Trabajo Práctico
Tema: “Historia
del cine”
Profesor:
Mastroiani
Alumno:Luis Mazzoco
Historia del cine: desarrollo histórico del arte audiovisual conocido
como cinematografía.
Orígenes
El cine se desarrolló desde el punto de vista científico
antes de que sus posibilidades artísticas o comerciales fueran conocidas y
exploradas. Uno de los primeros avances científicos que llevó directamente al
desarrollo del cine fueron las observaciones de Peter Mark Roget, secretario de
la Real Sociedad de Londres, que en 1824 publicó un importante trabajo
científico con el título de Persistencia de la visión en lo que afecta a los
objetos en movimiento, en el que establecía que el ojo humano
retiene las imágenes durante una fracción de segundo después de que el sujeto
deja de tenerlas delante. Este descubrimiento estimuló a varios científicos a
investigar para demostrar el principio.
Los primeros experimentos
Tanto en Estados Unidos como en Europa, se animaban
imágenes dibujadas a mano como forma de diversión, empleando dispositivos que
se hicieron populares en los salones de la clase media. Concretamente, se
descubrió que si 16 imágenes de un movimiento que transcurre en un segundo se
hacen pasar sucesivamente también en un segundo, la persistencia de la visión
las une y hace que se vean como una sola imagen en movimiento.
El zoótropo que ha llegado hasta nuestros días consta de
una serie de dibujos impresos en sentido horizontal en bandas de papel
colocadas en el interior de un tambor giratorio montado sobre un eje; en la
mitad del cilindro, una serie de ranuras verticales, por las cuales se mira,
permiten que, al girar el aparato, se perciban las imágenes en movimiento. Un
ingenio algo más elaborado era el praxinoscopio, del inventor francés Charles
Émile Reynaud, que consistía en un tambor giratorio con un anillo de espejos
colocado en el centro y los dibujos colocados en la pared interior del tambor.
Según giraba el tambor, los dibujos parecían cobrar vida.
En aquellos mismos años, William Henry Fox Talbot en el
Reino Unido y Louis Daguerre en Francia trabajaban en un nuevo descubrimiento
que posibilitaría el desarrollo del cinematógrafo: la fotografía, ya que sin
este invento previo no existiría el cine. Hacia 1852, las fotografías
comenzaron a sustituir a los dibujos en los artilugios para ver imágenes
animadas. A medida que la velocidad de las emulsiones fotográficas aumentó, fue
posible fotografiar un movimiento real en vez de poses fijas de ese movimiento.
En 1877 el fotógrafo angloestadounidense Eadweard Muybridge empleó una batería
de 24 cámaras para grabar el ciclo de movimientos del galope de un caballo.
Un paso relevante hacia el desarrollo de la primera
cámara de imágenes en movimiento fue el que dio el fisiólogo francés Étienne
Jules Marey, cuyo cronofotógrafo portátil (una especie de fusil fotográfico)
movía una única banda que permitía obtener doce imágenes en una placa giratoria
que completaba su revolución en un segundo. Sin embargo, su tira de película
consistía en un papel mojado en aceite que se doblaba y se desgarraba con
facilidad. Hacia 1889, los inventores estadounidenses Hannibal Goodwin y George
Eastman desarrollaron más tiras de emulsión fotográfica de alta velocidad (que
necesitaban poco tiempo para impresionarse) montadas en un celuloide resistente:
su innovación eliminó un obstáculo esencial en la experimentación con las
imágenes en movimiento.
Thomas Alva Edison y William K. L. Dickson
Hasta 1890, los científicos estaban interesados
principalmente en el desarrollo de la fotografía más que en el de la
cinematografía. Esto cambió cuando el antiguo inventor, y entonces ya
industrial, Thomas Alva Edison construyó el Black Maria, un laboratorio cerca
de West Orange (Nueva Jersey), que se convirtió en el lugar donde realizaba sus
experimentos sobre imágenes en movimiento y el primer estudio de cine del
mundo. Edison está considerado por algunos como el diseñador de la primera
máquina de cine, el kinetoscopio, pero en realidad ni fue él el inventor ni el
invento era propiamente una cámara de cine. Su ayudante, William K. L. Dickson
fue quien hizo en realidad casi todo el trabajo, diseñando el sistema de
engranajes, todavía empleado en las cámaras actuales, que permite que la
película corra dentro de la cámara, e incluso fue él quien por vez primera logró
en 1889 una rudimentaria imagen con sonido. El kinetoscopio, patentado por
Edison en 1891, tenía unos 15 metros de película en un bucle interminable que
el espectador —individual— tenía que ver a través de una pantalla de aumento.
El artefacto, que funcionaba depositando una moneda, no puede considerarse por
tanto un espectáculo público, y quedó como una curiosidad de salón que en 1894
se veía en Nueva York, y antes de finalizar ese año, en Londres, Berlín y
París.
Los hermanos Lumière
Los experimentos sobre la proyección de imágenes en
movimiento visibles para más de un espectador se estaban desarrollando
simultáneamente en Estados Unidos y en Europa; en Francia, a pesar de no contar
con la gran infraestructura industrial de Edison, los hermanos Louis y Auguste
Lumière llegaron al cinematógrafo, invento que era al tiempo cámara,
copiadora y proyector, y que es el primer aparato que se puede calificar
auténticamente de cine, por lo que la fecha de su presentación pública, el 28
de diciembre de 1895, y el nombre de los inventores son los que han quedado
reconocidos universalmente como los iniciadores de la historia del cine. Los
hermanos Lumière produjeron además una serie de cortometrajes con gran éxito,
de género documental, en los que se mostraban diversos elementos en movimiento:
obreros saliendo de una fábrica, olas rompiendo en la orilla del mar y un
jardinero regando el césped. Uno de sus cortometrajes más efectistas para
demostrar las posibilidades del nuevo invento fue el que mostraba a un tren
correo avanzando hacia el espectador, lo que causaba gran impresión en el
público asistente. El cine que se producía mientras en el estudio de Edison era
más teatral: números circenses, bailarinas y actores dramáticos que actuaban
para las cámaras. Pero para entonces el equipamiento elemental ya había sido
estandarizado siguiendo el modelo del cinematógrafo de los hermanos Lumière, y
las películas se comenzaron a comercializar a escala internacional.
Películas de una
bobina
En 1896 el ilusionista francés Georges Méliès demostró
que el cine no sólo servía para grabar la realidad, sino que también podía
recrearla o falsearla. Con estas imaginativas premisas, hizo una serie de
películas que exploraban el potencial narrativo del nuevo medio, dando inicio
al cine de una sola bobina. En un estudio en las afueras de París, Méliès rodó
el primer gran filme puesto en escena cuya proyección duró cerca de quince
minutos: L’Affaire
Dreyfus (El caso Dreyfus, 1899) y filmó Cendrillas
(Cenicienta,
1900) en 20 escenas. Pero sobre todo a Méliès se le recuerda por sus ingeniosas
fantasías como Viaje a la luna (1902) y Alucinaciones del barón de Münchhausen, en
las que experimentaba las posibilidades de los trucajes con la cámara de cine.
Méliès descubrió que deteniendo la cámara en mitad de una toma y recolocando
entonces los elementos de la escena antes de continuar podía, por ejemplo,
hacer desaparecer objetos. Del mismo modo, retrocediendo la película unos
cuantos centímetros y comenzando la siguiente toma encima de lo ya filmado, lograba
superposiciones, exposiciones dobles y disoluciones (fundidos y encadenados,
como elemento de transición entre distintas escenas). Sus cortometrajes fueron
un éxito inmediato de público y pronto se difundieron por todo el mundo. Aunque
hoy en día parecen poco más que curiosidades, son precursores significativos de
las técnicas y los estilos de un arte entonces balbuceante.
El estilo documentalista de los hermanos Lumière y las
fantasías teatrales de Méliès se fundieron en las ficciones realistas del
inventor estadounidense Edwin S. Porter, a quien se le atribuye en ocasiones la
paternidad del cine de ficción. Trabajando en el estudio de Edison, Porter
produjo la primera película estadounidense interesante, Asalto y robo de un tren, en
1903. Esta película, de 8 minutos, influyó de forma decisiva en el desarrollo
del cine porque incluía innovaciones como el montaje de escenas filmadas en
diferentes momentos y lugares para componer una unidad narrativa. Al hacer
esto, Porter inició el montaje, uno de los fundamentos de la creación
cinematográfica, proceso en el que diferentes fragmentos elegidos de las
diversas tomas realizadas —o disponibles— se reúnen para conseguir un conjunto
coherente.
Asalto y robo de
un tren tuvo un gran éxito
y contribuyó de forma notable a que el cine se convirtiera en un espectáculo
masivo. Las pequeñas salas de cine, conocidas como nickelodeones, se
extendieron por Estados Unidos, y el cine comenzó a surgir como industria. La
mayoría de las películas, de una sola bobina, de la época eran comedias breves,
historias de aventuras o grabaciones de actuaciones de los actores teatrales
más famosos del momento.
Las películas mudas
Entre 1909 y 1912 todos los aspectos de la naciente
industria estuvieron bajo el control de un trust estadounidense, la MPPC (Motion
Pictures Patents Company), formado por los principales productores. Este grupo
limitó la duración de las películas a una o dos bobinas y rechazó la petición
de los actores de aparecer en los títulos de crédito. El trust fue desmontado con
éxito en 1912 por la ley antitrust del gobierno, que permitió a los
productores independientes formar sus propias compañías de distribución y
exhibición, por lo que pudieron llegar hasta el público estadounidense obras
europeas de calidad, como Quo vadis? (1912, de Enrico Guazzoni), de
Italia, o La
reina Isabel (1912), de Francia, protagonizada por la actriz Sarah
Bernhardt.
Cine mudo estadounidense
El ejemplo, sobre todo de Italia, que en 1912 con 717
producciones era el cine más potente del mundo, llevó a los productores
estadounidenses a la acción, viéndose obligados a hacer películas más largas,
en las que los directores tuvieran también una mayor libertad artística, y los
actores figuraran en los títulos de crédito, lo que hizo indefectiblemente que
algunos de éstos se convirtieran en los favoritos del público. Como resultado,
siguió un periodo de expansión económica y artística en el cine de este país.
D. W. Griffith
El cineasta más influyente del periodo mudo en la
naciente industria estadounidense fue el productor y director D. W. Griffith,
que en 1908 desarrolló la producción desde los estudios Biograph, en Nueva
York, y perfeccionó los elementos que hasta entonces se habían empleado para
hacer cine. Dio a los planos un sentido narrativo funcional, comenzándolos sólo
cuando había en la acción elementos significativos que mostrar, y terminando en
cuanto la acción concluía. También acercó la cámara a los actores para
conseguir más fuerza emocional, dando al primer plano un sentido enfático y rompiendo
con el tópico, hasta entonces predominante en la industria, de que los
espectadores no comprenderían dos ojos o una mano llenando toda la pantalla.
Griffith, además de introducir estas novedades en la colocación de la cámara,
hizo también evolucionar la puesta en escena, y formó y dirigió su propia
compañía de actores hacia un modo de interpretación más naturalista (como por
otra parte requerían los planos más cercanos de los intérpretes). En su escuela
se formaron futuras estrellas como Mary Pickford, Lillian Gish o Lionel
Barrymore. Además, experimentó con cierta libertad con la iluminación, los
ángulos de cámara y el uso de filtros sobre los objetivos para conseguir
efectos únicos. Griffith también descompuso las escenas en una serie de planos
diferentes, midiendo la duración de cada uno de ellos para conseguir una
intensidad emocional creciente y un ritmo antes desconocido en el cine. Con
ello demostró que la base de la expresión fílmica es el montaje, y que la
unidad de montaje es el plano, y no la escena.
En 1913 Griffith completó la que sería la primera de sus
obras épicas: Judit de Betulia, película de 4 bobinas que irritó a los
ejecutivos de la Biograph por su duración, por lo que no fue distribuida hasta
1914, cuando la producción de los largometrajes era ya algo más común. Mientras
tanto, Griffith había dejado la Biograph para incorporarse a la Mutual de
Hollywood y había comenzado a trabajar en El nacimiento de una nación (1915),
película de 12 bobinas considerada la primera obra maestra del cine. Aunque hoy
resulte ridícula por su tono reaccionario en defensa del Ku Klux Klan, en su
día emocionó a los espectadores, que llegaron a los cien millones, con la
mezcla experta de acción, combate y drama humano. Con los cuantiosos beneficios
de esta obra, Griffith emprendió un intento más progresista, y también más
atrevido formalmente, de retratar a través de cuatro episodios históricos el
fanatismo humano: Intolerancia (1916). Esta obra le supuso, sin embargo, un
fracaso comercial y la ruina económica, ya que el montaje final en el que se
entremezclaban fragmentos de las cuatro historias que componían la película: La caída de
Babilonia, Vida y Pasión de Cristo, La matanza de san Bartolomé y La madre y
la ley, sin ningún enlace entre los cuatro episodios, resultaba ya
excesivamente complejo.
El traslado a Hollywood
Entre 1915 y 1920 las grandes salas de cine proliferaron
por todo el territorio de Estados Unidos, mientras la industria se trasladaba
de los alrededores de Nueva York a Hollywood, pequeña localidad californiana
junto a Los Ángeles donde los productores independientes, como Thomas Harper
Ince, Cecil B. de Mille y Mack Sennett, construyeron sus propios estudios. Ince
introdujo el sistema de unidades, en el que la producción de cada película
estaba descentralizada —se trabajaba por obra—, con lo que se podían hacer
simultáneamente varias películas, cada una de ellas supervisada de principio a
fin por un jefe de unidad —un productor ejecutivo— que dependía a su vez del
jefe del estudio. Se produjeron así cientos de películas al año como respuesta
a la creciente demanda de las salas. La inmensa mayoría eran westerns, comedias
de tortazos y resbalones y elegantes melodramas, como el de Cecil B. de Mille Macho y
hembra (1919) protagonizado por Gloria Swanson. Ince, por su parte,
se especializó en la Guerra Civil estadounidense y el lejano Oeste, sin
concesiones al sentimentalismo, en los que destacó el entonces popular vaquero
William S. Hart.
Películas cómicas mudas
Mack Sennett llegó a ser entonces el rey de la
comicidad, introduciendo en la pantalla el estilo de los espectáculos de
variedades, en una serie de imaginativas películas protagonizadas por los
famosos Keystone Kops. Su estilo en conjunto era nuevo, ya que fundía elementos
del vodevil, el circo, las tiras cómicas y la pantomima teatral, con un sentido
del ritmo en el que era un verdadero maestro. Sennett decía que un gag debía
plantearse, desarrollarse y completarse en menos de 30 metros de película (que
equivalen a menos de un minuto de proyección). Tenía un talento especial para
crear una atmósfera en la que el temperamento artístico de cada cómico pudiera
brillar. Sennet fue un gran descubridor de talentos; entre los que trabajaron
con él destacaron Marie Dressler, Mabel Normand, Fatty Arbuckle, Gloria
Swanson, Harold Lloyd, Wallace Beery y un nuevo cómico británico cuyo nombre
artístico era Charlie Chaplin.
Chaplin era un cómico genial cuyos trabajos darían
brillo a la pantalla. Su sola presencia era suficiente para asegurar el éxito
comercial de una película. Fue la primera estrella internacional y una leyenda
viva desde su juventud, rompiendo con cada nueva producción los récords de
taquilla anteriores. Su personaje del vagabundo Charlot mezclaba de una forma
única la comedia sentimental, la sátira social y el patetismo de la naturaleza
humana, convirtiéndose en un arquetipo universal. Este personaje fue creciendo
a lo largo de sus películas El vagabundo (1915), Vida de perros (1918), El chico
(1921) y La
quimera del oro (1925). Con la llegada del sonoro, los productores
se niegan a estrenar Luces de la ciudad (1931), pero él lo hace
por su propia cuenta y vuelve a romper todos los récords de taquilla, éxito que
repite con Tiempos
modernos (1936), sátira contra la automatización del trabajo, y El gran
dictador (1940), primer filme hablado de Chaplin, una oportuna burla
de los dictadores de aquella época que le trae, sin embargo, enemistades entre
los sectores más reaccionarios del poder estadounidense, obligándole a
abandonar el país en la década de 1950, cuando la ‘caza de brujas’ promovida
por McCarthy siembra la sospecha y la desconfianza hacia los cineastas
progresistas. Mucho antes, en 1919, tras sus primeros éxitos, Chaplin, junto
con D. W. Griffith y los dos actores más famosos del momento, Mary Pickford y
Douglas Fairbanks, habrá formado la productora United Artists, precursora del star system
—aunque en su caso y el de Griffith además de estrellas eran los auténticos
creadores y productores—, e iniciadora de la época de oro del cine mudo en
Estados Unidos.
Cine mudo latinoamericano
El cinematógrafo fue conocido en la mayoría de las
capitales de los países latinoamericanos inmediatamente después de la primera
proyección realizada en París por los hermanos Lumière. Sin embargo, en ninguno
de ellos surgió una industria propiamente dicha hasta la década de 1940. Desde
principios del siglo XX, a través de la distribución y la exhibición, las
compañías estadounidenses de cine detentan el control de las pantallas de todo
el continente, salvo en el corto periodo de la II Guerra Mundial. Como
aliado, México se benefició de este importante mercado cedido por Estados
Unidos en detrimento de Argentina y España, el primero neutral y el segundo
bajo una dictadura fascista, que vieron decaer sus respectivas industrias
cinematográficas. En ese periodo México vio crecer su industria gracias a un
mercado seguro de habla castellana. Las producciones por lo general eran
comedias y dramas populares, cuando no películas de tendencia socio-folclórica.
El cine en México había empezado con Riña de hombres en el zócalo (1897). A
partir de esta fecha no se dejaron de producir películas, generalmente
noticiarios sobre la independencia y la Revolución Mexicana como El grito de
Dolores (1910, de Felipe Jesús del Haro) o Insurrección en México
(1911, de los hermanos Alva). En 1917, el gobierno de Venustiano Carranza
restringe la difusión del cine documental revolucionario, y ese mismo año se
funda la productora Azteca Film, que realiza películas de ficción como La obsesión.
Cine mudo europeo
La producción cinematográfica en el Reino Unido, Italia
y los países nórdicos decayó de forma drástica tras el fin de la I Guerra
Mundial debido al aumento de los costes de producción y a una incapacidad
comercial para competir en un mercado mundial creciente. Sin embargo, en
Alemania, en la recién creada Unión Soviética y en Francia, las películas
alcanzaron una nueva significación artística, marcando el inicio de un periodo
que sería muy influyente en el desarrollo del medio.
Alemania y Austria
El impactante e innovador cine mudo alemán tomó del
expresionismo y las técnicas del teatro clásico de la época sus principales
fuentes de inspiración, como muestra el ejemplo más conocido de película
expresionista de la época, El gabinete del doctor Caligari (1919), de
Robert Wiene, en la que los estilizados vestuarios y decorados se utilizaban
para contar una terrorífica historia que identifica la autoridad con la
demencia y la criminalidad. Una preocupación similar por la estilización formal
y por lo sobrenatural en los temas (frente al prosaico realismo del cine
estadounidense, que ha predominado como el único estándar debido a su éxito
comercial) se evidencia en películas como El Golem (1920), de Paul Wegener y Henrik
Galeen, Nosferatu,
el vampiro (1922), de F. W. Murnau, y Metrópolis (1927) de Fritz
Lang, que trata de una sociedad robótica controlada por un gran poder
industrial en la que los obreros están reducidos a la condición de esclavos.
Cualquiera de estas películas, y en especial las dos últimas, crearon escuela
en el cine comercial estadounidense con su temática, decorados e incluso estilo
de realización, como prueba el que los dos directores fueran contratados por la
industria de Hollywood para continuar su trabajo en aquel país.
A mediados de la década de 1920, la capacidad técnica
del cine alemán sobrepasaba la de cualquier otro en el mundo. Los actores y los
directores recibían un apoyo casi ilimitado por parte del Estado, que financió
los mayores y mejor equipados estudios del mundo, los de la UFA (Universum Film
Aktiengesellschaft), de Berlín. Los estudios introspectivos, expresionistas de
la vida de las clases populares, conocidos como ‘películas de la calle’, se
caracterizaban por su dignidad, belleza y duración, además de introducir
grandes avances en el uso efectivo de la luz, los decorados y la fotografía.
Los directores alemanes liberaron a la cámara del trípode y la pusieron sobre
ruedas, consiguiendo una movilidad y una gracia que no se habían visto antes.
Películas como las de Murnau El último (1924), protagonizada por Emil
Jannings, o El
espejo de la dicha (1926), de G. W. Pabst, protagonizada por una
joven Greta Garbo, fueron aclamadas universalmente por la profundidad de las
emociones que comunicaban y sus innovaciones técnicas. Debido a la emigración
de los mejores talentos alemanes, austriacos y, en general, centroeuropeos, la
producción de las películas decayó rápidamente tras 1925, convirtiéndose en una
industria más que intentaba imitar el cine que se hacía en Hollywood.
La Unión Soviética
Entre 1925 y 1930 apareció una serie de grandes
películas soviéticas, revolucionarias tanto en su temática como en su fuerza
visual y los métodos de realización empleados. La industria del cine soviética
fue nacionalizada en 1919 y puesta bajo el control del Comisariado del Pueblo
para la Propaganda y la Educación. Las películas de este periodo mostraban la
reciente historia soviética con una fuerza, realismo y visión que era la
antítesis del espíritu introspectivo alemán. Los dos principales directores
soviéticos, Serguéi Mijáilovich Eisenstein y Vsiévolod Ilariónovich Pudovkin,
recibieron una fuerte influencia de la obra de Griffith, sobre todo de Intolerancia
y su montaje, aspecto del nuevo arte que analizaron en detalle, formularon
teorías, depuraron y aplicaron hasta conseguir los más brillantes logros en
este campo de la historia del cine, con la concatenación rápida de tomas
separadas de gran fuerza visual capaces de dejar una fuerte impresión en el
espectador.
El empleo más espectacular de estas técnicas se puede
apreciar en la obra de Eisenstein El acorazado Potemkín (1925), en la que se
relata el motín de los marineros de un barco de guerra, hartos de recibir
rancho podrido, y la cálida recepción que las gentes de Odesa dan a los
rebeldes. En la célebre secuencia de las escaleras de Odesa, Eisenstein lleva
hasta el clímax los disparos de los soldados zaristas sobre la muchedumbre con
una serie de escenas rápidas, simultáneas, montadas de forma alternativa, combinando
la descripción general de la escena con detalles significativos, como el
descenso del cochecito de un niño que rueda por unas interminables escaleras al
haber sido alcanzada su madre, o la imagen de una abuela tiroteada, o un
estudiante retrocediendo horrorizado mientras las tropas avanzan sobre el
pueblo con la bayoneta calada. El resultado final crea una emoción única,
integrando toda la serie de sucesos simultáneos.
El fin de San
Petersburgo (1927), de
Pudovkin, y Octubre
(1928), de Eisenstein, también conocida como Diez días que estremecieron al mundo,
conmemoran el décimo aniversario de la revolución bolchevique desde distintos
puntos de vista. Pudovkin narró la historia del individuo como un héroe, una
personificación de las masas. Para Eisenstein, por su parte, las masas por sí
mismas son el héroe protagonista. Ambos cineastas —y sus respectivos
operadores, Golovna y Tissé— eran además excelentes escritores y teóricos del
cine, que analizaron su propio trabajo y el de otros autores enriqueciendo un
creciente corpus de crítica y teoría del cine que se publicó en todo el mundo.
España
En España los pioneros del nuevo arte empiezan a
producir películas en 1896. Eduardo Jimeno realiza Salida de la misa de doce del Pilar de
Zaragoza (1897), al puro estilo de los hermanos Lumière. En
Barcelona, Fructuoso Gelabert realiza e interpreta Riña de café (1897), la
primera película española con argumento. El hotel fantástico (1905), realizada por
Segundo de Chomón, incorpora sobreimpresiones y otros trucos que había
utilizado en Francia Georges Méliès. Las productoras más importantes de la
época del cine mudo son Hispano Films, Films Barcelona e Iris Films. Por lo
general producían películas basadas en acartonados dramas teatrales. El
gobierno desdeña las posibilidades del cine y ya en 1913 dicta la primera orden
de censura. La zarzuela, que suministra temas cinematográficos en la década de
1920, se convierte en todo un subgénero con títulos como La revoltosa (1924) y Gigantes y
cabezudos (1925), ambas de Florián Rey. Su mayor éxito lo consiguió
con La
aldea maldita (1929). Con la llegada del cine sonoro Benito Perojo
realiza La
verbena de la Paloma (1935); y durante los años de la Segunda
República es el director más afamado y cosmopolita, pues también trabajó como
guionista, actor y productor en Berlín, París y Hollywood. La película más
importante de la etapa del cine mudo fue Las Hurdes, tierra sin pan (1932), de Luis
Buñuel.
Francia
Solamente en Francia la industria cinematográfica tenía
el vigor necesario como para sobrevivir durante la etapa que siguió a la
I Guerra Mundial sin el apoyo del gobierno. Trabajando en pequeños
estudios, alquilados para cada película, un grupo de diferentes artistas
desarrolló un cine tanto de vanguardia como tradicional con un mínimo de
interferencias por parte de los productores ejecutivos. El escritor, director y
editor de revistas de cine Louis Delluc fue un defensor ardiente del cine
francés, que se rodeó de creadores como Abel Gance, René Clair, Jean Epstein o
Germaine Dulac. Fue un grupo del que dependería mucho la supervivencia del cine
francés. La obra de Delluc Fiebre (1921) era un retrato impresionista
de la vida de las clases populares, mientras que Un sombrero de paja en Italia
(1927), de Clair, es una deliciosa e imaginativa comedia basada en una farsa
popular del siglo XIX, y Napoleón (1927), de Abel Gance, es una
obra monumental e innovadora en cuanto a la técnica: empleaba tres pantallas
sobre las que se proyectaban docenas de imágenes simultáneas.
Una de las producciones francesas más destacadas de la
década de 1920 es La pasión de Juana de Arco (1928), del danés Carl Theodor
Dreyer, que, trabajando con un reparto y un equipo técnico internacionales,
mezcló lo mejor del cine escandinavo, alemán y soviético para hacer un cine con
un estilo propio, fluido y lleno de encanto, en el que forma y contenido se
fundían para conseguir una reverencia operística por el resultado final.
Además, la interpretación de Renée Falconetti como Juana de Arco está
considerada como uno de los mejores ejemplos de interpretación cinematográfica
muda. Esta película, junto con Amanecer (1927), película estadounidense
de Murnau, cierran el periodo más brillante del cine mudo que daría paso al
advenimiento del sonoro.
La madurez del cine mudo
En los años posteriores a la I Guerra Mundial, la
industria cinematográfica se convirtió en uno de los sectores principales de la
industria estadounidense, generando millones de dólares de beneficios a los
productores que tenían éxito. Las películas de este país se internacionalizaron
y dominaron el mercado mundial. Los autores europeos más destacados fueron
contratados por los estudios y sus técnicas se asimilaron en Hollywood, que las
adaptó a sus fines comerciales. El star system floreció, y las películas utilizaron
a las grandes estrellas, entre otras a Rodolfo Valentino, John Barrymore, Greta
Garbo, Clara Bow y Norma Shearer, como principal atractivo para el público. El
periodo se caracterizó también por el intento de regular los valores morales
del cine a través de un código de censura interna, creado por la propia
industria de Hollywood en 1930 (el código Hays, bautizado así por dirigirlo el
político y moralista Will Hays). Este tipo de instrumentos de control político
moral persistieron hasta 1968 en Estados Unidos.
En los años veinte las películas estadounidenses
comenzaron a tener una sofisticación y una suavidad de estilo que sintetizaba
lo que se había aprendido de la experiencia. Los majestuosos westerns
románticos, como El caballo de hierro (1924), de John Ford, mostraban la
economía y maestría narrativas que marcarían la trayectoria de los directores
clásicos Frank Capra, William Wyler o George Stevens. Mientras, Cecil B. de
Mille trataba de enmascarar el erotismo de sus primeras comedias sexuales, como
El
señorito Primavera (1921), tras la fachada bíblica de espectáculos
como Los
diez mandamientos (1923) o El rey de reyes (1927) en los que de hecho
aparecían orgías y escenas de baño con el menor pretexto.
Dos de los directores más populares de la época, Ernst
Lubitsch y Erich von Stroheim, alemán el primero y austriaco el segundo,
revelaron sus sofisticados y diferentes comportamientos en la pantalla con sus
primeras obras en Hollywood. El primero abandonó los espectáculos que había
dirigido en su país para hacer comedias ligeras, románticas, caracterizadas por
la sencillez de sus decorados, elegancia de su técnica y encanto personal. En Los peligros
del flirt (1924) o La locura del charlestón (1926) manejó con
tanta habilidad el tema sexual que lograba al mismo tiempo mostrarlo plenamente
y resultar aceptable para los censores. El trabajo de Von Stroheim, por su
parte, más duro y más europeo en su tono, es de una riqueza extravagante e
incluso en ocasiones melancólico, como en Esposas frívolas (1922), en la que
contrasta la inocencia estadounidense con la decadencia europea. Su obra
maestra sobre la codicia en la sociedad estadounidense, Avaricia (1923), fue
reducida por los ejecutivos del estudio de diez a dos horas. La mayoría de lo
cortado entonces se ha perdido, pero incluso en su forma abreviada es
considerada como una de las obras maestras del realismo cinematográfico.
Las películas cómicas conocieron una época dorada en los
años veinte. A Chaplin se unieron otros dos cómicos, Harold Lloyd y Buster
Keaton, a la cabeza del género, ambos continuadores de la tradición de las
películas cómicas de payasadas, de una sola bobina. Durante este periodo, cada
uno de estos cómicos dispuso del tiempo y del apoyo económico necesarios para
desarrollar su estilo personal. Keaton nunca sonreía, y en películas como El moderno
Sherlock Holmes (1924), dirigida por él, hizo contrastar su gesto
impasible con los gags visuales basados en sus increíbles facultades físicas.
Harold Lloyd era un cómico temerario que jugaba a menudo con la ley de la
gravedad desde grandes alturas. Encarnaba al chico ingenuo típicamente
estadounidense, como en El estudiante novato (1925), de Sam Taylor
y Fred Newmeyer, en el que interpreta al personaje débil que demuestra su
valentía.
El documental en la época del cine mudo
Las primeras películas eran documentales, ya que se
limitaban a mostrar hechos que ocurrían en la calle: el terremoto de San
Francisco en 1906, el vuelo de los hermanos Wright en Francia en 1908 o la
erupción del volcán Etna en Sicilia en 1910 fueron sucesos filmados por cámaras
de cine que se incorporaban a alguno de los noticiarios Pathé, que continuaron
produciéndose hasta cerca de la década de 1950. Sin embargo, una vez que las
películas de ficción se hicieron populares, las de hechos reales fueron casi
totalmente abandonadas hasta la aparición del documentalista Robert Flaherty a
comienzos de la década de 1920.
Su obra Nanuk el esquimal (1922), estudio de la
vida de ese pueblo, poseía un alto grado de acercamiento a la intimidad de los
personajes, con los que establecía un contacto cálido y que el cine documental
mostraba por primera vez. Aunque su trabajo posterior, especialmente Moana
(1926), terminada por el cineasta de ficción Murnau, y Hombres de Arán (1934)
fueran criticadas por lo que tenían de ficción, son obras maestras del género,
para el que consiguió el interés del gran público. El documental llegó después
a su cenit en Gran Bretaña.
El cine sonoro
En 1926 la productora Warner Brothers introdujo el
primer sistema sonoro eficaz, conocido como Vitaphone, consistente en la
grabación de las bandas sonoras musicales y los textos hablados en grandes
discos que se sincronizaban con la acción de la pantalla. En 1927, la Warner
lanzó El
cantor de jazz, de Alan Crosland, la primera película sonora,
protagonizada por el showman de origen ruso Al Jolson, que
alcanzó un éxito inmediato e inesperado entre el público. Su eslogan, sacado
del texto de la película “aún no has oído nada”, señaló el final de la era
muda. Hacia 1931 el sistema Vitaphone había sido superado por el Movietone, que
grababa el sonido directamente en la película, en un banda lateral. Este
proceso, inventado por Lee de Forest, se convirtió en el estándar. El cine
sonoro pasó a ser un fenómeno internacional de la noche a la mañana.
Las primeras películas habladas
La transición del cine mudo al sonoro fue tan rápida que
muchas películas distribuidas entre 1928 y 1929, que habían comenzado su
proceso de producción como mudas, fueron sonorizadas después para adecuarse a
una demanda apremiante. Los dueños de las salas se apresuraron también a
convertirlas en salas aptas para el sonoro, mientras se rodaban películas en
las que el sonoro se exhibía como novedad, adaptando obras literarias e
introduciendo extraños efectos sonoros a la primera oportunidad. El público
pronto se cansó de los diálogos monótonos y de las situaciones estáticas de
estas películas, en las que un grupo de actores se situaba cerca de un
micrófono fijo.
Tales problemas se solucionaron en los inicios de la
década de 1930, cuando en varios países un grupo de directores de cine tuvieron
la imaginación necesaria para usar el nuevo medio de forma más creativa,
liberando el micrófono de su estatismo para restablecer un sentido fluido del
cine y descubrir las ventajas de la postsincronización (el doblaje, los efectos
sala y la sonorización en general que sigue al montaje), que permitía la
manipulación del sonido y de la música una vez rodada y montada la película. En
Hollywood, Lubitsch y King Vidor experimentaron con el rodaje de largas
secuencias sin sonido, añadiéndolo posteriormente para resaltar la acción.
Lubitsch lo hizo suavemente, con la música, en El desfile del amor (1929),
y Vidor con el sonido ambiente para crear una atmósfera natural en Aleluya
(1929), un musical realista interpretado íntegramente por actores
afroamericanos cuya acción transcurre en el sur de Estados Unidos. Los
directores comenzaban a aprender a crear efectos con el sonido que partía de
objetos no visibles en la pantalla, dándose cuenta de que si el espectador oía
un tictac era innecesario mostrar el reloj.
Los guionistas Ben Hecht, Dudley Nichols y Robert Riskin
comenzaron a inventarse diálogos especialmente elaborados para la pantalla, a
los que se despojaba de todo lo que no fuera esencial para que sirvieran a la
acción en vez de estorbarla. El estilo periodístico rapidísimo que Hecht
preparó para Un gran reportaje (1931), de Lewis Milestone, contrasta con
las ingeniosas réplicas que escribiría para la obra de Lubitsch Una mujer
para dos (1933). Nichols, por su parte, destacó por sus diálogos
claros, sin ambigüedades, en películas como María Estuardo (1936), de John Ford.
Riskin se hizo famoso por sus personajes familiares en las películas de Frank
Capra, entre ellas Sucedió una noche (1934), protagonizada
por Claudette Colbert y Clark Gable.
Películas de gángsters y musicales
Las películas de gángsters y musicales dominarían la
pantalla a comienzos de 1930. El éxito de Hampa dorada (1930), de Mervyn Le Roy,
hizo una estrella de Edward G. Robinson. Películas como El enemigo público número 1
(1934), de W. S. Van Dyke, o Scarface, el terror del hampa (1932), de
Howard Hawks, dieron dinamismo, vigor y realismo a la pantalla, como los
musicales y las comedias estrafalarias que parecían mostrar una actitud
inconformista ante la vida. El éxito del musical de la Warner La calle 42
(1933), de Lloyd Bacon y Busby Berkeley, inició una tendencia a producir
películas de baile, con coreografías magistrales de Berkeley. Éstas darían paso
a musicales más intimistas, como los de Fred Astaire y Ginger Rogers, como Sombrero de
copa (1935), de Mark Sandrich, y Swing time (1936), de George Stevens. Los
cómicos populares, como W. C. Fields, los Hermanos Marx, Mae West y Stan Laurel
y Oliver Hardy (el Gordo y el Flaco), crearon al tiempo mundos cómicos
distintos y personales con los que el público de cada uno de ellos se
identificaba. Por entonces, gran parte de la violencia y la carga sexual de las
primeras películas de gángsters y de las comedias musicales fue reducida por la
influencia de la Legión Católica para la Decencia y la creciente fuerza de las
leyes de la censura de 1934.
Las estrellas
La mayoría de los directores de los años treinta se
ocuparon sobre todo de proporcionar en sus películas medios para el lucimiento
de las estrellas más famosas, como Katharine Hepburn, Bette Davis, Humphrey
Bogart, Joan Crawford y Clark Gable, cuyas personalidades se presentaban a la
opinión pública como una extensión de los personajes que interpretaban. La moda
de llevar al cine novelas de éxito (y en concreto novelones románticos), en
realidad siempre presente en la industria de Hollywood, alcanzó su punto máximo
en la década de 1930, con las superproducciones de Historia de dos ciudades
(1935), de Jack Conway, La buena tierra (1937), de Sidney
Franklin, Cumbres
borrascosas (1939), de William Wyler, y uno de los grandes hitos de
la historia del cine, Lo que el viento se llevó (1939), de
Victor Fleming.
Películas fantásticas
La tendencia a evadirse de una realidad no demasiado
halagüeña se acentuó en aquellos años. Un ciclo de películas de terror clásico,
entre las que se incluyen Drácula (1931), de Tod Browning, El doctor
Frankenstein (1931), de James Whale, y La momia (1932), de Karl
Freund, salió de los estudios de la Universal, y generó una serie de secuelas e
imitaciones a lo largo de toda la década. Una película que cosechó un éxito
rotundo de taquilla fue King Kong (1933), de Merian C. Cooper. En
el género fantástico también destacó El mago de Oz (1939), de Victor Fleming,
musical infantil basado en el libro de L. Frank Baum, protagonizado por Judy
Garland, que se convertiría en la primera artista musical de la década de 1940.
El cine artístico
La producción de películas fantásticas de Hollywood se
intentó compensar durante los años treinta con películas más serias y
realistas, europeas en su mayor parte, como la alemana El ángel azul (1930), de
Josef von Sternberg, que dio a conocer a Marlene Dietrich, o la francesa La gran
ilusión (1937), de Jean Renoir, considerada una de las grandes
películas antibélicas de la historia del cine. Un cineasta estadounidense
procedente de la radio, el escritor-director-actor Orson Welles, sorprendió
desde su primera obra con sus nuevos encuadres, objetivos angulares y efectos
de sonido, entre otras innovaciones, que ampliaron considerablemente el
lenguaje cinematográfico. Aunque nunca llegó a adaptarse a la industria de
Hollywood, y pocas veces encontró respaldo financiero para sus proyectos, sus
películas Ciudadano
Kane (1941) y El cuarto mandamiento (1942) tuvieron una
influencia capital en la obra de los cineastas posteriores de Hollywood y del
mundo entero.
La producción europea
La producción del centro y del este de Europa fue
esporádica en el periodo previo a la II Guerra Mundial, reduciéndose en
Alemania a películas de propaganda nazi como el documental Triumph des Willens (Triunfo de
la voluntad, 1934), de Leni Riefenstahl, celebración de la
concentración anual del partido nacionalsocialista alemán en la ciudad de
Nuremberg. En la Unión Soviética, el documental se centró en recreaciones de
ópera y ballets demasiado estáticas y elaboradas, con la excepción de dos
excelentes películas de Eisenstein por su montaje y por sus innovaciones
visuales: Alejandro
Nevski (1938) e Iván el Terrible (1944-1948). En Francia,
sin embargo, el cine alcanzó uno de sus mejores momentos con el realismo
poético de Marcel Carné y las películas de Jean Renoir. Jean Vigo insufló de
una enorme fuerza poética a la imagen con ejemplos como Cero en conducta (1933) o L’Atalante
(1934). A pesar de la caótica industria francesa, especialmente durante la
guerra, la actividad creadora no cesó y Marcel Carné, incluso durante la
ocupación nazi, realizaría la obra maestra Les enfants du paradis (Los niños
del paraíso, 1945), de más de tres horas de duración, empleando
cientos de extras en una alegoría teatral estilizada del amor y la muerte.
El documental británico
Aparte de los primeros trabajos del director Alfred
Hitchcock, que empezó a hacer largometrajes en Hollywood en 1939, y el trabajo
durante la posguerra del director Carol Reed, con obras como Larga es la
noche (1946), la contribución más peculiar del cine británico en las
décadas de 1930 y 1940 fue la escuela documentalista dirigida por John
Grierson, que acuñó el término documental, definiéndolo como “el tratamiento
creativo de la realidad”, para diferenciarlo de los noticiarios y de las
películas de viajes. Como resultado del apoyo estatal, se rodaron Song of
Ceylon (Canción de Ceilán, 1934), Housing
problems (Problemas de la vivienda, 1935) o Night Mail
(Correo
nocturno, 1936), con las que el género maduró, estableciendo una
relación más cercana con el público mediante la inclusión de entrevistas y
recreaciones dramatizadas de hechos, en un estilo precursor de los actuales
docudramas televisivos.
El documental estadounidense
Las películas de Grierson influyeron de forma importante
en los documentales rodados en Estados Unidos, especialmente en los de Pare
Lorentz, cuyas películas El arado que rompe los llanos (1936) y El río
(1937) eran reflexiones profundas y poéticas sobre las relaciones de la gente y
su tierra. Ambos documentales, junto con La ciudad (1939), técnicamente fascinante
sobre la planificación urbanística de Williard van Dyke, fueron unánimemente
aclamadas en su presentación en la Exposición Universal de Nueva York de 1939.
Durante la guerra, los cineastas estadounidenses combinaron el estilo
documental con formas de ficción para producir reconstrucciones de historias
reales en películas de suspense, como La casa de la calle 92 (1945), de Henry
Hathaway, una historia antinazi de espionaje basada en grabaciones del FBI. El
movimiento documentalista también influiría en Hollywood, sobre todo en la
realización de películas más realistas, del género bélico, como También
somos seres humanos (1945, William A. Wellman), una cruda visión del
corresponsal de guerra Ernie Pyle y su relación con los soldados en el frente.
Desarrollo del cine
en color
Los experimentos con película de color habían comenzado
ya en 1906, pero sólo se había usado como curiosidad. Los sistemas ensayados,
como el Technicolor de dos colores, fueron decepcionantes y fracasaban en el
intento de entusiasmar al público. Pero hacia 1933 el Technicolor se había perfeccionado,
con un sistema de tres colores comercializable, empleado por vez primera en la
película La
feria de la vanidad (1935), de Rouben Mamoulian, adaptación de la
novela de William Makepeace Thackeray. La popularidad del color aumentó, y
durante los años cuarenta se empleó sobre todo en una serie de musicales
clásicos de la MGM (Metro Goldwyn Mayer), entre los que destaca Easter
Parade (Desfile de Pascua, 1948), de Charles
Walters. En la década de 1950 el uso del color se generalizó tanto que
prácticamente el blanco y negro quedó relegado para películas de bajo
presupuesto que buscaban un realismo sereno, como Marty (1955) de Delbert
Mann, sobre las aspiraciones de un carnicero del Bronx, o El hombre del brazo de oro
(1955), de Otto Preminger, en la que se contaba la historia de un drogadicto. A
partir de los años sesenta, el blanco y negro quedó para crear efectos
especiales en películas como Psicosis (1960) de Hitchcock, o La última
película (1971), de Peter Bogdanovich. Más recientemente, lo hemos
podido ver casi siempre en películas con pretensiones artísticas, como El hombre
elefante (1980), de David Lynch, Toro salvaje (1980), de Martin Scorsese, La ley de la
calle (1983), de Francis Ford Coppola, o Zelig (1983), de Woody
Allen.
El cine comercial
después de la II Guerra Mundial
En la posguerra, la llegada de la televisión supuso un
desafío a la industria del cine que aún hoy perdura, cayendo la audiencia de
unos 85 millones de espectadores anuales en Estados Unidos durante la guerra a
apenas 45 millones a finales de la década de 1950. La industria respondió
ofreciendo más espectáculo, que se concretó en el mayor tamaño de las
pantallas.
El formato panorámico
En 1953, la Twentieth Century Fox estrenó su película
bíblica La
túnica sagrada, de Henry Koster, en un sistema nuevo denominado
CinemaScope, que inició la revolución de los formatos panorámicos. En una
sucesión rápida, todos los estudios lanzaron sus sistemas panorámicos, tales
como el Vistavisión, Todd-AO, Panavisión, SuperScope y Technirama. De todos
ellos sólo el Todd-AO y el Panavisión sobrevivirían, ya que suponían el uso de
una sola cámara, un solo proyector y película estándar de 35 mm,
adaptándose más fácilmente a todos los sistemas; su éxito cambió
definitivamente la forma de las pantallas de cine. Musicales a todo color, en
pantallas anchas y plagados de estrellas, como Ha nacido una estrella
(1954), de George Cukor, u Oklahoma (1955), de Fred Zinnemann,
superproducciones históricas como Ben-Hur (1959), de William Wyler, y
películas de aventuras como Rebelión a bordo (1962), de Lewis
Milestone, o Doctor Zhivago (1965), de David Lean, llenarían las
pantallas de cine.
Cine tridimensional
Durante un breve periodo, a comienzos de la década de
1950, una novedad conocida como 3D apareció en el mercado. Consistía en la
superposición de dos imágenes distintas de la misma escena, cada una tomada con
un filtro de color distinto y desde un ángulo ligeramente diferente, que,
vistas a través de unas gafas en las que cada ojo llevaba un filtro de color equivalente
a los usados durante el rodaje, reproducía la visión estereoscópica, dando
impresión de relieve. Pero lo engorroso de tener que utilizar gafas para ver
las películas, la falta de nitidez en la imagen y la escasa calidad de las
películas con que se lanzó, dieron al traste con la viabilidad comercial del
sistema. Tras una moda pasajera, con éxitos relativos como el de Los crímenes
del museo de cera (1953), de André de Toth, la novedad ya no fue tal
y las películas en 3D se dejaron de producir, distribuyéndose las que ya
estaban terminadas en este sistema como películas convencionales.
El declive del sistema de los grandes estudios
A pesar del éxito de los espectaculares formatos
panorámicos, la popularidad y la influencia de Hollywood decayó entre las
décadas de 1950 y 1960. Los estudios se desprendieron de las salas de
exhibición y de otras empresas asociadas y vendieron películas en un mercado
más abierto y más competitivo. El star system, en el que los estudios habían
invertido millones de dólares, se acababa. Los intérpretes, libres para actuar
con independencia de los grandes estudios, exigieron impresionantes sueldos y
un porcentaje de los ingresos de sus películas. Hacia 1959, la producción
estadounidense había decrecido hasta 250 películas al año, lo que representaba
la mitad de la producción realizada durante la guerra. Las películas europeas y
asiáticas (japonesas, principalmente), aunque confinadas a las salas de arte y
ensayo, se convirtieron en algo corriente para el espectador estadounidense. En
1946, había menos de una docena de salas de arte y ensayo en todo el país,
mientras que en 1960 sobrepasaban el millar. Comenzaron a proliferar por todo
el mundo los festivales de cine, en los que se mostraba el trabajo de
directores cuya obra antes de 1950 era muy poco conocida fuera de sus países de
origen.
Renacimiento del cine italiano
A finales de la década de 1940 el cine italiano
experimentó un renacimiento con la aparición del neorrealismo, un movimiento
cinematográfico que captó la atención mundial y dio a conocer al gran público a
varios de los principales directores italianos. El movimiento se caracterizaba
por películas de un realismo intenso, casi sobrecargado, rodadas en
localizaciones naturales y con actores no profesionales. Este movimiento fue
iniciado por Roberto Rossellini con Roma, ciudad abierta (1945), que lograba
transmitir una profundidad de emociones nuevas para el público en la
descripción de la ocupación nazi de Roma y la resistencia del pueblo italiano.
También las películas del actor-director Vittorio de Sica, especialmente Ladrón de
bicicletas (1948), rodada por entero en las calles de Milán,
reflejaba la dura realidad de la posguerra italiana, y consiguió fama
internacional. Otros cineastas formados en el neorrealismo consiguieron también
renombre internacional imponiendo su propio estilo. Pier Paolo Pasolini rodó El evangelio
según San Mateo (1964), entre otras, siguiendo la tradición
neorrealista pura, mientras que Federico Fellini, que había participado en los
inicios del movimiento (de hecho, era el guionista de Roma, ciudad abierta), le
dio un estilo más poético, como muestra La strada (1954), ensayo sobre la soledad
mostrada a través de las figuras de dos cómicos ambulantes, o la sátira de la
decadente clase alta italiana de La dolce vita (1960), para llegar en fases
posteriores de su obra a la fantasía más personal de Fellini, ocho y medio (1963)
o Giulietta
de los espíritus (1965). También uno de los más polémicos directores
de la década de 1960, Michelangelo Antonioni, emergió del movimiento
neorrealista, como se puede percibir en Crónica de un amor (1950), La aventura
(1960) o El
desierto rojo (1964). Tanto en esta película de Antonioni, como en Giulietta de
los espíritus de Fellini, se pone de manifiesto el dominio del color
por parte de estos dos directores, que habían rodado hasta entonces en blanco y
negro. También procedía del neorrealismo Luchino Visconti, que en sus inicios
alternó los montajes teatrales y operísticos con obras totalmente
neorrealistas, como Bellísima (1951). Tras este brillante
inicio en la posguerra, el cine italiano ha continuado demostrando gran
capacidad creativa con una generación de cineastas comprometidos política y
socialmente, entre los que, aparte del propio Pasolini, hay que citar a
Bernardo Bertolucci, con El conformista (1971), Novecento
(1976), una de las obras maestras del cine, o La estrategia de la araña
(1970), adaptación de un relato del escritor argentino Jorge Luis Borges; y a
Ettore Scola, autor de Una mujer y tres hombres (1974), Feos, sucios
y malos (1975), Una jornada particular (1977), La sala de
baile (1983), Macarroni (1985) o ¿Qué hora es? (1989).
Películas británicas
Un lugar en la
cumbre (1959), de Jack
Clayton, marcó el inicio de una serie de películas realistas cuyos argumentos
analizaban los problemas de la clase trabajadora inglesa, al igual que como Un sabor a
miel (1961), de Tony Richardson, o Sábado noche, domingo mañana
(1960), de Karel Reisz, coincidentes con un enorme interés en Estados Unidos
por la moda y la cultura británicas. El grupo The Beatles protagonizó dos
películas, ¡Qué
noche la de aquel día! (1964) y Help! (1965), ambas de Richard Lester,
mientras los actores y actrices británicos e irlandeses, como Julie Christie,
Albert Finney, Glenda Jackson, Richard Harris, Peter O’Toole, Alec Guinness o
Vanessa Redgrave se hicieron muy populares. En este sentido, el cine británico
ha venido siendo un punto intermedio entre la industria comercial de Hollywood
y el cine europeo de calidad, como muestra alguna producción británica de
directores italianos, por ejemplo Blow Up (Deseo en una mañana de verano,
1966), el mayor éxito comercial de Antonioni, adaptación de un relato del
argentino Julio Cortázar. El director inglés John Schlesinger rodó en Nueva York
Cowboy de
medianoche (1969), un mordaz relato de la decadencia del sueño
americano. Estas dos películas, por ejemplo, se distribuyeron en Estados Unidos
superando los circuitos de las salas de arte y ensayo, llegando al gran público
con enorme éxito.
Cine español
La aparición del cine sonoro provoca desorientación en
la industria cinematográfica española, que, incapaz de adaptarse con rapidez a
los adelantos técnicos, queda por un tiempo paralizada. Se produce una
importante emigración a Hollywood. Entre esos profesionales figuraban Benito
Perojo, Jardiel Poncela, Edgar Neville y otros. En 1934 se crean los estudios
Cinematográfica Española y Americana (CEA), fundados por varios dramaturgos. En
esa misma fecha se produce Agua en el suelo, de Eusebio Fernández
Ardavín. También en esos años se crea la distribuidora Compañía Industrial Film
Española Sociedad Anónima (CIFESA), que después se convertiría también en
productora. Durante la dictadura del Francisco Franco se creó la Junta Superior
de Censura Cinematográfica, que obligaba a quienes quisieran realizar una
película a presentar previamente el guión y después la película, pues ésta
debía ajustarse a “la exaltación de los valores raciales y la enseñanza de
nuestros principios morales y políticos”.
No obstante, durante esta etapa se realizó un puñado de
excelentes películas, como Esa pareja feliz, de Juan Antonio Bardem y
Luis García Berlanga, y Surcos, de Nieves Conde, ambas de 1951. En
esos años en el cine españ