Por Juan Ignacio
Pontis
juninacio@yahoo.com.ar
Prólogo
Una Junta Militar
dirigida por el comandante en jefe del Ejército, teniente general Jorge Rafael
Videla, tomó el poder el 24 de marzo de 1976. La Junta Militar disolvió el
Congreso, impuso la ley marcial y gobernó por decreto.
Durante los primeros meses posteriores al
golpe militar se mantuvo la actividad terrorista de algunos grupos de
izquierda, pero se aplacó después de que el gobierno de Videla lanzara su
propia campaña terrorista contra los opositores políticos. En 1977, la Comisión
Argentina de Derechos Humanos denunció ante la ONU al régimen militar,
acusándolo de cometer 2.300 asesinatos políticos, unos 10.000 arrestos por
causas políticas y la desaparición de entre 20.000 y 30.000 personas, muchas de
las cuales fueron asesinadas y sepultadas en tumbas anónimas.
En marzo de 1981, Videla fue sucedido en la presidencia por el teniente
general Roberto Viola, sustituido en diciembre del mismo año por el comandante
en jefe del Ejército, el teniente general Leopoldo Galtieri, cuyo gobierno
consiguió el apoyo casi unánime de la ciudadanía en abril de 1982 al ocupar por
la fuerza las islas Malvinas, territorio reclamado por Argentina desde 1833.
Sacudida por la represión y el terrorismo de Estado, y con una deuda
externa sin precedentes, Argentina celebró, después de una década, elecciones
presidenciales en octubre de 1983. El ganador fue el candidato de la Unión
Cívica-Radical-(UCR)-Raúl-Alfonsín.
MARCO
HISTORICO
1976–1983: Argentina sin Ley
La última dictadura militar fue la más
sanguinaria de todas. El terrorismo de Estado significó el asesinato de miles
de ciudadanos. La violación sistemática de los derechos humanos dejó heridas
imborrables en la sociedad, que desde 1930 había acompañado, con mayor o menor
entusiasmo, todas las aventuras militares.
El régimen
violó la Constitución y afectó toda la estructura jurídica del Estado. El poder
militar fue totalitario y anárquico a la vez. La lucha entre facciones internas
generalizó la anomia social, es decir la ausencia de ley. La guerra de las Malvinas,
seguida de la humillación de una derrota, fue el detonante que posibilitó la
recuperación de la democracia.
LA DICTADURA
El Proceso
El golpe de
Estado del 24 de marzo de 1976 se autodenominó Proceso de Reorganización Nacional. Ese
día, la presidenta constitucional María Estela Martinez de Perón fue destituida
por una Junta de Comandantes en Jefe, integrada por el general Jorge Rafael
Videla, el almirante Emilio Eduardo Masera y el brigadier Orlando Ramón Agosti.
Los integrantes de esta Junta fueron tristemente célebres por la violación
sistemática de los derechos humanos.
El Proceso de
Reorganización Nacional pretendió emular la etapa histórica que culminó en 1880
con la llamada Organización Nacional. Pero, en los hechos, siguió los pasos de
la Revolución Argentina y profundizó sus alcances. El régimen de 1976 disolvió
todos los cuerpos legislativos y removió a todos los funcionarios.
Prohibió la
actividad de todas las asociaciones, partidos políticos y entidades gremiales,
y asumió la totalidad del poder, sin plazos preestablecidos.
El general
Jorge Rafael Videla presidió el gobierno desde el inicio del golpe en 1976
hasta el 29 de marzo de1981, fecha en que lo sucedió el general Roberto Viola.
La lucha facciosa dentro del régimen militar culminó con el menguado poder del
general Viola en un lapso de 11 meses. El 11 de diciembre de 1981 abandonó el
cargo por enfermedad, y asumió el general Leopoldo Galtieri, quien gobernó
hasta junio de 1982. El último presidente militar fue el general Reinaldo Bignone, quien gobernó
desde junio de 1982 hasta el 10 de diciembre de 1983. En septiembre de 1983,
antes de entregar el poder, firmó una ley de autoamnistía que fue repudiada por
la opinión pública y derogada por el gobierno democrático de Raúl Alfonsín.
Entre 1976 y
1980, miles de personas fueron asesinadas en las cárceles clandestinas que el
régimen organizó en todo el país. Pese a que los jefes militares reconocían
haber derrotado totalmente a las organizaciones guerrilleras, la represión
contra la población civil no cesó.
Para ocultar
las acciones de secuestro, tortura y asesinato de ciudadanos, el régimen
inventó la figura de los desaparecidos. Con este perverso eufemismo
sus ideólogos sostuvieron que en lugar de víctimas había gente que se esfumaba
por propia voluntad. De este modo se ejerció el más cruel terrorismo de Estado
que conociera hasta ese momento la Argentina.
El propósito de
los golpistas de 1976 era fundar una nueva legalidad, una nueva escala de
valores y de normas sociales que redujera el exterminio del disidente político
a la categoría de procedimiento político rutinario, como método fundamental de
ejercicio del poder en un nuevo orden que sustituyera la discusión y la crítica
abierta de lo político y lo social por la obediencia ciega, en una nueva
pirámide de rígidas jerarquías coronadas por una elite integrada pro los
comandantes golpistas y sus socios civiles. La muerte del opositor se
transformaba en un objetivo y un horizonte político definido consciente por los
jefes militares, ya que eran el fundamento constitutivo de la sociedad en la
que se había suprimido el disenso. Basta para ello como prueba las palabras de
Videla justificando el secuestro y desaparición, la muerte clandestina de
disidentes, para evitar el impacto emocional en la opinión pública de
fusilamiento a la luz del día y masivos. Que la muerte era el objetivo, eso no
se discutía. Según éste nadie en la cúpula o los escalones subalternos de la
dictadura dudaba sobre la decisión de asesinar. La discusión giraba sólo sobre si
las ejecuciones de disidentes debían ser públicas o secretas.
La necesidad de
buscar parámetros con que juzgar históricamente esta catástrofe nos obligan a
mirar a los máximos exponentes de la barbarie en el siglo XX: los fascismos
europeos de entreguerras y especialmente el fenómeno nazi. Existe un
sobrecogedor paralelismo entre estos objetivos y características de la
dictadura militar y los regímenes fascistas europeos, especialmente con la
dictadura nazi, salvando las obvias distancias de contexto y período histórico
(también llama la atención la extensión geográfica del terrorismo de estado en
los años setenta en el sur de América Latina, similar a la proliferación de
fascismos en la Europa de entreguerras), que es desde ya un calificativo de las
cualidades letales del régimen inaugurado en Argentina con el golpe de estado
de marzo de 1976. Tanto en el caso del fascismo alemán como de la dictadura
militar argentina, regímenes análogos en muchos sentidos, pero especialmente
por compartir el mismo objetivo de refundación e ingeniería social basada en la
normalización del exterminio como mecanismo de mediación social y de regulación
de las relaciones entre sociedad política –el estado- y sociedad civil; pueden
rastrearse en su propia historia esos antecedentes que precipitaron a sus
respectivos pueblos en un abismo de barbarie, y mediante el genocidio
produjeron una fisura irreparable en el concepto del hombre y la humanidad.
Interrogantes
¿Hubo presión desde el gobierno militar para
con los medios periodísticos? ¿Cómo reaccionaron los mismos? ¿En la actualidad
se ejerce presión?.
Hipótesis
Los medios de
comunicación no tenían libertad en la dictadura militar como en la actualidad.
Ahora pueden divulgarse todo tipo de informaciones.
Los medios de comunicación
en la actualidad pueden expresarse con total libertad hacia el gobierno.
Los diarios
pueden difundir comunicados de agencias privadas argentinas al igual que de
extranjeras y también pueden hacer cobertura propia de las noticias.
Y en la televisión
se puede transmitir cualquier información sin necesidad de que incluya un
mensaje positivo.
Los medios de comunicación
La censura en los medios:
Comunicado N°
19, 24 de marzo de 1976
“Se comunica a la población que la Junta de
Comandantes Generales ha resuelto que sea reprimido con la pena de reclusión
por tiempo indeterminado el que por cualquier medio difundiere, divulgare o
propagare comunicados o imágenes provenientes o atribuidas a asociaciones
ilícitas o personas o grupos notoriamente dedicados a actividades subversivas o
al terrorismo. Será reprimido con reclusión de hasta diez años, el que por
cualquier medio difundiere, divulgare o propagare noticias, comunicados o
imágenes, con el propósito de perturbar, perjudicar o desprestigiar las
actividades de la Fuerzas Armadas, de Seguridad o Policiales.”
Diario La Prensa,
24 de marzo de 1976.
Algunos testimonios
“Todo lo que se
vio en el Gobierno peronista en materia de censura fue un paraíso en
comparación de lo que vino después. Para empezar ya no se podían usar despachos
de agencias extranjeras, tampoco los de las privadas argentinas ni hacer
cobertura propia de noticias. Lo único que se podía dar en materia económica,
política y sindical era lo que venía de la Agencia Oficial Télam.”
Sergio
Villarruel, periodista.
“Si uno era adicta al Gobierno o no simulaba
serlo, era completamente radiada. Recuerdo que poco a poco fueron sacándome las
notas importantes o políticas y dejándome sólo la lotería o los accidentes.”
Magdalena Ruiz
Guiñazú, periodista.
Rodolfo Terragno:
“Los diarios transmitían en cadena”
Según Rodolfo
Terragno los diarios argentinos “transmitían en cadena” porque ninguno tenía
libertad de expresión.
La mayoría de los diarios argentinos se
crearon a partir de un molde extranjero. En su momento La Opinión fue una copia de Le Monde
y El
Mundo. La Nación tuvo alguna inspiración del New York Times, aunque luego
se liberó. La
Razón es una excepción, no reconoce inspiración en ningún molde.
Otras diferencias hacen a la presentación de las noticias, al enfoque de los
temas o a la forma en que editorializa el diario, como la forma de titular o la
presentación.
Por un título
“Un Coronel
llegó a la hora del cierre y nos ordenó cambiar la edición porque el título de
la tapa llevaba la convocatoria de la CGT a la huelga para defender el régimen
constitucional. A las pocas horas nos detuvieron al jefe de redacción Cacho
Paoletti y a mí. Estuvimos a disposición del PEN hasta el 80. Recién cuando se
publicó en Clarín aquella nota de María Elena Walsh, País Jardín de infantes,
sentimos que alguien fuera de la cárcel se preocupaba por nosotros: fue a
mediados del 79.”
Guillermo
Alfieri, ex secretario de redacción del diario cooperativo El Independiente de La
Rioja.
La prolijidad de
los diarios
Inmediatamente
después del golpe los grandes medios de comunicación se esforzaban en mostrar
una increíble “normalidad”.
Algunos ejemplos de la “normalidad” que la
prensa manifestaba:
Diario Clarín, 26 de marzo de
1976: “Buenos Aires, caja de resonancia de la vida del país, presentó ayer una
imagen de normalidad. Transportes, comercio, industrias y talleres funcionaron
sin ninguna tregua. Por la mañana reanudó su labor la administración pública y
por la tarde se habilitaron los espectáculos.”
Diario La Opinión, 31 de marzo: En una nota de
tapa y con el título de “Bajo el signo de la moderación” el diario derrochaba
palabras en demostrar la justeza del discurso del Presidente Videla del día
anterior.
Hacia el final, dice que: “la invocación final
a Dios, sintetizó las aspiraciones de las autoridades” y transcribiendo los
pasajes salientes del mensaje, concluye: “De este modo, el general Videla
dejaba atrás todo margen de dudas; el proyecto nacional de las Fuerzas Armadas
se caracteriza por la moderación.”
Diario El Cronista, 30 de marzo: En nota de tapa,
los titulares cuentan la “adhesión espontánea de los ciudadanos.” En dicha
nota, se esfuerzan en aclarar que no hubo “convocatorias oficiales” para la
concurrencia a la Plaza de Mayo con motivo de la asunción de Videla; que se
podía ver la “evidente satisfacción” de “numerosas personas que se acercaban;
la ausencia de carteles y consignas hizo evidente que la concentración se había
producido de manera espontánea”, para terminar destacando que fue “vivamente
aplaudido”, entre otros, el Presidente de
la Conferencia Episcopal, Monseñor Tortolo, a quien la multitud vio
salir de la Casa de Gobierno “sonriente”.
La tapa de Clarín
del primer día de abril de 1976 dice así:
1.
“Fijan las facultades de la Junta y
el Presidente”.
2.
“Continúa el estudio de las medidas
económicas”.
3.
“Intervienen a 12 sindicatos”.
4.
“Autorizan a racionalizar la
administración pública”.
Esta tapa de Clarín, en
la que el quién
resplandece por ausencia, refleja las estrategias de lenguaje de la
época.
El diario se
somete a ese poder y agacha la cabeza renunciando a su presunta misión
esencial: la mediación ante los lectores.
Las estrategias
discursivas de toda la prensa dominaron los primeros años de la dictadura.
Desaparecen también los porqué y los cómo –las preguntas más
potentes que pueden formular los medios-
En esa misma
edición del 1 de abril Clarín publica un documento de altísimo
valor periodístico: las “normas fundamentales a que se ajustará el gobierno de
la Nación”. La nota termina en la página 26 junto con el horóscopo, sin
absolutamente ningún comentario.
Al recorrer los
primeros meses post-golpe de las páginas políticas de Clarín, absolutamente
neutras, no se encuentra prácticamente ninguna vida periodística: puro palabrerío
oficial.
Este párrafo
particular corresponde al editorial de Clarín del 24 de abril de 1978. Las
autoridades acaban de clausurar Crónica y La Opinión. Clarín sale a
“defender la libertad de prensa”:
“Los órganos periodísticos se
manejan con prudencia. El gobierno no ejerce presiones indebidas... La prensa
se alinea sin dificultades en el rumbo general del proceso, y si tropieza, lo
hace en temas que, o bien son de interpretación dificultosa, o bien carecen de
un completo esclarecimiento por parte de los poderes públicos.”
La canción Juan
Represión, de Sui Generis.
Juan Represión
viste, un saco azul triste,
vive como
pidiendo perdón
y se esconde a
la luz del sol
Juan Represión
sabe,
que no hay
nadie que lo ame
las balas que
la gente tiene
lo asesinaron
de pie
Esta es la
historia de un hombre
que supo muy
pocas letras
y soñó con la
justicia
de los héroes
de la historieta,
y se disfrazó
de bueno
con un disfraz
de villano
y los malos de
la historieta
son los seres
cotidianos:
Pobre Juan, el
odio le hace muy mal y espera
a tu muerte
justo en una madrugada
en manos de la
misma sociedad (...)
Sui Generis.
Esta canción, que habla de cómo se vivía en la época
de la dictadura argentina, fue prohibida.
Papel Prensa
A mediados de 1976
fallecía en un accidente aéreo el financista David Graiver, propietario de un
importante paquete de acciones de dicha empresa. Por sugerencia del gobierno
militar, sus herederos pusieron en venta esas acciones. Así, el Estado pasaría
a compartir con nuevos socios el manejo de la empresa. Los adquirientes de las
acciones fueron tres diarios porteños, La Nación, Clarín y La Razón. Desde ese momento, La Nación no
sólo se asoció al Estado en un emprendimiento industrial, sino que se convirtió
en beneficiario de una promoción sectorial que en otros momentos había
criticado desde sus editoriales.
No faltaron quienes
vieron en la asociación entre el Estado y los mencionados diarios un mecanismo
potencialmente capaz de limitar la libertad de opinión de los mismos.
El segundo poder
En su número de junio de 1976, el
mensuario Carta
Política que dirigía Mariano Grondona publicó una columna de uno de
sus colaboradores habituales, el periodista Heriberto Kahn, que pertenecía al
lujoso staff de La Opinión y que falleció en septiembre de ese año, titulaba
su columna “El papel de la prensa” y señalaba que ante la caducidad de hecho de
la legislatura y la antigua Corte Suprema “podía afirmarse que la prensa se ha
convertido en el segundo poder. O, por lo menos debiera serlo”.
Kahn insistía en que nadie como la
prensa era capaz de colaborar en “la creación de una conciencia nacional que
permita poner a todo el país en pie de guerra”. Y como los anteriores, Kanh
conjuraba el nombre y las promesas civilizadas de Videla, que indicó
reiteradamente su deseo de que la argentina no fuera una prensa complaciente.
La Opinión. El diario, como todos, apoyó
explícitamente el golpe.
Acaso el ejemplar más elocuente del
intento de La
Opinión de cuestionar la política represiva del gobierno militar fue
un suplemento especialmente encargado a Leiser Madanes “La comunidad contra la
subversión”, quien desde Londres consultó a distintos expertos británicos
acerca de la experiencia de combatir al IRA con una prensa trasparente.
En el análisis de Carta Política se ponían a
estudio dos meses (mayo y junio del 76) de artículos editoriales de La Prensa,
La Nación, Clarín, La Opinión y el Herald, y se categorizaban
los resultados de acuerdo con el particular criterio de la revista. El
resultado es interesantísimo y no es centralmente contradictorio con análisis
que se pudieran realizar hoy con los mismos materiales:
·
La Prensa dedica el diez por ciento de sus editoriales a confrontar
contra el comunismo, el ocho por ciento a hacer lo mismo contra las posturas
tercermundistas y un diecinueve por ciento a criticar contra el hecho maldito
del país burgués, el peronismo. Un llamativo diez por ciento de sus opiniones
están referidas a la defensa de la libertad de prensa contra un cero por ciento
de sus colegas La Nación y Clarín.
·
La proporción mayor de las opiniones doctrinarias de La Nación –un
34 por ciento- están referidas a lo que Carta Política vagamente categoriza como
“adhesión genérica a la reconstrucción moral”
post-golpe.
·
Clarín es fiel a su extraordinaria singularidad: veinte por ciento
de adhesiones a la idea de la “integración nacional en lo geográfico, lo
económico y lo histórico” y un veintitrés por ciento dedicado a la difusión de
las ideas de “desarrollo de la infraestructura, las fuentes de energía y la
industria básica”.
·
El Herald dedica un porcentaje altísimo de sus opiniones al “apoyo al equipo
económico”: veintisiete por ciento. Pero más destacado aún, cuarenta y tres por
ciento, se dedica a lo que Carta Política denomina la “denuncia
contra los excesos de violencia de ultraderecha o de ultraizquierda”.
·
Mientras que La Nación no registra en ese período
comentario alguno contra los así llamados excesos, Clarín les dedica un tres
por ciento de sus opiniones editoriales y La Opinión un cincuenta y siete por
ciento.
La censura y
represión en el cine
Para el cine,
según el nuevo encargado de supervisar el Instituto Nacional del Cine, Capitán
Bitleston, se considera que: “sólo serán autorizadas las películas que muestren
al hombre tal como es su lucha eterna y cotidiana contra el materialismo, el
egoísmo, la cobardía, la venalidad y la corrupción, al hombre luchando por su honor,
su religión y sus principios, sin librarse jamás a la violencia o al
escepticismo. Sólo estas películas serán consideras como obras de arte... Todas
las películas sin valores artísticos o que no presenten ningún interés como
diversión y que atenten a los sentimientos nacionales serán prohibidas parcial
o totalmente...”
Diario El País,
Madrid, 28 de junio de 1976.
El 17 de junio
de 1976, las Fuerzas del Ejército matan al poeta Francisco Urondo, quien había
sido Decano de la Facultad de Filosofía y Letras de Buenos Aires, en 1973.
Autor del libro La Patria Fusilada, había sido prohibido por las autoridades
argentinas.
También se
produjo el hallazgo del cadáver del escritor Haroldo Conti. Mientras que no se
ha vuelto a saber más del director de cine Raymundo Gleyzer, detenido por la
policía el 27 de mayo.
La censura y la
televisión
Dos estrategias
conjuntas sirvieron para desmantelar la industria televisiva. Una fue ponerle
restricciones económicas a la producción. La otra, la censura. El blanco de la censura
fue la telenovela.
En marzo de
1980, la Secretaría de Información Pública formula una serie de recomendaciones
sobre el teleteatro.
Pedían que no
se mostraran “parejas desavenidas” o que no se eligieran “ejemplos de dudosa
moral”. Reclamaban que los títulos incluyeran “un mensaje positivo en lo moral,
lo ético y lo estético”, evitando conflictos sociales y situaciones límites con
gastadas fórmulas que generan las marcadas diferencias sociales.
Conclusión
Durante la Dictadura Militar Argentina existió una
terrible censura en los medios de comunicación.
Con respecto a los diarios, no se podían usar despachos de
agencias extranjeras, tampoco los de las privadas argentinas, ni hacer
cobertura propia de noticias. Lo único que se podía comunicar, era lo que venía
de la Agencia Oficial Telám.
Cualquiera que divulgara imágenes o comunicados, con el
propósito de perjudicar las actividades de las Fuerzas Armadas, podía ser
reprimido con reclusión de hasta diez años.
En el cine también existió censura, todas las películas
que no presentaban interés como diversión y que atentaban a los sentimientos
nacionales eran prohibidas parcial o totalmente.
Y en la televisión
reclamaban que los títulos incluyeran un mensaje positivo en lo moral, lo ético
y lo estético.
Todo esto es algo que en la actualidad
no sucede. De esta manera nosotros comprobamos nuestra HIPOTESIS.
Bibliografía
·
La dictadura (1976 – 1983).
Testimonios y documentos. Liliana Caraballo, Noemí Charlier, Liliana Garulli.
Editorial Cubeda.
·
Historia. El siglo XX. Ema Cibotti.
A-Z editora.
·
30 años de Historia Política
Argentina (1965 – 1995). Rubén E. Machi, Eduardo Kimel. Primera Edición 1995.
RR Ediciones.
·
Decíamos Ayer. La prensa argentina
bajo el proceso. Eduardo Blaustea, Martín Zubieta. Edición Colihue.