La del superhombre es una de las ideas de la filosofía de Friedrich Nietzsche que más interpretaciones ha sufrido a lo largo de la historia.

«DIOS HA MUERTO
LA FRASE DE NIETZSCHE
Martin
Heidegger
Descripsión temática: La del superhombre es una de
las ideas de la filosofía de Friedrich Nietzsche que más interpretaciones ha
sufrido a lo largo de la historia.
Palabras claves: muerte, hombre, vida, escatología,
historia, filosofía...
Trabajo recopilado:
Lic.
José Luis Dell'Ordine
Buenos Aires - Argentina
dellordine@arnet.com.ar
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La
siguiente explicación intenta orientar hacia ese lugar desde el que, tal vez,
podrá plantearse un día la pregunta por la esencia del nihilismo. La
explicación tiene su raíz en un pensamiento que comienza a ganar claridad por
primera vez en lo tocante a la posición fundamental de Nietzsche dentro de la
historia de la metafísica occidental. La indicación ilumina un estadio de la
metafísica occidental que, presumiblemente, es su estadio final, porque en la
medida en que con Nietzsche la metafísica se ha privado hasta cierto punto a sí
misma de su propia posición esencial, ya no se divisan otras posibilidades para
ella. Tras la inversión efectuada por Nietzsche, a la metafísica solo le queda
pervertirse y desnaturalizarse. Lo suprasensible se convierte en un producto de
lo sensible carente de toda consistencia. Pero, al rebajar de este modo a su
opuesto, lo sensible niega su propia esencial la destitución de lo
suprasensible también elimina a lo meramente sensible y, con ello, a la
diferencia entre ambos. La destitución de los suprasensible termina en un «ni
esto... ni aquello» en relación con la distinción entre lo sensible (nñthysÞa) y lo no-sensible (nñthon). La
destitución aboca en lo sin-sentido. Pero aún así, sigue siendo el presupuesto
impensado e inevitable de los ciegos intentos por escapar a lo carente de
sentido por medio de una mera aportación de sentido.
En lo
que sigue, la metafísica siempre será pensada como la verdad de lo ente en
cuanto tal en su totalidad, no como la doctrina de un pensador. El pensador
tiene siempre su posición filosófica fundamental en la metafísica. Por eso, la
metafísica puede recibir el nombre de un pensador. Pero esto no quiere decir en
absoluto, según la esencia de la metafísica aquí pensada, que la
correspondiente metafísica sea el resultado y la propiedad de un pensador en su
calidad de personalidad inscrita en el marco público del quehacer cultural. En
cada fase de la metafísica se va haciendo visible un fragmento de camino
que el destino del ser va ganando sobre lo ente en bruscas épocas de la
verdad. El propio Nietzsche interpreta metafísicamente la marcha de la historia
occidental, concretamente como surgimiento y despliegue del nihilismo. Volver a
pensar la metafísica de Nietzsche se convierte en una meditación sobre la
situación y el lugar del hombre actual, cuyo destino, en lo tocante a la
verdad, ha sido escasamente entendido todavía. Toda meditación de este tipo,
cuando pretende ser algo más que una vacía y repetitiva crónica, pasa por
encima de aquello que concierne a la meditación. Pero no se trata de un mero
situarse por encima o más allá, ni tampoco de una simple superación. Que
meditemos sobre la metafísica de Nietzsche no significa que ahora también y muy
especialmente tengamos en cuenta su metafísica, además de su ética, su teoría
del conocimiento y su estética, sino que intentamos tomarnos en serio a
Nietzsche en cuanto pensador. Pues bien, para Nietzsche, pensar también
significa representar lo ente en cuanto ente. Todo pensar metafísico es, por lo
tanto, onto-logia o nada de nada.
La meditación que intentamos hacer aquí
precisa de un sencillo paso previo, casi imperceptible, del pensar. Al pensar
preparatorio le interesa iluminar el terreno de juego dentro del que el propio
ser podría volver a inscribir al hombre en una relación originaria en lo
tocante a su esencia. La preparación es la esencia de tal pensar.
Este pensamiento esencial -que, por lo tanto,
siempre y desde cualquier punto de vista es preparatorio-, se dirije hacia lo
imperceptible. Aquí, cualquier colaboración pensante, por muy torpe y vacilante
que sea, constituye una, ayuda esencial. La colaboración pensante se convierte
en una invisible semilla, nunca acreditada por su validez o utilidad, que tal
vez nunca vea tallo o fruto ni conozca la cosecha. Sirve para sembrar o incluso para preparar el sembrado.
A la siembra le precede el arado. Se trata de
desbrozar un campo que debido al predominio inevitable de la tierra de la
metafísica tuvo que permanecer desconocido. Se trata de comenzar por intuir
dicho campo, de encontrarlo y finalmente cultivarlo. Se trata de emprender la
primera marcha hacia ese campo. Existen muchos caminos de labor todavía
ignorados. Pero a cada pensador le está asignado un solo camino, el suyo, tras
cuyas huellas deberá caminar, en uno y otro sentido, una y otra vez, hasta
poder mantenerlo como suyo, aunque nunca le llegue a pertenecer, y poder decir
lo experimentado y captado en dicho camino.
Tal vez el título «Ser y Tiempo» sea una
señal indicadora que lleva a uno de estos caminos. De acuerdo con la
implicación esencial de la metafísica con las ciencias -exigida y perseguida
una y otra vez por la propia metafísica- y teniendo en cuenta que dichas
ciencias forman parte de la propia descendencia de la metafísica, el pensar
preparatorio también tendrá que moverse durante un tiempo en el círculo de las
ciencias, porque éstas siguen pretendiendo ser, bajo diversas figuras, la forma
fundamental del saber y lo susceptible de ser sabido, ya sea con conocimiento
de causa, ya sea por el modo en que se hacen valer y actúan. Cuanto más
claramente se aproximen las ciencias hacia la esencia técnica que las
predetermina y señala, tanto más decisivamente se explica la pregunta por esa
posibilidad del saber a la que aspira la técnica, así como por su naturaleza,
sus límites y sus derechos.
Del pensar preparatorio y de su consumación
forma parte una educación del pensar en el corazón de las ciencias. Encontrar
la forma adecuada para que dicha educación del pensar no se confunda ni con la
investigación ni con la erudición, es sumamente difícil. Esta pretensión siempre
está en peligro, sobre todo cuando el pensar tiene que empezar por encontrar
siempre y al mismo tiempo su propia estancia. Pensar en medio de las ciencias
significa: pasar junto a ellas sin despreciarlas.
No sabemos qué posibilidades le reserva el
destino de la historia occidental a nuestro pueblo y a Occidente. La
configuración y disposición externas de estas posibilidades no son tampoco lo
más necesario en un primer momento. Lo importante es sólo que aprendan a pensar
juntos los que quieren aprender y, al mismo tiempo, que enseñando juntos a su
manera, permanezcan en el camino y estén allí en el momento adecuado.
La siguiente explicación se mantiene, por su
intención y su alcance, dentro del ámbito de la experiencia a partir de la que
fue pensada «Ser y Tiempo». El pensar se ve interpelado incesantemente por ese
acontecimiento que quiere que en la historia del pensamiento occidental lo ente
haya sido pensado desde en relación con el ser, pero que la verdad del ser
permanezca impensada y que, en cuanto posible experiencia, no sólo le sea
negada al pensar, sino que el propio pensamiento occidental, concretamente bajo
la figura de a metafísica nos oculte el acontecimiento de esa negativa aunque
sea sin saberlo.
Por eso, el pensar preparatorio se mantiene
necesariamente dentro del ámbito de la meditación histórica. Para ese pensar,
la historia no es la sucesión de épocas, sino una única proximidad de lo mismo,
que atañe al pensar en imprevisibles modos del destino y con diferentes grados
de inmediatez.
Ahora se trata de meditar sobre a metafísica
de Nietzsche. Su pensamiento se ve bajo el signo del nihilismo. Éste es el
nombre para un movimiento histórico reconocido por Nietzsche que ya dominó en
los siglos precedentes y también determina nuestro siglo. Su interpretación es
resumida por Nietzsche en la breve frase: «Dios ha muerto».
Se podría suponer que la expresión «Dios ha
muerto» enuncia una opinión del ateo Nietzsche y por lo tanto no pasa de ser
una toma de postura personal y en consecuencia parcial y fácilmente refutable
apelando a la observación de que hoy muchas personas siguen visitando las
iglesias y sobrellevan las pruebas de la vida desde una confianza cristiana en
Dios. Pero la cuestión es si la citada frase de Nietzsche es sólo la opinión
exaltada de un pensador -del que siempre se puede objetar correctamente que al
final se volvió loco- o si con ella Nietzsche no expresa más bien la idea que
dentro de la historia de Occidente, determinada metafísicamente, se ha venido
pronunciando siempre de forma no expresa. Antes de apresurarnos a tomar una
postura, debemos intentar pensar la frase «Dios ha muerto» tal como está
entendida. Por eso, haremos bien en evitar toda cuanta opinión precipitada
acude de inmediato a la mente al oír algo tan terrible.
Las siguientes reflexiones intentan explicar
la frase de Nietzsche desde ciertos
puntos de vista esenciales. Insistamos una vez más: la frase de Nietzsche
nombra el destino de dos milenios de historia occidental. Faltos de preparación
como estamos todos, no debemos creer que podemos cambiar dicho destino por
medio de una conferencia sobre la fórmula de Nietzsche, ni tan siquiera que
lleguemos a conocerlo suficientemente. Pero, de todos modos, ahora será
necesario que nos dejemos aleccionar por la meditación y que en el camino de
ese aleccionamiento aprendamos a meditar.
Naturalmente, una explicación no debe limitarse a
extraer el asunto del texto, sino que también debe a aportar algo suyo al
asunto, aunque sea e manera imperceptible y sin forzar las cosas. Es precisamente
esta aportación lo que el profano siempre siente como una interpretación
exterior cuando la mide por el rasero de lo que él considera el contenido del
texto y que con el derecho que se autoatribuye, critica tachándola de
arbitraria. Sin embargo, una adecuada explicación nunca comprende mejor el
texto de lo que lo entendió su autor, sino simplemente de otro modo. Lo que
pasa es que ese otro modo debe ser de tal naturaleza que acabe tocando lo mismo
que piensa el texto explicado.
Nietzsche enunció
por vez primera la fórmula «Dios ha muerto» en el tercer libro del escrito
aparecido en 1882 titulado «La gaya ciencia». Con este escrito comienza el
camino de Nietzsche en dirección a la construcción de su postura metafísica
fundamental. Entre este escrito y los inútiles esfuerzos en torno a la
configuración de la obra principal que había planeado aparece publicado «Así
habló Zarathustra». La obra principal planeada nunca fue concluida. De manera
provisional debía llevar el título «La voluntad de poder» y como subtítulo
«Intento de una transvaloración de todos los valores».
El chocante
pensamiento de la muerte de un dios, del morir de los dioses, ya le era
familiar al joven Nietzsche. En un apunte de la época de elaboración de su
primer escrito, «El origen de la tragedia», Nietzsche escribe (1870): «Creo en
las palabras de los primitivos germanos: todos los dioses tienen que morir». El
joven Hegel dice así al final del tratado « Fe y saber» (1802): el «sentimiento
sobre el que reposa la religión de la nueva época es el de que Dios mismo ha
muerto». La frase de Hegel piensa algo distinto a la de Nietzsche, pero de
todos modos existe entre ambas una conexión esencial escondida en la esencia de
toda metafísica. La frase que Pascal toma prestada de Plutarco: «Le gran
Pan est mort» (Pensées, 695), también entra en el mismo ámbito, aunque sea por
motivos opuestos.
Escuchemos en
primer lugar cuáles son las palabras exactas del texto completo, el número 125,
de la obra « La gaya ciencia». El texto se titula « El loco» y reza así:
El loco.-¿No habéis oído hablar de ese loco que encendió un farol en pleno
día y corrió al mercado gritando sin cesar: «¡Busco a Dios!, ¡Busco a Dios!».
Como precisamente estaban allí reunidos muchos que no creían en Dios, sus
gritos provocaron enormes risotadas. ¿Es que se te ha perdido?, decía uno. ¿Se
ha perdido como un niño pequeño?, decía otro. ¿O se ha escondido? ¿Tiene miedo
de nosotros? ¿Se habrá embarcado? ¿Habrá emigrado? -así gritaban y reían todos
alborotadamente. El loco saltó en medio de ellos y los traspasó con su mirada.
«¿Que a dónde se ha ido Dios? -exclamó-, os lo voy a decir. Lo hemos matado: ¡vosotros y yo! Todos somos sus asesinos. Pero ¿cómo hemos podido
hacerlo? ¿Cómo hemos podido bebernos el mar? ¿Quién nos prestó la esponja para
borrar el horizonte? ¿Qué hicimos, cuando desencadenamos la tierra de su sol?
¿Hacia dónde caminará ahora? ¿Hacia dónde iremos nosotros? ¿Lejos de todos los
soles? ¿No nos caemos continuamente? ¿Hacia adelante, hacia atrás, hacia los
lados, hacia todas partes? ¿Acaso hay todavía un arriba y un abajo? ¿No erramos
como a través de una nada infinita? ¿No nos roza el soplo del espacio vacío?
¿No hace más frío? ¿No viene siempre noche y más noche? ¿No tenemos que
encender faroles a mediodía? ¿No oímos todavía el ruido de los sepultureros que
entierran a Dios? ¿No nos llega todavía ningún olor de la putrefacción divina?
¡También los dioses se descomponen! ¡Dios ha muerto! ¡Dios permanece muerto! !Y
nosotros lo hemos matado! ¿Cómo podremos consolarnos, asesinos entre los
asesinos? Lo más sagrado y poderoso que poseía hasta ahora el mundo se ha
desangrado bajo nuestros cuchillos. ¿Quién nos lavará esa sangre? ¿Con qué agua
podremos purificarnos? ¿Qué ritos expiatorios, qué juegos sagrados tendremos
que inventar? ¿No es la grandeza de este acto demasiado grande para nosotros?
¿No tendremos que volvernos nosotros mismos dioses para parecer dignos de
ellos? Nunca hubo un acto más grande y quien nazca después de nosotros formará
parte, por mor de ese acto, de una historia más elevada que todas las historias
que hubo nunca hasta ahora.» Aquí, el loco se calló y volvió a mirar a su
auditorio: también ellos callaban y lo miraban perplejos. Finalmente, arrojó su
farol al suelo, de tal modo que se rompió en pedazos y se apagó. «Vengo
demasiado pronto -dijo entonces-, todavía no ha llegado mi tiempo. Este enorme
suceso todavía está en camino y no ha llegado hasta los oídos de los hombres.
El rayo y el trueno necesitan tiempo, la luz de los astros necesita tiempo, los
actos necesitan tiempo, incluso después de realizados, a fin de ser vistos y
oídos. Este acto está todavía más lejos de ellos que las más lejanas estrellas y, sin embargo, son ellos los que lo han
cometido.» Todavía se cuenta
que el loco entró aquel mismo día en varias iglesias y entonó en ellas su Requiem aeternam deo. Una vez conducido al exterior e
interpelado contestó siempre esta única frase: « ¿Pues, qué son ahora ya estas
iglesias, más que las tumbas y panteones de Dios?».
Cuatro
años más tarde (1886), Nietzsche le añadió un quinto libro a los cuatro de que
se componía «La gaya ciencia», titulándolo «Nosotros, los que no tenemos
temor». El primer texto de dicho libro (aforismo 343) está titulado: «Lo
que pasa con nuestra alegre serenidad».
El pasaje comienza así: «El suceso más importante de los últimos tiempos,
que ‘Dios ha muerto’, que la fe en el dios cristiano ha perdido toda
credibilidad, comienza a arrojar sus primeras sombras sobre Europa.»
Esta
frase nos revela que la fórmula de Nietzsche acerca de la muerte de Dios se
refiere al dios cristiano. Pero tampoco cabe la menor duda -y es algo que se
debe pensar de antemano- de que los nombres Dios y dios cristiano se usan en el
pensamiento de Nietzsche para designar al mundo suprasensible en general Dios
es e nombre para el ámbito de las ideas los ideales. Este ámbito de lo
suprasensible pasa por ser, desde Platón o mejor dicho, desde la interpretación
de la filosofía platónica llevada a cabo por el helenismo y el cristianismo, el
único mundo verdadero y efectivamente real. Por el contrario, el mundo sensible
es sólo el mundo del más acá un mundo cambiante por lo tanto meramente
aparente, irreal. El mundo del más acá es el valle de lágrimas en oposición a
la montaña de la eterna beatitud de más allá. Si, como ocurre todavía en Kant,
llamamos al mundo sensible‘mundo físico’ en sentido amplio, entonces el mundo
suprasensible es el mundo metafísico.
La
frase «Dios ha muerto» significa que el mundo suprasensible ha perdido su
fuerza efectiva. No procura vida. La metafísica, esto es, para Nietzsche, la
filosofía occidental comprendida como platonismo, ha llegado al final.
Nietzsche comprende su propia filosofía como una reacción contra la metafísica,
lo que para él quiere decir, contra el platonismo.
Sin embargo, como
mera reacción, permanece necesariamente implicada en la esencia de aquello
contra lo que lucha, como le sucede a todos los movimientos contra algo. El
movimiento de reacción de Nietzsche contra la metafísica es, como mero
desbancamiento de ésta, una implicación sin salida dentro de la metafísica de
tal modo, que ésta se disocia de su esencia y, en tanto que metafísica, no
consigue pensar nunca su propia esencia. Y así, para la metafísica y por causa
de ella, permanece oculto eso que ocurre precisamente dentro de ella y en tanto
que ella misma.
Si
Dios, como fundamento suprasensible y meta de todo lo efectivamente real, ha
muerto, si el mundo suprasensible de las ideas ha perdido toda fuerza
vinculante y sobre todo toda fuerza capaz de despertar y de construir, entonces
ya no queda nada a lo que el hombre pueda atenerse y por lo que pueda guiarse.
Por eso se encuentra en el fragmento citado la pregunta: «¿No erramos a través
de una nada infinita?». La fórmula «Dios ha muerto» comprende la constatación
de que esa nada se extiende. Nada significa aquí ausencia de mundo
suprasensible y vinculante. El nihilismo, «el más inquietante de todos los
huéspedes», se encuentra ante la puerta.
El
intento de explicar la frase de Nietzsche «Dios ha muerto» debe ponerse al
mismo nivel que la tarea de interpretar qué quiere decir Nietzsche con
nihilismo, con el fin de mostrar su propia postura respecto a éste. Como, sin
embargo, ese nombre se usa a menudo a modo de lema y término provocador, y
también muy a menudo como palabra peyorativa y condenatoria, es necesario saber
lo que significa. No basta con reclamarse como poseedor de la fe cristiana o
alguna convicción metafísica para estar ya fuera del nihilismo. Del mismo modo,
tampoco todo el que se preocupa por la nada y su esencia es un nihilista.
Parece
que gusta usar ese nombre en un tono como si el mero adjetivo nihilista ya
bastase, sin añadirle ningún pensamiento a la palabra, para suministrar la
prueba de que una meditación sobre la nada precipita ya en la nada y comporta
la instauración de la dictadura de la nada.
En
general, habrá que preguntar si el nombre nihilismo, pensado estrictamente en
el sentido de la filosofía de Nietzsche, sólo tiene un significado nihilista,
es decir, negativo, un significado que empuja hacia una nada anuladora. Así
pues, visto el uso confuso y arbitrario de la palabra nihilismo, será necesario
-antes de una explicación concreta sobre lo que el propio Nietzsche dice acerca del nihilismo- ganar el correcto punto de vista desde el que podemos
permitirnos preguntar por el nihilismo.
El nihilismo es un movimiento histórico, no
cualquier opinión o doctrina sostenida por cualquier persona. El nihilismo
mueve la historia a la manera de un proceso fundamental, apenas conocido, del
destino de los pueblos occidentales. Por lo tanto, el nihilismo no es una
manifestación histórica entre otras, no es sólo una corriente espiritual que
junto a otras, junto al cristianismo, el humanismo y la ilustración, también
aparezca dentro de la historia occidental.
Antes
bien, el nihilismo, pensado en su esencia es el movimiento fundamental de la historia de Occidente. Muestra tal
profundidad, que su despliegue sólo puede tener como consecuencia catástrofes
mundiales. El nihilismo es el movimiento histórico mundial que conduce a los
pueblos de la tierra al ámbito de poder de la Edad Moderna. Por eso, no
es sólo una manifestación de la edad actual, ni siquiera un producto del siglo
XIX, a pesar de que fue entonces cuando se despertó la agudeza visual para
captarlo y su nombre se tornó habitual. El nihilismo no es tampoco el producto
de naciones aisladas cuyos pensadores y escritores hablen expresamente de él.
Aquellos que se creen libres de él, son tal .vez los que más a fondo lo
desarrollan. Del carácter inquietante de este inquietante huésped forma parte
el hecho de no poder nombrar su propio origen.
El nihilismo tampoco inaugura su predominio
en los lugares en que se niega al dios cristiano, se combate el cristianismo o
por lo menos, con actitud librepensadora, se predica un ateísmo vulgar.
Mientras sigamos limitándonos a ver solamente los diversos tipos de
incredulidad que reniegan del cristianismo, bajo sus variadas manifestaciones,
nuestra mirada quedará presa de la fachada externa y más precaria del
nihilismo. El discurso del loco dice precisamente que la frase «Dios ha muerto»
no tiene nada en común con las opiniones confusas y superficiales de los que
«no creen en dios». Aquellos que son no creyentes de este modo, no están
todavía en absoluto afectados por el nihilismo como destino de su propia
historia.
Mientras entendamos la frase «Dios ha muerto»
solamente como fórmula de la falta de fe, la estaremos interpretando
teológico-apologéticamente y renunciando a lo que le interesa a Nietzsche,
concretamente la meditación que reflexiona sobre lo que ha ocurrido ya con la
verdad del mundo suprasensible y su relación con la esencia del hombre.
El nihilismo, en el sentido de Nietzsche, no
tapa por lo tanto en absoluto ese estado representado de manera puramente
negativa que supone que ya no se puede creer en el dios cristiano de la
revelación bíblica, y hay que saber que Nietzsche no entiende por cristianismo
la vida cristiana que tuvo lugar una vez durante un breve espacio de tiempo
antes de la redacción de los Evangelios y de la propaganda misionera de Pablo.
El cristianismo es, para Nietzsche, la manifestación histórica, profana y
política de la Iglesia y su ansia de poder dentro de la configuración de la
humanidad occidental y su cultura moderna. El cristianismo en este sentido y la
fe cristiana del Nuevo Testamento, no son lo mismo. También una vida no
cristiana puede afirmar el cristianismo y usarlo como factor de poder, en la
misma medida en que una vida cristiana no necesita obligatoriamente del
cristianismo. Por eso, un debate con el cristianismo no es en absoluto ni a
toda costa un ataque contra lo cristiano, así como una crítica de la teología
no es por eso una crítica de la fe, cuya interpretación debe ser tarea de la
teología. Mientras pasemos por alto estas distinciones esenciales nos moveremos
en las bajas simas de las luchas entre diversas visiones del mundo.
En la frase «Dios ha muerto», la palabra
Dios, pensada esencialmente, representa el mundo suprasensible de los ideales,
que contienen la meta de esta vida existente por encima de la vida terrestre y,
así, la determinan desde arriba y en cierto modo desde fuera. Pero si ahora la
verdadera fe en Dios, determinada por la Iglesia, se va moviendo hacia
adelante, si, sobre todo, la doctrina de la fe, la teología, en su papel como
explicación normativa de lo ente en su totalidad, se ve limitada y apartada, no
por eso se rompe la estructura fundamental por la que una meta situada en lo
suprasensible domina la vida terrestre y sensible.
En el lugar de la desaparecida autoridad de
Dios y de la doctrina de la Iglesia, aparece la autoridad de la conciencia,
asoma la autoridad de la razón. Contra ésta se alza el instinto social. La
huida del mundo hacia lo suprasensible es sustituida por el progreso histórico.
La meta de una eterna felicidad en el más allá se transforma en la de la dicha
terrestre de la mayoría. El cuidado del
culto de la religión se disuelve en favor del entusiasmo por la creación de una cultura o por
la extensión de la civilización. Lo creador, antes lo propio del dios bíblico
se convierte en distintivo del quehacer humano. Este crear se acaba mutando en
negocio.
Lo que se quiere poner de esta manera en el
lugar del mundo suprasensible son variantes de la interpretación del mundo
cristiano-eclesiástica y teológica, que había tomado prestado su esquema del
ordo, del orden jerárquico de lo ente, del mundo helenístico-judaico, cuya
estructura fundamental había sido establecida por Platón al principio de la
metafísica occidental.
El
ámbito para la esencia el acontecimiento del nihilismo es la propia metafísica,
siempre que supongamos que bajo este nombre no entendemos una doctrina o
incluso una disciplina especial de la filosofía, sino la estructura fundamental
de lo ente en su totalidad, en la medida en que éste se encuentra dividido
entre un mundo sensible y un mundo suprasensible y en que el primero está
soportado y determinado por el segundo. La metafísica es el espacio histórico
en el que se convierte en destino el hecho de que el mundo suprasensible, las ideas,
Dios, la ley moral la autoridad de la razón, el progreso, la felicidad de la
mayoría la cultura y la civilización, pierdan su fuerza constructiva y se
anulen. Llamamos a esta caída esencial de lo suprasensible su descomposición.
La falta de fe en el sentido de la caída del dogma cristiano, no es por lo
tanto nunca la esencia y el fundamento del nihilismo, sino siempre una
consecuencia del mismo; efectivamente, podría ocurrir que el propio
cristianismo fuese una consecuencia y variante del nihilismo.
Partiendo de esta base podemos reconocer ya
el último extravío al que nos vemos expuestos a la hora de captar o pretender
combatir el nihilismo. Como no se entiende el nihilismo como un movimiento
histórico que existe desde hace mucho tiempo y cuyo fundamento esencial reposa
en la propia metafísica, se cae en la perniciosa tentación de considerar
determinadas manifestaciones que ya son y sólo son consecuencias del nihilismo
como si fueran éste mismo o en la de presentar las consecuencias y efectos como
las causas del nihilismo. En la acomodación irreflexiva a este modo de
representación se ha adquirido desde hace décadas la costumbre de presentar el
dominio de la técnica o la rebelión de las masas como las causas de la
situación histórica del siglo y de analizar la situación espiritual de la época
desde este punto de vista. Pero cualquier análisis del hombre y de su posición
dentro de lo ente, por aguda e inteligente que sea, sigue careciendo siempre de
reflexión y lo único que provoca es la apariencia de una meditación, mientras
se abstenga de pensar en el lugar donde reside la esencia del hombre y de
experimentarlo en la verdad del ser.
Mientras sigamos confundiendo el nihilismo
con lo que sólo son sus manifestaciones, la postura respecto al mismo será
siempre superficial. Tampoco se irá más lejos por el hecho de armarse de un
cierto apasionamiento en su rechazo basado en el descontento con la situación
del mundo, en una desesperación no del todo confesada, en el desánimo moral o
en la superioridad autosuficiente del creyente.
Frente a esto debemos comenzar por meditar.
Por eso le preguntamos ahora al propio Nietzsche qué entiende por nihilismo y
dejamos por ahora abierta la cuestión de si, con su comprensión, Nietzsche ya
acierta y puede acertar con la esencia del nihilismo.
En una anotación del año 1887 Nietzsche
plantea la pregunta (Voluntad de Poder, afor. 2): «¿Qué significa nihilismo?».
Y contesta: «Que los valores
supremos han perdido su valor».
Esta respuesta está subrayada y acompañada de
la siguiente explicación: «Falta la meta, falta la respuesta al ‘porqué’».
De acuerdo con esta anotación, Nietzsche
concibe el nihilismo como un proceso histórico. Interpreta tal suceso como la
desvalorización de los valores hasta entonces supremos. Dios, el mundo suprasensible
como mundo verdaderamente ente que todo lo determina, los ideales e ideas, las
metas y principios que determinan y soportan todo lo ente y, sobre todo, la
vida humana, todas estas cosas son las que se representan aquí como valores
supremos. Según la opinión que todavía sigue siendo usual, por valores supremos
se entiende lo verdadero, lo bueno y lo bello: lo verdadero, esto es, lo
verdaderamente ente; lo bueno, esto es, lo que siempre importa en todas partes;
lo bello, esto es, el orden y la unidad de lo ente en su totalidad. Pero los
valores supremos ya se desvalorizan por el hecho de que va penetrando la idea
de que el mundo ideal no puede llegar a realizarse nunca dentro del mundo real.
El carácter vinculante de los valores supremos empieza a vacilar. Surge la
pregunta: ¿para qué esos valores supremos si no son capaces de garantizar los
caminos y medios para una realización efectiva de las metas planteadas en
ellos?
Ahora bien, si quisiéramos entender al pie de
la letra la definición de Nietzsche según la cual la esencia del nihilismo es
la pérdida de valor de los valores supremos, obtendríamos una concepción de la
esencia del nihilismo que entretanto se ha vuelto usual, en gran medida gracias
al apoyo del propio título nihilismo y que supone que la desvalorización de los
valores supremos significa, evidentemente, la decadencia. Lo que ocurre es que,
para Nietzsche, el nihilismo no es en absoluto únicamente una manifestación de
decadencia, sino que como proceso fundamental de la historia occidental es, al
mismo tiempo y sobre todo, la legalidad de esta historia. Por eso, en sus
consideraciones sobre el nihilismo, a Nietzsche no le interesa tanto describir
históricamente la marcha del proceso de desvalorización de los valores
supremos, para acabar midiendo la decadencia de Occidente, como pensar el
nihilismo en tanto que «lógica interna» de la historia occidental.
Procediendo así, Nietzsche reconoce que a
pesar de la desvalorización de los valores hasta ahora supremos para el mundo,
dicho mundo sin embargo sigue ahí y que ese mundo en principio privado de
valores tiende inevitablemente a una nueva instauración de valores. Después de
la caída de los valores hasta ahora supremos, la nueva instauración de valores
se transforma, en relación con los valores anteriores, en una «transvaloración
de todos los valores». El no frente a los valores precedentes nace del sí a la
nueva instauración de valores. Como en ese sí, según la opinión de Nietzsche,
no se encierra ningún modo de mediación y ninguna adecuación respecto a los
valores anteriores, el no incondicionado entra dentro de ese nuevo sí a la
nueva instauración de valores. A fin de asegurar la incondicionalidad del nuevo
sí frente a la recaída en los valores anteriores, esto es, a fin de fundamentar
la nueva instauración de valores como movimiento de reacción, Nietzsche designa
también a la nueva instauración de valores como nihilismo, concretamente como
ese nihilismo por el que la desvalorización se consuma en una nueva
instauración de valores, la única capaz de ser normativa. Nietzsche llama a
esta fase normativa del nihilismo el nihilismo «consumado», esto es, clásico.
Nietzsche entiende por nihilismo la desvalorización de los valores hasta ahora
supremos. Pero al mismo tiempo afirma el nihilismo en el sentido de
«transvaloración de todos los valores anteriores». Por eso, el nombre nihilismo
conserva una polivalencia de significado y, desde un punto de vista extremo, es
en todo caso ambiguo, desde el momento en que designa por un lado a la mera
desvalorización de los valores hasta ahora supremos, pero al mismo tiempo se
refiere al movimiento incondicionado de reacción contra la desvalorización. En
este sentido es también ambiguo eso que Nietzsche presenta como forma previa
del nihilismo: el pesimismo. Según Schopenhauer, el pesimismo es la creencia
por la que en el peor de estos mundos la vida no merece la pena de ser vivida
ni afirmada. Según esta doctrina, hay que negar la vida y esto quiere decir
también lo ente como tal en su totalidad. Este pesimismo es, según Nietzsche,
el «pesimismo de la debilidad». No ve en todas partes más que el lado oscuro,
encuentra para todo un motivo de fracaso y pretende saber que todo acabará en
el sentido de una catástrofe total. Por el contrario, el pesimismo de la
fuerza, en cuanto fuerza, no se hace ilusiones, ve el peligro y no quiere velos
ni disimulos. Se da cuenta de lo fatal que resulta una actitud de observación
pasiva, de espera de que retorne lo anterior. Penetra analíticamente en las
manifestaciones y exige la conciencia de las condiciones y fuerzas que, a pesar
de todo, aseguran el dominio de la situación histórica.
Una meditación más esencial podría mostrar
cómo en eso que Nietzsche llama «pesimismo de la fuerza» se consuma la rebelión
del hombre moderno en el dominio incondicionado de la subjetividad dentro de la
subjetidad de lo ente. Por medio del pesimismo, en su forma ambigua, los
extremos se hacen a la luz. Los extremos obtienen, como tales, la supremacía.
Así surge un estado en el que se agudizan las alternativas incondicionadas
hasta moverse entre un o esto o lo otro. Se inicia un «estado intermedio» en el
que se manifiesta, por un lado, que la realización efectiva de los valores
hasta ahora supremos no se cumple. El mundo parece carente de valores. Por otro
lado, en virtud de esta concienciación, la mirada escudriñadora se orienta
hacia la fuente de la nueva instauración de valores, sin que el mundo recupere
por eso su valor.
Sin embargo, a la vista de cómo se conmueven
los valores anteriores, también se puede intentar otra cosa. Efectivamente,
aunque Dios, en el sentido del dios cristiano, haya desaparecido del lugar que
ocupaba en el mundo suprasensible, dicho lugar sigue existiendo aun cuando esté
vacío. El ámbito ahora vacío de lo suprasensible y del mundo ideal puede
mantenerse. Hasta se puede decir que el lugar vacío exige ser
nuevamente ocupado y pide sustituir al dios desaparecido por otra cosa. Se
erigen nuevos ideales. Eso ocurre, según la
representación de Nietzsche (Voluntad de Poder, afor. 1.021 del
año 1887), por medio de las doctrinas de la felicidad universal y el
socialismo así como por medio de la música de Wagner, esto es, en todos los
sitios en los que el «cristianismo
dogmático no tiene más recursos». Así es como aparece el «nihilismo incompleto».
A este respecto Nietzsche dice así (Voluntad de Poder, afor. 28 del año 1887):
«El nihilismo incompleto, sus formas: vivimos en medio de ellas.
Los intentos de escapar al nihilismo, sin necesidad de una transvaloración de los
valores anteriores traen como consecuencia lo contrario y no hacen sino
agudizar el problema».
Podemos resumir el pensamiento de Nietzsche
sobre el nihilismo incompleto de manera más clara y precisa diciendo: es verdad
que el nihilismo incompleto sustituye los valores anteriores por otros, pero
sigue poniéndolos en el antiguo lugar, que se mantiene libre a modo de ámbito
ideal para lo suprasensible. Ahora bien, el nihilismo completo debe eliminar
hasta el lugar de los valores, lo suprasensible en cuanto ámbito, y por lo
tanto poner los valores de otra manera, transvalorarlos.
De aquí se deduce que para el nihilismo
completo, consumado y, por tanto, clásico, se precisa ciertamente de la
«transvaloración de todos los valores anteriores», pero que la transvaloración
no se limita a sustituir los viejos valores por otros nuevos. Esa
transvaloración es una inversión de la manera y el modo de valorar. La
instauración de valores necesita un nuevo principio, esto es, renovar aquello
de donde parte y donde se mantiene. La instauración de valores precisa de otro
ámbito. Ese principio ya no puede ser el mundo de lo suprasensible ahora sin
vida Por eso el nihilismo que apunta a la inversión así entendida, buscará lo
que tenga más vida. De este modo, el propio nihilismo se convierte en «ideal de
la vida pletórica» (Voluntad de Poder, afor. 14 del año 1887). En este nuevo
valor supremo se esconde otra consideración de la vida, esto es, de aquello en
lo que reside la esencia determinante de todo lo vivo. Por eso queda por
preguntar qué entiende Nietzsche por vida.
La indicación acerca de los diferentes grados
y formas del nihilismo muestra que, según la interpretación de Nietzsche, el
nihilismo es siempre una historia en la que se trata de los valores, la
institución de valores, la desvalorización de valores, la inversión de valores,
la nueva instauración de valores y, finalmente y sobre todo, de la disposición,
con otra manera de valorar, del principio de toda instauración de valores. Las
metas supremas, los fundamentos y principios de lo ente, los ideales y lo
suprasensible, Dios y los dioses, todo esto es comprendido de antemano como
valor. Por eso, sólo entenderemos suficientemente el concepto de Nietzsche de
nihilismo si sabemos qué entiende Nietzsche por valor. Sólo entonces
comprenderemos la frase «Dios ha muerto» tal como fue pensada. La clave para
comprender la metafísica de Nietzsche es una explicación suficientemente clara
de lo que piensa con la palabra valor.
En el siglo XIX se vuelve usual
hablar de valores y pensar en valores. Pero sólo se hizo verdaderamente popular
gracias a la difusión de las obras de Nietzsche. Se habla de valores vitales,
de valores culturales, de valores eternos, del orden y rango de los valores, de
los valores espirituales, que se cree encontrar, por ejemplo, en la Antigüedad.
Gracias a una ocupación erudita con la filosofía y a la reforma del neokantismo
se llega a la filosofía de los valores. Se construyen sistemas de valores y en
ética se persiguen los estratos de valores. Hasta la teología cristiana
determina a Dios, el summum ens qua summum bonum, como el valor supremo. Se
considera a la ciencia como libre de valores y se arroja a las valoraciones del
lado de las concepciones del mundo. El valor y todo lo que tiene que ver con el
valor se convierte en un sustituto positivo de lo metafísico. La frecuencia con
que se habla de valores está en paralelo con la indefinición del concepto.
Dicha indefinición, a su vez, está en paralelo con la oscuridad del origen de
la esencia del valor en el ser. Aun suponiendo que ese valor tan reclamado no
sea nada, no por eso deja de verse obligado a tener su esencia en el ser.
¿Qué entiende Nietzsche por valor? ¿En qué se
funda la esencia del valor? ¿Por qué la metafísica de Nietzsche es la
metafísica de los valores?
En una anotación (1887/88) Nietzsche dice lo
que entiende por valor (Voluntad de Poder, afor. 715): « El punto de vista del
‘valor’ es el punto de vista de las condiciones
de conservación y aumento por
lo que se refiere a formaciones complejas de duración relativa de la vida
dentro del devenir».
La esencia del valor reside en ser
punto de vista. Valor se refiere a aquello que la vista toma en consideración.
Valor significa el punto de visión para un mirar que enfoca algo o, como
decimos, que cuenta con algo y por eso tiene que contar con otra cosa. El valor
está en relación interna con un tanto, con un quantum y con el número. Por eso,
los valores (Voluntad de Poder, afor. 710 del año 1888) se ponen siempre en
relación con una «escala de números medidas». Subsiste la cuestión de dónde se
fundamenta a su vez la escala de aumento y disminución.
Gracias a la caracterización del valor como
punto de vista aparece algo esencial para el concepto de valor de Nietzsche: en
cuanto punto de vista, dicho concepto es planteado siempre por un mirar y para
él. Este mirar es de tal naturaleza que ve en la medida en que ha visto; que a
visto en la medida en que ha situado ante sí, ha representado a lo vislumbrado
como tal y, de este modo o ha dispuesto. Es sólo por medio de este poner
representador como el punto necesario para ese enfocar hacia algo y así guiar
la órbita de visión de este ver, se convierte en punto de visión, es decir, en
aquello que importa a la hora de ver y de todo hacer guiado por la vista. Por
lo tanto, los valores no son ya de antemano algo en sí de tal modo que pudieran
ser tomados ocasionalmente como puntos de vista.
El
valor es valor en la medida en que vale. Vale, en la medida en que es dispuesto
en calidad de aquello que importa. Así, es dispuesto por un enfocar y mirar
hacia aquello con lo que hay que contar. El punto de visión, la perspectiva, el
círculo de visión significan aquí vista y ver en un sentido determinado por los
griegos, aunque teniendo en cuenta la transformación sufrida por la idea desde
el significado de wodäe al de perceptio. Ver es ese representar que,
desde Leibniz, es entendido expresamente bajo el rasgo fundamental de la
aspiración (appetitus). Todo ente es representador, en la medida en que al ser
de lo ente le pertenece el nisus el impulso de aparecer en escena que ordena a
algo que aparezca (manifestación) y de este modo determina su aparición. La
esencia caracterizada como nisus de todo ente se entiende de esta manera y pone
para sí misma un punto de vista que indica la perspectiva que hay que seguir.
El punto de vista es el valor.
Según Nietzsche, con los valores en tanto que
puntos de vista se establecen «las
condiciones de conservación y aumento». La propia manera que tiene de
escribir estas palabras en su lengua, sin la conjunción «y» entre conservación
y aumento, que ha sido sustituida por un guión de unión *, le
sirve a Nietzsche para hacer notar que los valores, en cuanto puntos de vista,
son esencialmente, y por lo tanto siempre, condiciones de la conservación y el
aumento. En donde se disponen valores hay que considerar siempre ambos tipos de
condición, de tal modo que permanezcan unitariamente en mutua relación. ¿Por
qué? Evidentemente solo porque lo ente mismo, en su aspiración y
representación, es de tal modo en su esencia que necesita de ese doble punto de
visión. ¿De qué son condiciones los valores como puntos de vista si tienen que
condicionar al mismo tiempo la conservación y el aumento?
Conservación y aumento caracterizan los
rasgos fundamentales de la vida, los cuales se pertenecen mutuamente dentro de
sí. A la esencia de la vida le toca el querer crecer, el aumento. Toda
conservación de vida se encuentra al servicio del aumento de vida. Toda vida
que se limita únicamente a la mera conservación es ya una decadencia. Por
ejemplo, para un ser vivo asegurarse el espacio vital nunca es una meta, sino
sólo un medio para el aumento de vida. Viceversa, una vida aumentada acrecienta
la necesidad anterior de ampliar el espacio. Pero no es posible ningún aumento
si no existe ya y se conserva un estado asegurado y sólo de ese modo capaz de
aumento. Lo vivo es por tanto una «formación compleja de vida» constituida por
la unión de ambos rasgos fundamentales, el aumento y la conservación. Los
valores, en su calidad de puntos de vista, guían la visión hacia «la
contemplación de las formaciones complejas». La visión es, en cada caso, visión
de una mirada vital que domina sobre todo ser vivo. Desde el momento en que
dispone los puntos de visión para los seres vivos, la vida se muestra en su
esencia como instauradora de valores (vid. Voluntad de Poder, afor. 556 del año
1885/86).
Las «formaciones complejas de vida» dependen
de las condiciones de una conservación y una permanencia tal que lo permanente
sólo permanece a fin de volverse no permanente en el aumento. La duración de
esta formación compleja de la vida reposa en la relación alternante de
conservación y aumento. Por eso, es sólo relativa. Sigue siendo una «duración
relativa» de lo vivo, esto es, de la vida.
Según las palabras de Nietzsche, el valor es
«punto de vista de las condiciones de conservación y aumento por lo que se
refiere a formaciones complejas de duración relativa de la vida dentro del
devenir». La palabra devenir, sola y sin determinar, no significa ni aquí, ni
en general en el lenguaje de los conceptos de la metafísica de Nietzsche, algún
modo de fluir de todas las cosas, el mero cambio de los estados, ni tan
siquiera alguna evolución o desarrollo indeterminado. «Devenir» significa el
tránsito de una cosa a otra, ese movimiento y movilidad que Leibniz llama en su
Monadología (parágrafo 11) changements naturels y que domina a través del ens
qua ens, esto es, del ens percipiens et appetens. Nietzsche piensa ese dominio
en tanto que rasgo fundamental de todo lo efectivamente real, es decir, en un
sentido amplio, de lo ente. Eso que determina de este modo a lo ente en su
essentia lo concibe como «voluntad de poder».
Si Nietzsche cierra su caracterización de la
esencia del valor con la palabra devenir hay que concluir que esa palabra final
nos señala el ámbito fundamental al que únicamente y en general pertenecen los
valores y la instauración de valores. «El devenir» es, para Nietzsche, « la
voluntad de poder». La «voluntad de poder» es por tanto el rasgo fundamental de
la «vida», palabra que Nietzsche también usa a menudo en un sentido amplio que
la pone al mismo nivel que el «devenir» dentro de la metafísica (vid. Hegel).
Voluntad de poder, devenir, vida y ser en su sentido más amplio significan en
lenguaje de Nietzsche lo mismo (Voluntad de Poder, afor. 582 del año 1885/86 y
afor. 689 del año 1888). Dentro del devenir, la vida, esto es, lo vivo, se
configura en centros respectivos de la voluntad de poder. Estos centros son en
consecuencia formaciones de poder. Es en cuanto tales como Nietzsche entiende
el arte, el Estado, la religión, la ciencia la sociedad. Por eso puede decir
(Voluntad de Poder, afor. 715) lo siguiente: «‘Valor' es esencialmente el punto
de vista para la consolidación o la debilitación de estos centros de dominio»
(concretamente en lo tocante a su carácter de dominio).
En la medida en que, en la demarcación de la
esencia del valor que hemos presentado, Nietzsche concibe a ésta como condición
con carácter de punto de vista para el aumento y la conservación de la vida,
pero entiende que la vida se fundamenta en el devenir como voluntad de poder,
dicha voluntad de poder se desvela como aquello que establece esos puntos de
vista. La voluntad de poder es la que estima según valores a partir de su
«principio interno» (Leibniz), en tanto que nisus en el esse del ens. La
voluntad de poder es el fundamento para la necesidad de instauración de valores
y el origen de la posibilidad de una valoración. Por eso dice Nietzsche
(Voluntad de Poder, afor. 14 del año 1887: «Los valores y su transformación
se encuentran en relación con el aumento
de poder del que plantea los valores.»
Aquí se hace evidente que los valores son las
condiciones de la voluntad de poder puestas por ella misma. Sólo allí, en donde
la voluntad de poder hace su aparición como rasgo fundamental de todo lo
efectivamente real, esto es, allí en donde se torna verdadera y, por
consiguiente, es concebida como la realidad efectiva de todo lo efectivamente
real, se muestra de dónde surgen los valores y por medio de qué es soportada y
guiada toda valoración. Ahora se reconoce el principio de la instauración de
valores. La instauración de valores es a partir de ahora realizable
«principalmente», esto es, a partir del ser en tanto que fundamento de lo ente.
Por eso, la voluntad de poder es al mismo
tiempo, en tanto que ese principio reconocido y por consiguiente querido, el
principio de una nueva instauración de valores. Es nueva, porque se consuma por
primera vez conscientemente a partir del saber de su principio. Es nueva,
porque se asegura ella misma de su principio y mantiene fijamente esa seguridad
a modo de un valor planteado a partir de dicho principio. Pero la voluntad de
poder es, en cuanto principio de la nueva instauración de valores y en relación
con los valores anteriores, el principio de la transvaloración de todos los
valores anteriores. Como, sin embargo, los valores hasta ahora supremos
dominaban sobre lo sensible desde las alturas de lo suprasensible y dado que la
estructura de este dominio es la metafísica, tenemos que con la instauración
del nuevo principio de transvaloración de todos los valores se consuma la
inversión de toda metafísica. Nietzsche considera esta inversión como una
superación de la metafísica. Pero, cegándose a sí misma, toda inversión de este
tipo sigue estando siempre implicada en lo mismo, que se ha vuelto
irreconocible.
Ahora
bien, en la medida en que Nietzsche concibe el nihilismo como la legalidad en
la historia de la desvalorización de los valores hasta ahora supremos, pero
concibe la desvalorización en el sentido de una transvaloración de todos los
valores, según su interpretación, el nihilismo reside en el dominio y el
desmoronamiento de los valores y, por lo tanto, en la posibilidad de una
instauración de valores en general. Esta misma se fundamenta en la voluntad de
poder. Por eso es por lo que la frase de Nietzsche «Dios ha muerto» y su
concepto del nihilismo sólo se pueden pensar suficientemente a partir de la
esencia de la voluntad de poder. Por eso, cuando explicamos qué piensa Nietzsche
con la fórmula «voluntad de poder», que él mismo acuñó, damos el último paso en
dirección al esclarecimiento de la consabida frase.
Este
nombre, «voluntad de poder», pasa por ser algo tan sobreentendido que no se
comprende cómo alguien puede gastar sus energías en analizar ese conjunto de
palabras. Porque lo que significa voluntad es algo que puede experimentar
cualquiera y en cualquier momento por sí mismo. Querer es aspirar a algo. Qué
significa poder es algo que también sabe hoy todo el mundo desde su cotidiana
experiencia en el ejercicio del dominio y la fuerza. Voluntad « de» poder es,
por lo tanto, evidentemente, la aspiración a alcanzar el poder.
De
acuerdo con esto, el título «voluntad de poder» presupone dos estados de cosas
diferentes que se han encontrado en mutua relación a posteriori: el querer, por
un lado, y el poder, por otro. Si, finalmente, con la intención de no
limitarnos a describir, sino también de explicar, preguntamos cuál es el
fundamento de la voluntad de poder, tendremos que, en su calidad de aspiración
hacia eso que todavía no está en su poder, ésta surge evidentemente de un
sentimiento de carencia. Aspiración, ejercicio del dominio, sentimiento de
carencia, son maneras de representación y estados (facultades del alma) que
captamos con el conocimiento psicológico. Por eso, la explicación de la esencia
de la voluntad de poder forma parte de la psicología.
Lo que
acabamos de explicar sobre la voluntad de poder y su manera de ser conocida es
ciertamente esclarecedor, pero, por así decir, pasa de largo ante lo que piensa
Nietzsche con la fórmula «voluntad de poder» y cómo lo piensa. El título
«voluntad de poder» nombra una palabra fundamental de la filosofía definitiva
de Nietzsche. Por eso, se la puede llamar metafísica de la voluntad de poder.
Nunca comprenderemos lo que significa voluntad de poder, en el sentido de
Nietzsche, basándonos en alguna representación popular acerca del querer y el
poder, sino sólo siguiendo el camino de una meditación sobre el pensamiento
metafísico, es decir, al mismo tiempo sobre el conjunto de la historia de la
metafísica occidental.
La siguiente explicación de la esencia de la
voluntad de poder piensa a partir de estas relaciones. Pero aunque se atenga a
las propias explicaciones de Nietzsche, también debe captar éstas de modo más claro de lo que el propio Nietzsche supo comunicarlas
inmediatamente. Ahora bien, lo único que nos resulta siempre más claro es lo
que previamente se nos ha vuelto más significativo. Es significativo aquello
cuya esencia está más próxima de nosotros. Tanto en lo que sigue como en lo
anterior, siempre se piensa a partir de
la esencia de la metafísica y no sólo a partir de
una de sus fases.
En la segunda parte de «Así habló
Zarathustra», que apareció un año después de «La gaya ciencia», en 1883,
Nietzsche habla por primera vez de «voluntad de poder» en el contexto en el que
justamente debe ser comprendida: «Donde encontré algo vivo, encontré voluntad
de poder; y hasta en la voluntad del siervo encontré la voluntad de ser amo y
señor».
Querer es querer ser señor. Así entendida, la
voluntad también se encuentra en la voluntad del siervo, ciertamente no de tal modo que el siervo pueda aspirar a salir de su papel de esclavo para
ser él mismo señor, sino más bien en el sentido de que el esclavo, en cuanto esclavo, el siervo en cuanto siervo, siempre tiene algo
por debajo de él a lo que da órdenes para su servicio y de lo que se sirve. De
este modo, incluso en cuanto esclavo, también es señor. También ser esclavo es
querer ser un señor.
La voluntad no es un mero desear o un aspirar
a algo, sino que querer es, en sí, dar órdenes, ordenar (vid. «Así habló
Zarathustra», I y II; «Voluntad de Poder», afor. 668 del año 1888). Este
ordenar tiene su esencia en el hecho de que aquel que ordena es señor con
conocimiento de su disponibilidad sobre las posibilidades de la actuación
efectiva. Lo que se ordena en la orden es el cumplimiento de esa
disponibilidad. En la orden el que ordena obedece (y no precisamente después
del que ejecuta la orden) a esa disponibilidad y a ese poder disponer y, de
este modo, se obedece a sí mismo. Así pues, el que ordena está por encima de sí
mismo en el sentido de que se arriesga a sí mismo. Ordenar, que es algo muy
distinto que un mero mandar algo a los demás, es una autosuperación y más
difícil que obedecer. La voluntad es el autorrecogimiento en lo ordenado. Sólo
hay que seguir dando órdenes al que no sabe obedecerse a sí mismo.
La voluntad no aspira en primer lugar a lo que quiere como a algo que no tenga
todavía. Lo que quiere la voluntad, ya lo tiene. Porque la voluntad quiere su
querer. Su voluntad es eso querido por ella. La voluntad se quiere a sí misma.
Se supera a sí misma. Así pues, en cuanto querer, la voluntad quiere ir más
allá de sí misma y, por lo tanto, tiene que llevarse detrás y debajo de sí
misma. Es por eso por lo que Nietzsche puede decir (Voluntad de Poder, afor.
675 del año 1887/88): «Querer, en
general, es tanto como querer ser más
fuerte, querer crecer...».
Ser más fuerte quiere decir aquí «tener más poder», esto es, tener sólo poder.
Efectivamente, la esencia del poder reside en ser señor sobre el grado de poder
alcanzado en cada caso. El poder sólo es tal poder mientras siga siendo aumento
de poder y se siga ordenando «más poder». Un simple detenerse en el aumento de
poder, el mero hecho de quedarse parado en un grado determinado de poder es ya
el comienzo de la disminución y decadencia del poder. La superación de sí mismo
en el poder forma parte de la esencia del poder. Esta superación del poder forma
parte y surge del propio poder, en la medida en que es una orden y como orden
se otorga el poder de superarse a sí misma en cada nivel de poder alcanzado. Es
verdad que de esta manera el poder está siempre en camino hacia sí mismo, pero
no como una voluntad que se encuentra disponible para sí misma en algún lugar y
que intenta alcanzar el poder en el sentido de una aspiración. El poder tampoco
se otorga poder sólo para superarse a sí mismo en cada grado de poder
alcanzado, sino únicamente con la intención de apoderarse de sí mismo en lo
incondicionado de su esencia. Según esta determinación esencial, querer es en
tan escasa medida una aspiración, que más bien se puede decir que toda
aspiración es y permanece una forma posterior o previa del querer.
En la fórmula «voluntad de poder» la palabra
poder sólo nombra la esencia del modo en que la voluntad se quiere a sí misma,
en la medida en que es el ordenar. En cuanto tal ordenar, la voluntad se reúne
consigo misma, esto es, con lo querido por ella. Este autorrecogimiento es la
facultad de poder del poder. Existe tan poco una voluntad por sí misma, como un
poder por sí mismo. Así pues, voluntad y poder tampoco se limitan a estar
agrupados en la voluntad de poder, sino que la voluntad es en cuanto Voluntad
de voluntad, la voluntad de poder en el sentido del otorgamiento de poder. Pues
bien, el poder tiene su esencia en el hecho de que, en cuanto voluntad dentro
de la voluntad, está al servicio de la voluntad. La voluntad de poder es la
esencia del poder. Muestra la esencia incondicionada de la voluntad que, en
cuanto pura voluntad, se quiere a sí misma.
Por eso, la voluntad de poder tampoco puede
ser contrapuesta a una voluntad de otra cosa, por ejemplo a una «voluntad de
nada», porque incluso esta voluntad es todavía voluntad de voluntad, de tal
modo que Nietzsche puede decir (Para una Genealogía de la Moral, tercer
tratado, afor. 1 del año 1887): «antes prefiere [la voluntad] querer la nada que no querer».
«Querer la nada» no significa de ninguna
manera querer la mera ausencia de todo lo efectivamente real, sino querer
precisamente eso efectivamente real, pero quererlo siempre y en todo lugar como
una nada y sólo a través de ella querer la aniquilación. En este querer, el
poder se asegura siempre la posibilidad de ordenar y poder ser señor.
Como
esencia de la voluntad, la esencia de la voluntad de poder es el rasgo
fundamental de todo lo efectivamente real. Nietzsche dice (Volunta de Poder,
afor. 693 del año 1888) que la voluntad de poder es «la esencia más íntima del
ser». « El ser» significa en este caso, según el lenguaje de la metafísica, lo
ente en su totalidad. La esencia de la voluntad de poder y la propia voluntad
de poder en tanto que carácter fundamental de lo ente, no se dejan por ello
constatar por medio de la observación psicológica, sino que, por el contrario,
es la propia psicología la que recibe su esencia, esto es, la posibilidad de
disponer y conocer su objeto, de manos de la voluntad de poder. Por lo tanto,
Nietzsche no concibe la voluntad de poder psicológicamente, sino que, por el
contrario determina nuevamente la psicología como «morfología y teoría del desarrollo de la voluntad de poder» (Más
allá del bien y del mal, afor.
23). La morfología es la ontología del nö, cuya
®from
transformada en perceptio debido al cambio del wodäe, se
manifiesta en el appetitus de la perceptio como voluntad de poder. El hecho de
que la metafísica -que piensa desde siempre lo ente como nonemÛexopê
sub-jectum, en relación con su ser-, se convierta en esta psicología así
determinada, demuestra, aunque sólo como manifestación colateral, la existencia
de este acontecimiento esencial que consiste en la transformación de la entidad
de lo ente La aÛséo
(entidad) del subjectum se convierte en subjetidad de la autoconciencia, la
cual hace aparecer a su esencia como voluntad de voluntad. La voluntad, en
cuanto voluntad de poder, es la orden para adquirir más poder. A fin de que, en
la superación de su propio poder, la voluntad pueda superar el grado alcanzado
en cada caso, hay que alcanzar previamente ese grado, asegurarlo y conservarlo.
El aseguramiento de cada grado de poder correspondiente es la condición
necesaria para la superación del poder. Pero esta condición necesaria no es
suficiente para que la voluntad pueda quererse a sí misma, esto es, para que
ese querer ser más fuerte, para que ese aumento de poder, sea. La voluntad tiene que dirigir su mirada a un campo de visión y
empezar por abrirlo para que de allí empiecen a mostrarse posibilidades que le
indiquen el camino a un aumento de poder. La voluntad debe por tanto disponer
una condición de ese querer ir más allá de sí misma. La voluntad de poder debe
disponer a la vez las condiciones de conservación de