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Más sobre este recurso: Catalogado en base de datos como: Cid campeador. El concepto de destino.: Agregado: 12 de ABRIL de 2000 | Palabras: 1895 | Votar! | Sin Votos | Sin comentarios | Agregar Comentario Categoría: Apuntes y Monografías > Literatura > |
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Trabajo de análisis, investigación y producción escrita
Primeramente,
consideramos de vital importancia resaltar que al analizar el concepto de
destino siempre surge la pregunta: ¿Estamos predeterminados a un destino? ¿Está todo escrito o realmente uno cambia su
vida a cada instante y todo depende de uno? Desde luego que la contestación a
este enigma que ha obsesionado a la humanidad desde sus orígenes es muy
compleja y depende de los ideales y pensamientos de las personas, donde la
religión cumple un papel determinante. Escapa al objetivo del presente trabajo
discernir sobre cual es la verdad en este tema.
Para
trabajar sobre el este precepto, en esta ocasión, hay que creer que el destino
está escrito, es nuestro futuro y hagamos lo que hagamos no lograremos
cambiarlo. El libre albedrío no existe en las obras que analizaremos. El
destino es una realidad inexorable que nos marca para toda la vida. Se nace con
una meta predeterminada, no importa cuan arduamente se trate de modificar el
curso de los eventos, el fin será siempre el mismo. Pero los héroes conocen su
destino y no tratan de rehuirlo, sino que lo aceptan y viven de acuerdo al
camino que suponen que fue elegido para ellos.
El destino de nuestros héroes...
El
Cid... ¿Un modelo a seguir? Rodrigo o
Ruy Díaz de Vivar, el Cid Campeador es el héroe del Poema del Mío Cid y la más
alta figura de la épica española. Valeroso guerrero y fiel vasallo (“¡Dios, qué
buen vasallo, si oviesse buen señor!”), es
también un padre afectuoso. Su triunfo y sus riquezas no son nada sino
puede hacer partícipes de ello a los suyos. El Cid no es un héroe romántico,
sino un héroe realista, que no combate por amor a la aventura sino para vivir.
Desde éste punto de vista, nada tiene en común con Amadís o con Don Quijote.
Después de vencer al conde de Barcelona, que se burlaba de él considerándose
más refinado que los “malcalzados” que le acompañan, le devuelve generosamente
la libertad, pero se queda con su dinero, que constituye el botín de guerra. Y
en otra ocasión, exhorta a Jimena y a sus hijas para que asistan a la batalla
desde las almenas y vean “cómo se gana
el pan”. Su generosidad asimismo, no es ciega sino razonada. Pródigo con el rey
y con sus soldados, no se preocupa lo más mínimo por su deuda no pagada a los hebreos Raquel y Vidas, probablemente
porque considera justo engañar por una vez a unos judíos, ya que los de su raza
habrían engañado a los cristianos cotidianamente como lo hace cualquier
comerciante. Análogamente, cuando decide vengarse de lo viles Infantes de
Carrión por la ofensa que han inferido a sus hijas, antes de tomar venganza
personal, es decir, de entablar duelo con ellos, les impone con precisión
matemática la restitución de todo cuanto recibieran en dote antes del ultraje.
“Don Quijote –advierte Valbuena Prat, uno de los autores consultados- hubiera
empezado con el desafío”. Su fuerte
virilidad, su distinción, su valor y su prudencia, su amor por sus soldados y
la perfecta dignidad de sus gestos hacen de él un personaje admirable. Su
fidelidad el rey es del estilo germánico, y cuando Alfonso, vencido por su
comportamiento, le otorga audiencia y perdón, el Cid besa humildemente la
tierra en señal de absoluta sumisión ante su señor.
Ahora
bien, luego de caracterizar al afamado Cid Campeador, apliquemos el concepto de
destino. Durante el transcurso de la obra,
ya a partir del comienzo, aparecen distintos indicadores del destino
predeterminado. El de Vivar se caracterizaba por su calidad de líder innato,
estaba esclavizado a convertirse en figura pública y en un modelo a seguir para
la “raza” española.
En
la tirada que exponemos a continuación se presenta el principal y primer
indicio del destino exitoso del Cid: apenas salido de Vivar, la corneja a la
derecha indica la buena fortuna que lo acompañará, pero al entrar a Burgos,
otra corneja se ubicó, esta vez a su izquierda, mostrando el camino sinuoso y
lleno de escollos que debiera transitar nuestro héroe hasta su glorioso retorno.
(Imagen
con texto)
Podríamos
citar, entre las numerosas contrariedades que le sucedieron al Campeador, su
destierro, el engaño y el ultraje a sus hijas, que los de Carrión cometieron,
etc.
Se
nota claramente su devoción por Dios y el aprecio que Este le tiene, por eso el
arcángel Gabriel le es enviado en sueños, como le fue enviado a María, para
darle a conocer su voluntad y que no se rindiese ante las adversidades que le
acontecerían diciendo así:
(Imagen con texto)
El
Cid es un elegido y tiene la misión de convertirse en héroe. Realmente asombra
la capacidad y firmeza con que dirige a las multitudes y al mismo tiempo, el
aprecio y respeto que la gente le tiene; no hay dudas de que va en camino a convertirse en héroe
nacional. Durante todo el texto es evidente la buena estrella que lo acompañará
hasta el fin del poema.
Luego
de explayarnos sobre el Cid, un ejemplo de persona y modelo a seguir,
hablaremos a continuación sobre Pascual Duarte, el antihéroe, el contraejemplo.
Así como lo manifestara el mismísimo personaje de esta historia en una carta
que adjunta al enviar los manuscritos originales de su historia a Joaquín
Barrera López.
La
vida de Pascual Duarte muestra la crueldad y la brutalidad que pueden existir
en una aldea; es el resultado del anquilosamiento moral de una sociedad rural,
casi primitiva, donde tienen asiento las pasiones más salvajes. El dicho
popular “pueblo chico, infierno grande” es una clara síntesis de la vida en
este pueblo situado a unos kilómetros de Almendralejo, Badajoz, España. Pascual
Duarte es ante todo una psicología noble en su elemental inconsciencia. Con la
nobleza inculta, casi hermana de un primitivismo salvaje, pero también en la
cercanía a los altos valores humanos, no contaminados con la turbia hipocresía
o la doble intención. Es su medio, su circunstancia, lo que hace brotar la
fiera que lleva dentro, en la simplificación de su bondad y maldad, en su
violencia espontánea, como la justicia elemental, mecida por el dolor, el asco
y la miseria.
Está
sentenciado a escoger continuamente el camino equivocado y a llevar siempre una
vida desgraciada y llena de trastornos.
“Pesaroso estoy ahora de haber equivocado mi
camino, pero ya ni pido perdón en esta vida. ¿Para qué? Tal vez sea mejor que
hagan conmigo lo que está dispuesto, porque es más probable que si no lo
hicieran volviera a las andadas. No quiero pedir el indulto, porque es
demasiado lo malo que la vida me enseñó y mucha mi flaqueza para resistir al
instinto. Hágase lo que está escrito en el libro de los Cielos. ” Ya desde el
principio de la obra, a Pascual Duarte le es harto conocido que su suerte estaba echada. (fragmento extraído
de la carta que Duarte envía a Barrera López)
“[...]
van quedando escritos en estos papeles con la misma claridad que en un
encerado; es gracioso –y triste también, ¡bien lo sabe Dios!– pararse a
considerar que si el esfuerzo de memoria que por estos días estoy haciendo se
me hubiera ocurrido años atrás [...] Estaría haciendo otra cosa cualquiera de
esas que hacen la mayor parte de los hombres.” Pascual Duarte reconoce que su
destino está ya elegido por Dios, y que por triste que pueda parecer, es
imposible escapar a él y tener una vida mejor. Su sueño de tener la misma
fortuna que un hombre común es irrealizable.
“De
mí puedo decir que lo que se avecinaba momento hubo en que pensé que me había
de hacer loquear. No sé si sería el olfato que me avisaba de la desgracia que
me esperaba. Lo peor es que ese mismo olfato no me aseguraba mayor dicha si es
que quedaba soltero”. Este es otro indicio del cruel futuro que le esperaba sin importar sus decisiones personales.
Luego de la muerte de su hijo, reflexiona Pascual: “¡Quién sabe si no sería
Dios que me castigaba por lo mucho que había pecado y por lo mucho que había de
pecar todavía! ¡Quién sabe si no sería que estaba escrito en la divina memoria
que la desgracia había de ser mi único camino, la única senda por la que mis
tristes días habían de discurrir! A la desgracia no se acostumbra uno, créame,
porque siempre nos hacemos la ilusión de que la que estamos soportando la
última ha de ser, aunque después, nos vayamos empezando a convencer –¡y con
cuanta tristeza!– que lo peor aún está por pasar...” Esta cita da cuenta de que
Duarte es consciente de lo que le deparará su futuro, o al menos aparenta
serlo.
A
veces, hace las cosas aún sin estar convencido de ellas, pero sí de que están
escritas en su destino, como se hace evidente en el pasaje reproducido, antes
del asesinato de su madre (señalada por el Diccionario de Literatura
consultado, como la principal causante de sus males, “una arpía que no lo deja
vivir”).
“Quizás
otra hora llegara ya a pasar. No; definitivamente no. No podía; era algo
superior a mis fuerzas, algo que me revolvía la sangre. Pensé huir. A lo mejor
hacía ruido al salir; se despertaría, me reconocería. No, huir tampoco podía;
iba indefectiblemente camino de la ruina... No había más solución que golpear
sin piedad [...]”
Campo semántico :

Conclusiones
Aunque
parezca extraño, podemos plantear similitudes entre el Cid y Duarte, dos
antónimos personalizados. Primero, podemos decir que a ambos, en su camino por
la vida, se le presentan diferentes contrariedades, pero la diferencia radica
en la manera de resolverlas. Duarte siempre elige el sendero equivocado, la
manera más fácil, y las consecuencias saltan a la vista: comete varios
asesinatos, termina solo y en la cárcel. Mientras que el Cid, y también se le
presentan situaciones difíciles como el destierro, la necesidad de sobrevivir
por sí mismo, el engaño a sus hijas,
actúa de otra forma, elige siempre el buen camino, por más que sea el
más complejo y el que implique un mayor esfuerzo. En oposición al lo que le
ocurre a Duarte, el Campeador obtiene lo que “sembró”, pero la cosecha es
totalmente diferente, implica justicia, heroísmo y riquezas.
Podemos agregar otra similitud entre los
personajes, el estar predeterminados: el Cid, a triunfar; Pascual Duarte, a
perecer en el olvido y sin honor. El destino de ambos parece estar escrito y
sentenciado de antemano. En ambas obras se observan diferentes expresiones de
los personajes (La familia de Pascual Duarte), situaciones dignas de un elegido
(Poema del Mío Cid) que no hacen más que resaltar la monotonía de vivir una
vida ya escrita. Esto se observa más claramente en Pascual Duarte, que en
varias ocasiones aparece como “entregado” a su destino, como si ya supiera que
le depara una vida de fracasos y poca trascendencia. Contrariamente, el Cid se
da cuenta de la importancia de sus
acciones, asume los riesgos y responsabilidades de representar y liderar los intereses
de un pueblo que confía en él y lo
considera un héroe, y desde ya que cumple con gravoso éxito su papel en la
“historia”.
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Diccionario Lit
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