ANTES DEL ENCUENTRO
La soledad me iba invadiendo.
Inexplicablemente, una sombra lenta de tristeza nublaba cada ilusión y
cada alegría.
Como si el alma se hubiera estado secando el corazón se me llenó de
espinas.
Por momentos me sentía un cuerpo sin manos, una máscara sin espíritu:
alguien a quien se le escapa la vida.
Comencé a recordar que para todos y cada uno hay tiempos áridos de
soledad y tristeza.
Momentos que parecen destinados a una reflexión o a una búsqueda, y
sólo en el mejor de los casos, a un encuentro.
Un día descubrí que el calor y el aroma de las flores ya no me
alegraba; que el canto de los pájaros ya no me hacía cosquillas en los oídos.
Y lo que es peor, comprobé que ya no me importaban los problemas de
los otros, su manera de luchar y de esperar: esa obstinación necesaria de
vivir.
Un letargo indiferente me separaba de la soledad y de la muerte.
Había perdido la experiencia del dolor.
Como una marioneta sin sentido contemplaba a la pobreza y la
impotencia.
Ahora creo que me estaba muriendo de a poquito.
Y sin embargo, algo muy tenue, imperceptible si no hubiera tenido el
corazón en sintonía, me decía que todo estaba por cambiar.
Por debajo del invierno, una primavera nueva empezaba a rasgar la
nieve, a volver útil aquel viento enarenado.
Gracias a Dios la vida siempre gana.
EL
ENCUENTRO
Un día cualquiera, no sé muy bien cómo, descubrí su risa divertida.
Sonrió, como disculpándose.
Ya no recuerdo como empezó nuestro diálogo; pero de entrada me llamó la
atención su franqueza abierta y decidida.
No se dejaba abatir por la tristeza.
Envidié aquella mezcla de serenidad y de fuerza.
Pasaron luego los días y volvimos a encontrarnos.
Entre los dos hubo entonces un gesto cómplice: creo que fue un guiño o
una palmada.
Aunque esperamos otro poco para acusar recibo.
Suele ocurrir en los afectos. Sólo el tiempo es prueba: confirmación
u olvido.
Otro día advertí con sorpresa mis ganas de encontrarlo.
Supuse entonces que nacía una amistad.
Otro día, finalmente, de ésos que se dan cuando menos lo esperamos,
nos contamos nuestra historia.
Mejor dicho, la parte más íntima y secreta de nuestras vidas.
Aquella que reservamos celosamente, para compartir con unos pocos.
Aquello fue una prueba de confianza.
La expresión concreta de que queríamos ser amigos.
Nos necesitábamos.
Y dicen que la necesidad es una de las señales más seguras del afecto.
Vivimos entonces el alivio inefable que siente el que comparte.
Una serenidad nueva, nacida en comunión.
Ya nunca volveríamos a ser del todo solos.
De ahora en más, cada uno iba a ser para el otro testigo en el dolor,
cómplice de cada esperanza, engranaje fundamental de un mismo abrazo.
Para ambos nuestra amistad empezó a ser faro luminoso de cada
búsqueda, oído alerta y mano atenta.
Comenzamos a sentir la alegría del cuidado.
Al cuidar al otro, desde lejos, pusimos un poco de vocación de padres.
Al sentirnos cuidados, revivimos esa necesidad tierna del hijo que
somos todos.
Así descubrimos otro signo vital del afecto humano.
Desde aquel día luminoso, que conoció el alivio y el asombro del
encuentro, desde aquel día germinado en la alegría y en la paz, conocí el sabor
de la perfecta compañía.
Creo que empecé a ser persona. O sea testigo.
UNO Y EL
OTRO
Y tengo para mí que testigo es todo aquel que da testimonio de una fe,
de una esperanza, de un dolor, de una dificultad... Y también de una ilusión
obstinada.
Testigo es todo hombre que acepta nuestra decisión, la asume como
propia y la respalda.
Testigo es aquel que llora por un mismo dolor, que sufre una misma
injusticia y se nutre de un mismo ideal.
En tres palabras, testigo es quien comparte.
¿Quién podría salvarse, sin la posibilidad de ser testigo de los otros
y sin que los demás den testimonio de nosotros mismos?
Con mi amigo celebré muchas veces la alegría de estar vivo, el don de
la amistad, el sentirse verdaderamente útil.
Con mi amigo le he cantado en extraña igualdad, al triunfo de la paz,
a la marcha de los pueblos y a la belleza invalorada de una rosa.
Las grandes cosas y las más pequeñas tienen en común el soplo de un
Dios que da la Vida.
Con mi amigo hemos agradecido a Dios el regalo de nuestro encuentro,
la alegría de estar juntos, y también, el brillo de la noche cuando se viste de
estrellas.
Dios debe entretenerse cuando los hombres nos acordamos de agradecerle
lo más simple.
Es decir que con mi amigo hemos dado esa acción de gracias que cada
tanto nos vuelve más vivos.
OTROS
ENCUENTROS...
Somos incompletos.
¿Quién, entonces, que no ame con ternura, puede sentirse verdaderamente
entero?
¿Quién puede ser feliz, si no apoya su mano en otro hombro, y a su vez
puntal de ilusiones ajenas?
Un día mi amigo tuvo un problema y recurrió a mí.
Tuve entonces la alegría de ser playa, donde él pudiera descansar la
mirada.
Fui, por un momento, abrazo abierto para que el otro llorara sin
vergüenza.
Curiosamente, su llanto me humanizó.
Y es que una lágrima sincera tiene más elocuencia que cualquier
palabra.
¿Por qué será que los seres humanos escondemos las lágrimas frente a
los otros
¿Por qué será que nos avergonzamos de llorar y nos vanagloriamos del
insulto?
¿Por qué será que a veces mostramos solamente los dientes, para que no
nos vean pequeños, muertos de miedo?
¿Por qué será que no queremos aceptarnos hermosamente frágiles y
mansamente hermanos?
Frente a aquel llanto de mi amigo, yo sentí que mis palabras eran
tontas y mi abrazo escaso; que no podía ayudarlo demasiado.
Era grande su dolor y yo solamente, una pobre compañía.
Nunca sabrá que después de dejarlo lloré un poco de impotencia.
El dolor de los seres humanos parece ser más intenso que el consuelo
de las palabras.
Y sin embargo, de las palabras y del llanto suele explotar mansamente
la calma.
Será necesario decirles, con todo, que la amistad requiere una cuota
de dolor que la abone y que la siembre.
Sólo el dolor nos hermana.
Al día siguiente mi amigo corrió a mi encuentro, sonriente.
En la perpleja inutilidad que nos inunda, cuando nos sentimos
impotentes, mi abrazo silencioso había sido puerto, playa, seguridad y
firmeza.
El dolor compartido es un dolor más suave.
Todos nosotros somos niños, con la única necesidad de ser queridos.
Otro día fui yo quien reclamó ayuda.
La muerte golpeó tan cerca que me sentí desarmado y lloroso.
Como un niño busqué quien oyera mi dolor pequeñito, esa soledad y ese
silencio que rodean a la muerte y la definen.
Sentí el alivio de su mano en mi hombro.
Nada más. Y era todo.
Me miró, casi hermano, y con un guiño estableció otra vez la realidad.
El era otra poderosa razón para estar vivo.
Cien tardes me llevó conocerlo y otras tantas entenderlo.
Finalmente creo que sentí a grandes rasgos mi amigo era como yo lo
había imaginado.
La intuición espontánea es otro signo silencioso del afecto humano.
El Principito decía que para esperar a un amigo hay que preparar el
corazón.
Yo diría que esperarlo es juntar todas las ganas y hacerlas explotar
en un golpe o en una palmada.
A veces somos brutos para no ponernos tiernos. Otras veces nos
burlamos para no emocionarnos. !Cuántas cosas lindas nos perdemos por temor a
amarnos!
...Y
ALGUNOS DESENCUENTROS
De tanto en tanto mi amigo llama sin que yo logre oírlo.
A veces me aturdo en mi propio egoísmo. Y entonces construyo islas
seguras y calmas, donde nadie corre riesgos, donde nadie oye, ni llora, ni ama.
Hubo una vez que discutimos. No sé muy bien por qué, no lo recuerdo.
Todo empezó tan de repente, como un impulso incontenible.
Nos dijimos cosas dolorosas. Es más, creo que tontas.
Esa misma noche uno de los dos se anticipó a las ganas. Fue por
teléfono.
Me parece que fue una broma, un chiste también tonto el que ofició de
excusa.
!Qué gran generosidad la del olvido!
Mi amigo me enseñó entonces la grandeza del que se reconcilia en
humildad.
Y yo encontré, dentro mío, una hilacha de Dios: no me creo capaz de
perdonar y mucho menos de olvidar sin dolor.
Hubo también un día triste y seco, en que dejamos de hablarnos.
Como un demonio se cruzó la sordera del rechazo.
Los dos miramos entonces a un costado.
Creo que hasta nos quedamos perplejos, por lo callados.
Luego el tiempo pasó,
mansamente, como un río inadvertido.
Poco a poco retomamos las palabras, los encuentros, hasta los ritos
cercanos.
Ninguno quiso recordar el mal momento.
Fue extraño, muy extraño, ese silencio tan sabio, que ambos convivimos
para respetarnos.
Con mi amigo a veces, hemos dejado de vernos, entretenidos por tantas
cosas sin sentido.
He tenido entonces soledad en el hombro, el lugar tibio del abrazo.
He padecido nostalgia, miedo, un poquitín de muerte. Pero la vida es muchas
veces, todo eso.
IMÁGENES
DE LA AMISTAD
Mi amigo me enseñó la dulzura
del silencio, la grandeza del que calla, la humildad necesaria.
Mi amigo despertó en mí un
sentimiento inefable de confianza. Abandonar por un momento, corazas y
defensas, saber que en ese fuerte seguro de nuestra amistad, ya no habría
traición ni ataques. En la ternura germina la lealtad.
Mi amigo me contagió muchas
veces su alegría de hombre bueno.
Me regaló cuatro estrellas y
una escalera de luz para llegar al cielo.
Mi amigo me sembró de
esperanzas y me devolvió casi intactos, el bullicio del potrero, el café con
leche de mi infancia, el cielo azul de una tarde sin colegio.
Mi amigo es una promesa chiquita
de Dios que le puso corazones a los hombres para que pudieran comprenderse.
Mi amigo es un canto por
cantarse, a veces tan alegre como el encuentro impensado y otras veces triste
como el partir sin despedirse.
Mi amigo es una travesura buena
de Dios, que cambia mi tristeza en morisqueta.
Mi amigo es el que puede borrar
mis propias sombras en el estruendo de una carcajada.
Mi amigo es un mago que mete mi
drama en su galera para devolvérmelo después en globos de colores, en palomas.
Mi amigo es la lealtad que no
se proclama. Porque está entera y eso basta.
Mi amigo es un puerto donde
pasar las tormentas. Un oasis verde en mitad de mis desiertos.
Mi amigo es el que entiende aun
mis desencuentros. Porque espera, más allá, desde la calma.
Mi amigo es un valle repleto de
flores donde yo busco el color y el aroma de la vida.
Las violetas y los nardos, los
claveles, cada momento es rama, fruto o espiga.
En mi amigo admiré la nobleza
del que escucha, la humanidad del que duda, esa necesidad de la justicia, y ese
afán por siempre un poco más hombre, a pesar de seguir siendo necesariamente un
niño.
En mi amigo, espejo sabio,
encuentro a veces mis propios rasgos.
Sin hablar entiendo sus
palabras. Tan ancho y tan profundo es nuestro afecto que en él las virtudes florecen
y los defectos se callan.
Con mi amigo juego a veces a
ser un pequeño que no puede valerse por sí mismo. Entonces y por un momento él
me entiende como un padre y me espera y me empuja o me da ánimo.
Para entender a los hombres no
hace falta ser Dios, basta con haber sido niño.
Mi amigo a veces se confiesa
como un pecador o como un niño.
Y yo, que entonces siento el
impulso de ser abrazo, silencio o ruego, por un momento comprendo que Dios debe
ser misericordia, porque El ama y el amor comprende, sin ser herido.
Mi amigo es por momentos un
silencio inextricable que debo aprender a respetar.
Cuando llora mi amigo es un
niño que necesita ser cuidado.
Cuando mi amigo ríe las
estrellas se encienden y salen a correr por las mejillas.
A veces cuando me siento solo
extraño el silencio compañero de mi amigo.
Mi amigo es un hombre repleto
de nombres. Su historia no es la mía, pero me siento responsable de cada una de
sus tristezas y partícipe en muchas de sus alegrías.
Los amigos de mi amigo a veces
me despiertan celos. Pero después comprendo que todos nos completamos.
Mi amigo es una cumbre donde
puedo mirar sin caerme. Mi amigo es el pozo mullido donde caigo sin golpearme.
Mi amigo es un hombre en quien
celebro lo mejor de los hombres. En él yo canto a mi poca humanidad dormida y
despierto así, sin darme cuenta, al espíritu de un Dios que nos hermana y que
nos suelta a amarnos porque antes forjó nuestro destino de pájaros.
AQUÍ Y
AHORA
Muchas veces ya hace tiempo imaginé con mi amigo el crecimiento de la
vida.
Nos soñé entonces ya doctores o abogados. Hombres grandes, ya muy
serios, que nunca abandonarían la sencillez del afecto.
Muchos años después encontramos caminos diferentes. Desde entonces
nuestra relación creció de otra manera.
Firme y sólida, conserva sin embargo, aquella candidez que la hace
joven, el saberse necesario y, tal vez, el saberse seguro para siempre del
amparo.
Recuerdo que en una de estas Navidades volví a escribirle una tarjeta.
Al final se me escapó un " tu hermano que mucho te quiere". !Qué
cosa la vergüenza! Nunca más hablamos de ella.
El hombre es un destino hacia
otros hombres; una canción compartida y por lo tanto, la herida gozosa y
necesaria de unirse en amistad.
Como diría Mamerto, somos del
amigo, humilde huella, y a veces, sin quererlo, su luminosa estrella.
Por eso es, mi hermano, mi amigo,
que quise decirte una vez más, mi canto nuevo.
Aquel que todos los días descubro
sorprendido.
El canto constante de un hombre para quien el amigo es símbolo del encuentro
con los demás hombres.
Destino de pájaros y vocación de encuentro, en el abrazo humano se
funde lo poco que nos pertenece, lo único que nos redime.
Amigo: no te mueras, no te canses, no te vayas.
Déjame ser, entre los juegos, un poco niño, un poco loco, un poco
sabio.
Sin vos me sentiría repentinamente solo, indefenso vago, en un mundo
hostil, sin caras tiernas, desnudo de piedad y vacío de abrazos.
AMISTAD: VOCACIÓN DE ENCUENTRO
TATO ORTEGA
EDICIONES
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