Trabajo
Práctico
Tema: Cristología
Profesor: Macaresi
Alumno: Luciano Ferrari
Cristología, rama de la teología cristiana que trata de la persona de
Cristo. Dado que la cristología busca comprender la obra salvadora de Cristo
mediante la explicación de la persona de Jesús, en la teología cristiana
tradicional precede, por lógica, a la soteriología, doctrina de la obra
salvadora de Cristo. Sin embargo, en la historia de la Iglesia, la soteriología
precedía a la cristología, ya que la creencia en el papel salvador de Jesús
conducía a la búsqueda de quien era Él. La cristología no es la formulación de
proposiciones reveladas sino que es la respuesta cristiana al fenómeno de
Jesús.
En el Nuevo Testamento
En la opinión de la crítica bíblica moderna, Jesús no predicó de forma
explícita que Él era Cristo (el esperado o Mesías); más bien, articuló una
cristología a través de sus palabras y obras. El erudito alemán Günter Bornkamm
defendía que Jesús presentó el ofrecimiento hecho por Dios de la salvación por
medio de sus enseñanzas y acciones, suscitando así las esperanzas mesiánicas de
sus seguidores y la rabia y el temor de su oponentes. Después de su muerte en
la cruz, las esperanzas de los discípulos fueron justificadas por la
resurrección de Jesús, respondiendo a lo que ellos creían que Dios había
manifestado en Jesús, y comprobando quién era Él.
Los primitivos cristianos explicitaron su cristología con títulos y
patrones mitológicos tomados del entorno religioso del siglo I en Palestina,
donde los conceptos hebreos y helenísticos de Dios, la historia y el destino
seguían vigentes. Se considera muy importante en la cristología del Nuevo
Testamento la penetrante conciencia escatológica de la época; muchos eruditos
modernos creen que el mismo Jesús participaba de esta conciencia de vida hasta
el fin de los tiempos.
Dentro del Nuevo Testamento, se pueden distinguir cuatro patrones
primitivos del pensamiento cristológico. El más antiguo de ellos tiene dos
focos: mirar en retrospectiva la vida terrenal de Jesús como la de un profeta
escatológico y siervo de Dios, y mirar hacia adelante a la nueva venida de
Cristo como el Mesías, Hijo del hombre (He. 3,13, 20-21). En una segunda
formulación cristológica dividida en dos etapas, el Jesús terrenal también fue
considerado como el profeta siervo de los últimos días, pero, a la vez, fue
proclamado como Señor, Cristo e Hijo de Dios en su resurrección y exaltación
(He. 2, 22-24, 36).
En el tercer patrón, estos títulos posteriores a la resurrección se
aplicaron de modo retrospectivo a Jesús en su vida terrenal con el fin de
articular la intrínseca conexión entre el ministerio terrenal de Jesús y su
papel como salvador. Se desarrolló una 'fórmula de entrega', que concebía a
Dios como sujeto, a su Hijo como objeto, así como un enunciado para alcanzar la
salvación, como en Jn. 3,16, "tanto amó Dios al mundo que entregó a su
Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida
eterna" (también Gál. 4,4). Al principio, el momento de la entrega se identificó
con el bautismo de Jesús por Juan: "… se oyó entonces una voz desde los
cielos, 'Tú eres mi Hijo amado; en ti me complazco'" (Mc. 1,11). Sin
embargo, en las historias de la Natividad de Mateo y Lucas, el momento de la
entrega se sitúa en la concepción o en el nacimiento de Jesús. Ésta no es
todavía una cristología de la preexistencia y encarnación, ni de una divinidad
metafísica; expresa sólo el papel que Jesús como hombre tenía en la historia de
la salvación y la iniciativa de Dios en ese papel.
En el cuarto patrón, expresado en los himnos cristológicos de la Iglesia
helenístico-judía, Jesús era identificado con la sabiduría divina o logos. El
judaísmo filosófico helenístico concibió el logos como el agente personificado
del ser divino, de la creación, revelación y acción redentora. El Jesús
terrenal era visto ahora como la reencarnación de esta preexistente sabiduría o
logos (Col. 1, 15-20; Heb. 1, 1-3, Jn. 1, 1-18). Los primitivos cristianos se
apropiaron de esta especulación judía con el fin de subrayar que el dios que
ellos encontraron en Jesús no era un dios desconocido, sino que era el mismo
Dios que ellos habían encontrado con anterioridad en la creación, en la
experiencia religiosa humana y en la historia de la salvación de Israel. En los
escritos de Juan la relación Padre-Hijo de Jesús con Dios se proyecta en la
eternidad, y esta ecuación del Hijo con el logos encarnado da como resultado la
utilización de Dios para el mundo preexistente (Jn. 1,1), el Hijo encarnado
(ver Jn. 1,18) y el Cristo resucitado (Jn. 20,28). Pero Dios en este contexto
es presentado con prudencia: el Hijo no es Dios en sí mismo. Más bien, a través
del Hijo, Dios "sale de sí mismo", comunicándose a sí mismo en el
hecho de la creación, la revelación y la salvación. En consecuencia, los
términos 'Hijo de Dios' e 'Hijo del hombre', que eran, en su origen, fiel
reflejo del papel de Jesús en la historia de la salvación, adquieren un
significado metafísico y denotan su condición divina.
En la Iglesia primitiva
A partir de Ignacio de Antioquía, en el siglo II y a lo largo del
concilio de Calcedonia en el año 451, los pensadores cristianos se debatieron
ante los problemas lógicos presentados a la mentalidad griega por el
pensamiento cristológico del Nuevo Testamento: si el Hijo es Dios, y aun así
distinto del Padre, ¿cómo puede Dios ser llamado "único"? Si Jesús es
divino, ¿cómo puede, de igual modo, ser humano? Los docetas del siglo II (del
griego, dokeo,
'parecer') mantenían que la humanidad de Jesús era apariencia más que realidad,
ya que el pensamiento griego sostenía que la divinidad era incapaz de cambio o
de sufrimiento. En contra de ellos, Ignacio insistió en la realidad del cuerpo
de Jesús. El resultado fue que se añadieron al credo las palabras "nacido
de la Virgen María" para salvaguardar la humanidad de Jesús.
Una segunda controversia debatía el concepto de la unidad de Dios.
Preocupados por preservar esta unidad, los monarquianos modalísticos (o
sabelianos) afirmaban que el único Dios se había mostrado a sí mismo en tres
manifestaciones sucesivas: Padre, Hijo y Espíritu. No obstante, los
monarquianos dinámicos (adopcionistas), consideraron a Jesús como un hombre
sobre el cual había descendido el poder de Dios. En el siglo IV, Arrio y sus
seguidores afirmaban que el Hijo preexistente no era idéntico a Dios, sino que
era la primera de las criaturas de Dios. Era homoiousios (en griego, 'de
la misma sustancia') con Dios, un tipo de reproducción o semidiós. En el
concilio de Nicea en el año 325, se condenó el arrianismo y el credo se difundió:
el Hijo preexistente fue declarado como "Dios de Dios, Luz de Luz, Dios
verdadero de Dios verdadero, engendrado no creado, de una sola sustancia (en
griego, homoousios,
'de sustancia idéntica') con el Padre".
Las preguntas relacionadas con la naturaleza de la encarnación de Dios en
Jesús también provocaron disputas. Los teólogos de Alejandría tendían a
subrayar la divinidad de Jesús a expensas de su humanidad, y sus numerosos
oponentes de la escuela de Antioquía, subrayaban la humanidad de Jesús a costa
de su divinidad. En el lado alejandrino, los apolinarios argumentaron que en el
Jesús humano, el logos había reemplazado a su mente o espíritu. Este punto de
vista se sumaba a una negación de toda la humanidad de Cristo. El apolinarismo
fue condenado en el primer concilio de Constantinopla en el año 381. De la
escuela de Antioquía surgió la herejía del nestorianismo durante el siglo V.
Los nestorianos mantenían que dos personas separadas estaban unidas en el
Cristo encarnado y rechazaron el título alejandrino de theotokos (portadora de
Dios) para María. Para Néstor, patriarca de Constantinopla, y sus seguidores,
María había sido la madre del Jesús humano pero no del Hijo divino. En
respuesta al desafío del nestorianismo, los concilios de Éfeso, en el año 431,
y Calcedonia, en el año 451, ratificaron el título de theotokos. En Calcedonia la
encarnación se definió como "dos naturalezas, una persona", una
fórmula que ha permanecido como norma cristiana establecida. No obstante, la
misma definición calcedoniana generó más discordias; un sector extremista
dentro de la escuela alejandrina argumentó que el Hijo encarnado tenía una sola
pero divina naturaleza y desde este punto de vista, de nuevo, la idea de la
humanidad de Jesús se puso en entredicho.
Moderna crítica de Calcedonia
La cristología ortodoxa calcedoniana ha sido discutida en varios campos.
Los teólogos modernos han señalado su dependencia de un entendimiento
precrítico de los Evangelios. El pluralismo cristológico del Nuevo Testamento
no está reconocido por la fórmula calcedoniana, apoyada tan sólo por el
Evangelio de Juan y la concepción del nacimiento virginal expresado en Mateo y
Lucas. Otra crítica, expresada por el teólogo y erudito alemán del Nuevo
Testamento, Rudolf Bultmann, se basa en el hecho de que el concepto
calcedoniano de Cristo se asienta en mitologías anticuadas (mesianismo judío y
apocalipticismo y, quizás el gnosticismo) así como en la metafísica obsoleta,
en la cual los términos persona, naturaleza y sustancia se entienden de
forma muy diferente a como se comprenden hoy en día. La utilización de las
definiciones calcedonianas cristológicas al interpretar la imagen de Jesús
según el Evangelio ha tendido a restringir el acceso de los cristianos modernos
a Jesús como hombre situado en su realidad histórica. Así, Bultmann ha
defendido la "desmitologización" del Nuevo Testamento y ha
reinterpretado los elementos mitológicos que subyacen en las primitivas
fórmulas cristológicas con el fin de hacer significativa a las gentes actuales
la proclamación (kerygma), así como la obra salvadora de Cristo. Algunos
teólogos afirman que emplean modelos cristológicos alternativos para explicar
las doctrinas de la preexistencia y la encarnación, prefiriendo la metáfora del
Nuevo Testamento del Dios que "entrega" a su Hijo, antes que la
posterior cristología, tan intelectualizada, del concilio de Calcedonia. Unos
pocos teólogos católicos contemporáneos, como Edward Schillebeeckx y Walter
Kasper, han elegido empezar su investigación cristológica desde abajo, desde el
Jesús humano, y desde aquí continúan descubriendo y confesando la presencia
salvadora de Dios en Él.