![]() |
Haga click para publicitar en Alipso.com |
| Buscando Secundarios
| Universidades
| Carreras
| Test
Orientación Vocacional | Medios
| Profesores particulares
| Institutos
| Campus Material Monografias | Exámenes Secundarios | Exámenes Universitarios | Enlaces | Enviar material | Diversión Postales | Humor | Descargas | Juegos Comunidad Foros | Institucional Publicite | En su sitio | Contáctese Cursos en Buenos Aires Cursos de Informática | Cursos de apoyo al CBC | Carreras y Cursos de Diseño, Comunicación, Arte y Fotografía |
|
|
Imprimir apunte |
Recomendar a un amigo |
Recordarme el recurso |
|
Más sobre este recurso: Catalogado en base de datos como: Europa: Agregado: 12 de ABRIL de 2000 | Palabras: 18902 | Votar! | 1 voto | Promedio: Categoría: Apuntes y Monografías > Geografía > |
Trabajo
Práctico sobre Europa:
Europa, es uno de los seis continentes que constituyen la
superficie emergida de la Tierra de acuerdo con la costumbre, aunque en
realidad sólo es la quinta parte más occidental de la masa continental
euroasiática, compuesta en su mayor parte por Asia. En general, para los
geógrafos modernos los montes Urales, el río Ural, una parte del mar Caspio y
las montañas del Cáucaso forman la principal frontera entre Europa y Asia. El
término Europa quizás deriva de Europa, el nombre de la hija de Agenor en la
mitología griega, o posiblemente de Ereb, palabra fenicia que significa
‘ocaso’.
Europa, el segundo continente más
pequeño de la Tierra, tiene una extensión de 10.359.358 km2 aproximadamente, pero ocupa el segundo lugar en cuanto a población de
todos los continentes, con unos 699.774.000 habitantes (según estimaciones para
el año 1993). El punto más septentrional del continente europeo es el cabo
Nordkinn, en Noruega, y el más meridional la punta de Tarifa, al sur de España.
Se extiende de oeste a este desde el cabo da Roca, en Portugal, hasta la
vertiente nororiental de los Urales, en Rusia.
Europa ha sido durante mucho tiempo
un territorio en el que han tenido lugar grandes logros culturales y
económicos. Los antiguos griegos y romanos crearon civilizaciones importantes,
famosas por sus contribuciones a la filosofía, la literatura, el arte y los
sistemas de gobierno. El renacimiento, que comenzó en el siglo XIV, fue un
periodo de grandes éxitos para artistas y arquitectos europeos, y en la era de
los descubrimientos, iniciada en el siglo XV, los navegantes europeos viajaron
a los lugares más apartados del mundo conocido hasta la fecha. Más tarde, las
naciones europeas, en especial España, Portugal, Francia y Gran Bretaña, construyeron
grandes imperios coloniales con vastas posesiones en África, América y Asia. En
el siglo XVIII se inició el desarrollo de formas modernas de organización y
producción industrial. Durante el siglo XX, las dos guerras mundiales
devastaron gran parte de Europa. Después de la II Guerra Mundial, que acabó en 1945,
el continente se dividió en dos importantes bloques políticos y económicos: los
países de Europa oriental, bajo el dominio de la Unión Soviética, y los países
de Europa occidental, bajo la influencia de los Estados Unidos. Sin embargo,
entre 1989 y 1991 el bloque del Este se desintegró y sus dirigentes comunistas
abandonaron el poder dando paso a regímenes de tipo democrático en la mayoría
de los países de Europa oriental. La República Federal de Alemania y la
República Democrática Alemana se reunificaron. El Partido Comunista de la Unión
Soviética se disolvió, los lazos multilaterales militares y económicos entre
Europa oriental y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) se
redujeron o eliminaron, y la misma URSS dejó de existir.
Europa es una masa continental muy
fragmentada que abarca algunas penínsulas grandes, como la Escandinava, la
Ibérica y la Italiana, al igual que algunas pequeñas, como Jutlandia y Bretaña.
También engloba gran número de islas cercanas a la costa, en especial Islandia,
las islas Británicas, las islas Baleares, Cerdeña, Sicilia y Creta. Su litoral
se extiende hasta el océano Glacial Ártico, el mar del Norte y el mar Báltico
al norte; el mar Caspio al sureste; el mar Negro y el mar Mediterráneo al sur;
y el océano Atlántico al oeste. El punto más alto del continente es el monte
Elbrús (5.642 m), en el Cáucaso, al suroeste de Rusia. El punto más bajo de Europa se
halla a lo largo de la costa septentrional del mar Caspio, aproximadamente a 28 m por debajo del nivel del mar.
Regiones
fisiográficas
Desde un punto de vista geológico,
Europa está formada, de norte a sur, por una antigua masa de rocas cristalinas
estables, un ancho cinturón de materiales sedimentarios relativamente
nivelados, una zona de estructuras geológicas mezcladas, creada por la acción
de las fallas, los plegamientos y los volcanes, y una región montañosa de
formación reciente en comparación con las anteriores. Esta estructura geológica
ha contribuido a crear las numerosas regiones fisiográficas que constituyen el
paisaje de Europa.
En Finlandia y gran parte del resto
de la península Escandinava subyace el escudo Fino-escandinavo, surgido durante
la era precámbrica. Inclinado hacia el este, forma las montañas de Suecia
occidental y la meseta de Finlandia. La glaciación ha labrado los profundos
fiordos de la costa noruega y ha erosionado la superficie de la meseta
finlandesa. El movimiento de un segmento de la corteza terrestre contra el
escudo estable durante la orogenia caledoniana (desde hace 500 millones hasta
hace 395 millones de años) creó las montañas de Irlanda, Gales, Escocia y
Noruega occidental. La erosión posterior ha redondeado y desgastado estas
montañas en las islas Británicas, pero los picos de Noruega aún alcanzan los
2.472 m de altitud.
La segunda región geológica
destacada, un cinturón de materiales sedimentarios, se extiende en un arco
desde el suroeste de Francia hacia el norte y hacia el este, a través de los
Países Bajos, Alemania y Polonia hasta alcanzar el interior de Rusia
occidental. También abarca una parte del sureste de Inglaterra. Aunque
deformadas en algunos lugares para formar cuencas, como la de Londres y la de
París, estas rocas sedimentarias, cubiertas por una capa de rocalla depositada
en las glaciaciones, están en general lo suficientemente niveladas como para
formar la gran llanura europea. Algunos de los mejores suelos de Europa se
encuentran en la llanura, en especial a lo largo de su margen meridional, donde
se ha depositado el loess, un material arrastrado por el viento. La llanura
tiene más anchura en el este.
Al sur de la gran llanura europea,
una franja de estructuras geológicas diferentes se extiende a través de Europa
y crea los paisajes más intrincados del continente, las montañas
centroeuropeas. En toda esta región las fuerzas de los plegamientos (cordillera
del Jura), las fallas (Vosgos, Selva Negra), los volcanes (macizo Central), y
las elevaciones (meseta Central) han interactuado para crear montañas, mesetas
y valles alternos.
La principal región fisiográfica de
Europa, situada más al sur, es también la de formación más reciente. A mediados
de la era terciaria, hace 40 millones de años aproximadamente, la placa
afroárabe colisionó con la placa euroasiática y desencadenó la orogenia alpina.
Las fuerzas de compresión generadas por dicha colisión elevaron grandes masas
de sedimentos mesozoicos y crearon cordilleras como los Pirineos, los Alpes,
los Apeninos, los Cárpatos y el Cáucaso, que no sólo son las montañas más altas
de Europa sino también las más escarpadas. Los frecuentes terremotos indican
que los cambios orogénicos aún están teniendo lugar.
Hidrografía
La naturaleza peninsular del
continente europeo ha determinado una estructura hidrográfica radial, en la que
la mayoría de los ríos fluyen hacia el exterior desde el núcleo del continente,
a menudo desde cabeceras cercanas. El río más largo de Europa, el Volga, fluye
principalmente en dirección sur, hasta el mar Caspio, y el segundo en longitud,
el Danubio, fluye de oeste a este antes de desembocar en el mar Negro. Entre
los ríos de Europa central y occidental destacan el Ródano y el Po, que
desaguan en el mar Mediterráneo, y el Loira, el Sena, el Rin y el Elba, que
desembocan en el océano Atlántico o en el mar del Norte. El Oder y el Vístula
fluyen hacia el norte hasta el mar Báltico. La estructura radial hidrográfica
facilita la interconexión de ríos mediante canales. Algunos ríos españoles, por
su longitud y caudal, son dignos de mención, como el Ebro, el Duero, el Tajo,
el Guadiana y el Guadalquivir.
Existen lagos en zonas montañosas,
como en Suiza, Italia y Austria, y en regiones llanas, como en Suecia, Polonia
y Finlandia. El lago de agua dulce más grande de Europa es el lago Ladoga, al
noroeste de Rusia.
Clima
Aunque gran parte de Europa está
situada en latitudes septentrionales, los mares que rodean el continente,
relativamente cálidos, proporcionan a la mayor parte de Europa central y
occidental un clima moderado, con inviernos fríos y veranos templados. Los
vientos del oeste, dominantes, calentados en parte al pasar sobre la corriente
oceánica del Atlántico norte, traen precipitaciones durante casi todo el año.
En la zona climática mediterránea (España, Italia y Grecia) los meses de verano
suelen ser calurosos y secos, y la mayoría de las precipitaciones se recogen en
otoño y primavera. Aproximadamente a partir de Polonia central, hacia el este,
se reduce el efecto moderador de los océanos y, como consecuencia, el clima es
más frío y seco. Las partes septentrionales del continente también tienen este
tipo de clima. Las precipitaciones anuales varían entre los 510 y los 1.530
milímetros.
Flora
Aunque buena parte del continente,
en particular el oeste, estaba en su origen cubierta de bosques, la flora ha
sido transformada por la expansión humana y el desmonte. Sólo los bosques de
las zonas montañosas más septentrionales y de zonas del norte y centro de la
Rusia europea han permanecido relativamente a salvo de la actividad humana. Por
otra parte, Europa está cubierta en su mayoría de bosques plantados o que han
vuelto a ocupar tierras desmontadas. La zona de vegetación más grande de
Europa, que corta la mitad del continente desde el Atlántico a los Urales, es
un cinturón de árboles de hoja caduca y coníferas: robles, arces y olmos
mezclados con pinos y abetos. Las regiones árticas de Europa septentrional y
las vertientes superiores de sus montañas más altas se caracterizan por la
vegetación de tundra, constituida fundamentalmente por líquenes, arbustos y
flores salvajes. Las temperaturas del interior de Europa septentrional, más
suaves pero aún frías, crean un ambiente favorable al desarrollo de bosques de
coníferas como la picea y el pino, aunque también hay abedules y álamos. La
mayor parte de la gran llanura europea está cubierta de praderas, zonas de
hierbas relativamente altas; Ucrania se caracteriza por la estepa, una región
llana y seca con hierbas cortas. Las tierras que bordean el Mediterráneo
destacan por los frutos de algunos de sus árboles y arbustos, en especial
aceitunas, cítricos, higos y uvas.
Fauna
En otras épocas, Europa fue el
hogar de una gran variedad de animales, como el ciervo, el alce, el bisonte, el
jabalí, el lobo y el oso. Sin embargo, los humanos han ocupado o desarrollado
tal cantidad de territorio europeo que numerosas especies animales se han
extinguido o reducido su número. El ciervo, el alce, el lobo y el oso se pueden
encontrar en estado salvaje y en cantidades significativas sólo al norte, en
Escandinavia y Rusia, y en la península de los Balcanes. En otras zonas habitan
sobre todo en reservas protegidas. Los saami (lapones) del extremo norte crían
renos (caribúes domesticados). El rebeco y el íbex (íbice) viven en las cumbres
más altas de los Pirineos y los Alpes. En Europa todavía hay muchos animales
pequeños como la comadreja, el hurón, la liebre, el conejo, el erizo, el
lemming, el zorro y la ardilla, y gran número de pájaros autóctonos, como el
águila, el halcón, el pinzón, el ruiseñor, el búho, la paloma, el gorrión y el
tordo. Se cree que las cigüeñas traen buena suerte a las casas donde anidan, en
especial en los Países Bajos, y los cisnes adornan los ríos y lagos europeos.
Los salmones de Escocia, Irlanda y el Rin son muy apreciados por los europeos y
en las aguas costeras marinas hay gran variedad de peces, incluidos especímenes
de importancia comercial como el bacalao, la caballa, el arenque y el atún. En
los mares Negro y Caspio hay esturiones, de los que se extrae el caviar.
Recursos minerales
En Europa existe una gran variedad
de recursos minerales. Hay grandes yacimientos de carbón en varias zonas del
Reino Unido, en la región alemana del Ruhr y en Polonia, Bélgica, la República
Checa, Eslovaquia, Francia y Ucrania. Hoy día las mayores fuentes europeas de
mineral de hierro son las minas de Kiruna (al norte de Suecia), la región de
Lorena (en Francia) y Ucrania. En algunas zonas de Europa se produce petróleo y
gas natural en pequeñas cantidades, pero las dos regiones más importantes en
este sentido son el mar del Norte (que explotan en su mayoría Gran Bretaña, los
Países Bajos, Alemania y Noruega) y las antiguas repúblicas soviéticas, en
especial Rusia. Entre otros muchos yacimientos minerales destacan los de cobre,
plomo, estaño, bauxita, mercurio, manganeso, níquel, oro, plata, potasio,
arcilla, yeso, dolomita y sal.
Aunque no se sabe con exactitud
cuando se establecieron en Europa, los primeros grupos humanos emigraron
probablemente desde el Este en varias oleadas, en su mayor parte a través de un
puente de tierra, que ya no existe, desde Asia Menor a los Balcanes y a través
de las praderas del norte del mar Negro y desde el sur, a través de la
península Ibérica. Alrededor del año 4.000 a.C. algunas zonas de Europa ya tenían una considerable
población. Barreras geográficas como los bosques, las montañas y los pantanos
contribuyeron a dividir a los pueblos en grupos que permanecieron separados
durante largos periodos. No obstante, como resultado de las migraciones hubo
una constante mezcla racial.
Etnología
En Europa existe una gran variedad
de grupos étnicos (personas unidas por una cultura común, fundamentada
principalmente en la lengua). La mayor parte de las naciones europeas se
componen de un grupo dominante, como los alemanes en Alemania y los franceses
en Francia. En varios países, sobre todo en el sur y el centro de Europa, hay
minorías étnicas; además, la mayoría de los países contienen grupos más
pequeños, como los saami (lapones) de Noruega. Además, un número considerable
de turcos, negros africanos y árabes viven en Europa occidental, la mayor parte
de ellos como trabajadores temporales. A partir de 1989 y hasta 1991 se produjo
la desmembración de la URSS en 15 repúblicas distintas, cada una con su grupo
étnico dominante. Los croatas, eslovenos y macedonios, que constituían la
mayoría de la población de sus respectivas repúblicas en Yugoslavia, votaron a
favor de la separación de Yugoslavia en 1991 para convertirse en Estados
independientes. Bosnia-Herzegovina, con una variedad de grupos étnicos mucho
más diversa, se convirtió en el escenario de un dramático conflicto étnico que
tuvo lugar tras la declaración de independencia de dichas repúblicas en 1992.
Demografía
La distribución de la población
europea no ha sido estable durante largos periodos, si bien su incremento ha
sido notorio a lo largo de la historia, debido a la diferencia entre las tasas
de natalidad y mortalidad y a los movimientos migratorios de todo tipo. A
principios de la era cristiana, la parte más densamente poblada de Europa
bordeaba el mar Mediterráneo. En la década de 1980 Europa tenía la densidad de
población total más alta del mundo. La zona más densamente poblada era el
cinturón que comenzaba en Gran Bretaña y continuaba hacia el este a través de
los Países Bajos, Alemania, Checoslovaquia, Polonia y la URSS europea. En el
norte de Italia también había una gran densidad de población.
La tasa media de crecimiento anual
de la población europea durante el periodo comprendido entre 1980 y 1987 sólo
fue del 0,3% (en el mismo periodo la población de Asia creció cerca del 0,8%
anual, y la de Estados Unidos un 0,9% anual). En la misma época, hubo grandes
variaciones en la tasa de crecimiento según los países europeos. Así, a finales
de la década de 1980, Albania tenía una tasa de crecimiento anual del 1,9%
aproximadamente y España del 0,5%, mientras que las tasas de las ciudades de
Gran Bretaña no cambiaron significativamente y las de la antigua República
Democrática Alemana descendieron. En conjunto, la lentitud de la tasa de
crecimiento de población se debió sobre todo a la baja tasa de natalidad.
Generalmente, los europeos disfrutan al nacer de una de las más elevadas tasas
de esperanza de vida, unos 75 años en la mayoría de los países, si la
comparamos con las mismas tasas en la India y la mayoría de los países
africanos, por debajo de los 60 años.
Los movimientos de la población,
voluntarios o involuntarios, han sido una característica constante en la vida
europea. A finales del siglo XX destacaron dos movimientos: la migración de
personas en busca de trabajo como ‘trabajadores invitados’ (en alemán, gastarbeiter)
y la migración de zonas rurales a zonas urbanas. Trabajadores italianos,
yugoslavos, griegos, españoles y portugueses (al igual que turcos asiáticos,
norteafricanos y de otras zonas no europeas) se trasladaron, en su mayoría sin
la intención de establecerse permanentemente, a Alemania, Francia, Suiza, Gran
Bretaña y otros países en busca de empleos. Además, muchos europeos emigraron
desde zonas rurales hasta las ciudades dentro de las fronteras nacionales.
Entre 1950 y 1975, la población urbana de Europa occidental aumentó de un 70%
aproximadamente a casi un 80%; en Europa oriental creció del 35% al 60%. Por
otra parte, en comparación con las emigraciones del siglo XIX y principios del
XX, muy pocos europeos salieron del continente. La mayor parte de las personas
que dejaron Europa a finales del siglo XX emigraron a Sudamérica, Canadá o
Australia.
En la mayor parte de los países
europeos la capital de la nación es la ciudad más grande, pero además hay
muchas otras ciudades importantes. Numerosas capitales europeas tienen una gran
trascendencia económica y cultural y albergan numerosos lugares históricos.
Entre las ciudades más famosas se encuentran Berlín, Budapest, Londres, Madrid,
Barcelona, Moscú, París, Praga, Roma, Estocolmo y Viena.
Idiomas
Los europeos hablan una gran
variedad de idiomas. Las principales familias lingüísticas están formadas por
las lenguas eslavas, que incluyen el ruso, el ucraniano, el bielorruso, el
checo, el eslovaco, el búlgaro, el polaco, el esloveno, el macedonio y el
serbo-croata; las lenguas germánicas, que engloban el inglés, el alemán, el
neerlandés, el danés, el noruego, el sueco y el islandés; las lenguas románicas,
entre las que se encuentran el italiano, el francés, el español, el catalán, el
portugués y el rumano. Estos idiomas tienen básicamente los mismos orígenes y
se clasifican dentro de las lenguas indoeuropeas, que también comprenden el
griego, el albanés y lenguas celtas como el gaélico, el galés y el bretón.
Además de las lenguas indoeuropeas, en el continente hay pueblos que hablan
lenguas ugrofinesas, además de otras lenguas, como el vasco (euskera)
y el turco. Muchos europeos utilizan el inglés, el alemán, el español o el
francés como segunda lengua.
Religión
A finales de la década de 1980 la
mayor parte de los europeos se declaraban cristianos. El grupo religioso más
numeroso, el católico, vive principalmente en Francia, España, Portugal,
Italia, Irlanda, Bélgica, el sur de Alemania y Polonia. Otro gran grupo lo
componen las confesiones protestantes, concentradas en países del norte y el
centro de Europa, como Inglaterra, Escocia, el norte de Alemania, los Países
Bajos y los países de Escandinavia. El tercer grupo cristiano más importante
era el ortodoxo, sobre todo en Rusia, Georgia, Grecia, Bulgaria, Rumania,
Serbia y Montenegro. Además, había comunidades judías en la mayoría de los
países europeos (la más numerosa en Rusia), mientras que los habitantes de
Albania, Bosnia-Herzegovina y Turquía eran en su mayor parte musulmanes.
Cultura
En Europa hay una gran tradición
cultural reflejada en la calidad de su literatura, pintura, escultura,
arquitectura, música y danza. A finales del siglo XX París, Roma, Londres,
Berlín, Barcelona, Madrid y Moscú eran centros culturales especialmente
famosos, pero otras muchas ciudades también mantenían museos, grupos musicales
y teatrales y otras instituciones culturales. Los medios de comunicación
(radio, televisión y cine) de buena parte de los países europeos han alcanzado
un gran desarrollo. También hay excelentes sistemas de enseñanza y la tasa de
alfabetización es alta en la mayoría de las ciudades. Algunas de las más
antiguas y mejores universidades del mundo, como Cambridge, Oxford, París,
Heidelberg, Praga, Upsala, Bolonia, Salamanca y Moscú se encuentran en Europa.
Economía
Durante mucho tiempo, Europa ha dirigido las
actividades económicas mundiales. Como lugar de nacimiento de la ciencia
moderna y la Revolución Industrial, adquirió una superioridad tecnológica sobre
el resto del mundo, lo cual le proporcionó un dominio incuestionable durante el
siglo XIX. La Revolución Industrial, que comenzó en Gran Bretaña en el siglo
XVIII y desde allí se difundió a todo el mundo, implicaba el uso de maquinaria
compleja y dio lugar a un gran incremento en la producción agrícola y a nuevas
formas de organización económica. A partir de mediados del siglo XX, la
creación de importantes organizaciones supranacionales como la Unión Europea,
la Asociación Europea de Libre Comercio y la Organización para la Cooperación y
Desarrollo
Económico ha
estimulado el crecimiento económico.
Agricultura
En general, la
agricultura europea es de tipo mixto: se producen varios tipos de cultivos y
actividad ganadera en la misma región. La parte europea de la antigua URSS es
una de las pocas regiones extensas donde predomina el monocultivo. Las naciones
mediterráneas mantienen un tipo de agricultura distinto, dominado por la
producción de cereales, aceite y cítricos. En la mayoría de estos países la
agricultura tiene más importancia en la economía nacional que en los países del
norte. En Europa occidental las industrias de productos cárnicos y lácteos son
las más relevantes. La importancia de los cultivos crece a medida que se avanza
hacia el este, como en la península de los Balcanes, donde suman
aproximadamente un 60% de la producción agrícola, y en Ucrania, donde la
producción de cereales eclipsa a cualquier otro tipo de cultivo. Europa en su
totalidad destaca particularmente por su elevada producción de trigo, cebada,
avena, centeno, maíz, patatas (papas), judías, guisantes (chícharos) y
remolacha azucarera (betabel). Además de ganado vacuno, se crían grandes
cantidades de ganado porcino, caprino y animales de granja. A finales del siglo
XX, Europa era autosuficiente en los productos agrícolas básicos. En buena
parte de la tierra arable se utilizaban técnicas avanzadas de agricultura, como
la aplicación de maquinaria moderna y fertilizantes químicos, pero en regiones
del sur y sureste de Europa aún dominaban la técnicas tradicionales, poco
eficientes. Durante gran parte del periodo en el que los regímenes comunistas
ocuparon el poder en Europa oriental, la agricultura de estos países (con la
excepción de Polonia y Yugoslavia) se basó en grandes granjas y comunas
estatales.
Los bosques septentrionales, que se
extienden desde Noruega a través del norte de la Rusia europea, son la
principal fuente de productos forestales de Europa. Suecia, Noruega, Finlandia
y Rusia tienen industrias forestales relativamente grandes que producen pasta
de madera, madera para la construcción y otros artículos. En Europa meridional,
España y Portugal fundamentalmente, se manufacturan gran variedad de productos
del corcho extraído del alcornoque. Aunque todos los países europeos costeros
poseen alguna industria pesquera, la pesca tiene gran importancia en los países
del norte, en especial Noruega y Dinamarca. España, Rusia, Gran Bretaña y Polonia
también son naciones pesqueras destacadas.
Minería
La distribución actual de la
población de gran parte de Europa ha estado determinada por antiguas
actividades mineras, en especial por la explotación de carbón. Zonas
carboníferas, como los Midlands (en Gran Bretaña), la región del Ruhr (en
Alemania) y Ucrania atrajeron a las industrias y estimuló la creación de
estructuras industriales que permanecen actualmente. Aunque el número de
personas dedicadas a la minería está descendiendo en Europa, principalmente a
causa de la mecanización, todavía existen varios centros importantes: el Ruhr
(en Alemania), Silesia (en Polonia) y Ucrania son productores importantes de
carbón. Se produce mineral de hierro en abundancia al norte de Suecia, al este
de Francia y en Ucrania. Se extrae gran variedad y cantidad de otros minerales,
como la bauxita, el cobre, el manganeso, el níquel, el potasio y el mercurio
(en España). Una de las más recientes e importantes industrias de extracción en
el continente es la producción de petróleo y gas natural en zonas cercanas a la
costa, en el mar del Norte. Durante mucho tiempo se han extraído grandes
cantidades de estos productos en la parte meridional de la Rusia europea, en
especial en la región del Volga.
Industria
Desde la Revolución Industrial, el
sector secundario transformó radicalmente las estructuras económicas y ayudó en
la formación de unos nuevos patrones vitales y culturales en Europa. Las zonas
centrales y septentrionales de Inglaterra se convirtieron pronto en centros de
industria moderna, al igual que las regiones del Ruhr y Sajonia (en Alemania),
el norte de Francia, Silesia (en Polonia) y Ucrania. El hierro y el acero, los
metales fabricados, los tejidos, los barcos, los vehículos motorizados, y el
material móvil han sido productos fundamentales en la industria europea durante
mucho tiempo. La elaboración de productos químicos y equipo electrónico y de
otros artículos de alta tecnología ha estimulado el crecimiento de la industria
durante el periodo posterior a la II Guerra Mundial. En conjunto, la actividad se
concentra en especial en la parte central del continente (una zona que se
extiende por Inglaterra, el sur y el este de Francia, el norte de Italia,
Bélgica, los Países Bajos, Alemania, Polonia, la República Checa, Eslovaquia,
el sur de Noruega y el sur de Suecia), así como en la Rusia europea y Ucrania.
Energía
Europa consume gran cantidad de
energía. Las principales fuentes energéticas son el carbón, el lignito, el
petróleo, el gas natural y la energía nuclear e hidroeléctrica. En Noruega,
Suecia, Francia, Suiza, Austria, Italia y España hay importantes instalaciones
hidroeléctricas, que proporcionan gran parte de la producción anual de
electricidad. La energía nuclear es importante en Francia, Gran Bretaña, Alemania,
Bélgica, Lituania, Ucrania y otras antiguas repúblicas soviéticas, Suecia,
Suiza, Finlandia y Bulgaria. Irlanda se distingue del resto de los países
europeos en la utilización de la turba como principal fuente energética para
uso doméstico; también se utiliza para generar electricidad.
Transporte
El sistema de transportes europeo
está muy desarrollado, y es más denso en la parte central del continente.
Escandinavia, la antigua URSS europea y el sur de Europa poseen
infraestructuras de transporte menos desarrolladas. Existe gran número de
vehículos privados y buena parte de las mercancías se transportan por
carretera. Las redes de ferrocarril están en buen estado en la mayor parte de
los países europeos y son importantes para el transporte tanto de personas como
de mercancías. El transporte marítimo tiene un papel destacado en la economía
europea. Varios países, como Grecia, Gran Bretaña, Italia, Francia, Noruega y
Rusia mantienen grandes flotas de barcos mercantes. Rotterdam (en los Países
Bajos) es uno de los puertos con mayor tráfico del mundo. Otros puertos
importantes son Amberes (en Bélgica), Marsella (en Francia), Hamburgo (en
Alemania), Londres (en Gran Bretaña), Génova (en Italia), Gdansk (en Polonia), Bilbao (en España) y Göteborg (en
Suecia). Una buena parte de las mercancías se transportan al interior por vías
fluviales; los ríos europeos con un tráfico comercial destacado son el Rin, el
Escalda, el Sena, el Elba, el Danubio, el Volga y el Dniéper. Además, en Europa
hay varios canales importantes. Casi todos los países europeos cuentan con
aerolíneas nacionales, y algunas, como Air France, British Airways, Swissair,
Iberia, Lufthansa (Alemania) y KLM (los Países Bajos) tiene importancia
mundial. La mayoría de los sistemas de transporte de los países europeos son
estatales. Desde la II Guerra Mundial se han construido numerosos oleoductos
para transportar petróleo y gas natural. La Unión Europea (UE) ha propiciado el
desarrollo de importantes redes transeuropeas a través de sus países miembros.
Comercio
internacional
En su mayoría, los países europeos
mantienen un notable comercio internacional. Gran parte de dicho comercio es de
carácter interior, en especial entre miembros de la Unión Europea, pero los
europeos también comercian a gran escala con países de otros continentes.
Alemania, Francia, Gran Bretaña, Italia y los Países Bajos se encuentran entre
las principales naciones mercantiles del mundo. Una buena parte del comercio
intercontinental europeo se basa en la exportación de productos industriales y
en la importación de materias primas.
Historia
Desde la prehistoria hasta la
actualidad, Europa ha sido ocupada por numerosos pueblos. El siguiente resumen
sólo incidirá en aquellos hechos, desarrollos, tendencias e individuos que han
sido responsables de transiciones o transformaciones decisivas en Europa a
través de los siglos. Hasta cierto punto, las secciones de historia de los
artículos de los países europeos contienen datos más detallados sobre el
origen, crecimiento y estado actual de la civilización occidental. Dichas
secciones también remiten al lector a una gran variedad de artículos que tratan
aspectos más amplios de la civilización europea. Es más, varios artículos
contienen referencias a otras entradas relacionadas con los acontecimientos
continentales. Un repaso de todo el material pertinente puede ser un requisito
anterior a la comprensión adecuada de Europa en cualquier época.
Prehistoria y antigüedad
El hombre moderno (Homo sapiens
sapiens) apareció por primera vez en Europa a finales del
paleolítico (antigua edad de piedra). Los cazadores y recolectores dejaron tras
de sí notables ejemplos de arte rupestre (hace entre 25.000 y 10.000 años), que
se han encontrado en más de 200 cuevas, principalmente en Francia y España.
Hace unos 10.000 años, al final del pleistoceno (el más reciente de los
periodos glaciales) el clima comenzó a mejorar y se aproximó gradualmente a las
condiciones actuales. Con el tiempo, los pueblos del neolítico desarrollaron
economías agrícolas que sustituyeron a la caza y la recolección. Durante el
sexto milenio a.C., la agricultura se extendió a la mayor parte de Europa
occidental. Algunas de estas culturas neolíticas, que nacieron alrededor del año
5.000 a.C., erigieron enormes monumentos de piedra (megalitos), bien como
estructuras funerales, bien como monumentos conmemorativos de hechos notables.
El desarrollo del neolítico temprano fue especialmente intenso en las zonas del
Danubio y los Balcanes, en las llamadas culturas de Starcevo (cerca de
Belgrado, en la Serbia actual) y Danubiana. En los Balcanes meridionales, la
cultura de Sesklo (en Tesalia) había desarrollado complejas formas protourbanas
alrededor del año 5.000 a.C. Ésta, a su vez, condujo a la cultura de Dimini
(también en Tesalia), caracterizada por las aldeas fortificadas. Las
excavaciones en los Balcanes han demostrado que en la zona se utilizaba el
cobre en el año 4.000 a.C. aproximadamente, durante la cultura de Vinca
(alrededor del año 4.500-3.000 a.C.). En esta época, el comercio, especialmente del
ámbar procedente del mar Báltico, adquiría cada vez más importancia. Los
grandes yacimientos de cobre y estaño de Europa central (Bohemia) permitieron
el desarrollo de la tecnología del bronce durante el tercer milenio a.C. Las
tumbas aristocráticas típicas de este periodo se cubrían con túmulos o tumuli,
pero a finales del segundo milenio antes de Cristo hubo un cambio: la cremación
se convirtió en algo común, y los entierros en urnas (que dieron paso a la
denominada cultura de los Campos de Urnas) se convirtieron en una costumbre
establecida.
La llegada de los
indoeuropeos
Las investigaciones aún no han
determinado con exactitud donde se originaron las lenguas indoeuropeas que se
hablan en gran parte de Europa en la actualidad. Algunos investigadores creen
que la cultura del kurgan (túmulo), que se inició al norte del mar Negro
alrededor del año 2500 a.C., fue una primitiva cultura indoeuropea. De
acuerdo con esta teoría, en el año 2220 a.C. aproximadamente, estos indoeuropeos invadieron y
se extendieron por los Balcanes, e introdujeron los caballos en la región;
después se dispersaron por toda Europa. Por consiguiente, a mediados de la edad
del bronce los pueblos de los Balcanes y Europa central pudieron haber hablado
lenguas indoeuropeas. No obstante, y con la excepción de las civilizaciones de
Creta y Grecia, en el segundo milenio a.C., la mayor parte de Europa desconocía
la escritura.
La primera civilización que maduró
en Europa fue la de Creta, en el segundo milenio a.C. Llamada civilización
minoica por el legendario rey Minos, esta sociedad de la edad del bronce
controló el Egeo alrededor del año 1600 a.C. . La fecha de la llegada de los primeros
invasores griegos a Grecia es poco fiable. Muchos eruditos están de acuerdo en
que fue cerca del año 1900 a.C. Hacia el año 1400 a.C. aproximadamente, estos griegos
(llamados micénicos por su principal ciudad, Micenas) habían conquistado los
dominios cretenses. La civilización micénica mantenía contactos comerciales con
Oriente Próximo y Britania. No obstante, después del año 1200 a.C., la sociedad micénica fue casi
totalmente destruida debido a la invasión de los pueblos del Norte,
probablemente de griegos dorios, quienes, a pesar de tener una cultura menos
avanzada, habían aprendido a fabricar armas de hierro. El comienzo de la edad
del hierro se caracterizó por una regresión cultural.
Culturas de la
edad del hierro
A finales de la edad del bronce, la
población había comenzado a incrementarse rápidamente en otras zonas de Europa.
A principios de la edad del hierro, que comenzó aproximadamente en el año 1000 a.C., las tribus de la cultura de
los Campos de Urnas de Centroeuropa comenzaron su expansión a lo largo de los
ríos más importantes y dieron lugar a importantes grupos, como los celtas y los
eslavos, al igual que los itálicos y los ilirios. Al norte de Italia, la
cultura de Villanova (alrededor de 1000-700 a.C.) adquirió gran importancia, y otra cultura
similar, la de Halstatt (aproximadamente 750-450 a.C.) se difundió a gran parte de
Europa occidental con la expansión de los celtas entre los siglos VII y IV a.C.
Los celtas también se identifican con la cultura de La Tène (aproximadamente
450-58 a.C.), cuyo precedente inmediato era la de Halstatt. Alrededor del año
500 a.C., los germanos comenzaron a expandirse desde Escandinavia meridional
y el Báltico. En la península Ibérica, los celtas se encontraron el año 900 a.C. con los iberos, que ya se
habían instalado en ella mucho antes, procedentes del sur. Fue el primer gran
mestizaje peninsular.
La supremacía de
Grecia
Alrededor del año 800 a.C. la civilización griega comenzó
su resurgir tras la conmoción de la invasión doria, pero en una forma diferente
de la cultura micénica. Esto se debió en gran parte a los fenicios, que habían
establecido puestos comerciales en el Mediterráneo y difundido elementos de la
civilización de Oriente Próximo hacia el Oeste. Los griegos tomaron de ellos el
alfabeto fenicio, al que añadieron vocales llenas. En el siglo VIII a.C. las
ciudades-estado griegas comenzaron a expandirse, estableciendo colonias en el
Mediterráneo occidental; en el siglo siguiente, la civilización helénica había
alcanzado su madurez. La creación de colonias aumentó y la prosperidad del comercio
entre estos asentamientos y con otros pueblos tuvo como consecuencia la
difusión de la civilización griega. La mayoría de estas nuevas ciudades
griegas, aunque casi independientes, estaban unidas por una cultura común. Eran
conscientes de su herencia helénica y consideraban a los otros pueblos
bárbaros. La mayoría de los grupos étnicos del Mediterráneo occidental
(incluidos los etruscos, que habían sustituido a los miembros de la cultura de
Villanova) pronto adoptaron elementos de la cultura griega. La mayoría de los
centros urbanos importantes del área, griegos o no, pasaron de ser monarquías a
crear regímenes aristocráticos, que finalmente dieron lugar a oligarquías
comerciales (plutocracias).
Aproximadamente en el siglo V a. C.
algunos centros griegos, como Atenas, se habían convertido en democracias. En
esa época, Grecia comenzó a ser amenazada por la expansión del Imperio persa,
fundado en el siglo anterior. Pronto los persas conquistaron toda Asia Menor y,
en el año 490 a.C., atacaron Grecia. Después de que los persas fueran rechazados
definitivamente (479 a.C.), la Atenas democrática surgió como la mayor
potencia del mundo griego. Se estableció un imperio ateniense en el Egeo que
precipitó la integración económica y cultural de la región; el siglo V a.C. fue
la edad de oro de la civilización griega clásica. No obstante, las políticas
expansionistas atenienses y las antiguas rivalidades económicas y políticas
provocaron la guerra del Peloponeso (431-404 a.C.) en la que gran parte de Grecia fue devastada;
las guerras entre las ciudades griegas continuaron en el siglo siguiente.
Macedonia, situada al norte de
Grecia, no había sido en su origen parte del mundo griego. Alrededor del siglo
IV a.C., sin embargo, su clase dirigente se había helenizado. Bajo Filipo II,
Macedonia conquistó gran parte de Grecia, y su hijo, Alejandro Magno añadió el
Imperio persa a estas posesiones. Tras su muerte, sus sucesores dividieron el
imperio, por lo que los centros de gravedad durante el siguiente periodo
(conocido como helenístico) se trasladaron a ciudades como Alejandría, en
Egipto, y Antioquía, en Turquía. Finalmente, Macedonia y Grecia fueron
conquistadas por Roma en el siglo II a.C.
El dominio de Roma
Al contrario que Grecia, a
principios de la edad del hierro Italia estaba fragmentada en numerosos grupos
étnicos y lingüísticos. Mezclados entre las primeras culturas neolíticas, hubo
varios grupos de indoeuropeos que se infiltraron en el norte de Italia a
finales del segundo milenio a.C. y posteriormente se expandieron por toda la
península. El más numeroso de estos grupos fueron los itálicos. Una importante
cultura de la edad del hierro (la de Villanova) se desarrolló al norte y tuvo
un gran impacto en las regiones vecinas. Probablemente durante el siglo X a.C.,
los etruscos, o al menos su clase dirigente, emigraron desde Asia Menor. Se
establecieron en Italia central y septentrional y crearon una civilización
compuesta por elementos villanovianos y orientales. A esto se añadió una
intensa influencia de la civilización griega, incluido el alfabeto, procedente
de las colonias griegas del sur.
Alrededor de esta época —la fecha
tradicional es el año 753 a.C.— se fundó Roma junto al río Tíber. Los romanos
eran un pueblo latino perteneciente al grupo itálico. Roma (al principio una
simple aldea) fue ocupada y civilizada por los etruscos hasta finales del siglo
VI a.C. Posteriormente, los romanos comenzaron la conquista de las zonas
vecinas, y, a principios del siglo IV a.C., habían conquistado la importante
ciudad etrusca de Veii. Tras un revés temporal causado por la invasión de los
galos (una tribu celta), los romanos continuaron anexionándose grandes zonas de
Italia; a principios del siglo III a.C. la mayor parte de Italia central y
septentrional era romana. Al contrario que los griegos, los romanos conectaron
sus dominios con carreteras y garantizaron la total o parcial ciudadanía a los
asentamientos situados fuera de Roma, una política que finalmente dio lugar a
una lengua y una cultura más o menos uniformes.
La expansión de
Roma
En las llamadas Guerras Pírricas
(280-271 a.C.), Roma consiguió el control de la Italia meridional griega y, al
absorber este área, se helenizó en parte. La conquista puso a Roma en
confrontación directa con Cartago, una antigua colonia fenicia del norte de
África, por el control del Mediterráneo occidental. En las posteriores guerras
con Cartago, Roma obtuvo la victoria y Sicilia, Córcega, Cerdeña, y el norte de
África cayeron bajo su esfera de influencia. El dominio romano de la península
Ibérica no fue fácil y entre los episodios de resistencia se hizo célebre la
defensa de Numancia, cuyos habitantes prefirieron morir antes de entregarse.
Frente a los romanos, el héroe peninsular Viriato inventó un tipo de acción
militar que se hizo célebre, la guerra de guerrillas. A mediados del siglo II
a.C., Cartago había sido destruida por Roma, que también conquistó Macedonia y
Grecia. Los romanos limpiaron los mares de piratas y extendieron sus carreteras
por toda la región, con lo que facilitaron las comunicaciones y favorecieron la
unión cultural. Esta amalgama cultural romano-helenística fue bilingüe: el
latín dominó al oeste y el griego al este.
El Imperio romano
Tras un periodo de guerras civiles
y luchas, la República romana se transformó en un Imperio bajo el emperador
Augusto, aproximadamente a principios de la era cristiana. En los 200 años
siguientes el nivel de prosperidad del Mediterráneo alcanzó un grado tal que en
muchos aspectos no pudo ser igualado hasta 1.500 años después. El Imperio romano
asimiló a numerosos pueblos; además, en el año 212 d.C., la mayor parte de los hombres
libres nacidos dentro de los confines del Imperio se convirtieron en ciudadanos
romanos. Este concepto de ciudadanía universal fue único en el mundo antiguo.
Más allá de las fronteras del Imperio, ciertos elementos de la cultura
grecorromana influyeron también en las tribus celtas y germanas. La península
Ibérica sufrió un profundo proceso de romanización. Se dice que era ‘el granero
de Roma’ y una de sus provincias más ricas. Romanos famosos nacidos en la
península fueron Quintiliano, el poeta Lucano y el filósofo Séneca.
El siglo III d.C. fue una época de
quiebra de las estructuras imperiales, después de la cual el emperador
Diocleciano reorganizó el Imperio. Muchas de sus reformas económicas y sociales
anticiparon la edad media y sus cambios administrativos acabaron con la
supremacía de Italia. En el siglo IV, bajo Constantino I el Grande,
Constantinopla (actual Estambul) reemplazó a Roma como capital, y el cristianismo
se convirtió de hecho, si bien no oficialmente, en la religión del Estado. En
el siglo V, tras la caída del Imperio romano de Occidente ante los grupos
germánicos invasores, que dio lugar a la instauración de una serie de reinos
germanos, la Iglesia conservó la herencia romana. La romanización del Imperio
había sido tan completa que hoy día las lenguas que se derivan del latín se
hablan en Francia, España, Portugal, Italia, partes de Suiza y Rumania.
Las grandes
migraciones
Mientras la civilización se consolidaba
en el Mediterráneo, en otras partes de Europa hubo grandes cambios. Las
culturas de la edad del bronce y del hierro de las regiones periféricas
consistían principalmente en comunidades pastoriles y agrícolas, mucho menos
estables que los asentamientos grecorromanos. Las emigraciones de áreas más
pobres a zonas más ricas fueron continuas, y el movimiento de un pueblo o tribu
desplazaba a su vez a otros pueblos y a menudo provocaba reacciones en cadena.
Los primeros en comenzar dichos movimientos durante los siglos finales de la
era precristiana y principios de la era cristiana fueron las tribus germánicas.
Estas tribus habían ocupado partes de Escandinavia meridional y Alemania
septentrional a finales de la edad del bronce. Durante la edad del hierro
comenzaron a emigrar al sur, quizás a causa de un empeoramiento del clima. En
el siglo II a.C. dos tribus germánicas, los cimbrios y los teutones, alcanzaron
la zona que hoy día es Provenza, pero fueron rechazados finalmente por los
romanos. Los suevos tuvieron más éxito y ocuparon parte de la Alemania actual.
Las tribus celtas de esa región fueron empujadas hacia el oeste para ser
conquistadas muchos años más tarde por los romanos bajo mando de Julio César.
La expansión romana hacia los territorios germánicos fue interrumpida en el año
9 d.C., cuando tropas germánicas
dirigidas por Arminio (Hermann) aplastaron a las legiones romanas en el bosque
de Teoburgo. Como consecuencia, Roma estableció una zona de contención al este
del Rin y al norte del Danubio. Aproximadamente en el año 150 d.C., las migraciones y posteriores
dislocaciones de pueblos se intensificaron de nuevo y amenazaron las fronteras
imperiales. El emperador Marco Aurelio luchó con éxito contra los marcomanos y
los cuados, al igual que contra un pueblo no germano, los yacigos; un ejemplo
de las características de este periodo es que Marco Aurelio pasó gran parte de
su reinado luchando con las tribus invasoras. A comienzos del siglo III d.C.,
los alamanes habían penetrado al norte de la frontera romana, y al este los
godos comenzaron su infiltración en la península de los Balcanes. Tras su
derrota ante las tropas imperiales, los godos se convirtieron en mercenarios de
Roma.
Durante la segunda mitad del siglo
III, los grupos germánicos (incluidos los francos) penetraron en el Imperio. Se
hicieron grandes esfuerzos para fortalecer las defensas interiores. Bajo el
emperador Aureliano se construyó una muralla alrededor de la misma Roma, Dacia
fue abandonada, y se reclutaron cada vez más mercenarios germánicos para formar
parte de los ejércitos romanos. Roma sólo pudo capear la crisis del siglo III
gracias a la reestructuración del Imperio por parte de Diocleciano, realizada
en principio para enfrentarse a las tribus germanas con más eficiencia. Después
de la mitad del siglo IV la situación parecía estar bajo control, pero un nuevo
pueblo, los hunos, invadió Europa desde Asia central y causó una nueva serie de
reacciones. Los godos fueron empujados hacia los Balcanes y derrotaron a los
romanos en Adrianópolis en el año 378. En el 410 los visigodos de Alarico I
saquearon Roma y provocaron una conmoción en todo el Imperio. Poco después los
vándalos, tras atravesar la península Ibérica, penetraron en el norte de África
bajo dominio romano y establecieron un reino. En el año 451 un ejército romano,
formado en gran parte por visigodos, derrotó a los hunos de Atila, pero años
más tarde Roma fue saqueada de nuevo, esta vez por los vándalos. En ese momento
Britania, Galia e Hispania estaban ocupadas por tribus germánicas. El final del
Imperio de Occidente llegó en el año 476, cuando mercenarios germánicos
depusieron al emperador Rómulo Augústulo y convirtieron a su jefe, Odoacro, en
rey de Italia. En esta época, Hispania estaba dominada ya por los visigodos,
que habían abrazado la herejía arriana, que no aceptaba que Cristo fuera parte
de la Santísima Trinidad, considerándolo simplemente un profeta. A partir del
dominio romano, florecieron mártires y santos.
Inicios de la edad media
Rómulo Augústulo fue depuesto en el
año 476 sin haber designado heredero, y cuando a Zenón, el emperador del
Imperio de Oriente, le aconsejaron que no había una razón inmediata para
designar un sucesor, la sugerencia parecía razonable. En teoría, en la ley y en
los corazones del pueblo, el Imperio era invulnerable. Muchos reinados de
emperadores habían sido cortos, muchos habían terminado violentamente y los
pueblos germánicos beligerantes habían estado presentes en la vida política
romana durante más de un siglo. Nadie podría haber imaginado en la época que
Rómulo Augústulo (que irónicamente llevaba el nombre del legendario fundador de
Roma) iba a ser el último emperador romano de Occidente y que una época había
terminado.
El conflicto
romano-germánico
Con el final del siglo IV los pueblos germanos del norte y el este del Imperio romano habían comenzado un movimiento hacia el oeste y el sur. Eran pueblos agrícolas y pastoriles y, como todos los pueblos pastores con un alto grado de nomadismo, tenían una larga historia de migraciones.