.DIABETES MELLITUS
Definición
La diabetes mellitus no es una afección única, sino
un sín-drome dentro del cual deben individualizarse diferentes enti-dades
nosológicas. El nexo común de todas ellas es la hiper-glucemia y sus
consecuencias, es decir, las complicaciones específicas, las cuales son comunes
a todas las formas de diabetes. La diabetes es un trastorno crónico de base
genéti-ca caracterizado por tres tipos de manifestaciones: a) un sín-drome metabólico
consistente en hiperglucemia, glucosuria,polifagia, polidipsia, poliuria y
alteraciones en el metabolis-mo de los lípidos y de las proteínas como
consecuencia de un déficit absoluto o relativo en la acción de la insulina; b) un
síndrome vascular que puede ser macroangiopático y microangiopático, y que
afecta todos los órganos pero espe-cialmente el corazón, la circulación
cerebral y periférica, los riñones y la retina, y c) un síndrome neuropático
que puede ser a su vez autónomo y periférico.
Tipos de diabetes
A medida que han ido progresando los conocimientos
sobre los factores etiológicos de la enfermedad, la lista de las dis-tintas diabetes se
ha ido ampliando, como más adelante se analizará. No obstante, y dejando aparte
a las diabetes se-cundarias, en la práctica clínica se diferencia siempre dos ti-pos:
la diabetes mellitus insulinodependiente (DMID), que se caracteriza por
aparecer en general antes de los 30 años, te-ner un inicio relativamente
brusco, tender a la cetosis y pre-cisar rápidamente insulina, y la diabetes
mellitus no insulino-dependiente (DMNID), que suele afectar a personas obesas y
mayores de 40 años; su presentación es a menudo solapada y puede controlarse
sólo con dieta largo tiempo, no requi-riendo en general insulina. Los rasgos
diferenciales mencionados no siempre se cum-plen, de modo que con cierta
frecuencia se observan casos de DMID que comienzan después de los 40 años o
formas de DMNID en personas relativamente jóvenes. Las diferencias entre ambos
tipos no son una cuestión de grado en el déficit insular, sino que existe una
auténtica heterogeneidad pato-genética. La diabetes espontánea, pues, se
manifiesta por una diversidad de rasgos clínicos y además es la consecuen-cia
de distintos factores etiológicos. Sin embargo, las compli-caciones específicas
ocurren con gran frecuencia en ambos tipos de diabetes. Las diferencias
clínicas, epidemiológicas y etiológicas de ambas formas de diabetes espontánea
se trata-rán en detalle más adelante y se resumen en la tabla 15.50.
Patogenia
La demostración de que la inyección de insulina exógena
al individuo diabético conseguía normalizar su trastorno pare-cía dejar fuera
de toda duda que el defecto básico de esta enfermedad era la insulinopenia,
suponiéndose que ésta era total en la DMID y parcial en la DMNID. Esta
interpretación simple se empezó a cuestionar seriamente cuando, a princi-pios
de la década de los sesenta, YALOW y BERSON pusieron a punto el
radioinmunoanálisis para la insulina y comproba-ron que algunos pacientes con
diabetes del adulto tenían concentraciones de insulina en plasma normales o
incluso elevadas si se trataba de obesos. Esta aparente contradicción
(hiperglucemia con insulinemia alta) se empezó a explicar satisfactoriamente
con el descubrimiento de que la insulina no actuaba directamente entrando en la
célula, sino median-te su acoplamiento a receptores específicos. Estos
descubri-mientos contribuyeron de forma decisiva a la comprensión de la
patogenia de la diabetes y facilitaron su diferenciación en DMID y DMNID.
Patogenia de la DMID
En la DMID la secreción de insulina en el momento del
diag-nóstico es claramente deficitaria, aunque rara vez nula, y, al menos
durante los primeros años después del diagnóstico, persiste una secreción
residual, de modo que la célula beta es parcialmente funcionante. La respuesta
del péptido C a los estímulos (glucosa, glucagón) muestra un deterioro
pro-gresivo y, a los 5 años del diagnóstico, la secreción insular ha
desaparecido por completo. Sin embargo, si inmediatamente después del
diagnóstico los pacientes son tratados de forma adecuada con insulina, se
asiste a menudo a una recupera-ción parcial de la secreción endógena (véase más
adelante). Aunque existen algunas anomalías en la sensibilidad a la in-sulina
en la DMID, su traducción clínica es inapreciable y, a efectos prácticos, hay
que considerar que la insulinodeficien-cia es el rasgo patogénico
característico de esta forma de dia-betes.
Patogenia de la DMNID
En estos pacientes la respuesta a la insulina exógena
es varia-ble y depende de factores como el grado de obesidad y de actividad
física. A menudo se requieren cantidades de insuli-na superiores que en la DMID
para normalizar la glucemia. Las concentraciones de insulina endógena son
variables; en individuos obesos (diabéticos o no), tanto en ayunas como en
respuesta a la glucosa, son a menudo más elevadas que en las personas de peso
normal (fig.
15.43). Parece evi-dente que el hiperinsulinismo de algunos diabéticos adultos
es consecuencia de la obesidad. Este argumento se refuerza ante la comprobación
de que la pérdida de peso conduce a una mejoría de la tolerancia hidrocarbonada
y a una dismi-nución del hiperinsulinismo. Muchas observaciones sugieren que la
resistencia a la insulina es el hecho patogénico principal en esta forma de
diabetes: por una parte, la presencia del binomio hiperinsuli-nismo-
hiperglucemia y, por otra, una serie de estudios expe-rimentales que demuestran
una insensibilidad relativa a la insulina. No obstante, la resistencia a la insulina no
es nece-sariamente el trastorno primario porque podría ser la conse-cuencia de
su hipersecreción (adaptación funcional de los receptores). Si bien algunos
estudios en animales parecían apoyar la hipótesis de que la alteración inicial
era el hiperin-sulinismo (y, por tanto, que el defecto primario residiría en
DIABETES MELLITUS
insulina Fig.
15.42.
las células beta), en la actualidad existe la opinión
científica relativamente unánime en el sentido de que el trastorno prin-cipal
es la resistencia y que el hiperinsulinismo no es más que su consecuencia. En
teoría, la resistencia deberá buscar-se en el posreceptor, en el receptor o en
la presencia de an-tagonistas circulantes.
Receptores
de insulina. Están situados en la pared celular de los órganos diana clásicos (hígado,
tejido adiposo y mus-cular) y en muchas otras células (monocitos,
fibroblastos,placenta, linfocitos, hematíes). Mediante la unión de la insu-lina
con su receptor se produce su activación en la que inter-viene un sistema
tirosincinasa y se generan señales que pasan al interior celular, al igual que
el complejo insulina-re-ceptor. Con la participación de sustratos
citoplasmáticos y proteínas especiales se producen las acciones de la insulina,
como activación o inhibición de sistemas enzimáticos, acti-vación de
transportadores de glucosa y síntesis proteica (fig. 15.44). Las principales
características de los receptores de la insu-lina son las siguientes: a) la
unión hormona-receptor es rápi-da y reversible; b) el número de receptores
es limitado; c) la unión insulina-receptor se correlaciona con el efecto
biológi-co; d)
el número de receptores es regulado por la concentra-ción de la
hormona, y e)
los receptores no son estáticos sino que modifican su afinidad según
las circunstancias. De acuerdo con estas características, una ocupación
progresiva de los receptores determina un aumento de la actividad bio-lógica.
Una ocupación entre el 10 y el 100% se traducirá en desplazamientos de la curva
dosis-efecto hacia la derecha o izquierda (fig. 15.45), pero el efecto
biológico se mantendrá. Los defectos en la afinidad de los receptores o en su
nú-mero (hasta el crítico 10%) son responsables de alteraciones de sensibilidad
(fig. 15.46 A). Los defectos
situados después de la unión insulina-receptor, es decir, en los mecanismos
pos-receptor, son responsables de que no se alcance el efecto máximo por mucho
que aumente la concentración de la hor-mona. Se trata en este caso de
alteraciones en la capacidad de respuesta (fig. 15.46 B). A menudo, no
obstante, las altera-ciones son mixtas (fig. 15.46 C).
Por otra parte, si se analiza la producción hepática
de gluco-sa, se comprueba que las concentraciones de insulina nece-sarias para
inhibirla son superiores en la DMNID que en indi-viduos sanos. La resistencia a
la insulina causa un aumento compensato-rio de secreción pancreática, de modo
que la tolerancia a la glucosa inicialmente se mantiene normal. Con el tiempo,
la célula beta falla y aparece la insulinopenia relativa que con-duce a una
tolerancia anormal y, finalmente, a la diabetes (fig. 15.47). La causa última del
agotamiento del páncreas permanece desconocida, pero puede estar relacionada
con la toxicidad de la glucosa en una célula beta predispuesta. La resistencia
a la insulina involucra a los tejidos hepático, muscular y adiposo. En el
hígado aumenta la gluconeogé-nesis, que es un defecto cardinal en la DMNID, y
la fosfoenol-piruvato- carboxicinasa es la enzima clave en la patogenia de la
DMNID. En cuanto a la utilización periférica de la glucosa, se produce un fallo
en la DMNID por un mal funcionamiento en el transportador de glucosa GLUT-4 y
en la hexocinasa II, que causa menor captación y menor utilización de la
glu-cosa.
En resumen, en la DMNID existen claras señales de
resis-tencia a la insulina. ¿Puede entonces decirse que estas altera-ciones son
la única causa? La respuesta es no. La patogenia de la DMNID requiere, además
de la insulinorresistencia, una auténtica deficiencia de insulina.
Es difícil saber cuál es el defecto primario en la
historia na-tural de la DMNID, ya que las anomalías en la secreción con-ducen a
alteraciones en la sensibilidad y, por otra parte, las alteraciones en la
captación tisular de glucosa pueden con-ducir a anomalías en la secreción de
insulina (fig.
15.49). Aunque en teoría existen dos posibilidades patogénicas, como se ha
comentado lo más probable es que la alteración primaria sea la
insulinorresistencia y que los cambios en la célula beta no sean más que
intentos compensatorios.
Clasificación de la diabetes
La clasificación de la diabetes sigue siendo una
cuestión abierta ya que, como se ha mencionado en el apartado Etio-logía, la
diabetes es un “cajón de sastre” del que se han con-seguido extraer sólo
algunas enfermedades. En 1985, el Co-mité de Expertos de la OMS propuso la que
hasta ahora es su última clasificación, que ha sido universalmente aceptada y
ha contribuido de forma decisiva a esclarecer una terminolo-gía confusa
imperante hasta entonces. En la tabla 15.52 se muestra la clasificación de la OMS, a la que hemos
añadido la DAJ y el síndrome X (véase más adelante). Las formas clínicas de diabetes
son la DMID, la DMNID, la diabetes asociada, la diabetes relacionada con la
malnutri-ción y, finalmente, la diabetes gestacional. Suele utilizarse
in-distintamente la denominación DMID o tipo 1 y DMNID o tipo 2, a pesar de que
para hacer válida la equivalencia de-bería demostrarse que todos los casos de
DMID son de etiolo-gía autoinmune y asociados con HLA de predisposición y que
los de DMNID cursan con resistencia a la insulina, he-chos que en la práctica
clínica no se realizan. Por este moti-vo, en el resto de apartados de esta
edición usamos las deno-minaciones DMID y DMNID, actitud que parece
generalizarse en la literatura internacional. No debe confundirse DMID con
diabetes tratada con insulina, ya que, como se verá más ade-lante, no es raro
que, a lo largo de su evolución, pacientes con DMNID sean también tratados con
dicha hormona.
DMID
Constituye el 10-15% de todas las formas de diabetes
en el mundo occidental. Básicamente se caracteriza por un inicio en general
brusco y antes de los 30 años, tendencia a la ceto-sis, ausencia de obesidad y
evidencia de fenómenos autoin-munes en su etiología. Los factores genéticos son
importantes, puesto que la prevalencia de determinados antígenos de
histo-compatibilidad (HLA-B8, BW15, B18, A1, CW3, DW3, DW4 y especialmente DR3
y DR4) está aumentada, mientras que la de otros (DW2, B7) se halla disminuida.
Esta forma es hetero-génea (véase Etiología), de modo que se ha propuesto una
subclasificación en Ia (la más frecuente, de aparición predo-minante en niños y
adolescentes, ligada a DR4, con aumento inicial del título de ICA y descenso
progresivo posterior y pro-bable papel desencadenante de los virus) y Ib
(genuinamente autoinmune y asociada con otras enfermedades de este tipo,
predominante en las mujeres, de aparición más tardía que la anterior, ligada al
DR3 y con títulos persistentes de ICA).
DMNID
Suele iniciarse de forma progresiva después de los 40
años (aunque en los individuos obesos es relativamente frecuente después de los
30), no tiende a la cetosis, a menudo cursa con obesidad y pronunciada
agregación familiar. Muchos datos indican que la DMNID es también heterogé-nea,
por lo que se ha clasificado en una forma asociada con obesidad, otra no
asociada con obesidad y, finalmente, la DAJ, que se caracteriza por la
aparición de una diabetes no cetósica y de progresión lenta en individuos
jóvenes. La DAJ se transmite por herencia autosómica dominante y su
trata-miento no requiere insulina, al menos durante los primeros años. El
diagnóstico exige que se trate de adolescentes o de adultos jóvenes, que exista
una relación 1:1 entre individuos METABOLISMO Y NUTRICIÓN afectos y no afectos en la familia, que uno de los
progenito-res sea diabético y que el trastorno se cumpla en 3 genera-ciones
seguidas.
Cuadro clínico
Las
formas de presentación de la diabetes son muy variadas y pueden oscilar desde
un coma cetoacidótico de comienzo súbito hasta una glucosuria asintomática
descubierta en un examen sistemático. En la práctica, las formas de
presenta-ción pueden resumirse en las siguientes:
Presentación
metabólica
Suele ocurrir en la DMID,
aunque no es excepcional que sea una forma de inicio de la DMNID. El comienzo
es brusco, con un período de pocas semanas o como máximo algunos meses entre el
inicio de los síntomas y el diagnóstico. En ocasiones, la forma de presentación
es muy aguda y, en el caso de los niños, alrededor de la cuarta parte son
diagnosti-cados con un cuadro de cetoacidosis. La poliuria es franca (3-5 L),
muy a menudo referida espontáneamente, y suele lla-mar la atención por la
noche, con enuresis frecuente en ni-ños. La polidipsia es en general evidente,
aunque puede lla-mar menos la atención que la poliuria. En ocasiones, el cuadro
suele ser más florido porque el paciente ingiere gran-des cantidades de bebidas
azucaradas (cola, limonada, etc.) que aumentan la hiperglucemia y, en
consecuencia, empeo-ran los síntomas. La polifagia suele ser llamativa,
especial-mente porque cursa con pérdida de peso, que puede ser de 4-6 kg en un
mes. Esta sintomatología suele acompañarse de astenia; si se trata de niños,
pierden las ganas de jugar y permanecen mucho más quietos que de costumbre.
Cuando se los reconoce por primera vez, estos pacientes dan la im-presión de
enfermedad importante, y el cortejo sintomático es suficientemente florido para
no escapar al diagnóstico. Sin embargo, algunas veces, el médico hace
interpretaciones peregrinas (“hace calor”, “todos estamos cansados en esta
época”, “debe de ser un virus”) en lugar de llevar a cabo un procedimiento tan
simple como sumergir una tira de papel en la orina para determinar la glucosa y
la acetona. Recuér-dese que si la formación de cuerpos cetónicos excede su
ca-pacidad de utilización metabólica como consecuencia de la insulinopenia,
aparecerán náuseas, vómitos, taquibatipnea, alteraciones de la conciencia, deshidratación
y coma (véase Cetoacidosis diabética).