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Más sobre este recurso: Catalogado en base de datos como: El cine Argentino: Agregado: 12 de ABRIL de 2000 | Palabras: 1458 | Votar! | 1 voto | Promedio: Categoría: Apuntes y Monografías > Cine > |
TRABAJO
PRÁCTICO SOBRE EL CINE ARGENTINO
Cine Argentino, evolución histórica del cine en Argentina desde sus
orígenes hasta la actualidad.
Periodo mudo
El 28 de septiembre de 1896, apenas
un año después de la primera exhibición en París del cinematógrafo de los
hermanos Lumière, las clases acomodadas argentinas pudieron disfrutar de la
primera proyección de este nuevo invento. Un año después se realizó la primera
cinta nacional La bandera argentina (1897), un documental patriótico rodado
por un francés, Eugene Py.
Tras unos inicios con predomino del
documental y del cortometraje, otro extranjero, el italiano Mario Gallo, rodó
la primera película argumental, también de corte histórico-patriótico, El
fusilamiento de Dorrego, en 1907. Hubo que esperar hasta 1915 para
encontrar la primera película netamente argentina con alguna repercusión: Nobleza
gaucha, de Humberto Cairo, ya en la línea sentimentalista y el
costumbrista que reaparecerá en varios momentos del futuro de la industria.
Otro inmigrante italiano, Federico
Valle, hizo el primer largometraje de dibujos animados en 1916, El apóstol,
sátira política; la primera película argentina con muñecos, Una noche de
galán en el Colón, en 1919; y poco después, en 1920, el primer
noticiario cinematográfico argentino: Film Revista Valle.
Por aquel entonces, José A.
Ferreyra utilizaba con éxito los temas de la letras del tango: el mundo del
arrabal, las historias de amoríos, engaños y desengaños, entre otros, pero aún
dentro de la dispersión industrial del periodo mudo.
Cine sonoro
Con la llegada del cine sonoro
surgió entre el público la exigencia de escuchar su propio acento, en lugar del
castellano al uso en las películas realizadas en Hollywood o en París. En
estrecha relación con esto, la producción argentina de aquella época se iba a
ver marcada por el auge del tango, en aquel momento la música popular de mayor
impacto mundial, que se asumía como algo propio incluso en países tan distantes
como la Unión Soviética o Finlandia, y era capaz de generar producciones estadounidenses
alrededor del cantante argentino Carlos Gardel.
Sobre esta base se hizo en 1933 el
primer filme sonoro argentino, Tango, de Luis Moglia Barth, protagonizado
por la diva de la canción Libertad Lamarque. A este éxito siguió ese mismo año
el de Los
tres berretines, de Enrique T. Susini, y poco después, más desde el
campo de la revista musical, Noches de Buenos Aires (1935) de Manuel
Romero, o Puerto
Nuevo (1936), de Luis César Amadori.
Por aquel entonces surgió también
una generación de nuevos realizadores que floreció antes de la II Guerra
Mundial, más orientada hacia un cine de género con aspiraciones artísticas, en
la que destacaban Leopoldo Torre-Ríos (La vuelta al nido, 1938), el también actor
Mario Soffici (que había empezado con El alma del bandoneón, 1935, de nuevo con
Libertad Lamarque, pero más tarde hizo las más serias Viento norte, 1937 y Prisioneros
de la tierra, 1938, que inició el cine social argentino), y sobre
todo, Luis Saslavsky (Crimen a las tres, 1935; La fuga,
1937; Puerta
cerrada, 1939; o La casa del recuerdo, 1940), el cineasta
del periodo con más aspiraciones intelectuales.
Pero la II Guerra Mundial
resultó nefasta para la producción argentina, ya que debido a las simpatías del
Gobierno con las potencias del eje, los directivos de la industria
estadounidense dejaron de enviar sus negativos a este país para mandarlos a
México, lo que supuso el auge de la industria cinematográfica mexicana en
perjuicio de Argentina.
A este hecho se vino a unir el
golpe de Estado del general Perón, en 1943, que favoreció al cine cuantitativa
pero no cualitativamente, debido a la fuerte censura establecida. No obstante
destacan en este periodo Tres hombres del río (1943), de Mario
Soffici; La
dama duende (1945), de Luis Saslavsky; A sangre fría (1947) y La vendedora
de fantasía (1950), de Tynaire, ambas interpretadas por el actor
Alberto Closas, que luego continuó su carrera en España; y sobre todo Lucas
Demare, que dirigió Su mejor alumno (1944), Pampa
bárbara(1945), una especie de western criollo, y Los isleros
(1951).
Después, con la caída del
peronismo, se produjeron una serie de películas de crítica abierta a este
régimen, comenzando con la de Lucas Demare Después del silencio (1956). Durante este
periodo aparecieron dos jóvenes realizadores: Leopoldo Torre Nilsson, hasta el
momento el cineasta argentino de mayor prestigio internacional, que hizo La casa del
ángel (1956), Fin de fiesta (1960), La mano en la trampa (1961)
y Martín
Fierro (1968); y Fernando Ayala, que dirigió Ayer fue primavera (1955), Los tallos
amargos (1956) y El jefe (1958).
Ya en los años sesenta, la
influencia de la nouvelle vague francesa en el cine argentino generó títulos
como Alias
Gardelito (1961), del actor Lautaro Murúa (conocido por sus
intervenciones en las películas de Leopoldo Torre Nilsson, autor de la
popularísima La Raulito, 1975); La cifra impar (1960), sobre texto de
Julio Cortázar, y la inédita Los venerables todos (1962), ambas de
Manuel Antín; Los jóvenes viejos (1961), al estilo del italiano
Michelangelo Antonioni, y Pajarito Gómez (1964), de Rodolfo Kuhn.
Este último sí enlazó con la producción industrial, a diferencia de lo que pasó
en líneas generales con este movimiento, que por descuido de este aspecto del
cine, pronto produjo el desinterés del público.
También en estos años y bajo la
influencia de la nouvelle vague el actor Leonardo Flavio se lanzó a la
dirección con Crónica de un niño solo (1964), El romance de Aniceto y Francisca
(1967) y El
dependiente (1968). Es entonces cuando se consolidó en el cine
argentino una fuerte tendencia ideológica, que atrajo incluso producciones
extranjeras, como Los inocentes (1962) o La boutique (1967), de los directores
españoles Juan Antonio Bardem, y Luis García Berlanga, respectivamente, que se
rodaron en Argentina por problemas con la censura franquista. En esta línea
ideológica que aún hoy perdura destaca en 1968 la encuesta neoperonista de
cuatro horas y media La hora de los hornos, de Fernando Solanas
y Octavio Genio.
Por su parte, Torre Nilsson hizo Güemes, la
tierra en armas (1972), Boquitas pintadas (1974), adaptación de la
novela de Manuel Puig, que alcanzó gran éxito internacional, y La mafia
(1971), que explora el tema de esta organización familiar-delictiva un año
antes que El
Padrino, de Francis Ford Coppola.
El golpe militar de 1976 y la
dictadura consiguiente, provocó una crisis de la cinematografía nacional de
1976 a 1980, durante la que apenas se realizaron producciones interesantes, a
excepción de películas como La parte del león (1978), debut del director
Adolfo Aristarain.
Cine después de 1980
Este periodo, no obstante, se
remontó con una serie de interesantes realizaciones que trataban de una u otra
forma temas políticos, como Tiempo de revancha (1981) y Los últimos
días de la víctima (1982), de Aristarain, a través de protagonistas
obreros que se cuestionan su compromiso político; Asesinato en el senado de la nación
(1984), de Juan José Jusid, con un tratamiento histórico del asunto; La historia
oficial (1985), de Luis Puenzo, Oscar a la mejor película
extranjera, y No habrá más penas ni olvidos (1983), de Héctor Oliveira,
Oso de Plata en el Festival de Berlín, que tratan directamente las trágicas
consecuencias de la dictadura militar.
Dentro de esta corriente el tema
del exilio aparece también en Tango, el exilio de Gardel (1985), de
Fernando Solanas, Gran Premio del Festival de Venecia, y se perciben tintes
feministas en la obra de María Luisa Bemberg, realizadora más comercial y
prolífica, que en sus retratos de la alta burguesía argentina, como Miss Mary
(1986) trata también de adscribirse al análisis político vigente.
Este brillante periodo, durante el
que se realizaron películas como La deuda interna (1988) de Pereira,
alcanzó un promedio anual de producción de más de 30 películas. Su esplendor se
vio truncado por la inflación galopante y la crisis económica subsiguiente de
1989, que hizo descender el número de rodajes y provocó que algunos de los
mejores realizadores, como Aristarain, se instalaran fuera del país. En su caso
se trasladó a España, donde rodó Un lugar en el mundo (1992), premio Goya
de la Academia de Cinematografía Española en 1993, y ya como producción
totalmente española La ley de la frontera (1995).
No obstante, en los últimos años se
ha visto de nuevo un renacer del cine argentino, si no industrial sí artístico,
a través de figuras como Eliseo Subiela: Hombre mirando al sureste (1986), El lado
oscuro del corazón (1992), o No te mueras sin decirme a dónde vas
(1995), las dos últimas protagonizadas por el actor Darío Grandinetti; de
realizaciones que mezclan el género con la crítica social como Perdido por
perdido (1993) de Alberto Lecchi; o de obras de autores ya maduros
como Gatica
el mono, de Leonardo Flavio, Goya en 1994, todas ellas con cierta
distribución internacional.
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