![]() |
Haga click para publicitar en Alipso.com |
| Buscando Secundarios
| Universidades
| Carreras
| Test
Orientación Vocacional | Medios
| Profesores particulares
| Institutos
| Campus Material Monografias | Exámenes Secundarios | Exámenes Universitarios | Enlaces | Enviar material | Diversión Postales | Humor | Descargas | Juegos Comunidad Foros | Institucional Publicite | En su sitio | Contáctese Cursos en Buenos Aires Cursos de Informática | Cursos de apoyo al CBC | Carreras y Cursos de Diseño, Comunicación, Arte y Fotografía |
|
|
Imprimir apunte |
Recomendar a un amigo |
Recordarme el recurso |
|
Más sobre este recurso: Catalogado en base de datos como: El Cosmos: Agregado: 12 de ABRIL de 2000 | Palabras: 3375 | Votar! | 1 voto | Promedio: Categoría: Apuntes y Monografías > Astronomía > |
|
El
hombre empezaba a aventurarse, en el sentido casi exacto de la palabra, por
otros mundos.
La exploración subsiguiente de la Tierra fue una empresa mundial,
incluyendo viajes de ida y vuelta a China y Polinesia. La culminación fue sin
duda el descubrimiento de América por Cristóbal Colón, y los viajes de los
siglos siguientes, que completaron la exploración geográfica de la Tierra. El
primer viaje de Colón está relacionado del modo más directo con los cálculos de
Eratóstenes. Colón estaba fascinado por lo que llamaba la "Empresa de la
Indias", un proyecto para llegar al Japón, China y la India, no siguiendo
la costa de África y navegando hacia el Oriente, sino lanzándose audazmente
dentro del desconocido océano occidental; o bien como Eratóstenes había dicho
con asombrosa preciencia: "pasando por mar de Iberia a la India".
Colón
había sido un vendedor ambulante de mapas viejos y un lector asiduo de libros
escritos por antiguos geógrafos, como Eratóstenes, Estrabón y Tolomeo, o de
libros que trataran de ellos. Pero para que la Empresa de las Indias fuera
posible, para que las naves y sus tripulaciones sobrevivieran al largo viaje,
la Tierra tenía que ser menor de lo que Eratóstenes había dicho. Por lo tanto
Colón hizo trampa con sus cálculos, como indicó muy correctamente la facultad
de la Universidad de Salamanca que los examinó. Utilizó la menor circunferencia
posible de la Tierra y la mayor extensión hacia el este de Asia que pudo
encontrar en todos los libros de que disponía, y luego exageró incluso estas
cifras. De no haber estado las Américas en medio del camino, las expediciones
de Colón habrían fracasado rotundamente.
La
Tierra está en la actualidad explorada completamente. Ya no puede prometer
nuevos continentes o tierras perdidas. Pero la tecnología que nos permitió
explorar y habitar las regiones más remotas de la Tierra nos permite ahora
abandonar nuestro planeta, aventuramos en el espacio y explorar otros mundos.
Al abandonar la Tierra estamos en disposición de observarla desde lo alto, de ver
su forma esférica sólida, de dimensiones eratosténicas, y los perfiles de sus
continentes, confirmando que muchos de los antiguos cartógrafos eran de una
notable competencia. ¡Qué satisfacción habrían dado estas imágenes a
Eratóstenes y a los demás geógrafos alejandrinos!
Fue
en Alejandría, durante los seiscientos años que se iniciaron hacia el 300 a. de
C., cuando los seres humanos emprendieron, en un sentido básico, la aventura
intelectual que nos ha llevado a las orillas del espacio. Pero no queda nada
del paisaje y de las sensaciones de aquella gloriosa ciudad de mármol. La
opresión y el miedo al saber han arrasado casi todos los recuerdos de la
antigua Alejandría. Su población tenía una maravillosa diversidad. Soldados
macedonios y más tarde romanos, sacerdotes egipcios, aristócratas griegos,
marineros fenicios, mercaderes judíos, visitantes de la India y del África
subsahariana -todos ellos, excepto la vasta población de esclavos- vivían
juntos en armonía y respeto mutuo durante la mayor parte del período que marca
la grandeza de Alejandría.
La
ciudad fue fundada por Alejandro Magno y construida por su antigua guardia
personal. Alejandro estimuló el respeto por las culturas extrañas y una
búsqueda sin prejuicios del conocimiento. Según la tradición -y no nos importa
mucho que esto fuera o no cierto- se sumergió debajo del mar Rojo en la primera
campana de inmersión del mundo. Animó a sus generales y soldados a que se
casaran con mujeres persas e indias. Respetaba los dioses de las demás
naciones. Coleccionó formas de vida exóticas, entre ellas un elefante destinado
a su maestro Aristóteles. Su ciudad estaba construida a una escala suntuosa,
porque tenía que ser el centro mundial del comercio, de la cultura y del saber.
Estaba adornada con amplias avenidas de treinta metros de ancho, con una
arquitectura y una estatuaria elegante, con la tumba monumental de Alejandro y
con un enorme faro, el Faros, una de las siete maravillas del mundo antiguo.
Pero
la maravilla mayor de Alejandría era su biblioteca y su correspondiente museo
(en sentido literal, una institución dedicada a las especialidades de las Nueve
Musas). De esta biblioteca legendaria lo máximo que sobrevive hoy en día es un
sótano húmedo y olvidado del Serapeo, el anexo de la biblioteca, primitivamente
un templo que fue reconsagrado al conocimiento. Unos pocos estantes enmohecidos
pueden ser sus únicos restos físicos. Sin embargo, este lugar fue en su época
el cerebro y la gloria de la mayor ciudad del planeta, el primer auténtico
instituto de investigación de la historia del mundo. Los eruditos de la
biblioteca estudiaban el Cosmos entero. Cosmos es una palabra griega que
significa el orden del universo. Es en cierto modo lo opuesto a Caos. Presupone
el carácter profundamente interrelacionado de todas las cosas. Inspira
admiración ante la intrincada y sutil construcción del universo. Había en la
biblioteca una comunidad de eruditos que exploraban la física, la literatura,
la medicina, la astronomía, la geografía, la filosofía, las matemáticas, la biología
y la ingeniería. La ciencia y la erudición habían llegado a su edad adulta. El
genio florecía en aquellas salas. La Biblioteca de Alejandría es el lugar donde
los hombres reunieron por primera vez de modo serio y sistemático el
conocimiento del mundo.
Además
de Eratóstenes, hubo el astrónomo Hiparco, que Los reyes griegos de Egipto que
sucedieron a Alejandro tenían ideas muy serías sobre el saber. Apoyaron durante
siglos la investigación y mantuvieron la biblioteca para que ofreciera un
ambiente adecuado de trabajo a las mejores mentes de la época. La biblioteca
constaba de diez grandes salas de investigación, cada una dedicada a un tema
distinto; había fuentes y columnatas, jardines botánicos, un zoo, salas de
disección, un observatorio, y una gran sala comedor donde se llevaban a cabo
con toda libertad las discusiones críticas de las ideas.
El
núcleo de la biblioteca era su colección de libros. Los organizadores
escudriñaron todas las culturas y lenguajes del mundo. Enviaban agentes al
exterior para comprar bibliotecas. Los buques de comercio que arribaban a
Alejandría eran registrados por la policía, y no en busca de contrabando, sino
de libros. Los rollos eran confiscados, copiados y devueltos luego a sus
propietarios. Es difícil de estimar el número preciso de libros, pero parece
probable que la biblioteca contuviera medio millón de volúmenes, cada uno de
ellos un rollo de papiro escrito a mano. ¿Qué destino tuvieron todos estos
libros? La civilización clásica que los creo acabó desintegrándose y la biblioteca
fue destruida deliberadamente. Sólo sobrevivió una pequeña fracción de sus
obras, junto con unos pocos y patéticos fragmentos dispersos. Y qué tentadores
son estos restos y fragmentos. Sabemos por ejemplo que en los estantes de la
biblioteca había una obra del astrónomo Aristarco de Samos quien sostenía que
la Tierra es uno de los planetas, que orbita el Sol como ellos, y que las
estrellas están a una enorme distancia de nosotros. Cada una de estas
conclusiones es totalmente correcta, pero tuvimos que esperar casi dos mil años
para redescubrirlas. Si multiplicamos por cien mil nuestra sensación de
privación por la pérdida de esta obra de Aristarco empezaremos a apreciarla
grandeza de los logros de la civilización clásica y la tragedia de su destrucción.
Hemos
superado en mucho la ciencia que el mundo antiguo conocía, pero hay lagunas
irreparables en nuestros conocimientos históricos. Imaginemos los misterios que
podríamos resolver sobre nuestro pasado si dispusiéramos de una tarjeta de
lector para la Biblioteca de Alejandría. Sabemos que había una historia del
mundo en tres volúmenes, perdida actualmente, de un sacerdote babilónico
llamado Beroso. El primer volumen se ocupaba del intervalo desde la Creación
hasta el Diluvio, un período al cual atribuyó una duración de 432 000 años, es
decir, cien veces más que la cronología del Antiguo Testamento. Me pregunto
cuál era su contenido.
Los
antiguos sabían que el mundo es muy viejo. Intentaron investigar este remoto
pasado. Sabemos ahora que el Cosmos es mucho más viejo de lo que ellos llegaron
a imaginar. Hemos examinado el universo en el espacio y descubierto que vivimos
en una mota de polvo que da vueltas a una vulgar estrella situada en el rincón
más remoto de una oscura galaxia. Y si somos una mancha en la inmensidad del
espacio, ocupamos también un instante en el cúmulo de las edades. Sabemos ahora
que nuestro universo -o por lo menos su encarnación más reciente- tiene una
edad de unos quince o veinte mil millones de años. Este es el tiempo transcurrido
desde un notable acontecimiento explosivo llamado habitualmente big bang
(capítulo 10). Galileo Galilei
UN
REGALO MUY MAL CORRESPONDIDO
Autor:
Mario Pérez Colman - Fuente: Diario La Nación
Vivió
en tiempos en que las pruebas científicas podían ser consideradas como
subversivas. Sería revindicado mucho después como el hombre que probó las
teorías de Copérnico sobre el sistema solar
Si
la Inquisición de la leyenda negra no se hubiera cruzado en su camino, Galileo
Galilei (1564-1642) sería nada más -y nada menos- que el fundador de la física
moderna, el formulador de las leyes de la caída libre de los cuerpos y de la
oscilación del péndulo, y el constructor de un centenar de anteojos, uno de los
cuales le permitió observar, antes que ningún otro hombre, que la Luna no es
plana, sino que posee montañas y cráteres; que el Sol presenta manchas cuyo
desplazamiento revela que gira sobre sí mismo; que Venus tiene fases como la
Luna, fenómeno que indica un movimiento de rotación en torno del Sol tal como
lo pensaba Copérnico; que Júpiter posee lunas y que las estrellas carecen de
diámetro aparente...
Pero
el hecho de verse forzado a abjurar de la teoría heliocéntrica y aun así
sostener ante los inquisidores ¡Eppur, si muove!, lo convirtió, además, en un
símbolo de la libertad de pensamiento. Su célebre frase -divisa universal de la
heroica porfía en la verdad- acaso no salió nunca de sus labios, ni en aquel
miércoles 22 de junio de 1633, durante su abjuración en la sala de honor del
convento romano de Santa María Sopra Minerva, ni en ningún otro momento de su
vida. Tal vez sea, aquella frase, un mito solamente.
No
obstante, pocas veces en la historia se aplica con tanta propiedad como en este
caso la sentencia si non e vero e ben trovato, porque, reales o místificadas,
las tres palabras que expresan un rapto de suprema rebeldía -¡Eppur, si muove!-
representarían el carácter de Galileo Galilei a la perfección.
El
juicio inquisitorial en su contra por defender la teoría copernicana constituye
un asunto único en los anales del Santo Oficio, y una paradoja. A Galileo le
toca señalar un error en la exégesis de las Escrituras, en tanto que a la
Inquisición, guardiana de la doctrina religiosa, le toca indicar por boca de
una comisión de teólogos-astrónomos, errores científicos en los argumentos con
los cuales Galileo intentaba demostrar el desplazamiento de la tierra alrededor
del sol. Galileo no podía demostrar palmariamente el doble movimiento de la
Tierra, su órbita anual en torno del Sol y su rotación diaria en torno del eje
polar.
Suponía
haber encontrado la prueba de tales desplazamientos en las mareas oceánicas,
cuyo verdadero origen lo demostraría a su tiempo Newton.
Ya
el papa Urbano VIII, cardenal Maffeo Barberini, quien celebró en versos los
descubrimientos astronómicos de Galileo, le había planteado a éste la
posibilidad de que estuviese equivocado al sostener que las mareas se debían al
movimiento de la Tierra.
Por
su parte, Galileo había observado acertadamente que sus jueces quizá se
equivocaban al considerar que la Biblia proclama el mismo sistema que Ptolomeo
(la Tierra inmóvil en el centro del universo) cuando relata el episodio en que
las armas de Josué triunfan sobre las huestes de cinco reyes cananeos,
combatiendo bajo el Sol milagrosamente detenido en su movimiento alrededor de
la Tierra.
"No
busquen astronomía en la Biblia -les había dicho a sus jueces- porque ella no
pretende decirnos cómo marchan los cielos, sino cómo marchar nosotros hacia el
cielo".
Sus
ideas exegéticas, según las cuales el movimiento de la Tierra es un fenómeno
que no contradice a las Sagradas Escrituras, habían sido expresadas previamente
en cuatro cartas. De estas habían circulado innumerables copias, algunas no
demasiado fieles a las originales. Levantaron gran polvareda en la comunidad
científica, especialmente entre los aristotélicos que, se supone, fueron
quienes lo denunciaron a la Congregación del Santo Oficio de Roma.
Galileo
había creído, con cierto candor, que todos se rendirían ante lo que él
consideraba evidencias virtualmente incontrastables. Siglos más tarde, en 1992,
Juan Pablo II subrayó ante la Pontificia Academia de las Ciencias, el error de
los jueces de Galileo en la exégesis bíblica. Aquellos teólogos contemporáneos
del astrónomo florentino, imbuídos de la concepción unitaria del universo que
había imperado hasta principios del siglo XVII en todo el mundo, no habían
hecho sino trasplantar al campo de la fe, y tal como los presenta la Biblia,
determinados hechos naturales que pertenecen exclusivamente al campo de la
observación fáctica.
Galileo,
en cambio, había preferido emplear los criterios de San Agustín y creer que el
episodio del Sol inmóvil sobre el campo de batalla de Gabaón pudiera no ser
literal y, antes bien, encerrar una idea metafórica del sentido último del
universo, a cuya comprensión se accede por el camino de la fe.
Con
su enfoque exegético, Galileo compatibilizaba -tal como él estaba seguro de
haberlo hecho- el Antiguo Testamento y la teoría heliocéntrica de Copérnico, en
la que había profundizado. Pero el Tribunal, aunque tenía ideas científicas
parecidas a las suyas, tampoco podía comprobar sus propias hipótesis.
En
consecuencia, los jueces optaron por la inviolabilidad del texto bíblico, con
lo cual erraron. Un tribunal eclesiástico puede, sin embargo, equivocarse sin
comprometer la infalibilidad de la Iglesia.
A
su tiempo, en 1741, cuando se comprobó el heliocentrismo copernicano, la
Iglesia Católica reconoció aquel error suyo en un campo -el científico- donde
ella es humanamente falible; su juicio sólo está preservado de error cuando se
pronuncia sobre fe y moral a través de las solemnes declaraciones "ex
cathedra" del Papa y de los concilios ecuménicos en comunión en con el
Sumo Pontífice.
La
condena a prisión impuesta a Galileo por el Santo Oficio fue inmediatamente
conmutada por Urbano VIII. El tribunal la cambió entonces por reclusión
domiciliaria en el jardín de la Trinitá dei Monti, luego en Siena y finalmente
en Arcetri, donde pasó los últimos años de su vida, dedicado a sus investigaciones.
La condena no fue firmada por el Papa ni emanó del magisterio de la Iglesia,
sino de un tribunal.
El
pecadillo de Galileo -determinante de tan duro castigo, que incluyó la
humillante obligación de leer en voz alta, ante el tribunal, una abjuración que
él no había escrito-, consistió básicamente en rechazar una sugerencia de la
Inquisición para que se limitara a presentar el sistema copernicano sólo como
una hipótesis y sólo mientras no fuera confirmado con pruebas irrefutables.
Galileo
inscribió en su historia otra paradoja al resistirse entonces a esa
exhortación, que implicaba, de su parte, emplear el método experimental, cuya
paternidad le pertence.
El
sabio florentino había nacido en una época signada por lo que suele llamarse
"la crisis de la conciencia europea", un cambio de mentalidad
propiciado por las ideas de Bacon y Descartes, que lo alejaron de la física
aristotélica a la hora de construir su cosmología. Básicamente, Galileo Galilei
sostenía la existencia de una armonía universal y, por otro lado, postulaba la
aplicación de la matemática a los fenómenos observados. Al afirmar que los
fenómenos materiales connotan leyes bien definidas y que el objeto de la
ciencia es formularlas mediante observaciones cuidadosas y experimentos controlados,
Galileo abría camino a la ciencia moderna, al tiempo que no dejaba de ser un
ferviente miembro de la Iglesia Católica que, en el siglo XVII, poseía enorme
influencia personal, social y estatal.
Bastaría
tomar en cuenta esa circunstancia histórica para que la acción del Santo Oficio
contra Galileo se advirtiera menos arbitraria y despótica de lo que parece
cuando se la observa con los criterios culturales del siglo XX.
Por otra parte, como es evidente, no fue la Inquisición la
única en recelar de los descubrimientos de Galileo, que socavaban creencias
históricas y por los cuales cayó en desgracia ante el Santo Oficio.
Mucho le costó, por ejemplo, convencer al escéptico dogo
de Venecia para que lo acompañara al campanario de San Marcos a fin de probar
su anteojo, que aumentaba mil veces el tamaño de las cosas y que las acercaba
30 veces al observador. Sólo la insistente intercesión de un poderoso amigo de
Galileo, que dio fe de su honestidad intelectual y de su genio científico.
Desde
aquella eminencia enfocó con su artefacto un grupo de torres y las mostró al
dogo, cuya primera observación acerca de lo que veía fue que tales torres no
eran las de Venecia. Galileo le sugirió que podrían ser las de Padua y el dogo
admitió que parecían serlo. Galileo le confirmó entonces que, en efecto, lo
eran. El dogo lanzó una imprecación; ahora se negaba a creer lo que veía por el
anteojo. ¡No era posible avistar Padua desde Venecia!
Pero Galileo lo persuadió de que sí era posible hacerlo a
través de su lente. Convenció al dogo de que sus ojos, auxiliados por el
aparato, no lo engañaban. Inmediatamente el señor de Venecia le halló al
anteojo una utilidad eminentemente práctica. En la guerra prestaría
invalorables servicios. Preguntó a Galileo cuánto costaría ese "chisme".
El sabio le respondió que mucha plata, pero que se lo regalaba encantado de
servirlo. Y el dogo aceptó el presente con la naturalidad de los poderosos...
Ni
un mago que pudiese alcanzar el futuro con un poder como el de ese anteojo,
hubiese logrado avizorar en ese instante de gloria la declinación de la
estrella de Galileo. Eppur , si muove!.
La
visión de un sabio
Imagine
la escena. Estamos en 1610; es 7 de enero. Galileo Galilei apunta su telescopio
a Júpiter. Nadie lo había hecho antes. Su instrumento no es más potente que un
largavistas actual, barato. Pero ve algo inesperado. Pequeñas estrellitas, muy
brillantes, que rodean el planeta. Son lunas alrededor de Júpiter. Nadie jamás
había visto algo así. Pero Galileo descifra el misterio. Entiende lo que está
viendo.
El siguiente es un fragmento del "Sidereus
Nuncius", donde el sabio relató el momento del hallazgo:
"En
el séptimo día del presente año, 1610, en la primera hora de la siguiente
noche, cuando estaba viendo las constelaciones de los cielos a través de un
telescopio, el planeta Júpiter se presentó a mi vista [...] Noté una
circunstancia que nunca antes había podido ver. Especialmente, que tres
estrellas pequeñas pero muy brillantes estaban cerca del planeta [...] Cuando
el 8 de enero por alguna fatalidad volví a mirar la misma parte de los cielos
encontré un estado de cosas muy diferente. Ahora había tres pequeñas estrellas
al oeste de Júpiter [...] De allí concluí y decidí sin dudarlo que hay tres
estrellas en los cielos moviéndose alrededor de Júpiter, como Venus y Mercurio
alrededor del Sol."
Es
muy fácil ver Júpiter desde Buenos Aires en esta época del año. En cuanto
oscurece, aparece como una estrella muy brillante. La más brillante del cielo.
Con unos prismáticos pequeños se pueden ver perfectamente sus lunas.
Hacia
la derecha, una estrella más débil, amarillenta, también aguarda una visita. Es
Saturno, el planeta de los anillos.
Una
nave de la Tierra -la sonda Cassini que partió en 1997- llegará allí en el año
2004. Entonces una pequeña sonda experimental que viaja con ella descenderá en
la misteriosa luna Titán.
En el inicio de este universo no había galaxias, estrellas
ni planetas, no había vida ni civilización, sino una única bola de fuego
uniforme y radiante que llenaba todo el espacio. El paso del Caos del big bang
al Cosmos que estamos empezando a conocer es la transformación más asombrosa de
materia y de energía que hemos tenido el privilegio de vislumbrar. Y hasta que
no encontremos en otras partes a seres inteligentes, nosotros somos la más
espectacular de todas las transformaciones: los descendientes remotos del big
bang, dedicados a la comprensión y subsiguiente transformación del Cosmos del
cual procedemos.
Fuetne:
"Cosmos", de Carl Sagan
| ||||
| X | ||||