Trabajo Práctico
Tema:
Barrera del Sonido
Barrera
del sonido, término que se
refiere a los efectos de compresibilidad experimentados por los aviones
supersónicos cuando su velocidad con respecto al aire se aproxima a la
velocidad local del sonido (1.223 km/h a nivel del mar en condiciones normales).
Choque de compresibilidad
Estos efectos de compresibilidad se producen cuando un
cuerpo —por ejemplo, una aeronave— alcanza una velocidad suficiente para romper
el flujo normal de las moléculas de aire que se apartan para dejar paso al
objeto que se aproxima. A esas velocidades, las moléculas de aire situadas en
la trayectoria del objeto y en las inmediaciones no reciben la ‘advertencia’ de
la llegada del objeto con suficiente antelación para poder apartarse de forma
ordenada, y son sometidas a un desplazamiento violento. Esta ruptura en la
fluidez del flujo de aire se produce porque el medio normal de ‘advertencia’
son las ondas de presión, que viajan a la velocidad local del sonido, y en este
caso son adelantadas por el objeto en movimiento. Este efecto, conocido como
choque de compresibilidad, provoca cambios importantes en la distribución de
presiones, densidades y temperaturas del aire alrededor del cuerpo en
movimiento. La velocidad local del sonido varía significativamente, y disminuye
—aunque de forma errática— al aumentar la altitud sobre la superficie
terrestre. Por ejemplo, mientras que la velocidad local del sonido es de unos
1.220 km/h al nivel del mar, cae hasta aproximadamente 1.060 km/h a 11.000 m de altitud,
tras lo que permanece constante hasta los 18.000 metros.
El llamado ‘número de Mach’ es la velocidad de un
proyectil o avión con respecto al medio que lo rodea, dividida entre la
velocidad del sonido en ese mismo medio y bajo las mismas condiciones. Por
tanto, a nivel del mar y en condiciones normales de humedad y temperatura, una
velocidad de 1.223 km/h representa un número de Mach de 1, y se designaría
por ‘Mach 1’. Esta misma velocidad en la estratosfera correspondería a Mach
1,16, debido a las diferencias de densidad, presión y temperatura a mayores
altitudes. Al indicar las velocidades por su número de Mach en lugar de hacerlo
en kilómetros por hora, puede obtenerse una representación más adecuada de las
condiciones reales del vuelo.
Historia
Las investigaciones aerodinámicas realizadas en la
década de 1930 no lograron producir un avión capaz de entrar en la región de
compresibilidad. Además, durante los años siguientes, las industrias
aeronáuticas de todo el mundo pasaron de desarrollar nuevos modelos a fabricar
en masa versiones mínimamente modificadas de sus diseños existentes, ya que la
proximidad de la guerra hizo que los gobiernos exigieran mayores niveles de
producción.
La década de 1940
Esto no quiere decir que no se produjeran avances: en
Estados Unidos, los esfuerzos para producir un motor radial de 2.000 caballos
culminaron con éxito en 1940. En Alemania, en agosto de 1939 ya se había
probado en vuelo un reactor experimental propulsado por un motor de reacción
HE-2B desarrollado por el ingeniero aeronáutico Ernst Heinkel. No hubo
demasiados signos de avances aerodinámicos comparables fuera de Alemania, donde
se estaba estudiando la idea de alas en flecha de sección delgada como método
para retrasar la aparición de efectos de compresibilidad.
El principal obstáculo al que se enfrentaban los
expertos en aerodinámica —que no sería resuelto hasta finales de la década de
1940— residía en la incapacidad de construir un túnel aerodinámico capaz de
proporcionar resultados precisos para velocidades situadas en la zona de
compresibilidad o próximas a la misma. En ausencia de ese tipo de datos, los
diseñadores de aviones de gran velocidad se limitaron a seguir produciendo
versiones cada vez más depuradas de los diseños tradicionales, dotadas de versiones
cada vez más potentes de los motores tradicionales.
En 1944 se vino a unir a los cazas de hélice la primera
generación de aviones de reacción. Aparte de volar a una velocidad algo mayor,
los nuevos reactores empleaban los diseños aerodinámicos tradicionales, con el
clásico perfil de ala con superficies superiores mucho más curvadas que las
inferiores.
A fin de evitar que se formara un vacío, el aire que
pasaba por encima de las alas debía avanzar más rápidamente que el que fluía
por debajo. Por tanto, el aire situado encima de las alas era el primero en
encontrarse con fenómenos de compresibilidad localizados que, a su vez,
afectaban a la controlabilidad del avión.
Sorprendentemente, parece que ninguna de las naciones
beligerantes de la II Guerra Mundial llevó a cabo investigaciones coherentes
sobre compresibilidad, salvo explorar modelo por modelo la capacidad de picado
a gran velocidad, tras lo cual se daba instrucciones a los pilotos de que no
superaran determinadas velocidades a una altitud dada.
La era de la
barrera del sonido
La aviación no entraría en la era de la barrera del
sonido hasta el 14 de octubre de 1947, cuando el capitán estadounidense Charles
Yeager (Chuck Yeager) llevó el avión Bell X-1 propulsado por cohetes hasta una
velocidad con respecto al aire de 1.078 km/h a 12.800 m de altura, lo que corresponde a Mach 1,015. Aunque
Yeager había demostrado sin lugar a dudas que era posible romper la barrera del
sonido, aún aprendería por experiencia propia que los efectos poco conocidos de
la compresibilidad, potencialmente peligrosos, podían acechar a la vuelta de la
esquina. Más de seis años después de superar Mach 1, Yeager se encontró con un
problema mientras volaba a Mach 2,4. En un fenómeno descrito como acoplamiento
inercial de balanceo, el X-1A que pilotaba empezó repentinamente a balancearse;
cualquier intento de Yeager por recuperar altura y controlar el avión no hacía
sino aumentar el problema. En unos segundos perdió totalmente el control, y el
avión cayó rápidamente desde su altitud inicial de casi 23.000 m hasta unos
10.500 m, donde se estabilizó en una barrena invertida
subsónica. Yeager sobrevivió, pero ese mismo año el mismo fenómeno causó la
muerte de George Welsh, el más cualificado de los pilotos de pruebas
estadounidenses, con lo que fue necesario interrumpir los suministros del
primer caza auténticamente supersónico, el F-100 Super Sabre (que alcanzaba
Mach 1,3), hasta encontrar una solución al acoplamiento inercial de balanceo y
otros efectos.
El despliegue operativo del F-100 en 1955 cerró la era
de la barrera del sonido, y supuso la culminación de los esfuerzos realizados
por audaces pilotos que probaban los nuevos aparatos a gran altitud sobre las
montañas estadounidenses de sierra Nevada. Mientras que la Unión Soviética casi
igualó el esfuerzo estadounidense durante la década de 1950, otros países como
Gran Bretaña (con el English Electric Lightning), Francia (con el Dassault
Mirage III) y Suecia (con el Saab 35 Draken) no desplegaron cazas supersónicos
de producción nacional hasta 1960.
Los aviones supersónicos actuales se
construyen con materiales avanzados capaces de resistir el calor provocado por
el rozamiento del aire a velocidades tan elevadas. La mayoría son aeronaves
militares, con la famosa excepción del avión comercial de lujo franco-británico
Concorde, que realizó sus primeros vuelos de prueba en 1971 y empezó a
transportar pasajeros a Estados Unidos en 1976. Capaz de lograr velocidades en
torno a Mach 2, el Concorde combina una velocidad propia de aviones militares
con la seguridad y fiabilidad de una aeronave comercial. El Concorde, también
conocido como transporte supersónico (SST), es capaz de realizar la travesía de
ida y vuelta del Atlántico norte en menos tiempo del que un reactor normal
necesita para hacer el vuelo de ida. Sin embargo, el ruido producido por este
avión esbelto de atractivo diseño siempre ha creado problemas medioambientales,
y sólo se construyeron 16 de las 400 unidades previstas inicialmente.
Actualmente hay 14 Concordes en servicio, y todavía no se han concretado planes
para construir un nuevo avión comercial supersónico.