LA EVOLUCIÓN DE LA BÓVEDA
Antecedentes
de la bóveda romana; la bóveda en la arquitectura romana.
La transición de la bóveda románica pasando
por la normanda.
La bóveda en el románico, con sus
influencias.
La creación del arco apuntado; la
repercusión en el gótico.
La bóveda en el gótico.
LA
BÓVEDA EN EL RÓMÁNICO
El espacio de la iglesia
románica es, pues, un espacio dinámico cuyas líneas arquitectónicas y de visión
convergen en la cuenca absidial, lugar en donde se manifiesta el poder de la
divinidad. La cubierta de este espacio fue uno de los principales problemas de
los maestros de obras románicos y según las épocas, las regiones geográficas,
el clima de las mismas, los materiales disponibles y la capacidad económica de
las comunidades, recibió soluciones muy diversas. La cubierta de madera sobre
armadura a dos aguas fue sin lugar a dudas la solución más simple para cerrar
la luz de la nave de principal, pero su fácil combustibilidad la hizo desaconsejable
en según que regiones y circunstancias. Para sustituirla se optó por la bóveda
semicilíndrica de piedra (bóveda de cañón o de medio cañón) reforzado por arcos
fajones.
Soluciones más simple bajo el punto de vista constructivo se adoptaron
en el cubrimiento de los espacios cuadrados, como los de los tramos de las
naves laterales o los de las criptas, los de los brazos del transepto etc. En
estos se utilizaron, por lo común bóvedas de arista, es decir, aquellas
surgidas de la inserción viva de dos medios cañones, perpendiculares uno
respecto al otro.
Para cubrir el crucero,
uno de los lugares más significativos de la iglesia, espacio intersección de la
nave longitudinal con la transversal, se adoptó la cúpula semiesférica, de
tradición romana al igual que la bóveda de cañón y la de aristas, abierta por
una linterna en su cúpula y apoyada sobre pechinas o trompas, elementos que
facilitan el tránsito entre la zona hemiesférica superior y el espacio
cuadrado, más raramente rectangular de la planta.
La solución de las
trompas, de tradición oriental, consiste en un nicho en forma troncocónica que
consigue transformar el cuadrado de la planta en octógono.
Las pechinas, también de
origen oriental, consisten en triángulos con la superficie y los lados cóncavos,
dos de los cuales se confunden con los arcos formeros o de sostén de la cúpula,
y el tercero con el círculo de la base misma.
En determinadas zonas,
especialmente meridionales, en las que se aúnan la herencia del mundo clásico y
la de la tradición oriental, como ocurre en Lombardía, se hallan soluciones
particulares que tienden a compartimentar o fragmentar las bóvedas mediante
molduras o nervaduras que anteceden al cruzamiento de ojivas gótico.
LA CREACIÓN DEL ARCO APUNTADO
LA BÓVEDA EN EL GÓTICO
En el siglo XIX, se formuló
la teoría de los tres elementos típicos del gótico en arquitectura: el arco
apuntado, la bóveda de crucería y el arbotante, configurando de esta manera
una caracterización puramente técnica y funcional de la nueva arquitectura.
Todos
estos elementos, han sido cuestionados por la crítica en algún momento. Así el
arco apuntado, considerado como el elemento formal más típico del estilo
gótico, arco al que también se ha denominado ojival por su terminación en
ojiva, dando incluso nombre al estilo, ya había sido utilizado en la
arquitectura Europea occidental, tanto en la arquitectura románica de Borgoña y
de Provenza como en la de Aquitania y el Poitu. Por ello mismo lo había
incorporado la primera arquitectura cisterciense. Se entendía que frente al
arco de medio punto, el arco apuntado reducía los empujes laterales,
permitiendo una mayor luz, contribuyendo de modo decisivo al impulso en
verticalidad del nuevo estilo.
Pero ha sido sin duda la bóveda de crucería
el elemento formal sobre el que más se ha especulado desde el punto de vista
funcional y plástico. La bóveda de crucería podría definirse como una bóveda de
aristas (que a su vez está formada por la intersección de dos de medio cañón), que
ha sido reforzada por dos nervios diagonales cruzados en la clave. La bóveda de
crucería se halla enmarcada transversalmente por los arcos perpiaños y
longitudinalmente por los formeros.
Todo
este conjunto (plementos, nervios diagonales, perpiaños y formeros) determina
un tramo, que en los
primeros momentos de la arquitectura gótica preclásica, durante la segunda
mitad del siglo XII, es de planta cuadrada, utilizándose entonces un tercer
nervio transversal, que divide la plementería en seis partes, por lo que la
bóveda recibe el nombre de sexpartita correspondiendo a la misma planta una
alternancia de soportes. La renuncia de la arquitectura gótica a dicha
alternancia de soportes hacía innecesaria la primitiva bóveda sexpartita,
generalizándose la bóveda de crucería sencilla, o simplemente bóveda de
crucería, generalmente configurando un tramo más ancho que profundo de forma
oblonga.
Según
la teoría de Viollet-le-Duc, el peso de la plementería de la bóveda de crucería
es soportado por los nervios y desviado en dos direcciones: una vertical,
concentrada por los nervios diagonales en los cuatro ángulos del tramo y
transmitida hacia abajo a través de las columnillas adosadas a los pilares, y
otra lateral, que en la arquitectura románica había sido contrarrestada por los
muros, los contrafuertes, y por las tribunas sobre las naves laterales.
También
la arquitectura gótica, en el primer momento preclásico, utiliza las tribunas
sobre las naves laterales como sistema de contrarresto lateral, pero, al
suprimirlas en el periodo clásico va a suplir su función por medio de los
arbotantes o arcos exteriores lanzados oblicuamente en el aire, por encima de
las naves laterales, para así contrarrestar los pesos y desviar las cargas
laterales hacia los contrafuertes exteriores.
De
esta manera queda determinado un sistema constructivo con una armadura
funcional, la única que trabaja, mientras que el resto no intervendría en la
estabilidad del edificio y podría ser suprimido.
Así el
muro ya no resulta más que un elemento de relleno y puede ser vaciado,
sustituido por un cierre de vidrieras. Focillon lo definió como un sistema “de
nervios”; por un lado, y de “tejido conjuntivo”, por otro.
La
importancia funcional que la bóveda de crucería tiene en el nuevo sistema
gótico indujo a los historiadores del arte al rastreo de sus posibles orígenes, habiéndose defendido
diversas hipótesis que han señalado precedentes tanto en las cúpulas
hispano-musulmanas de arcos entrecruzados (Lambert), como en las cúpulas de la
mezquita de Selyuqí
en Persia, o en las iglesias de Georgia y Armenia, y en la arquitectura
lombarda. Al margen de todo ello, para la arquitectura gótica los precedentes
más próximos se encuentran en la arquitectura románica de Inglaterra y de Normandía.
Esta
teoría funcional de la arquitectura gótica no fue puesta en tela de juicio
hasta un estudio e Pol Abraham (1934) en el que se negó el carácter funcional
de los nervios diagonales de la bóveda de crucería, concediéndoles sólo una
función decorativa, ya que una bóveda de aristas no necesita de nervios para contrarrestar las cargas en
los ángulos del tramo que cubre. La bóveda de crucería podría prescindir de los
nervios sin afectar a la estabilidad
del edificio porque son tan sólo un detalle ornamental, la parte que hace
visible la distribución del peso. Además, los arbotantes son considerados por
Abraham como un elemento meramente
plástico, una especie de arquitectura complementaria en el vacío, de carácter
visionario e irracional.
LA TRANSICIÓN A LA BÓVEDA
ROMÁNICA
PASANDO POR LA NORMANDA
En
la época prerrománica ya empezamos a vislumbrar lo que serán los numerosos
elementos arquitectónicos de lo que será el Románico. Empiezan a surgir lo que podríamos llamar elementos
epidérmicos, es decir, los que afectan simplemente al léxico dinamizador de los paramentos murarios, aparecen en la
arquitectura de principios de la Alta Edad Media en Italia, incluso se podría
decir que, en esta área geográfica, desde la tardía antigüedad, nunca dejaron
de emplearse. Sin embargo, y pese a que muchos de los edificios románicos jamás
tuvieron otra característica distintiva que ésta, por ella sola no podríamos
definir esta arquitectura. Si nos referimos al sistema de cubiertas pétreas, es
decir, aquellos edificios que aparecen abovedados en su integridad y lo hacen
disponiendo unos soportes articulados, entonces tendríamos que decir que este
primer románico habría nacido, en tierras de la Península Ibérica, donde una
arquitectura tardoantigua conseguirá sobrevivir incluso a la invasión islámica.
La suma de estos aspectos nos podría
definir cuál es el procedimiento constructivo del primer del románico, pero
para precisar dicha definición en una construcción determinada y real
necesitaríamos incluir el análisis de su tipología. Con el primer románico no
solo dará comienzo una técnica constructiva, sino que surgirá un tipo nuevo de edificio.
En el tema que nos ocupa la bóveda,
solo en la España prerrománica nos vamos a encontrar edificios de una cierta
envergadura totalmente abovedados, incluso con experiencia amplia en disponer
hasta tres naves con diferentes bóvedas y pilares complejos para articular
intercolumnios que organicen los tramos. Sin embargo, no será en la península
donde se geste el edificio románico, aunque el área catalana, dada su
tradicional experiencia constructiva, alcanzará unas construcciones de un
tamaño y disposición desconocidas hasta entonces.
En Normandía encontramos la base de lo
que será el románico en la construcción de bóvedas. En un principio cubrirán
sus iglesias con techumbre de madera, pero en el primer tercio del
siglo
XII se empiezan a cubrir con bóvedas sixpartitas de crucería. Normalmente en la
escuela normanda las naves colaterales se cubren con bóvedas de crucería y la
central con bóveda sixpartita. Esta forma de cubrir las iglesias, junto con su
forma de fachada diferenciara la escuela normanda de las otras escuelas
francesas de la época.
LA BÓVEDA ROMANA
Al tomar Roma su arquitectura de las
culturas griega y etrusca su arte carecerá de bóvedas que eso lo encontraremos
en alguna de sus construcciones.
En la Roma Tardorepúblicana
encontraremos sistema abovedado en sus termas. El principal valor
arquitectónico de estas radica, en sus peculiaridades prácticas. La necesidad
de conservar agua y mantener un calor húmedo determina la construcción de
cemento y el uso de formas curvas como el ábside y la bóveda semiesférica.
Estos planteamientos, casi desconocidos en la arquitectura pública anterior, se
extenderán poco a poco de forma imparable; con el tiempo, conquistara incluso
la arquitectura sacra.
En la época de Augusto se cierran los
foros mediante ábside o exedra y, aunque abovedado sus naves divididas en tres
como los templos griegos son el resultado de un ambiente muy peculiar donde se
funden la basílica civil, el templo y ciertas salas domésticas de recepción, y
en él hallamos la base de las salas palaciegas y de basílicas posteriores.
En la arquitectura del siglo I d.C.
encontramos en varios palacios un sistema de abovedamiento hemiesférico sobre
una habitación con lados rectos, esta solución la encontraremos en la domus
aurea que Nerón construyo en Roma tras convertir en finca particular un barrio
destruido por el incendio del año 64. Esta forma de abovedamiento hemiesférico
sobre una habitación con lados rectos será totalmente novedosa, sin embargo,
sus arquitectos no dieron con soluciones geométricas, como serían las trompas y
las pechinas, y por tanto no llegaron a inventar la cúpula, sino que diluyeron
el problema forzando la plasticidad del cemento. Tendrán que pasar varios años
hasta que en la era de los Antoninos y de los Severos lleguemos a la
construcción de la gran bóveda del panteón, lo más impresionante de este
“Templo a todos los dioses” es la grandiosidad de su bóveda, la de diámetro
mayor entre las realizadas hasta el siglo XIX. Tal hazaña técnica dio lugar
incluso a leyendas medievales, como la que decía que se amontono tierra hasta
hacer un gran túmulo, se cubrió con cemento y después se volvió a retirar,
quedando así en pie el edificio.
En realidad, la construcción fue muy
compleja, pues se hizo por estratos superpuestos. En la parte baja, la
impresión de un muro cilíndrico homogéneo, con 7,30 metros de anchura, es engañosa: la necesidad de crear capillas
internas para colocar las estatuas de culto obligó a construir con ladrillos
una serie de arcos de descarga; en consecuencia, todo el peso gravita sobre
ocho gruesos pilares de cemento, con bloques de travertino y toba incluidos en
la masa.
A partir de cierto nivel, el arquitecto
fue quitando, poco a poco, densidad al cemento; sustituyo progresivamente los
bloques de piedra por fragmentos de ladrillos y, finalmente, por escorias volcánicas
(piedra pómez). Lo único que aún no se le ocurrió fue un expediente que más
tarde se difundiría: el de introducir en la cal vasijas de terracota vacías.
Además, las vigas y casetones en relieve ordenados por toda la bóveda sirvieron
como nervios para fortalecer la estructura hasta el óculo central.
Será
esta una bóveda que siente cátedra en la historia del arte.
LA TETRARQUÍA
Dentro de esta política, la tetrarquía
procede a la reorganización de un arte oficial coherente y poderoso. En arquitectura
obras como las termas de Diocleciano o la basílica de Majencio, ambas en Roma,
nos proponen una estética grandilocuente, que prescinde de la riqueza de los
materiales y centra su expresión en la enormidad de los vanos. Aún se puede
sentir hoy una impresión de altura infinita, poco cerrada, si se accede a la
iglesia de Santa María de los Angeles, antiguo frigidarium de las termas, o
si, entrando en las ruinas de la basílica, se reconstruyen mentalmente sobre
las bóvedas de medio cañón de la nave norte, única conservada, las de crucería
que cubrían la nave central de 47 metros de altura.
En estos y otros muchos edificios, como
el Mausoleo de Galerio en Tesalónica, se advierte el nuevo lenguaje que rige la
arquitectura tras el corte marcado por la crisis. Multiplicando recursos antes
excepcionales y reduciendo el uso de otros mas comunes, domina ahora el gusto
por los edificios mas cerrados, por el punto de vista exclusivamente interno,
por las formas curvas sencillas, por las arquerías sobre columnatas, por la
difusión del arco en puertas y ventanas: en una palabra, se ponen las bases de
la arquitectura que florecerá en la Edad Media en Bizancio y Europa.
ESTUDIO
DE LA
BÓVEDA
Iria Rodríguez González
3º de Historia del
Arte