Autor: Pbro.
Enrique E. Fabbri - Sacerdote Jesuita, doctor en Teología por la Universidad
Gregoriana de Roma. Se especializa en antropología de la sexualidad, pareja
humana y familia. Es director del Centro de Población y Familia del CIAS.
Introducción.
Ante una
visión distorsionada y reduccionista de la sexualidad, especialmente desde los
medios de comunicación, se promueven una mentalidad y comportamientos humanos
cuestionables, hasta desde el punto de vista de la psicología y la salud
mental.
Se reduce el
amor a la sexualidad y ésta a lo meramente genital; se mira al sexo
exclusivamente como instrumento de placer. Están totalmente ausentes temas de
gran importancia como las relaciones interpersonales de respeto y entrega al
bien del otro; sentido del amor en la pareja; inquietud por madurar integral y
armónicamente en esas relaciones; elaboración de un proyecto de vida; todo como
requisitos básicos y previos para que la sexualidad, no solo de la joven, sino
del joven, sea humana, responsable y plenamente satisfactoria.
Los padres de
familia y educadores han de ser rectamente informados y ayudados para poder
educar a sus hijos en la sexualidad de una manera responsable e integral, para
que sea un serio y maduro lenguaje del genuino amor, y para adquirir un sentido
de la vida humana que de unidad a la persona en todas sus actividades y
comportamientos.
Se trata de
ver si existe en el ser humano una pauta que señale los valores universales del
comportamiento sexual, por debajo de todas las interpretaciones y variaciones
que la sexualidad ha recibido en las diversas culturas de la humanidad.
Orientaciones.
La tendencia a presentarlos hechos en total prescindencia de si son o no
verdaderos valores humanos, trae consigo el peligro de establecer como criterio
de valores verdaderos lo que hace la mayoría. Se cae así en el riesgo de
presentar determinados hábitos y comportamientos sexuales como en sí
inofensivos, cuando en la realidad están muy lejos de serlo. Un ejemplo de muestra:
aceptar las relaciones sexuales entre adolescentes por el simple hecho de que
la mayoría lo hace y sólo recomendar el uso de anticonceptivos para que no se
produzcan embarazos no deseados, ¿es en verdad la mejor manera de encarar este
problema?.
Muchos de los
planteos actuales no sirven para educar la sexualidad de nuestros jóvenes y
hacer de ella un serio y maduro lenguaje del genuino amor. Sus consecuencias
son muy dolorosas: dejan un enorme residuo de personalidades frustradas,
resentidas, amargadas y destructivas.
Por este
camino la persona se va deshumanizando en forma progresiva y puede llegar a
deshacerse por el exceso en el alcohol, la drogadicción, el juego desenfrenado,
la violencia, la promiscuidad sexual... Mientras no se sepa o se quiera tomar
con seriedad el sano proceso de la educación para el amor, se hará muy difícil
llegar a una "Argentina mejor".
Para una
formación integral de la sexualidad se ha de tener en cuenta los siguientes
presupuestos:
1. Sólo se
logra un maduro ejercicio de la sexualidad dentro de un proceso integral de
maduración de la personalidad, que trasciende el mero ejercicio de la
genitalidad.
2. Si la
sexualidad se aborda en forma parcial y reduccionista, no se logra la meta
propuesta.
3. Es un error
creer que el placer genital es un valor absoluto. Este vale cuando la persona
aprende a vivir en el amor, el cual guarda una relación intrínseca con el
sentido que se da a la vida humana y los valores éticos de comportamiento a los
que uno se compromete consigo mismo y con los otros.
4. Información
y formación han de ir juntas para facilitar en los adolescentes la capacidad de
tomar decisiones libres desde su propia interioridad.
5. Ha de
quedar bien en claro el respeto a los derechos fundamentales de los padres y de
los hijos en el ejercicio de este proyecto educacional. A las instituciones
(oficiales o privadas) les corresponde una ayuda subsidiaria que complete y
supla lo que cierto tipo de padres, por su carencia de formación, no pueden o
no saben dar a sus hijos.
Ser persona.
Por su cuerpo
la persona se hace presente en el mundo, lo asume en su espacio y su tiempo.
Por su sexo la
misma persona manifiesta su modo o manera diferenciada de alterativa de ser en
ese espacio y tiempo cósmico e histórico. El sexo da los modos de ser, implica
toda la persona colorea todas sus actitudes reaccionales.
Entre persona
y sexo no existe prioridad, sino correlatividad: la persona es sexual y el sexo
es personal.
Por eso la
sexualidad es en sí una fuerza ambivalente. Y es fundamental que el hombre
descubra su verdad. Esa la encontrará en el centro de su ser humano, en su
profundidad nunca totalmente penetrable.
Ser humano es
reconocer ante todo en el otro mi semejante -la línea de la igualdad, y al
mismo tiempo, en mi semejante, un otro diferente -la línea de la diferencia.
Ser y conocer
se relacionan profundamente: conocer al otro sexo es negar a ser uno mismo; ser
plenamente uno mismo es conocerse para el otro.
El varón y la
mujer sólo llegan a ser lo que son en la reciprocidad de un enfrentamiento
concreto e histórico que los compromete a ambos, haciéndolos mutuamente
responsables. Sólo en esta reciprocidad experimentan lo que son.
Sólo se es
uno-mismo por el otro; esto es lo que fundamentalmente expresa la sexualidad.
Es aprender a relacionarse con el otro sexo de tal manera que contribuya a la
plenificación integral de ambos como personas y al logro de sociedades
solidarias Llegar a ser persona, responsable, libre, creadora, es también
ayudar al otro a hacerse mujer o varón.
Esto supone la
renuncia a sus prerrogativas arbitrarias o ya caducas (v. gr. machismo,
feminismo.... ) y el reconocimiento de la originalidad del otro sexo.
Pues entre los
hombres no hay algo más igual y al mismo tiempo más diferente que dos seres
humanos de sexo distinto.
Es la
presencia de dos personas, una frente a la otra (en un cara-a-cara) de comunión
y participación, en actitud de mutuo respeto, apertura y donación. De allí
surge la originalidad del otro y de uno mismo. Ésto da lugar al encuentro desinteresado
con el otro, que brinda a cada uno la nueva dimensión de su ser, lo imprevisto,
lo creativo, lo irreducible a toda codificación. Este es el modo originario del
mismo ser humano: ser el uno para el otro una continua inspiración e invitación
a ser plenamente hombre, descubriendo y asumiendo el sentido y la dinámica
profunda de su ser.
En otros
términos, el ser humano exige la presencia del otro para llegar a ser él mismo.
Y el otro por excelencia para el varón es la mujer, como para la mujer es el varón.
Uno para el otro, en el otro y por el otro es más plenamente si mismo porque
siendo igual, no es del mismo sexo, y por eso de mayor originalidad.
Por eso el
hombre que se mantiene aislado no logra su plena dimensión de persona humana, y
es particular, de persona sexuada. Esta promoción del varón y de la mujer se
mantiene en una especie de ambigüedad mientras no se afronte ese proceso en el
sentido de un desarrollo integral del ser femenino y masculino en su
originalidad sexuada.
Mujer y varón
que se comprometen a respetar y promover la libertad del otro en su propio
proyecto de vida y amor, dan lugar a un proceso de humanización. Se va logrando
en la medida que entablan relaciones maduras, impregnadas de respeto, de mutuo
afecto, de comprensión y de cooperación creadora.
Sólo así se
obtiene un enriquecimiento integral de la personalidad de ambos cuyo aspecto
principal es la ternura.
Adolescencia.
El mundo del
niño se rompe cuando despierta en el ser humano su capacidad de concepción y
procreación. Es un signo bien abierto, porque comienza por la pubertad. Esta
especie de explosión en su ser bio-psíquico, los hace inseguros e inquietos;
por eso se hacen difíciles a las indicaciones autoritarias y al influjo ético
religioso.
Su tendencia
sexual, que se ha despertado con intenso empuje de actividad, pero todavía no
bien entendida ni asumida por ellos, ni integrada en la totalidad de su vida,
los hace fácilmente agresivos o huidizos del ambiente de los mayores.
Elaboran una
reserva secreta, que se desvincula fácilmente del ambiente de los adultos y
trae consigo fantasías y deformaciones de todo tipo. Por eso se habla de las
subculturas de los adolescentes.
Esta realidad
es como una invitación que el ser humano recibe a interpretarse, a aprender a
leer en sí mismo, para poder descubrir cuáles son las dinámicas, las metas de
esa explosión de su personalidad que básicamente le esta diciendo: "eres
de alguien y tienes que llegar a algo".
En este
proceso el adolescente encuentra una triple ausencia en este mundo en que lo
vivimos:
- ausencia de criticidad,
- ausencia de calor humano,
- ausencia de creatividad.
El adolescente
crece integral y armónicamente y experimenta la alegría de madurar, a pesar de
sus momentos inevitables de perplejidades, desalientos, tristezas y enojos, si
se va autorrealizando mediante la propia opción por ambientes que faciliten su
expresión creadora, su desarrollo psico social, su comunicación personalizante
con los demás.
Este sano
orgullo y esta alegría son el magnífico fruto que crecerá en su corazón, si
quieren seria y sinceramente aprender a amar. Descubrir lo que es el amor, la
más alta expresión del ser humano, sólo se logra al término de una larga
educación, que los toma desde su primera infancia. El amor asumido en toda su
integridad los abre al misterio de su ser y de los otros para proyectarlos más
allá de sus pulsiones y emociones preconcientes, no para negarlas, sino para
ponerlas al servicio de sus personas.
Esta es la más
delicada y la más difícil de toda su educación. Y en ella los adolescentes son
los protagonistas principales. No hay misión más noble que la de ayudar a
jóvenes a descubrir el verdadero amor y a querer vivir en él por la mediación
del cuerpo sexuado, como la más alta manifestación de la madurez humana. Y sólo
irán madurando armónica e integralmente, si se comprometen seria y
prácticamente en adquirir una rica capacidad de amar como conviene a la
dignidad del hombre sexuado, varón o mujer.
Esta capacidad
de amar consiste en que se hagan capaces de establecer relaciones de
cordialidad, de comprensión y de colaboración con el otro, sea del propio o de
distinto sexo.
Es el efecto y
fruto más rico del desarrollo integral de la personalidad hacia la madurez
integral, en el que la sexualidad es su lenguaje, aunque no la única y
principal causa de ese proceso. Ella es uno de los factores que dan a la vida
de cada uno los rasgos principales que la distinguen.
Mientras
contemos con jóvenes que proyecten su vida sexual como lenguaje de un amor
rnaduro y generoso, abierto a los demás y con un sentido serio y delicado de la
vida, entonces podemos augurar el logro de una sociedad más solidaria.
La juventud es
principalmente una actitud de corazón frente a la vida. La logran los que, con
la ayuda de los adultos maduros (padres, educadores, etc.) han podido
descubrir, custodiar y promover los valores de las dos edades que han vivido:
la niñez (que ya acabó) y la adolescencia que están viviendo.
La
antropología de la adolescencia, va más allá de la biología, la psicología y la
cultura, pero tiene en cuenta todas esas instancias para poder ayudar mejor al
ser humano a crecer en una forma integral, es decir no descuidando ninguno de
sus aspectos; y en una forma armónica, es decir, dándole la ocasión de que
verdaderamente su presencia sea agradable para el mismo y para los demás.
Cuanto mejor
se monten las sociedades en función de ello más fácil será el logro de nuevas
generaciones en el planteo de buscar la verdad, vivir en la libertad, promover
la justicia y construir en el amor.
Pautas de acción.
1. Dar a la
educación de la afectividad y la sexualidad una primordial importancia en la
evolución psicológica de nuestros hijos. Esto exige saber presentarla corno el
lenguaje del amor humano
2. Situar la
crisis actual de la sexualidad dentro de la crisis más amplia y profunda de la
personalidad y de la cultura.
3. Comprender
la psicología en la evolución de los adolescentes que a primera vista muestran
comportamientos aparentemente contrapuestos.
4. Dar lugar a
que padres y maestros sepan capacitarse para que personalmente y en conjunto,
formando una comunidad educativa, puedan transmitir a los adolescentes los
valores fundamentales de la vida que conllevan una conciente educación del amor
y su sexualidad.
5. Insistir en
la responsabilidad de Ios mass-media de mostrar y promover la dimensión social
de la sexualidad como lenguaje de un genuino amor humano.
La nueva
generación siempre conserva dentro de sí un germen vital de renovación y
creatividad. Hay que saber suscitarlo y alimentarlo para que pueda crecer la
esperanza de construir un mundo mejor del que esta sociedad consurnista quiere
dejar como herencia. Y no es un engaño esperar que surja una generación de
chicas y muchachos que muestren para bien de la humanidad la grandeza de
corazones que se juegan por los valores del amor y se niegan a dar libre curso
a los "instintos" egoístas que rebajan y destruyen al hombre.
Bibliografía
Amor, familia
sexualidad, E. Fabbri, Latinoamérica Libros, BA, 1985.
Pastoral de la
realidad sexual (II), E. Fabbri, Revista CIAS, Nº 287, octubre 1979.
Adolescencia,
tiempo de dudas y esperanzas, E. Fabbri, Ed. Bonum, BA, 198 1.
Vivir y
consumir la sexualidad, E. Fabbri, Revista CIAS, Nº 407, octubre 199 1.
La educación
en la escuela, A. Altamira, Proyecto educativo Nº 11, Ed. Don Bosco, 1991.
Didáctica de
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Jóvenes.
Consumir o vivir la sexualidad. E. Fabbri, Revista Criterio, Nº 2077,
Septiembre 1991.