La del superhombre es una de las ideas de la filosofía de Friedrich Nietzsche que más interpretaciones ha sufrido a lo largo de la historia.

«DIOS HA MUERTO
LA FRASE DE NIETZSCHE
Martin
Heidegger
Descripsión temática: La del superhombre es una de
las ideas de la filosofía de Friedrich Nietzsche que más interpretaciones ha
sufrido a lo largo de la historia.
Palabras claves: muerte, hombre, vida, escatología,
historia, filosofía...
Trabajo recopilado:
Lic.
José Luis Dell'Ordine
Buenos Aires - Argentina
dellordine@arnet.com.ar
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La
siguiente explicación intenta orientar hacia ese lugar desde el que, tal vez,
podrá plantearse un día la pregunta por la esencia del nihilismo. La
explicación tiene su raíz en un pensamiento que comienza a ganar claridad por
primera vez en lo tocante a la posición fundamental de Nietzsche dentro de la
historia de la metafísica occidental. La indicación ilumina un estadio de la
metafísica occidental que, presumiblemente, es su estadio final, porque en la
medida en que con Nietzsche la metafísica se ha privado hasta cierto punto a sí
misma de su propia posición esencial, ya no se divisan otras posibilidades para
ella. Tras la inversión efectuada por Nietzsche, a la metafísica solo le queda
pervertirse y desnaturalizarse. Lo suprasensible se convierte en un producto de
lo sensible carente de toda consistencia. Pero, al rebajar de este modo a su
opuesto, lo sensible niega su propia esencial la destitución de lo
suprasensible también elimina a lo meramente sensible y, con ello, a la
diferencia entre ambos. La destitución de los suprasensible termina en un «ni
esto... ni aquello» en relación con la distinción entre lo sensible (nñthysÞa) y lo no-sensible (nñthon). La
destitución aboca en lo sin-sentido. Pero aún así, sigue siendo el presupuesto
impensado e inevitable de los ciegos intentos por escapar a lo carente de
sentido por medio de una mera aportación de sentido.
En lo
que sigue, la metafísica siempre será pensada como la verdad de lo ente en
cuanto tal en su totalidad, no como la doctrina de un pensador. El pensador
tiene siempre su posición filosófica fundamental en la metafísica. Por eso, la
metafísica puede recibir el nombre de un pensador. Pero esto no quiere decir en
absoluto, según la esencia de la metafísica aquí pensada, que la
correspondiente metafísica sea el resultado y la propiedad de un pensador en su
calidad de personalidad inscrita en el marco público del quehacer cultural. En
cada fase de la metafísica se va haciendo visible un fragmento de camino
que el destino del ser va ganando sobre lo ente en bruscas épocas de la
verdad. El propio Nietzsche interpreta metafísicamente la marcha de la historia
occidental, concretamente como surgimiento y despliegue del nihilismo. Volver a
pensar la metafísica de Nietzsche se convierte en una meditación sobre la
situación y el lugar del hombre actual, cuyo destino, en lo tocante a la
verdad, ha sido escasamente entendido todavía. Toda meditación de este tipo,
cuando pretende ser algo más que una vacía y repetitiva crónica, pasa por
encima de aquello que concierne a la meditación. Pero no se trata de un mero
situarse por encima o más allá, ni tampoco de una simple superación. Que
meditemos sobre la metafísica de Nietzsche no significa que ahora también y muy
especialmente tengamos en cuenta su metafísica, además de su ética, su teoría
del conocimiento y su estética, sino que intentamos tomarnos en serio a
Nietzsche en cuanto pensador. Pues bien, para Nietzsche, pensar también
significa representar lo ente en cuanto ente. Todo pensar metafísico es, por lo
tanto, onto-logia o nada de nada.
La meditación que intentamos hacer aquí
precisa de un sencillo paso previo, casi imperceptible, del pensar. Al pensar
preparatorio le interesa iluminar el terreno de juego dentro del que el propio
ser podría volver a inscribir al hombre en una relación originaria en lo
tocante a su esencia. La preparación es la esencia de tal pensar.
Este pensamiento esencial -que, por lo tanto,
siempre y desde cualquier punto de vista es preparatorio-, se dirije hacia lo
imperceptible. Aquí, cualquier colaboración pensante, por muy torpe y vacilante
que sea, constituye una, ayuda esencial. La colaboración pensante se convierte
en una invisible semilla, nunca acreditada por su validez o utilidad, que tal
vez nunca vea tallo o fruto ni conozca la cosecha. Sirve para sembrar o incluso para preparar el sembrado.
A la siembra le precede el arado. Se trata de
desbrozar un campo que debido al predominio inevitable de la tierra de la
metafísica tuvo que permanecer desconocido. Se trata de comenzar por intuir
dicho campo, de encontrarlo y finalmente cultivarlo. Se trata de emprender la
primera marcha hacia ese campo. Existen muchos caminos de labor todavía
ignorados. Pero a cada pensador le está asignado un solo camino, el suyo, tras
cuyas huellas deberá caminar, en uno y otro sentido, una y otra vez, hasta
poder mantenerlo como suyo, aunque nunca le llegue a pertenecer, y poder decir
lo experimentado y captado en dicho camino.
Tal vez el título «Ser y Tiempo» sea una
señal indicadora que lleva a uno de estos caminos. De acuerdo con la
implicación esencial de la metafísica con las ciencias -exigida y perseguida
una y otra vez por la propia metafísica- y teniendo en cuenta que dichas
ciencias forman parte de la propia descendencia de la metafísica, el pensar
preparatorio también tendrá que moverse durante un tiempo en el círculo de las
ciencias, porque éstas siguen pretendiendo ser, bajo diversas figuras, la forma
fundamental del saber y lo susceptible de ser sabido, ya sea con conocimiento
de causa, ya sea por el modo en que se hacen valer y actúan. Cuanto más
claramente se aproximen las ciencias hacia la esencia técnica que las
predetermina y señala, tanto más decisivamente se explica la pregunta por esa
posibilidad del saber a la que aspira la técnica, así como por su naturaleza,
sus límites y sus derechos.
Del pensar preparatorio y de su consumación
forma parte una educación del pensar en el corazón de las ciencias. Encontrar
la forma adecuada para que dicha educación del pensar no se confunda ni con la
investigación ni con la erudición, es sumamente difícil. Esta pretensión siempre
está en peligro, sobre todo cuando el pensar tiene que empezar por encontrar
siempre y al mismo tiempo su propia estancia. Pensar en medio de las ciencias
significa: pasar junto a ellas sin despreciarlas.
No sabemos qué posibilidades le reserva el
destino de la historia occidental a nuestro pueblo y a Occidente. La
configuración y disposición externas de estas posibilidades no son tampoco lo
más necesario en un primer momento. Lo importante es sólo que aprendan a pensar
juntos los que quieren aprender y, al mismo tiempo, que enseñando juntos a su
manera, permanezcan en el camino y estén allí en el momento adecuado.
La siguiente explicación se mantiene, por su
intención y su alcance, dentro del ámbito de la experiencia a partir de la que
fue pensada «Ser y Tiempo». El pensar se ve interpelado incesantemente por ese
acontecimiento que quiere que en la historia del pensamiento occidental lo ente
haya sido pensado desde en relación con el ser, pero que la verdad del ser
permanezca impensada y que, en cuanto posible experiencia, no sólo le sea
negada al pensar, sino que el propio pensamiento occidental, concretamente bajo
la figura de a metafísica nos oculte el acontecimiento de esa negativa aunque
sea sin saberlo.
Por eso, el pensar preparatorio se mantiene
necesariamente dentro del ámbito de la meditación histórica. Para ese pensar,
la historia no es la sucesión de épocas, sino una única proximidad de lo mismo,
que atañe al pensar en imprevisibles modos del destino y con diferentes grados
de inmediatez.
Ahora se trata de meditar sobre a metafísica
de Nietzsche. Su pensamiento se ve bajo el signo del nihilismo. Éste es el
nombre para un movimiento histórico reconocido por Nietzsche que ya dominó en
los siglos precedentes y también determina nuestro siglo. Su interpretación es
resumida por Nietzsche en la breve frase: «Dios ha muerto».
Se podría suponer que la expresión «Dios ha
muerto» enuncia una opinión del ateo Nietzsche y por lo tanto no pasa de ser
una toma de postura personal y en consecuencia parcial y fácilmente refutable
apelando a la observación de que hoy muchas personas siguen visitando las
iglesias y sobrellevan las pruebas de la vida desde una confianza cristiana en
Dios. Pero la cuestión es si la citada frase de Nietzsche es sólo la opinión
exaltada de un pensador -del que siempre se puede objetar correctamente que al
final se volvió loco- o si con ella Nietzsche no expresa más bien la idea que
dentro de la historia de Occidente, determinada metafísicamente, se ha venido
pronunciando siempre de forma no expresa. Antes de apresurarnos a tomar una
postura, debemos intentar pensar la frase «Dios ha muerto» tal como está
entendida. Por eso, haremos bien en evitar toda cuanta opinión precipitada
acude de inmediato a la mente al oír algo tan terrible.
Las siguientes reflexiones intentan explicar
la frase de Nietzsche desde ciertos
puntos de vista esenciales. Insistamos una vez más: la frase de Nietzsche
nombra el destino de dos milenios de historia occidental. Faltos de preparación
como estamos todos, no debemos creer que podemos cambiar dicho destino por
medio de una conferencia sobre la fórmula de Nietzsche, ni tan siquiera que
lleguemos a conocerlo suficientemente. Pero, de todos modos, ahora será
necesario que nos dejemos aleccionar por la meditación y que en el camino de
ese aleccionamiento aprendamos a meditar.
Naturalmente, una explicación no debe limitarse a
extraer el asunto del texto, sino que también debe a aportar algo suyo al
asunto, aunque sea e manera imperceptible y sin forzar las cosas. Es precisamente
esta aportación lo que el profano siempre siente como una interpretación
exterior cuando la mide por el rasero de lo que él considera el contenido del
texto y que con el derecho que se autoatribuye, critica tachándola de
arbitraria. Sin embargo, una adecuada explicación nunca comprende mejor el
texto de lo que lo entendió su autor, sino simplemente de otro modo. Lo que
pasa es que ese otro modo debe ser de tal naturaleza que acabe tocando lo mismo
que piensa el texto explicado.
Nietzsche enunció
por vez primera la fórmula «Dios ha muerto» en el tercer libro del escrito
aparecido en 1882 titulado «La gaya ciencia». Con este escrito comienza el
camino de Nietzsche en dirección a la construcción de su postura metafísica
fundamental. Entre este escrito y los inútiles esfuerzos en torno a la
configuración de la obra principal que había planeado aparece publicado «Así
habló Zarathustra». La obra principal planeada nunca fue concluida. De manera
provisional debía llevar el título «La voluntad de poder» y como subtítulo
«Intento de una transvaloración de todos los valores».
El chocante
pensamiento de la muerte de un dios, del morir de los dioses, ya le era
familiar al joven Nietzsche. En un apunte de la época de elaboración de su
primer escrito, «El origen de la tragedia», Nietzsche escribe (1870): «Creo en
las palabras de los primitivos germanos: todos los dioses tienen que morir». El
joven Hegel dice así al final del tratado « Fe y saber» (1802): el «sentimiento
sobre el que reposa la religión de la nueva época es el de que Dios mismo ha
muerto». La frase de Hegel piensa algo distinto a la de Nietzsche, pero de
todos modos existe entre ambas una conexión esencial escondida en la esencia de
toda metafísica. La frase que Pascal toma prestada de Plutarco: «Le gran
Pan est mort» (Pensées, 695), también entra en el mismo ámbito, aunque sea por
motivos opuestos.
Escuchemos en
primer lugar cuáles son las palabras exactas del texto completo, el número 125,
de la obra « La gaya ciencia». El texto se titula « El loco» y reza así:
El loco.-¿No habéis oído hablar de ese loco que encendió un farol en pleno
día y corrió al mercado gritando sin cesar: «¡Busco a Dios!, ¡Busco a Dios!».
Como precisamente estaban allí reunidos muchos que no creían en Dios, sus
gritos provocaron enormes risotadas. ¿Es que se te ha perdido?, decía uno. ¿Se
ha perdido como un niño pequeño?, decía otro. ¿O se ha escondido? ¿Tiene miedo
de nosotros? ¿Se habrá embarcado? ¿Habrá emigrado? -así gritaban y reían todos
alborotadamente. El loco saltó en medio de ellos y los traspasó con su mirada.
«¿Que a dónde se ha ido Dios? -exclamó-, os lo voy a decir. Lo hemos matado: ¡vosotros y yo! Todos somos sus asesinos. Pero ¿cómo hemos podido
hacerlo? ¿Cómo hemos podido bebernos el mar? ¿Quién nos prestó la esponja para
borrar el horizonte? ¿Qué hicimos, cuando desencadenamos la tierra de su sol?
¿Hacia dónde caminará ahora? ¿Hacia dónde iremos nosotros? ¿Lejos de todos los
soles? ¿No nos caemos continuamente? ¿Hacia adelante, hacia atrás, hacia los
lados, hacia todas partes? ¿Acaso hay todavía un arriba y un abajo? ¿No erramos
como a través de una nada infinita? ¿No nos roza el soplo del espacio vacío?
¿No hace más frío? ¿No viene siempre noche y más noche? ¿No tenemos que
encender faroles a mediodía? ¿No oímos todavía el ruido de los sepultureros que
entierran a Dios? ¿No nos llega todavía ningún olor de la putrefacción divina?
¡También los dioses se descomponen! ¡Dios ha muerto! ¡Dios permanece muerto! !Y
nosotros lo hemos matado! ¿Cómo podremos consolarnos, asesinos entre los
asesinos? Lo más sagrado y poderoso que poseía hasta ahora el mundo se ha
desangrado bajo nuestros cuchillos. ¿Quién nos lavará esa sangre? ¿Con qué agua
podremos purificarnos? ¿Qué ritos expiatorios, qué juegos sagrados tendremos
que inventar? ¿No es la grandeza de este acto demasiado grande para nosotros?
¿No tendremos que volvernos nosotros mismos dioses para parecer dignos de
ellos? Nunca hubo un acto más grande y quien nazca después de nosotros formará
parte, por mor de ese acto, de una historia más elevada que todas las historias
que hubo nunca hasta ahora.» Aquí, el loco se calló y volvió a mirar a su
auditorio: también ellos callaban y lo miraban perplejos. Finalmente, arrojó su
farol al suelo, de tal modo que se rompió en pedazos y se apagó. «Vengo
demasiado pronto -dijo entonces-, todavía no ha llegado mi tiempo. Este enorme
suceso todavía está en camino y no ha llegado hasta los oídos de los hombres.
El rayo y el trueno necesitan tiempo, la luz de los astros necesita tiempo, los
actos necesitan tiempo, incluso después de realizados, a fin de ser vistos y
oídos. Este acto está todavía más lejos de ellos que las más lejanas estrellas y, sin embargo, son ellos los que lo han
cometido.» Todavía se cuenta
que el loco entró aquel mismo día en varias iglesias y entonó en ellas su Requiem aeternam deo. Una vez conducido al exterior e
interpelado contestó siempre esta única frase: « ¿Pues, qué son ahora ya estas
iglesias, más que las tumbas y panteones de Dios?».
Cuatro
años más tarde (1886), Nietzsche le añadió un quinto libro a los cuatro de que
se componía «La gaya ciencia», titulándolo «Nosotros, los que no tenemos
temor». El primer texto de dicho libro (aforismo 343) está titulado: «Lo
que pasa con nuestra alegre serenidad».
El pasaje comienza así: «El suceso más importante de los últimos tiempos,
que ‘Dios ha muerto’, que la fe en el dios cristiano ha perdido toda
credibilidad, comienza a arrojar sus primeras sombras sobre Europa.»
Esta
frase nos revela que la fórmula de Nietzsche acerca de la muerte de Dios se
refiere al dios cristiano. Pero tampoco cabe la menor duda -y es algo que se
debe pensar de antemano- de que los nombres Dios y dios cristiano se usan en el
pensamiento de Nietzsche para designar al mundo suprasensible en general Dios
es e nombre para el ámbito de las ideas los ideales. Este ámbito de lo
suprasensible pasa por ser, desde Platón o mejor dicho, desde la interpretación
de la filosofía platónica llevada a cabo por el helenismo y el cristianismo, el
único mundo verdadero y efectivamente real. Por el contrario, el mundo sensible
es sólo el mundo del más acá un mundo cambiante por lo tanto meramente
aparente, irreal. El mundo del más acá es el valle de lágrimas en oposición a
la montaña de la eterna beatitud de más allá. Si, como ocurre todavía en Kant,
llamamos al mundo sensible‘mundo físico’ en sentido amplio, entonces el mundo
suprasensible es el mundo metafísico.
La
frase «Dios ha muerto» significa que el mundo suprasensible ha perdido su
fuerza efectiva. No procura vida. La metafísica, esto es, para Nietzsche, la
filosofía occidental comprendida como platonismo, ha llegado al final.
Nietzsche comprende su propia filosofía como una reacción contra la metafísica,
lo que para él quiere decir, contra el platonismo.
Sin embargo, como
mera reacción, permanece necesariamente implicada en la esencia de aquello
contra lo que lucha, como le sucede a todos los movimientos contra algo. El
movimiento de reacción de Nietzsche contra la metafísica es, como mero
desbancamiento de ésta, una implicación sin salida dentro de la metafísica de
tal modo, que ésta se disocia de su esencia y, en tanto que metafísica, no
consigue pensar nunca su propia esencia. Y así, para la metafísica y por causa
de ella, permanece oculto eso que ocurre precisamente dentro de ella y en tanto
que ella misma.
Si
Dios, como fundamento suprasensible y meta de todo lo efectivamente real, ha
muerto, si el mundo suprasensible de las ideas ha perdido toda fuerza
vinculante y sobre todo toda fuerza capaz de despertar y de construir, entonces
ya no queda nada a lo que el hombre pueda atenerse y por lo que pueda guiarse.
Por eso se encuentra en el fragmento citado la pregunta: «¿No erramos a través
de una nada infinita?». La fórmula «Dios ha muerto» comprende la constatación
de que esa nada se extiende. Nada significa aquí ausencia de mundo
suprasensible y vinculante. El nihilismo, «el más inquietante de todos los
huéspedes», se encuentra ante la puerta.
El
intento de explicar la frase de Nietzsche «Dios ha muerto» debe ponerse al
mismo nivel que la tarea de interpretar qué quiere decir Nietzsche con
nihilismo, con el fin de mostrar su propia postura respecto a éste. Como, sin
embargo, ese nombre se usa a menudo a modo de lema y término provocador, y
también muy a menudo como palabra peyorativa y condenatoria, es necesario saber
lo que significa. No basta con reclamarse como poseedor de la fe cristiana o
alguna convicción metafísica para estar ya fuera del nihilismo. Del mismo modo,
tampoco todo el que se preocupa por la nada y su esencia es un nihilista.
Parece
que gusta usar ese nombre en un tono como si el mero adjetivo nihilista ya
bastase, sin añadirle ningún pensamiento a la palabra, para suministrar la
prueba de que una meditación sobre la nada precipita ya en la nada y comporta
la instauración de la dictadura de la nada.
En
general, habrá que preguntar si el nombre nihilismo, pensado estrictamente en
el sentido de la filosofía de Nietzsche, sólo tiene un significado nihilista,
es decir, negativo, un significado que empuja hacia una nada anuladora. Así
pues, visto el uso confuso y arbitrario de la palabra nihilismo, será necesario
-antes de una explicación concreta sobre lo que el propio Nietzsche dice acerca del nihilismo- ganar el correcto punto de vista desde el que podemos
permitirnos preguntar por el nihilismo.
El nihilismo es un movimiento histórico, no
cualquier opinión o doctrina sostenida por cualquier persona. El nihilismo
mueve la historia a la manera de un proceso fundamental, apenas conocido, del
destino de los pueblos occidentales. Por lo tanto, el nihilismo no es una
manifestación histórica entre otras, no es sólo una corriente espiritual que
junto a otras, junto al cristianismo, el humanismo y la ilustración, también
aparezca dentro de la historia occidental.
Antes
bien, el nihilismo, pensado en su esencia es el movimiento fundamental de la historia de Occidente. Muestra tal
profundidad, que su despliegue sólo puede tener como consecuencia catástrofes
mundiales. El nihilismo es el movimiento histórico mundial que conduce a los
pueblos de la tierra al ámbito de poder de la Edad Moderna. Por eso, no
es sólo una manifestación de la edad actual, ni siquiera un producto del siglo
XIX, a pesar de que fue entonces cuando se despertó la agudeza visual para
captarlo y su nombre se tornó habitual. El nihilismo no es tampoco el producto
de naciones aisladas cuyos pensadores y escritores hablen expresamente de él.
Aquellos que se creen libres de él, son tal .vez los que más a fondo lo
desarrollan. Del carácter inquietante de este inquietante huésped forma parte
el hecho de no poder nombrar su propio origen.
El nihilismo tampoco inaugura su predominio
en los lugares en que se niega al dios cristiano, se combate el cristianismo o
por lo menos, con actitud librepensadora, se predica un ateísmo vulgar.
Mientras sigamos limitándonos a ver solamente los diversos tipos de
incredulidad que reniegan del cristianismo, bajo sus variadas manifestaciones,
nuestra mirada quedará presa de la fachada externa y más precaria del
nihilismo. El discurso del loco dice precisamente que la frase «Dios ha muerto»
no tiene nada en común con las opiniones confusas y superficiales de los que
«no creen en dios». Aquellos que son no creyentes de este modo, no están
todavía en absoluto afectados por el nihilismo como destino de su propia
historia.
Mientras entendamos la frase «Dios ha muerto»
solamente como fórmula de la falta de fe, la estaremos interpretando
teológico-apologéticamente y renunciando a lo que le interesa a Nietzsche,
concretamente la meditación que reflexiona sobre lo que ha ocurrido ya con la
verdad del mundo suprasensible y su relación con la esencia del hombre.
El nihilismo, en el sentido de Nietzsche, no
tapa por lo tanto en absoluto ese estado representado de manera puramente
negativa que supone que ya no se puede creer en el dios cristiano de la
revelación bíblica, y hay que saber que Nietzsche no entiende por cristianismo
la vida cristiana que tuvo lugar una vez durante un breve espacio de tiempo
antes de la redacción de los Evangelios y de la propaganda misionera de Pablo.
El cristianismo es, para Nietzsche, la manifestación histórica, profana y
política de la Iglesia y su ansia de poder dentro de la configuración de la
humanidad occidental y su cultura moderna. El cristianismo en este sentido y la
fe cristiana del Nuevo Testamento, no son lo mismo. También una vida no
cristiana puede afirmar el cristianismo y usarlo como factor de poder, en la
misma medida en que una vida cristiana no necesita obligatoriamente del
cristianismo. Por eso, un debate con el cristianismo no es en absoluto ni a
toda costa un ataque contra lo cristiano, así como una crítica de la teología
no es por eso una crítica de la fe, cuya interpretación debe ser tarea de la
teología. Mientras pasemos por alto estas distinciones esenciales nos moveremos
en las bajas simas de las luchas entre diversas visiones del mundo.
En la frase «Dios ha muerto», la palabra
Dios, pensada esencialmente, representa el mundo suprasensible de los ideales,
que contienen la meta de esta vida existente por encima de la vida terrestre y,
así, la determinan desde arriba y en cierto modo desde fuera. Pero si ahora la
verdadera fe en Dios, determinada por la Iglesia, se va moviendo hacia
adelante, si, sobre todo, la doctrina de la fe, la teología, en su papel como
explicación normativa de lo ente en su totalidad, se ve limitada y apartada, no
por eso se rompe la estructura fundamental por la que una meta situada en lo
suprasensible domina la vida terrestre y sensible.
En el lugar de la desaparecida autoridad de
Dios y de la doctrina de la Iglesia, aparece la autoridad de la conciencia,
asoma la autoridad de la razón. Contra ésta se alza el instinto social. La
huida del mundo hacia lo suprasensible es sustituida por el progreso histórico.
La meta de una eterna felicidad en el más allá se transforma en la de la dicha
terrestre de la mayoría. El cuidado del
culto de la religión se disuelve en favor del entusiasmo por la creación de una cultura o por
la extensión de la civilización. Lo creador, antes lo propio del dios bíblico
se convierte en distintivo del quehacer humano. Este crear se acaba mutando en
negocio.
Lo que se quiere poner de esta manera en el
lugar del mundo suprasensible son variantes de la interpretación del mundo
cristiano-eclesiástica y teológica, que había tomado prestado su esquema del
ordo, del orden jerárquico de lo ente, del mundo helenístico-judaico, cuya
estructura fundamental había sido establecida por Platón al principio de la
metafísica occidental.
El
ámbito para la esencia el acontecimiento del nihilismo es la propia metafísica,
siempre que supongamos que bajo este nombre no entendemos una doctrina o
incluso una disciplina especial de la filosofía, sino la estructura fundamental
de lo ente en su totalidad, en la medida en que éste se encuentra dividido
entre un mundo sensible y un mundo suprasensible y en que el primero está
soportado y determinado por el segundo. La metafísica es el espacio histórico
en el que se convierte en destino el hecho de que el mundo suprasensible, las ideas,
Dios, la ley moral la autoridad de la razón, el progreso, la felicidad de la
mayoría la cultura y la civilización, pierdan su fuerza constructiva y se
anulen. Llamamos a esta caída esencial de lo suprasensible su descomposición.
La falta de fe en el sentido de la caída del dogma cristiano, no es por lo
tanto nunca la esencia y el fundamento del nihilismo, sino siempre una
consecuencia del mismo; efectivamente, podría ocurrir que el propio
cristianismo fuese una consecuencia y variante del nihilismo.
Partiendo de esta base podemos reconocer ya
el último extravío al que nos vemos expuestos a la hora de captar o pretender
combatir el nihilismo. Como no se entiende el nihilismo como un movimiento
histórico que existe desde hace mucho tiempo y cuyo fundamento esencial reposa
en la propia metafísica, se cae en la perniciosa tentación de considerar
determinadas manifestaciones que ya son y sólo son consecuencias del nihilismo
como si fueran éste mismo o en la de presentar las consecuencias y efectos como
las causas del nihilismo. En la acomodación irreflexiva a este modo de
representación se ha adquirido desde hace décadas la costumbre de presentar el
dominio de la técnica o la rebelión de las masas como las causas de la
situación histórica del siglo y de analizar la situación espiritual de la época
desde este punto de vista. Pero cualquier análisis del hombre y de su posición
dentro de lo ente, por aguda e inteligente que sea, sigue careciendo siempre de
reflexión y lo único que provoca es la apariencia de una meditación, mientras
se abstenga de pensar en el lugar donde reside la esencia del hombre y de
experimentarlo en la verdad del ser.
Mientras sigamos confundiendo el nihilismo
con lo que sólo son sus manifestaciones, la postura respecto al mismo será
siempre superficial. Tampoco se irá más lejos por el hecho de armarse de un
cierto apasionamiento en su rechazo basado en el descontento con la situación
del mundo, en una desesperación no del todo confesada, en el desánimo moral o
en la superioridad autosuficiente del creyente.
Frente a esto debemos comenzar por meditar.
Por eso le preguntamos ahora al propio Nietzsche qué entiende por nihilismo y
dejamos por ahora abierta la cuestión de si, con su comprensión, Nietzsche ya
acierta y puede acertar con la esencia del nihilismo.
En una anotación del año 1887 Nietzsche
plantea la pregunta (Voluntad de Poder, afor. 2): «¿Qué significa nihilismo?».
Y contesta: «Que los valores
supremos han perdido su valor».
Esta respuesta está subrayada y acompañada de
la siguiente explicación: «Falta la meta, falta la respuesta al ‘porqué’».
De acuerdo con esta anotación, Nietzsche
concibe el nihilismo como un proceso histórico. Interpreta tal suceso como la
desvalorización de los valores hasta entonces supremos. Dios, el mundo suprasensible
como mundo verdaderamente ente que todo lo determina, los ideales e ideas, las
metas y principios que determinan y soportan todo lo ente y, sobre todo, la
vida humana, todas estas cosas son las que se representan aquí como valores
supremos. Según la opinión que todavía sigue siendo usual, por valores supremos
se entiende lo verdadero, lo bueno y lo bello: lo verdadero, esto es, lo
verdaderamente ente; lo bueno, esto es, lo que siempre importa en todas partes;
lo bello, esto es, el orden y la unidad de lo ente en su totalidad. Pero los
valores supremos ya se desvalorizan por el hecho de que va penetrando la idea
de que el mundo ideal no puede llegar a realizarse nunca dentro del mundo real.
El carácter vinculante de los valores supremos empieza a vacilar. Surge la
pregunta: ¿para qué esos valores supremos si no son capaces de garantizar los
caminos y medios para una realización efectiva de las metas planteadas en
ellos?
Ahora bien, si quisiéramos entender al pie de
la letra la definición de Nietzsche según la cual la esencia del nihilismo es
la pérdida de valor de los valores supremos, obtendríamos una concepción de la
esencia del nihilismo que entretanto se ha vuelto usual, en gran medida gracias
al apoyo del propio título nihilismo y que supone que la desvalorización de los
valores supremos significa, evidentemente, la decadencia. Lo que ocurre es que,
para Nietzsche, el nihilismo no es en absoluto únicamente una manifestación de
decadencia, sino que como proceso fundamental de la historia occidental es, al
mismo tiempo y sobre todo, la legalidad de esta historia. Por eso, en sus
consideraciones sobre el nihilismo, a Nietzsche no le interesa tanto describir
históricamente la marcha del proceso de desvalorización de los valores
supremos, para acabar midiendo la decadencia de Occidente, como pensar el
nihilismo en tanto que «lógica interna» de la historia occidental.
Procediendo así, Nietzsche reconoce que a
pesar de la desvalorización de los valores hasta ahora supremos para el mundo,
dicho mundo sin embargo sigue ahí y que ese mundo en principio privado de
valores tiende inevitablemente a una nueva instauración de valores. Después de
la caída de los valores hasta ahora supremos, la nueva instauración de valores
se transforma, en relación con los valores anteriores, en una «transvaloración
de todos los valores». El no frente a los valores precedentes nace del sí a la
nueva instauración de valores. Como en ese sí, según la opinión de Nietzsche,
no se encierra ningún modo de mediación y ninguna adecuación respecto a los
valores anteriores, el no incondicionado entra dentro de ese nuevo sí a la
nueva instauración de valores. A fin de asegurar la incondicionalidad del nuevo
sí frente a la recaída en los valores anteriores, esto es, a fin de fundamentar
la nueva instauración de valores como movimiento de reacción, Nietzsche designa
también a la nueva instauración de valores como nihilismo, concretamente como
ese nihilismo por el que la desvalorización se consuma en una nueva
instauración de valores, la única capaz de ser normativa. Nietzsche llama a
esta fase normativa del nihilismo el nihilismo «consumado», esto es, clásico.
Nietzsche entiende por nihilismo la desvalorización de los valores hasta ahora
supremos. Pero al mismo tiempo afirma el nihilismo en el sentido de
«transvaloración de todos los valores anteriores». Por eso, el nombre nihilismo
conserva una polivalencia de significado y, desde un punto de vista extremo, es
en todo caso ambiguo, desde el momento en que designa por un lado a la mera
desvalorización de los valores hasta ahora supremos, pero al mismo tiempo se
refiere al movimiento incondicionado de reacción contra la desvalorización. En
este sentido es también ambiguo eso que Nietzsche presenta como forma previa
del nihilismo: el pesimismo. Según Schopenhauer, el pesimismo es la creencia
por la que en el peor de estos mundos la vida no merece la pena de ser vivida
ni afirmada. Según esta doctrina, hay que negar la vida y esto quiere decir
también lo ente como tal en su totalidad. Este pesimismo es, según Nietzsche,
el «pesimismo de la debilidad». No ve en todas partes más que el lado oscuro,
encuentra para todo un motivo de fracaso y pretende saber que todo acabará en
el sentido de una catástrofe total. Por el contrario, el pesimismo de la
fuerza, en cuanto fuerza, no se hace ilusiones, ve el peligro y no quiere velos
ni disimulos. Se da cuenta de lo fatal que resulta una actitud de observación
pasiva, de espera de que retorne lo anterior. Penetra analíticamente en las
manifestaciones y exige la conciencia de las condiciones y fuerzas que, a pesar
de todo, aseguran el dominio de la situación histórica.
Una meditación más esencial podría mostrar
cómo en eso que Nietzsche llama «pesimismo de la fuerza» se consuma la rebelión
del hombre moderno en el dominio incondicionado de la subjetividad dentro de la
subjetidad de lo ente. Por medio del pesimismo, en su forma ambigua, los
extremos se hacen a la luz. Los extremos obtienen, como tales, la supremacía.
Así surge un estado en el que se agudizan las alternativas incondicionadas
hasta moverse entre un o esto o lo otro. Se inicia un «estado intermedio» en el
que se manifiesta, por un lado, que la realización efectiva de los valores
hasta ahora supremos no se cumple. El mundo parece carente de valores. Por otro
lado, en virtud de esta concienciación, la mirada escudriñadora se orienta
hacia la fuente de la nueva instauración de valores, sin que el mundo recupere
por eso su valor.
Sin embargo, a la vista de cómo se conmueven
los valores anteriores, también se puede intentar otra cosa. Efectivamente,
aunque Dios, en el sentido del dios cristiano, haya desaparecido del lugar que
ocupaba en el mundo suprasensible, dicho lugar sigue existiendo aun cuando esté
vacío. El ámbito ahora vacío de lo suprasensible y del mundo ideal puede
mantenerse. Hasta se puede decir que el lugar vacío exige ser
nuevamente ocupado y pide sustituir al dios desaparecido por otra cosa. Se
erigen nuevos ideales. Eso ocurre, según la
representación de Nietzsche (Voluntad de Poder, afor. 1.021 del
año 1887), por medio de las doctrinas de la felicidad universal y el
socialismo así como por medio de la música de Wagner, esto es, en todos los
sitios en los que el «cristianismo
dogmático no tiene más recursos». Así es como aparece el «nihilismo incompleto».
A este respecto Nietzsche dice así (Voluntad de Poder, afor. 28 del año 1887):
«El nihilismo incompleto, sus formas: vivimos en medio de ellas.
Los intentos de escapar al nihilismo, sin necesidad de una transvaloración de los
valores anteriores traen como consecuencia lo contrario y no hacen sino
agudizar el problema».
Podemos resumir el pensamiento de Nietzsche
sobre el nihilismo incompleto de manera más clara y precisa diciendo: es verdad
que el nihilismo incompleto sustituye los valores anteriores por otros, pero
sigue poniéndolos en el antiguo lugar, que se mantiene libre a modo de ámbito
ideal para lo suprasensible. Ahora bien, el nihilismo completo debe eliminar
hasta el lugar de los valores, lo suprasensible en cuanto ámbito, y por lo
tanto poner los valores de otra manera, transvalorarlos.
De aquí se deduce que para el nihilismo
completo, consumado y, por tanto, clásico, se precisa ciertamente de la
«transvaloración de todos los valores anteriores», pero que la transvaloración
no se limita a sustituir los viejos valores por otros nuevos. Esa
transvaloración es una inversión de la manera y el modo de valorar. La
instauración de valores necesita un nuevo principio, esto es, renovar aquello
de donde parte y donde se mantiene. La instauración de valores precisa de otro
ámbito. Ese principio ya no puede ser el mundo de lo suprasensible ahora sin
vida Por eso el nihilismo que apunta a la inversión así entendida, buscará lo
que tenga más vida. De este modo, el propio nihilismo se convierte en «ideal de
la vida pletórica» (Voluntad de Poder, afor. 14 del año 1887). En este nuevo
valor supremo se esconde otra consideración de la vida, esto es, de aquello en
lo que reside la esencia determinante de todo lo vivo. Por eso queda por
preguntar qué entiende Nietzsche por vida.
La indicación acerca de los diferentes grados
y formas del nihilismo muestra que, según la interpretación de Nietzsche, el
nihilismo es siempre una historia en la que se trata de los valores, la
institución de valores, la desvalorización de valores, la inversión de valores,
la nueva instauración de valores y, finalmente y sobre todo, de la disposición,
con otra manera de valorar, del principio de toda instauración de valores. Las
metas supremas, los fundamentos y principios de lo ente, los ideales y lo
suprasensible, Dios y los dioses, todo esto es comprendido de antemano como
valor. Por eso, sólo entenderemos suficientemente el concepto de Nietzsche de
nihilismo si sabemos qué entiende Nietzsche por valor. Sólo entonces
comprenderemos la frase «Dios ha muerto» tal como fue pensada. La clave para
comprender la metafísica de Nietzsche es una explicación suficientemente clara
de lo que piensa con la palabra valor.
En el siglo XIX se vuelve usual
hablar de valores y pensar en valores. Pero sólo se hizo verdaderamente popular
gracias a la difusión de las obras de Nietzsche. Se habla de valores vitales,
de valores culturales, de valores eternos, del orden y rango de los valores, de
los valores espirituales, que se cree encontrar, por ejemplo, en la Antigüedad.
Gracias a una ocupación erudita con la filosofía y a la reforma del neokantismo
se llega a la filosofía de los valores. Se construyen sistemas de valores y en
ética se persiguen los estratos de valores. Hasta la teología cristiana
determina a Dios, el summum ens qua summum bonum, como el valor supremo. Se
considera a la ciencia como libre de valores y se arroja a las valoraciones del
lado de las concepciones del mundo. El valor y todo lo que tiene que ver con el
valor se convierte en un sustituto positivo de lo metafísico. La frecuencia con
que se habla de valores está en paralelo con la indefinición del concepto.
Dicha indefinición, a su vez, está en paralelo con la oscuridad del origen de
la esencia del valor en el ser. Aun suponiendo que ese valor tan reclamado no
sea nada, no por eso deja de verse obligado a tener su esencia en el ser.
¿Qué entiende Nietzsche por valor? ¿En qué se
funda la esencia del valor? ¿Por qué la metafísica de Nietzsche es la
metafísica de los valores?
En una anotación (1887/88) Nietzsche dice lo
que entiende por valor (Voluntad de Poder, afor. 715): « El punto de vista del
‘valor’ es el punto de vista de las condiciones
de conservación y aumento por
lo que se refiere a formaciones complejas de duración relativa de la vida
dentro del devenir».
La esencia del valor reside en ser
punto de vista. Valor se refiere a aquello que la vista toma en consideración.
Valor significa el punto de visión para un mirar que enfoca algo o, como
decimos, que cuenta con algo y por eso tiene que contar con otra cosa. El valor
está en relación interna con un tanto, con un quantum y con el número. Por eso,
los valores (Voluntad de Poder, afor. 710 del año 1888) se ponen siempre en
relación con una «escala de números medidas». Subsiste la cuestión de dónde se
fundamenta a su vez la escala de aumento y disminución.
Gracias a la caracterización del valor como
punto de vista aparece algo esencial para el concepto de valor de Nietzsche: en
cuanto punto de vista, dicho concepto es planteado siempre por un mirar y para
él. Este mirar es de tal naturaleza que ve en la medida en que ha visto; que a
visto en la medida en que ha situado ante sí, ha representado a lo vislumbrado
como tal y, de este modo o ha dispuesto. Es sólo por medio de este poner
representador como el punto necesario para ese enfocar hacia algo y así guiar
la órbita de visión de este ver, se convierte en punto de visión, es decir, en
aquello que importa a la hora de ver y de todo hacer guiado por la vista. Por
lo tanto, los valores no son ya de antemano algo en sí de tal modo que pudieran
ser tomados ocasionalmente como puntos de vista.
El
valor es valor en la medida en que vale. Vale, en la medida en que es dispuesto
en calidad de aquello que importa. Así, es dispuesto por un enfocar y mirar
hacia aquello con lo que hay que contar. El punto de visión, la perspectiva, el
círculo de visión significan aquí vista y ver en un sentido determinado por los
griegos, aunque teniendo en cuenta la transformación sufrida por la idea desde
el significado de wodäe al de perceptio. Ver es ese representar que,
desde Leibniz, es entendido expresamente bajo el rasgo fundamental de la
aspiración (appetitus). Todo ente es representador, en la medida en que al ser
de lo ente le pertenece el nisus el impulso de aparecer en escena que ordena a
algo que aparezca (manifestación) y de este modo determina su aparición. La
esencia caracterizada como nisus de todo ente se entiende de esta manera y pone
para sí misma un punto de vista que indica la perspectiva que hay que seguir.
El punto de vista es el valor.
Según Nietzsche, con los valores en tanto que
puntos de vista se establecen «las
condiciones de conservación y aumento». La propia manera que tiene de
escribir estas palabras en su lengua, sin la conjunción «y» entre conservación
y aumento, que ha sido sustituida por un guión de unión *, le
sirve a Nietzsche para hacer notar que los valores, en cuanto puntos de vista,
son esencialmente, y por lo tanto siempre, condiciones de la conservación y el
aumento. En donde se disponen valores hay que considerar siempre ambos tipos de
condición, de tal modo que permanezcan unitariamente en mutua relación. ¿Por
qué? Evidentemente solo porque lo ente mismo, en su aspiración y
representación, es de tal modo en su esencia que necesita de ese doble punto de
visión. ¿De qué son condiciones los valores como puntos de vista si tienen que
condicionar al mismo tiempo la conservación y el aumento?
Conservación y aumento caracterizan los
rasgos fundamentales de la vida, los cuales se pertenecen mutuamente dentro de
sí. A la esencia de la vida le toca el querer crecer, el aumento. Toda
conservación de vida se encuentra al servicio del aumento de vida. Toda vida
que se limita únicamente a la mera conservación es ya una decadencia. Por
ejemplo, para un ser vivo asegurarse el espacio vital nunca es una meta, sino
sólo un medio para el aumento de vida. Viceversa, una vida aumentada acrecienta
la necesidad anterior de ampliar el espacio. Pero no es posible ningún aumento
si no existe ya y se conserva un estado asegurado y sólo de ese modo capaz de
aumento. Lo vivo es por tanto una «formación compleja de vida» constituida por
la unión de ambos rasgos fundamentales, el aumento y la conservación. Los
valores, en su calidad de puntos de vista, guían la visión hacia «la
contemplación de las formaciones complejas». La visión es, en cada caso, visión
de una mirada vital que domina sobre todo ser vivo. Desde el momento en que
dispone los puntos de visión para los seres vivos, la vida se muestra en su
esencia como instauradora de valores (vid. Voluntad de Poder, afor. 556 del año
1885/86).
Las «formaciones complejas de vida» dependen
de las condiciones de una conservación y una permanencia tal que lo permanente
sólo permanece a fin de volverse no permanente en el aumento. La duración de
esta formación compleja de la vida reposa en la relación alternante de
conservación y aumento. Por eso, es sólo relativa. Sigue siendo una «duración
relativa» de lo vivo, esto es, de la vida.
Según las palabras de Nietzsche, el valor es
«punto de vista de las condiciones de conservación y aumento por lo que se
refiere a formaciones complejas de duración relativa de la vida dentro del
devenir». La palabra devenir, sola y sin determinar, no significa ni aquí, ni
en general en el lenguaje de los conceptos de la metafísica de Nietzsche, algún
modo de fluir de todas las cosas, el mero cambio de los estados, ni tan
siquiera alguna evolución o desarrollo indeterminado. «Devenir» significa el
tránsito de una cosa a otra, ese movimiento y movilidad que Leibniz llama en su
Monadología (parágrafo 11) changements naturels y que domina a través del ens
qua ens, esto es, del ens percipiens et appetens. Nietzsche piensa ese dominio
en tanto que rasgo fundamental de todo lo efectivamente real, es decir, en un
sentido amplio, de lo ente. Eso que determina de este modo a lo ente en su
essentia lo concibe como «voluntad de poder».
Si Nietzsche cierra su caracterización de la
esencia del valor con la palabra devenir hay que concluir que esa palabra final
nos señala el ámbito fundamental al que únicamente y en general pertenecen los
valores y la instauración de valores. «El devenir» es, para Nietzsche, « la
voluntad de poder». La «voluntad de poder» es por tanto el rasgo fundamental de
la «vida», palabra que Nietzsche también usa a menudo en un sentido amplio que
la pone al mismo nivel que el «devenir» dentro de la metafísica (vid. Hegel).
Voluntad de poder, devenir, vida y ser en su sentido más amplio significan en
lenguaje de Nietzsche lo mismo (Voluntad de Poder, afor. 582 del año 1885/86 y
afor. 689 del año 1888). Dentro del devenir, la vida, esto es, lo vivo, se
configura en centros respectivos de la voluntad de poder. Estos centros son en
consecuencia formaciones de poder. Es en cuanto tales como Nietzsche entiende
el arte, el Estado, la religión, la ciencia la sociedad. Por eso puede decir
(Voluntad de Poder, afor. 715) lo siguiente: «‘Valor' es esencialmente el punto
de vista para la consolidación o la debilitación de estos centros de dominio»
(concretamente en lo tocante a su carácter de dominio).
En la medida en que, en la demarcación de la
esencia del valor que hemos presentado, Nietzsche concibe a ésta como condición
con carácter de punto de vista para el aumento y la conservación de la vida,
pero entiende que la vida se fundamenta en el devenir como voluntad de poder,
dicha voluntad de poder se desvela como aquello que establece esos puntos de
vista. La voluntad de poder es la que estima según valores a partir de su
«principio interno» (Leibniz), en tanto que nisus en el esse del ens. La
voluntad de poder es el fundamento para la necesidad de instauración de valores
y el origen de la posibilidad de una valoración. Por eso dice Nietzsche
(Voluntad de Poder, afor. 14 del año 1887: «Los valores y su transformación
se encuentran en relación con el aumento
de poder del que plantea los valores.»
Aquí se hace evidente que los valores son las
condiciones de la voluntad de poder puestas por ella misma. Sólo allí, en donde
la voluntad de poder hace su aparición como rasgo fundamental de todo lo
efectivamente real, esto es, allí en donde se torna verdadera y, por
consiguiente, es concebida como la realidad efectiva de todo lo efectivamente
real, se muestra de dónde surgen los valores y por medio de qué es soportada y
guiada toda valoración. Ahora se reconoce el principio de la instauración de
valores. La instauración de valores es a partir de ahora realizable
«principalmente», esto es, a partir del ser en tanto que fundamento de lo ente.
Por eso, la voluntad de poder es al mismo
tiempo, en tanto que ese principio reconocido y por consiguiente querido, el
principio de una nueva instauración de valores. Es nueva, porque se consuma por
primera vez conscientemente a partir del saber de su principio. Es nueva,
porque se asegura ella misma de su principio y mantiene fijamente esa seguridad
a modo de un valor planteado a partir de dicho principio. Pero la voluntad de
poder es, en cuanto principio de la nueva instauración de valores y en relación
con los valores anteriores, el principio de la transvaloración de todos los
valores anteriores. Como, sin embargo, los valores hasta ahora supremos
dominaban sobre lo sensible desde las alturas de lo suprasensible y dado que la
estructura de este dominio es la metafísica, tenemos que con la instauración
del nuevo principio de transvaloración de todos los valores se consuma la
inversión de toda metafísica. Nietzsche considera esta inversión como una
superación de la metafísica. Pero, cegándose a sí misma, toda inversión de este
tipo sigue estando siempre implicada en lo mismo, que se ha vuelto
irreconocible.
Ahora
bien, en la medida en que Nietzsche concibe el nihilismo como la legalidad en
la historia de la desvalorización de los valores hasta ahora supremos, pero
concibe la desvalorización en el sentido de una transvaloración de todos los
valores, según su interpretación, el nihilismo reside en el dominio y el
desmoronamiento de los valores y, por lo tanto, en la posibilidad de una
instauración de valores en general. Esta misma se fundamenta en la voluntad de
poder. Por eso es por lo que la frase de Nietzsche «Dios ha muerto» y su
concepto del nihilismo sólo se pueden pensar suficientemente a partir de la
esencia de la voluntad de poder. Por eso, cuando explicamos qué piensa Nietzsche
con la fórmula «voluntad de poder», que él mismo acuñó, damos el último paso en
dirección al esclarecimiento de la consabida frase.
Este
nombre, «voluntad de poder», pasa por ser algo tan sobreentendido que no se
comprende cómo alguien puede gastar sus energías en analizar ese conjunto de
palabras. Porque lo que significa voluntad es algo que puede experimentar
cualquiera y en cualquier momento por sí mismo. Querer es aspirar a algo. Qué
significa poder es algo que también sabe hoy todo el mundo desde su cotidiana
experiencia en el ejercicio del dominio y la fuerza. Voluntad « de» poder es,
por lo tanto, evidentemente, la aspiración a alcanzar el poder.
De
acuerdo con esto, el título «voluntad de poder» presupone dos estados de cosas
diferentes que se han encontrado en mutua relación a posteriori: el querer, por
un lado, y el poder, por otro. Si, finalmente, con la intención de no
limitarnos a describir, sino también de explicar, preguntamos cuál es el
fundamento de la voluntad de poder, tendremos que, en su calidad de aspiración
hacia eso que todavía no está en su poder, ésta surge evidentemente de un
sentimiento de carencia. Aspiración, ejercicio del dominio, sentimiento de
carencia, son maneras de representación y estados (facultades del alma) que
captamos con el conocimiento psicológico. Por eso, la explicación de la esencia
de la voluntad de poder forma parte de la psicología.
Lo que
acabamos de explicar sobre la voluntad de poder y su manera de ser conocida es
ciertamente esclarecedor, pero, por así decir, pasa de largo ante lo que piensa
Nietzsche con la fórmula «voluntad de poder» y cómo lo piensa. El título
«voluntad de poder» nombra una palabra fundamental de la filosofía definitiva
de Nietzsche. Por eso, se la puede llamar metafísica de la voluntad de poder.
Nunca comprenderemos lo que significa voluntad de poder, en el sentido de
Nietzsche, basándonos en alguna representación popular acerca del querer y el
poder, sino sólo siguiendo el camino de una meditación sobre el pensamiento
metafísico, es decir, al mismo tiempo sobre el conjunto de la historia de la
metafísica occidental.
La siguiente explicación de la esencia de la
voluntad de poder piensa a partir de estas relaciones. Pero aunque se atenga a
las propias explicaciones de Nietzsche, también debe captar éstas de modo más claro de lo que el propio Nietzsche supo comunicarlas
inmediatamente. Ahora bien, lo único que nos resulta siempre más claro es lo
que previamente se nos ha vuelto más significativo. Es significativo aquello
cuya esencia está más próxima de nosotros. Tanto en lo que sigue como en lo
anterior, siempre se piensa a partir de
la esencia de la metafísica y no sólo a partir de
una de sus fases.
En la segunda parte de «Así habló
Zarathustra», que apareció un año después de «La gaya ciencia», en 1883,
Nietzsche habla por primera vez de «voluntad de poder» en el contexto en el que
justamente debe ser comprendida: «Donde encontré algo vivo, encontré voluntad
de poder; y hasta en la voluntad del siervo encontré la voluntad de ser amo y
señor».
Querer es querer ser señor. Así entendida, la
voluntad también se encuentra en la voluntad del siervo, ciertamente no de tal modo que el siervo pueda aspirar a salir de su papel de esclavo para
ser él mismo señor, sino más bien en el sentido de que el esclavo, en cuanto esclavo, el siervo en cuanto siervo, siempre tiene algo
por debajo de él a lo que da órdenes para su servicio y de lo que se sirve. De
este modo, incluso en cuanto esclavo, también es señor. También ser esclavo es
querer ser un señor.
La voluntad no es un mero desear o un aspirar
a algo, sino que querer es, en sí, dar órdenes, ordenar (vid. «Así habló
Zarathustra», I y II; «Voluntad de Poder», afor. 668 del año 1888). Este
ordenar tiene su esencia en el hecho de que aquel que ordena es señor con
conocimiento de su disponibilidad sobre las posibilidades de la actuación
efectiva. Lo que se ordena en la orden es el cumplimiento de esa
disponibilidad. En la orden el que ordena obedece (y no precisamente después
del que ejecuta la orden) a esa disponibilidad y a ese poder disponer y, de
este modo, se obedece a sí mismo. Así pues, el que ordena está por encima de sí
mismo en el sentido de que se arriesga a sí mismo. Ordenar, que es algo muy
distinto que un mero mandar algo a los demás, es una autosuperación y más
difícil que obedecer. La voluntad es el autorrecogimiento en lo ordenado. Sólo
hay que seguir dando órdenes al que no sabe obedecerse a sí mismo.
La voluntad no aspira en primer lugar a lo que quiere como a algo que no tenga
todavía. Lo que quiere la voluntad, ya lo tiene. Porque la voluntad quiere su
querer. Su voluntad es eso querido por ella. La voluntad se quiere a sí misma.
Se supera a sí misma. Así pues, en cuanto querer, la voluntad quiere ir más
allá de sí misma y, por lo tanto, tiene que llevarse detrás y debajo de sí
misma. Es por eso por lo que Nietzsche puede decir (Voluntad de Poder, afor.
675 del año 1887/88): «Querer, en
general, es tanto como querer ser más
fuerte, querer crecer...».
Ser más fuerte quiere decir aquí «tener más poder», esto es, tener sólo poder.
Efectivamente, la esencia del poder reside en ser señor sobre el grado de poder
alcanzado en cada caso. El poder sólo es tal poder mientras siga siendo aumento
de poder y se siga ordenando «más poder». Un simple detenerse en el aumento de
poder, el mero hecho de quedarse parado en un grado determinado de poder es ya
el comienzo de la disminución y decadencia del poder. La superación de sí mismo
en el poder forma parte de la esencia del poder. Esta superación del poder forma
parte y surge del propio poder, en la medida en que es una orden y como orden
se otorga el poder de superarse a sí misma en cada nivel de poder alcanzado. Es
verdad que de esta manera el poder está siempre en camino hacia sí mismo, pero
no como una voluntad que se encuentra disponible para sí misma en algún lugar y
que intenta alcanzar el poder en el sentido de una aspiración. El poder tampoco
se otorga poder sólo para superarse a sí mismo en cada grado de poder
alcanzado, sino únicamente con la intención de apoderarse de sí mismo en lo
incondicionado de su esencia. Según esta determinación esencial, querer es en
tan escasa medida una aspiración, que más bien se puede decir que toda
aspiración es y permanece una forma posterior o previa del querer.
En la fórmula «voluntad de poder» la palabra
poder sólo nombra la esencia del modo en que la voluntad se quiere a sí misma,
en la medida en que es el ordenar. En cuanto tal ordenar, la voluntad se reúne
consigo misma, esto es, con lo querido por ella. Este autorrecogimiento es la
facultad de poder del poder. Existe tan poco una voluntad por sí misma, como un
poder por sí mismo. Así pues, voluntad y poder tampoco se limitan a estar
agrupados en la voluntad de poder, sino que la voluntad es en cuanto Voluntad
de voluntad, la voluntad de poder en el sentido del otorgamiento de poder. Pues
bien, el poder tiene su esencia en el hecho de que, en cuanto voluntad dentro
de la voluntad, está al servicio de la voluntad. La voluntad de poder es la
esencia del poder. Muestra la esencia incondicionada de la voluntad que, en
cuanto pura voluntad, se quiere a sí misma.
Por eso, la voluntad de poder tampoco puede
ser contrapuesta a una voluntad de otra cosa, por ejemplo a una «voluntad de
nada», porque incluso esta voluntad es todavía voluntad de voluntad, de tal
modo que Nietzsche puede decir (Para una Genealogía de la Moral, tercer
tratado, afor. 1 del año 1887): «antes prefiere [la voluntad] querer la nada que no querer».
«Querer la nada» no significa de ninguna
manera querer la mera ausencia de todo lo efectivamente real, sino querer
precisamente eso efectivamente real, pero quererlo siempre y en todo lugar como
una nada y sólo a través de ella querer la aniquilación. En este querer, el
poder se asegura siempre la posibilidad de ordenar y poder ser señor.
Como
esencia de la voluntad, la esencia de la voluntad de poder es el rasgo
fundamental de todo lo efectivamente real. Nietzsche dice (Volunta de Poder,
afor. 693 del año 1888) que la voluntad de poder es «la esencia más íntima del
ser». « El ser» significa en este caso, según el lenguaje de la metafísica, lo
ente en su totalidad. La esencia de la voluntad de poder y la propia voluntad
de poder en tanto que carácter fundamental de lo ente, no se dejan por ello
constatar por medio de la observación psicológica, sino que, por el contrario,
es la propia psicología la que recibe su esencia, esto es, la posibilidad de
disponer y conocer su objeto, de manos de la voluntad de poder. Por lo tanto,
Nietzsche no concibe la voluntad de poder psicológicamente, sino que, por el
contrario determina nuevamente la psicología como «morfología y teoría del desarrollo de la voluntad de poder» (Más
allá del bien y del mal, afor.
23). La morfología es la ontología del nö, cuya
®from
transformada en perceptio debido al cambio del wodäe, se
manifiesta en el appetitus de la perceptio como voluntad de poder. El hecho de
que la metafísica -que piensa desde siempre lo ente como nonemÛexopê
sub-jectum, en relación con su ser-, se convierta en esta psicología así
determinada, demuestra, aunque sólo como manifestación colateral, la existencia
de este acontecimiento esencial que consiste en la transformación de la entidad
de lo ente La aÛséo
(entidad) del subjectum se convierte en subjetidad de la autoconciencia, la
cual hace aparecer a su esencia como voluntad de voluntad. La voluntad, en
cuanto voluntad de poder, es la orden para adquirir más poder. A fin de que, en
la superación de su propio poder, la voluntad pueda superar el grado alcanzado
en cada caso, hay que alcanzar previamente ese grado, asegurarlo y conservarlo.
El aseguramiento de cada grado de poder correspondiente es la condición
necesaria para la superación del poder. Pero esta condición necesaria no es
suficiente para que la voluntad pueda quererse a sí misma, esto es, para que
ese querer ser más fuerte, para que ese aumento de poder, sea. La voluntad tiene que dirigir su mirada a un campo de visión y
empezar por abrirlo para que de allí empiecen a mostrarse posibilidades que le
indiquen el camino a un aumento de poder. La voluntad debe por tanto disponer
una condición de ese querer ir más allá de sí misma. La voluntad de poder debe
disponer a la vez las condiciones de conservación de poder y las de aumento de
poder. Forma parte de la voluntad la disposición de esas condiciones que se
pertenecen mutuamente.
«Querer,
en general, es tanto como querer ser más fuerte, querer
crecer, y querer también los medios necesarios para ello» (Voluntad de Poder, afor. 675 del año 1887/88).
Los
medios esenciales son las condiciones de sí misma que dispone la propia
voluntad de poder. Nietzsche llama a dichas condiciones, valores. Dice así(XII,
afor. 395 del año 1884): «En
toda voluntad hay una estimación». Estimar significa establecer y fijar
el valor. La voluntad de poder estima en la medida en que establece la
condición de aumento y fija la condición de conservación. Según su esencia, la
voluntad de poder es la voluntad que dispone valores. Los valores son las
condiciones de conservación y aumento dentro del ser de lo ente. La voluntad de
poder es ella misma, en la medida en que aparece expresamente en su pura
esencia, el fundamento y el ámbito de la instauración de valores. La voluntad
de poder no tiene su fundamento en un sentimiento de carencia, sino que es ella
misma el fundamento de la vida más rica posible. Aquí, vida significa voluntad
de voluntad. «‘Vivo’: esto ya significa ‘estimar’» (loc. cit.).
En la medida en que la voluntad quiere la
superación de su propio poder, no descansa por muy rica que sea su vida. Ejerce
su poder en la exuberancia de su propia voluntad. De este modo, retorna
constantemente hacia sí misma en cuanto lo mismo. La manera en que lo ente en
su totalidad, cuya essentia es la voluntad de poder, existe, esto es, su
existentia, es el «eterno retorno de lo mismo». Ambas fórmulas fundamentales de
la metafísica de Nietzsche, «voluntad de poder» y «eterno retorno de lo mismo»,
determinan lo ente en su ser desde las dos perspectivas que guían desde la
Antigüedad a la metafísica, desde el ens qua ens en el sentido de essentia y
existentia.
La relación esencial que queda por pensar
entre la «voluntad de poder» y el «eterno retorno de lo mismo», no puede por lo
tanto presentarse todavía de modo inmediato, porque la metafísica ni ha pensado
sobre el origen de la distinción entre essentia y existentia, ni tan siquiera
se lo ha preguntado.
Si la metafísica piensa lo ente en su ser
como voluntad de poder, piensa necesariamente lo ente como instaurador de
valores. Piensa todo en el horizonte de los valores, de la validez de dichos
valores, de la desvalorización y la transvaloración. La metafísica de la
Modernidad comienza y tiene su esencia en el hecho de que busca lo
incondicionadamente indudable, lo cierto, la certeza. Según las palabras de
Descartes, se trata de firmum et mansurum quid stabilire, esto es, conseguir
mantener algo firme y estable. Esto estable. en cuanto objeto, le resulta
satisfactorio a esa esencia, que reina desde antiguo, de lo ente en cuanto eso
que permanentemente se presenta, que subyace siempre en todas partes (nonemÛexopê,
subiectum) También Descartes, como Aristóteles, pregunta por el nonemÛexopê. En
la medida en que Descartes busca ese subiectum en la vía prediseñada de la
metafísica y pensando la verdad como certeza encuentra el ego cogito en cuanto
ego permanentemente presente. Así es como el ego sum se convierte en subiectum,
esto es, el sujeto se convierte en autoconciencia. La sujetidad del sujeto se
determina a partir de la certeza de esta conciencia.
En la medida en que la voluntad de poder
dispone a modo de valor necesario la conservación, es decir, el aseguramiento
de sí misma, también justifica la necesidad de aseguramiento de todo lo ente;
en cuanto esencialmente representador, dicho ente es también siempre un tomar
algo por verdadero. El aseguramiento de este tomar por verdadero se llama
certeza. Así, según el juicio de Nietzsche, la certeza, en cuanto principio de
la metafísica moderna, sólo se encuentra verdaderamente fundamentada en la
voluntad de poder, suponiendo que la verdad sea un valor necesario .y la
certeza la figura moderna de la verdad. Esto evidencia en qué medida en la
teoría de Nietzsche de la voluntad de poder en cuanto «esencia» de todo lo
efectivamente real, se consuma la moderna metafísica de la subjetivad .
Por eso puede decir Nietzsche: «la cuestión
de los valores es más fundamental que la cuestión de la certeza: esta
última sólo adquiere seriedad bajo el presupuesto de que se responda a la
cuestión del valor» (Voluntad de Poder, afor. 588 del año 1887/88).
Ahora bien, una vez que se ha reconocido la
voluntad de poder como principio de la instauración de valores, la cuestión del
valor debe meditar en primer lugar cuál es el valor necesario que parte de ese
principio y cuál es el valor supremo adecuado a dicho principio. En la medida
en que la esencia del valor se manifiesta como la condición de conservación y
aumento dispuesta en la voluntad de poder, se ha abierto la perspectiva para
una caracterización de la estructura de valores que sirve de norma.
La conservación
del grado de poder alcanzado por la voluntad en cada ocasión consiste en que la
voluntad se rodea de un círculo al que puede recurrir en todo momento y con
toda confianza para afianzar su seguridad. Este círculo delimita las
existencias de presencia (de aÛséo, según
el significado cotidiano de la palabra entre los griegos) disponibles
inmediatamente para la voluntad. Estas existencias sin embargo sólo se
convierten en algo permanente y estable esto es en algo que está siempre a
disposición, cuando se las establece por medio de un poner. Este poner tiene la
naturaleza de un producir que pone algo delante, que representa Lo que se torna
estable de esta manera es lo que permanece. Nietzsche llama a eso estable, fiel
a la esencia del ser que reina en la historia de la metafísica (ser = presencia
constante), «lo ente». Mostrándose fiel al lenguaje del pensar metafísico una
vez más, a menudo nombra a eso estable «el ser». Desde el inicio del
pensamiento occidental, lo ente pasa por ser lo verdadero y la verdad, aunque
el sentido de ‘ente’ y ‘verdadero’ se han transformado en múltiples ocasiones.
A pesar de todas las inversiones y transvaloraciones que lleva a cabo,
Nietzsche no se sale una vía nunca rota de las tradiciones metafísicas cuando
llama simplemente ser, ente o verdad a eso que se ha fijado dentro de la
voluntad de poder a fin de asegurar su conservación. De acuerdo con esto, la
verdad es una condición dispuesta en la esencia de la voluntad de poder,
concretamente la de la conservación de poder. La verdad es, en cuanto tal
condición, un valor. Pero como la voluntad sólo puede querer si dispone de algo
estable, la verdad es el valor necesario para la voluntad de poder que parte de
la esencia de dicha voluntad de poder. El nombre verdad no significa ahora ni
el desocultamíento de lo ente, ni la coincidencia de un conocimiento con su
objeto, ni la certeza que se ocupa de disponer y asegurar lo representado.
Verdad es ahora -concretamente teniendo presente un origen esencial histórico a
partir de los modos citados de su esencia-, el estable aseguramiento de las
existencias del círculo a partir del que la voluntad de poder se quiere a sí
misma.
En relación con el aseguramiento de cada
grado de poder alcanzado, la verdad es el valor necesario. Pero no basta para
alcanzar un grado de poder, porque lo permanente, tomado en sí
mismo, no es nunca capaz de dar aquello que sin embargo es lo primordial para
la voluntad si quiere ir más allá de sí misma como voluntad, esto es, si quiere
entrar por lo menos en las posibilidades del ordenar. Éstas sólo se dan a
través de una mirada previa y escudriñadora que forma parte de la esencia de la
voluntad de poder; en efecto, en su calidad de voluntad de más poder, ésta es,
en sí misma, perspectivista en cuanto a las posibilidades. Abrir tales
posibilidades y proveer con ellas es esa condición de la esencia de la voluntad
de poder que, siendo precedente en sentido literal, supera a la primera citada.
Por eso dice Nietzsche (Voluntad de Poder afor. 853 del año 1887/88): «Pero la
verdad no vale como medida suprema del valor, ni mucho menos como poder
supremo».
Para Nietzsche, la creación de posibilidades
de la voluntad, las únicas a partir de las cuales la voluntad de poder se
libera hacia sí misma, es la esencia del arte. De acuerdo con este concepto
metafísico, bajo el término arte, Nietzsche no piensa sólo ni en primer lugar
el ámbito estético de los artistas. El arte es la esencia de todo querer que
abre perspectivas y las ocupa: «La obra de arte, cuando aparece sin artista, por
ejemplo, como cuerpo, como organización (el cuerpo de oficiales prusianos, la
orden de los jesuitas). En qué medida el artista sólo es un grado previo. El
mundo como obra de arte que se procrea a sí misma» Voluntad de Poder, afor. 796
del año 1885/86).
La esencia del arte concebida a partir de la
voluntad de poder consiste en que el arte excita a la voluntad de poder en
primer lugar hacia sí misma y la estimula para querer pasar más allá de sí
misma. Como Nietzsche también llama a menudo vida a la voluntad de poder, en
tanto que realidad efectiva de lo efectivamente real y con resonancias de la ®vz y la wisæf de
los primeros pensadores griegos, puede decir que el arte es «el gran estímulo
de la vida» (Voluntad de Poder, afor. 851 del año 1888).
El
arte es la condición dispuesta en la esencia de la voluntad de poder para que
dicha voluntad, en cuanto tal, pueda llegar al poder y aumentarlo. Desde el
momento en que condiciona de esta manera, el arte es un valor. En tanto que
condición que prevalece en el rango del condicionamiento del aseguramiento de
las existencias, y por lo tanto precede a todo condicionamiento, el arte es el
valor que abre en primer lugar todo aumento, de grado. El arte es el valor
supremo. En relación con el valor llamado verdad, es un valor más elevado. El
uno reclama al otro, cada uno a su manera. Ambos valores determinan en su
relación de valor la esencia unitaria de la voluntad de poder que dispone
valores dentro de sí misma. Dicha voluntad es la realidad efectiva de lo
efectivamente real o, tomando el término en un sentido más amplio del que suele
usar Nietzsche, el ser de lo ente. Si la metafísica tiene que decir lo ente en
relación con el ser y si con ello nombra a su manera el fundamento de lo ente,
entonces la proposición fundamental de la metafísica de la voluntad de poder
debe enunciar el fundamento. Dice qué valores son dispuestos esencialmente y
según qué rango de valor son dispuestos dentro de la esencia de la voluntad de
poder instauradora de valores en cuanto «esencia» de lo ente. La proposición
dice así: «El arte tiene más valor que la verdad» (Voluntad de
Poder, afor. 853 del año 1887/88).
La proposición fundamental de la metafísica
de la voluntad de poder es una proposición de valor.
A partir de la proposición suprema de valor
se hace evidente que la instauración de valores es, en cuanto tal,
esencialmente doble. En ella se disponen respectivamente, expresamente o no, un
valor necesario y un valor suficiente, pero ambos a partir de la mutua relación
que prevalece en ellos. Esta duplicidad de la instauración de valores
corresponde a su principio. Eso a partir de lo cual es soportada y conducida la
instauración de valores como tal, es la voluntad de poder. A partir de la
unidad de su esencia, exige y alcanza las condiciones de aumento y conservación
de ella misma. La mirada a la doble esencia de la instauración de valores
conduce expresamente al pensamiento ante la pregunta por la unidad esencial de
la voluntad de poder. En la medida en que ella es la «esencia» de lo ente como
tal, pero que decir esto es lo verdadero de la metafísica, cuando pensamos en
la unidad esencial de la voluntad de poder nos preguntamos por la verdad de eso
verdadero. Con ello, llegamos al punto supremo de ésta y de toda metafísica.
Pero ¿qué significa aquí punto supremo? Explicaremos lo que pensamos por medio
de la esencia de la voluntad de poder, permaneciendo dentro de los límites
previstos para la presente meditación.
La unidad esencial de la voluntad de poder no
puede ser otra que la propia voluntad de poder. Es el modo en que la voluntad
de poder se aporta a sí misma como voluntad. Ella la sitúa en su propio examen
y ante sí de tal manera que en semejante examen la voluntad se representa a sí
misma puramente y en su figura suprema. Pero la representación no es aquí en
absoluto una presentación a posteriori, sino que la presencia determinada a
partir de ella es el modo en el que y en cuanto tal la voluntad de poder es.
Pero este modo en el que es, es también la
manera en que se dispone a sí misma en el desocultamiento de sí misma. Pues
bien, allí reside su verdad. La pregunta por la unidad esencial de la voluntad
de poder es la pregunta por la manera de esa verdad en la que la voluntad es
como ser de lo ente. Pero esa verdad es al mismo tiempo la verdad de lo ente
como tal, bajo cuya forma la metafísica es. La verdad por la que se pregunta
ahora, no es por tanto esa que dispone la propia voluntad de poder como
condición necesaria de lo ente en cuanto ente, sino esa en la que la voluntad
de poder instauradora de condiciones se presenta como tal. Ese Uno, en el que
se presenta, su unidad esencial, atañe a la propia voluntad de poder.
¿Pero de qué tipo es entonces esta verdad del
ser de lo ente? Sólo puede determinarse a partir de aquello cuya verdad es. Pero
en la medida en que dentro de la metafísica moderna el ser de lo ente se ha
determinado como voluntad y por tanto como querer-se, pero el querer-se es en
sí el saber-se a sí mismo, lo ente, el nonemÛexopê, el
subiectum, se presenta al modo del saber-se a sí mismo. Lo ente (subiectum) se
presenta, concretamente a sí mismo, al modo del ego cogito. Este presentarse a
sí mismo, este ponerse delante que llamamos re-presentación, es el ser de lo
ente qua suiectum. El saber-se a sí mismo se convierte en sujeto por
antonomasia. En ese saber-se a sí mismo se reúne todo saber y lo conocible por
él. Es reunión de saber, del mismo modo que la cordillera es la reunión de las
montañas. La subjetividad del sujeto es, en cuanto tal reunión, co-agitatio
(cogitatio), conscientia, Ge-wissen [reunión de saber], conscience. Pero la
co-agitado ya es en sí un velle, un querer [wollen]. Con la
subjetidad del sujeto aparece la voluntad en calidad de su esencia. La
metafísica moderna piensa el ser de lo ente, en tanto que metafísica de la
subjetidad , en el sentido de la voluntad.
De la
subjetidad en cuanto primera determinación esencial forma parte el hecho de que
el sujeto que representa se asegure a sí mismo, es decir, se asegure siempre de
lo representado por él en cuanto tal. De acuerdo con este aseguramiento, la
verdad de lo ente tiene, en cuanto certeza, el carácter de la seguridad
(certitudo). El saber-se a sí mismo, en el que la certeza es como tal, sigue
siendo por su parte una variante de la esencia de la verdad existente hasta
ahora, concretamente de la corrección (rectitudo) del representar. Pero lo
correcto ya no consiste en la equiparación con un elemento que se presenta
impensado en su estado de presencia. La corrección consiste ahora en la
instalación de todo lo que hay que representar según la medida de corrección
dispuesta en la exigencia de saber del res cogitans sive mens representador.
Esta exigencia concierne a la seguridad que consiste en que todo lo que hay que
representar y el representar mismo sean empujados y reunidos en la claridad y
evidencia de la idea matemática. El ens es el ens co-agitatum perceptionis. El
representar es ahora correcto si cumple con esta exigencia de seguridad. Una
vez reconocido de este modo como correcto, es, en cuanto correctamente producido
y disponible, justificado. La verdad de lo ente en el sentido de la autocerteza
de la subjetidad es en el fondo, en cuanto seguridad (certitudo), la
justificación del representar y lo representado por él ante su propia claridad.
La justificación (iustificatio) es la consumación de la iustitia y, de este
modo, la propia justicia. En la medida en que el sujeto es una y otra vez
sujeto, se asegura con certeza de su seguridad, se justifica ante su propia
exigencia de justicia.
Al comienzo de la Modernidad vuelve a
despertar la cuestión acerca de cómo el hombre, en la totalidad de lo ente, lo
que equivale a decir, ante el fundamento más ente de todo ente (Dios), puede
ser y estar cierto de su propia permanencia y estabilidad, esto es, de su
salvación. Esta cuestión de la certeza de la salvación es la cuestión de la
justificación, es decir, de la justicia (iustitia).
Dentro de la metafísica moderna es Leibniz el
primero en pensar el subiectum como ens percipiens et appetens. A partir del
carácter de vis del ens, piensa por primera vez claramente la esencia del ser
de lo ente como voluntad. Piensa de manera moderna la verdad de lo ente como
certeza. En sus 24 tesis sobre la metafísica, Leibniz dice así (tesis núm. 20):
«iustitia nihil aliud est quam ordo seu perfectio circa mentes». Las mentes,
esto es, las res cogitantes, son, según la tesis 22, las primariae Mundi
unitates. Verdad como certeza es aseguramiento de la seguridad, es orden (ordo)
y comprobación ** permanente, esto es, acabamiento
total, perfección (perfectio) ***.
El carácter de esa puesta en seguridad o aseguramiento ****
de lo que es en primer lugar y verdaderamente ente en su ser, es la iustitia
(justicia).
En su fundamentación crítica de la
metafísica, Kant piensa el último autoaseguramiento de la subjetividad
trascendental como la quaestio juris de la deducción trascendental. Es la
cuestión de derecho de la justificación del sujeto representador, que ha fijado
su propia esencia en la autojustificacion de su «yo pienso».
En la esencia de la verdad como certeza,
pensada ésta como verdad de la subjetidad y ésta como el ser de lo ente, se
esconde la justicia experimentada a partir de la justificación de la seguridad.
Es verdad que reina como esencia de la verdad de la subjetidad, pero no es pensada
dentro de la metafísica de la subjetidad como verdad de lo ente. Por el
contrario, la justicia tiene que presentarse ante el pensamiento de la
metafísica moderna como el ser de lo ente que se sabe a sí mismo, en cuanto el
ser de lo ente aparece como voluntad de poder. Dicha voluntad se sabe como esa
que esencialmente instaura valores, que en dicha instauración de valores, como
condiciones de su propia estabilidad esencial, se asegura y se hace justicia
constantemente a sí misma y en este devenir es justicia. En ésta y como tal, la
propia esencia de la voluntad de poder tiene que representar, lo que para el
pensamiento metafísico moderno, significa ser. Así como en la metafísica de
Nietzsche el pensamiento del valor es más fundamental que el pensamiento básico
de la certeza en la metafísica de Descartes, en la medida en que la certeza
sólo puede pasar por justa si vale como valor supremo, del mismo modo, en la
era de la consumación de la metafísica occidental en Nietzsche, la autocerteza
que mira a sí misma de la subjetidad, se manifiesta en tanto que justificación
de la voluntad de poder, de acuerdo con la justicia que reina en el ser de lo
ente.
En una obra anterior y también más conocida,
en la segunda de las Consideraciones intempestivas, «De la utilidad y las
desventajas de la historia para la vida» (1874), Nietzsche ya coloca en el
lugar de la objetividad de las ciencias históricas a «la justicia» (parágrafo
6). De lo contrario, Nietzsche calla en lo relativo a la justicia. Es sólo en
los decisivos años 1884/85, cuando se le presenta ante los ojos la «voluntad de
poder» como rasgo fundamental de lo ente, cuando escribe dos pensamientos sobre
la justicia, aunque no llega a publicarlos.
La primera anotación (1884) lleva por título:
«Los caminos de la libertad». Dice así: «Justicia,
como manera de pensar constructora, apartadora, eliminadora, a partir de
las estimaciones de valor; suprema
representante de la vida misma» (XIII, afor. 98).
La segunda anotación (1885) dice así: « Justicia, como función de un poder
de amplias miras, que ve más allá de las pequeñas perspectivas del bien y del
mal y, por lo tanto, goza de un horizonte de ventaja mucho más
vasto: la intención que mira por conservar algo que es más que ésta o
aquella persona» (XIV, afor. 158).
Una explicación exacta de estos pensamientos
sobrepasaría el marco de la meditación aquí emprendida. Será suficiente remitir
al ámbito esencial del que forma parte la justicia pensada por Nietzsche. Para
prepararnos a la comprensión de la justicia que Nietzsche tiene a la vista,
tendremos que apartar de nuestra mente todas las representaciones sobre la
justicia procedentes del ámbito de la moral cristiana, humanista, ilustrada,
burguesa y socialista. Efectivamente, Nietzsche no entiende en absoluto la
justicia primordialmente como una determinación del ámbito ético y jurídico.
Antes bien, la piensa a partir del ser de lo ente en su totalidad, esto es, a
partir de la voluntad de poder. Así, justo es lo que se adecua a derecho. Pero
qué sea de derecho es algo que se determina a partir de eso que es en cuanto
ente. Por eso dice Nietzsche (XIII,
afor. 462 del año 1883: «Derecho = la voluntad de eternizar una relación
de poder determinada. Estar satisfecho con esto es el presupuesto. Todo lo que
es digno de veneración se ve empujado a
lograr que el derecho aparezca como lo
eterno».
También forma parte de esta reflexión una
anotación del año siguiente: «El problema de la justicia. Lo primero y más poderoso es precisamente la
voluntad y la fuerza para tener un poder superior. Es sólo después cuando el
que domina constata ‘justicia’, esto es, cuando mide las cosas por su rasero;
si es muy poderoso, puede llegar muy lejos en la permisibilidad y reconocimiento del individuo que está haciendo ensayos» (XIV, afor. 181). Es posible, y está dentro
del orden, que el concepto de justicia de Nietzsche cause extrañeza a la
representación usual, pero de todos modos acierta con la esencia de la
justicia, que al comienzo de la consumación de la Edad Moderna del mundo y
dentro de la lucha por el dominio de la tierra, ya es histórica y por eso
determina toda actuación del hombre en esta era, ya sea expresamente o no, de
manera oculta u abierta.
La justicia pensada por Nietzsche es la
verdad de lo ente, que es al modo de la voluntad de poder. Lo que pasa es que
ni ha pensado la justicia expresamente en cuanto esencia de la verdad de lo
ente, ni ha llevado al lenguaje la metafísica de la subjetidad consumada a
partir de este pensamiento. Con todo, la justicia es la verdad de lo ente
determinada por el propio ser. En cuanto dicha verdad es la propia metafísica
en su consumación moderna. En la metafísica como tal se esconde el fundamento
por el que, si bien Nietzsche puede experimentar el nihilismo de manera
metafísica como historia de la instauración de valores, sin embargo no puede
pensar la esencia del mismo.
No sabemos qué figura escondida, estructurada
a partir de la esencia de la justicia como su verdad, le estaba reservada a la
metafísica de la voluntad de poder. Apenas si se ha enunciado su primera
proposición fundamental y, para eso, no como tal proposición. con esa forma. Es
verdad que el carácter de tesis de dicha proposición, dentro de esta
metafísica, es de una naturaleza particular. Es verdad que la primera
proposición de valor no es la tesis suprema para un sistema deductivo de tesis.
Pero si entendemos el término proposición fundamental de la metafísica con el
debido cuidado, en el sentido de que nombra el fundamento esencial de lo ente
como tal, esto es, dicho ente mismo en la unidad de su esencia, entonces la
tesis sigue siendo suficientemente amplia y variada como para determinar en
cada caso, según la naturaleza de la metafísica, el modo de su decir sobre el
fundamento.
Nietzsche también ha enunciado la primera
proposición fundamental de la metafísica de la voluntad de poder bajo otra
forma (Voluntad de Poder, afor. 882 del año 1888): «Tenemos el arte, para no perecer por causa de la
verdad».
Naturalmente, no debemos tomar esta frase
sobre la relación metafísica esencial, es decir, la relación de valor entre
arte y verdad, de acuerdo con nuestras representaciones cotidianas sobre la
verdad y el arte. Si así ocurre, entonces todo se torna banal y lo que es peor
y fatal, nos hurta la posibilidad de intentar una controversia esencial con la
posición oculta de la metafísica que se está consumando en nuestra época, con
el fin de liberar a nuestra propia esencia histórica de las nieblas producidas
por la historia y las visiones del mundo.
En la última fórmula citada de la proposición
fundamental de la metafísica de la voluntad de poder, arte y verdad están
pensados, en cuanto primeras configuraciones de dominio de la voluntad de
poder, en relación con el hombre. Cómo deba ser pensada en general la relación
esencial de la verdad de lo ente como tal con la esencia del hombre dentro de
la metafísica de acuerdo con su esencia es algo que le sigue permaneciendo
velado a nuestro pensamiento. Apenas se plantea la cuestión que, además, por
causa del predominio de la antropología filosófica se ve perdida en la
confusión. En todo caso, sería un error pretender tomar la fórmula de la
proposición de valor como testimonio de que Nietzsche filosofa al modo
existencial. Nunca hizo tal cosa. Lo que hizo fue pensar metafísicamente.
Todavía no estamos maduros para el rigor de un pensamiento como el que
enunciaremos a continuación y que fue escrito por Nietzsche en la época en que
meditaba sobre la obra principal que había planeado, «La Voluntad de Poder»:
«En torno al héroe todo se convierte en
tragedia, en torno al semidiós todo en sátira y en torno al dios todo se torna
¿qué?, ¿tal vez ‘mundo’?» (Más allá del bien y del mal, afor. 150 [1886]).
Pero sí hemos llegado a un momento en que
podemos aprender a ver que, por mucho que tomado históricamente por mor de un
título tenga que mostrar otro aspecto, el pensamiento de Nietzsche no es menos
concreto y riguroso que el de Aristóteles, quien en el cuarto libro de su
metafísica piensa el principio de contradicción como primera verdad sobre el
ser de lo ente. La conexión ya habitual, aunque no por eso es menos
cuestionable, entre Nietzsche y Kierkegaard, desconoce -a raíz de un
desconocimiento de la esencia del pensar-, que, en cuanto pensador metafísico,
Nietzsche conserva la proximidad con Aristóteles. Aunque lo cite más a menudo,
Kierkegaard permanece esencialmente lejos de Aristóteles y esto se debe a que
Kierkegaard no es un pensador, sino un escritor religioso, aunque desde luego
no uno entre tantos, sino el único a la altura del destino de su época. En eso
reside su grandeza, siempre que hablar así no sea ya un malentendido.
En la proposición fundamental de la
metafísica de Nietzsche se nombra, junto con la relación esencial de los
valores arte y verdad, la unidad esencial de la voluntad de poder. A partir de
dicha unidad esencial de lo ente como tal, se determina la esencia metafísica
del valor. Él es la doble condición de sí mismo, puesta en la voluntad de poder
y para ella.
Puesto que Nietzsche experimenta el ser de lo
ente como voluntad de poder, su pensamiento tiene que pensar en dirección a los
valores. Por eso se trata de plantear siempre y antes que todo la cuestión del
valor. Ese cuestionar se experimenta a sí mismo como histórico.
¿Qué ocurre con los anteriores valores
supremos? ¿Qué significa la desvalorización de dichos valores en relación con
la transvaloración de todos los valores? Como el pensamiento según valores se
basa en la metafísica de la voluntad de poder, la interpretación que hace
Nietzsche del nihilismo, en cuanto proceso de desvalorización de los valores
supremos y de transvaloración de todos los valores, es una interpretación
metafísica, concretamente en el sentido de la metafísica de la voluntad de
poder. Pero en la medida en que Nietzsche concibe su propio pensamiento, la
doctrina de la voluntad de poder como «principio de la nueva instauración de
valores», en el sentido de la auténtica consumación del nihilismo, ya no
comprende el nihilismo de manera sólo negativa, en tanto que desvalorización de
los valores supremos, sino también de manera positiva, como superación del
nihilismo; en efecto, la realidad efectiva de lo efectivamente real, ahora
experimentada de manera expresa, la voluntad de poder, se convierte en origen y
medida de una nueva instauración de valores. Dichos valores determinan de modo
inmediato el representar humano y al mismo tiempo estimulan la actuación del
hombre. El ser hombre se alza a otra dimensión del acontecer.
En el pasaje citado, aforismo 125 de «La gaya
ciencia», a propósito del acto humano por el que dios ha sido muerto y, por
tanto, el mundo suprasensible ha sido desvalorizado, el loco dice las
siguientes palabras: «Nunca hubo un acto más grande y quien nazca después de
nosotros formará parte, por mor de ese acto, de una historia más elevada que
todas las historias que hubo nunca hasta ahora».
Con la conciencia de que «Dios ha muerto» se
inicia la conciencia de una transvaloración radical de los valores
anteriormente supremos. Gracias a esta conciencia, el propio hombre se muda a
otra historia que es más elevada, porque en ella el principio de toda
instauración de valores, la voluntad de poder, es experimentada y tomada
expresamente en tanto que realidad efectiva de lo efectivamente
real, en tanto que ser de lo ente. La autoconciencia, en la que tiene su
esencia la humanidad moderna, consuma de este modo su último paso. Quiere ser
ella misma la ejecutora de la voluntad de poder incondicionada. La decadencia
de los valores normativos toca a su fin. El nihilismo, el hecho de «que los
valores supremos se desvalorizan», ha sido superado. Esa humanidad que quiere
su propio ser hombre como voluntad de poder y experimenta tal ser hombre como
parte de la realidad efectiva determinada en su totalidad por la voluntad de
poder, se ve determinada por una figura esencial del hombre que pasa por encima
del hombre anterior.
El nombre para la figura esencial de la
humanidad que pasa más allá y por encima del anterior tipo humano es
«transhombre»*****. Con este término Nietzsche no
entiende algún ejemplar aislado del ser humano en que las capacidades y miras
del hombre normalmente conocido se hubieran acrecentado y aumentado hasta lo
gigantesco. «El transhombre» no es tampoco ese tipo de hombre que pudiera
surgir de una aplicación de la filosofía de Nietzsche a la vida. El término «transhombre»
nombra la esencia de la humanidad que, en tanto que moderna, empieza a penetrar
en la consumación esencial de su época. «El transhombre» es el hombre que es
hombre a partir de la realidad efectiva determinada por la volunta de poder y
para dicha realidad.
El hombre cuya esencia es la esencia querida
a partir de la voluntad de poder, es el transhombre. El querer de esta esencia
que así quiere, debe corresponder a la voluntad de poder en tanto que ser de lo
ente. Por eso, junto con el pensamiento que piensa la voluntad de poder,
también surge necesariamente la pregunta: ¿bajo qué figura debe situarse y
desplegarse la esencia del hombre que quiere a partir del ser de lo ente, a fin
de serle suficiente a la voluntad de poder y de este modo ser capaz de asumir
el dominio sobre lo ente? Sin previo aviso y, sobre todo, sin estar precavido
el hombre se encuentra situado a partir del ser de lo ente ante la tarea de
asumir el dominio de la tierra. ¿Ha pensado suficientemente el hombre anterior
o antiguo bajo qué modo aparece ahora el ser de lo ente? ¿Se ha asegurado el
hombre antiguo de si su esencia tiene la madurez y fuerza suficientes para
satisfacer la exigencia de este ser? ¿O se limita a valerse de expedientes y
rodeos que le impiden nuevamente experimentar lo que es? El hombre antiguo
desea seguir siendo ese hombre anterior y, al mismo tiempo, ya es querido por
lo ente, cuyo ser empieza a aparecer como voluntad de poder. El hombre antiguo
no está en absoluto todavía preparado en su esencia para el ser que, mientras
tanto, atraviesa y domina lo ente. En dicho ser, reina la necesidad de que el
hombre vaya más allá del hombre antiguo y no para satisfacer un mero deseo ni
por un capricho, sino únicamente por mor del ser.
El pensamiento de Nietzsche que piensa
el transhombre, nace del pensamiento
que piensa ontológicamente lo ente como ente y, de este modo, se atiene a la
esencia de la metafísica, aunque sin poder experimentar dicha esencia dentro de
la metafísica. Por eso le queda oculto, como le ocurre a toda la metafísica
anterior a él, en qué medida la esencia del hombre se determina a partir de la
esencia del ser. Por este motivo, en la metafísica de Nietzsche queda
necesariamente velado el fundamento de la relación esencial entre la voluntad
de poder y la esencia del transhombre. Pero en todo velamiento reina ya una
manifestación. La existentia, que forma parte de la essentia de lo ente, esto
es, de la voluntad de poder, es el eterno retorno de lo mismo. El ser allí
pensado contiene la relación con la esencia del trashombre. Pero esta relación
permanece necesariamente impensada en su esencia conforme al ser. Por eso
también a Nietzsche le queda a oscuras en qué relación se encuentra ese
pensamiento que piensa el transhombre bajo la figura de Zarathustra, con la
esencia de la metafísica. Por eso permanece oculto el carácter de obra de «Así
habló Zarathustra». Sólo cuando un pensamiento futuro sea capaz de pensar ese
«libro para todos y para ninguno» junto con las «Investigaciones acerca de la
esencia de la libertad humana» de Schelling (1809) y, por lo tanto, junto con
la «Fenomenología del Espíritu» de Hegel (1807) y con la «Monadología» de
Leibniz (1714) y, además, sea capaz de pensar estas obras no sólo
metafísicamente, sino a partir de la esencia de la metafísica, entonces y sólo
entonces se habrá puesto el fundamento para el derecho y el deber, para el
suelo y el horizonte de una adecuada controversia.
Resulta fácil, pero no responsable,
indignarse ante la idea y la figura del transhombre, que ha sido la que ha
configurado su propio malentendido, y hacer pasar esa indignación por una
objeción seria. Es difícil, pero indispensable para un futuro pensamiento,
llegar a esa elevada responsabilidad a partir de la que Nietzsche ha pensado la
esencia de esa humanidad que, en el destino de ser de la voluntad de poder, ha
sido determinada a asumir el dominio sobre la tierra. La esencia del
transhombre no es la licencia para el dominio desordenado de lo arbitrario. Es
la ley, fundada en el propio yo, de una larga cadena de las mayores
autosuperaciones, que son las que hacen madurar al hombre para lo ente, el cual
en cuanto tal ente pertenece al ser, un ser que hace aparecer su esencia
volitiva en cuanto voluntad de poder y por medio de esa aparición hace época,
concretamente la última época de la metafísica.
El hombre antiguo se llama antiguo en la
metafísica de Nietzsche, porque si bien su esencia está determinada por la
voluntad de poder como rasgo fundamental de todo ente, él no ha experimentado
ni asumido la voluntad de poder como tal rasgo fundamental. El hombre que pasa
por encima del hombre antiguo, asume la voluntad de poder como rasgo
fundamental de todo ente en su propio querer y, de esta manera, se quiere a sí
mismo en el sentido de la voluntad de poder. Todo ente es en tanto que elemento
dispuesto en dicha voluntad. Lo que antes condicionaba y determinaba al modo de
meta y medida la esencia del hombre, ha perdido su poder operativo
incondicionado e inmediato y, sobre todo, infaliblemente efectivo en todas partes.
Ese mundo suprasensible de las metas y medidas ya no despierta ni soporta la
vida. Ese mundo ha perdido a su vez la vida: ha muerto. Habrá aquí y allá algo
de fe cristiana, pero el amor que reina en ese mundo no es el principio
eficiente y efectivo de lo que ahora ocurre. El fundamento suprasensible del
mundo suprasensible, pensado como realidad efectiva y eficiente de todo lo
efectivamente real, se ha vuelto irreal. Este es el sentido metafísico de la
frase metafísica «Dios ha muerto».
¿Queremos seguir cerrando los ojos a la
verdad que hay que pensar en esta frase? Si es lo que queremos, esa extraña
ceguera no será, desde luego, la que torne falsa dicha frase. Dios no va a ser
un dios vivo porque sigamos obstinándonos en domeñar a lo efectivamente real
sin tomar primero en serio su realidad efectiva y cuestionarla, sin pensar si
el hombre ha alcanzado tanta madurez en la esencia a la que ha sido arrastrado
sacándolo del ser como para hacerle frente a ese destino que surge de su
esencia en vez de recurrir a toda suerte de medidas aparentes.
El intento de captar sin ilusiones la verdad
de dicha sentencia sobre la muerte de Dios, es algo distinto a un
reconocimiento de la filosofía de Nietzsche. Si fuera ésa nuestra intención,
con esa afirmación no le haríamos ningún servicio al pensar. Sólo respetamos a
un pensador en la medida en que pensamos. Esto exige pensar todo lo esencial
pensado en su pensamiento.
Si Dios y los dioses han muerto en el sentido
de la experiencia metafísica explicada, y si la voluntad de poder es querida,
con conocimiento de causa, como principio de toda posición de las condiciones
de lo ente, esto es, como principio de toda instauración de valores, entonces
el dominio sobre lo ente como tal pasa, bajo la figura del dominio sobre la tierra,
al nuevo querer del hombre, determinado por la voluntad de poder. Nietzsche
cierra la primera parte de «Así habló Zarathustra», que apareció un año después
de la «La gaya ciencia» en 1883 con la frase: «Muertos están todos los dioses ahora queremos que viva el
transhombre».
Pensando de manera muy primaria se podría
opinar que la frase dice que el dominio sobre lo ente pasa de Dios a los
hombres o, de manera aún más burda, que Nietzsche coloca al hombre en el lugar
de Dios. Los que así opinen, desde luego piensan poco divinamente la esencia de
Dios. El hombre nunca puede ponerse en el lugar de Dios, porque la esencia del
hombre no alcanza nunca el ámbito de la esencia de Dios. Por el contrario, sí
que puede ocurrir algo que, en comparación con esa imposibilidad, es mucho más
inquietante y cuya esencia apenas hemos empezado a pensar todavía. El lugar
que, pensado metafísicamente, es propio de Dios, es el lugar de la eficiencia
causal y la conservación de lo ente en tanto que algo creado. Pues bien, ese lugar
de Dios puede quedarse vacío. En su lugar puede aparecer otro lugar, esto es,
un lugar que metafísicamente le corresponda, que no sea idéntico ni al ámbito
de la esencia de Dios ni al del hombre, pero con el que el hombre vuelva a
alcanzar una relación destacada. El transhombre no ocupará nunca el lugar de
Dios, porque el lugar al que se abre el querer del transhombre es otro ámbito
de otra fundamentación de lo ente en su otro ser. Este otro ser de lo ente se
ha convertido mientras tanto -y es lo que caracteriza el inicio de la
metafísica moderna- en la subjetidad.
Todo ente es ahora o lo efectivamente real,
en cuanto objeto, o lo eficiente en cuanto objetivación en la que se forma la
objetividad del objeto. Representando, la objetivación dispone el objeto sobre
el ego cogito. En este disponer se evidencia el ego cómo aquello que subyace a
su propio hacer (el dis-poner poniendo-delante o re-presentando), esto es, se
evidencia como subiectum. El sujeto es sujeto para sí mismo. La esencia de la
conciencia es la autoconciencia. Por eso, todo ente es o bien objeto del sujeto
o bien sujeto del sujeto. En todas partes, el ser de lo ente reside en el
poner-se-ante-sí-mismo y, de esta manera, im-poner-se. En el horizonte de la
subjetidad de lo ente el hombre se alza a la subjetividad de su esencia. El
hombre accede a la subversión. El mundo se convierte en objeto. En esta
objetivación subvertidora de todo ente, aquello que en principio debe pasar a
disposición del representar el producir******,
esto es la tierra es desplazado al centro de toda posición y controversia
humana. La propia tierra ya sólo puede mostrarse como objeto del ataque que en
cuanto objetivación incondicionada, se instaura en el querer del hombre. Por
haber sido querida a partir de la esencia del ser, la naturaleza aparece en
todas partes como objeto de la técnica.
La siguiente anotación de Nietzsche es
también de la época de 1881/82 en la que surgió el pasaje del «loco»:«Vendrá el
tiempo en que se conducirá la lucha por el dominio de la tierra en nombre de doctrinas filosóficas fundamentales» (XII,
441).
Con esto no se dice que la lucha por la
explotación sin límites de la tierra, en tanto que territorio de las materias
primas, y por la utilización no ilusa del «material humano» al servicio de una
incondicionada toma de poder de la voluntad de poder en su esencia, vaya a
reclamar expresamente la ayuda de una filosofía. Al contrario, se puede
suponer que en cuanto teoría y construcción cultural la filosofía desaparecerá
y también puede desaparecer en su forma actual, porque, en la medida en que ha
sido auténtica, ha llevado ya al lenguaje la realidad efectiva de lo
efectivamente real y, de este modo, ha conducido a lo ente como tal a la
historia de su ser. Esas «teorías filosóficas fundamentales» no aluden a las
doctrinas de los eruditos, sino al lenguaje de la verdad de lo ente como tal,
verdad que es la propia metafísica bajo la figura de la metafísica de la
subjetidad incondicionada de la voluntad de poder.
La lucha por el dominio de la tierra ya es,
en su esencia histórica, la consecuencia de que lo ente como tal se manifieste
al modo de la voluntad de poder sin haber sido sin embargo conocido o tan
siquiera comprendido como dicha voluntad. De cualquier modo, las doctrinas
coetáneas de la acción y las ideologías de la representación nunca dicen lo que
es, ni por lo tanto qué pasa. Con el inicio de la lucha por el dominio de la
tierra la era de la subjetidad se encamina hacia su consumación. Forma parte de
esta consumación el hecho de que lo ente, que es en el sentido de la voluntad
de poder, adquiera certeza de su propia verdad sobre sí mismo según su modo y
desde cualquier perspectiva y, por tanto, también sea consciente. Tomar
conciencia de algo es un instrumento necesario del querer que quiere a partir
de la voluntad de poder. Esto ocurre, en lo tocante a la objetivación, bajo la
forma de la planificación. Ocurre, dentro del ámbito de la subversión del
hombre, en el querer-se por medio de un análisis constante de la situación
histórica. Pensada metafísicamente, la situación es siempre la estación de la
acción del sujeto. Cualquier análisis de la situación se funda, sépalo o no, en
la metafísica de la subjetidad.
El «gran mediodía» es el tiempo de la
claridad más clara, la de la conciencia, que se ha vuelto consciente de sí
misma de manera incondicionada y a todos los respectos en cuanto ese saber que
consiste en querer conscientemente la voluntad de poder como ser de lo ente y,
en cuanto tal querer y subvirtiéndose a sí misma, superar cada fase necesaria
de la objetivación del mundo y, de este modo, asegurar las existencias
permanentes de lo ente para el querer más regular posible en forma y medida. En
el querer de esta voluntad, le sobreviene al hombre la necesidad de querer
también las condiciones de semejante querer. Esto significa: instaurar valores
y estimar todo según valores. De este modo, el valor determina todo ente en su
ser. Esto nos conduce ante la pregunta siguiente:
¿Qué es ahora, en la época en que se abre
manifiestamente el dominio incondicionado de la voluntad de poder, y eso
manifiesto y su publicidad se convierte a su vez en una función de dicha
voluntad? ¿Qué es? No preguntamos por sucesos y hechos para cada uno de los
cuales se podrían crear o eliminar testimonios según la necesidad en el ámbito
de la voluntad de poder.
¿Qué es? No preguntamos por tal o cual ente,
sino por el ser de lo ente. Aún más: ¿preguntamos qué ocurre con el ser mismo?
Y esto tampoco lo preguntamos al azar, sino
desde la perspectiva de la verdad de lo ente como tal, que alcanza el lenguaje
bajo la figura de la metafísica de la voluntad de poder. ¿Qué ocurre con el ser
en la era del incipiente dominio de la volunta de poder incondicionada?
El ser
se ha convertido en valor. La estabilidad de la permanencia de las existencias
es una condición necesaria, planteada por la propia voluntad de poder, del
aseguramiento de sí misma. Ahora bien, ¿puede estimarse más al ser que de este
modo, elevándolo expresamente a valor? Lo que pasa es, que desde el momento en
que el ser recibe la dignidad de valor, se le ha rebajado al nivel de una condición planteada por la propia voluntad de
poder. Previo a esto, en la medida en que es estimado y dignificado en general,
se le ha arrebatado al propio ser la dignidad de su esencia. Si el ser de lo
ente recibe el sello del valor si, con ello, su esencia queda sellada,
entonces, dentro de esta metafísica, o lo que es lo mismo, dentro de la verdad
de lo ente como tal durante esta época, se ha borrado todo camino hacia la
experiencia del propio ser. Con esto estamos presuponiendo algo que tal vez no
deberíamos dar por supuesto, esto es, que haya existido jamás un
camino de este tipo hacia el ser y que un pensar en el ser haya pensado alguna
vez el ser en cuanto ser.
Sin acordarse del ser y de su propia verdad,
el pensamiento occidental piensa siempre lo ente como tal desde sus inicios.
Entretanto, sólo ha pensado el ser en esa verdad, de modo que sólo ha
conseguido llevar ese nombre hasta el lenguaje de manera harto precaria y con
una torpe multiplicidad de significados. Este pensar, que se olvida del propio
ser, es el evento simple y que todo lo soporta -motivo por el que también es
misterioso e inexperimentado-, de la historia occidental, la cual, mientras
tanto, está a punto de extenderse hasta ser historia universal. Al final, el
ser ha caído en la metafísica al nivel de valor. Ahí se demuestra que el ser no
es admitido como ser. ¿Qué quiere decir esto?
¿Qué
pasa con el ser? Con el ser no pasa nada. ¿Y si es ahí en donde se manifiesta
la esencia, hasta ahora velada, del nihilismo? En ese caso, ¿sería el pensar
según valores el puro nihilismo? Pero no hay que olvidar que Nietzsche concibe
la metafísica de la voluntad de poder precisamente como superación del
nihilismo. En verdad, mientras el nihilismo sólo sea entendido como la
desvalorización de los valores supremos y la voluntad de poder como el
principio de la transvaloración de todos los valores a partir de una nueva
instauración de valores supremos, la metafísica de la voluntad de poder será
una superación del nihilismo. Pero en esta superación del nihilismo queda
elevado a principio el pensamiento según valores.
Pero
si, con todo el valor no le permite al ser que sea el ser que es en cuanto ser
mismo, esa supuesta superación será, ante todo, la consumación del nihilismo.
En efecto, la metafísica no sólo no piensa el propio ser, sino que ese
no-pensar el ser se arropa en la apariencia de que, desde el momento en que
estima el ser como valor es indudable que piensa el ser de la manera más digna,
de tal modo que toda pregunta por el ser se torna superflua para siempre Pero
si, pensando en relación con el propio ser, el pensamiento que piensa todo
según valores es nihilismo, entonces hasta la experiencia de Nietzsche del
nihilismo -la de que se trata de la desvalorización de los valores supremos-,
es nihilista. La interpretación del mundo suprasensible, la interpretación de
Dios como valor supremo, no ha sido pensada a partir del propio ser. El último
golpe contra Dios y contra el mundo suprasensible consiste en que Dios, lo ente
de lo ente, ha sido rebajado a la calidad de valor supremo. El golpe más duro
contra Dios no es que Dios sea considerado incognoscible, ni que la existencia
de Dios aparezca como indemostrable, sino que el Dios considerado efectivamente
real haya sido elevado a la calidad de valor supremo. En efecto, este golpe no
procede precisamente de los que están ahí y no creen en Dios, sino de los
creyentes y sus teólogos, que hablan de lo más ente entre todos los entes sin
que jamás se les ocurra pensar en el propio ser, con el fin de darse cuenta de
que ese pensar y ese hablar, vistos desde la fe, son la blasfemia por
excelencia en cuanto se mezclan con la teología de la fe.
Sólo ahora empieza a aparecer una débil luz
en medio de la oscuridad de aquella pregunta que ya queríamos dirigirle a
Nietzsche mientras atendíamos al pasaje del loco: ¿Cómo puede ocurrir que los
hombres lleguen a ser capaces de matar a Dios? Porque parece evidente que es
esto lo que piensa Nietzsche. Efectivamente, en todo el texto sólo se han
destacado gráficamente dos frases. La primera es «Lo hemos matado», refiriéndose a Dios. La segunda es «y
sin embargo son ellos los que lo han cometido», esto es, los hombres han llevado a cabo el acto de matar a Dios, a
pesar de que hoy siguen sin haber oído hablar de ello.
Ambas frases gráficamente destacadas nos
ofrecen la interpretación de la sentencia «Dios ha muerto». Dicha frase no
tiene el significado de una negación llena de odio mezquino del tipo: no hay
ningún Dios. En realidad, el significado de la frase es mucho peor: han matado
a Dios. Sólo así es como aparece el pensamiento decisivo. Pero la comprensión
se hace al mismo tiempo más difícil. En efecto, sería más fácil entender la
frase «Dios ha muerto» en el sentido de que el propio Dios se ha alejado por
propia voluntad de su presencia viva. Pero que Dios haya sido matado por otros,
y a mayores, por los hombres, es algo impensable. El propio Nietzsche se
asombra de semejante pensamiento y es sólo por eso por lo que inmediatamente
después de la frase «Lo hemos matado,
vosotros y yo. !Todos somos sus asesinos!», le hace preguntar al loco:
«¿Pero cómo hemos podido hacerlo?». Nietzsche explica la pregunta repitiendo lo
mismo que acaba de preguntar a través de tres perífrasis en forma de imágenes:
«¿Cómo hemos podido bebernos el mar? ¿Quién nos prestó la esponja para borrar
el horizonte? ¿Qué hicimos, cuando desencadenamos la tierra de su sol?».
A la
última pregunta podemos responder: la historia europea de los últimos tres
siglos y medio nos dice qué hicieron los hombres cuando desencadenaron a la
tierra de su sol. Pero ¿qué ha ocurrido en el fondo de esta historia con lo
ente? Cuando se refiere a la relación entre el sol y la tierra, Nietzsche no
sólo piensa en el giro copernicano, según la moderna comprensión de la
naturaleza. El nombre sol nos recuerda de inmediato el símil de Platón. Según
este, el sol y el ámbito que abarca su luz, son el terreno en el que aparece lo
ente según su aspecto, según sus caras (ideas). El sol conforma y delimita el
horizonte en el que se muestra el ente como tal. El «horizonte» significa el
mundo suprasensible en cuanto verdaderamente ente. Éste es, al mismo tiempo, la
totalidad que todo lo abarca y engloba igual que el mar.
La tierra, como lugar de residencia de los hombres está desencadenada de su
sol. El ámbito de lo suprasensible que es en sí, ya no se encuentra sobre los
hombres a modo de luz normativa. Todo el horizonte ha sido borrado. La
totalidad de lo ente como tal, el mar, ha sido bebido por los hombres. En
efecto, el hombre se ha subvertido en el Yo del ego cogito. Por esta
subversión, todo ente se convierte en objeto. Lo ente, en cuanto objetivo, es
absorbido dentro de la inmanencia de la subjetividad. El horizonte ya no luce a
partir de sí mismo. Ya no es más que el punto de vista dispuesto en las
instauraciones de valor de la voluntad de poder.
Siguiendo el hilo conductor de las tres
imágenes (sol, horizonte y mar), que para el pensar presumiblemente son algo
más que imágenes, se pueden aclarar las tres preguntas acerca de qué se quiere
decir con el suceso de la muerte de Dios. Matar significa la eliminación por
parte del hombre del mundo suprasensible que es en sí. Este matar alude al
proceso en el que lo ente como tal no es exactamente aniquilado, pero sí se
vuelve otro en su ser. En este proceso, también y sobre todo, el hombre se
vuelve otro. Se vuelve aquel que aparta lo ente entendido como lo ente en sí.
La subversión del hombre a la subjetividad, convierte a lo ente en objeto. Pero
lo objetivo es aquello que ha sido detenido por la representación. Apartarse de
lo ente en sí, esto es, la muerte de Dios, se consuma en ese aseguramiento de
las existencias por medio del cual el hombre se asegura dichas existencias
materiales, corporales, psíquicas y espirituales, pero sólo por mor de su
propia seguridad, que quiere el dominio sobre lo ente en cuanto posible
elemento objetivo con el fin de corresponder al ser de lo ente, a la voluntad
de poder.
El asegurar, como adquisición de seguridad,
se fundamenta en la instauración de valores. La instauración de valores tiene a
todo lo ente en sí bajo su dominio y, en consecuencia, en cuanto tal ente para
sí, lo ha matado, lo ha liquidado. Este último golpe para matar a Dios ha sido
asestado por la metafísica, que en tanto que metafísica de la voluntad de poder
consuma el pensar en el sentido del pensar según valores. Pero Nietzsche ya no
reconoce este último golpe, por el que el ser es rebajado a mero valor, como lo
que es propiamente pensado en relación con el propio ser. ¿No dice el mismo
Nietzsche: «Todos somos sus asesinos. ¡Vosotros y yo!?». Ciertamente; de
acuerdo con esto, Nietzsche también concibe la metafísica de la voluntad de
poder como nihilismo. Ahora bien, para él esto sólo significa que ella consuma
del modo más agudo -puesto que es definitivo- y en tanto que movimiento de
reacción en el sentido de la transvaloración de todos los valores anteriores,
la anterior «desvalorización de los valores antes supremos».
Pero, precisamente, Nietzsche ya no puede
pensar la nueva instauración de valores, a partir del principio de toda
instauración de valores, como un dar muerte y como nihilismo. Ya no es una
desvalorización en el horizonte de la voluntad de poder que se quiere a sí
misma, esto es, en la perspectiva del valor y la instauración de valores.
Pero ¿qué ocurre con la propia instauración
de valores, si es pensada en relación con el propio ente, es decir, también en
relación con el ser? Entonces, el pensar en valores equivale a un dar muerte
radical. No sólo derriba a lo ente como tal en su ser-en-sí, sino que aparta
completamente al ser. Este ya sólo puede valer como valor en donde todavía se
le necesita. El pensar según valores de la metafísica de la voluntad de poder
es, en un sentido extremo, mortal, porque no deja en absoluto que el propio ser
haga su aparición, esto es, que alcance la viveza de su esencia. El pensar
según valores impide ya de antemano incluso que el propio ser se presente en su
verdad.
Pero este dar muerte que afecta a la raíz
misma ¿no es solamente la naturaleza de la metafísica de la voluntad de poder?
¿Es sólo la interpretación del ser como valor la que no permite que el propio
ser sea el ser que es? Si así fuera, la metafísica de las épocas anteriores a
Nietzsche tendría que haber experimentado y pensado al propio ser en su verdad
o, por lo menos, hubiera debido preguntarse por él. Pero no encontramos en
ningún lugar semejante experiencia del ser mismo. En ningún lugar nos sale al
encuentro un pensar que piense la verdad del ser mismo y, por tanto, la propia
verdad en cuanto ser. Incluso allí, donde el pensamiento preplatónico prepara
el despliegue de la metafísica por medio de Platón y Aristóteles, en su calidad
de inicio del pensamiento occidental, incluso allí, tampoco es pensado el ser.
El nits¦ (nñ¤) rŒg ianäe
nombra ciertamente al propio ser. Pero no piensa precisamente la presencia como
presencia a partir de su verdad. La historia del ser comienza, y además
necesariamente, con el olvido del ser. Así pues, no es culpa de la metafísica
en cuanto voluntad de poder el que el ser mismo permanezca impensado en su
verdad. Entonces, esta extraña carencia sólo depende de la metafísica en cuanto
metafísica. Pero ¿qué es metafísica? ¿Conocemos acaso su esencia? ¿Puede ella
misma saber dicha esencia? Si la comprende, lo hace metafísicamente. Pero el
concepto metafísico de la metafísica permanece siempre retrasado respecto a su
esencia. Esto también es válido para toda lógica, suponiendo que todavía sea
capaz de pensar qué es el wogñl. Toda
metafísica de la metafísica y toda lógica de la filosofía, que de alguna manera
intentan trepar por encima de la metafísica, caen del modo más seguro por
debajo de ella sin experimentar siquiera dónde caen ellas mismas.
Entretanto, por lo menos nuestra reflexión ve
con mayor claridad un rasgo de la esencia del nihilismo. La esencia del
nihilismo reside en la historia según la cual, en la manifestación de lo ente
como tal en su totalidad, no se toca para nada al ser mismo y su verdad, de tal
modo, que la verdad de lo ente como tal vale para el ser porque falta la verdad
del ser. Es cierto que en la época de la incipiente consumación del nihilismo,
Nietzsche experimentó y al mismo tiempo interpretó de manera nihilista algunos
rasgos del nihilismo, y, de esta manera, ocultó por completo su esencia. Pero
Nietzsche nunca reconoció la esencia del nihilismo, como tampoco lo hizo
ninguna metafísica anterior a él.
Con todo, si la esencia del nihilismo reside
en la historia que quiere que la verdad del ser falte por completo en la
manifestación de lo ente como tal en su totalidad y, de acuerdo con esto no
ocurra nada con el ser mismo y su verdad, entonces, en cuanto historia de la
verdad de lo ente como tal, la metafísica es en su esencia, nihilismo. Si la
metafísica es el fundamento histórico de la historia universal determinada
occidental y europeamente, entonces dicha historia es nihilista en un sentido
muy diferente.
Pensado a partir del destino del ser, el
nihil del término nihilismo significa que no pasa nada con el ser. El ser no
llega a la luz de su propia esencia. En la manifestación de lo ente como tal,
el propio ser se queda fuera. La verdad del ser no aparece, permanece olvidada.
Así pues, el nihilismo sería en su esencia
una historia que tiene lugar con el ser mismo. Entonces residiría en la esencia
del ser mismo el hecho de que éste permaneciera impensado porque lo propio del
ser es sustraerse. El ser mismo se sustrae en su verdad. Se oculta en ella y se
cobija en ese refugio.
En la contemplación de este refugio que se
cobija a sí mismo, de la propia esencia, tal vez toquemos la esencia del
misterio bajo cuya forma se presenta la verdad del ser.
La propia metafísica no sería, según esto,
una mera omisión de una pregunta por el ser que aún queda por pensar. No sería
ningún error. En cuanto historia de la verdad de lo ente como tal, la
metafísica habría acontecido a partir del destino del propio ser. La metafísica
sería en su esencia el misterio impensado -porque guardado- del propio ser. Si
fuera de otro modo, un pensamiento que se esfuerza por atenerse a lo que hay
que pensar, el ser, no podría preguntar incesantemente qué es metafísica.
La metafísica es una época de la historia del
ser mismo. Pero en su esencia la metafísica es nihilismo. La esencia del
nihilismo pertenece a la historia, forma bajo la que se presenta el ser mismo.
Si es que la nada, como de costumbre, señala en dirección al ser, entonces la
determinación histórica del ser del nihilismo debería haber señalado por lo
menos el ámbito dentro del que se torna experimentable la esencia del nihilismo
con el fin de convertirse en algo pensado que atañe a nuestra memoria. Estamos
acostumbrados a escuchar una resonancia desagradable en la palabra nihilismo.
Pero si meditamos la esencia histórica del ser del nihilismo, entonces a esa
simple resonancia se añade algo disonante. La palabra nihilismo dice que en
aquello que nombra, el nihil (la nada) es esencial. Nihilismo significa: desde
cualquier perspectiva todo es nada. Todo, lo que quiere decir: lo ente en su
totalidad. Pero lo ente está presente en cada una de sus perspectivas cuando es
experimentado en cuanto ente. Entonces, nihilismo significa que lo ente como
tal en su totalidad es nada. Pero lo ente es lo que es y tal como es, a partir
del ser. Suponiendo que todo «es» reside en el ser, la esencia del nihilismo
consiste en que no pasa nada con el propio ser. El propio ser es el ser en su verdad, verdad que pertenece al ser.
Si escuchamos en la palabra nihilismo ese
otro tono en el que resuena la esencia de lo nombrado, también oiremos de otro
modo el lenguaje del pensar metafísico, que ha experimentado parte del
nihilismo aunque sin haber podido pensar su esencia. Tal vez un día, con ese
otro tono en nuestros oídos, meditemos sobre la época de la incipiente
consumación del nihilismo de manera distinta a lo hecho hasta ahora. Tal vez
entonces reconozcamos que ni las perspectivas políticas, ni las económicas ni
las sociológicas, ni las técnicas y científicas, ni tan siquiera las metafísicas y
religiosas, bastan para pensar eso que ocurre en esta era. Lo que esta época le
da a pensar al pensamiento no es algún sentido profundamente escondido, sino
algo muy próximo, lo más próximo, y que, precisamente por ser sólo eso, pasamos
siempre por alto. Al pasar por encima de ello damos constantemente muerte, sin
darnos cuenta, al ser de lo ente.
Para darnos cuenta de ello y aprender a
tomarlo en consideración, tal vez nos baste con pensar por una vez lo que dice
el loco sobre la muerte de Dios y cómo lo dice. Tal vez ya no nos apresuremos
tanto a hacer oídos sordos a lo que dice el principio del texto explicado, a
saber, que el loco «gritaba incesantemente: ¡Busco a Dios! ¡Busco a Dios!».
¿En que medida está loco ese hombre? Está
tras-tornado*******. Porque ha salido fuera del
plano del hombre antiguo, en el que se hace pasar los ideales del mundo
suprasensible, que se han vuelto irreales, por lo efectivamente real, mientras
se realiza efectivamente su contrario. Este hombre tras-tornado ha salido fuera
y por encima del hombre anterior. Con todo, de esta manera lo único que ha
hecho has sido introducirse por completo en la esencia predeterminada del
hombre anterior: ser el animal racional. Este hombre, así tras-tornado, no
tiene por lo tanto nada que ver con ese tipo de maleantes públicos que no creen
en Dios. En efecto, esos hombres no son
no creyentes porque Dios en cuanto Dios haya perdido su credibilidad ante
ellos, sino porque ellos mismos han abandonado la posibilidad de creer en la
medida en que ya no pueden buscar a Dios. No pueden seguir buscándolo porque ya
no piensan. Los maleantes públicos ha suprimido el pensamiento y lo han
sustituido por un parloteo que barrunta nihilismo en todos aquellos sitios
donde consideran que su opinar está amenazado. Esta deliberada ceguera furente
al verdadero nihilismo, que sigue predominado, intenta disculparse de este modo
de su miedo a pensar. Pero ese miedo es el miedo al miedo.
Frente a esto, el loco es manifiestamente
desde las primeras frases, y par el que es capaza de escuchar aún más
claramente según las últimas frases del texto, aquel que busca a Dios clamando
por Dios. ¿Tal vez un pensador ha calmado ahí verdaderamente de profundis? ¿Y
el oído de nuestro pensar? ¿No oye todavía el clamor? Seguirá sin oírlo durante
tanto tiempo como no comience a pensar. El pensar sólo comienza cuando hemos
experimentado que la razón, tan glorificada durante siglos, es la más tenaz
adversaria del pensar.