El Museo de3 pintura del Monasterio, caracteristicas de las salas y de los museos, Museo de arquitectura del Monasterio de San Lorenzo del Escorial.
Monasterio de San Lorenzo del
Escorial
Museos
Coincidiendo
con la celebración del IV centenario de la construcción del monasterio se
inauguraron en su recinto dos museos monográficos: el de arquitectura y la pinacoteca
Monasterio de San Lorenzo del
Escorial
Museo de pintura
De aspecto y decoración
semejante a las Salas Capitulares; sus solados son de mármoles blancos y
grises. El Salón mayor mide 16 x 9,5 metros, conocido como el Salón de Honor.
A la entrada de los Museos nos
recibe la impresionante obra de Doménico Theotokopuli "El Greco",
"El Martirio de San Mauricio".
La pinacoteca se completa con
nueve salas:
Sala I: Escuela Alemana y
Flamenca, siglos XV y XVI. Sala II: Miguel Coxcie. Sala III: Tiziano. Sala IV:
Escuela Veneciana e Italiana. Sala V: José Ribera. Sala VI: Escuela Española,
siglo XVII. Salas VII: Escuela Italiana. Sala VIII: Escuela Italiana, Flamenca
y Holandesa. Sala de El Greco.
La primera sala y sus dos
saletas contienen obras flamencas y
alemanas de los siglos XV y XVI; en la primera destacan un gran Paisaje con San
Cristóbal, de Joaquín Patinir (14801524), la Creación, fragmento de El Jardín
de las Delicias, réplica del ala del tríptico de este titulo en el Museo del
Prado, de El Bosco (1453/621516) y un tríptico de Gérard David (1450/601523)
con La Piedad en el centro y San Juan Bautista y San Francisco en los
laterales. También son interesantes la tabla de Marinas El Cambista y su mujer,
firmada en 1538, inspirada en una composición similar de Quintin Metsys que se
exhibe en el Louvre, una inquietante versión de Las tentaciones de San Antonio,
de la escuela del Bosco, un tríptico de la escuela de David y una obra de
escuela flamenca sobre Los desposorios de Santa Catalina de interesantes detalles
(plegados, bordados, arquitectura). La primera de las saletas la preside un
gran Calvario de paño gótico del siglo XV en regular estado, entre vitrinas con
pequeñas acuarelas de Durero que representan estudios de historia natural. La
segunda saleta contiene una gran obra, Los Improperios (Ecce Homo) del Bosco,
flanqueada por un lienzo de su escuela sobre Las tentaciones de San Antonio y
un precioso cuadro de la Virgen con el Niño, de Quintín Metsys (14651530).
La segunda sala ofrece, además
de acceso al bello patio de los Mascarones, varias obras interesantes de un
pintor poco conocido que trabajó asiduamente para Felipe II y el monasterio;
nos referimos al flamenco Miguel Coxcie, entre cuyas obras destacan el gran
tríptico de la Predicación, Prendimiento y Martirio de San Felipe, además de
otras obras de menor formato suyas y de su
escuela.
Las dos siguientes piezas
contienen una completa y valiosísima muestra de la pintura veneciana del
renacimiento. Así en la sala tercera podemos admirar obras tan valiosas como la
Huida de Egipto y la Oración del Huerto, de Tiziano, y la Samaritana y el Descendimiento,
de El Veronés, además de una copia auténtica del original de Corregio sobre los
Desposorios de Santa Catalina, otra del Noli me tangere, de Veronés, realizada
por Lucas Jordán (del que también puede verse una Adoración de los Reyes), una obra
de la escuela de Tiziano sobre los Improperios y otra de Sánchez Coello, copia
de Tiziano.
La sala cuarta se sitúa en una
espaciosa dependencia que se corresponde con el Salón del Trono de la planta
principal; contiene obras notables de los tres grandes artistas venecianos de
la segunda mitad del siglo XVI. Del perfecto colorear de Tiziano tenemos
excelentes muestras en La Sagrada Cena, Jesús en casa de Pedro, Ecce Homo, San
Juan Bautista, La Magdalena y el Entierro de Cristo; de los grandes apoteosis
del Veronés podemos admirar una soberbia composición de la Anunciación
presidiendo una de las cabeceras del salón y un Descendimiento de su estilo, y
del tercer grande de esta generación, El Tintoretto, podemos ver su peculiar
composición y luminosidad en el gran lienzo del Nacimiento de Cristo que copreside
el salón y también en una obra que representa el Desmayo de la reina Esther
ante Asuero. Otros pintores venecianos, o influidos por esta escuela, están
presentes
en este salón, así Bassano (influido por Tintoretto) con La Partida de Abraham
y Jesús en Emmaus, Palma el Joven con dos obras de San Jerónimo y el Bautismo
de Cristo que se le atribuyen, Federico Zúccaro (influido por Veronés y
Bassano) del que se muestran dos bellas obras: La Adoración de los Pastores y la
Adoración de los Reyes. Algo distante de todo lo anterior-escuela, cronología,
estilo-encontramos un cuadro de Guido Reni sobre Cristo cargado con la cruz.
La sala quinta está dedicada
íntegramente al gran artista español José de Ribera, el más genuino e
importante de nuestros pintores tenebristas del siglo XVII, dominador de una
pintura mezcla de luz y de tinieblas en la línea del realismo barroco impuesto
por Caravagglo. Los doce cuadros de la sala representan a Esopo, San Jerónimo
en oración, San Antonio, San Jerónimo, Jacob con el rebaño de Laban, San
Jerónimo en penitencia, San Francisco, Entierro de Cristo, San Juan Bautista,
El filósofo Crisipo, San Onofre y San Pablo.
La sala sexta la forman una habitación,
con azulejos y luz directa del jardín, y dos saletas. La estancia se corresponde
con las habitaciones de Felipe II de la planta superior y en ella se cuelgan
cuadros de pintura española del siglo XVII: La túnica de José, de Velázquez; La
Virgen y el Niño, de Alonso Cano; La Presentación y San Pedro de Alcántara, de
Zurbarán; el Nacimiento de la Virgen, de Valdés Leal; dos retratos de Carreño (doña
Mariana de Austria y Carlos II), San Felipe Apóstol, de Herrera Barnuevo; David
triunfante, de Montiel, y una preciosa Inmaculada de escuela española.
La primera saleta de esta sección
es una amplia estancia, con ventanas al jardín de la Reina, en la que lo
primero que descubrimos es el impresionante cuadro del Martirio de San Mauricio
y la Legión Tebana, obra maestra de Domenico Treotocopuli, El Greco, pintada
para la iglesia del monasterio y crucial en su carrera, pues con ella quería
grangearse el favor de Felipe II. El propio pintor entrega personalmente el
cuadro en El Escorial-tras dos años de trabajo-el 16 de noviembre de 1582, pero
cuenta la crónica que al rey no le gustó el cuadro por lo que ordenó su
sustitución por otra obra sobre el mismo tema que encarga a Romulo Cincinnato
(tasador, por cierto, del cuadro del Greco) y que todavía está colgado en la
capilla de San Mauricio de la basílica. Contra lo que pudiera creerse, Felipe
II era conocedor perspicaz, circunstancia que debió valorar El Greco, pero el pintor
había violado en este cuadro la norma suprema del gusto de la Contrarreforma al
elevar el estilo por encima del contenido, ya que en lugar de concentrar la
atención en la decapitación de los mártires, El Greco subrayó el momento en que
San Mauricio y sus compañeros deciden morir por la fe, y las elegantes posturas
y gestos lánguidos del grupo se consideraron como una distracción del
acontecimiento principal. Esta circunstancia y el hecho de que la obra se
destinara a El Escorial, fortaleza del catolicismo, inclinarían al rey a marginar
este cuadro, una de las más extraordinarias obras de la pintura universal que
hoy podemos admirar presidiendo el Salón de Honor dedicado a la gloria del rey
fundador, pues a fin de cuentas fue Felipe II quien encargó, pagó, conservó y, seguramente,
admiró esta joya (en el momento de encargar este cuadro al pintor, Felipe II ya
poseía un gran cuadro de El Greco: la Adoración del Nombre de Jesús que se
conserva en la sala siguiente).
En la misma sala también se destaca
una obra valiosísima del pintor flamenco Roger Van der Weyden, un Calvario de
apaciguado dramatismo en el que están presentes las constantes del artista: gusto
por la simetría, escrupulosidad en los detalles, brillantez de colores,
plasticidad expresionista que recuerda las esculturas del final del gótico,
patetismo y la luz adecuada para armonizar el conjunto. También llama la
atención la magnífica copia que, por encargo de Felipe II hizo Miguel Coxcie en
1569 del Descendimiento de Van der Weyden que hoy puede admirarse en el Museo
del Prado. Completan la dotación artística del salón un precioso tapiz del
siglo XVI que reproduce, con ciertas licencias, el tríptico del Jardín de las
Delicias, del Bosco. Bajo él puede admirarse una arqueta de hierro, también del
XVI, labrada con refuerzos y medallones de bronce dorado y grabado con figuras
mitológicas y alegóricas.
La saleta segunda, contigua a la anterior, agrupa al
resto de obras del Greco que conserva la pinacoteca. Entre ellas destaca sobre
manera la que aún sigue bajo el título del Sueño de Felipe II, mulo impropio que
los especialistas rechazan, pues en realidad el cuadro representa la Adoración
del Santo Nombre de Jesús ("en el Nombre de Jesús toda rodilla se dobla en
los cielos, en la tierra y en los infiernos", tal como reza un pasaje de
la Epístola de San Pablo a los Filipenses). En realidad el cuadro presenta una Alegoría
de la Liga Santa en la que están reproducidos los tres protagonistas de la
alianza: el rey Felipe II, el dux de Venecia y el papa Pio V; junto a ellos
aparece una figura de rostro idealizado con las manos sobre la espada que
pudiera representar a don Juan de Austria, comandante de la escuadra aliada en Lepanto
que había muerto en 1578 y enterrado en El Escorial al año siguiente. Es una
pintura densa y prodigiosa que el pintor realiza entre 1577 y 1579; está firmada
en cursiva griega sobre una piedra del ángulo inferior izquierdo.
Otras dos piezas maestras de
la colección de Grecos de la sala son los lienzos que representan a San
Ildefonso (en la tablilla figura aún la identificación de San Eugenio,
descartada ya por todos los especialistas) y San Pedro, obras ambas fechables hacia
16101614, en las que la pincelada es suelta y fluida, fina en unos puntos y
cargada en otros, pero en ningún caso trabajada. Especialmente deslumbrante es
el lienzo de San Ildefonso por el virtuosismo mostrado en el rico detalle de la
casulla y la mitra, los blancos brillantes de su alba y guantes, detalles todos
ellos que asombrarían ejerciendo indudable influencia en el joven Velázquez.
Por último, también encontramos dos versiones de las numerosas que ejecutó El
Greco sobre la figura de San Francisco.
Completan la sala dos valiosas pinturas en la onda
estética del Veronés que representan el mismo asunto de la Adoración de los Reyes
y un precioso tapiz flamenco de la serie Las Esferas, salido de talleres
bruselenses en el siglo XVI. La salida de esta sala pone fin a la visita de los
museos, reintegrándonos al patio por una puerta inmediata a la que nos sirvió
de entrada.
Monasterio de San Lorenzo del Escorial
Museo de arquitectura
Está instalado en la llamada por Juan de Herrera Planta de
Bóvedas. Dividido en once salas, se muestran en ellas reproducciones de los
planos usados en la construcción del Monasterio, costo de las obras,
herramientas usadas, las qrúas que llevaron las priedras a lo más alto del
edificio, y la
importancia
que los diferentes oficios tuvieron en la fábrica de El Escorial.
Durante siglos las bóvedas
comprendidas entre la torre de las Damas y los muros de la Basílica estuvieron
destinados a trasteros y almacenes. La instalación ha respetado la arquitectura
original sin perder, incluso, el aspecto tenebroso del lugar, marco su gerente
para exhibir planos, trazas, documentos, herramientas e iconografía que nos
ponen en evidencia el esfuerzo gigantesco que supuso la construcción del
monasterio.
La primera sala nos presenta
dibujos grabados de los artífices de El Escorial: Juan de Herrera, Antonio de
Villacastín... La segunda sala ofrece documentos de gran valor: la instrucción
de 1572 firmada por el rey Felipe II ("Yo el Rey"), diarios de las
obras de fray Juan de San Jerónimo, nóminas y esquemas de estimaciones de
costes de las obras. La tercera sala exhibe las trazas de Juan de Herrera y sus
seguidores en forma de croquis, planos, apuntes, estudios e incluso un elemento
auténtico de la estructura de madera original perteneciente a la galería de
Convalecientes. La sala cuarta está ocupada por grabados primitivos que se
refieren al monasterio completo, o a detalles de secciones, plantas o elementos
como el sagrario o el retablo mayor. También se ofrecen reproducciones del
monasterio en la sala quinta, tanto imágenes rigurosas de Gómez Navia como
interpretaciones románticas de Brambilla; en el centro de la sala puede verse
una reproducción al natural de la primera piedra del edificio. Tras pasar ante
una maqueta del monasterio se llega a la sexta sala, donde unos paneles
explican las obras de sustitución de las viejas estructuras de madera de la
techumbre y de la nueva cubrición con empizarrados y emplomados, trabajos que
se terminaron en 1968 y que, además de mejorar y sanear el estado de las
techumbres, aleja el riesgo de incendio, desgracia que ya ha padecido el
monasterio con cierta frecuencia a lo largo de sus cuatro siglos de historia.
También se expone en esta sala un pequeño y antiguo cuadro de cobre aparecido
bajo las cubiertas sustituidas.
Volviendo atrás por la galería
ya recorrida, pueden visitarse las salas interiores que ofrecen detalles
curiosos sobre la construcción del monasterio. La sala séptima presenta las
herramientas utilizadas (cucharillas de cantera, punteros, serretas, cazos de
emplomado, sierras, fijas de cantero, paletas de albañil, punteros de replanteo,
trepas, escantillones de cantero y algunas otras más). En la sala octava tienen
cabida algunos de los materiales usados: el granito (de las cercanías del
monasterio), la cerámica y la pizarra (usada por primera vez en España). La
sala novena se dedica a la carpintería, presentándose una maqueta a escala de
la armadura del capitel de la torre de las Damas y sus planos, así como
muestras de carpintería de taller (puertas, abrazaderas, clavos...). En la sala
décima pueden verse muestras de trabajos de diversos oficios entre los que
destacan la colección de llaves y los materiales empleados (oro, plata, hierro,
vidrio...). Por último, la sala undécima nos presenta las espectaculares
máquinas que hicieron posible el milagro de El Escorial: grúas y poleas que podemos
imaginar en acción, gracias a un viejo grabado reproducido en forma de mural en
una de las paredes de
la
sala.