Batllismo, un breve análisis desde la
Sociología
Uno de los rasgos que históricamente
han distinguido a la sociedad uruguaya respecto de similares formaciones del
continente ha sido su reconocida capacidad de integración, hasta el punto de
ser presentada por varios analistas como un ejemplo de sociedad hiperintegrada.
Los mecanismos de integración social,
política y económica, así como la “sacralización” al decir de Solari,
de los valores y normas de las instituciones sociales, y de la propia identidad
colectiva de nación democrática, son alguna de las vías que operaron desde
larga data a favor de este proceso integrador, a través de distintos procesos
de transmisión intergeneracional.
En consecuencia, con mayor o menor
acierto, se difundió en la sociedad una creencia colectiva acerca de su
estructura social de “distancias cortas”, no estamental y mesocrática en
materia de distribución de la riqueza y compatible con un sistema político con
elevada capacidad de negociación y amortiguación de conflictos.
Carlos Real de Azúa cuando trata sobre
el concepto de amortiguación, se
refiere a la relación dialéctica de cada uno de los elementos de los diferentes
procesos que conforman así una "sociedad amortiguada" como una
"sociedad amortiguadora", y a un proceso de larga duración con una
temporalidad heterogénea donde los hechos son tratados como "cosas".
Este concepto de Sociedad Amortiguadora
no significa ser mejor que otra Sociedad, dado a que también existen
conflictos, pobreza e injusticia social
sino a que todos los acontecimientos que ocurrieron en Latinoamérica, en
Uruguay se presentan de una forma menos definitiva. Montevideo, ordenado,
urbanizado, y cosmopolita choca con el resto del país que vivía bajo un régimen
muy distinto, todavía marcado por esa impronta libertaria de caudillos y
centauros. Largo proceso que apenas amaga resolverse con el singular "ni
vencidos ni vencedores", continúa con las dictaduras que delimitan los
campos y encuadran a la población errante, y culmina recién en este siglo con
la definitiva imposición del gobierno central sobre todo el país.
Nueva originalidad uruguaya donde pasan
a convivir el poder político y militar concentrados en el partido de gobierno,
con el poder económico todavía en manos de la oposición. Estas son algunas de
las características que conforman lo que Real de Azúa ha llamado sociedad
amortiguadora, rasgo distintivo del país que se destaca al compararse su
historia con la de otros países latinoamericanos.
Por eso toma diferentes variables en
las secuencias de sentido unitario de índole social, político, económico e
ideológico.
Germán Rama titula "Los rasgos
fundacionales" al segundo capítulo de su libro que trata sobre las interacciones
sociales que se daban en el territorio de la Banda Oriental hasta formarse
nuestro país y las características del espacio geográfico.
Para realizar un acercamiento a lo que
expresan tanto Rama, Filgueira y Real de Azúa en sus respectivos libros, tomo
la segunda mitad del siglo XIX como el principio de las relaciones entre el
Estado y la Sociedad, que trataré a continuación.
El nacimiento del
Uruguay moderno en la segunda mitad del siglo XIX
El asentamiento del
poder central se establece en Los gobiernos de los militares colorados Lorenzo
Latorre (1876- 1880), Máximo Santos (1882-1886) y Máximo Tajes (1886-1890) los
cuales dominaron a los caudillos rurales y tornaron los alzamientos sino
imposibles, difíciles. El Estado y el ejército por diversos motivos, gozaron
desde ese momento del monopolio de la coacción física. El armamento era ya
costoso y de difícil manejo para los gauchos, los medios de comunicación y
transportes
fortalecieron el poder montevideano y por otro lado la sociedad y la economía
estaban cambiando y se oponían a las costosas rebeliones del pasado.
Luego de los
gobiernos militares sucedieron los gobiernos civiles, presidencialistas y
autoritarios, de Julio Herrera y Obes (1890-1894) y Juan Idiarte Borda
(1894-1897). Al exclusivismo colorado respondieron las revoluciones blancas
capitaneadas por el caudillo rural Aparicio Saravia. Su levantamiento en 1897
fue la base de un gobierno colorado de compromiso con los blancos, el de Juan
L. Cuestas (1897-1903).
En 1903 es electo José Batlle y Ordoñez,
y Aparicio Saravia dirigió en 1904 la última gran revuelta rural. Pero estas
dos revoluciones difieren de las anteriores: el programa de reivindicaciones
políticas tendió a crecer sobre la mera adhesión a la tradición partidaria, y
así, en 1897 y 1904, los blancos alzaron las modernas banderas del respeto a la
voluntad popular en las elecciones y la representación proporcional de los
partidos en el Poder Legislativo. La paz interna y el fuerte gobierno central
montevideano estuvieron vinculados a paralelas transformaciones que ocurrieron
en la demografía, la economía, la sociedad y la cultura del Uruguay.

El
Uruguay de 1830 apenas contaba con 70.000 habitantes y en 1900 contaba con un
millón de habitantes. Tan solo en 70 años la poblacion crece de una forma
espectacular, de esta forma Uruguay no tenía semejanza en ningún país
americano. La alta tasa de natalidad dominante hasta 1890 - 40/50 por mil
habitantes - se había unido a una relativamente baja tasa de mortalidad - 20/30
por mil - para ambientar este hecho, pero el factor crucial de la revolución
demográfica fue la inmigración europea.
Los europeos, con valores diferentes a los de la población criolla, más
proclives al espíritu de empresa y al ahorro; protegidos por sus cónsules
durante las guerras civiles y recompensados siempre por sus pérdidas por el
estado uruguayo amenazado desde el exterior, se convirtieron hacia 1870-1880 en
los principales propietarios rurales y urbanos.
Los
inmigrantes europeos fueron también los iniciadores de la industria de bienes
de consumo al grado que en 1889 controlaban el 80% de esos establecimientos.
Los inmigrantes, hostiles por lo general a las disputas entre blancos y
colorados, exigieron la paz interna.
La estructura
económica se modificó. El ovino se incorporó a la explotación del vacuno en la
estancia de 1850-1870.
La lana suple al cuero como principal producto de la exportación uruguaya en
1884 de ahí en adelante, hasta que apareció con vigor la carne congelada en
1910-1920, la lana fue el principal rubro de ventas al exterior. El alto precio
de la lana en el mercado internacional propició esta transformación, debido sobre todo a la desaparición de la fibra
competitiva, el algodón, a raíz de la Guerra de Secesión en los Estados Unidos
(1861-1865).
El Uruguay de fines
del siglo XIX tuvo así características económicas que lo singularizaron en el
contexto latinoamericano.
Producía alimentos y satisfacía otras dos necesidades básicas del hombre, su
calzado, con el cuero, y su vestimenta con la lana. Sus mercados externos se
habían diversificados en vez de tender a la dependencia de un solo comprador.
Al comprarle Europa
mercaderías que ella también producía, el Uruguay gozó de una renta diferencial
elevada, por cuanto Europa mantenía sus ganados con más altos costos de
explotación. Debemos anotar también que el librecambio británico - y europeo en
general - fue una pieza esencial de este sistema económico en el cual el
Uruguay vendía a Europa mercaderías que competían con su producción agraria.
Mientras ese libre cambio duró - y lo hizo hasta la crisis mundial de 1929 -
Uruguay tuvo un lugar económico seguro y rentable en el mundo. Al ovino siguió
el acercamiento de las estancias.
Estas fueron
alambradas entre 1870 y 1890 tanto para asegurar al propietario el uso
exclusivo para sus ganados de las pasturas, como para permitir el mestizaje del
ovino y el vacuno con razas europeas.
El cerco dejó
desocupada a la mano de obra que antes custodiaba el ganado y generó un
problema insólito de hambre y miseria rural. Esta desocupación tecnológica se
convirtió paradojalmente en un buen caldo de cultivo para las últimas guerras
civiles de fines del siglo XIX y principios del XX.
Ovino y cercamiento,
dos enormes inversiones aumentaron la necesidad de orden interno que tenían los
estancieros. Los terratenientes protagonistas de estos cambios se agremiaron y
fundaron la Asociación Rural en 1871, con el fin de imponer la paz interna a
toda costa.
Paralelamente
ocurrieron transformaciones en el medio urbano. A partir de 1860 comenzaron las
primeras inversiones extranjeras, sobre todo británicas. Los ingleses ya habían
construído los ferrocarriles
invertido en los servicios públicos de Montevideo
e incrementando sus empréstitos al gobierno y su intervención casi monopólica
en el mercado de los seguros.
El ferrocarril fue
esencial para que el gobierno central pudiera controlar el interior. Cuando en
1886 el Río Negro fue cruzado por un puente ferroviario, el Uruguay, que
siempre había estado dividido en dos mitades en invierno, se unificó.
Este medio de
transporte, así como las otras compañías inglesas instaladas en Montevideo,
generaron una corriente de antipatía popular por sus elevadas tarifas y
deficientes servicios.
El monopolio que
usufructuaba el ferrocarril, la empresa de aguas corrientes, la del gas y el
oligopolio de las compañías de seguros, contribuyeron a fomentar dudas en la
clase política ya en 1890 acerca de los beneficios que acarreaba al Uruguay el
capital extranjero no vigilado por el Estado.

La sociedad uruguaya,
resultante y promotora a la vez de estos cambios, fue muy distinta a la de la
primera mitad del siglo XIX.
Las clases se diferenciaron con claridad, la dueña de la tierra era compleja,
pues al lado del latifundio se consolidó la propiedad mediana con la explotación
del ovino.
El latifundio existía
en 1900 pero los latifundistas ya no eran los mismos del período colonial o de
los primeros años del Uruguay independiente. La clase alta olía a nuevos ricos.
Eso disminuyó su poder y su prestigio en el seno de la sociedad. Los estancieros
gozaban en 1900 de la posesión de dos monopolios: la tierra y la carne,
valorizadas ambas con los avances de la industria saladeril y sobre todo con la
fundación en 1905 del primer frigorífico exportador de carnes congeladas a
Europa.
El proletariado rural
ya no podía optar entre la vagancia y la labor en las estancias, ahora debía
trabajar para alimentarse. Los desocupados miserablemente en los llamados
"pueblos de ratas", cambiando su anterior dieta carnívora por
ensopados de escaso valor nutritivo. El servicio doméstico o la prostitución
para las mujeres; el peonaje, la esquila, el contrabando y el robo de ganado
para los hombres, fueron las actividades del gaucho moderno. Pero, ya empezó a
emigrar a las ciudades.
En Montevideo, la aparición de la "cuestión
social" fue la novedad. Aunque el ascenso social aún era posible, las
condiciones de vida del proletariado industrial eran duras. Las jornadas de 11
o 15 horas ambientaron la prédica anarquista y la fundación de los primeros
sindicatos hacia 1875. El viejo temor de la clase empresaria a la subversión
blanca, fue poco a poco sustituido por su nuevo miedo a la revolución social.
Ocurrieron cambios
también en el orden cultural y mental. La Universidad abrió sus puertas a los
estudios de abogacía en 1849, a los de Medicina en 1876 y a los de Matemáticas
en 1888. En 1877, el gobierno del coronel Latorre, inspirado por José Pedro
Varela, decretó una importante reforma en la enseñanza primaria
otorgándole recursos para su desarrollo.
La tasa de analfabetismo que era elevadísima, comenzó a descender. El deseo de
incrementar la actividad política de los habitantes y a la vez prepararlos
mejor para el nuevo orden económico estuvo detrás de esta transformación.
El Uruguay también
secularizó sus costumbres y su cultura. En 1861 la Iglesia Católica comenzó a
perder su jurisdicción sobre los cementerios; en 1879 el estado decidió llevar
los Registros del Estado Civil aunque admitió que el casamiento religioso precediera
al civil. En 1885 se instituyó el matrimonio civil obligatorio y este debió
celebrarse antes que la ceremonia religiosa. En 1907 se aprobó la primera ley
de divorcio.
A pesar de que en las
escuelas del Estado, aún se aprendía el catecismo, la hostilidad de las
autoridades y muchos maestros, redujo esa educación al mero aprendizaje de
memoria del Catecismo, sin ninguna explicación previa. En 1909 fue suprimido
por completo este resto de enseñanza religiosa.
Otro signo de la
modernidad fue la aparición de un nuevo modelo demográfico. La natalidad
comenzó a decrecer ya en 1890, la edad promedio del matrimonio femenino
ascendió de 20 a 25 años, y comenzaron a aparecer las primeras formas de
control artificial de la natalidad, denunciadas con vigor por el clero
católico.
De este modo Uruguay
llegó al siglo XX siendo el país mas tempranamente europeizado de América Latina.
Para Filgueira, un estado con la capacidad de formar una nueva ciudadanía y la
capacidad de crear y consolidar una nueva clase media, un país modernizado, con
una planificación para regular la urbe, la ciudad como lugar y símbolo de la
Modernidad.
En el Uruguay del
siglo XX se distinguen cuatro etapas: 1) La consolidación de la democracia
política, la reforma social y la prosperidad económica que se ubica en los
años1903-1930). 2) La crisis económica y política y la restauración democrática
de 1930 a 1958. 3) El estancamiento económico, la atomización de los partidos
políticos tradicionales, el crecimiento de la izquierda, y la dictadura militar
en los años 1959 a 1985. 4) La restauración democrática y la entrada del
Uruguay al Mercosur de 1985 hasta nuestros días.
La primera etapa es
fundacional y parece clave para explicar algunas de las características y la
mentalidad dominantes en el país hasta muy avanzado el siglo. La figura de José
Batlle y Ordoñez
(1856-1929) domina políticamente este período. Es Presidente en dos
oportunidades,
signo con sus ideas y a la vez expresó la sociedad de clases medias que estaba
naciendo al amparo de la prosperidad económica y la facilidad del ascenso
social.
La economía vio
aparecer nuevas formas industriales que valorizaron plenamente la producción de
carnes al refrigerardas
y venderlas a Europa, lo que tuvo consecuencias políticas pues alejó
definitivamente el fantasma de las viejas guerras civiles entre blancos y
colorados ya que los estancieros se oponían ahora a ellas por destructoras de
bienes con valor de mercado.
La intervención
estatal comenzó, la gestión comercial, financiera e industrial del Estado
se constituyó en un elemento definitorio de la relación entre sociedad civil y
Estado en todo el siglo XX.
La democracia
política, obra, en la que sobresalió más la oposición política que el partido
colorado en el gobierno, se afianzó con el logro del voto secreto y la
representación proporcional establecidos en la Constitución de 1917, la pureza
electoral garantizada por las leyes de 1924, y una atmósfera de tolerancia fundada
en parte en la imposibilidad tanto de las personalidades políticas como de los
partidos en que se dividía la opinión, de hegemonizar a la opinión pública.
Esta explosiva
electoralización de la vida política uruguaya, ocurrida además en un período
acotado, constituyó tal vez la prueba más cabal de ese ideal "hiperintegrador"
que ya por entonces permeaba e identificaba fuertemente al conjunto de la
sociedad uruguaya y signaba sus modalidades de representación política y
social. Esa asimilación estrecha entre ciudadanía e integración social contenía
por cierto un conjunto de significaciones de gran relevancia.
En el momento
culminante de su expansión, el modelo de ciudadanía uruguaya devenía "hiperintegrador".
Este ideal ciudadano se constituía así en una de las piezas clave de todo un
imaginario "uruguayo-batllista", fundado en pautas como la
sacralización del consenso, la "amortiguación" de todos los
conflictos y la extensión de una "cultura del arreglo" (aspectos todos
que se veían facilitados por un fuerte disciplinamiento cultural y por el
rechazo a la diferencia y a la diversidad).
En ese período
decisivo en que se completaba la configuración originaria de todo un sistema
institucional de convicciones, valores, símbolos y relatos cívicos, la "identidad
nacional" de los uruguayos quedaba asociada indisolublemente al
funcionamiento del sistema de partidos y a la sucesión electoral, a la índole
democrático-integrativa del estado y a la idea misma de "pacto republicano".
En lo social, el
Uruguay vivió una época de legislación del trabajo, protectora de los obreros y
otros sectores populares
y de garantías para el retiro de los trabajadores establecidas por diferentes
leyes que fundaron Cajas de Jubilaciones para casi todos los oficios en los
años 20.
Todos estos cambios progresivos
tendrían lógicamente su repercusión en la más equilibrada estratificación
social de la región. Aún así, y más allá de los éxitos indudables en los
diferentes campos, hay cierto concenso en señalar el mantenimiento de statu quo
en la estructura minifundio – latifundio, manteniéndose además la baja
productividad por hectárea en el medio rural. A todo esto, Batlle quiso sumar a
su proyecto de transformación, cambios en el sistema de gobierno que
permitieran privilegiar un sistema de dominación de tipo carismático a uno de
tipo antiautoritario, por medio de un organismo colegiado. Un organismo de este
tipo, además, según la concepción modernizante obligaría a los Partidos a
adecuar sus estructuras sin hacerlas depender de figuras y liderazgos
individuales.
Demograficamente el
país, que contaba con 1.042.000 habitantes según el Censo realizado en 1908, apenas
duplicó su población en 1930, estimada en 1.900.000. El descenso de la tasa de
mortalidad fue muy significativo y se debió sobre todo al avance del nivel de
vida de la población y a las medidas higiénicas que el gobierno adoptó. El
descenso relevante de la tasa de natalidad convirtió al Uruguay, probablemente
en el primer país de América Latina que obviamente controlaba sus nacimientos.
La difusión de la
cultura,
la facil recepción de los modelos demográficos europeos por una población de
origen inmigratorios, la mentalidad prudente de las dominantes clases medias,
todo ello explica que en 1930 el Uruguay tuviera de sí mismo la imagen de un
país moderno, europeizado y escasamente latinoamericano.
Un dato mas
contribuía a acentuar esta imagen: la cultura y la enseñanza se habían
secularizado y la influencia de la Iglesia Católica era escasa al grado de que
sin mayores repercusiones sociales, ni políticas el Estado y la Iglesia se
separaron por la Constitución de 1917.
La mujer logra tener más participación en la
Sociedad la ley de divorcio por causal
es un fiel reflejo, además en 1932 logró el derecho al sufragio.
La crisis económica
mundial iniciada en 1929 en Estados Unidos, repercutió en el Uruguay a partir
de 1930-31. El descenso del precio de las materias primas y alimentos que el
Uruguay exportaba, y las restricciones del comercio internacional, generaron
aumento de la desocupación y caída del ingreso. La lucha por la distribución
del mismo se acentuó entre los grupos sociales y el reformismo social batllista
fue enjuiciado duramente por ineficaz y populista por las gremiales de
estancieros y comerciantes que criticaban el peso impositivo de un Estado que
no controlaban.
El Presidente de la
República electo en 1931, Gabriel Terra, oyó estas demandas de las clases altas
y con el apoyo de algunas fracciones de los dos partidos tradicionales dio un
golpe de Estado el 31 de marzo de 1933, disolviendo el Poder Legislativo y la
parte colegiada del Poder Ejecutivo, el Consejo Nacional de Administración.
El Golpe de 1933 fue liderado por
Gabriel Terra, electo por el Batllismo y aliado en su nueva aventura con los
colorados riveristas y a la mayoría del Partido Nacional, liderada por el
notorio conservador Luis Alberto de Herrera. Ambas tendencias, entonces, se
caracterizaban sin dudas, por ser fieles representantes de la alta oligarquía
nacional.
Las orientaciones económicas,
tendientes a privilegiar la ganadería exportadora, vuelve a recordarnos el esquema
del Dominio Honorario Británico. La oposición estaba conformada por el futuro
Partido Nacional Independiente, por el batllismo, por la Unión Cívica y los
socialistas. Desde la sociedad civil no irrumpieron revueltas, lo que evidencia
la debilidad de la misma, a pesar de los matices ya sugeridos.
La dictadura (o "dictablanda"
como se le llamó popularmente por la ausencia de represión masiva) duró hasta
1938, legitimada por una nueva Constitución Presidencialista (1934). En 1938
asume la presidencia el Gral. Baldomir quien inicia una apertura que dará lugar
a elecciones libres en 1942. Luego de una caída en la economía en los años que
van de 1930 a 1944, se emprende nuevamente una expansión que genera un
"decenio glorioso" entre 1945 y 1955, con un crecimiento anual del
8.5%.
Son años en que los dirigentes
catalogarán al Uruguay como "Suiza de América", "a la vanguardia
del mundo en materia social", etc. El neo-batllismo, en este marco lanza
otra serie de políticas de bienestar social, lideradas esta vez por los
Consejos de Salarios de 1943. Este espacio histórico ha sido denominado por
Rama, "proyecto democrático – industrializador". En efecto, la
industrialización fue dominante en este período histórico. La concepción del
desarrollo giraba en torno al papel de la Industria y del Estado.
Este golpe y el
gobierno resultante, de Terra, hasta 1938, aunque represor del movimiento
obrero y los partidos de izquierda y "progresistas", y desconocedor
en muchos planos, de los derechos individuales, demostró también la
originalidad de la historia uruguaya. El golpe había sido protagonizado por un
presidente civil y dado con la aprobación del ejército pero sin su intervención
directa, había contado con el apoyo de arte de los partidos políticos
tradicionales y además, procurado la legitimación inmediata de las urnas convocando
a elecciones ya en 1933.
La lenta recuperación
de la economía mundial, el peso en la sociedad toda de las tradiciones
democráticas, y el alineamiento del Uruguay con los Aliados enemigos del
nazi-fascismo en la II Guerra Mundial (1939-45), determinaron la recuperación
plena de la vida institucional democrática con las elecciones de noviembre de
1942 en las que fue electo presidente Juan José de Amézaga (1943-1947).
Bajo el gobierno de
Luis Batlle Berres (1947-1951), la prosperidad económica se consolidó por los
crecientes beneficios que deparó a las exportaciones uruguayas la guerra de
Corea (1950-1953). En 1952 se adoptó una nueva Constitución que implantó una
estructura colegiada de nueve miembros para el Poder Ejecutivo, seis de ellos
para el partido mayoritario y tres para el que le siguiera en votos. La
intervención del Estado en la economía recibió un nuevo impulso con la
nacionalizacion de las empresas británicas.
En realidad, Gran Bretaña pagó de esa manera al Uruguay la deuda que había
contraído por el suministro de carnes uruguayas durante la II Guerra Mundial.
La prosperidad
económica y el impulso del gobierno de este segundo batllismo consolidaron un
vigoroso crecimiento de la industria de sustitución de importaciones y el
número de obreros aumento con espectacularidad. Otra vez, el país de los años
50 parecía recordar al país de los años 20. El desarrollo cultural era muy
importante y el analfabetismo tendía a desaparecer. Desde el gobierno se
insistía en que el Uruguay era la Suiza de América, tanto por la continuidad de
su democracia, como por la fuerza de su clase media y hasta por el Ejecutivo
Colegiado que lo regía.
La tercera etapa de
la historia del Uruguay en el siglo XX (1959-1985), estuvo caracterizada por la
crisis y el estancamiento económico y, en sus años finales, por la caída de las
instituciones democríticas y la instalación de una dictadura militar, aparentemente
insólita, observadas las características de la historia de la larga duración en
el Uruguay, pero reveladora de la gravedad de la situación.
Las modificaciones de
la economía mundial, en especial la formación del Mercado Común Europeo (1957)
y la sustitución de la hegemonía británica por la estadounidense en América
Latina, dejó a las producciones exportables uruguayas a la deriva. El país, por
ejemplo, dependía financieramente de EEUU con una economía competitiva y no
complementaria de la suya, mientras su tradicional mercado europeo se cerraba a
sus carnes. El estancamiento de la ganadería y el fin del proceso de
industrialización, completaron el panorama negativo que se tradujo en una
disminución permanente del ingreso.
Los diversos sectores
sociales, los sindicatos obreros y de empleados públicos, y las gremiales
empresariales, lucharon entre sí por la distribución de una riqueza cada día
menor en medio de una inflación que nada parecía detener. Los partidos
tradicionales se alternaron en el poder (gobiernos blancos de 1959 a 1967 y
colorados de 1967 a 1973) y se fraccionaron.
La
izquierda se unificó y surgió así el Frente Amplio en 1971. El gobierno de
Jorge Pacheco Areco (1967-1972) funcionó ya dentro de esquemas autoritarios
pues decretó la suspensión de las garantías individuales casi durante todo su
mandato y, del otro lado, ciertos sectores de la izquierda con el Movimiento de
Liberación Nacional (Tupamaros) a la cabeza, también descreyeron del sistema
democrático impulsando la lucha armada.
El proceso de
deterioro de las instituciones fue vivido dramáticamente por una sociedad que
sólo con lentitud dejó de tener fe en ellas, y culminó con el Golpe de Estado
que las Fuerzas Armadas protagonizaron el 27 de junio de 1973, disolviendo las
cámaras legislativas y asumiendo, bajo la cobertura del presidente civil Juan
María Bordaberry (1972-1976), la totalidad del poder público hasta febrero de
1985.
Los 12 años de la
dictadura militar estuvieron signados por la represión de todas las fuerzas
políticas, particularmente dura con las de izquierda, por el encarcelamiento de
todos los dirigentes sindicales y la prohibición de la actividad gremial a
obreros y empleados, y por la expulsión de los funcionarios públicos, especialmente
los docentes, sospechosos de cualquier inclinacion izquierdista.
Desde el punto de
vista económico, el gobierno militar, asesorado por técnicos de ideas
neoliberales, procedió a cierta apertura de la economía al exterior, procurando
atraer al capital extranjero y limitar la intervención del Estado. El deterioro
del salario real tuvo consecuencias imprevistas en un gobierno conservador ya
que forzó la entrada masiva de la mujer al mercado del trabajo fuera del hogar,
estrategia familiar de sobrevivencia que adoptaron los sectores populares y la
clase media.
Las resistencias de
la sociedad al régimen militar tuvieron su expresión más clara en el rechazo de
la Constitución autoritaria que el gobierno promovía, ocurrido en el plebiscito
del 30 de noviembre de 1980 cuando "el NO" recogió el 57,2% del total
de sufragios, y eso en medio de una censura militar casi completa de los medios
de comunicación.
La crisis financiera
y económica de 1982, que aceleró la inflación y sobre todo la desocupación, y
esas resistencias sociales aludidas, que también condujeron a la reorganización
del movimiento sindical, llevaron a los militares a ceder el poder a la sociedad
civil, aunque con ciertas limitaciones, de las que dio cuenta el llamado Pacto
del Club Naval concluído el 3 de agosto de 1984.
En elecciones en que
hubo candidatos todavía vetados por las Fuerzas Armadas, surgió como presidente
constitucional el líder colorado Julio Maria Sanguinetti. Bajo su presidencia
(1985-1990) y la de su sucesor, Luis A. Lacalle (1990-1995) se fortificaron las
instituciones democráticas, el clima de tolerancia recíproca renació y
políticamente el país tendió a dividirse en tercios: colorados, blancos y
frenteamplistas.
Los militares
lograron que la Ley de Caducidad y el posterior referendum popular que la
consolidó (1989) impidiera su persecucion judicial ante las violaciones de los
derechos individuales acaecida bajo la dictadura.
En 1991, el Uruguay
paso a fundar e integrar el Mercosur, alianza económico aduanera que lo incluye
junto a Brasil, Argentina y Paraguay.
En 1995, la población
del país alcanza los 3 millones de habitantes, acentuándose el rasgo ya
advertible en los comienzos del siglo XX, el escaso crecimiento natural de su
población, debido sobre todo al alto grado de control de la natalidad que
practican sus habitantes.
La tasa de analfabetismo
representa apenas el 4,25 de la población del país. La calidad de vida de la
mayoría de los habitantes es una de las mas altas de América Latina, aventajada
solo en ciertos rubros, por Costa Rica, Cuba y Argentina, siendo la esperanza
de vida al nacer de 71 años y fracción. La mayoría de sus habitantes es
considerada católica por las estimaciones de esta Iglesia, pero el numero de
sacerdotes no sobrepasa los 700. La tasa de divorcios es alta, similar a la de
las naciones europeas.
Bibliografía
Aportes de la Profesora Laura Vigo
Barrán, José P. Y Nahum , Benjamín:
“Historia Rural del Uruguay moderno”
(1851-1885), Ed. de la Banda Oriental, Montevideo, 1967.
“Historia Rural del Uruguay moderno” (1886-1894), Ed. de la Banda Oriental,
Montevideo, 1971.
Rama, Germán:
"La Democracia en Uruguay "
RIAL, Buenos Aires, 1986.
Real de Azúa Carlos:
“Uruguay: una sociedad amortiguadora?”,
EBO, Montevideo, 1984.
Trabajo enviado por:
Fernando Mazzoni
mazzo@lacasilla.com.ar