobre modificar la Constitución, obtuvo
una impresionante resonancia en los últimos meses del Trienio Liberal.
Dicho folleto, remitido como sus anteriores
trabajos de manera anónima, esta vez con el significativo seudónimo de Un español,
expone de un modo más detallado y profundo las principales ideas que ya
encontrábamos en sus artículos anteriores, esencialmente la ardiente defensa de
un gobierno representativo y moderado, la imperiosa necesidad de lograr un
acuerdo fraternal entre los propios liberales que hiciera cesar las continuas
discordias y enfrentamientos que amenazaban con dar al traste con todo el
sistema constitucional, la importancia trascendental que parar nuestro régimen
liberal tendría la reforma de aquellos pasajes del texto gaditano que mostraban
ya sus insuficiencias a la hora de resolver los nuevos problemas planteados por
la evolución de los tiempos, y la exaltación del principio del orden como
elemento básico de uniformicen social.
No obstante, personalmente creemos que en esta
obra Oliván observa ya con un sentimiento compuesto en partes iguales por
impotencia y por tristeza como la Revolución burguesa se estaba escapando de
las propias manos liberales que la habían levantado, lo que se explica, en
parte, por unas luchas fratricidas que indudablemente beneficiaban a los
núcleos realistas, a la vez que coartaban toda posibilidad de conexión con los
sectores populares lo que a nuestro modo de ver hubiera resultado definitivo.
En nuestra opinión, la lucidez del aragonés se
presenta ya a lo largo de todo el artículo de una forma constante. Oliván era
plenamente consciente de las profundas carencias del liberalismo gaditano, en
especial de su carácter teórico y abstrapto, consecuencia inequívoca de su
reducción, voluntaria o involuntaria a una mera expresión ideológico-política,
lo que se deriva en ultimo caso de su falta de apoyo social.
Esta tracendentalísima carencia iba a condicionar
de una manera decisiva el desarrollo posterior de todo nuestro
constitucionalismo, y Oliván era perfecto conocedor de ello. La falta de
ligazón a estructuras burguesas firmes y la ausencia de una verdadera
aceptación por indiferencia o desconocimiento, de la mayor parte de las capas
sociales que conformaban el espectro social español eran condicionantes de una importancia
tal que por sí mismos podían explicar el rotundo fracaso que el
constitucionalismo estaba cosechando a lo largo de todo el Trienio Liberal.
Dos serán los medios a los que propone recurrir
Oliván en su afán por intentar evitar dicho fracaso: la implantación en España
de un segundo cuerpo deliberante, el Senado, que diera estabilidad al sistema
político evitando las interrupciones de unos poderes en los ámbitos de
actuación de los restantes y la instauración con todas sus consecuencias en
nuestro país del sufragio censitario, limitando con exclusividad su ejercicio a
los propietarios con una cierta renta anual proporcionada.
Un año mas tarde, en 1824, fruto de la represión
absolutista tras la invasión triunfante de los Cien Mil Hijos de San Luis, Oliván
se encuentra exiliado en París, donde da a luz uno de los principales escritos
histórico-políticos del reinado fernandino y que hoy inexplicablemente
permanece sumido en el más inmerecido e inaceptables de los olvidos: El Ensayo
imparcial sobre el gobierno del Rey D. Fernando VII.
El principal objeto de esta importante obra
estriba en intentar demostrar que existe una forma de limitación efectiva del
poder de Fernando VII y de sus sucesores, sin que por ello se caiga en la
anarquía y en la revolución, y su puesta en práctica puede llevarse a cabo con
suma facilidad en España mediante el establecimiento de un gobierno
representativo.
Personalmente opinamos que todo el Ensayo
Imparcial se concibió con una convincente y personal distribución de
las luces y de las sombras que alumbraban o en su caso ensombrecían la realidad
española a lo largo del gobierno de Fernando VII, con la evidente finalidad de
preparar los ánimos de los lectores para llegar a una importante conclusión: el
poder absoluto del rey debía ser necesariamente limitado y controlado, y el
medio más eficaz para llevar a cabo tan delicada misión consistía en la
implantación en nuestro país de un gobierno monárquico, representativo y
templado.
A continuación, una vez probado lo realmente
imprescindible y urgente de su establecimiento, prosigue indicando expresamente
el medio más idóneo y adecuado para ponerlo en practica: la elaboración de un
nuevo texto constitucional que asegurara en cualquier momento el cumplimiento
de la palabra del monarca, evitando igualmente sus posibles abusos mediante la
limitación efectiva del poder real.
Entrando ya en su segunda etapa, las
circunstancias históricas han cambiado sustancialmente. La muerte de Fernando
VII abre paso a la cuestión dinástica. La necesidad de la Reina Regente María
Cristina de encontrar apoyos para su hija frente a los absolutistas partidarios
del infante D. Carlos va a proporcionar al grupo de los liberales una
oportunidad histórica de acceso al poder.
De esta forma, dichos liberales se lanzan con
urgencia a la elaboración de una teorización doctrinal que les sirva como un
instrumento ideológico de cohesión y dominio de la nueva estructura político
social que pretende crear.
Es en este complicado contexto caracterizado por
la pugna entre dos tendencias drásticas, extremistas y absolutamente opuestas
en el que va a surgir, tal vez como una autentica necesidad vital, el tercer y
último, por triunfante, ensayo de implantación de un régimen liberal en suelo
español, basado en una complicada y muchas veces incomprendida vía media que
pretende lograr la estabilidad efectiva del país a través de un punto medio que
sintetice congraciando orden con libertad.
Así, a la búsqueda de tan ansiada estabilidad
político-social a través de propuestas eminentemente templadas y conciliadoras,
añade el aragonés el examen de diversas formulas que permitan satisfacer las,
por otro lado, legítimas aspiraciones de poder de una floreciente clase
burguesa en busca de su propia legitimación política, condensando todas ellas
en el afianzamiento de un ministerio ideológicamente moderado y económicamente
burgués.
Por todo lo anterior, su principal objetivo
consiste en intentar conjugar un liberalismo eminentemente ideológico con, y
esto es lo realmente importante, una estabilidad política basada en el acceso y
posterior mantenimiento en el poder de la clase liberal burguesa, entendiendo
ésta como el sujeto social naturalmente mejor capacitado para el mando y más
interesado en las mejoras generales de la nación, al repercutir directamente
tales adelantos sobre sus propias personas e intereses.
Es en este momento en el que adquieren
significación plena aspectos que ya habían aparecido en las obras del aragonés
durante el reinado de Fernando y que van a ser pilares esenciales en la
construcción definitiva de su pensamiento político: introducción de una segunda
cámara, soberanía compartida Rey – Cortes, sufragio censatario basado en
criterios de riqueza y capacidad, rechazo de la igualdad como principio básico
de uniformidad social...
Todos estos principios van a estar impregnados no
obstante, de un prurito conciliador ciertamente considerable, enmarcados por
una actitud vital honesta, sincera y profundamente reconciliadora, lo que se
trasluce sin dificultad en la mayoría de sus escritos.
Dichos escritos aparecen recogidos en La Abeja,
indiscutiblemente el principal diario liberal moderado de la época del Estatuto
Real, del que se convierte además en su más importante valedor. En este
periódico, calificado como una auténtica escuela de opinión, se afanará Oliván
en presentar a la luz pública unas doctrinas liberales profundamente deudoras
de sus cada vez más latentes convicciones moderadas.
Tales convicciones pueden ser sencillamente
sintetizadas en el pragmatismo que entiende la monarquía como una garantía
de orden y la religión como un instrumento de estabilidad social, en el elitismo
que desprecia a los sectores menos favorecidos mediante el rechazo de la
soberanía popular y del sufragio universal, en la transacción, en suma, de las
clases más poderosas en manifiesta oposición contra todo tipo de extremismos
que pudieran conducir tanto a la reinstauración absolutista como a la
revolución popular.
Es precisamente la clara percepción de ese doble
peligro una de las constantes que une a todos los doctrinarios en la década de
los años treinta, conscientes desde la desesperanzadora experiencia del Trienio
de la imperiosa necesidad de mantener actitudes equilibradas que impidieran la
radicalización de la situación política hacia uno de sus extremos.
Efectivamente, el Estado constitucional
implantado en 1820 se había acabado hundiendo por las carencias del liberalismo
y por los manejos de la contrarrevolución. No obstante, los años no han pasado
en balde, y la lección, aunque tremendamente dura y costosa, va a repercutir de
forma positiva en los ánimos de uno liberales que como en el caso de Oliván, se
van a caracterizar a partir de este momento por una visión conservadora de la
historia que sintetice lúcidamente Antiguo Régimen con Revolución liberal,
respaldados e integrados es una ascendente clase social que va a jugar un papel
esencial en el apoyo de sus pretensiones.
Dicha síntesis conciliadora de intereses
contrapuestos, ya presente en los anteriores trabajos del aragonés, va a
aparecer con más fuerza si cabe en el periodo del Estatuto Real, al ser
plenamente consciente nuestro ilustrado de la perentoria necesidad de construir
en nuestro país un estado moderno basado en una política reformista gradual, en
ningún caso revolucionaria.
Esa tendencia reformista, basamento esencial en
sus concepciones políticas durante el Trienio, se mantendrá ya como una
constante, no solo ideológica sino incluso vital, acompañándole en todo momento
como igualmente custodiará a buena parte de los liberales españoles durante el
resto de la centuria, si bien este reformismo político derivará con el paso de
los años en un reformismo social.
A continuación, tras analizar las principales
claves que van a configurar el pensamiento político de Oliván, como paradigma
de un liberalismo de indudables tendencias moderadas, conviene dar un paso más
y centrarnos ya en la materialización práctica de los postulados políticos, lo
que va a realizar a través fundamentalmente de la construcción de una nueva
Administración, poderosa e interventora, y de la elaboración de un nuevo
Derecho Administrativo que le permita abordar, regular y, en suma, controlar,
las nacientes relaciones surgidas de la nueva distribución de poderes, con el
objetivo concreto de consolidar su cada vez más amplio dominio social.
Esta es, en nuestra opinión, la piedra filosofal
que explica todo el aparentemente complejo proceso de génesis de nuestro
Derecho Administrativo moderno: la impetuosa ascensión al poder de un nuevo
grupo social y sus necesidades de legitimación y pervivencia que le llevan a la
elaboración de un Derecho Administrativo novedoso, como novedosas pasan a ser
las relaciones entre los distintos grupos del reformado espectro social, un
Derecho concebido como una auténtica técnica de gobierno, como un verdadero
instrumento de poder.
Alejandro Oliván y la inmensa mayoría de sus
compañeros administrativistas comparten sin ambages esta pretensión. Todos
ellos pueden ser encuadrados sin excesivas dificultades como burgueses en el
ámbito económico-social y como moderados en lo ideológico-político. Todos ellos
son igualmente conocedores del importantísimo papel que una inteligente
regulación administrativa puede tener para la consolidación de su dominio
político-social. Y todos ellos se lanzan, cada uno según su capacidad y sus
posibilidades, para cumplir esos objetivos tan definidos.
En este sentido se conciben las construcciones
doctrinales de Agustín Silvela, de Alejandro Oliván y de José Posada Herrera,
al servicio de aquellos objetivos tendentes no sólo a la mejora funcional y
organizativa del aparato estatal sino también a la conservación del poder
económico y político en manos de una incipiente burguesía.
De especial interés resultan las elaboraciones
doctrinales del aragonés, que alejadas de la línea más mimética de lo francés
(la de los manuales), va a configurar una novedosa Ciencia de la Policía
adaptada a las nuevas necesidades sugeridas por el ejemplo revolucionario
francés.
Así, su excelente De la Administración Pública con
relación a España se va a convertir con derecho propio en la primera
obra española de Ciencia de la Administración, bebiendo de las aguas emanadas
de las fuentes de la antigua Ciencia de la Policía, fenómeno realmente complejo
en el que conviven indistintamente elementos castizos y franceses.
Las preocupaciones administrativistas se
convierten de esta forma en el motor primordial que va a dar movimiento a las
principales acciones de estos moderados burgueses, afanados en la construcción
de un verdadero Estado liberal moderno y funcional que además ampare y proteja
sus pretensiones de clase. La administración pasa de un papel secundario a ser
el pilar fundamental en el mantenimiento de los propios gobiernos.
La sorprendente y admirable generación de
administrativistas españoles que surgen en los albores de la década de los
cuarenta del pasado siglo no es, pues, en absoluto neutral, ni ideológica ni
políticamente; sus motivaciones van claramente encaminadas tanto a levantar un
país bajo mínimos como a la consecución y efectiva consolidación del poder en
manos de los grupos burgueses en los que se integran.
Los padres del nuevo derecho administrativo no
son tecnócratas, no son funcionarios ni burócratas, son auténticos políticos
especialmente preparados en el campo de la administración, de la economía
política y del derecho, con una misión perfectamente delimitada al servicio
directo de la burguesía.
Esto supone sin embargo contradecir la doctrina
dominante entre los iuspublicistas españoles, que considera a los creadores de
nuestro moderno Derecho Administrativo como unos hombres ilustres e ilustrados,
alejados desinteresadamente del campo de la política con la pretensión de estar
elaborando algo grande, novedoso y neutral a todos los grupos políticos y
sociales.
No obstante, en nuestra opinión, el estudio
biográfico de Oliván parece indicar lo contrario: el aragonés es ante todo un
hombre de partido (del moderado); una persona cuyos principales valores son los
eminentemente burgueses: el mantenimiento del orden público, la conservación de
la propiedad privada, el fomento de la economía...; un político que llega a ser
Ministro y que permanece ininterrumpidamente hasta su muerte en innumerables
cargos durante todas las legislaturas de signo moderado, desapareciendo de una
forma significativa en las progresistas; un hombre, en definitiva, de clase (de
clase burguesa).
Podemos apreciar como la trayectoria personal del
aragonés no se diferencia a grandes rasgos de la del resto de sus compañeros
administrativistas, como muestran asimismo las biografías de Javier de Burgos,
de Pedro Gómez de la Serna o del propio Posada Herrera, conocido con el
elocuente apelativo de “el gran elector”.
El Derecho administrativo surge de esta forma
como el instrumento vital en manos de ese ejecutivo liberal burgués para
consolidar su poder arbitrando un ejecutivo fuerte y poderoso, personalizando
por primera vez en la historia dentro de su seno una auténtica Administración
como sujeto con atribuciones plenamente diferenciadas, estructurándose
alrededor de un intervencionismo casi absoluto, una idea de fomento
directamente entroncada con éste y con unas nociones de autoridad y fortaleza
que se van a materializar fundamentalmente en la seguridad personal y en el
orden público.
En consecuencia, Oliván, no va a centrar ya sus
esfuerzos ni en defender la necesidad de un texto constitucional que limite el
poder hasta entonces absoluto del rey, ni en hacer ver la importancia que el
establecimiento de una monarquía representativa tendría para hacer la felicidad
de los españoles, pretensiones ambas satisfechas a finales de la década de
1830, sino en consolidar al movimiento reformista moderado iniciado años atrás
sustituyendo las leyes del Antiguo Régimen por un nuevo ordenamiento jurídico
burgués.
La finalidad última de esta pretensión reformista
es triple: en primer lugar a través de estas nuevas leyes se pretende
consolidar el dominio de la burguesía como clase social preponderante,
fortaleciendo el poder ejecutivo mediante una Administración fuerte y
centralizada y minando el resto de los poderes.
Así, frente a la pretensión del poder judicial de
intervenir en los asuntos en los que participa la Administración se crea en el
1845 el sistema contencioso-administrativo; frente al poder legislativo se
rompe en pedazos el principio de legalidad al instaurarse hasta sus últimas
consecuencias las atribuciones reglamentarias del ejecutivo; y frente al poder
municipal se elaborarán las leyes de Ayuntamientos por las cuales la elección
de los Alcaldes ya no va a corresponder a los núcleos locales sino al poder
central del Estado.
En segundo lugar se pretende con estas nuevas
leyes uniformar las conductas de los individuos a través de toda una serie de
cánones y valores de marcada modernidad, con la pretensión final de impregnar a
todo el espectro social de los principales valores burgueses, necesarios por
otro lado en la difícil tarea de intentar levantar un país agotado.
En tercer lugar estrechamente unido a lo anterior
una finalidad no menos importante, orientando dichas leyes a fabricar la
posibilidad de alcanzar la prosperidad material en el seno de una nueva
sociedad liberal burguesa en busca de su consolidación efectiva.
Así, en este segundo período, la política se va a
convertir para Oliván en una cuestión eminentemente técnica encaminada al
cumplimiento efectivo de los propósitos reseñados. El Derecho, por su parte, no
va a ser sino el modo más efectivo de introducir y consolidar los principales
valores burgueses, la ideología burguesa en suma, en la nueva sociedad que se
pretende crear.
Burguesía y liberalismo se unen, pues, en un
pacto que, una vez suscrito, ya no puede ser transgredido. Y es a nuestro modo
de ver esta ineludible exigencia la que acabará, más adelante, descomponiendo
todo el proceso, habida cuenta de la incapacidad manifiesta de adopción por
parte de la burguesía española de algunos de los principales valores del
movimiento liberal, lo que determinará, en el ultimo cuarto de siglo, un
liberalismo ya imposible.
En definitiva, estas dos son las fases en las que
puede condensarse el pensamiento jurídico-político de Alejandro Oliván. En la
primera de ellas, como ya hemos señalado con anterioridad, se constatan
preocupaciones acuciantes en defensa de la elaboración de un texto
constitucional y en la implantación de una monarquía representativa. En la
segunda, conseguidos estos objetivos se va a lanzar a la búsqueda de la
legitimidad política de las clases medias burguesas con la pretensión final de
hacer factible la prosperidad nacional a través de un nuevo Derecho administrativo
regulador de las modernas relaciones político-económico-sociales.
Ya para concluir, cuando en 1843 se declara la
mayoría de edad de Isabel, la legitimidad política burguesa parece, cuando
menos desde el punto de vista de la propia burguesía algo irrefutable. Oliván
ha contribuido, en la medida de sus posibilidades a la apasionante construcción
del nuevo entramado liberal. A partir de esta fecha con el inicio de la Década
Moderada, los presupuestos políticos van a ser distintos, las pretensiones sociales
y económicas igualmente varían, pero el proceso de liquidación del Antiguo
Régimen en España y su sustitución por un Estado liberal burgués parece por fin
concluido.
Desde este preciso momento Oliván abandonará las
elaboraciones teóricas jurídico-políticas, para centrarse en una labor
eminentemente práctica, primero como diputado por Huesca y mas tarde como
senador, con un breve periodo en el que, en nuestra opinión circunstancialmente
llegara incluso a ser nombrado Ministro de Marina.
Así, fruto de su ingreso en la principales
Academias españolas y como consecuencia de su indudables espíritu ilustrado, el
aragonés desplazara ya su pluma hacia materia muy alejadas del campo de la
política y del derecho, realizando provechosas incursiones en los campos de la
gramática, de la agricultura, de la aritmética o de la filosofía, por las que
obtendrá un reconocimiento unánime y sincero.
No obstante, con el transcurrir de los años se
fue debilitando el recuerdo de Oliván, hasta llegar a perderse en el olvido, bien
por ignorancia, bien, lo que es todavía más grave, por indiferencia; por ese
desinterés que desdichadamente siempre nos ha caracterizado a los aragoneses
cuando se ha tratado de estudiar y recuperar a nuestros ilustrados.
En nuestra opinión dicha indiferencia únicamente
puede ser explicada en clave de absoluta insensibilidad regional, vicio heredado de
una tradición profundamente centralista y uniformadora que en Aragón ha
encontrado un sorprendente, y triste, acomodo.
Ya en 1944, José Gascón y Marín rescata del
abandono a Oliván con un discurso en la Sorbona titulado: Oliván y la Ciencia de la
Administración; en 1954, el Instituto de Estudios Políticos reedita
su más importante obra: De la Administración Pública con la relación a España,
con un elogioso prologo de Eduardo García de Enterría; desde entonces poco a
poco se ha ido redescubriendo entre los expertos administrativistas la notable
figura de Oliván.
En 1996 algunos hechos aislados, pero
importantes, como la lectura de una tesis doctoral dedicada a su pensamiento
jurídico y político, y la celebración de un Congreso nacional en conmemoración
del segundo centenario de su nacimiento desarrollado en Huesca, han servido sin
duda como homenaje sincero a un hombre ilustrado e ilustre, que mejoró con su ciencia
y con su esfuerzo las condiciones de vida de los españoles, y que, habiendo
viajado por medio mundo siempre hizo gala de su carácter aragonés.
BIBLIOGRAFÍA:
- VICENTE Y GUERRERO, Guillermo, <<El
pensamiento político-jurídico de un ilustrado aragonés: Alejandro
Oliván>>, Rolde, Revista de cultura aragonesa, nº 79, Rolde de Estudios
Aragoneses, Zaragoza, enero - marzo de 1997.
- VICENTE Y GUERRERO, Guillermo,
<<Alejandro Oliván y Borruel. Vida y obra de un ilustrado
altoaragonés>>, Escuela Universitaria de Estudios Empresariales de
Huesca, Universidad de Zaragoza – Campus de Huesca, 1997.
- OLIVÁN, Alejandro, (firmado con el seudónimo: Un ciudadano
imparcial), artículo sin título, La Aurora de España, Madrid, 25 de mayo de
1820.
- OLIVÁN, Alejandro, (firmado con el seudónimo: Un ciudadano
que no gusta de partidos), artículo sin título, El Constitucional, Correo
General de Madrid, Madrid, 19 de Abril de 1821.
- OLIVÁN, Alejandro, Ensayo imparcial sobre el
gobierno del Rey D. Fernando VII; escrito
- GIL CREMADES, Juan José; NAGORE LAÍN, Francho;
SEOANE VACAS, Coral y VICENTE Y GUERRERO, Guillermo; LA CONFIGURACIÓN JURIDICO
POLÍTICA DEL ESTADO LIBERAL EN ESPAÑA – Actas del Congreso en Conmemoración del
Segundo Centenario del Nacimiento de D. Alejandro Oliván (1796-1996), Escuela
Universitaria de Estudios Empresariales de Huesca, Universidad de Zaragoza –
Campus de Huesca, 1997.