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Más sobre este recurso: Catalogado en base de datos como: El capitalismo: Agregado: 12 de ABRIL de 2000 | Palabras: 3565 | Votar! | 4 votos | Promedio: Categoría: Apuntes y Monografías > Economía > |
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Alumno: Gabriel Tomazzi
Profesor: Censatello
Capitalismo, sistema económico en el que los individuos privados
y las empresas de negocios llevan a cabo la producción y el intercambio de
bienes y servicios mediante complejas transacciones en las que intervienen los
precios y los mercados. Aunque tiene sus orígenes en la antigüedad, el
desarrollo del capitalismo es un fenómeno europeo; fue evolucionando en
distintas etapas, hasta considerarse establecido en la segunda mitad del siglo
XIX. Desde Europa, y en concreto desde Inglaterra, el sistema capitalista se
fue extendiendo a todo el mundo, siendo el sistema socioeconómico casi
exclusivo en el ámbito mundial hasta el estallido de la I Guerra Mundial,
tras la cual se estableció un nuevo sistema socioeconómico, el comunismo, que
se convirtió en el opuesto al capitalista.
El término kapitalism fue acuñado a mediados del siglo XIX por el
economista alemán Karl Marx. Otras expresiones sinónimas de capitalismo son
sistema de libre empresa y economía de mercado, que se utilizan para referirse
a aquellos sistemas socioeconómicos no comunistas. Algunas veces se utiliza el
término economía mixta para describir el sistema capitalista con intervención
del sector público que predomina en casi todas las economías de los países
industrializados.
Se puede decir que, de existir un fundador del sistema capitalista, éste
es el filósofo escocés Adam Smith, que fue el primero en describir los
principios económicos básicos que definen al capitalismo. En su obra clásica Investigación
sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones (1776),
Smith intentó demostrar que era posible buscar la ganancia personal de forma
que no sólo se pudiera alcanzar el objetivo individual sino también la mejora
de la sociedad. Los intereses sociales radican en lograr el máximo nivel de
producción de los bienes que la gente desea poseer. Con una frase que se ha
hecho famosa, Smith decía que la combinación del interés personal, la propiedad
y la competencia entre vendedores en el mercado llevaría a los productores,
"gracias a una mano invisible", a alcanzar un objetivo que no habían
buscado de manera consciente: el bienestar de la sociedad.
Características del capitalismo
A lo largo de su historia, pero sobre todo durante su auge en la segunda
mitad del siglo XIX, el capitalismo tuvo una serie de características básicas.
En primer lugar, los medios de producción —tierra y capital— son de propiedad
privada. En este contexto el capital se refiere a los edificios, la maquinaria
y otras herramientas utilizadas para producir bienes y servicios destinados al
consumo. En segundo lugar, la actividad económica aparece organizada y
coordinada por la interacción entre compradores y vendedores (o productores)
que se produce en los mercados. En tercer lugar, tanto los propietarios de la
tierra y el capital como los trabajadores, son libres y buscan maximizar su
bienestar, por lo que intentan sacar el mayor partido posible de sus recursos y
del trabajo que utilizan para producir; los consumidores pueden gastar como y
cuando quieran sus ingresos para obtener la mayor satisfacción posible. Este
principio, que se denomina soberanía del consumidor, refleja que, en un sistema
capitalista, los productores se verán obligados, debido a la competencia, a
utilizar sus recursos de forma que puedan satisfacer la demanda de los
consumidores; el interés personal y la búsqueda de beneficios les lleva a
seguir esta estrategia. En cuarto lugar, bajo el sistema capitalista el control
del sector privado por parte del sector público debe ser mínimo; se considera
que si existe competencia, la actividad económica se controlará a sí misma; la
actividad del gobierno sólo es necesaria para gestionar la defensa nacional,
hacer respetar la propiedad privada y garantizar el cumplimiento de los
contratos. Esta visión decimonónica del papel del Estado en el sistema
capitalista ha cambiado mucho durante el siglo XX.
Orígenes
Tanto los mercaderes como el comercio existen desde que existe la
civilización, pero el capitalismo como sistema económico no apareció hasta el
siglo XIII en Europa sustituyendo al feudalismo. Según Adam Smith, los seres
humanos siempre han tenido una fuerte tendencia a "realizar trueques,
cambios e intercambios de unas cosas por otras". Este impulso natural
hacia el comercio y el intercambio fue acentuado y fomentado por las Cruzadas
que se organizaron en Europa occidental desde el siglo XI hasta el siglo XIII.
Las grandes travesías y expediciones de los siglos XV y XVI reforzaron estas tendencias
y fomentaron el comercio, sobre todo tras el descubrimiento del Nuevo Mundo y
la entrada en Europa de ingentes cantidades de metales preciosos provenientes
de aquellas tierras. El orden económico resultante de estos acontecimientos fue
un sistema en el que predominaba lo comercial o mercantil, es decir, cuyo
objetivo principal consistía en intercambiar bienes y no en producirlos. La
importancia de la producción no se hizo patente hasta la Revolución industrial
que tuvo lugar en el siglo XIX.
Sin embargo, ya antes del inicio de la industrialización había aparecido
una de las figuras más características del capitalismo, el empresario, que es,
según Schumpeter, el individuo que asume riesgos económicos. Un elemento clave
del capitalismo es la iniciación de una actividad con el fin de obtener
beneficios en el futuro; puesto que éste es desconocido, tanto la posibilidad
de obtener ganancias como el riesgo de incurrir en pérdidas son dos resultados
posibles, por lo que el papel del empresario consiste en asumir el riesgo de
tener pérdidas.
El camino hacia el capitalismo a partir del siglo XIII fue allanado
gracias a la filosofía del renacimiento y de la Reforma. Estos movimientos
cambiaron de forma drástica la sociedad, facilitando la aparición de los modernos
Estados nacionales que proporcionaron las condiciones necesarias para el
crecimiento y desarrollo del capitalismo. Este crecimiento fue posible gracias
a la acumulación del excedente económico que generaba el empresario privado y a
la reinversión de este excedente para generar mayor crecimiento.
Mercantilismo
Desde el siglo XV hasta el siglo XVIII, cuando aparecieron los modernos
Estados nacionales, el capitalismo no sólo tenía una faceta comercial, sino que
también dio lugar a una nueva forma de comerciar, denominada mercantilismo.
Esta línea de pensamiento económico, este nuevo capitalismo, alcanzó su máximo
desarrollo en Inglaterra y Francia.
El sistema mercantilista se basaba en la propiedad privada y en la
utilización de los mercados como forma de organizar la actividad económica. A
diferencia del capitalismo de Adam Smith, el objetivo fundamental del
mercantilismo consistía en maximizar el interés del Estado soberano, y no el de
los propietarios de los recursos económicos fortaleciendo así la estructura del
naciente Estado nacional. Con este fin, el gobierno ejercía un control de la
producción, del comercio y del consumo.
La principal característica del mercantilismo era la preocupación por
acumular riqueza nacional, materializándose ésta en las reservas de oro y plata
que tuviera un Estado. Dado que los países no tenían grandes reservas naturales
de estos metales preciosos, la única forma de acumularlos era a través del
comercio. Esto suponía favorecer una balanza comercial positiva o, lo que es lo
mismo, que las exportaciones superaran en volumen y valor a las importaciones,
ya que los pagos internacionales se realizaban con oro y plata. Los Estados
mercantilistas intentaban mantener salarios bajos para desincentivar las
importaciones, fomentar las exportaciones y aumentar la entrada de oro.
Más tarde, algunos teóricos de la economía como David Hume comprendieron
que la riqueza de una nación no se asentaba en la cantidad de metales preciosos
que tuviese almacenada, sino en su capacidad productiva. Se dieron cuenta que
la entrada de oro y plata elevaría el nivel de actividad económica, lo que
permitiría a los Estados aumentar su recaudación impositiva, pero también
supondría un aumento del dinero en circulación, y por tanto mayor inflación, lo
que reduciría su capacidad exportadora y haría más baratas las importaciones
por lo que, al final del proceso, saldrían metales preciosos del país. Sin
embargo, pocos gobiernos mercantilistas comprendieron la importancia de este
mecanismo.
Inicios del capitalismo moderno
Dos acontecimientos propiciaron la aparición del capitalismo moderno; los
dos se produjeron durante la segunda mitad del siglo XVIII. El primero fue la
aparición en Francia de los fisiócratas desde mediados de este siglo; el
segundo fue la publicación de las ideas de Adam Smith sobre la teoría y
práctica del mercantilismo.
Los fisiócratas
El término fisiocracia se aplica a una escuela de pensamiento económico
que sugería que en economía existía un orden natural que no requiere la
intervención del Estado para mejorar las condiciones de vida de las personas.
La figura más destacada de la fisiocracia fue el economista francés François
Quesnay, que definió los principios básicos de esta escuela de pensamiento en Tableau
économique (Cuadro económico, 1758), un diagrama en el
que explicaba los flujos de dinero y de bienes que constituyen el núcleo básico
de una economía. Simplificando, los fisiócratas pensaban que estos flujos eran
circulares y se retroalimentaban. Sin embargo la idea más importante de los
fisiócratas era su división de la sociedad en tres clases: una clase productiva
formada por los agricultores, los pescadores y los mineros, que constituían el
50% de la población; la clase propietaria, o clase estéril, formada por los
terratenientes, que representaban la cuarta parte, y los artesanos, que
constituían el resto.
La importancia del Tableau de Quesnay radicaba en su idea de
que sólo la clase agrícola era capaz de producir un excedente económico, o
producto neto. El Estado podía utilizar este excedente para aumentar el flujo
de bienes y de dinero o podía cobrar impuestos para financiar sus gastos. El
resto de las actividades, como las manufacturas, eran consideradas estériles
porque no creaban riqueza sino que sólo transformaban los productos de la clase
productiva. (El confucianismo ortodoxo chino tenía principios parecidos a estas
ideas). Este principio fisiocrático era contrario a las ideas mercantilistas.
Si la industria no crea riqueza, es inútil que el Estado intente aumentar la
riqueza de la sociedad dirigiendo y regulando la actividad económica.
La doctrina de Adam Smith
Las ideas de Adam Smith no sólo fueron un tratado sistemático de
economía; fueron un ataque frontal a la doctrina mercantilista. Al igual que
los fisiócratas, Smith intentaba demostrar la existencia de un orden económico
natural, que funcionaría con más eficacia cuanto menos interviniese el Estado.
Sin embargo, a diferencia de aquéllos, Smith no pensaba que la industria no
fuera productiva, o que el sector agrícola era el único capaz de crear un
excedente económico; por el contrario, consideraba que la división del trabajo
y la ampliación de los mercados abrían posibilidades ilimitadas para que la
sociedad aumentara su riqueza y su bienestar mediante la producción especializada
y el comercio entre las naciones.
Así pues, tanto los fisiócratas como Smith ayudaron a extender las ideas
de que los poderes económicos de los Estados debían ser reducidos y de que
existía un orden natural aplicable a la economía. Sin embargo fue Smith más que
los fisiócratas, quien abrió el camino de la industrialización y de la
aparición del capitalismo moderno en el siglo XIX.
La industrialización
Las ideas de Smith y de los fisiócratas crearon la base ideológica e
intelectual que favoreció el inicio de la Revolución industrial, término que
sintetiza las transformaciones económicas y sociales que se produjeron durante
el siglo XIX. Se considera que el origen de estos cambios se produjo a finales
del siglo XVIII en Gran Bretaña.
La característica fundamental del proceso de industrialización fue la
introducción de la mecánica y de las máquinas de vapor para reemplazar la
tracción animal y humana en la producción de bienes y servicios; esta
mecanización del proceso productivo supuso una serie de cambios fundamentales:
el proceso de producción se fue especializando y concentrando en grandes
centros denominados fábricas; los artesanos y las pequeñas tiendas del siglo
XVIII no desaparecieron pero fueron relegados como actividades marginales;
surgió una nueva clase trabajadora que no era propietaria de los medios de
producción por lo que ofrecían trabajo a cambio de un salario monetario; la
aplicación de máquinas de vapor al proceso productivo provocó un espectacular
aumento de la producción con menos costes. La consecuencia última fue el
aumento del nivel de vida en todos los países en los que se produjo este
proceso a lo largo del siglo XIX.
El desarrollo del capitalismo industrial tuvo importantes costes
sociales. Al principio, la industrialización se caracterizó por las inhumanas
condiciones de trabajo de la clase trabajadora. La explotación infantil, las
jornadas laborales de 16 y 18 horas, y la insalubridad y peligrosidad de las
fábricas eran circunstancias comunes. Estas condiciones llevaron a que surgieran
numerosos críticos del sistema que defendían distintos sistemas de propiedad
comunitaria o socializado; son los llamados socialistas utópicos. Sin embargo,
el primero en desarrollar una teoría coherente fue Karl Marx, que pasó la mayor
parte de su vida en Inglaterra, país precursor del proceso de
industrialización, y autor de Das Kapital (El capital, 3 volúmenes,
1867-1894). La obra de Marx, base intelectual de los sistemas comunistas que
predominaron en la antigua Unión Soviética, atacaba el principio fundamental
del capitalismo: la propiedad privada de los medios de producción. Marx pensaba
que la tierra y el capital debían pertenecer a la comunidad y que los productos
del sistema debían distribuirse en función de las distintas necesidades.
Con el capitalismo aparecieron los ciclos económicos: periodos de
expansión y prosperidad seguidos de recesiones y depresiones económicas que se
caracterizan por la discriminación de la actividad productiva y el aumento del
desempleo. Los economistas clásicos que siguieron las ideas de Adam Smith no
podían explicar estos altibajos de la actividad económica y consideraban que
era el precio inevitable que había que pagar por el progreso que permitía el
desarrollo capitalista. Las críticas marxistas y las frecuentes depresiones
económicas que se sucedían en los principales países capitalistas ayudaron a la
creación de movimientos sindicales que luchaban para lograr aumentos
salariales, disminución de la jornada laboral y mejores condiciones laborales.
A finales del siglo XIX, sobre todo en Estados Unidos, empezaron a
aparecer grandes corporaciones de responsabilidad limitada que tenían un enorme
poder financiero. La tendencia hacia el control corporativo del proceso
productivo llevó a la creación de acuerdos entre empresas, monopolios o trusts
que permitían el control de toda una industria. Las restricciones al comercio
que suponían estas asociaciones entre grandes corporaciones provocó la
aparición, por primera vez en Estados Unidos, y más tarde en todos los demás
países capitalistas, de una legislación antitrusts, que intentaba impedir la
formación de trusts que formalizaran monopolios e impidieran la competencia en
las industrias y en el comercio. Las leyes antitrusts no consiguieron restablecer la
competencia perfecta caracterizada por muchos pequeños productores con la que
soñaba Adam Smith, pero impidió la creación de grandes monopolios que limitaran
el libre comercio.
A pesar de estas dificultades iniciales, el capitalismo siguió creciendo
y prosperando casi sin restricciones a lo largo del siglo XIX. Logró hacerlo
así porque demostró una enorme capacidad para crear riqueza y para mejorar el
nivel de vida de casi toda la población. A finales del siglo XIX, el
capitalismo era el principal sistema socioeconómico mundial.
El capitalismo en el siglo XX
Durante casi todo el siglo XX, el capitalismo ha tenido que hacer frente
a numerosas guerras, revoluciones y depresiones económicas. La I Guerra
Mundial provocó el estallido de la revolución en Rusia. La guerra también fomentó
el nacionalsocialismo en Alemania, una perversa combinación de capitalismo y
socialismo de Estado, reunidos en un régimen cuya violencia y ansias de
expansión provocaron un segundo conflicto bélico a escala mundial. A finales de
la II Guerra Mundial, los sistemas económicos comunistas se extendieron
por China y por toda Europa oriental. Sin embargo, al finalizar la Guerra fría,
a finales de la década de 1980, los países del bloque soviético empezaron a
adoptar sistemas de libre mercado, aunque con resultados ambiguos. China es el
único gran país que sigue teniendo un régimen marxista, aunque se empezaron a
desarrollar medidas de liberalización y a abrir algunos mercados a la
competencia exterior. Muchos países en vías de desarrollo, con tendencias marxistas
cuando lograron su independencia, se tornan ahora hacia sistemas económicos más
o menos capitalistas, en búsqueda de soluciones para sus problemas económicos.
En las democracias industrializadas de Europa y Estados Unidos, la mayor
prueba que tuvo que superar el capitalismo se produjo a partir de la década de
1930. La Gran Depresión fue, sin duda, la más dura crisis a la que se enfrentó
el capitalismo desde sus inicios en el siglo XVIII. Sin embargo, y a pesar de
las predicciones de Marx, los países capitalistas no se vieron envueltos en
grandes revoluciones. Por el contrario, al superar el desafío que representó
esta crisis, el sistema capitalista mostró una enorme capacidad de adaptación y
de supervivencia. No obstante, a partir de ella, los gobiernos democráticos
empezaron a intervenir en sus economías para mitigar los inconvenientes y las
injusticias que crea el capitalismo.
Así, en Estados Unidos el New Deal de Franklin D. Roosevelt
reestructuró el sistema financiero para evitar que se repitiesen los movimientos
especulativos que provocaron el crack de Wall Street en 1929. Se emprendieron
acciones para fomentar la negociación colectiva y crear movimientos sociales de
trabajadores que dificultaran la concentración del poder económico en unas
pocas grandes corporaciones industriales. El desarrollo del Estado del
bienestar se consiguió gracias al sistema de la Seguridad Social y a la
creación del seguro de desempleo, que pretendían proteger a las personas de las
ineficiencias económicas inherentes al sistema capitalista.
El acontecimiento más importante de la historia reciente del capitalismo
fue la publicación de la obra de John Maynard Keynes, La teoría general del empleo, el
interés y el dinero (1936). Al igual que las ideas de Adam Smith en
el siglo XVIII, el pensamiento de Keynes modificó en lo más profundo las ideas
capitalistas, creándose una nueva escuela de pensamiento económico denominada
keynesianismo.
Keynes demostró que un gobierno puede utilizar su poder económico, su
capacidad de gasto, sus impuestos y el control de la oferta monetaria para
paliar, e incluso en ocasiones eliminar, el mayor inconveniente del
capitalismo: los ciclos de expansión y depresión. Según Keynes, durante una
depresión económica el gobierno debe aumentar el gasto público, aun a costa de
incurrir en déficit presupuestarios, para compensar la caída del gasto privado.
En una etapa de expansión económica, la reacción debe ser la contraria si la
expansión está provocando movimientos especulativos e inflacionistas.
Previsiones de futuro
Durante los 25 años posteriores a la II Guerra Mundial, la
combinación de las ideas keynesianas con el capitalismo generaron una enorme
expansión económica. Todos los países capitalistas, también aquéllos que
perdieron la guerra, lograron un crecimiento constante, con bajas tasas de
inflación y crecientes niveles de vida. Sin embargo a principios de la década
de 1960 la inflación y el desempleo empezaron a crecer en todas las economías
capitalistas, en las que las fórmulas keynesianas habían dejado de funcionar.
La menor oferta de energía y los crecientes costos de la misma (en especial del
petróleo) fueron las principales causas de este cambio. Aparecieron nuevas
demandas, como por ejemplo la exigencia de limitar la contaminación
medioambiental, fomentar la igualdad de oportunidades y salarial para las
mujeres y las minorías, y la exigencia de indemnizaciones por daños causados
por productos en mal estado o por accidentes laborales. Al mismo tiempo el
gasto en materia social de los gobiernos seguía creciendo, así como la mayor
intervención de éstos en la economía.
Es necesario enmarcar esta situación en la perspectiva histórica del
capitalismo, destacando su enorme versatilidad y flexibilidad. Los
acontecimientos ocurridos en este siglo, sobre todo desde la Gran Depresión,
muestran que el capitalismo de economía mixta o del Estado del bienestar ha
logrado afianzarse en la economía, consiguiendo evitar que las grandes
recesiones económicas puedan prolongarse y crear una crisis tan grave como la
de la década de 1930. Esto ya es un gran logro y se ha podido alcanzar sin
limitar las libertades personales ni las libertades políticas que caracterizan
a una democracia.
La inflación de la década de 1970 se redujo a principios de la década de
1980, gracias a dos hechos importantes. En primer lugar, las políticas
monetarias y fiscales restrictivas de 1981-1982 provocaron una fuerte recesión
en Estados Unidos, Europa Occidental y el Sureste Asiático. El desempleo
aumentó, pero la inflación se redujo. En segundo lugar, los precios de la
energía cayeron al reducirse el consumo mundial de petróleo. Mediada la década,
casi todos las economías occidentales se habían recuperado de la recesión. La
reacción ante el keynesianismo se tradujo en un giro hacia políticas monetaristas
con privatizaciones y otras medidas tendentes a reducir el tamaño del sector
público. Las crisis bursátiles de 1987 marcaron el principio de un periodo de
inestabilidad financiera. El crecimiento económico se ralentizó y muchos países
en los que la deuda pública, la de las empresas y la de los individuos habían
alcanzado niveles sin precedente, entraron en una profunda crisis con grandes
tasas de desempleo a principios de la década de 1990. La recuperación empezó a
mitad de esta década, aunque los niveles de desempleo siguen siendo elevados,
pero se mantiene una política de cautela a la vista de los excesos de la década
anterior.
El principal objetivo de los países capitalistas consiste en garantizar
un alto nivel de empleo al tiempo que se pretende mantener la estabilidad de
los precios. Es, sin duda, un objetivo muy ambicioso pero, a la vista de la
flexibilidad del sistema capitalista, no sólo resulta razonable sino, también,
asequible.
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