TEXTO BAJADO DE WWW.ALIPSO.COM
ÍNDICE
Nº
PÁGINA
1. EL
NACIMIENTO DEL CINE 2
2. EL PERIODO
MUDO 3
2.1. LOS
PRIMEROS AÑOS DEL CINE MUDO (1895-1914) 3
2.2. LA EDAD DE
ORO DEL CINE MUDO (1915-1927)
4
3. CINE
SONORO 5
4. EL CINE
FRANCÉS TRAS II GUERRA MUNDIAL
12
5. EL CINE FRANCÉS HOY 18
BIBLIOGRAFÍA
20
1. EL
NACIMIENTO DEL CINE
El cine,
aunque haya llegado a impregnar de tal forma la vida contemporánea hasta hacerse
consustancial a nuestro tiempo, es un invento joven, en plena evolución técnica
y artística.
La
primera proyección cinematográfica pública, con 35 espectadores, se produjo en
el salón Indien, del sótano del Grand Café, situado en el Boulevard des Capucines,
nº 14, de París. Fue el 28 de diciembre de 1895 y se proyectaron diez cortas
cintas de 16 metros cada una ofrecidas por los hermanos Louis y Auguste
Lumière. Nacía el séptimo arte, un nuevo medio que revolucionaría el mundo del
espectáculo: el CINE.
Mucho
se ha discutido sobre si los hermanos Lumière han sido o no los padres del
invento. Lo cierto es que el cinematógrafo es la culminación de una serie de
ideas que ya habían sido llevadas a la práctica en un proceso que duraría
muchos años:
-
Euclides (siglo II) idea en
artilugio mágico que produce el movimiento.
-
Leonardo da Vinci (siglo XV)
describe los principios de la cámara oscura.
-
El alemán Atanasio Kircher
(1654) crea la linterna mágica, aparato óptico con el que se hacen aparecer,
amplificadas sobre un lienzo o pared, figuras pintadas en vidrio, celuloide,
etc.
-
En 1822, Niepce consigue la
primera fotografía al lograr la permanencia de las imágenes usando betún de
Judea.
-
En 1833, Daguerre halla el
sistema para fijar definitivamente las imágenes fotográficas.
-
En 1879, Muybridge descubre el
zoopraxoscopio, un aparato que proyecta mediante una lámpara las diapositivas
de un animal en distintas fases de su movimiento, que habían sido impresionadas
sobre un disco giratorio.
-
En 1894, Edison presenta el kinetoscopio.
-
En 1895, Skaladanowsky
descubre el bióscopo, que proyectaba películas a la velocidad de seis
fotogramas por segundo.
De todos ellos
los dos últimos son los precedentes más inmediatos del descubrimiento de los
Lumière, cuyo invento era el más sencillo y perfecto de todos. Impresionaba la
película, proyectaba la cinta y funcionaba accionando una manivela que
arrastraba el filme a 15 imágenes por segundo. En 1896, el cinematógrafo ya
viajaba por todo el mundo: Londres, Bruselas, Viena, Madrid, Rusia...
En 1900
Charles Pathé ya vaticinó lo siguiente: “El cine será el teatro, el diario, la
escuela del porvenir”.
Pero para entender la
evolución del cine francés hay que partir de una de sus paradojas esenciales:
la de que, a pesar de que el capital extranjero haya desempeñado un papel
fundamental en la financiación de sus producciones, las películas resultantes
han tenido por lo general un sello específicamente francés. Este fenómeno es
característico de los periodos de mayor éxito internacional: la edad de oro del
cine francés (1929-1939) y la Nouvelle vague (nueva ola,
aproximadamente 1958-1968).
2. EL
PERIODO MUDO
2.1. LOS
PRIMEROS AÑOS DEL CINE MUDO (1895-1914)
Sin embargo,
los Lumière sólo veían en su invento un interés científico y pensaron que el
cine nunca conseguiría un gran porvenir comercial, lo que les llevó a dejar de
rodar en 1900. Más tarde, Meliès consigue superar el estadio documental de los
filmes de los Lumière al realizar películas que contaban historias y tenían un
argumento. Así, también en 1896, funda la primera empresa de producción
cinematográfica: la Star Film. Pasa a la historia como el creador del cine como
espectáculo. Algunos de sus más conocidos filmes salidos de sus estudios son El viaje de
Gulliver (1902), Viaje a la luna (1902) y 20.000
leguas de viaje submarino (1907).
El sistema de
Meliès fue perfeccionado por Pathé, coetáneo suyo y fundador de unas entidades
industriales -estudios, talleres de revelado, locales públicos de proyección-
que contribuyeron a que la producción francesa dominara el mercado europeo y
lograra un verdadero poderío económico.
Sin embargo,
no todo fueron alegrías. En 1897, un incendio en la feria del Bazar de la
Charité provocó la muerte a más cien personas, en su mayoría niños, por una
imprudencia del operador al encender una lámpara de éter, que servía de foco
luminoso en sustitución de la luz eléctrica. Pero en pocos años el cine
reconquistó el favor de las masas, aunque los filmes que se realizaban eran
cortos, de escasa imaginación y con intérpretes poco menos que improvisados.
Otro de los
pioneros del cine francés fue Gaumont, gran competidor de Pathé en el campo de
la producción, que comenzó su andadura haciendo noticiarios -Actualités- y
terminó por producir filmes estéticos.
2.2. LA EDAD DE ORO DEL CINE MUDO
(1915-1927)
La producción
cinematográfica francesa, interrumpida bruscamente en 1914, se reanudó un año
después con cierta debilidad.
Durante la
I Guerra Mundial, jóvenes cineastas como Abel Gance, Marcel L’Herbier o
Louis Delluc, tuvieron la oportunidad de dirigir e, impresionados por algunos
elementos del estilo cinematográfico estadounidense, desarrollar nuevas teorías
sobre cómo debía ser el arte de la cinematografía. Se trata del llamado
“impresionismo”. Inspirados por Intolerancia (1916), de D.W. Griffith, con
su montaje breve y de planos desconectados tomados de diferentes partes de las
múltiples acciones entrecruzadas del relato, realizaron una serie de películas
empleando insertos y primeros planos, en una técnica alejada de la suave
continuidad de las películas estadounidenses. En esta búsqueda de nuevos modos
de expresar emociones e ideas a través del cine, surgieron obras personales
como Fiebre,
de Louis Delluc y El dorado, de Marcel L’Herbier, ambas realizadas en 1921,
junto a algunas de Jean Epstein y Germaine Dulac. Se consideraron películas de
vanguardia en su día, pero estaban basadas en historias convencionales sobre
las que se desarrollaba una serie de efectos fílmicos, planteamiento que desde
una perspectiva más moderna las haría dudosamente vanguardistas. Se realizaban
con presupuestos muy bajos, en comparación con la mayoría de las películas
comerciales, y se sostenían gracias a los circuitos de cineclubes que
proliferaron en Francia durante la década de 1920.
No sólo estas películas
de vanguardia, sino incluso las películas francesas más comerciales de aquella
época, apenas se veían en otros países, en parte debido a la pobreza de su
producción y en parte a lo anticuado de sus resultados finales. Esta última
característica también alcanzaría a las películas de Abel Gance. Influenciado
por las obras de D.W. Griffith, llevó más lejos el montaje rápido, hasta
componer escenas en las que los planos duraban apenas unos cuantos fotogramas y
se disponían en esquemas métricos. Este enfoque se combinaba con títulos muy
poéticos y un estilo de melodrama pasado ya de moda en La rueda (1923), mientras
que su monumental Napoleón (1925) añadía extravagantes movimientos de cámara y
escenas rodadas en triple pantalla, con una duración total de 195 minutos.
Gance se deja llevar
por sus impulsos y por un lirismo a menudo desordenado, contrariamente a
L’Herbier, frío y resguardado tras una negativa evidente a entregarse.
Al final de la década
de 1920 hubo un intento de “americanización” del estilo y los temas tratados;
al mismo tiempo aumentaron las inversiones estadounidenses y alemanas y las
coproducciones. Sin embargo, estas operaciones no devolverían la producción
francesa a la escena internacional hasta la introducción del sonoro.
3. CINE SONORO
Una serie de intentos
prometedores para desarrollar una tecnología francesa de cine sonoro fracasaron
por lo insuficiente de las inversiones que los respaldaban, lo que forzó a los
estudios y a las salas de exhibición a recurrir a los costosos equipos
estadounidenses o alemanes. Así, estos dos países pasarían a desempeñar un
papel esencial en la producción inicial del cine sonoro francés.
Los estudios de la
Paramount en Joinville se habían diseñado para entrar en los mercados de habla
no inglesa mediante el rodaje de versiones simultáneas de cada película en
diferentes idiomas. Pero a comienzos de 1932 este sistema ya no resultaba
económico, y Joinville se convirtió en un centro de doblaje. Los estrechos
planteamientos de esta productora se habían opuesto militantemente al enfoque
artístico del cine, así que la adaptación que Alexander Korda hizo del éxito
teatral de Marcel Pagnol Marius (1931), fue algo atípico. Esta
película tuvo un éxito arrasador en Francia porque retrataba las costumbres y
el habla regionales, junto con la energía y el encanto de las interpretaciones
y de la historia. Pagnol escribió una segunda parte, Fanny (1932), y luego otra, César
(1936). La trilogía tuvo tal éxito dentro y fuera del país, que en 1934 Pagnol
construyó sus propios estudios con tres platós en Marsella.
Mientras, la compañía
alemana Tobis-Klangfilm se enfrentaba al dominio estadounidense sobre Europa en
las pantallas y también en los tribunales, basándose en patentes rivales relacionadas
con las cámaras sonoras. En sus estudios de Epinay inició una serie de
películas dirigidas por René Clair, cuyos escritos articularon la oposición al
teatro filmado. Sus obras Bajo los techos de París (1930), El millón
y Viva la
libertad (ambas de 1931) contribuyeron al prestigio de la producción
sonora francesa en el extranjero, pese a que el ascenso de los nazis al poder
en Alemania convirtiese a Clair en un director inaceptable para la Tobis y éste
tuviese que buscar trabajo fuera de Francia.
De las compañías
francesas, la Pathé-Nathan (nueva constitución de la antigua compañía francesa
de los hermanos Pathé) se introdujo en la producción sonora con películas como La pequeña
Lisa (1930), de Jean Grémillon, considerada una anticipación del
fatalismo melancólico y el compromiso con los marginados típicos del realismo
poético, la escuela dominante en la edad de oro. El guionista de esta película,
Charles Spaak, sería una figura esencial en aquella época, sólo superada en
importancia por la del poeta Jacques Prévert, ya que ambos escribieron la
mayoría de los papeles de la gran estrella francesa de aquellos años, Jean
Gabin. La contribución de Prévert, a través de una larga colaboración con el
director Marcel Carné, dio como resultado Quai des Brumes (El muelle de las brumas,
1938) y Amanece
(1939). Spaak, por su parte, escribiría La belle équipe (1936), de Jean Duvivier y
Los bajos
fondos (1936) y La gran ilusión (1937), ambas de Jean
Renoir, menos fatalista en la concepción de sus personajes que los directores
del realismo poético.
Gaumont quebró en 1934,
seguida en 1936 por la Pathé-Nathan, en escandalosas circunstancias, pese a lo
cual la calidad de las películas de este periodo no decayó. De hecho, otra de
las paradojas de la industria cinematográfica francesa radica en que sus
máximos logros artísticos se dieron estrechamente unidos al fracaso de sus
grandes compañías en su intento de dominar la producción, distribución y
exhibición; dominio que las habría hecho capaces de resistir eficazmente a las importaciones
extranjeras, en particular a las estadounidenses. En consecuencia, el grueso de
la producción ha estado en manos de pequeñas compañías independientes, a menudo
con menos capital del necesario, incapaces de alcanzar esa continuidad en la
producción que caracterizó a la industria de Hollywood de 1920 a 1960, base
fundamental de la fuerza comercial, técnica e incluso artística de esta
industria. A cambio, los cineastas franceses han tenido más oportunidades de
encontrar algún inversor ocasional, o un grupo de ellos, decididos a sostener
un proyecto arriesgado.
Un director y guionista muy importante en la historia del cine francés
y mundial es Jean Cocteau. En 1923, este personaje consumió opio, una
experiencia que describió en Opio (1923), y que le obligó a pasar un
periodo de recuperación en un sanatorio. Durante este tiempo escribió algunas
de sus obras más importantes: Orfeo (1927) y La máquina infernal (1934),
la novela Los
muchachos terribles (1929) y su primera película, La sangre de un poeta
(1930).
Las películas de
Cocteau, en su mayoría escritas y dirigidas por él, fueron especialmente
importantes en la introducción del surrealismo en el cine francés. Varias de
ellas, especialmente La bella y la bestia (1945), Orfeo
(1950) y Los
muchachos terribles (1929), han llegado a ser consideradas clásicas
del cine moderno. Con estas películas captó la atención del público.
Su objetivo no era únicamente el de aprender la técnica necesaria; al mismo
tiempo estaba intentando descubrir una estructura, unos enfoques temático y
visual que le permitieran expresar sus mitos y obsesiones privadas en términos
accesibles para el gran público. En La Bella y la Bestia, la fantasía y la
realidad llegan a complementarse tan perfectamente que resulta imposible no
creer en la verdad del cuento de hadas que nos narra Cocteau; mientras que, en Orfeo,
el mito está tan firmemente arraigado en la vida cotidiana que la exploración
poética de Cocteau de la imaginación creativa funciona, simultáneamente y sin
fisuras, como una espléndida muestra de “cine negro”.
El eterno retorno (1943), que escribió para Jean Delannoyt, suele citarse como el más
fructífero de todos esos experimentos, quizá por tratarse de una recreación del
mito de Tristán e Isolda, que pone el acento en la muerte como único medio de
perpetuar el amor, y por recordar bastante el estilo y la temática de obras
teatrales de Cocteau, tales como Antígona y Renaud et Armide. Mucho más
interesante es, sin embargo, Le Baron Fantôme (1943), dirigida por
Serge de Poligny, y en la que Cocteau figuraba sólo como dialoguista, aparte de
interpretar un pequeño papel. A pesar de ello, y de algunos pequeños lapsus,
esta película es inequívocamente de Cocteau, quien dejó su sello en toda ella,
eclipsando así al oscuro Poligny. La atmósfera de cuento de hadas aquí presente
la tomó Cocteau prestada de la imaginería propia del cine de terror y la utilizó
siempre en su búsqueda de efectos mágicos.
La ilustración muestra
un fotograma de la película La bella y la bestia (1945) de Jean
Cocteau, en la que aparece Jean Marais (la bestia) y Josette Day (la bella).
Esta película surrealista, escrita y dirigida por el mismo Cocteau, abrió
nuevas vías al cine francés y está considerada un clásico del cine moderno. A pesar de sus éxitos en prácticamente
todos los campos artísticos, Cocteau insistió en que era ante todo un poeta y
que todas sus obras eran poesía. Murió el 11 de octubre de 1963 en
Milly-la-Fôret, cerca de Fontainebleau.
Por otro lado, la
carrera de Jean Renoir, posiblemente el más destacado director de la historia
del cine francés, e indudablemente uno de los grandes narradores del siglo XX,
es ejemplar a este respecto. La primera película sonora que dirigió fue gracias
a su amigo y antiguo colaborador, el productor independiente Pierre
Braunberger, que había constituido una productora mediante el acuerdo con un
distribuidor regional, Richébé. Su segunda película para la compañía, La golfa
(1931), con Michel Simon, fue tan controvertida artística y técnicamente que
Renoir sólo fue capaz de salvarla de Richébé, que exigía hacer un nuevo
montaje, acudiendo, por sugerencia de Braunberger, al principal inversor de la
compañía, un fabricante de zapatos, a través de la amante de éste.
La historia de como se
llegó a poner en pie La gran ilusión (1937) es igualmente
instructiva. Jean Gabin adoraba el papel que iba a interpretar y la historia
misma, fruto de las experiencias del camarada de vuelo de Renoir durante la
I Guerra Mundial, el general Pinsard, y sus diversas fugas de los campos
de prisioneros. A pesar de esto, le llevó tres años conseguir la financiación
necesaria, y el propio Renoir afirma que fue posible sólo gracias a que el
financiador de la película, Rollmer, y su ayudante, Albert Pinkévitch, no
pertenecían a la industria cinematográfica, por lo que carecían de prejuicios
sobre lo que podía o no tener éxito. Una vez realizada, fue elegida como mejor
película extranjera en el Festival Mundial de Nueva York, obtuvo un premio especial
creado para ella en el Festival de Venecia, e hizo que el presidente Roosvelt,
tras un pase privado en la Casa Blanca, declarara: “Todas las democracias del
mundo deberían ver esta película”.
La moraleja a extraer
de estas anécdotas es que en el cine francés la figura del creador personal ha
tenido tanto peso como el de la rigidez de las estructuras y los prejuicios de
su industria y sus directivos. Es este cine personal el que le ha proporcionado
el éxito fuera de sus propias fronteras, permitiendo a Francia, tras el final
de la II Guerra Mundial, situarse inmediatamente detrás de Estados Unidos
en el número de películas exportadas.
Renoir fue pionero en
el uso del sonido directo, hacía las tomas de sonido en la misma localización
para asegurarse de que las interpretaciones individuales se efectuaban dentro
de su contexto original, articulándose la imagen y el sonido de forma
simultánea. A menudo trabajaba con escenarios construidos en la propia
localización, de modo que el interior de las casas de los protagonistas se
pudiera conectar con los exteriores que les rodeaban.
Más tarde, al verse
amenazada la democracia por el ascenso del fascismo en Europa, el compromiso de
Renoir con la sociedad y la comunidad adquiriría una dimensión política
explícita. Su única colaboración con Prévert, El crimen de monsieur Lange
(1936) se distribuyó pronto en ese año electoral. Es una narración polémica de
extraordinaria energía y gran valor artístico que desinfla la retórica fascista
al colocarla en labios de un estafador, proponiendo los ideales cooperativistas
del Frente Popular como una alternativa.
Sólo tras el
hundimiento del Frente Popular, en vísperas de la guerra, la visión de Renoir
incorporó el fatalismo del realismo poético en La regla del juego (1939).
Sin embargo, sus
personajes no son aquí gentes de un grupo marginal, sino la mismísima alta
sociedad; y su protagonista, víctima del destino, no es ningún obrero
industrial destruido por los celos, ni un desertor del ejército, sino un héroe
nacional. Los espectadores encontraron intolerable este punto de vista,
silbando y pateando durante el pase de la película, que fue primero cortada por
la censura y, después del paréntesis de la guerra, prohibida por desmoralizadora,
prohibición que también alcanzó a Amanece (1939), dirigida por Marcel Carné.
En consecuencia, si la obra maestra de Renoir se conserva aún hoy es gracias a
su restauración a finales de la década de 1950, en la que se repusieron los
fragmentos eliminados anteriormente.
En los años previos a
la guerra varios cineastas, entre ellos Renoir, participarían activamente en
las campañas organizadas por Ciné-Liberté, grupo de la Casa de Cultura del
partido comunista francés creado para reformar la legislación de la industria
francesa a través de campañas que se intensificarían después de la subida del
Frente Popular al poder en 1936. La política que se proponía consistía en
acabar con las cuotas de películas importadas y, en cambio, gravarlas con
impuestos destinados a apoyar la producción francesa. Se hacía también un
llamamiento a la abolición inmediata de la censura cinematográfica, responsable
de la negativa a conceder licencias de exhibición pública a ciertas películas,
entre las que se encontraban Zero en conduite (Cero en conducta, 1933), la
mejor película de Jean Vigo, un relato contra el autoritarismo de sus días de
escolar; La
vie est à nous (La vida es nuestra, 1936), creación
colectiva bajo la supervisión de Renoir durante la campaña electoral del partido
comunista, y los clásicos soviéticos. La obra maestra del surrealismo
cinematográfico, La edad de oro (1930), de Luis Buñuel, había sido asimismo
prohibida por la policía parisina al amparo de otra ley, prohibición que
desencadenó un tumulto en el cine donde se estaba proyectando.
Irónicamente, mientras
que el Frente Popular nunca llegó a poner en práctica estas medidas legislativas,
las ideas desarrolladas para su gobierno serían adoptadas por el régimen de
Vichy del mariscal Pétain, que tomó el poder al caer Francia bajo el dominio
alemán y terminar la Tercera República en 1940, gobernando las regiones
francesas no ocupadas por los alemanes o incorporadas al Tercer Reich. De
éstas, la iniciativa más importante fue la constitución del Comité de Organización
de la Industria Cinematográfica, sustituido en 1946, dos años después de la
liberación de Francia, por el Centro Nacional de la Cinematografía, aún hoy la
institución encargada de canalizar el apoyo financiero a la industria. Los
fondos de este apoyo proceden de las retenciones efectuadas sobre lo recaudado
en taquilla, presupuestos generales del gobierno e impuestos a las
televisiones. Hay dos tipos de apoyos disponibles: uno que consiste en la
distribución de cierta cantidad de dinero a una película en función de sus
ingresos en taquilla (lo que se supone que ayudará a financiar nuevas
producciones), y otro que concede subvenciones previas al rodaje, como adelanto
de los ingresos posteriores. Estas ayudas se constituyeron en 1960, por lo que
desempeñarían un papel esencial apoyando financieramente los inicios de la nouvelle
vague. Todavía hoy supone un apoyo inestimable para los cineastas
independientes.
Aunque bastantes
actores y directores, entre ellos Jean Renoir que se instaló en Estados Unidos,
abandonaron el país tras su caída en poder de los nazis en 1940, quedaron los
suficientes como para mantener la continuidad con la década anterior. Carné y
Prévert harían su mejor película, Los niños del paraíso (distribuida en
1945, tras la liberación), mientras que Lumiére d’été (Luces del verano) y Le ciel est
à vous (El cielo es vuestro) muestran a Grémillon
en su mejor momento.
Al comienzo de
la II Guerra Mundial, los estudios cesaron su actividad y la realización de
muchos filmes fue detenida. Este fue el caso de Remordimiento, de Jean
Grémillon, cuyo rodaje fue reanudado un poco más tarde. Pero René Clair no pudo
hacerlo con Air
Pur, ni Marc Allegret con La coraire, según la obra de Marcel
Achard. Confiado en la acción que durante la guerra anterior había tenido la
Sección fotográfica y cinematográfica del ejército, el gobierno decide utilizar
el cine para la información y la propaganda. Disponía de dos organismos, el
Servicio cinematográfico del Ejército, que dirigía el comandante Calvet, y el
Servicio cinematográfico del Comisario general de información, de Jean
Giraudoux. Fueron elaborados varios proyectos de filmes de propaganda, pero
pocos llegaron a buen fin. Por su parte, la prensa filmada -y particularmente
los noticiarios Gaumont, que dirigía Germaine Dulac- había realizado
normalmente su misión de información.
Desde el
comienzo de la ocupación las autoridades alemanas se apoderaron, claro está, de
todos los medios cinematográficos, principalmente de la censura, y, a pesar de
sus declaraciones constantemente renovadas de colaboración con el Comité de
organización de la industria cinematográfica, que el gobierno había creado
dentro del Ministerio de Información, todas las ocasiones les fueron buenas
para buscar dificultades a los que intervenían en la producción y en la
explotación cinematográficas.
A pesar de
todas estas limitaciones y trampas, la producción, que había sido de 75 filmes
en 1939 y que había caído a 30 en 1940, se eleva a 41 al año siguiente para alcanzar
72 en 1942 y 82 en 1943. Por su lado, las salas cinematográficas, en las que se
prohibía la proyección de filmes americanos e ingleses, alcanzaron dos mil
millones de recaudación, cifra que, en 1943, se eleva a tres mil millones.
4. EL
CINE FRANCÉS TRAS LA II GUERRA MUNDIAL
En la década de 1940, los principales nuevos
realizadores fueron Robert Bresson y Jacques Tati. Las historias de redención
del primero, desde Las mujeres del bosque de Bolonia (1945), Diario de un
cura de campaña (1950), Un condenado a muerte se ha fugado (1956),
El azar
de Baltasar (1966), hasta El dinero (1983) rezuman una austeridad
estilizada y un rigor que durante más de treinta años distinguirían su trabajo
del de otros cineastas. Sus películas resultan “difíciles” por su falta de
adornos y por ir en contra de las expectativas de los espectadores sobre cómo
debe contarse una historia.
Pero la sobria y estoica aceptación de los
problemas de la vida de que hacen gala obras como las ya señaladas antes, Le journal
d’un curé de campagne (1950) y Un condenado a muerte se ha fugado (1956),
las dota de una belleza clásica y grave que ha convertido a Bresson en uno de
los directores más respetados en Francia. Con la primera compone un “diario”
mostrando a un joven sacerdote sentado a la mesa y escribiendo. Después, se asiste
al desarrollo de la acción. El mismo procedimiento se repite en cada secuencia.
El público fue sensible a la humanidad del personaje, magníficamente expresada
por el debutante Claude Laydu. El film recibió el Premio Louis Delluc.
La ausencia de
actuación en las películas de Bresson y la peculiar forma de comportarse de sus
protagonistas (con la mirada casi siempre baja y movimientos bruscos) implican
que los conflictos interiores se revelan mejor por medios indirectos, en este
caso superando las convenciones teatrales y centrándose en los estados
anímicos, que se manifiestan con independencia de la voluntad consciente del
actor.
Por su parte, Jacques
Tati, procedente del music-hall, comenzó su andadura por el
cine haciendo cortos. Su primer corto fue Champion de tennis (1932) que, aunque era
técnicamente deficiente, le ayudó a ir creando el personaje extravagante.
Día de fiesta
(1949) sería el debut de Tati en los largometrajes. Esta película lo consagró
definitivamente al obtener el premio al mejor guión en el Festival de Venecia
y, en 1950, el Grand Prix du Cinéma en el de Cannes. Después realizó Las
vacaciones de monsieur Hulot (1953), en la que introduce a su
personaje cómico característico, un enloquecido fumador en pipa, que él mismo
interpreta en ésta y en sus siguientes películas. Sus gestos, movimientos y
ruidos (sin diálogos), serían las piedras angulares del arte de Tati que le
llevarían a Mi
tío (1958), su mayor éxito, y Playtime (1967), donde hace un uso
innovador de la película en 70 milímetros. Al final de su vida, con ciertas dificultades económicas,
sus intentos de adaptar su querido personaje de Hulot al ambiente más áspero de
finales del siglo XX no tuvieron éxito. En 1979, recibió el Gran Premio
Nacional de las Artes y las Letras del gobierno francés.
Nunca el cine francés
vio renovarse su personal tan generosamente, tan fácilmente, como en los años
cincuenta. A esta renovación se le suele dar el nombre de Nouvelle Vague, expresión
cuyo éxito se debe a lo gráfico de la imagen, pero que no encaja en la realidad
porque debe tener un sentido preciso y, en cierto modo, revolucionario, que no
conviene a todos los que han dado sus primeros pasos como realizadores desde
1950.
René Clair filma, tras
regresar del exilio, en 1947, El silencio es oro, una bella
reconstrucción de los primeros tiempos del cine. En su siguiente filme, La belleza
del diablo (1950), se sirve del tema de Fausto para alertarnos sobre
una amenaza atómica. Más tarde, realiza Mujeres soñadas (1952), Las
maniobras del amor (1955), ambas con Gerard Philipe; Puerta de
las Lilas (1957), con el que regresa al ambiente popular, y Fiestas
galantes (1965), su última película y cuya importancia reside en los
medios materiales puestos a su disposición. El 17 de junio de 1960 es nombrado
miembro de la Academia Francesa, lo cual contribuye a que el cine sea
considerado oficialmente como un hecho cultural; sin embargo, su obra
cinematográfica no siempre ha sido bien acogida por la crítica joven.
Renoir y Max Ophuls,
huidos de los nazis durante la guerra (Ophuls, judío alemán, ya había huido
antes a Francia por la misma razón), volverían de Hollywood en la década de
1950, para proseguir su labor. En el caso de Ophuls dio frutos como La ronda
(1950), El
placer (1952), Madame de… (1953), con un tema que
recuerda a Liebelie, y Lola Montes (1955), una biografía de la
favorita de Luis I de Baviera sin mucha relación con la verdad histórica y que
constituye su obra maestra del cinemascope mutilada antes de su exhibición, que
son quizá sus mejores logros. Con él había llegado también su hijo Marcel, hoy
una gran figura del documental, de entre cuyas películas destacan Le Chagrin
et la pitié (1971), crónica de Clermont-Ferrand durante la ocupación
alemana, realizada para la televisión francesa, que se negó a emitirla, y Hotel
Terminus (1988), sobre las actividades del nazi Klaus Barbie,
producida sin ningún apoyo financiero francés, por la causticidad de su
análisis de la Francia ocupada por los nazis.
Renoir, en su nueva etapa, renuncia al tono
comprometido de sus filmes anteriores. Rueda en Italia La carroza de oro
(1952), retrato de una compañía de cómicos ambulantes, luego, French Can-Can
(1954), un homenaje al impresionismo de Toulouse-Lautrec; Elena y los hombres
(1956), un cuadro de costumbres parisienses; Comida en la hierba (1959), una
sátira sobre los científicos, y El testamento del Dr. Cordelier (1962), sobre
el tema del Dr. Jeckill.
En
otro orden de cosas, el éxito de las películas de Roger Vadim protagonizadas
por su esposa Brigitte Bardot (más tarde se separarían), de las que Y dios creó
a la mujer (Et Dieu créa la femme, 1956), fue el
primero, mostraron que había un mercado potencial para las películas dirigidas
a los jóvenes espectadores, nuevos y numerosos. Algunos consideran a Vadim sólo
un adelanto al movimiento renovador. Con esta película, lanzó al mundo entero
un nuevo tipo de mujer, mezcla de candor, ingenuo y perversidad. El éxito de la
cinta se vio acrecentado por las protestas de las ligas de decencia y por los
ataques de la censura, atentos más a escenas de cierto atrevimiento erótico que
a lo que podía representar de novedosa la postura femenina encarnada por la
protagonista. A partir de entonces se hicieron inmediatamente famosas las
siglas B. B. Más tarde, el cine de Roger Vadim derivó hacia caminos más comerciales
en menosprecio de su originalidad.
Sus filmes representan
en Francia, desde 1956, una tradición que viene de Hollywood; son, a la vez,
film de autor y de productor. Encierran ya el éxito, tanto por lo que atañe a
la estrella como al guión, al color, al cinemascope, al refinamiento estético,
y se envuelven en una publicidad bien dirigida.
Algunos productores
franceses comenzaron a respaldar a otros jóvenes cineastas capaces de trabajar
rápido o con recursos mínimos. Los más destacados en aprovechar esta
oportunidad de producción, fueron un grupo de jóvenes críticos, entre los que
estaban Claude Chabrol, Jean Luc Godard, Jacques Rivette, Eric Rohmer y
François Truffaut, que mientras aprendían su oficio en las pantallas de la
cinemateca francesa fundaban, apadrinados por André Bazin, Cahiers du Cinéma, la
revista de crítica de cine más prestigiosa del mundo.
El trabajo de estos
directores rompió en varios sentidos las convenciones del estilo tradicional de
hacer cine: no respetaba la estructura tradicional de los guiones y las
transiciones formales suaves, hacía movimientos de cámara evidentes, se saltaba
el eje de acción y rechazaba el brillo de la iluminación de estudio. Godard,
Truffaut y su operador Raoul Coutard, lideraron la vuelta a las localizaciones
naturales, incluso en escenas de interiores. Esta forma de trabajar encajaba a
la perfección con la espontaneidad de nuevos intérpretes como Jeanne Moreau,
Anna Karina, Jean-Paul Belmondo, Jean-Pierre Léaud o incluso Brigitte Bardot,
estrella del antiguo estilo. También contribuyó a hacer posible esta nueva
forma de rodar la introducción de la cámara ligera Cameflex, de 35 mm,
fabricada por la compañía Éclair desde 1948. De un modo semejante, los
experimentos de Chris Marker y el antropólogo Jean Rouch con las cámaras
ligeras y silenciosas Éclair de 16 mm, revitalizarían el documental. Pierre
Braunberger sería el financiero de muchos de estos avances, tras haber producido
una serie de cortometrajes muy relevantes de Alain Resnais, que pasaría al
largometraje en 1959 con Hirosima, mon amour, sobre texto de
Marguerite Duras.
En ese mismo año
también debutaba en el largometraje de ficción otro cineasta algo mayor, Georges
Franju, que había sido cofundador junto con Henri Langlois de la cinemateca en
1934. Antes, Franju se había dedicado al documental, con resultados tan
notables como La sang des bêtes (La sangre de las bestias, 1948) u Hôtel des
Invalides (1951). Otras figuras importantes de la nouvelle
vague fueron Agnès Varda, que provenía del reportaje gráfico y su
marido Jacques Demy.
Claude Chabrol rodó su
primer filme, El bello Sergio (Le beau Serge), en 1958, con un dinero que
heredó de su mujer. Con escaso presupuesto y actores desconocidos, su éxito de
crítica y de público fue tal que ese mismo año pudo rodar Los primos (Les cousins),
un testimonio de una juventud de posguerra sin reglas ni leyes que se debate
entre el deber y el placer; sin embargo, a partir del fracaso de Les bonnes
femmes (1960), se dedicó a un cine de encargo -Landrú (1962), El tigre se
perfuma con dinamita (1965), Champaña para un asesino (1966)-, hasta
que con Les
biches (1968) inauguró una etapa, la mejor, con unas películas que
profundizan en el estudio del alma humana: La mujer infiel (1968), El carnicero
(1970), Al anochecer (1971) y La década prodigiosa (1972).
Jean-Luc Godard, figura
emblemática del movimiento, haría desde Al final de la escapada (A bout de
souffle, 1959), hasta Weekend (1967), un verdadero viaje de
descubrimiento a través de 15 películas y varios cortometrajes, en los que
experimentó con nuevos recursos para el cine narrativo. Este enfoque
experimental de buena parte del cine de esta corriente hizo creer durante un
tiempo que las convenciones de la construcción cinematográfica habían sido
superadas, pero según confluían a mediados de los sesenta la nouvelle
vague y las principales productoras, se hacía cada vez más difícil
distinguir entre los trabajos de Truffaut, por ejemplo, y los de Louis Malle,
director con talento pero más convencional, que había comenzado su carrera como
director al mismo tiempo que los de la nouvelle vague. En consecuencia, las
películas francesas más interesantes durante más de una década no tendrían nada
que ver con el movimiento, y serían las del veterano exiliado español Luis
Buñuel.
Sólo Godard y Rivette
persistieron en su enfoque experimental, seguidos en los setenta por Marguerite
Duras que, en películas como Nathalie Granger (1972), Canción india
(1974) y Le
camion (1977), continúa explorando las relaciones entre sonido e
imagen, narración y memoria, pasado e imaginación, que caracterizaron más que a
la nouvelle
vague inicial a la nouveau roman (nueva novelística) de la
que ella era una representante destacada.
Otro portaestandarte de
la “nouvelle
vague” es François Truffaut, violento polemista en el curso de su
carrera cinematográfica y demoledor despiadado de viejas glorias en su época de
crítico. Se inició con Los cuatrocientos golpes (Les quatre-cent
coups, 1959). El título traducido al pie de la letra no quiere decir nada. Esta
película es una mirada subjetiva al mundo de la adolescencia, de gran contenido
autobiográfico. Su protagonista, Anton Doinel y el actor que lo encarna, Jean
Pierre Leaud, aparecen en distintas etapas de su vida en otros filmes del
realizador; El
amor a los veinte años (1962), el primer amor; Besos robados (1969),
trabajo y noviazgo; Domicilio conyugal (1970), matrimonio; L’amour en
fuit (1978), fracaso amoroso. En Jules et Jim (1961) presenta el amor y la
amistad a través de la relación amorosa compartida entre una mujer (Jean
Moreau) y dos íntimos amigos. El sentimiento amoroso es analizado también desde
otros ángulos en La piel suave (1964), otra historia con triángulo; La novia
vestía de negro (1967), donde un amor truncado después de la boda
incita a la venganza; La historia de Adèle H (1975) y La mujer de
al lado (1981), dos historias de amor con circunstancias y matices
muy distintas, pero ambas con un desenlace trágico.
En 1980 trabajó con
Catherine Deneuve, cuyo verdadero nombre es Catherine Dorléac, en “El último
metro”, un homenaje al teatro y que tuvo mucho éxito. Por esta
película, esta actriz francesa obtuvo el Oscar a la mejor actriz. En cualquiera
de los casos, la fina sensibilidad del realizador le impide caer en fáciles
exhibicionismos.
Teniendo en cuenta a
estos directores, películas y actores, podemos sintetizar las características
de la Nouvelle
vague en los siguientes puntos:
-
Se trata de un cine de autor.
-
Es un cine estético, no
comprometido. El único interés de sus realizadores es hacer cine, no es
educación, ni política, ni crítica social.
-
Improvisación y naturalidad
social frente a la cuidada elaboración del cine tradicional.
-
Tendencia hacia el análisis
psicológico de los personajes.
-
Reducidos presupuestos
económicos.
5. EL
CINE FRANCÉS HOY
Las películas francesas
obtienen con frecuencia buenos resultados de taquilla, como Los
visitantes (1992, Jean Marie Poiré), uno de los mayores éxitos
comerciales europeos de principios de la década de 1990. Pero la pasión y el
carácter experimental que caracterizaron las obras maestras de la edad de oro o
la nouvelle
vague inicial son hoy difíciles de encontrar. Incluso muchos de los
más recientes experimentos de Godard, o un proyecto tan personal como el de
Bertrand Tavernier en Daddy Nostalgie (1990), parecen
emocionalmente blandas en comparación con las de épocas pasadas.
Parte del problema procede probablemente de
un cambio en los sistemas de exhibición producido a finales de la década de
1980, que no era otra que la adopción en Francia de las políticas de marketing
de Hollywood: un alto presupuesto en publicidad y la exhibición simultánea de
una sola película hasta en 50 salas. Así, no queda espacio de exhibición y los
canales de distribución se estrechan (y con ello la producción independiente)
al no dar lugar a que una película más arriesgada o más personal gane audiencia
gradualmente, como resultado de la recomendación de espectador a espectador.
Quedan pocas películas con posibilidades de distribución autónoma, y éstas
deben ser apoyadas por una fuerte inversión promocional-publicitaria, que
determinará a la postre una actitud muy conservadora en las grandes productoras
y distribuidoras.
Aunque
haya grandes estrellas, como Gérard Depardieu, al que se le recuerda desde sus
primeros trabajos con Truffaut hasta sus más recientes éxitos como el Cyrano de
Bergerac (1990) de Jean-Paul Rappeneau, basado en la obra de Edmond
Rostand, las estrellas por sí solas no crean las películas, aunque contribuyan
a su grandeza.
BIBLIOGRAFÍA
-
JEANCOLAS, JEAN-PIERRE: “Historia del cine francés”. Editorial Acento,
Madrid, 1997.
-
CIRERA ZAPATERO, MARIANO: “Breve historia del cine”.
Editorial Alhambra, S. A., Madrid, 1986.
-
“Historia Universal del Cine”. Grupo
Editorial Planeta, Barcelona, 1990.
-
“El cine, su técnica y su historia”.
Editorial Ramón Sopena, S. A., Barcelona, 1984.
-
JEANNE, RENÉ Y FORD, CHARLES: “Historia ilustrada del cine, 1: El cine
mudo (1895-1930)”. Alianza Editorial, Madrid, 1974.