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Más sobre este recurso: Catalogado en base de datos como: Emancipacion de America latina: Agregado: 12 de ABRIL de 2000 | Palabras: 4367 | Votar! | Sin Votos | Sin comentarios | Agregar Comentario Categoría: Apuntes y Monografías > Historia > |
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Emancipación de América Latina
Proceso político y militar que, desde 1808 hasta 1826,
afectó a la casi totalidad de los territorios americanos gobernados por España,
cuyo resultado fue la separación respecto de ésta de la inmensa mayoría de las
divisiones administrativas de carácter colonial que habían estado bajo el
dominio de los monarcas españoles desde finales del siglo XV y el acceso a la
independencia de gran parte de los estados de Latinoamérica.
Las
causas de la independencia
Con notable exageración, se han querido ver los
antecedentes de la independencia hispanoamericana en las insurrecciones
indígenas del siglo XVIII, como las de los comuneros de Paraguay (1717-1735) y
Nueva Granada (1781) y la de José Gabriel Condorcanqui (Túpac Amaru) en el Perú
(1780-1781), o incluso en las guerras civiles que asolaron el territorio
peruano en el siglo XVI. Pero el tema más largamente debatido por los
historiadores ha sido el que se refiere a las posibles causas de la
independencia, porque es difícil determinar y sistematizar los orígenes de un
proceso tan dilatado en el tiempo y que afectó a territorios tan alejados unos
de otros y, con frecuencia, tan diferentes. Desde los protagonistas de los
acontecimientos y sus contemporáneos hasta la actualidad, en cada época y por
cada autor se han intentado resumir en varias las causas de la independencia,
destacando algún aspecto parcial de acuerdo con la perspectiva histórica del
momento, por lo que el resultado es que hoy disponemos de una extensa relación
de posibles motivos originarios de la más variada naturaleza, y de difícil
análisis, cuya simple enumeración resultaría poco explicativa y hasta cierto
punto engañosa. Más importante sería analizar el nivel de generalidad de cada
una de estas causas y situarlas en la perspectiva adecuada, ponderando su
importancia relativa respecto a las demás y en cada uno de los territorios
afectados: lo que puede actuar como causa decisiva o tomarse como
característico en México (núcleo esencial del virreinato de Nueva España) resulta
secundario en el área del virreinato de Nueva Granada e insignificante en la
del Río de la Plata. Por ello, la determinación genérica de las causas de la
independencia, como modelo teórico, debe remitir siempre al análisis del
proceso y de sus características específicas en cada uno de los territorios.
Desde el siglo XIX, las causas de la independencia se
han venido presentando divididas en dos grupos: causas internas de carácter
negativo y causas externas de carácter positivo.
Las
causas internas
Pueden ser consideradas como causas internas aquéllas
que se originaron en el interior de la sociedad hispanoamericana como resultado
de su propio desarrollo histórico, y se caracterizan por destacar algunos
aspectos negativos de la acción colonizadora española. En general, todos estos
posibles motivos fueron señalados desde los primeros momentos del proceso
independentista, a veces por los mismos protagonistas de los acontecimientos,
por lo que suelen tener una intención más justificativa que explicativa. Así,
por ejemplo, cuando se atribuye el deseo de independencia a la corrupción
administrativa y la inmoralidad burocrática por parte de las autoridades
españolas, o a la relajación de las costumbres del clero, se trata de destacar
algunos casos, que sin duda fueron tenidos en cuenta por los patriotas, pero a
los que no puede atribuirse un carácter generalizado a toda la administración y
a todos los territorios.
En México, también el bajo clero, como muestra la
destacada participación de los sacerdotes Miguel Hidalgo y José María Morelos,
colaboró con los revolucionarios y tuvo una participación destacada en la
independencia. Otras posibles causas aducidas reiteradamente, como la crueldad
y el despotismo con que eran tratados los indígenas y las restricciones culturales
impuestas por las autoridades españolas, están en abierta contradicción con
algunos datos de la realidad. En los virreinatos del Perú y Nueva Granada, y
hasta cierto punto en el de Nueva España, muchos indígenas militaron en el
bando realista, lo que dio a los enfrentamientos en esos territorios un
carácter de verdadera guerra civil. La existencia de universidades en muchas de
las más importantes ciudades hispanoamericanas, así como la formación cultural
en las mismas de los propios caudillos independentistas son otros tantos
argumentos en contra de la generalización de las razones mencionadas,
necesitadas de precisiones que alteran considerablemente su interpretación,
como sucede con la rivalidad entre criollos y españoles, con la consiguiente
postergación de aquéllos, y el establecimiento de un régimen de monopolios,
gabelas y trabas, que dificultaba el desarrollo de la economía americana y
frenaba el crecimiento de su capacidad productiva.
La legislación española no diferenciaba entre los
españoles peninsulares y americanos, por lo que el problema se planteaba, igual
que en España, entre los naturales de una región, provincia o reino que
aspiraban a ocupar los puestos de la administración en su tierra y los que
provenían de otras zonas, ocupaban los cargos y desplazaban a los naturales,
generalmente por residir en la corte o tener valedores en ella. En cuanto al
sistema económico, su influencia se vio disminuida por el incumplimiento
sistemático de la normativa, el contrabando y la escasa capacidad industrial de
los territorios americanos. Más bien fueron las medidas económicas de carácter
liberal que venían implantándose desde el siglo XVIII las que estimularon en la
burguesía criolla un creciente deseo de libertad mercantil.
Mayor importancia que las mencionadas hasta aquí
tuvieron las siguientes causas:
a) La concepción patrimonial del Estado, toda vez que
las Indias estaban vinculadas a España a través de la persona del monarca. Las
abdicaciones forzadas de Carlos IV y Fernando VII, en 1808, rompieron la
legitimidad establecida e interrumpieron los vínculos existentes entre la
Corona y los territorios hispanoamericanos, que se vieron en la necesidad de
atender a su propio gobierno.
b) La difusión de doctrinas populistas. Desde santo
Tomás de Aquino hasta el español Francisco Suárez, la tradición escolástica
había mantenido la teoría de que la soberanía revierte al pueblo cuando falta
la figura del rey. Esta doctrina de la soberanía popular, vigente en España,
debió de influir en los independentistas tanto como las emanadas del
pensamiento ilustrado del siglo XVIII.
c) La labor de los jesuitas. Las críticas dirigidas por
los miembros de la Compañía de Jesús a la actuación española en América después
de su expulsión de España en 1767, plasmadas en abundantes publicaciones,
tuvieron gran importancia en la generación de un clima de oposición al dominio
español entre la burguesía criolla.
d) Las enseñanzas impartidas por las universidades y el
papel desarrollado por las academias literarias, las sociedades económicas y la
masonería. La difusión de ideas liberales y revolucionarias contrarias a la
actuación de España en América ejerció una gran influencia en la formación de
algunos de los principales líderes de la independencia, cuya vinculación con la
Logia Lautaro les proporcionó el marco adecuado para la conspiración.
Las
causas externas
Pueden ser consideradas como causas externas aquellas
que actuaron sobre el proceso independentista desde fuera de los dominios
imperiales españoles, en especial desde Europa y Estados Unidos. Algunas de
estas causas, como la Declaración de Independencia estadounidense o la Revolución
Francesa, cuya influencia en la historia mundial es evidente, actuaron más como
modelos que como causas directas del proceso. Mayor importancia tuvieron las
ideas enciclopedistas y liberales procedentes de Francia, así como las
relaciones de convivencia de muchos de los máximos dirigentes independentistas,
como Francisco de Miranda, José de San Martín, Simón Bolívar, Mariano Moreno, Carlos
de Alvear, Bernardo O’Higgins, José Miguel Carrera Verdugo, Juan Pío de
Montúfar y Vicente Rocafuerte, que se encontraron con frecuencia en Londres,
así como los contactos que mantuvieron con los centros políticos de Estados
Unidos y Gran Bretaña. Ello les permitió equiparse ideológicamente, pero
también les proporcionó la posibilidad de contar con apoyos exteriores y las
necesarias fuentes de financiación para sus proyectos.
La
coyuntura
Por encima de todas estas posibles causas, la
independencia americana se vio favorecida por la coyuntura política, bélica e
ideológica por la que atravesó España. La supresión de la dinastía de Borbón y
la invasión de la península Ibérica por las tropas de Napoleón I Bonaparte, que
dieron origen a la guerra de la Independencia española (1808-1814),
posibilitaron la aparición de juntas que se constituyeron en las principales
ciudades americanas. Las juntas empezaron, en general, reconociendo la
autoridad real en la persona de Fernando VII, pero propiciaron el comienzo del
proceso independentista. Las Cortes de Cádiz y la Constitución liberal de 1812
dieron paso al restablecimiento de la autoridad española en la mayoría de las
regiones peninsulares (creación de la Junta Central, en septiembre de 1808) y a
la moderación en las actuaciones de los independentistas más radicales, al
abrirse camino las posibilidades de un nuevo régimen en España que conllevara
una nueva organización política, social y económica de los territorios
americanos.
Pero la reacción absolutista de 1814, producida por el
retorno al trono español de Fernando VII, produjo un cambio radical en la
dirección de los acontecimientos y significó la reanudación de las
confrontaciones y la guerra abierta. El éxito del pronunciamiento liberal de Rafael
del Riego en Cabezas de San Juan en 1820, impidió el embarque de las tropas
españolas destinadas a América y, con ello, facilitó a los patriotas americanos
la realización de las últimas campañas militares, que les llevarían al triunfo
final y a la independencia.
De acuerdo con lo anterior, el proceso de independencia
puede dividirse en dos grandes fases. La primera, transcurrida desde 1808 hasta
1814, se caracteriza por la actuación de las juntas que, al igual que en
España, se constituyeron en las ciudades más importantes para tratar de
restablecer una legalidad interrumpida por los sucesos de la península Ibérica.
La segunda, que tuvo lugar entre 1814 y 1824, se caracteriza por la guerra
abierta y generalizada entre los patriotas y los realistas, en la casi
totalidad de los territorios americanos bajo dominio español.
Primera
fase. La actuación de las Juntas (1808-1814)
El estudio de los primeros momentos de la lucha por la
emancipación respecto del dominio español requiere un análisis localizado de
las diversas áreas de Latinoamérica que se vieron afectadas por el proceso
independentista.
El
Río de la Plata
La primera Junta se constituyó en Montevideo el 21 de
septiembre de 1808, aunque se mantuvo la autoridad del virrey. La Banda
Oriental de los territorios rioplatenses estuvo dominada desde el principio por
la personalidad de José Gervasio Artigas, quien formó un cuerpo de voluntarios
y venció a las tropas realistas en Las Piedras el 18 de mayo de 1811, pero no
pudo ocupar Montevideo debido al acuerdo firmado en noviembre de ese año entre
el virrey Francisco Javier Elío y los representantes de la ciudad de Buenos
Aires, que deseaban controlar todo el virreinato. En esta ciudad, los primeros
incidentes se produjeron en el cabildo, al enfrentarse en enero de 1809 los
partidarios de Mariano Moreno, representante de los ganaderos de la región, con
los de Bernardino Rivadavia. Tras rechazar la autoridad del virrey Baltasar
Hidalgo de Cisneros el 30 de junio de 1809, se creó una Junta, el 25 de mayo de
1810, dirigida por Cornelio de Saavedra, que reconoció inicialmente los
derechos de Fernando VII.
Dicha Junta envió a José Rondeau a la Banda Oriental y a
Manuel Belgrano a Paraguay, para evitar la secesión de estos territorios, pero
Rondeau no tardó en entenderse con Artigas y Belgrano fue derrotado en Tacuarí
el 9 de marzo de 1811. El 14 de mayo siguiente, el triunvirato constituido por Pedro
Juan Caballero, Juan Valeriano Zeballos y José Gaspar Rodríguez de Francia
proclamó la independencia de Paraguay (posteriormente, este último impuso una
férrea dictadura y cerró el país a todo contacto con el exterior). En
septiembre del mismo año, un triunvirato, del que Rivadavia era secretario,
controló el poder en Buenos Aires e inició una dura represión contra sus
opositores. En Buenos Aires no se aceptaba el dominio de Artigas en la Banda
Oriental ni el de Rodríguez de Francia en Paraguay, pero las rivalidades entre
los diferentes líderes dificultaban la realización de sus propósitos: mientras
Buenos Aires defendía la unidad de los territorios que habían conformado el
virreinato del Río de la Plata, las provincias se inclinaban por el
federalismo, los miembros de la Logia Lautaro se oponían a los de la Acción
Patriótica y Portugal reclamaba el dominio sobre parte de lo que se convertiría
más tarde en Uruguay. En 1814, Artigas y Rondeau ocuparon Montevideo y
reafirmaron su control sobre la Banda Oriental.
El
Alto Perú
El Alto Perú, que pertenecía hasta entonces a la
jurisdicción sobre la que establecía su dominio el virreinato de la Plata, protagonizó
los primeros movimientos de carácter independentista. Así, la primera Junta que
rompió abiertamente con las autoridades españolas fue la de Chuquisaca (actual
Sucre, en Bolivia), cuando el 25 de mayo de 1809 un triunvirato formado por Bernardo
de Monteagudo, Jaime de Zudáñez y por Lemoine apresó al presidente de la
audiencia, García Pizarro. Fue secundada por la Junta de La Paz, que se
constituyó el 16 de julio de 1809 con Pedro Domingo Murillo como presidente,
pero que fue reducida pronto por los realistas al mando del general José Manuel
de Goyeneche, quien mandó ejecutar a Murillo el 10 de enero de 1810. Los
dirigentes de la Junta de Buenos Aires enviaron al Alto Perú al general Antonio
González Balcarce, que venció a los realistas en Suipacha el 7 de noviembre de
1810 y obligó a Goyeneche a solicitar un armisticio. Reanudadas las
hostilidades en 1811, Goyeneche venció en la batalla de Guaqui y envió a Juan
Pío de Tristán y Moscoso al Río de la Plata, pero las victorias de José de San
Martín en San Lorenzo, el 3 de febrero de 1813 y de Belgrano en Tucumán
(septiembre de 1812) y Salta (febrero de 1813) consolidaron la independencia
rioplatense. Parecido final al de la Junta de La Paz tuvo la que se constituyó
en Quito el 10 de agosto de 1809 con Juan Pío de Montúfar, marqués de Selva
Alegre, al frente. Los juntistas pactaron con la audiencia, pero no lograron el
apoyo de Guayaquil, Cuenca y Pasto, por lo que no tardaron en ser reducidos por
los realistas. Una nueva Junta, dirigida por Ruiz del Castillo, se creó el 22
de septiembre de 1809. El 11 de octubre de 1810 se proclamó la independencia de
Ecuador, pero en 1812 el virrey del Perú José Fernando Abascal y Sousa volvió a
controlar toda la región, incorporando a su jurisdicción los territorios correspondientes
al Alto Perú, después de haber evitado que se adhirieran al proceso emancipador
rioplatense.
Nueva
Granada
La figura de Simón Bolívar (conocido popularmente por la
historiografía posterior y por los propios sudamericanos como ‘el Libertador’)
dominó el proceso independentista de Venezuela. En Caracas, se constituyó una
Junta el 19 de abril de 1810, opuesta en principio al capitán general, el
afrancesado Vicente Emparán, y en defensa de los legítimos derechos de Fernando
VII, pero que el 5 de julio de 1811 proclamó la independencia del país y
declaró establecida una república federal. La llegada de Francisco de Miranda
desde Londres no tardó en ocasionar enfrentamientos entre éste y Bolívar, quien
al parecer no dudó en entregar a Miranda a los españoles. En 1812, tropas
realistas enviadas desde Puerto Rico al mando de Domingo Monteverde vencieron
en Puerto Cabello y apresaron a Miranda en La Guaira, después de que en julio
firmara con aquél su propia capitulación.
En el área de lo que habría de convertirse en Colombia,
la Junta de Santafé de Bogotá depuso al virrey Antonio Amar y Borbón el 20 de
julio de 1810, siendo secundada por las juntas de Cartagena, Pamplona y
Socorro, pero no por las ciudades de Panamá y Santa Marta. Camilo Torres y José
Acevedo Gómez vencieron en Bajo Palacé al gobernador de Popayán y, en diciembre
del mismo año, se reunió el I Congreso en Cundinamarca, donde se declaró la
independencia de la república que abría de llamarse desde el año siguiente Provincias
Unidas de Nueva Granada. En abril de 1811, fue nombrado presidente Jorge Tadeo
Lozano, al que sucedió Antonio Nariño en octubre del mismo año. El país se
dividió pronto en dos bandos opuestos: los federalistas, dirigidos por Camilo
Torres, y los unionistas, con el propio Nariño al frente.
Chile
Tras destituir, el 16 de julio de 1810, al gobernador Francisco
Antonio García Carrasco, se concedió la presidencia a Mateo de Toro y Zambrano,
conde de la Conquista, con lo que se mantuvo la apariencia de fidelidad a la
monarquía española, aunque tampoco en Chile tardaron en surgir discrepancias
entre los dirigentes. La Junta de Santiago se constituyó el 18 de septiembre de
1810, con Toro y Zambrano como primer presidente. Los moderados José Antonio
Rojas y Juan Antonio Ovalle, partidarios de mantener los lazos con España, se
impusieron en abril de 1811 a los radicales Bernardo O’Higgins y Juan Martínez
de Rozas. En julio de 1811, llegó el militar chileno José Miguel Carrera
Verdugo, que se hizo con el poder apoyado por O’Higgins y dictó el Reglamento
Constitucional de 27 de octubre de 1812, que establecía su dictadura personal,
así como la independencia encubierta de Chile.
México
En el virreinato de Nueva España los comienzos del
movimiento independentista tuvieron un marcado carácter popular, insurreccional
y revolucionario. La conspiración iniciada (y fracasada) en Querétaro en 1809
dio paso al levantamiento del sacerdote Miguel Hidalgo en Dolores (actual
Dolores Hidalgo, en Guanajuato), el 16 de septiembre de 1810. Las tropas del
virrey Francisco Javier Venegas, a las órdenes del general Félix María Calleja
del Rey, vencieron a los rebeldes en Guanajuato y Puente de Calderón, y
ejecutaron a los principales responsables en 1811. Más amplitud tuvieron los
levantamientos en el sur del país, donde los insurrectos dirigidos por el
también sacerdote José María Morelos, tras ocupar Oaxaca y Acapulco, convocaron
el Congreso de Chilpancingo, proclamaron la independencia de México y, en
octubre de 1814, redactaron la Constitución de Apatzingán, primera ley magna de
la historia del constitucionalismo mexicano. La enérgica y sangrienta reacción
del virrey Calleja concluyó con la ejecución de Morelos en 1815 y el
restablecimiento de la autoridad real.
Segunda
fase. Las grandes campañas militares (1814-1824)
Una vez que se había establecido una incipiente
estructura política en los territorios que luchaban por lograr la independencia
de España, surgió la etapa de reacción española que condujo a la verdadera fase
bélica del proceso emancipador, cuyo punto culminante fue el nacimiento o
consolidación de los estados sudamericanos.
La
reacción española (1814-1816)
Los realistas volvieron a tomar la iniciativa, a finales
de 1814, a partir de las victorias logradas en Maturín y Urica por José Tomás
Rodríguez Boves, al frente de los llaneros del Orinoco. Bolívar tuvo que
escapar de Nueva Granada rumbo al Caribe, donde escribió la llamada Carta de
Jamaica, en la que diseñaba el mapa de las futuras repúblicas
independientes de América. En mayo de 1815, las tropas realistas del general Pablo
Morillo entraron en Caracas y éste inició una dura represión.
En Perú, los realistas controlaron la mayor parte del
territorio a raíz de las victorias de Joaquín de la Pezuela en Vilcapugio y
Ayohuma en octubre y noviembre de 1813, respectivamente. Y otro tanto puede
decirse de Chile, donde la falta de entendimiento entre Carrera y O’Higgins
condujo a la victoria realista de Rancagua, en octubre de 1814. En 1816, la
causa independentista sólo parecía victoriosa en el territorio que habría de
conformar Argentina, donde el Congreso de Tucumán proclamó la independencia de
las Provincias Unidas del Río de la Plata el 9 de julio de ese mismo año.
Las
grandes expediciones (1817-1822)
La guerra se generalizó en todas las regiones a partir
de 1817. El Congreso de Angostura (reunido a partir de febrero de 1819) nombró
a Bolívar presidente de Venezuela; la victoria de José Antonio Páez sobre
Morillo en Las Queseras del Medio, en abril de ese mismo año, permitió a
Bolívar cruzar los Andes, ocupar Tunja, vencer en las batallas del Pantano de
Vargas y Boyacá, el 25 de julio y el 7 de agosto respectivamente, y entrar en
Santafé de Bogotá el 10 de agosto de 1819. En diciembre de ese año se
constituyó la República de la Gran Colombia y Bolívar fue designado presidente.
El 24 de junio de 1821, Bolívar obtuvo la victoria de Carabobo, que garantizó
la independencia de Venezuela, en tanto que, en mayo de 1822, Antonio José de
Sucre venció en Pichincha. Bolívar, que en abril de 1822, había obtenido una
nueva victoria en Bomboná, entró en Quito en el mes de junio (liberada para los
independentistas por Sucre) y se dirigió a Guayaquil.
En el sur, el general San Martín creó un ejército en
Mendoza, cruzó los Andes con dirección a Chile y obtuvo la victoria de Chacabuco,
el 12 de febrero de 1817, con la ayuda de Bernardo O’Higgins. Todavía los
realistas lograron vencer en Talcahuano (octubre de 1817) y Cancha Rayada
(marzo de 1818), y estuvieron a punto de recuperar Santiago, pero la victoria patriota
en Maipú (5 de abril de 1818) aseguró la independencia de Chile. Los éxitos
argentinos en Chile no se repitieron en la Banda Oriental, donde las tropas
federalistas del litoral (provincias de Entre Ríos, Corrientes y Santa Fe)
vencieron a las de Buenos Aires en Cepeda, en 1820, consolidando la segregación
de Uruguay del proceso independentista propiamente argentino. Con el apoyo de
la flota que se encontraba al mando del almirante británico Thomas Alexander
Cochrane, San Martín inició la campaña de Perú, logró ocupar Lima el 9 de julio
de 1821 y proclamó la independencia del país el 28 de julio siguiente. Nombrado
‘protector’ de Perú, convocó un Congreso Constituyente en 1822 y se dirigió a
Guayaquil para entrevistarse con Bolívar.
Las
campañas finales (1822-1824)
En la entrevista que tuvo lugar el 26 de julio de 1822
entre Bolívar y San Martín, en Guayaquil, se acordó que aquél se ocupara de los
asuntos de Perú y que San Martín se retirara de la escena política porque no
contaba con el apoyo de la burguesía limeña. Los realistas mandados por
Jerónimo Valdés, tras vencer en Torata y Maquegua, recuperaron Lima en junio de
1823, lo que hizo necesaria la intervención de Sucre y del propio Bolívar, que
en febrero de 1824 asumió la dictadura. Las victorias de Sucre sobre el
realista José Canterac en Junín (en este caso, colaborando con las tropas de
Bolívar), el 6 de agosto de 1824, y sobre Valdés y el virrey José de la Serna e
Hinojosa en Ayacucho, el 9 de diciembre siguiente, resultaron decisivas. La ocupación
de El Callao en enero de 1826, último reducto de las tropas realistas mandadas
por el gobernador José Ramón Rodil, y postrer bastión del dominio español en el
continente americano, puso fin a la guerra y aseguró definitivamente la
independencia de la mayoría de las colonias hispanas en América.
La
independencia de México y Centroamérica
Después de las rebeliones fracasadas de Hidalgo y
Morelos y tras el desgraciado fracaso de la fulgurante expedición de Francisco
Xavier Mina (el Mozo) en 1817, fue Vicente
Guerrero quien logró mantener la insurrección en el sur del país. En 1821, Agustín
de Iturbide, militar que había combatido en las tropas realistas, entró en
contacto con Guerrero y, el 24 de febrero de ese año, lanzó un manifiesto
conocido como el Plan de Iguala (o de las Tres Garantías), que establecía tres
condiciones: la independencia de México, el mantenimiento del catolicismo y la
igualdad de derechos para los españoles y los mexicanos. El 24 de agosto de ese
mismo año, Iturbide y el virrey Juan O’Donojú, que acababa de llegar de España
enviado por el gobierno constitucional, firmaban el Tratado de Córdoba, por el
que se declaraba la independencia de México.
En Centroamérica, se produjeron algunos intentos de
rebelión a partir de 1811, pero todos ellos terminaron en fracaso, como los
alzamientos del cura José Matías Delgado y Juan Argüello en El Salvador, o la
intentona de 1813 en Guatemala. En conjunto, el proceso de independencia en los
territorios de la capitanía general de Guatemala fue menos violento que en
otras regiones y también más tardío. En 1822, Iturbide incorporó Centroamérica
al Imperio Mexicano, actuando en contra de los deseos de la mayoría de la
población, que rechazaba tal unión. En 1823, tras la abdicación de Iturbide
(que se había coronado emperador como Agustín I), se crearon las Provincias
Unidas del Centro de América, gobernadas inicialmente por un triunvirato
compuesto por Pedro Molina, Villavicencio y Manuel José Arce, quien en 1825 se
convirtió en el primer presidente del recién creado Estado federal, que habría
de perdurar hasta 1842.
La
independencia de Brasil
La primera invasión de Portugal llevada a cabo por las
tropas napoleónicas en 1807 obligó al regente y futuro rey Juan VI a refugiarse
en Brasil. Importantes núcleos de independentistas se habían formado en Bahía y
Río de Janeiro, desde donde se venían difundiendo las ideas liberales y
revolucionarias procedentes de Europa. El país era un mosaico de provincias,
razas y culturas diversas, y estaba dividido en dos grupos de ideología
opuesta: los liberales afrancesados y los conservadores anglófilos. En marzo de
1817, se produjo una fallida insurrección en Recife y, ese mismo año, tropas
portuguesas ocuparon Montevideo, en un intento de anexionarse la Banda Oriental
del Río de la Plata. En agosto de 1820, tuvo lugar un alzamiento en Porto y
Juan VI regresó a Portugal al año siguiente, dejando como regente a su hijo, el
futuro emperador Pedro I. Aconsejado por su ministro José Bonifácio de Andrada
e Silva, Pedro I declaró la independencia de Brasil el 7 de septiembre de 1822,
por medio del denominado grito de Ypiranga, y se proclamó emperador el 12 de
octubre siguiente. La primera Constitución del Brasil independiente fue
promulgada el 25 de marzo de 1824 y, un año después, Portugal reconoció su
independencia. Pedro I se mantuvo en el poder hasta que, en 1831, abdicó en la
persona de su hijo Pedro II.
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