El arte
romano-británico
Para entender e interpretar las obras de arte producidas en Britania
durante el período de ocupación romana, es preciso algún conocimiento sobre las
características peculiares del arte romano y del arte céltico. Éstos eran muy
distintos entre sí, y su combinación originó diversos resultados.
El arte romano, a diferencia del griego, era realista, intentando
representar un ser existente de la manera más veraz posible. Las esculturas
romanas son sólidas, de forma maciza, y parecidas al ser humano, al dios o al
animal que representan. Por el contrario, el arte primitivo de los celtas era
abstracto; se interesaba más por las líneas que por los cuerpos, creando
figuras que parecían venir de un mundo onírico. Es posible que en el comienzo
de su historia las figuras célticas fueran representaciones estilizadas de
objetos reales, evolucionando con el tiempo en diseños abstractos y
ornamentales. Podría decirse que el arte romano era “extrovertido” y el celta
“introvertido”.
Existen cuatro tipos principales de restos artísticos de este período
de la historia británica. Las obras que no pertenecen a ninguno de estas clases
son en su mayoría pequeñas imágenes de divinidades o animales, de baja calidad,
probablemente para el culto privado de las clases bajas. Es difícil
considerarlas “artísticas”; algunas de ellas podrían haber sido juguetes
infantiles.
La primer categoría importante es el arte clásico grecorromano. No es
diferente del que se encuentra en el Continente; de hecho la mayor parte de
estas obras podrían haber sido importadas. Otras son probablemente obra de
esclavos griegos, o de galos entrenados por ellos. Un buen ejemplo es la cabeza
de Constantino el Grande (comienzos del siglo IV) encontrada en Eboraco. Dos
veces mayor que el tamaño real, parece haber sido realizada por un artista de
origen mediterráneo. La escultura, hecha de piedra local, muestra rasgos
vigorosos y realistas. Otra muestra del arte clásico es una estatua de Mercurio
de cuerpo completo, desnudo, realizada en bronce en el siglo II. Fue encontrada
en Camuloduno y se encuentra actualmente en el museo de Colchester y Essex.
Esta categoría se manifiesta también en trabajos de metal, de los
cuales el más conocido es el “Tesoro de Mildenham” (siglo IV). Se trata del
servicio de cena (cubiertos, tazones, platos, etc.) de un adinerado dueño de
una villa en Britania, quien aparentemente lo enterró al temer una invasión
sajona y nunca lo recuperó. Todos los utensilios son de plata exquisitamente
trabajada. La pieza principal es un gran plato redondo perfectamente
conservado, con relieves representando una máscara de Océano, formada a partir
de algas, delfines, caracoles, tritones, nereidas... Las pinturas y mosaicos
que adornan las casas pertenecen todas también al estilo clásico.
El segundo tipo de arte está constituido por una fusión de los estilos
romano y celta, producido por hábiles artistas locales que, al copiar el estilo
clásico, desplegaban al mismo tiempo su propia individualidad. Un ejemplo
sobresaliente es la cabeza de Medusa que está en el centro del escudo del
templo a Minerva en Bath. El templo es clásico, y la representación de Medusa
también; pero su técnica está lejos de ser clásica. No se trata de una
escultura sobresaliente de la superficie en la que está, sino de un diseño
gráfico, linear, cuyas curvas y juegos de luces y sombras revelan claramente
una mano céltica.
En algunos casos los artistas nativos crearon esculturas realmente
tridimensionales, pero imprimiéndoles sus características personales. Es el
caso de una pequña cabeza humana encontrada en Gloucester, que está claramente
inspirada en alguna estatuilla romana. El tema es clásico y representacional,
pero el espíritu céltico se advierte en el tratamiento de los rasgos faciales,
y las líneas del cabello forman un diseño típicamente celta. Existen otras
obras en las que el estilo local predomina claramente sobre el romano, como en
la cabeza de un dios celta que está en un museo de Carlisle. Los ojos, la nariz,
las mejillas y la boca son formas muy esquemáticas que semejan cubos o
rectángulos, pero el conjunto tiene un aura sobrenatural, extramundano, y un
tanto aterrorizante. En el mismo museo hay una lápida con la figura de una
madre con su hijo, en la cual las líneas de los vestidos y del abanico de la
dama son profundas y casi paralelas. El juego de luces y sombras, al mismo
tiempo que la falta de proporción entre las figuras, son cosas que ningún
artista grecorromano hubiera podido realizar.
Lamentablemente, esta notable combinación del arte romano y el céltico
no duro más allá de los siglos II y III (primera época después de la
conquista). Posteriormente el antiguo espíritu celta desaparece, por razones
que no se conocen con exactitud. Es probable que, viviendo en un mundo
totalmente romanizado, los nativos olvidaran sus hablidades ancestrales, o
quizás la presión del arte clásico se hizo demasiado fuerte como para
resistirla. El caso es que a comienzos del siglo III encontramos ya el tercer
tipo de arte: obras realizadas por artistas locales que intentan reproducir los
modelos clásicos de Roma, pero desconociendo los principios que los guiaban y
faltos de la destreza requerida. Esta categoría, por lo tanto, produjo obras
inferiores en calidad (pero no en cantidad) a las dos anteriores.
Una muestra típica la constituye la estatua de un Genio, realizada en
imitación del modelo clásico, pero con elementos célticos como un diseño de
líneas paralelas en la ropa. Pero, a diferencia de los casos anteriores, esta
figura carece de las más elementales proporciones (su cabeza y su mano
izquierda son ridículamente grandes) y el diseño geométrico tampoco presenta la
gracia y libertad del arte céltico tradicional. Un ejemplo aún inferior es el
relieve de Bremenio que presenta tres figuras femeninas, una de ellas
bañándose. El tema parece ser Venus con sus servidoras, pero más
que la diosa de la belleza y el amor, la figura central parece la caricatura de
una rana.
En la cuarta categoría se ubican los ejemplos de arte puramente celta,
que siguen realizándose en los años siguientes a la conquista. Los objetos (metálicos)
sobre los que se trabaja son romanos, pero su decoración es puramente céltica.
Un ejemplo bastante común son los broches o prendedores para la ropa, que
aparecen decorados con motivos abstractos de líneas curvas, inconfundiblemente
célticos. Estos remanentes del arte antiguo desaparecen en el siglo II.