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Más sobre este recurso: Catalogado en base de datos como: Autos: Agregado: 12 de ABRIL de 2000 | Palabras: 3170 | Votar! | Sin Votos | Sin comentarios | Agregar Comentario Categoría: Apuntes y Monografías > Literatura > |
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Monografía Sobre
Autos (Literatura)
Autos, expresión genérica que agrupa el conjunto de
representaciones dramáticas, cultos, ritos litúrgicos y otras prácticas
festivas religiosas y profanas que tienen su origen en la edad media.
Desde una
perspectiva cronológica general los autos engloban una gran variedad de piezas
teatrales breves entre los siglos V y XVIII. De sus manifestaciones primitivas,
que según los testimonios generaron escándalo y persecución, no se conserva
ninguna muestra. Los autos surgen a partir del abandono de los modelos
teatrales grecolatinos (tragedias dionisíacas y heroicas, comedias burlescas y
de costumbres) y se configuran a través de representaciones de marcado carácter
popular y satírico.
Fuera de España
sus orígenes se remontan a las alegorías profanas, los juegos, las moralidades
y las farsas. En España estos géneros se integraron en los 'juegos de
escarnio', que ponían énfasis en el tono burlesco y ácido de composiciones que
se auxiliaban muy a menudo de la improvisación en escena, estimulada por el
público.
En su variante
religiosa los autos, siguiendo el principio tomista de 'entretenimiento
morigerado e inocente', se convierten en representaciones de diversos episodios
bíblicos, vidas de santos y ceremonias litúrgicas y rituales. Se escenificaban
en la mayoría de los países de Europa coincidiendo con las fechas más señaladas
del calendario religioso católico (Corpus Christi, Navidad, Carnaval, Semana
Santa) y de su carácter litúrgico y didáctico original evolucionaron a partir de
1210 cuando, para subrayar su carácter teatral, por un edicto del romano
pontífice quedaba prohibido a los miembros de la Iglesia intervenir en público
sobre un escenario.
Teatro y fiesta
Desde una
consideración temática, entre los autos se distinguen los milagros, las
moralidades, los misterios y los autos sacramentales. Su celebración, como han
subrayado numerosos tratadistas (Dámaso Alonso, Rafael Lapesa, Edward Wilson,
Duncan Moir, José María Díaz Borque, Eugenio Frutos Cortés, Marcel Bataillon,
Ángel Valbuena Prat, entre otros) relaciona el sentido ritual de la propia
fiesta con fines como la exaltación y difusión de la doctrina religiosa, el
aleccionamiento de los fieles, el prestigio de la Iglesia católica, de sus
representantes y valedores. Es por ello que al representarse, y dada siempre
una mayor o menor participación del pueblo en los autos, los textos que los
originan pierden parte de su condición de literatura escrita y escenificada, en
sentido estricto, para conjugar otros numerosos elementos que pertenecen a la
esfera dramática y festiva, así como también al ámbito sociopolítico y
religioso en que surgen.
En una primera
época, dentro de su vertiente religiosa, los autos tenían por objeto propagar y
hacer accesible a la feligresía, en un lenguaje simbólico sencillo, el conjunto
de los dogmas teológicos de la fe católica. Esto se correspondía a una
resolución institucional que tendía a resolver el desconocimiento popular del
latín, idioma oficial de la Iglesia y en el que se celebraba la misa. En su
forma arcaica el Auto de los Reyes Magos, que se remonta a los siglos XII y
XIII, constituye el documento dramático más antiguo que se conserva escrito en
castellano.
Por su propia
naturaleza y estructura el auto pretende asentar la demostración de una verdad
cristiana. El mecanismo es dialéctico, en cuanto suele fundamentarse sobre la
mítica confrontación entre las fuerzas del Bien y del Mal, con el refuerzo de
elementos pintorescos, cómicos, melodramáticos y con mayor frecuencia,
alegóricos.
Contra la
complejidad de la tragedia griega o las sutilezas de las comedias romanas, el
auto se fundamenta sobre el mecanismo de una simplificación absoluta, pero
eficaz: la ira choca contra la templanza, la misericordia se enfrenta a la
impiedad, la generosidad anula la avaricia, la vida eterna se impone sobre la
muerte, el perdón vence sobre el rencor. Estos rasgos y su capacidad de
adaptación a valores dominantes en diversas épocas en la vida de cada
comunidad, lo convirtieron en un género utilizado con gran éxito, incluso en el
plano plástico, en las empresas de evangelización de los pueblos americanos que
a partir del siglo XV sucedieron a la conquista española.
Las obras se
desarrollaban en ciclos o secuencias encadenadas, caracterizadas por la
brevedad. A menudo, cada episodio era interpretado por miembros pertenecientes
a uno o varios gremios profesionales de la ciudad donde se representaba. Los
ciclos tendían a presentar la cosmovisión cristiana de Dios, desde la génesis
de la humanidad y el universo hasta el Juicio Final, recurriendo a personajes
populares para el público, que los autores extraían con frecuencia de la
tradición religiosa, de las fuentes bíblicas y los relatos mitológicos.
Asimismo, sobre todo en Inglaterra, los ciclos más conocidos tomaban su nombre
de las ciudades donde solían representarse. Destacaron los de Chester (25
escenas), Wakefield (30 escenas), York (48 escenas) y, de estructura similar a
las ya citadas, los de Norwich y Coventry.
Los autos se
representaban dentro de los templos o los claustros, pero con posterioridad se
desplazaron a las calles y las plazas públicas, donde a menudo las
interpretaciones tenían lugar en escenarios montados en carros. Cada gremio de
los burgos y de las urbes nacientes asumía la representación de una escena
concreta y la escenificaban en su propia carroza. La movilidad intrínseca del
medio permitía repetir varias veces la función en lugares distintos.
Milagros,
misterios y moralidades
Los milagros
tenían como tema fundamental los actos prodigiosos atribuidos a los santos
aunque con mayor frecuencia su nudo se centraba en escenas tomadas del Antiguo
y el Nuevo Testamento, donde los autores encontraban inspiración. Se
representaban durante la Pascua y en otras fechas de especial significado
religioso. Adquirieron una estructura formal definida a finales del siglo XIII
o principios del XIV, aun cuando su apogeo llegó durante los siglos XV y XVI,
en que ya es predominante la orientación barroca de los autos.
Autores anónimos
añadieron a las narraciones bíblicas diversas escenas, concebidas a la manera
de breves comedias realistas, que aludían a disquisiciones y problemas que se
vivían en el momento de la representación.
Una obra que
alcanzó una gran difusión en Inglaterra fue Second Shepherd's Play (La segunda
obra del pastor), integrada en el ciclo de Wakefield. En este auto,
que presenta a un grupo de pastores que vigilan su rebaño a lo largo de la
noche del nacimiento de Jesús, el argumento principal se interrumpe y da pie a
un episodio cómico, en el que una oveja es robada y el ladrón, acorralado,
oculta su botín en una cuna, que presenta a los pastores como una niña recién
nacida.
Los misterios,
también llamados 'obras de Corpus Christi', por ser esta la celebración en que
se representan, son equiparables a los milagros. No obstante, los estudiosos
los distinguen al considerar misterios a todos los tipos de teatro medieval
arcaico cuyos autores extraían sus temas de los evangelios, ciñéndolos a su vez
a las vidas de santos, en tanto los misterios se refieren con mayor énfasis a
la vida y pasión de Cristo. Piezas muy elementales fueron enriqueciéndose con
el paso del tiempo hasta implicar en su representación a pueblos enteros,
llegando a abarcar temas que tenían como protagonistas a la Virgen María, a los
apóstoles y a otros personajes bíblicos. Famosos fueron los misterios que
versaban sobre acciones atribuidas a san Nicolás, santa Catalina y san Pablo, y
gozaron desde el siglo XII de gran popularidad en Centroeuropa, Francia e
Inglaterra. En España los misterios tuvieron importancia durante el siglo XV en
Aragón y en algunas zonas de Levante, destacando el Misterio de Elche, que
conmemora la asunción de la Virgen y que sin interrupción, desde el siglo XV,
se representa cada año. Los misterios son considerados el precedente más claro
de los autos sacramentales.
Las moralidades,
que gozaron de gran popularidad entre el siglo XV y principios del siglo XVI,
respondían al propósito de la Iglesia de ilustrar al público acerca de la
actitud cristiana ante la muerte. El motivo central de estas obras aborda la
confrontación entre el Bien y el Mal en el alma de los hombres, aunque la obra
siempre concluye con la redención de sus protagonistas. Los personajes de las
moralidades no son santos o personajes bíblicos, sino alegorías. Muchas obras
son anónimas.
En Francia la
moralidad más antigua data del siglo XIII, fue escrita por Esteban Layton y
refiere según el lenguaje medieval, cómo Verdad y Justicia acusan a Adán ante
el tribunal de Dios atribuyéndole la responsabilidad del pecado original. Adán
es defendido por Paz y Misericordia. En Inglaterra, en cambio, la moralidad más
conocida es Everyman
(El
hombre), que data de finales del siglo XV y al parecer derivó de
fuentes holandesas que se adaptaron en diferentes países y que, en su versión
española, realizada por autor anónimo, se conoció como La disputa del alma y el cuerpo.
En esta obra el protagonista es una verdadera abstracción de la humanidad y
extrae conclusiones del hecho de que, en tanto se interna en el Valle de la
Muerte acompañado por la alegoría 'buenas obras', todos los bienes materiales
que ha obtenido a lo largo de su vida pueden ser abandonados.
Autos
sacramentales
Los autos
sacramentales poseen una estructura más compleja que los géneros dramáticos que
los preceden en el tiempo y suponen la expresión culminante del teatro
religioso del barroco.
En líneas
generales consta de una introducción, denominada loa, y culmina con una serie
de cantos —villancicos en la mayoría de los casos— y bailes que desembocan en
la salida de escenario de los actores o en un final apoteósico que resalta la
naturaleza de las festividades donde halla su origen. Sus temas fundamentales
se extraen del misterio de la eucaristía y de los sacramentos de la Iglesia
católica, y su misión consiste en resaltar la trascendencia de acatar y cumplir
las verdades y principios de la fe, así como proclamar con intención
ejemplarizante los beneficios que procuran al alma. No obstante, al tratarse de
un género cultivado por autores egregios y donde se actúa con una gran
liberalidad técnica, presenta en numerosas ocasiones elementos distintivos que
exceden el ámbito de una caracterización única y homogénea.
Pionero del
teatro renacentista español fue Juan del Encina (1469-1529), aun cuando el
reconocimiento de sus obras, églogas dramáticas (Cristino y Febea, Auto del Repelón,
Plácida y Vitoriano, Filomeno, Zambardo y Cardonio, entre otras), lo
halló en Roma a partir de 1498, protegido por el papa español Alejandro VI.
Oriundo de Salamanca, influido por la poesía de Virgilio y el teatro medieval,
Juan del Encina escribió y logró representar breves piezas en los círculos
cortesanos italianos y españoles que pese a su abundancia de artificios y
elogios al poder, conquistaron el favor de numerosos nobles y le proporcionó
gran celebridad en su tiempo.
En sus obras,
todas ellas de tema pastoril si se exceptúan dos églogas inspiradas en la
pascua cristiana, Juan del Encina aparece como heredero de las alegorías
clásicas, pero sus autos no son ajenos al sentido de celebración religiosa
familiar, las charadas y las comedias cómicas. La capacidad de transformación
de sus personajes (pastores o cortesanos que se convertían en campesinos, para
recobrar su categoría originaria o ascender al rango de los predicadores evangélicos
en el desenlace de la obra) y la simplicidad de sus relatos, muy a menudo
galantes y sometidos a continuos y rápidos cambios de tonos y situaciones,
sostienen la emotividad en que culminan sus autos, verdaderos cantos de
glorificación de Cristo y de las potencias redentoras del amor. En Plácida y
Vitoriano, donde homenajea a La Celestina de Fernando de Rojas, Venus
interviene para resucitar a una joven que se ha suicidado por amor. Elogiado
como poeta y músico, ensalza las atmósferas rurales y al pastor como espacios y
arquetipos que se convertirían en recursos frecuentes en el teatro del Siglo de
Oro español, definitorios por igual de las virtudes y bajezas de la condición
humana.
La influencia de
Juan del Encina se manifestaría en los primeros autos del portugués Gil Vicente
(1465-1537?), a quien Dámaso Alonso consideraba el más delicado de los
dramaturgos del siglo XVI. Los pastores del Encina se transforman en vaquerizos
que conmemoran el nacimiento de Cristo en el teatro religioso de Gil Vicente (Auto da
Vicitaçao, Auto pastoril castelhano y Auto dos
Reis Magos), pero más tarde se desprende de tales ascendientes para
adquirir personalidad propia en obras como Auto de São Martinho, recreación del
episodio en que san Martín parte su capa para abrigar a un pobre, destinada a
celebrar el Corpus Christi de 1504, Auto da Sibila Casandra y, ya entregado a
las posibilidades que halla en la alegoría, la 'trilogía de las Barcas': Auto da
barca do inferno, Auto da barca do purgatorio y Auto da
barca da gloria (escritas entre 1517 y 1519), donde conforma un
ciclo que se inspira en la Danza de la Muerte, motivo muy usual en la
literatura de aquellos años.
La producción de
Gil Vicente marca la cima más alta que alcanza el teatro religioso del siglo
XVI, hasta el punto de que en las postrimerías del siglo, y ante la degradación
de los elementos y las formas teatrales de aquel tiempo, la Iglesia prohibe la
representación de multitud de autos, consignados en el Índice que en 1559 se
edita en Toledo, documento en el que además se exige a los autores respeto y
temor hacia la doctrina religiosa.
Pese a ello,
algunos autores destacan por las excelencias de sus autos, como Lope de Rueda
(seis obras que conmemoraban el Corpus Christi), depositario de las marcadas
tendencias italianizantes y de las preocupaciones musicales de del Encina, que
tanto en su calidad de actor como en sus fatigas como literato mereció los
elogios de Miguel de Cervantes, a pesar de que estaba sin duda más volcado a la
recreación de comedias satíricas; Juan de Timoneda, editor, músico, compilador
de Rueda y de autores como Alonso de la Vega cuya producción propia, a partir
de 1558, muestra una inclinación por enriquecer el modelo fijado por la pauta
de los misterios espirituales: Patrañuelo, que da origen al género menor
de las 'patrañas', Ternario espiritual (considerado como
síntesis de obras de muy diversa procedencia), Auto del nacimiento, Auto de la
quinta angustia, Auto sacramental y Auto de la oveja perdida
figuran entre algunas de sus composiciones más célebres.
Lope de Vega,
Tirso de Molina y Calderón
La dramaturgia
española experimentará una profunda transformación durante el siglo XVII, y los
autos sacramentales darán cuenta indiscutible de ello. Sus principales
artífices fueron Félix Lope de Vega (1562-1635), fray Gabriel Téllez —más
conocido como Tirso de Molina (1579-1648)— y el que sería maestro indiscutible
del auto sacramental, Pedro Calderón de la Barca (1600-1681). De forma
paulatina, los autos expresarán una mayor perfección técnica y una creciente
inquietud plástica.
Así, por ejemplo,
pese a la habilidad e intuición dramática de Lope de Vega, se aprecian en sus
obras adscritas a este género (El viaje del alma, El hijo pródigo, La boda entre el
alma y el cuerpo, El pastor lobo y cabaña celestial) una mayor
audacia formal, sobre la que asienta los fundamentos de la 'comedia nueva'
española, del mismo modo que en las novelas dramáticas, géneros en los que
cifraba su principal interés. La hegemonía teatral la ejerció Lope de Vega en los
corrales madrileños, y aunque compitió en varias ocasiones con Calderón en los
juegos florales que se celebraban con motivo de la beatificación de san Isidro
(1620 y 1622), no dispuso de los medios suficientes para desarrollar su talento
escénico y consolidar su renovación del teatro cortesano.
De otra parte,
aunque fiel al principio 'entretener, aleccionar y divertir' al público, que le
lleva a la comedia satírica, Lope no elude mostrar en sus obras los aspectos
más siniestros de la vida de la corte, al margen de dilemas trascendentales o
teológicos que quedan en segundo plano. En todo caso, estos cumplen una función
que se subordina a los conflictos que enfrentan a los protagonistas, de acuerdo
con los clásicos valores caballerescos. Mayor peso tienen en los dramas de Lope
los duelos de honor y la psicología de sus personajes, preocupaciones que le
llevarán a componer con mayor frecuencia 'comedias de santos' y que también se
apreciarán en las obras de su discípulo Tirso de Molina. En sus autos de Corpus
Christi, Tirso articula el recurso tradicional de la alegoría y de los relatos
bíblicos (como en No le arriendo la ganancia, El laberinto de Creta, Los hermanos
parecidos y El colmenero divino), recurriendo además a
numerosas historias nacionales o sucesos conocidos del público como principal
fuente de inspiración.
Es, sin embargo
Pedro Calderón de la Barca el autor que llevará el auto sacramental a su máxima
expresión en un periodo en que se insinuaba su decadencia. Representados en
Madrid al aire libre, costeados por el municipio, a partir de 1649 Calderón
será el autor exclusivo de esta clase de obras. A partir de esa época los autos
sacramentales se escenificarán en las plazas públicas, sobre cuatro carros, y
se tornarán más complejos y elaborados. Sus tramas refieren un relato humano
que no requiere de los espectadores una especial formación religiosa. Sobre
esta historia se sucederán las alegorías, las vidas de los santos y las
interpretaciones emblemáticas de leyendas mitológicas y de la Biblia, entrelazándose
y complementándose en beneficio de una más amplia divulgación y comprensión de
los misterios religiosos.
Se distinguen dos
corrientes características en los autos sacramentales de Calderón: la primera
se desarrolla en razón de una gran sencillez narrativa que refuerza a su vez la
expresividad simbólica a la que sirve. Pertenecen a esta época las obras más
célebres y quizá más leídas de Calderón (El gran teatro del mundo, la primera
versión de La
vida es sueño, Los encantos de la culpa, No hay más fortuna que Dios
o A tu
prójimo como a ti). La segunda, donde se intensifica la presencia de
la poesía renacentista y del barroco, manifiesta un mayor interés por los
motivos mitológicos y por la caricatura de costumbres (El verdadero dios Pan, El nuevo palacio
de El Retiro, La segunda esposa, El divino Orfeo, A Dios por razón de Estado
o La
devoción de la misa). Autor, según recensión privada del propio
Calderón, de más de 80 autos sacramentales, estas obras se representaron con
continuidad hasta 1765, en que un decreto de Carlos III, respondiendo a
presiones ilustradas o quizá dictado en atención a un nuevo concepto de la
religiosidad, prohibió el género, lo que supuso el triunfo de la estética
neoclásica.
También
destacaron en este campo dramaturgos como Juan Vélez de Guevara, Agustín Moreto
y Cabaña y Antonio Mira de Amezcua. En México sobresalió sor Juana Inés de la
Cruz (Los
empeños de una casa, El divino Narciso, ¿Cuál es afecto mayor, lealtad, o
sangre, o amor?). En la actualidad una importante cultivadora del
género es la mexicana Luisa Josefina Hernández (1928), que desarrolla una
visión más universal y abarca diversas cosmovisiones religiosas (La danza del
urogallo múltiple, La pavana de Aránzazu, La conquista
del reino). En sus Escritos sobre teatro el dramaturgo alemán
Bertolt Brecht confesó haber basado lo esencial de su técnica teatral en los
recursos didácticos de este género.
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