Carlos III (1716-1788), rey de las Dos Sicilias (1734-1759) y rey de España
(1759-1788), el representante más genuino del despotismo ilustrado español.
Hijo del rey
español Felipe V y de Isabel de Farnesio, nació el 20 de enero de 1716 en
Madrid. Heredó de su madre en 1731 el ducado italiano de Parma, el cual ejerció
hasta 1735, junto al de Plasencia (Piacenza), bajo la tutela de su abuela
materna (Dorotea Sofía de Neoburgo). Después de que su padre invadiera en 1734
Nápoles y Sicilia, al año siguiente, y por medio de la firma del Tratado de
Viena —que ponía fin a la guerra de Sucesión polaca—, fue reconocido como rey
de las Dos Sicilias (título que recogía los dos reinos italianos de Nápoles y
de Sicilia, y el cual ya ejercía desde un año antes) con el nombre de Carlos
VII. Como tal, adoptó reformas administrativas considerables y llevó a cabo una
política de obras públicas que embellecieron la capital napolitana. En 1738,
contrajo matrimonio con María Amalia de Sajonia.
En
1759, accedió al trono español, tras producirse el fallecimiento de su
hermanastro, Fernando VI. Hombre de carácter sencillo y austero, estuvo bien
informado de los asuntos públicos. Fue consciente de su papel político y
ejerció como un auténtico jefe de Estado. Su reinado español puede dividirse en
dos etapas, y el motín contra Leopoldo de Gregorio, marqués de Esquilache
(1766), es la línea divisoria de ambas.
Primera
fase de su reinado español
En
el primer periodo, los políticos más destacados fueron Ricardo Wall y Devreux, Jerónimo
Grimaldi, el marqués del Campo del Villar y el marqués de Esquilache. El equipo
de gobierno llevó a cabo una serie de reformas que provocaron un amplio
descontento social. La aristocracia se vio afectada por la renovada Junta del
Catastro, dirigida a estudiar la implantación de una contribución universal, o
por la ruptura de su prepotencia en el Consejo de Castilla. Por su parte, el
clero recibió continuos ataques a su inmunidad. Se limitó la autoridad de los
jueces diocesanos, se logró el restablecimiento del pase regio (facultad regia
de autorizar las normas eclesiásticas) y se redujeron las amortizaciones de
bienes. A todo ello vino a unirse el descontento popular, hábilmente esgrimido
por la propaganda y el dinero de los privilegiados, provocado por la política
de urbanismo de Madrid (tasas de alumbrado o prohibición de arrojar basuras a
la calle, por ejemplo), los intentos de modificación de las costumbres (bando
de capas y sombreros) y algunas reformas administrativas y hacendísticas.
Segundo
periodo
El
Domingo de Ramos (23 de marzo) de 1766 estalló el motín en Madrid y en varias
provincias, de forma muchas veces simultánea. Los amotinados proferían vivas al
Rey y pedían la destitución del marqués de Esquilache y su camarilla de
extranjeros. En las provincias se gritaba además contra los especuladores,
representantes del poder local. Esquilache fue destituido y se tomaron una
serie de medidas sobre el abastecimiento y el precio del grano. Con el
restablecimiento del orden social se inició la segunda etapa del reinado. La
política pasó a estar en manos de una serie de administradores e intelectuales
nuevos, como José Moñino, conde de Floridablanca, Pedro Rodríguez Campomanes, Pedro
Pablo Abarca, conde de Aranda, o Gaspar Melchor de Jovellanos, que aseguraron
una continuidad en las reformas. La primera medida del nuevo equipo fue la
expulsión de los jesuitas (febrero de 1767), a quienes el Dictamen Fiscal,
elaborado por Campomanes, acusaba de instigadores del motín y enemigos del Rey
y del sistema político, a la vez que denunciaba su afán de poder y de
acumulación de riquezas y cuestionaba su postura doctrinal.
Al
margen de este hecho, el segundo periodo del reinado español de Carlos III se
caracteriza por una profunda renovación en la vida cultural y política. De la
primera cabe destacar el intento de extensión de la educación a todos los
grupos de la sociedad, mediante el establecimiento de centros dependientes de
los municipios o de las Sociedades Económicas de Amigos del País, la creación
de escuelas de agricultura o el equivalente a las de comercio en diversas
ciudades, las propuestas de reforma de los estudios universitarios (1771 y
1786) y, en fin, el estímulo de la actividad de la Real Academia Española, cuya
Gramática
castellana (1771) se impuso como texto en las escuelas. De las
innovaciones políticas sobresalen: la reforma del poder municipal y las
propuestas económicas, cuyas líneas más significativas fueron la remodelación
monetaria y fiscal, los intentos de modernización de la agricultura y la liberalización
de los sectores industrial y comercial.
El
26 de junio de 1766, un Real Decreto establecía que en todos los pueblos de no
menos de dos mil vecinos se nombraran cuatro diputados del común, que
intervinieran con la justicia y los regidores en los abastos del lugar.
Tendrían además voto y asiento en el ayuntamiento. La reforma, que fue
perfilada con sucesivas órdenes, suponía sobre el papel una grave amenaza para
el monopolio de las oligarquías urbanas. Las gentes del común se inhibieron, en
general, y esto fue suficiente para que los grupos tradicionales mantuvieran el
monopolio del poder municipal.
Las
medidas más significativas en política monetaria fueron: las remodelaciones de
marzo de 1772, la emisión de vales reales, el primer papel moneda de España,
iniciada en septiembre de 1780, y la creación del Banco de San Carlos, en julio
de 1782. En el terreno fiscal sobresalió, sin duda, el intento de
establecimiento de la contribución única. En el sector agrario se favoreció la
estabilidad del campesinado, se congelaron los arriendos y se abordó la
confección de una ley agraria, que no vería la luz hasta 1794. En cuanto a los
ámbitos industrial y comercial, la lucha contra la rigidez del sistema gremial,
o el establecimiento del libre comercio de España con las Indias (1778), son
una muestra del acercamiento al liberalismo económico.
En
1787, Carlos III aprobó la creación de un nuevo órgano de gobierno, la Junta de
Estado, a instancias del marqués de Floridablanca. El monarca falleció el 14 de
diciembre de 1788 en Madrid, y fue sucedido por su hijo Carlos, que pasó a
reinar como Carlos IV. De entre los otros doce hijos que tuvo de su matrimonio
con María Amalia de Sajonia, destaca Fernando I de Borbón, rey de las Dos
Sicilias, el cual, desde 1759, le había sustituido como rey de Nápoles.