Barrocas, Arte y
arquitectura,
estilo dominante en el arte y la arquitectura occidentales aproximadamente
desde el año 1600 hasta el 1750. Sus características perduraron a lo largo de
la primera mitad del siglo XVIII, si bien dicho periodo se denomina en ocasiones
estilo rococó. Manifestaciones barrocas aparecen en el arte de prácticamente
todos los países europeos, así como en las colonias españolas y portuguesas de
América. El término barroco se aplica también a la literatura y la música de
aquel periodo.
Definición
Los orígenes de la palabra
barroco no están claros. Podría derivar del portugués barocco o del
castellano barrueco, término que designa a un tipo de perlas de forma
irregular. La palabra es un epíteto acuñado con posterioridad y con connotaciones
negativas, que no define el estilo al que hace referencia. De cualquier modo, a
finales del siglo XVIII el término barroco pasó a formar parte del vocabulario
de la crítica de arte como una etiqueta para definir el estilo artístico del
siglo XVII, que muchos críticos rechazaron después como demasiado estrafalario
y exótico para merecer un estudio serio. Escritores como el historiador suizo
Jakob Burckhardt, en el siglo XIX, lo consideraron el final decadente del
renacimiento; su alumno Heinrich Wölfflin, en Conceptos fundamentales para
la historia del arte (1915), fue el primero en señalar las diferencias
fundamentales entre el arte del siglo XVI y el del XVII, afirmando que "el
barroco no es ni el esplendor ni la decadencia del clasicismo, sino un arte
totalmente diferente".
El arte barroco engloba
numerosas particularidades regionales. Podría parecer confuso, por ejemplo,
clasificar como barrocos a dos artistas tan diferentes como Rembrandt y Gian
Lorenzo Bernini; no obstante, y pese a las
diferencias, su obra tiene indudables elementos en común propios del barroco,
como la preocupación por el potencial dramático de la luz.
Antecedentes históricos
La evolución del arte
barroco, en todas sus formas, debe estudiarse dentro de su contexto histórico.
Desde el siglo XVI el conocimiento humano del mundo se amplió constantemente, y
muchos descubrimientos científicos influyeron en el arte; las investigaciones
que Galileo realizó sobre los planetas justifican la precisión astronómica que
presentan muchas pinturas de la época. Hacia 1530, el astrónomo polaco
Copérnico maduró su teoría sobre el movimiento de los planetas alrededor del
Sol, y no de la Tierra como hasta entonces se creía; su obra, publicada en
1543, no fue completamente aceptada hasta después de 1600. La demostración de
que la Tierra no era el centro del Universo coincide, en el arte, con el
triunfo de la pintura de género paisajístico, desprovista de figuras humanas.
El activo comercio y colonización de América y otras zonas geográficas por
parte de los países europeos fomentó la descripción de numerosos lugares y
culturas exóticas, desconocidos hasta ese momento.
La religión determinó
muchas de las características del arte barroco. La Iglesia católica se
convirtió en uno de los mecenas más influyentes, y la Contrarreforma, lanzada a
combatir la difusión del protestantismo, contribuyó a la formación de un arte
emocional, exaltado, dramático y naturalista, con un claro sentido de
propagación de la fe. La austeridad propugnada por el protestantismo en lugares
como Holanda y el norte de Alemania explica la sencillez arquitectónica que
caracteriza a esas regiones.
Los acontecimientos
políticos también tuvieron influencia en el mundo del arte. Las monarquías
absolutas de Francia y España promocionaron la creación de obras que, con su
grandiosidad y esplendor, reflejaran la majestad de Luis XIV y de la casa de
Austria, en especial de Felipe III y Felipe IV.
Características del arte barroco
Entre las características
generales del arte barroco están su sentido del movimiento, la energía y la
tensión. Fuertes contrastes de luces y sombras realzan los efectos
escenográficos de muchos cuadros, esculturas y obras arquitectónicas. Una
intensa espiritualidad aparece con frecuencia en las escenas de éxtasis,
martirios y apariciones milagrosas. La insinuación de enormes espacios es
frecuente en la pintura y escultura barrocas; tanto en el renacimiento como en
el barroco, los pintores pretendieron siempre en sus obras la representación
correcta del espacio y la perspectiva. El naturalismo es otra característica
esencial del arte barroco; las figuras no se representan en los cuadros como
simples estereotipos sino de manera individualizada, con su personalidad
propia. Los artistas buscaban la representación de los sentimientos interiores,
las pasiones y los temperamentos, magníficamente reflejados en los rostros de
sus personajes. La intensidad e inmediatez, el individualismo y el detalle del
arte barroco —manifestado en las representaciones realistas de la piel y las
ropas— hicieron de él uno de los estilos más arraigados del arte occidental.
Primer barroco
Las raíces del barroco se
localizan en el arte italiano, especialmente en la Roma de finales del siglo
XVI. El deseo universalista inspiró a varios artistas en su reacción contra el
anticlasicismo manierista y su interés subjetivo por la distorsión, la
asimetría, las extrañas yuxtaposiciones y el intenso colorido. Los dos artistas
más destacados que encabezaron este primer barroco fueron Annibale Carracci y
Caravaggio. El arte de Caravaggio recibió influencias del naturalismo humanista
de Miguel Ángel y el pleno renacimiento. En sus cuadros aparecen a menudo
personajes reales, sacados de la vida diaria, ocupados en actividades
cotidianas, así como también apasionadas escenas de tema mitológico y
religioso. La escuela de Carracci, por el contrario, intentó liberar al arte de
su amaneramiento retornando a los principios de claridad, monumentalidad y
equilibrio propios del pleno renacimiento. Este barroco clasicista tuvo una importante
presencia a lo largo de todo el siglo XVII. Un tercer barroco, denominado alto
barroco o pleno barroco, apareció en Roma en torno a 1630, y se considera el
estilo más característico del siglo XVII por su enérgico y exuberante
dramatismo.
Arte barroco en España
Durante el siglo XVII la
pintura española atravesó uno de los momentos culminantes de su historia,
pasando del realismo tenebrista de la primera mitad del siglo, al colorismo y
la luminosidad de influencia flamenca de la segunda mitad. En arquitectura
persistió la severidad y austeridad formal procedente de los modelos
herrerianos y escurialenses. La necesidad de lujo se manifestó sobre todo en
elementos decorativos como retablos dorados, frescos, fachadas, hornacinas o
columnas salomónicas, que según transcurría el siglo lo iban recubriendo todo.
Pintura barroca en España
La temprana aparición del
naturalismo barroco en España estuvo motivada por la influencia de Italia y,
sobre todo, por la importancia política de la Iglesia católica.
El florentino Vicente
Carducho contribuyó materialmente al establecimiento en el centro de España del
estilo pictórico antimanierista propugnado por la Contrarreforma. Juan Sánchez Cotán y Juan van der Hamen destacaron
por el realismo de sus bodegones (naturalezas
muertas) en los que combinan la influencia flamenca con la de Caravaggio. En
Valencia, el naturalismo se puede apreciar en la obra del pintor Francisco Ribalta, conocedor del arte italiano del
renacimiento, de la pintura de Tiziano, de
Caravaggio y de su paisano José de Ribera, que desarrolló su actividad
artística en Nápoles. Sevilla y Madrid se convirtieron en los dos centros
principales del arte barroco español. Así, a comienzos del siglo XVII las
características típicas del barroco se aprecian ya en los cuadros de Juan de
las Roelas, Francisco Pacheco y Francisco de Herrera el Viejo.
Francisco de
Zurbarán, afincado en
Sevilla desde 1629, fue el pintor monástico por antonomasia; nadie como él supo
representar con más sencillez el fervor religioso de la vida monástica
contrarreformista. Los volúmenes simples, la sencillez compositiva y el
tenebrismo, caracterizado por los fuertes contrastes de luz y sombra, definen
el estilo que no cambiará hasta los últimos años de su vida, cuando la
influencia de Bartolomé Esteban Murillo le
lleve a experimentar con una pincelada más suelta y ligera y un uso más
vaporoso de los colores. Diego Velázquez, el
pintor más importante del barroco español, se moverá entre el naturalismo de la
primera mitad del siglo XVII y el barroquismo de la segunda. De su etapa
juvenil en Sevilla sobresalen obras como la Vieja friendo huevos (1618,
Galería Nacional de Escocia, Edimburgo) y la Adoración de los Magos
(1619, Museo del Prado, Madrid). En 1623 se trasladó a Madrid como pintor de
corte de Felipe IV, cargo que ocupará ya toda su vida. Sus series de retratos reales culminaron con Las Meninas
(1656, Museo del Prado), retrato colectivo de las infantas, las meninas y otros
personajes de la corte, en el que aparece también el propio pintor. Maestro en
el tratamiento de los volúmenes, la forma y el color, y pionero de la
perspectiva aérea y las grandes pinceladas, Velázquez destacó también por sus
cuadros de tema histórico, como La rendición de Breda (Las lanzas,
1635, Museo del Prado), y mitológico, con obras como La fragua de Vulcano
(1630, Museo del Prado) y la Venus del espejo (c. 1650, National Gallery, Londres).
Contemporáneo de Velázquez
fue el granadino Alonso Cano, escultor,
arquitecto y pintor célebre por sus delicadas representaciones del cuerpo
humano, como muestra el Descenso al limbo (c. 1650, Museo de Arte del condado de Los Angeles), uno de los
pocos ejemplos de desnudo en el barroco español. Murillo, pintor sevillano algo
más joven que Velázquez, fue el maestro de la gracia y delicadeza femenina,
encarnando un tipo de devoción plenamente sentimental que evidencian sus
representaciones del Niño Jesús y la Inmaculada
Concepción. La última fase del barroco sevillano tiene en Juan de Valdés Leal a su mejor representante. Entre
sus obras destacan los dos Jeroglíficos de las postrimerías (1672, Finis
gloria mundi e In ictu oculi, representaciones de la caducidad de la
vida y las postrimerías del hombre) del hospital de la Caridad de Sevilla,
escalofriantes pinturas de esqueletos y cuerpos putrefactos plenas de morbidez
y exacerbado realismo. En Madrid, la última generación de pintores barrocos
incluye a artistas como Francisco Rizzi, Juan
Carreño de Miranda y Claudio Coello,
cultivadores de un estilo decorativo de clara influencia italiana.
Escultura barroca en España
El arte italiano apenas
tuvo influencia sobre la escultura barroca española, inclinada, esencialmente,
a la tradicional talla en madera policromada.
El realismo y la intensa preocupación por el detalle, puestos al servicio del
fervor religioso contrarreformista, son sus características fundamentales; las
figuras generalmente se pintan (policromía) e incluso a veces llegan a
emplearse ojos de cristal, vestimentas auténticas y pelo natural. Entre los
trabajos más destacados de escultura barroca española se encuentran los
retablos para los altares de las iglesias, algunos de ellos de considerable
tamaño y riqueza, realizados por equipos de escultores y arquitectos. Los
principales escultores fueron Gregorio Fernández,
máximo exponente de la escuela castellana, con impresionantes tallas de
Inmaculadas, Piedades y Cristos yacentes; y los representantes de la escuela
andaluza, en especial Juan Martínez Montañés,
Pedro de Mena, Juan
de Mesa y Alonso Cano. Estos últimos
repartieron entre Sevilla y Granada buena parte de sus Cristos crucificados,
Inmaculadas, santos y otros temas típicos de los pasos procesionales, para los
que iban destinadas muchas de estas imágenes cargadas de realismo, expresividad
y fervor religioso.
Arquitectura barroca en España
La sobria austeridad
geométrica impuesta por Juan de Herrera en el
monasterio de El Escorial se mantuvo en la
arquitectura barroca española de la primera mitad del siglo XVII. Los ideales
contrarreformistas y el espíritu de la casa de Austria facilitaron la
pervivencia de este modelo arquitectónico, tal como se aprecia, por ejemplo, en
las construcciones de Juan Gómez de Mora. El
gusto por formas cada vez más ricas lleva, a partir de mediados de siglo, a
eliminar los vestigios herrerianos, enriqueciendo la decoración con múltiples
elementos naturalistas localizados en los vanos de las fachadas. La iglesia de
Santa María la Real de Montserrat, de Sebastián Herrera Barnuevo, y la fachada
de la catedral de Granada, de Alonso Cano,
son buenas muestras de ello. Ya en el siglo XVIII la riqueza y fantasía
decorativas alcanzan su apogeo con las construcciones de la familia
Churriguera, especialmente en Madrid y Salamanca, así como también en la obra
de arquitectos como el madrileño Pedro de Ribera
y el gallego Fernando Casas Novoa, autor de la fachada del Obradoiro de la catedral de Santiago de Compostela.
Arte barroco en el norte
de Europa
Desde Italia, donde
recibieron su formación los principales artistas del periodo, el barroco se
propagó rápidamente por el norte de Europa. Cada país, no obstante, dependiendo
de su particular situación política, religiosa y económica, evolucionó hacia
diferentes versiones del estilo.