No es posible definir la filosofía sin recurrir a su historia. Su concepto es inherente a la misma historia de la filosofía. Se va desarrollando a lo largo del tiempo a través de la secuencia de relatos y escritos, que marcan líneas de continuidad y de
Filosofía occidental
Trabajo de investigación a cargo del:
Lic. José Luis Dell'Ordine
Buenos Aires - Argentina
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Descripción temática: No es posible definir la filosofía sin recurrir a su
historia. Su concepto es inherente a la
misma historia de la filosofía. Se va desarrollando
a lo largo del tiempo a través de la secuencia de relatos y escritos, que
marcan líneas de continuidad y de ruptura, de posturas semejantes o
antagónicas, utilizando los medios conceptuales, procedimentales y
actitudinales.
INDICE:
1. INTRODUCCIÓN
2. Filosofía Giega
3. Filosofía Helenística
4. Filosofía Medieval
5. Filosofía Moderna y Contemporánea
Ø Conclusión
Ø Bibliografía
Ø Autor
Ø Banners
Desarrollo:
1. INTRODUCCIÓN Filosofía occidental, conjunto de sistemas, doctrinas, teorías y
escuelas de pensamiento que, en el ámbito de la filosofía, se han desarrollado
a lo largo de toda la historia en el espacio geográfico occidental
(entendiéndose por éste el continente europeo y, desde el comienzo de la edad
contemporánea, el americano). Antes de afrontar su estudio, es necesario
limitar el marco disciplinar de la propia filosofía que, en un principio, se
define por ser el estudio racional y crítico de los principios básicos.
Generalmente, la filosofía es dividida en cuatro ramas principales: metafísica
(estudio de la realidad última), epistemología (estudio de los orígenes,
validez y límites del conocimiento), ética (estudio de la naturaleza de la
moral y el juicio) y estética (estudio de la naturaleza de la belleza en las
actividades artísticas). Dos son los principales tipos de investigación
filosófica: el analítico (estudio lógico de los conceptos) y el sintético
(ordenamiento de los conceptos en un sistema unificado).
Según fue utilizado en su origen por los
griegos clásicos, el término filosofía significa la búsqueda del conocimiento
por sí mismo. La filosofía comprende todas las áreas del pensamiento
especulativo e incluye tanto la reflexión sobre las artes como sobre las
ciencias y la religión. Conforme se fueron desarrollando métodos y principios
particulares en las distintas áreas del conocimiento, cada campo adquirió su
propio perfil filosófico, lo cual dio lugar a la filosofía del arte, de la
ciencia y de la religión. El término filosofía se usa de forma popular para
referirse a un conjunto de actitudes y valores básicos respecto a la vida, la
naturaleza y la sociedad (de ahí procede la frase “filosofía de la vida”). Como
las fronteras que separan las distintas áreas del conocimiento son flexibles y
están sujetas a cambio, la definición del término filosofía sigue estando
sometida a controversia.
Para obtener información sobre el
pensamiento filosófico en el Extremo y Próximo Oriente véase Filosofía
china; Islam; Budismo; Taoísmo; Confucianismo.
2. FILOSOFÍA GRIEGA
La filosofía occidental comenzó en Jonia
como una especulación sobre la naturaleza subyacente del mundo físico. En su
forma primera no se distinguía de la ciencia natural, pues los primeros
filósofos eran físicos preocupados por determinar qué puede permanecer tras el
aparente cambio. Los escritos de los primeros pensadores de la filosofía griega
no se han conservado en lo fundamental, excepto algunos fragmentos citados por
Aristóteles y otros autores pertenecientes a épocas posteriores.
2.1. La escuela
jónica
El primer pensador considerado un filósofo
fue Tales de Mileto, originario de esta ciudad, en la costa jónica de Asia
Menor, que vivió a finales del siglo VII a.C. y principios del siglo
VI a.C. Alabado por las generaciones posteriores como uno de los siete
sabios de Grecia, se interesó por los fenómenos astronómicos, físicos y
meteorológicos, y sus investigaciones científicas le llevaron a pensar que
todos los fenómenos naturales son formas diferentes de una sustancia
fundamental (una primera idea sobre el monismo) que él creía era el agua, pues
pensaba que la evaporación y condensación eran procesos universales.
Anaximandro, discípulo de Tales, mantenía que el primer principio a partir del
cual surgen todas las cosas es una sustancia intangible, invisible e infinita
que llamó apeiron (‘lo ilimitado’). Comprendió, sin embargo, que en
todas las cosas se podía encontrar una sustancia no observable, por lo que su
noción de lo ilimitado anticipó la noción moderna de un Universo sin límite.
Esta sustancia, afirmaba, es eterna e indestructible. Debido a su movimiento
continuo, las sustancias conocidas —como calor, frío, tierra, aire y fuego—
evolucionan de una forma ininterrumpida generando a su vez los distintos
objetos y organismos que configuran el mundo que conocemos por los sentidos.
El tercer gran filósofo jónico, Anaxímenes, volvió a
la suposición de Tales de que la sustancia primera es algo conocido y material,
pero mantuvo que ésta es el aire en vez del agua. Creía que los cambios que
experimentan los objetos se pueden explicar en términos de rarefacción y
condensación del aire. De tal modo, Anaxímenes fue el primer filósofo que
explicó diferencias cualitativas en términos de diferencias cuantitativas, un
método fundamental en la ciencia física.
En general, la escuela jónica dio el primer paso
radical desde la explicación mítica de los fenómenos naturales a la exposición
científica; descubrió los importantes principios científicos de la permanencia
de la sustancia, la evolución natural del mundo y la reducción de calidad a
cantidad.
2.2. La escuela
pitagórica
Hacia el año 530 a.C., el filósofo
Pitágoras de Samos fundó una escuela de filosofía en Crotona, en la Magna
Grecia, al sur de Italia, que fue más religiosa y mística que la escuela
jónica. Pretendía conciliar la antigua visión mítica del mundo con el creciente
interés por la explicación científica. El sistema de filosofía resultante —que
se conoció como pitagorismo— aunó las creencias éticas, sobrenaturales y
matemáticas en una visión espiritual de la vida. Los pitagóricos enseñaron y practicaron
un sistema de vida basado en la creencia de que el alma es prisionera del
cuerpo, del cual se libera al morir y se reencarna en una forma de existencia,
más elevada o no, en relación con el grado de virtud alcanzado. El principal
propósito de los seres humanos tendría que ser la purificación de sus almas
mediante el cultivo de virtudes intelectuales, la abstención de los placeres de
los sentidos y la práctica de diversos rituales religiosos. Los pitagóricos
—que descubrieron las leyes matemáticas del tono musical— dedujeron que el
movimiento planetario produce una “música de las esferas” y desarrollaron una
“terapia a través de la música” para lograr que la humanidad encontrara su
armonía con las esferas celestes. Identificaron la ciencia con las matemáticas
y mantuvieron que todas las cosas son reductibles a números y figuras
geométricas. Realizaron grandes contribuciones a las matemáticas, la teoría
musical y la astronomía.
2.3. La escuela de
Heráclito
Heráclito de Éfeso (Jonia), continuando
la búsqueda de la sustancia primigenia que iniciaron los jonios, afirmó que
ésta es el fuego. Observó que el fuego produce cambios en la materia y anticipó
la teoría moderna de la energía. También afirmó que todas las cosas se
encuentran en un estado de flujo continuo (panta rei), que la
estabilidad es una ilusión y que sólo el cambio y la ley del cambio (o logos)
son reales. La doctrina del logos de Heráclito, que identificaba las leyes de
la naturaleza con una mente divina, evolucionó hacia la teología panteísta del
estoicismo.
2.4. La escuela
eleática En el siglo
V a.C., Parménides fundó una escuela de filosofía en Elea, colonia griega
situada en la Magna Grecia. En su única obra conocida, Sobre la naturaleza,
adoptó una actitud opuesta a la de Heráclito en la relación entre estabilidad y
cambio, y mantuvo que el Universo o lo que es, es decir, el ente, se puede
describir como una esfera indivisible e inmutable y que toda referencia a
cambio o diversidad es por sí misma contradictoria. Mantenía que nada puede ser
realmente afirmado excepto “lo que es” (el ente). Zenón de Elea, discípulo
suyo, intentó probar la unidad del ser afirmando que la creencia en la realidad
de cambio, la diversidad y el movimiento lleva a paradojas lógicas. Las aporías
de Zenón llegaron a ser enigmas intelectuales que filósofos y lógicos de todas
las épocas posteriores han intentado resolver. El interés de los eleáticos por
el problema de la consistencia racional propició el desarrollo de la ciencia de
la lógica.
2.5. La escuela pluralista
La
especulación en torno al mundo físico iniciada por los jonios fue continuada en
el siglo V a.C. por Empédocles y Anaxágoras, que desarrollaron filosofías
que sustituían la descripción jónica de una sustancia primera única por la
suposición de una pluralidad de sustancias. Empédocles mantenía que todas las
cosas están compuestas por cuatro elementos irreductibles: aire, agua, tierra y
fuego, combinados o separados por dos fuerzas opuestas según un proceso de
alternancia: el amor y el odio. Mediante este proceso, el mundo evoluciona
desde el caos hasta la forma y vuelve al caos otra vez, en un ciclo reiterado.
Empédocles consideró el ciclo eterno como el objeto verdadero del culto
religioso y criticó la creencia popular en divinidades personales, pero no
consiguió explicar cómo los objetos conocidos por la experiencia pueden
desarrollarse al margen de factores que son por completo distintos a ellos. Por
consiguiente, Anaxágoras sugirió que todas las cosas están compuestas por
partículas muy pequeñas o “semillas”, que existen en una variedad infinita.
Para explicar cómo se combinan esas partículas para formar los objetos que
constituyen el mundo conocido, Anaxágoras desarrolló una teoría de la evolución
cósmica. Afirmaba que el principio activo de este proceso evolutivo es una
mente universal que separa y combina las partículas, el nous. Su
concepto de partículas elementales llevó al desarrollo de una teoría atómica de
la materia.
2.6. La escuela
atomista Fue un paso
natural el que condujo desde el pluralismo hasta el atomismo, interpretación
según la cual toda materia está compuesta por partículas diminutas e
indivisibles que se diferencian sólo en simples propiedades físicas como el
peso, el tamaño y la forma. Este paso se dio en el siglo IV a.C. con
Leucipo y su colaborador más conocido, Demócrito de Abdera, a quien se le
atribuye la primera formulación sistemática de una teoría atómica de la
materia. Su concepción de la naturaleza fue materialista de un modo absoluto, y
explicó todos los fenómenos naturales en términos de número, forma y tamaño de
los átomos. Redujo las cualidades sensoriales de las cosas (como calor, frío,
gusto y olor) a las diferencias cuantitativas de los átomos. Las formas más
elevadas de existencia, como la vida de las plantas y animales e incluso la
humana, fueron explicadas por Demócrito en términos físicos en sentido
estricto. Aplicó su teoría a la psicología, la fisiología, la teoría del
conocimiento (epistemología), la ética y la política, y presentó así el primer
planteamiento amplio del materialismo determinista que afirma que todos los
aspectos de la existencia están determinados de forma rígida por leyes físicas.
2.7. Los sofistas Hacia finales del siglo V a.C., un grupo de maestros
itinerantes llamados sofistas alcanzó un gran renombre en toda Grecia. Los
sofistas tuvieron un papel importante en la evolución de las ciudades-estado
griegas desde unas monarquías agrarias hasta su consolidación como democracias
comerciales. Conforme crecieron la industria y el comercio helénicos, una nueva
clase de ricos comerciantes, poderosos en el ámbito económico, empezó a
controlar el poder político. Careciendo de la educación de los aristócratas,
quisieron prepararse para la política y el comercio pagando a los sofistas a
cambio de enseñanzas en el arte de hablar en público, el razonamiento legal y
la cultura general. A pesar de que lo mejor de los sofistas contribuyó
enormemente al pensamiento griego, el grupo en su conjunto adquirió una
reputación de falaz, hipócrita y demagogo. De ahí que la palabra sofisma
represente esas deficiencias morales. La famosa máxima de Protágoras, uno de
los sofistas más importantes, “el hombre es la medida de todas las cosas”, es
representativa de la actitud filosófica de esta escuela. Sus componentes
mantenían que los individuos tienen el derecho de juzgar por sí mismos todos
los asuntos; negaban la existencia de un conocimiento objetivo en el que se
supone que todo el mundo debe creer, mantuvieron que la ciencia natural y la
teología tienen poco o ningún valor porque carecen de relevancia en la vida
diaria, y declararon que las reglas éticas sólo tenían que asumirse cuando
conviene al propio interés.
2.8. Filosofía
socrática
Tal vez la mayor personalidad filosófica
en la historia haya sido Sócrates. Nacido alrededor del año 470 a.C.,
practicó un diálogo continuo con sus alumnos hasta que fue sentenciado a
muerte, condena que cumplió bebiendo cicuta en el 399 a.C. A diferencia de
los sofistas, Sócrates se negó a aceptar dinero por sus enseñanzas, afirmando
que no tenía ninguna certidumbre que ofrecer excepto la conciencia de la
necesidad de más conocimiento. Sócrates no dejó ningún escrito, pero sus
enseñanzas fueron preservadas para las generaciones posteriores en los diálogos
de uno de sus más famosos discípulos, Platón, y también aparecen en los
escritos de Jenofonte. Sócrates enseñó que cada persona tiene pleno
conocimiento de la verdad última dentro de su alma y que sólo necesita llevarlo
a la reflexión consciente para darse cuenta. Por ejemplo, en Menón (un
diálogo platónico) Sócrates plantea a través de una ficción la forma en que un
esclavo ignorante puede llegar a la formulación del teorema de Pitágoras,
demostrando así que el conocimiento está innato en el alma, en vez de ser
implícito o indisociable de la experiencia. Sócrates creía que el deber del
filósofo era provocar que la gente pensara por sí misma, en vez de enseñarle
algo que no supiera. Por eso se decía partero o alumbrador de ideas. Su
contribución a la historia de la filosofía no fue una doctrina sistemática,
sino un método de reflexión, la mayéutica, y un tipo de existencia. Hizo
hincapié en la necesidad de un examen analítico de las creencias de cada uno,
de definiciones claras de los conceptos básicos, y de un planteamiento racional
y crítico de los problemas éticos.
2.9. Filosofía
platónica
Platón fue un pensador más sistemático
que Sócrates, pero sus escritos, en especial los primeros diálogos, pueden ser
considerados como una continuación y elaboración de las ideas socráticas. Al
igual que Sócrates, Platón consideró la ética como la rama más elevada del
saber, y subrayó la base intelectual de la virtud al identificar virtud con
sabiduría. Esta idea llevó a la llamada “paradoja socrática” por la que “ningún
hombre hace el mal por propia voluntad”, como dice Sócrates en Protágoras.
Más tarde, Aristóteles advertiría que una conclusión así no da lugar a la
responsabilidad moral. Platón exploró también los problemas fundamentales de la
ciencia natural, la teoría política, la metafísica, la teología y la
epistemología, y enriqueció conceptos tales como el conocimiento (en Teeteto),
el origen y esencia del lenguaje (en Crátilo), la justicia (en La
República) o la belleza (en El Banquete), entre otros muchos, que
posteriormente se erigieron en fundamentos permanentes del pensamiento
occidental.
La base de la filosofía de Platón es su
teoría de las ideas, o doctrina de las formas. La teoría de las ideas (que
queda expresada en muchos de sus diálogos, sobre todo en La República y Parménides)
divide la existencia en dos esferas o mundos, una “esfera inteligible” de ideas
o formas perfectas, eternas e indivisibles, el Topos Uranos, y una “esfera
sensible”, de objetos concretos y conocidos. Los árboles, las piedras, los
cuerpos humanos y en general los objetos que pueden ser conocidos a través de
los sentidos son para Platón irreales, sombríos y copias imperfectas de las
ideas. Llegó a esta, en apariencia, extraña conclusión por las elevadas reglas
que adjudicó al conocimiento, por ejemplo, que todos los objetos auténticos de
conocimiento fueran descritos sin contradicciones. Como todos los objetos
percibidos por los sentidos experimentan cambios, una afirmación hecha respecto
a esos objetos en un instante no será válida en un momento posterior. Según
Platón, esos objetos no son del todo reales. Las creencias que se derivan de la
experiencia de esos objetos son, por lo tanto, imprecisas e inconstantes,
mientras que los principios de las matemáticas y la filosofía —elaborados a
partir de la meditación interior sobre las ideas— constituyen el único saber
digno de ese nombre. En La República, Platón expuso su famoso mito de la
caverna, en el cual muestra cómo la humanidad, prisionera en una caverna,
confunde las sombras proyectadas en una roca con la realidad y en el que
considera al filósofo como la persona que penetra en el Universo fuera de la
caverna de la ignorancia y alcanza una visión de la verdadera realidad, el
mundo de las ideas. El concepto de Platón del bien absoluto —que es la idea más
elevada y engloba a todas las demás— ha sido una fuente principal de las
doctrinas religiosas panteísta y mística en la cultura occidental.
La teoría de las ideas de Platón y su
visión racionalista del conocimiento son la base de su idealismo ético y social.
El mundo de las ideas eternas facilita las normas o ideales según los cuales
todos los objetos y acciones han de someterse al juicio del hombre. La persona
filosófica, que se abstiene de los placeres sensuales y busca en su lugar el
conocimiento de los principios abstractos, encuentra en esos ideales los modos
para regir la conducta personal e intervenir en las instituciones sociales. La
virtud personal consiste en una armónica relación entre las facultades del
alma. La justicia social consiste entonces en la armonía entre las distintas
clases de la sociedad. El estado ideal de una mente sana en un cuerpo sano
requiere que el intelecto controle los deseos y las pasiones, así como el
estado ideal de la sociedad requiere que los individuos más sabios controlen a
las masas buscadoras de placer. Para Platón, la verdad, la belleza y la
justicia coinciden en la idea del bien. Por lo tanto, el arte que expresa los
valores morales es el mejor. En su programa social, Platón apoyó la censura en
el arte, por estimarla como un instrumento para la educación moral de la
juventud.
2.10. Filosofía
aristotélica
Aristóteles, que empezó a estudiar en la
Academia de Platón con 17 años, en el 367 a.C., es considerado el más
ilustre discípulo de Platón y se sitúa junto con su maestro entre los más
profundos e influyentes pensadores de la historia de Occidente. Después de
asistir durante varios años a la Academia, se convirtió en el preceptor de
Alejandro Magno. Más tarde regresó a Atenas para fundar el Liceo, una escuela
que, al igual que la Academia de Platón, fue durante siglos uno de los grandes
núcleos de enseñanza en Grecia. En sus conferencias, Aristóteles definió los
conceptos y principios básicos de muchas de las ciencias teóricas, como la
lógica, la biología, la física y la psicología. Al establecer los rudimentos de
la lógica como ciencia, desarrolló la teoría de la inferencia deductiva,
representada por el silogismo (proposición deductiva que utiliza dos premisas y
una conclusión), y un conjunto de reglas para fundamentar lo que habría de ser
el método científico.
En su Metafísica, Aristóteles
discutió la separación que hizo Platón de idea y materia, y afirmó que las
ideas o esencias están contenidas dentro de los objetos mismos que las
ejemplifican. Para Aristóteles, cada cosa real es una mezcla de potencia y
acto; en otras palabras, cada cosa es una combinación de aquello que puede ser
(pero que todavía no es) y de aquello que ya es (también distinguido como
materia y forma), porque todas las cosas cambian y se convierten en otra cosa
diferente de lo que son, excepto los intelectos activos humanos y divinos, que
son formas puras.
Para Aristóteles, la naturaleza es un sistema
orgánico de cosas cuyas manifestaciones comunes hacen posible ordenarlas en
clases de especies y géneros; cada especie tiene una forma, propósito y modo de
desarrollo en cuyos términos se puede expresar. El fin de la ciencia teórica es
definir las actitudes, propósitos y modos esenciales de desarrollo de todas las
especies y disponerlos en su orden natural de acuerdo con sus complejidades
según su forma, siendo los principales niveles el inanimado, el vegetativo, el
animal y el racional. El alma, para Aristóteles, es la forma o realidad del
cuerpo, y los humanos, cuyo espíritu racional constituye una forma más elevada
que la de las demás especies terrenales, la más elevada dentro de las
perecederas. Los cuerpos celestes, compuestos de una sustancia imperecedera o
éter, y movidos en un perfecto movimiento circular por Dios, son todavía más
altos en el orden de la naturaleza. Esta clasificación jerárquica de la
naturaleza fue adoptada por muchos teólogos cristianos, judíos y musulmanes en
la edad media como una visión de la naturaleza.
La filosofía política y ética (ésta última
desarrollada en Ética a Nicómaco) de Aristóteles surgió también de un
examen crítico de los enunciados platónicos. Las normas de conducta personal y
social, según Aristóteles, pertenecen al estudio científico de las tendencias
naturales de los individuos y las sociedades en vez de contemplarse en la
esfera celeste de las ideas puras. Menos insistente que Platón en una
conformidad rigurosa respecto a los principios absolutos, Aristóteles consideró
las reglas éticas como guías prácticas para alcanzar una vida feliz y plena. El
énfasis que puso en la felicidad, como el cumplimiento de las capacidades
naturales, expresó la actitud hacia la vida que mantuvieron los griegos cultos
de su tiempo. En teoría política adoptó una posición más realista que Platón.
Se mostró conforme con el modelo de una monarquía gobernada por un rey sabio
que llegaría a representar la estructura política ideal, pero reconocía
asimismo que las sociedades difieren en sus necesidades y tradiciones, y creía
que una democracia limitada conforma y ordena el mejor compromiso concebible.
En su teoría del conocimiento, Aristóteles rechazó la doctrina platónica por la
que el saber es innato e insistió en que sólo puede adquirirse mediante la
generalización desde la experiencia. Interpretó el arte como una vía al
servicio del placer y de la ilustración intelectual en lugar de ser un
instrumento de educación moral. Su análisis de la tragedia griega en Poética
es considerado el hito fundacional de la crítica literaria.
3. FILOSOFÍA HELENÍSTICA Y ROMANA Desde el siglo IV a.C. hasta el desarrollo de la filosofía
cristiana en el siglo IV, el epicureísmo, el estoicismo, el escepticismo y
el neoplatonismo fueron las principales escuelas filosóficas en el mundo
occidental. El interés por la ciencia natural declinó en ese periodo y estas
escuelas se preocuparon sobre todo por la ética y la religión.
3.1. Epicureísmo
En el año 306 a.C., Epicuro fundó
una escuela filosófica en Atenas. Como sus seguidores se reunían en el jardín
de su casa fueron conocidos como los “filósofos del jardín”. Epicuro adoptó la
física atomista de Demócrito pero aportó algunas novedades importantes. En
lugar de un movimiento aleatorio de los átomos en todas las direcciones, afirmó
(para simplificar la explicación) que un movimiento uniforme acontecía en dirección
descendente. También admitió la posibilidad de un factor de casualidad que
intervenía en el mundo físico al manifestar que los átomos, a veces, se desvían
en un sentido impredecible (clinamen), facilitando así una base física
para la creencia en el libre albedrío. Sostenía que la ciencia natural es
importante sólo si se puede aplicar en la adopción de decisiones prácticas y
para aplacar el temor hacia los dioses y la muerte. Afirmaba que el destino de
la existencia es obtener la máxima cantidad de placer, que identificaba con un
movimiento de simpatía y con la ausencia de dolor. Las enseñanzas de Epicuro se
conservan sobre todo en el poema filosófico De rerum natura (De la
naturaleza de las cosas) del poeta romano Lucrecio, quien contribuyó a la
difusión del epicureísmo en Roma.
3.2. Estoicismo
La escuela estoica, fundada en Atenas
hacia el 300 a.C. por Zenón de Citio, evolucionó a partir del anterior
movimiento de los cínicos, que rechazaba las instituciones que estructuraban la
sociedad y los valores materiales vigentes. El estoicismo representó la escuela
más importante en el mundo grecorromano y en ella coincidieron escritores y
personalidades tan importantes como Epicteto y el propio emperador romano Marco
Aurelio Antonino, conocido tanto por su sabiduría como por la nobleza de su
carácter. Uno de los más relevantes filósofos estoicos del Imperio romano fue
el hispanorromano cordobés Lucio Anneo Séneca, tutor del emperador Nerón, que
mantuvo las tesis fundamentales del estoicismo antiguo con un importante tono
moral y una concepción de la sabiduría como benevolencia. Los estoicos
proclamaron que se puede alcanzar la libertad y la tranquilidad tan sólo siendo
ajeno a las comodidades materiales y la fortuna externa, y dedicándose a una
vida guiada por los principios de la razón y la virtud (tal es la idea de la
imperturbabilidad o ataraxia). Asumiendo una concepción materialista de la
naturaleza, siguieron a Heráclito en la creencia de que la sustancia primera se
halla en el fuego y en la veneración del logos, que identificaban con la
energía, la ley, la razón y la providencia encontradas en la naturaleza. La
razón de los hombres se consideraba también parte integrante del logos divino e
inmortal. La doctrina estoica que consideraba a cada persona como parte de Dios
y miembro de una familia universal ayudó a romper barreras regionales, sociales
y raciales, y preparar el camino para la propagación de una religión universal.
La doctrina estoica de la ley natural, que convierte la naturaleza humana en norma
para evaluar las leyes e instituciones sociales, tuvo mucha influencia en Roma
y en las legislaciones posteriores de Occidente.
3.3. Escepticismo El escepticismo, que profundizó en la crítica sofista del
conocimiento objetivo, dominó la Academia platónica en el siglo III a.C.
Los escépticos descubrieron (al igual que Zenón de Elea) que la lógica es un
mecanismo filosófico poderoso y capaz de destruir cualquier idea positiva, y la
usaron con arte. Su suposición principal era que la humanidad no puede alcanzar
el conocimiento o la ciencia que conciernen a la realidad y que el camino hacia
la felicidad, por lo tanto, se asienta en una absoluta suspensión de juicio.
Como ejemplo extremo de esta actitud, se dice que Pirrón —uno de los escépticos
más notables— se negó a cambiar de rumbo al acercarse a un acantilado y tuvo
que ser corregido por sus alumnos. Carnéades mantenía que las creencias
adquiridas de la experiencia por vía inductiva pueden ser probables, pero nunca
ciertas.
3.4. Neoplatonismo El filósofo judeo-helenista Filón de Alejandría sumó la filosofía
griega, en especial las ideas platónicas y pitagóricas, a la religión judaica
en un amplio sistema que anticipó el neoplatonismo y el misticismo judío,
cristiano y musulmán. Filón insistía en la naturaleza transcendente de Dios,
que supera el entendimiento y por lo tanto resulta indescriptible para los
mortales; describió el mundo natural como una serie de etapas descendentes
desde Dios y terminando en la materia como origen del mal. Abogó por un régimen
teocrático, y fue uno de los primeros en interpretar el Antiguo Testamento para
los no judíos. Falleció en el año 50 d.C.
El neoplatonismo, sustrato de una de las escuelas
filosóficas y religiosas más influyentes e importante rival del cristianismo,
fue fundado en el siglo II d.C. por Amonio Sacas y se desarrolló en el siglo
III gracias a su discípulo más conocido, Plotino. Éste basó sus ideas en los
escritos místicos y poéticos de Platón, los pensadores pitagóricos y Filón.
Para Plotino, la principal razón de ser de la filosofía es educar a los
individuos para la experiencia del éxtasis, en la que se hacen uno con Dios.
Dios (o lo Uno) está más allá del entendimiento racional y es la fuente
originaria de toda realidad. El Universo emana de lo Uno por un proceso
misterioso de comunicación de energía divina en planos sucesivos. Los niveles
más altos forman lo Uno, el logos, que contiene las ideas platónicas, y el Alma
cósmica, que da lugar a las almas humanas y a las fuerzas de la naturaleza. Las
demás cosas que emanan de lo Uno, según Plotino, cuanto más imperfectas y malas
son, más cerca están del límite de la materia en su estado original. El fin más
elevado de la vida es depurarse uno mismo de la dependencia de la conformidad
física y, a través de la meditación filosófica, disponerse para una reunión
extática con lo Uno. El neoplatonismo ejerció una fuerte influencia en el
pensamiento medieval.
4. FILOSOFÍA MEDIEVAL
Durante el declive de la civilización
grecorromana, los filósofos occidentales abandonaron la investigación
científica de la naturaleza y la búsqueda de la felicidad en el mundo y se
preocuparon por el problema de la salvación en otro mundo mejor. Hacia el siglo
III, el cristianismo se había extendido a las clases más cultas del Imperio romano.
4.1. Filosofía de
san Agustín
El proceso encaminado a reconciliar el
énfasis de los griegos en la razón con el que ponían los romanos en las
emociones religiosas de las enseñanzas de Cristo y los apóstoles se concretó en
los escritos de san Agustín de Hipona. Éste desarrolló un sistema de
pensamiento que, a través de sucesivas rectificaciones y elaboraciones, se
convirtió al fin en la doctrina del cristianismo de aquella época. En gran
parte debido a su influencia, el pensamiento cristiano fue platónico hasta el
siglo XIII, punto en que la filosofía aristotélica se hizo dominante. San
Agustín afirmaba que la fe religiosa y el entendimiento filosófico obran como
complementarios en lugar de ser opuestos y que se debe “creer para comprender y
comprender para creer”. Al igual que los neoplatónicos, consideraba el alma una
forma más elevada de la existencia que el cuerpo y mantuvo que el conocimiento
consiste en la contemplación de las ideas que han sido depuradas tanto de
sensaciones como de imágenes.
La filosofía platónica se unió al
concepto cristiano de un Dios personal que había creado el mundo y predestinado
su evolución, y a la doctrina de la caída de la humanidad que requería la
divina encarnación en Cristo. San Agustín intentó aportar soluciones racionales
a los problemas del libre albedrío y la predestinación, la existencia del mal
en un mundo creado por un dios omnipresente y todopoderoso, y la naturaleza
atribuida a Dios en la doctrina de la Santísima Trinidad.
En uno de sus principales escritos, La
ciudad de Dios, concibió la historia como una lucha trágica en la humanidad
entre el bien, expresado en la lealtad a la “ciudad de Dios” o comunidad de los
santos, y el mal, identificado en la ciudad terrenal y simbolizado a través de
sus valores materiales. Su idea de la vida humana era pesimista, lo que le
llevó a sostener que la felicidad es imposible en la existencia del individuo,
donde incluso con buena suerte, como excepción, la conciencia de la proximidad
de la muerte echaría a perder cualquier tendencia hacia la satisfacción y el
placer. Pensó que sin las virtudes religiosas de la fe, la esperanza y la
caridad —que requieren de la divina gracia para ser alcanzadas—, una persona no
puede desarrollar virtudes naturales referidas al valor, la justicia, la
templanza y la sabiduría. Sus análisis del tiempo, la memoria y la experiencia
religiosa fueron fuente de inspiración para el pensamiento metafísico y
místico.
La única gran aportación a la filosofía occidental
en los tres siglos posteriores a la muerte de san Agustín fue la del estadista
romano del siglo VI Boecio, que reavivó el interés por el pensamiento griego y
romano, en especial por la lógica y metafísica aristotélicas. En el siglo IX el
monje irlandés Juan Escoto Eriúgena expuso una interpretación panteísta del
cristianismo, identificando la Trinidad divina con lo Uno, el logos y el Alma
universal del neoplatonismo, y mantuvo que tanto la fe como la razón son
necesarias para alcanzar la unión extática con Dios.
4.2. Escolasticismo
En el siglo XI se produjo un resurgir
del pensamiento filosófico, fruto del creciente encuentro entre las diferentes
regiones del mundo occidental y el despertar del interés por las culturas
ignotas que culminaría en el renacimiento. Los trabajos de Platón, Aristóteles
y otros sabios griegos fueron traducidos por eruditos musulmanes y se
conocieron en el Occidente cristiano gracias a las aportaciones de los
filósofos de al-Andalus y a distintas traducciones del árabe al latín
realizadas en los reinos cristianos de la península Ibérica. Los filósofos
musulmanes, judíos y cristianos interpretaron y clarificaron esos escritos en
una tentativa por conciliar la filosofía con la fe religiosa y dotar de pilares
racionales a sus creencias religiosas. Su trabajo cimentó el escolasticismo.
El pensamiento escolástico estuvo menos interesado
en descubrir nuevos datos y principios que en demostrar la verdad de los credos
ya consolidados. Su método fue, por lo tanto, dialéctico o discursivo. El
interés por la lógica del discurso llevó a importantes avances tanto en lógica
como en teología. El médico persa del siglo XII Avicena integró el
neoplatonismo y las ideas aristotélicas con la doctrina religiosa musulmana,
mientras que el poeta judío Solomon ben Yehuda ibn Gabirol elaboró una síntesis
semejante entre el pensamiento griego y el judaísmo. El teólogo y filósofo
escolástico san Anselmo adoptó la idea agustiniana de la relación entre fe y
razón, y relacionó el platonismo con la teología cristiana. San Anselmo, que
actuaba siguiendo la teoría de las ideas de Platón, se mostró a favor de la
existencia separada de los universales o las propiedades comunes de las cosas.
De esta forma, estableció la posición del realismo lógico en uno de los debates
más conflictivos y trascendentes de la filosofía medieval, el de los
universales.
La concepción contraria, conocida como
nominalismo, fue formulada por el filósofo escolástico Roscelino, quien afirmó
que sólo existen los objetos individuales, concretos, y que los universales
(formas e ideas, mediante las que se clasifican las cosas particulares)
constituyen meros sonidos o signos en vez de sustancias intangibles. Cuando
afirmó que la Trinidad tiene que consistir en tres existencias separadas, sus
ideas fueron condenadas por heréticas y fue obligado a retractarse en 1092. El
teólogo francés Pedro Abelardo, cuyo trágico romance con Eloísa en el siglo XII
alimentó una de las historias de amor más memorables del medievo, propuso un
compromiso entre realismo y nominalismo conocido como conceptualismo, según el
cual los universales existen en las cosas particulares como propiedades y fuera
de las cosas como conceptos en la mente. Abelardo mantenía que la religión
revelada tiene que ser justificada por la razón. Fundamentó una ética basada en
la conciencia personal que anticipó el pensamiento protestante.
El jurista, físico y teólogo hispanomusulmán
Averroes (el filósofo islámico más conocido de la edad media) hizo que la
ciencia y el pensamiento aristotélico tuvieran gran influencia en el mundo medieval
gracias a sus lúcidos y eruditos comentarios de la obra de Aristóteles. Fue
conocido como El Comentador entre los muchos escolásticos que consideraban a
Aristóteles como El Filósofo. Averroes intentó superar las contradicciones
entre la filosofía aristotélica y la religión revelada distinguiendo entre dos
sistemas de verdad separados: un cuerpo científico de verdades basado en la
razón y un cuerpo religioso de verdades inspirado en la revelación. Su idea de
que la razón tiene preferencia sobre la religión le llevó en 1194 al exilio. La
llamada doctrina de la doble verdad de Averroes influyó sobre numerosos
filósofos musulmanes, judíos y cristianos, pero también fue rechazada por
muchos otros autores y se convirtió en un importante problema filosófico en el
ámbito de la cultura medieval. Averroes desarrolló este análisis de las
relaciones entre filosofía y fe religiosa en una de sus principales obras
originales, Tahafut al-Tahafut (La destrucción de la destrucción).
El filósofo hispanojudío Maimónides (una
de las figuras más destacadas del pensamiento judaico), al igual que Averroes,
unió la ciencia aristotélica con la religión, pero rechazó la idea de que ambos
sistemas contrarios pudieran ser verdaderos. En su Guía de perplejos
(c. 1190) intentó dar una explicación racional a la doctrina judaica y
defendió las creencias religiosas (como la de la creación del mundo) que
entraban en conflicto con la ciencia aristotélica sólo cuando estuvo convencido
de que faltaban evidencias decisivas en el sustrato de ambas posturas.
En el siglo XIII el teólogo escolástico inglés
Alejandro de Hales y el filósofo escolástico italiano san Buenaventura
fundieron los principios platónicos y aristotélicos e introdujeron la idea de
que el alma es forma y sustancia a la vez (o sustancia no material), para
explicar su naturaleza inmortal. La idea de san Buenaventura tendió hacia el
misticismo panteísta al hacer del fin de la filosofía la unión extática con
Dios.
El filósofo escolástico alemán san
Alberto Magno fue el primer filósofo cristiano que aprobó e interpretó la
totalidad del pensamiento aristotélico. Estudió y admiró los escritos de los
aristotélicos musulmanes y judíos, que conoció por los trabajos de la Escuela
de Traductores de Toledo, y escribió comentarios enciclopédicos sobre
Aristóteles y la ciencia natural de su tiempo. El monje inglés Roger Bacon, uno
de los primeros escolásticos que mostró interés por la ciencia experimental,
advirtió que quedaba mucho por aprender aún sobre la naturaleza. Criticó el
método deductivo de sus contemporáneos, así como la confianza de éstos en la
autoridad del pasado, proponiendo un nuevo método de investigación basado en la
observación controlada.
La mayor figura intelectual de la edad media fue
santo Tomás de Aquino, monje dominico que estudió con san Alberto Magno, a
quien siguió hasta Colonia en 1248. Santo Tomás de Aquino unió la ciencia
aristotélica y la teología agustiniana en un amplio sistema de pensamiento que
más tarde se convirtió en la filosofía autorizada de la Iglesia católica. Sus
obras más importantes, Summa Theologiae y Summa contra Gentiles,
donde presenta una estructura de ideas convincente y sistemática, siguen
ejerciendo en la actualidad una poderosa influencia en el pensamiento
occidental. Sus textos reflejan el renovado interés de su tiempo por la razón,
la naturaleza y la felicidad en este mundo, junto con su fe religiosa y
preocupación por la salvación del hombre.
Aquino mantuvo, en contra de los averroístas, que
las verdades de la fe y las verdades de la razón no podían estar en conflicto,
sino que más bien son aplicadas a campos diferentes. Las verdades de la ciencia
natural y de la filosofía son descubiertas al razonar a partir de datos de la
experiencia, mientras que los principios de la religión revelada (la doctrina
de la Trinidad, la creación del mundo y otros fundamentos del dogma cristiano)
están más allá de la comprensión racional, aunque no hayan de ser
contradictorios respecto a la razón y deban aceptarse mediante la fe. La
metafísica, teoría del conocimiento, ética y política de Aquino provenían sobre
todo de Aristóteles, pero el dominico incorporó en sus doctrinas las virtudes
agustinianas de la fe, esperanza y caridad, y el destino de la salvación eterna
a través de la gracia, a la ética naturalista aristotélica, cuya meta era
conseguir la felicidad en este mundo.
4.3. Filosofía
medieval después de santo Tomás de Aquino Las mayores críticas a la filosofía tomista fueron formuladas por
Juan Duns Escoto y Guillermo de Ockham. Duns Escoto desarrolló un sutil y muy
técnico sistema de lógica y metafísica, pero debido al fanatismo de sus
seguidores, el nombre de Duns se convirtió más tarde en símbolo de estupidez en
la palabra inglesa dunce (burro). Escoto rechazó el intento de santo
Tomás de Aquino para reconciliar la filosofía racional con la religión
revelada. Mantuvo, en una versión modificada de la llamada doctrina de la doble
verdad de Averroes, que todas las creencias religiosas son asuntos de fe,
excepto la creencia en la existencia de Dios, que consideraba demostrable desde
supuestos lógicos. En contra de la idea de Aquino según la cual Dios actúa de
acuerdo con su naturaleza racional, Escoto afirmó que la voluntad divina es
anterior al propio intelecto divino y crea (en vez de amoldarse a ellas) las
leyes de la naturaleza y la moral (voluntarismo), lo que implicaba una noción
del libre albedrío más amplia que la de santo Tomás. Al abordar el problema de
los universales, Duns Escoto planteó un nuevo compromiso entre realismo y
nominalismo al explicar la diferencia entre los objetos individuales y las
formas que esos objetos ejemplifican (individuación) como una distinción lógica
en vez de real.
El franciscano inglés Guillermo de Ockham formuló la
crítica de carácter más radical y nominalista de la creencia escolástica en el
campo de lo intangible, cosas invisibles como las ideas, esencias y
universales. Mantuvo que tales entidades abstractas sólo son referencias
terminológicas que designan a su vez otras palabras en lugar de ser útiles para
referirse a cosas reales. Su famosa regla, conocida como “la navaja de Ockham”
(que afirma que no se debe suponer la existencia de más cosas de las que son
necesarias según imperativos lógicos), se convirtió en un principio fundamental
de la ciencia y filosofía modernas.
En los siglos XV y XVI el renacer del interés
científico por la naturaleza se vio acompañado por la tendencia hacia el
misticismo panteísta. El prelado católico romano Nicolás de Cusa anticipó la
obra del astrónomo polaco Nicolás Copérnico al sugerir que la Tierra se mueve
alrededor del Sol, desplazando así a la humanidad del centro del Universo, al
que concibió como infinito e idéntico a Dios. El filósofo italiano Giordano
Bruno, que también identificó el Universo con Dios, desarrolló las implicaciones
filosóficas de la teoría copernicana. La filosofía de Bruno influyó en
corrientes intelectuales posteriores que llevaron al nacimiento de la ciencia
moderna y a la Reforma.
5. FILOSOFÍA MODERNA Y CONTEMPORÁNEA Desde el siglo XV la filosofía occidental ha estado marcada por
una interacción continua entre sistemas de pensamiento basados en una
interpretación mecanicista y materialista del Universo, y aquellos otros que
consideraban al pensamiento humano como la única realidad última. Esta
interacción reflejó el creciente efecto del descubrimiento científico y el
cambio político en la especulación filosófica.
5.1. Mecanicismo y
materialismo
Los siglos XV y XVI marcaron un periodo
de cambios radicales en el ámbito social, político e intelectual. La exploración
del mundo, la Reforma protestante (con su énfasis en la fe individual), el auge
de la sociedad urbana comercial y la aparición de nuevas ideas en todas las
áreas de la cultura estimularon el desarrollo de una nueva idea filosófica del
Universo. La visión medieval del cosmos como un orden jerárquico de seres
creados y gobernados por Dios fue sustituida por la visión mecanicista del
mundo como una gran máquina cuyas partes se mueven de acuerdo con estrictas
leyes físicas, sin propósito ni voluntad. El objetivo de la vida humana ya no
se concebía como preparación para la salvación en el otro mundo, sino más bien
como la satisfacción de los deseos naturales del individuo. Las instituciones
políticas y los principios éticos dejaron de ser considerados como reflejo del
mandato divino para ser vistos, en cambio, como resortes prácticos creados por
los seres humanos. En esta nueva visión filosófica, la experiencia y la razón
fueron los únicos patrones efectivos para dilucidar la verdad. La figura del
filósofo jesuita español Francisco Suárez tuvo una gran influencia en la
transformación de la escolástica clásica y en una moderna concepción de la ley
y de la autoridad real que, según Suárez, deriva su poder del consentimiento
del pueblo y podía ser rechazada cuando no era ejercida con justicia.
El primer gran representante de la nueva
filosofía fue el pensador inglés Francis Bacon, barón de Verulam, quien
denunció la confianza en la autoridad y en el discurso verbal, y consideró la
lógica aristotélica inútil para acuñar nuevas leyes físicas. En su obra Novum
organum (1620), Bacon expuso un nuevo método científico basado en la
generalización inductiva realizada desde la observación y la experimentación.
Fue el primero en formular leyes para la inferencia inductiva.
El trabajo del físico y astrónomo italiano Galileo
fue de mayor importancia en el desarrollo de una nueva visión del mundo.
Galileo Galilei resaltó la importancia de aplicar las matemáticas a la
formulación de leyes científicas. Para ello creó la ciencia de la mecánica, que
aplicaba los principios de la geometría a los movimientos de los cuerpos. El
éxito de la mecánica en la formulación de leyes fiables y útiles de la
naturaleza llevó a pensar a Galileo y a otros científicos posteriores que toda
la naturaleza está creada de acuerdo con leyes mecánicas.
5.1.1. Descartes
El matemático, físico y filósofo
racionalista francés René Descartes profundizó en las críticas de Bacon y
Galileo sobre los métodos y creencias existentes, pero al contrario que Bacon
—que se inclinaba por la práctica de un método inductivo basado en hechos
observados—, Descartes hizo de las matemáticas el modelo para toda ciencia,
aplicando sus métodos deductivos y analíticos a todos los campos del saber. En
1637 publicó su primera gran obra, Ensayos filosóficos, a la cual servía
de prólogo el que sería su más famoso e influyente escrito, Discurso del
método. Decidió reconstruir todo el conocimiento humano sobre una base
absolutamente certera al rechazar cualquier creencia, incluso su propia
existencia, hasta que pudiera probarla como verdadera (escepticismo
metodológico). Descartes fundó la prueba lógica de su propia existencia en el
acto de dudar de ella y su famosa afirmación “Cogito, ergo sum” (“Pienso, luego
existo”) le proporcionó el dato cierto o axioma a partir del cual pudo deducir
la existencia de Dios y de las leyes básicas de la naturaleza. A pesar de su
perspectiva mecanicista, Descartes aceptó la tradicional doctrina religiosa de
la inmortalidad del alma y mantuvo que la mente y el cuerpo son dos sustancias
diferentes; de esta forma dejó a la mente libre de las leyes mecánicas de la
naturaleza y consagró la libertad de la voluntad. Su fundamental separación de
mente y cuerpo, conocida como dualismo, planteó el problema de la explicación
de cómo dos sustancias tan diferentes como cuerpo y mente pueden afectar la una
a la otra, problema que fue imposible resolver y que ha sido desde entonces
motivo prioritario de interés en la filosofía.
5.1.2. Hobbes
El filósofo inglés Thomas Hobbes elaboró
un amplio sistema de metafísica materialista que aportó una solución al
problema mente-cuerpo del dualismo al reducir la mente a los movimientos
interiores del cuerpo. Al aplicar los principios de la mecánica a todas las
áreas del conocimiento, definió los conceptos básicos de cada área (como vida,
sensación, razón, valor y justicia) en términos de materia y movimiento,
reduciendo así todos los fenómenos a relaciones físicas y todas las ciencias a
un proceso mecánico. Hobbes expuso su teoría ética y su teoría política en Leviatán
(1651); la primera se basaba en la afirmación de que las reglas conductuales
humanas se rigen por el instinto de conservación, por lo que justificó las
acciones egoístas como una tendencia natural del ser humano. En consecuencia,
su teoría política sostenía que el gobierno y la justicia social son creaciones
artificiales basadas en un contrato social y mantenidas por la fuerza. Apoyó a
la monarquía absoluta como el medio más efectivo de preservar la paz.
5.1.3. Spinoza
El filósofo holandés Baruch Spinoza
elaboró un sistema filosófico monista claro y riguroso que aportaba nuevas
soluciones al problema mente-cuerpo, al conflicto entre ciencia y religión, y a
la eliminación mecanicista de los valores éticos del mundo natural. Como
Descartes, afirmó que toda la estructura de la naturaleza puede deducirse de
unas cuantas definiciones básicas y axiomáticas, conforme al modelo de la
geometría de Euclides. Advirtió que la teoría cartesiana de las dos sustancias
creaba un problema insoluble sobre cómo interactúan la mente y el cuerpo; llegó
a la conclusión que el único sujeto último de conocimiento ha de ser la
sustancia en sí. Al intentar demostrar que Dios, la sustancia y la naturaleza
son idénticos, llegó a la conclusión panteísta de que todas las cosas son
aspectos (o modos) de Dios.
Su respuesta al problema mente-cuerpo (conocida como
la teoría del paralelismo psicológico) explicaba la aparente interacción de
mente y cuerpo al considerarlos como dos atributos de la misma sustancia,
paralelas entre sí, que parecen afectar la una a la otra pero que en realidad
no lo hacen. La ética de Spinoza (patente en una de sus principales obras, Ética),
al igual que la de Hobbes, se basaba en una psicología materialista según la
cual los individuos sólo están motivados por el interés propio; pero al
contrario que Hobbes, Spinoza llegó a la conclusión que el interés propio
racional coincide con el interés de los demás y que la vida más satisfactoria
es la que se dedica al estudio científico y que culmina en el amor intelectual
y racional hacia Dios (amor Dei intelectuallis).
5.1.4. Locke
John Locke, una de las figuras más
influyentes del pensamiento británico, enriqueció la tradición empirista
iniciada por Bacon. Dotó al empirismo de un marco sistemático gracias a la
publicación de su Ensayo sobre el entendimiento humano (1690). Locke
atacó la creencia racionalista predominante de que el conocimiento era
independiente de la experiencia. Aunque aceptó la división cartesiana entre
mente y cuerpo y la descripción mecanicista de la naturaleza, reorientó la
filosofía desde el conocimiento del mundo físico hacia el estudio de la mente.
Con esto hizo de la epistemología el principal objeto de interés de la
filosofía moderna. Locke intentó reducir todas las ideas a simples elementos de
la experiencia, pero al distinguir entre sensación y reflexión como fuentes de
la experiencia, determinó que la sensación provee el material para el
conocimiento del mundo externo y la reflexión aporta el material para el
conocimiento de la mente.
Aunque no fue un escéptico, Locke gozó
de gran influencia en el escepticismo del pensamiento británico posterior al
reconocer la vaguedad de los conceptos de la metafísica y señalar que las
deducciones sobre el mundo al margen de la mente no pueden ser probadas con
certeza. Sus escritos éticos y políticos (principalmente Tratados sobre el
gobierno civil) tuvieron también mucha influencia en el pensamiento
subsiguiente; los fundadores de la moderna escuela del utilitarismo, que en
síntesis hicieron de la felicidad para el mayor número de personas la medida
del bien y del mal, se inspiraron en sus escritos. Su defensa del gobierno
constitucional, de la tolerancia religiosa y de los derechos naturales de los
individuos marcó el desarrollo del pensamiento liberal en Francia, Gran Bretaña
y Estados Unidos.
5.2. Idealismo y
escepticismo El
filósofo y matemático alemán Gottfried Wilhelm Leibniz concibió un sutil y
original sistema de filosofía. Combinó los descubrimientos matemáticos y
físicos de su tiempo con las concepciones orgánicas y religiosas de la
naturaleza heredadas del pensamiento clásico y medieval. Leibniz consideraba el
mundo como un número infinito de unidades de fuerza infinitamente pequeñas,
llamadas mónadas, cada una de las cuales es un mundo cerrado pero que
refleja a su vez a todas las demás en su propio sistema de percepciones. Todas
las mónadas son entidades espirituales, pero aquellas con las percepciones más
confusas forman los objetos inanimados y aquellas con las percepciones más
claras (incluido el autoconocimiento y la razón) constituyen las almas y las
mentes de la humanidad. Dios es concebido como la Mónada de las mónadas,
la que crea todas las demás y predestina su desarrollo de acuerdo con una armonía
preestablecida que acaba en la apariencia de interacción entre las mismas. La
idea de Leibniz de que todas las cosas son orgánicas y espirituales marca el
inicio de la tradición filosófica del idealismo.
5.2.1. Berkeley
El filósofo y
obispo anglicano George Berkeley convirtió el idealismo en una poderosa escuela
de pensamiento al unirlo con el escepticismo y el empirismo, y por ello ha sido
muy influyente en la filosofía británica. Al radicalizar las dudas ya expuestas
por Locke sobre el conocimiento del mundo fuera de la mente, Berkeley declaró
que no existe ninguna evidencia de la realidad material de ese mundo, porque lo
único que uno puede observar son las sensaciones propias y éstas se encuentran
en la mente. Afirmaba que existir significa ser percibido (“esse est percipi”)
y que para existir, cuando uno no las observa, las cosas han de ser percibidas
por Dios. Sus principales escritos, Tratado sobre los principios del
conocimiento humano (1710) y Tres diálogos entre Hilas y Filonus
(1713), fueron desestimados por sus contemporáneos. Sin embargo, al afirmar que
los fenómenos sensoriales son los únicos objetos del conocimiento, Berkeley
estableció la visión epistemológica del fenomenalismo (teoría de la percepción
que indica que la materia puede ser analizada en términos de sensaciones) y
orientó el camino que adoptaría el movimiento positivista en el pensamiento
moderno.
5.2.2. Hume
El filósofo e historiador escocés David
Hume aplicó la crítica de Berkeley sobre la sustancia material a la propia creencia
de este filósofo en la sustancia espiritual, afirmando que no existe ninguna
evidencia observable de la existencia de una sustancia suprema, espíritu o
Dios. Pese a que su obra filosófica más importante fue Tratado sobre la
naturaleza humana (3 vols., 1739-1740) su pensamiento es más conocido por
una versión más breve y accesible de aquélla, Investigación sobre el
entendimiento humano (1751). Según Hume, todas las afirmaciones metafísicas
sobre cosas que no se pueden percibir de una forma directa carecen asimismo de
sentido y tendrían que “ser entregadas a las llamas”. En sus análisis de la
causalidad y de la inducción, Hume mantuvo que no existe ninguna justificación
lógica existe para creer que dos hechos están conectados por azar o para
establecer ninguna inferencia desde el pasado hacia el futuro, dando lugar así
a problemas que todavía no han sido resueltos. La obra de Hume ha tenido un
profundo efecto en la ciencia moderna al estimular el uso de los procedimientos
estadísticos en lugar de los sistemas deductivos y alentar la redefinición de
los conceptos básicos.
5.2.3. Kant y
la Ilustración
En respuesta al escepticismo de Hume,
que según sus palabras “lo despertó de su sueño dogmático”, el filósofo alemán
Immanuel Kant construyó un amplio sistema de filosofía que se sitúa entre los
mayores logros intelectuales de la cultura occidental. Kant combinó el
principio empirista de que todo conocimiento tiene su fuente en la experiencia
con la creencia racionalista en el conocimiento conseguido por la deducción.
Sugirió que, aunque el contenido de la experiencia ha de ser descubierto a
través de la propia experiencia, la mente impone forma y orden en todas sus
experiencias y esta forma y orden pueden ser descubiertos a priori, es
decir, mediante la reflexión. Su afirmación de que causalidad, sustancia,
espacio y tiempo, formas de la intuición pura, son modelos impuestos por la
mente en función de su experiencia dio soporte al idealismo heredado de Leibniz
y Berkeley, pero su filosofía también constituyó una crítica al idealismo al
estar de acuerdo con la afirmación empirista de que las cosas en sí mismas —es
decir, las cosas tal y como existen fuera de la experiencia humana— constituyen
la “cosa en sí” (noumeno incognoscible). Por lo tanto Kant limitó el conocimiento
al “mundo de los fenómenos” de la experiencia, manteniendo que las creencias
sobre el alma, el cosmos y Dios (el “mundo de los nombres” que transcienden la
experiencia humana) son asuntos de fe antes que resultar propios del
conocimiento científico. En sus escritos sobre ética, mantuvo que los
principios morales son imperativos categóricos, que para él significaban
mandatos absolutos de la razón que no admiten excepciones y nada tienen que ver
con el placer o el beneficio práctico. En sus ideas religiosas, que tuvieron un
efecto profundo en la teología protestante, hizo hincapié en la conciencia
individual y describió a Dios sobre todo como un ideal ético. En el pensamiento
político y social, Kant fue una figura de primer orden del movimiento en favor
de la razón y la libertad contra la tradición y la autoridad. Sus principales
obras corresponden a la denominada fase crítica de su pensamiento,
especialmente Crítica de la razón pura (1781), Crítica de la razón
práctica (1788) y Crítica del juicio (1790).
En Francia la actividad intelectual
culminó en el periodo conocido con el nombre de Ilustración que impulsó los
cambios sociales que produjeron la Revolución Francesa. Entre los mayores
pensadores de esa época se encuentran Voltaire, quien (al ampliar la tradición
de deísmo iniciada por Locke y otros pensadores liberales) redujo las creencias
religiosas a aquello que puede ser justificado mediante la inferencia racional
a partir del estudio de la naturaleza; Jean-Jacques Rousseau, que criticó la civilización
como una corrupción de la naturaleza humana en un hombre bueno en su origen y
que desarrolló la doctrina de Hobbes de que el Estado se basa en un contrato
social con sus ciudadanos y representa la voluntad popular; y Denis Diderot,
quien con Jean le Rond d’Alembert elaboró la famosa Enciclopedia, a la
que contribuyeron numerosos científicos y filósofos.
5.3. Idealismo
absoluto
En Alemania, a través de la influencia
de Kant, el idealismo y el voluntarismo (es decir, la importancia dada a la voluntad)
se convirtieron en las tendencias dominantes. Johann Gottlieb Fichte transformó
el idealismo crítico de Kant en un idealismo absoluto al eliminar las “cosas en
sí mismas” kantianas y hacer de la voluntad la realidad última. Fichte mantuvo
que el mundo es creado por un activo Yo, del que la voluntad humana es una
manifestación parcial y que tiende hacia Dios como un ideal irrealizable. Sus
ideas fueron consideradas como ateas y se vio obligado a abandonar su cátedra
de Filosofía en la Universidad de Jena en 1799. Friedrich Wilhelm Joseph von
Schelling fue aún más lejos al reducir todas las cosas a la actividad de
autorrealización de un absoluto, al que identificó con el impulso creativo en
la naturaleza. El énfasis que puso el romanticismo en los sentimientos y en la
divinidad de la naturaleza encontró expresión filosófica en el pensamiento de
Schelling, quien ejerció una destacada influencia en el movimiento
transcendentalista estadounidense que encabezaba el poeta y ensayista Ralph
Waldo Emerson.
5.3.1. Hegel
El espíritu filosófico más poderoso del
siglo XIX fue el del filósofo alemán Georg Wilhelm Friedrich Hegel, cuyo
sistema de idealismo absoluto —aunque con muchas influencias de Kant y
Schelling— se basó en una nueva concepción de la lógica en la que conflicto y
contradicción son considerados como elementos necesarios de la verdad, y ésta
es contemplada como un proceso antes que como un estado fijo e inmutable de las
cosas. La fuente de toda realidad, para Hegel, es un espíritu absoluto (o razón
cósmica) que evoluciona desde una existencia abstracta e indiferenciada hacia
una realidad más concreta a través de un proceso dialéctico que consiste en
etapas triádicas; cada tríada se compone en primer lugar de un punto inicial (o
tesis), en segundo lugar, de su opuesto (o antítesis), y en tercer lugar, de un
punto superior o síntesis, donde se funden los dos opuestos. De acuerdo con
esta idea, la historia se halla regida por leyes lógicas, de tal forma que
“todo lo que es real es racional, y todo lo que es racional es real”. Las ideas
históricas posteriores son cumplimientos más completos del espíritu absoluto
cuyo punto más alto de autorrealización se encuentra en el Estado nacional de
la monarquía de Federico Guillermo IV y en la filosofía. Hegel impulsó un mayor
interés por la historia al representarla como una penetración en la realidad
más profunda que las ciencias naturales. Su concepción del Estado nacional como
la encarnación más alta del espíritu absoluto se interpretó durante un tiempo
como la fuente principal de las modernas ideologías autoritarias, aunque él
mismo se declaró partidario de la existencia de un amplio grado de libertad
individual reconocido por el poder político. Hegel expuso lo fundamental de su
sistema filosófico en Fenomenología del espíritu (1807).
5.3.2. Otros
filósofos influyentes
El filósofo alemán Arthur Schopenhauer
rechazó la optimista fe de Hegel en la razón y el progreso. En 1819 publicó El
mundo como voluntad y representación, obra en la que presenta su filosofía
ateísta y pesimista. Schopenhauer mantenía que tanto la naturaleza como la
humanidad son productos de una voluntad irracional, de la que la gente puede
escapar tan sólo a través del arte y la renuncia filosófica al deseo de
felicidad. El filósofo y sociólogo francés Auguste Comte, autor de Curso de
filosofía positiva (6 vols., 1830-1842), formuló la filosofía del
positivismo, que rechaza la especulación metafísica y sitúa todo el
conocimiento verdadero en las llamadas ciencias positivas o factuales. Comte
situó la ciencia de la sociología (que él mismo fundó) en el nivel más alto de
la clasificación de las ciencias. El influjo del positivismo fue muy importante
en el pensamiento europeo, pero especialmente en la formación del pensamiento
nacional de muchos países latinoamericanos. El economista británico John Stuart
Mill desarrolló y puntualizó las tradiciones empiristas y utilitaristas, con la
publicación de Utilitarismo en 1836 y la aplicación de sus principios a
todos los campos del pensamiento. Mill y otros utilitaristas ejercieron una
gran influencia en las reformas liberales sociales y económicas que tuvieron
lugar en el Reino Unido. El filósofo danés Sören Kierkegaard (autor, entre
otras obras, de El concepto de la angustia) criticó el énfasis hegeliano
en la razón; su defensa elocuente del sentimiento y la aproximación subjetiva a
los problemas de la vida fueron una de las fuentes más importantes del
existencialismo del siglo XX.
5.4. Filosofía
evolucionista La idea
mecanicista del mundo propia del siglo XVII y la fe en la razón y el sentido
común del siglo XVIII, aunque todavía influyentes, fueron modificados en el
siglo XIX por una serie de ideas más complejas y dinámicas, basadas más en la
biología y en la historia que en las matemáticas y la física. Entre otras, muy
importante fue la teoría de la evolución a través de los principios de la
selección natural, formulada en 1858 por Charles Darwin, cuyo trabajo inspiró
concepciones de la naturaleza y de la humanidad que ponían el énfasis en el conflicto
y en el cambio como factores que estimulaban la evolución, y se definían contra
la unidad y la permanencia sustancial. Por su parte, los alemanes Karl Marx y
Friedrich Engels, que se conocieron en París en 1844, elaboraron la filosofía
del materialismo dialéctico, basado en la lógica dialéctica de Hegel, pero
hicieron de la materia (en vez de la mente) la realidad última. De Hegel
adoptaron la idea según la cual la historia avanza de acuerdo con leyes
dialécticas y que las instituciones sociales son más reales en el plano
material que una naturaleza física o la mente individual. Su aplicación de
estos principios a los problemas sociales fue llamada materialismo histórico,
teoría según la cual todas las formas de cultura están determinadas por las
relaciones económicas y en la que la evolución social acontece a través de la
lucha de clases y revoluciones periódicas. Esta teoría se convirtió en la base
ideológica del comunismo. El filósofo británico Herbert Spencer elaboró una
filosofía evolucionista basada en el principio de la selección natural, que
explica todos los elementos de la naturaleza y de la sociedad como adaptaciones
en la lucha cósmica por la supervivencia. Al igual que Comte, sustentó la
filosofía en la sociología y en la historia por considerarlas las ciencias más
avanzadas.
5.4.1. Nietzsche
El filósofo alemán Friedrich Nietzsche
recobró la concepción de Schopenhauer de la existencia como la expresión de una
voluntad cósmica, pero hizo de la llamada “voluntad de poder” la fuente de todo
valor, como se subraya en uno de sus más discutidos tratados, La voluntad de
poder, publicado en 1901, un año después de su muerte, un estudio
incompleto en el que reivindica el retorno desde la ética a las primigenias y
naturales virtudes de valor y fuerza. Siguiendo la revuelta romántica contra la
razón y la organización social, resaltó los valores de la firmeza individual,
el instinto biológico y la pasión en un superhombre utópico. Otras importantes
obras suyas fueron La gaya ciencia (1882), Así habló Zaratustra
(1883-1891) y La genealogía de la moral (1887).
5.4.2. Pragmatismo
Hacia finales del siglo XIX, el
pragmatismo se convirtió en una de las más importantes escuelas de pensamiento,
en particular en Estados Unidos. Continuó la tradición empírica de arraigar el
conocimiento en la experiencia y acentuar los procedimientos deductivos de la
ciencia experimental. Charles Sanders Peirce, que dio nombre a esta corriente,
formuló una teoría práctica del conocimiento que definía el entendimiento de un
concepto como el conjunto de las predicciones que pueden ser hechas por el uso
de ese mismo concepto y verificadas por la experiencia futura. William James,
cuyo destacado trabajo en el campo de la psicología facilitó un marco para
delimitar sus ideas filosóficas, desarrolló una teoría pragmática de la verdad.
Definió ésta como la capacidad de una idea para guiar al individuo hacia una
acción de éxito, y propuso que todas las ideas fueran evaluadas en la medida de
su utilidad para resolver los problemas. James justificó la religión sobre este
razonamiento pragmático, pero al insistir en la infinitud de Dios, lo
identificó con la inconsciente energía de la naturaleza.
El idealismo fue una poderosa escuela de pensamiento
en el Reino Unido gracias a la obra de Francis Bradley, que mantuvo, al igual
que Hegel, que todas las cosas han de ser entendidas como aspectos de una
totalidad absoluta. Bradley negó que las relaciones existan, porque no existen
dos cosas idénticas y sólo se puede dar por sentado un único sujeto real de
pensamiento, lo Absoluto. Mantenía que cada vez que se dice que una cosa tiene
cierta característica, entonces esa cosa (como el propio sujeto) tiene que ser
en sí misma el mundo total y la realidad. Cualquier otra afirmación sería
contradictoria, porque todo —excepto la realidad misma— tiene predicados
contradictorios: una estufa, por ejemplo, está a veces caliente y otras veces
fría. El filósofo británico John MacTaggart también recurrió al idealismo
hegeliano, manteniendo que el espacio y el tiempo son irreales porque su
concepción es contradictoria. Afirmaba que la única realidad es la mente. Otro
filósofo británico, Bernard Bosanquet, que al igual que MacTaggart reavivó el
idealismo, resaltó el carácter estético y dramático del proceso universal.
5.4.3. Idealismo
pragmático
Josiah Royce, incluido en el movimiento
idealista estadounidense, unió el idealismo a ciertas corrientes de
pragmatismo. Royce interpretó la vida humana como el esfuerzo del yo finito por
expandirse en el yo absoluto a través de la ciencia, la religión y la lealtad a
comunidades más amplias. Sus numerosos trabajos fueron publicados a finales del
siglo XIX y principios del XX.
El filósofo, educador y psicólogo
estadounidense John Dewey desarrolló más tarde los principios pragmáticos de
Peirce y James en un amplio sistema de pensamiento al que llamó naturalismo
experimental o instrumentalismo. Dewey puso el énfasis en las bases biológicas
y sociales del conocimiento y el carácter instrumental de las ideas como planes
de acción. Insistió en un acercamiento experimental a la ética (es decir, en
relacionar los valores con las necesidades individuales y sociales). La teoría
pedagógica de Dewey, que insistió en la preparación del individuo para
desarrollar una actividad creativa en una sociedad democrática, adquirió una
profunda influencia en los métodos educacionales de Estados Unidos hasta mucho
tiempo después de su muerte.
En Francia la idea más influyente de principios del
siglo XX fue el vitalismo evolucionista de Henri Bergson, autor, entre otras
obras, de Materia y memoria (1896). Bergson planteó el élan vital,
la energía espontánea del proceso evolutivo, y defendió los sentimientos y la
intuición frente a la aproximación abstracta y analítica a la naturaleza de la
ciencia y la filosofía de la ciencia y el espíritu. En Alemania, Edmund Husserl
fundó la escuela de la fenomenología, elaborando una filosofía que recogió y
analizó las estructuras de la conciencia que permiten a ésta situar a los
objetos fuera de sí misma.
5.4.4. Whitehead
El matemático y filósofo británico
Alfred North Whitehead reavivó el interés por la metafísica especulativa al
desarrollar un gran sistema técnico de conceptos que combinaba la teoría
platónica de las ideas con el organicismo de Leibniz y Bergson. Whitehead (que
también fue un físico notable) aplicó los avances revolucionarios de la ciencia
del siglo XX para mostrar el fracaso de la ciencia mecanicista como un medio
para interpretar la realidad de una forma global y absoluta. Según Whitehead, las
cosas no son sustancias inmutables con límites espaciales definidos, sino
procesos vivos de experiencia que personifican objetos eternos o universales,
fusionados por Dios. En colaboración con Bertrand Russell escribió Principia
Mathematica (3 vols. 1910-1913), monumental obra que pretendió definir la
interrelación entre la lógica y las matemáticas.
5.4.5. Santayana
y otros autores El
poeta y filósofo estadounidense de origen español Jorge Ruiz de Santayana
compaginó el pragmatismo, el platonismo y el materialismo en una gran filosofía
que subrayó los valores intelectuales y estéticos. Expuso sus ideas más
relevantes y sistematizó su filosofía ética en uno de sus primeros trabajos, La
vida de la razón (5 vols., 1905-1906). Benedetto Croce hizo del idealismo
la tradición dominante en la filosofía italiana, recuperando la concepción
hegeliana de la realidad como un proceso de desarrollo histórico a través del
conflicto de opuestos, pero incidió en los sentimientos y la intuición (en
lugar de la razón abstracta) como la fuente de la verdad última. Bertrand
Russell prosiguió fiel a las tradiciones empíricas y utilitaristas en el
pensamiento británico. La aplicación por Russell de los avances en lógica,
matemáticas y física a los problemas de la filosofía alcanzaron gran eco en la
escuela del empirismo lógico. El filósofo británico George Edward Moore (la
figura más importante de la llamada revuelta realista contra el idealismo)
abogó por la realidad de los objetos apoyándola en la creencia del sentido
común. El estilo sencillo de Moore y su preciso uso del lenguaje cotidiano
incidieron en el desarrollo de la escuela de filosofía analítica.
5.5. Filosofía
analítica
La escuela del empirismo o positivismo
lógico, fundada en torno al denominado Círculo de Viena, se convirtió en un
movimiento importante del pensamiento estadounidense. El empirismo lógico (que
combina el positivismo de Hume y Comte con el rigor y la precisión lógicas de
Descartes y Kant) rechaza la metafísica como un juego terminológico sin sentido,
insiste en la definición de todos los conceptos en términos de hechos
observables, y asigna a la filosofía la tarea de clarificar los conceptos y la
sintaxis lógica de la ciencia.
Una vía de filosofía analítica, también llamada
análisis lingüístico, que se inspiró en el trabajo de Moore, y fue desarrollada
en concreto por Ludwig Wittgenstein en su Tractatus logicus-philosophicus
(1921), se ha convertido en la corriente dominante de la filosofía británica
actual. Esta escuela de pensamiento también rechaza la metafísica especulativa
y centra la filosofía en la tarea de ordenar el rompecabezas intelectual
causado por la ambigüedad del lenguaje merced al análisis de las palabras
propias del discurso ordinario. Identifica el significado de una palabra con el
sentido con que de forma corriente esa palabra es utilizada.
5.6. Filosofía
existencial
La filosofía existencial, que surgió
como heredera de la revuelta romántica del siglo XIX contra la razón y la
ciencia en favor de la implicación apasionada en la vida, fue muy importante en
el pensamiento a través del trabajo de Martin Heidegger (autor de El ser y
el tiempo, 1927) y en menor escala de Karl Jaspers. Heidegger combinó el
planteamiento fenomenológico de Husserl con el énfasis que Kierkegaard ponía en
la intensa experiencia emocional y la concepción de Hegel de la negación como
una fuerza real. La filosofía de Heidegger sustituye la nada por Dios como la
fuente de los valores humanos; Jaspers encontró a Dios (al que llamó
Transcendencia) en la intensa experiencia emocional de los seres humanos. El
español Miguel de Unamuno desarrolló un original pensamiento que destacaba el
valor de la existencia individual, el sentimiento trágico de la inmortalidad
humana y el valor de la literatura como fuente de expresión filosófica. José
Ortega y Gasset, principal representante de la filosofía en España, defendió la
intuición frente a la lógica y criticó la cultura de masas (La rebelión de
las masas, 1930) y la sociedad mecanizada de los tiempos modernos. El
erudito y autor sionista de origen austriaco Martin Buber, compaginando el
misticismo judío con las tendencias del pensamiento existencial, interpretó la
experiencia humana como un diálogo entre el individuo y Dios.
Varias síntesis de la teología
tradicional con la idea existencial de que el conocimiento es más emocional que
científico han sido realizadas en Suiza por Karl Barth y en Estados Unidos por
Reinhold Niebuhr y Paul Tillich. En Francia, Jean-Paul Sartre fue uno de los
que más contribuyó a la popularización del existencialismo. Sus escritos
filosóficos (especialmente El ser y la nada, 1943, y Crítica de la
razón dialéctica, 1960), novelas y obras de teatro fusionaron las ideas de
Descartes, Marx, Kierkegaard, Husserl y Heidegger en una concepción de los
seres humanos que se proyectan a sí mismos fuera de la nada mediante la
afirmación de sus propios valores y, por tanto, asumiendo la responsabilidad
ética de sus actos.
Durante la década de 1960 los escritos
de Martin Luther King señalaron que la filosofía había estado demasiado alejada
de los importantes acontecimientos sociales y políticos que estaban
produciéndose en todo el mundo. Siguiendo los principios del líder nacionalista
indio Mohandas Karamchand Gandhi, King abogó por una actitud de resistencia
cívica y no violenta ante la injusticia.
5.7. Últimos
sistemas filosóficos del siglo XX
Tras la década de 1960, el desarrollo de
la llamada “filosofía técnica” ha sido muy importante. La actividad filosófica
se encuentra, fundamentalmente, confinada en los departamentos de filosofía de
las universidades y en las revistas especializadas, y ha alcanzado un notable
nivel de complejidad que exige una preparación adecuada. Durante las últimas
décadas del siglo XX se ha seguido manteniendo la fuerza de la filosofía analítica,
que ha dominado la producción filosófica anglosajona. En la llamada “tradición
continental”, la influencia analítica ha aumentado su presencia. Sin embargo,
distintas escuelas filosóficas que plantean problemas nuevos han desarrollado
sus teorías. Entre ellas, merecen ser citadas las tres siguientes
orientaciones. En primer lugar, el desarrollo de la filosofía hermenéutica,
representada fundamentalmente en la obra de Hans-Georg Gadamer. En segundo
lugar, las aportaciones de una crítica de la sociedad, representadas por los
herederos de la Escuela de Frankfurt y, en especial, por Jürgen Habermas. En
tercer lugar, las filosofías postestructuralistas, que recogen la herencia del
estructuralismo y realizan una crítica a la llamada sociedad posmoderna, y que
cuentan entre sus representantes más relevantes, a los filósofos franceses
Michel Foucault, Gilles Deleuze y Jacques Derrida, entre otros.
Ø
Conclusiones: La filosofía comienza en la
Grecia antigua, en el Asia Menor, alrededor del siglo VII a.C. Allí se
establecieron los jonios, uno de los primeros pueblos de habla griega. La situación económica en los siglos VII y
VI era muy próspera agrícola y comercialmente.
Esta circunstancia, sumada al fluido contacto con la floreciente
babilónica y con Egipto, permitió a estas colonias un gran desarrollo cultural.
COMENTARIO FINAL: La filosofía
comienza en la Grecia antigua, en el Asia Menor, alrededor del siglo VII a.C.
Allí se establecieron los jonios, uno de los primeros pueblos de habla
griega. La situación económica en los
siglos VII y VI era muy próspera agrícola y comercialmente. Esta circunstancia, sumada al fluido
contacto con la floreciente babilónica y con Egipto, permitió a estas colonias
un gran desarrollo cultural. La metafísica ha recibido en el siglo XX
severas críticas. Las principales son
las que provienen del positivismo lógico, para quien la metafísica es un
discurso sin significado porque sus enunciados son afirmaciones acerca de los
cuales nunca se podrá tener una experiencia.
No obstante, debemos decir que los temas concernientes a la metafísica
no fueron dejados a un lado en el siglo XX, sino, por el contrario, las
distintas corrientes de pensamiento se ven remitidas a ellos con la necesidad
de formular maneras alternativas en su tratamiento. Los Padres, los amigos, los maestros, la
gente de la calle, nos van mostrando el mundo desde que nacemos. La madre pone
el pecho en la boca del recién nacido, y éste chupa, se alimenta, y recibe al
mismo tiempo una caricia. Lo viste, lo arropa, y el niño vive esas prendas como
abrigo. Agitan ante él el juguete. Le impiden acercar la mano a una llama, o se
quema con ella, y entran en el horizonte de su vida la prohibición, el dolor,
el peligro. Intenta el niño levantar una mesa, y descubre el peso –y la
impotencia-. Se da un golpe contra la pared y cuenta con la resistencia de las
cosas. Lo amenazan jovialmente y aprende a distinguir entre lo serio y la
broma. Le cuentan cosas, y descubre que antes que él había otros, y sucesos que
no eran suyos. Le prometen algo, y se pone a esperar en el futuro. Lo elogian o
le regañan, y el niño empieza a darse cuenta de que hay lo bueno y lo malo, la
aprobación y la desaprobación. Le reprochan haber hecho algo que no ha hecho, y
tropieza con la injusticia. Lo engañan, y ve que junto a la verdad, en la cual
vivía sin saberlo, hay la falsedad o la
mentira. Empieza a explorar la casa, el jardín, las calles del pueblo o de la
ciudad, el campo, y ve que hay “más allá”, que el mundo es abierto, dilatado,
desconocido, atractivo, peligroso, hermoso o feo. Distingue muy pronto dos
formas de los “otros”: hombres, mujeres; y muy poco después una tercera forma:
los “semejantes”, los niños, a diferencia de los “mayores”.
Le hablan y oye hablar. Distingue voces,
y los tonos, y sabe cuándo se dirigen a él o no. Le gustan más o menos: se
siente atendido, acariciado, mimado, reprendido, olvidado. Va entendiendo “de
qué se trata”; luego, lo que se dice. Conoce algunas palabras, y otras que no;
adivina su significado unas veces, otras quedan oscuras. Empiezan a “enseñarle”
cosas: a andar, a comer, a vestirse, a pronunciar, a mover las manos, a jugar,
a hacer las cosas “bien”, a saludar, a contar, luego a leer, a escribir, a
rezar, a callarse, a esperar, a obedecer, a resignarse. Y luego, noticias,
informaciones, ritos, ciencias.
Casi toda la vida va regida por esas
formas que nos han sido “inyectadas” por los demás, conocidos o desconocidos,
sobre todo al verlos vivir ante
nosotros. Estamos en la creencia de que las cosas son “así”, de que hay que
hacer tales o cuales cosas, de que podemos contar con ellas de cierta manera.
Nuestros deseos, nuestros proyectos, nos llevan a hacer algo de acuerdo con
esas líneas de conducta. Solamente cuando tropezamos con algo imprevisto,
cuando las cosas no se comportan como esperábamos, cuando alguien se enfrenta
con nosotros, no podemos seguir viviendo espontáneamente. Nos paramos. ¿A qué?
A pensar.
Lo primero que hacemos es ver si alguien sabe qué hay que hacer. Si no lo
encontramos, recordamos lo que sabemos, lo
que hemos aprendido, los conocimientos adquiridos, para ver si nos sirven, si
nos permiten salir del apuro. Un tercer paso es tratar de conseguir más
conocimientos, preguntar a otros maestros, otros libros, otras ciencias.
Pero puede ocurrir que, entre tantos
saberes, nos encontremos perdidos, en la duda. No sabemos qué hacer, no sabemos
qué pensar. Ha aparecido ante nosotros algo nuevo,
con lo cual no contábamos. O lo que creíamos o pensábamos choca con lo que
vemos; ¿cómo decidir? O, finalmente, sabemos muchas cosas, estamos rodeados de
objetos, recursos, aparatos, pero nos preguntamos ¿qué es todo esto? ¿Qué
sentido tiene? ¿Qué es esto que llamamos vivir, y para qué, y hasta cuándo? ¿Y
después, que podemos esperar?
El nacimiento de la filosofía
Cuando el hombre primitivo
estaba agobiado por las dificultades, cuando le era difícil seguir viviendo,
comer, beber, abrigarse, calentarse, defenderse de las intemperies, de las
fieras, del miedo a lo desconocido, no tenía respiro para hacerse preguntas. No
solo cada día, cada hora tenía su afán. Y no sabía casi nada. Pero cuando, al
cabo de los siglos, el hombre consiguió alguna riqueza, cierta seguridad,
instrumentos que le permitieron desarrollar una técnica, noticias y
conocimientos, cuando su memoria no fue sólo suya y la de sus padres, sino la
de la tribu o la ciudad o el país –una memoria histórica-, cuando hubo
autoridades y mando y alguna forma de derecho y estabilidad, consiguió el
hombre holgura, tiempo libre, se pudo divertir, cantar, tocar algún
instrumento, bailar, componer versos, dibujar o esculpir, levantar edificios
que no eran sólo cobijo, sino que debían ser hermosos, inventar historias, y a
veces representarlas. Y entonces, en esa vida más compleja, mas atareada y a la
vez con más calma, sintió sorpresa, la admiración, el asombro, la extrañeza:
ante lo bello, lo magnífico, lo
misterioso, lo horrible. Y empezó a lanzar sobre el mundo una mirada
abarcadora, que en lugar de fijarse en tal cosa particular contemplaba el
conjunto: y al entrar en sí mismo, al ensimismarse
como decimos con una maravillosa
palabra en español, empezó a atender al conjunto de su vida y a
preguntarse por ella. Así nació, seis o siete siglos antes de Cristo, en
Grecia, una nueva ocupación humana, una manera de preguntar, que vino a
llamarse filosofía.
Hay un paralelismo entre lo que ocurrió a la humanidad
entonces y lo que ocurre al hombre y a la mujer cuando llega a cierta altura de
su vida. Todavía es mayor el paralelismo si se piensa que no todos los pueblos
han cultivado la filosofía, y que sólo algunos hombres se hacen esas preguntas.
Los demás siguen viviendo sin claridad, o se contentan con la certidumbre que
da la acción, o aquella otra en que se está por una creencia, o con otra
distinta que dan los conocimientos, las ciencias particulares, que nos enseñan
tantas cosas. Hoy, tantas que nadie las sabe, que, por tanto, funcionan para
cada hombre como otra forma de creencia: creemos que se saben todas esas cosas,
que las sabe la ciencia. Pero ¿quién es la ciencia?
Para que alguien se haga las preguntas de la filosofía hace
falta que se den varias condiciones. 1) Que se sienta perdido, que no sepa qué
hacer o qué pensar, que no sepa a qué atenerse. 2) Que los conocimiento
particulares no lo saquen de su duda, no le den una certeza suficiente, porque
lo que necesita saber es qué es todo esto, quién soy yo, qué será de mí 3) Que
tenga la esperanza de poder encontrar respuesta a esas preguntas, de poder
salir él mismo de la duda. Lo cual quiere decir: 4) Que suponga que esas
preguntas pueden tener respuesta, que tienen sentido. Y finalmente: 5) Que el
hombre perdido y lleno de dudas tiene algún medio de interrogar a la realidad y
obligarla a manifestarse y responder, a ponerse en claro, a manifestar la verdad.
Ese medio es lo que se suele llamar pensamiento
o razón.
La vida humana
" Ya
se han escrito todas las buenas máximas, solo falta ponerlas en
práctica.", lo decía Pascal.
Siempre mi
vida ha girado en un constante aprendizaje de aplicación de la filosofía en la
vida. Pero resulta que eso es tan extraño, complejo y misterioso que llamamos
filosofía se parece mucho a lo que todos los hombres hacen todos los días desde
el principio del mundo. Por lo cuál, tal vez no sea tan extraño, y desde luego
es algo muy propio del hombre.
Yo me encuentro en el mundo,
rodeado de cosas, haciendo algo con ellas, "viviendo". Cuándo caigo
en la cuenta de eso, llevo ya mucho tiempo viviendo, es decir, que mi vida ha
empezado ya, no he asistido a su comienzo. Entre las cosas que encuentro está
mi propio cuerpo, que se presenta como una cosa más, que me gusta más o menos,
que funciona bien o mal, que no he elegido. Es cierto que me acompaña siempre,
que lo llevo siempre "puesto", que lo que le pasa me interesa y me
afecta, que por medio de él veo, toco, me relaciono con todas las cosas; que
por él esta aquí estoy yo aquí, y que gracias a él cambio de lugar.
Y también encuentro eso que
llaman las "Facultades psíquicas": la inteligencia, la memoria,
la voluntad, el carácter. A lo mejor mi inteligencia es buena para algo, pero
mala para otras cosas; o recuerdo bien los versos y mal los números de
teléfono; o tengo voluntad débil, o mal genio. Nada de eso he elegido, nada de
eso soy yo, sino que es mío, como el país o la época en que he nacido, la
familia a la que pertenezco, mi condición social, etc.
Con todo eso que encuentro
a mi disposición, bueno o malo, tengo que hacer mi vida, tengo que elegir
en cada momento lo que voy a hacer, quién voy a ser. Lo más grave es que
la parte más interesante del mundo no está presente, no dispongo de ella,
porque lo que elijo es quién voy a ser mañana, y el mañana no existe;
existirá... mañana; es el futuro. Y el futuro es inseguro, incierto, está
oculto.
¿Qué hacer?, ¿Que
elegir?, ¿Que camino tomar?, no tengo más remedio que tratar de ver juntas
todas mis posibilidades, para poder elegir entre ellas. Y, ¿Cómo elegiré?
depende de quién quiero ser, de mi proyecto. Es decir, que tengo que imaginarme
primero como tal persona, como tal hombre o mujer, y ese proyecto imaginario es
el que, ante las posibilidades que tengo ante mí, decide. Dicho con otras
palabras, para vivir tengo que ponerme ante todo a pensar, a imaginarme a mi
mismo y ver en su conjunto el mundo. Por eso, el gran filósofo español José
Ortega y Gasset hablaba de la razón vital, sin la cuál no puedo vivir porque
solo puedo vivir pensando, razonando.
Vemos ahora que la filosofía no es más que hacer a fondo,
con rigor, con un método adecuado eso que todos hacemos a diario para poder
vivir humanamente. Los individuos y los pueblos y las épocas que
filosofan viven con mayor claridad, no se dejan arrastrar, saben lo que
hacen, tienen una iluminación superior a los demás. Y tienen también la
audacia de creer que ellos mismos pueden intentar buscar la verdad, orientarse
por si mismos cumpliendo las reglas de método, del camino que puede conducir a
ese descubrimiento. La consecuencia es que el que filosofa pretende ser más el
mismo, más de verdad, ser lo que se llama más auténtico.
La historia de
la filosofía
Es larga y
compleja la historia de la filosofía. Iniciada en Grecia a fines del siglo 7 o a comienzos del 6ª. De C. (Tales de
Mileto, Anaximandro, Anaxímenes, Parménides, Heráclito, Empédocles, Anaxágoras,
Demócrito, Sócrates), llevada a su perfección por Platón y Aristóteles,
desarrollada luego, en Grecia y en Roma (Séneca, Marco Aurelio, Plotino),
cristianizada luego, sobre todo en San Agustín, y en la Edad Media (San
Anselmo, San Buenaventura, Santo Tomás de Aquino, Escoto, Ockam), sin olvidar a
los judíos (Maimónides) o musulmanes (Avicena, Averroes, Ebenjaldún),
continuada en el Renacimiento por Nicolás de Cusa, Luis Vives, Erasmo, Giordano
Bruno, llevada a nuevo esplendor por Descartes, Spinoza, Leibniz, Bacon, Locke,
Hume; Zubiri, Wittgenstein y tantos otros, esa historia ha sido vista a veces
como una historia de errores de la mente humana; pero no es así.
Hay una continuidad y coherencia en la historia de la
filosofía, que hace que los verdaderos filósofos se entiendan, aunque cada uno
tenga que formular el problema a su manera propia, desde su punto de vista
personal, que no excluye forzosamente los otros, porque las perspectivas reales
son muchas y complementarias. Un gran filósofo dijo: “Todo lo que un hombre ha
visto es verdad”. Quería decir que la falsedad viene sólo de lo que cada uno
añade a lo que verdaderamente ha visto; y ahí es donde puede producirse la
contradicción y la discordia. La historia entera de la filosofía es el camino
de la mente humana para conocer la realidad, para aproximarse a ella y
descubrirla, rectificar los errores e integrar la visión personal con las de
los demás.
La visión responsable
Ante una cosa, el filósofo no se pregunta, como el
científico, por sus propiedades particulares –mineral, vegetal, animal, cuerpo
celeste, echo psíquico o histórico, forma social o política, ley, enfermedad,
obra literaria o artística, etcétera-; se pregunta por lo que tiene de
realidad, es decir, por el tipo de realidad que le corresponde. No es lo mismo
una piedra o un pino o un caballo, o bien el número 7, o el triángulo
isósceles, o la raíz cuadrada de 2; o una sirena o un centauro; o un soneto; o
Don Quijote; o Cervantes; o Dios.
El filósofo se pregunta cuál es el puesto que en la realidad
tiene cada uno de esos objetos, dónde hay que ponerlo, cuáles son sus atributos
y su manera de comportarse y cómo se lo
puede conocer. Y tiene que preguntarse igualmente por la realidad en su
conjunto, por su estructura, las jerarquías o grados de realidad que hay dentro
de ella, las relaciones o conexiones entre todas las cosas que son en un
sentido o en otro, reales.
Se puede pensar que la filosofía es muy difícil, que no se
puede comprender, que sólo muy pocas personas la entienden. No es así; hemos
visto que en el fondo es lo que todos los hombres hacemos todo el tiempo; si es
así, ¿cómo no vamos a comprender eso que sin darnos cuenta hacemos?
Cuando se es muy joven, no se comprende la filosofía, pero
no porque sus razonamientos sean muy complicados –los de las matemáticas suelen
ser más difíciles- sino porque el niño no ve el problema, no ve en que consiste
la pregunta. Cuando se llega a la primera juventud se puede entender, y el
joven que “ve” la filosofía suele entusiasmarse. Los discípulos de Sócrates y
Platón eran muchachos muy jóvenes. Y es mejor acercarse a la filosofía con
frescura, con inocencia, sin saber nada, dispuesto a abrir los ojos y mirar.
La única dificultad que tiene la filosofía es que tiene una
estructura, un orden, distinto del que tienen otras ciencias, por ejemplo la
matemática. Ésta tiene una estructura lineal: si un libro de matemáticas tiene
veinte teoremas, necesito entender los tres primeros para entender el cuarto,
pero no necesito saber el quinto; cada uno se apoya en los anteriores, pero no
en los posteriores, y se estudian y aprenden linealmente. En la filosofía, las
verdades se apoyan unas en otras, mutuamente. Si se lee la primera página de un
escrito filosófico, no se la comprende íntegramente; al leer la segunda la
primera empieza a aclararse, y así sucesivamente; la comprensión total de la
primera página no se logra hasta que se ha llegado a la última. Ésta estructura
circular (o espiral) es lo que se llama sistema: un conjunto de verdades, cada
una de las cuáles esta sostenida y probada por todos los demás.
Por esto es un error, cuando se lee un libro filosófico, no
pasar del principio hasta haberlo entendido perfectamente: no se entenderá
nunca. Hay que seguir, recibiendo nuevas aclaraciones a medida que se avanza,
hasta el final. Las iluminaciones se van sucediendo, se van viendo nuevas
conexiones, se descubren relaciones inesperadas, y por eso la lectura de un
libro filosófico es apasionante, como la de una buena novela.
Esta comparación no es justificada: la filosofía es una
teoría dramática, una aventura humana, del hombre que filosofa creadoramente o
del lector que revive esa teoría. No se entiende nada humano más que contando
una historia, y la filosofía tiene ese elemento dramático o novelesco, que la
hace plenamente inteligible. La dificultad de la filosofía reside en esa
estructura: una vez reconocida y aceptada, resulta ser lo verdaderamente
inteligible; lo que de verdad se comprende; a su lado, todas las demás formas
de intelección carecen de última claridad.
A la filosofía le corresponde la evidencia. Nada es
filosóficamente entendido sino se ve que es así, que tiene que ser así. Y ésta
evidencia tiene que renovarse en cada momento, si se trata de una comprensión
filosófica. Supongamos que un profesor demuestra perfectamente en la pizarra
que los tres ángulos de un triangulo valen dos rectos, o el teorema de
Pitágoras, o la regla de la división. Si se nos pregunta porque es así, porque
aquello es válido, contestaremos que “está demostrado”, que un profesor nos lo demostró de manera
concluyente cuando estudiábamos en el colegio o el instituto. No nos acordamos
de la demostración, pero recordamos perfectamente que el profesor la dio de
manera convincente. ¿Vale esto en filosofía? No. Esta evidencia debe estar
renovándose en cada instante, tiene que estar presentando sus títulos de
justificación; no se puede aceptar nada por autoridad –ni siquiera por el
recuerdo de la evidencia, por la evidencia pasada-, sino por la evidencia
actual.
Por eso la filosofía puede definirse como la visión responsable:
es una visión, algo que en cada momento se esta viendo; pero no basta; es una
visión que se justifica, que muestra sus razones, que “responde” de lo que ve y
responde a las preguntas.
Las preguntas radicales
La filosofía se
hace las preguntas radicales, aquellas que necesitamos responder para estar en
claro, para saber a qué atenernos, para orientarnos sobre el sentido del mundo
y de nuestra vida, para saber quiénes somos y qué tenemos que hacer y qué
podemos esperar, qué será de nosotros. Entre muchas certezas y conocimientos,
necesitamos una certidumbre radical, tenemos que buscarla, si queremos vivir
como hombres lúcidamente, y no a ciegas o como sonámbulos.
Se dirá: ¿Es
que podemos alcanzar esa certidumbre? ¿Es posible ese saber superior y más
profundo, ese núcleo del pensamiento filosófico que se llama metafísica? No
sabemos si es posible: sabemos que es necesario, que lo necesitamos para vivir.
Las ciencias
son diferentes. Un problema científico que no tiene solución no es un problema.
En filosofía, no. En primer lugar, porque no se sabe si acaso pueda tener
solución con otro método, planteado de otra manera mejor; en segundo lugar,
porque la filosofía no necesita tener éxito: tiene que enfrentarse con sus
problemas, no puede contenerse con eliminarlos. Es la condición de la vida
humana; el hombre no necesita tener éxito, le basta con intentar hacer, lo
mejor posible, lo que debe hacer. La filosofía no puede renunciar a sus
problemas fundamentales, porque entonces renuncia a si misma, deja de ser
filosofía (es lo que le pasa a gran parte de lo que hoy se llama filosofía).
No hace falta
ser un filosofo creador, original, para tener acceso a la filosofía.
El que lee
filosóficamente a un filósofo, o lo escucha, repiensa su filosofía, se la apropia,
la hace suya. Repite dentro de sí mismo el movimiento mental que llevó al
filósofo a preguntarse algunas cosas, que lo condujo con un método riguroso de
evidencia en evidencia, a ciertas visiones: soluciones o un nuevo planteamiento
más adecuado del problema.
El filósofo es
un hombre audaz, que se atreve a enfrentarse con la realidad, interrogarla,
levantar el velo que la cubre y tratar de ponerla de manifiesto, hacerla
patente. Por eso, la tentación del filósofo es soberbia. Pero si es verdadero
filósofo, tendrá que llegar a una profunda humildad: primero, porque tendrá
conciencia de que la realidad es problemática, que ninguna verdad la agota que
cuando dice “A es B”, no quiere decir “A es B y nada más”, sino que su propia
visión se podrá y deberá integrar con otras, que no se excluyen forzosamente;
segundo, porque lo que hace no es dictar a la realidad cómo es o debe ser, sino
al contrario. Ver cómo es, reconocer que es así, aceptarlo. La filosofía
requiere el valor de enfrentarse con la realidad –toda realidad, sin
amputaciones ni exclusiones, en todo su problematismo-, pero significa la
aceptación de la realidad, el sometimiento a una verdad que el filósofo no produce ni impone, sino descubre.
Los otros
conocimientos, las otras ciencias, la experiencia de la vida, las crisis
históricas, todo eso lleva al hombre a algunas preguntas esenciales que van más
allá, que no tienen respuestas prácticas ni dentro de cada una de las ciencias
positivas. Hay problemas que no tienen su lugar en la física, la psicología o
la historia; pero son problemas para el físico, el psicólogo o el historiador,
para el hombre que cada uno de ellos es (como para el hombre de la calle). Esas
mismas ciencias plantean un problema que excede de ellas mismas: ¿cuál es su
puesto en el conjunto del saber? Y ¿cuál es la realidad de su objeto? El
físico estudia la naturaleza, la mide,
descubre sus leyes; pero no se pregunta qué es la naturaleza o por qué hay
naturaleza. La pregunta por la realidad histórica no es tema de la historia. Las
ciencias particulares dan por supuesto su objeto (por eso se llaman ciencias
positivas), pero el hombre no puede dar nada por supuesto si quiere tener una
ultima claridad. Esa es la función, la exigencia de la filosofía.
Por otra parte,
la filosofía no empieza nunca en cero. No solo parte de innumerables noticias,
experiencias, conocimientos, sino que descansa sobre un subsuelo de creencias,
se inicia en una situación social, histórica, personal que condiciona el
horizonte de los intereses, las curiosidades, las inquietudes; que hace que un
filosofo mire en una u otra dirección, que eche de menos, claridad sobre unas
cosa y no sobre otras. La filosofía tiene siempre, para emplear una expresión
de Ortega, una “prefilosofía” que normalmente olvida y deja a su espalda.
Hay que aclarar
este importante cuestión. La idea de una filosofía sin supuestos, que no parta
de otros saberes, que empiecen en cero, como antes dije, es completamente
ilusoria. Pero si la filosofía olvida todo eso, no tiene plena realidad, no se
aclara sobre si misma, no es estrictamente filosófica. Tiene que contar con
todo eso que es su punto de partida que la condiciona, pero tiene que dar razón
de ello, es decir, justificar filosóficamente. Nada de eso será filosofía hasta
que la filosofía lo absorba, lo ilumine, justifique, y así lo eleve hasta el
nivel de la filosofía misma.
En este
sentido, toda filosofía es histórica, esta “a la altura del tiempo”, es la
propia de cada época. Y no puede olvidar que lleva dentro toda las demás del
pasado, que a llegado a ese nivel, es un proceso sin el cual se la podría
entender. La filosofía no es separable de su historia, pero esta remite al
presente: nos obliga a hacer filosofía, por que todas las demás, de pretérito,
no nos sirve, no son suficientes, porque están pensadas en situaciones
distintas de la nuestra, porque no se enfrentan, al menos de manera adecuada,
con nuestros problemas, aquellos que nos obligan a filosofar. La filosofía del
pasado no queda arrumbada o rechazada: queda absorbida, incorporada en la
actual; el filósofo filosofa con todos los demás que lo han precedido, y no
puede reducirse a ninguno.
La verdad de la vida
“Una vida no examinada (es
decir, sin filosofia) no es vividera para el hombre”, decía Platón. “Todas las ciencias son más necesarias que
la filosofía-decía Aristóteles-; superior, ninguna.” La filosofía “no sirve
para nada”, y por eso no sirve a nadie: es la ciencia de los hombres
libres. “Si la sabiduría es Dios, el verdadero
filósofo es el amador de Dios”, decía San Agustín. Y Spinoza la ve como amor
Dei intellectualis. “amor intelectual a Dios”. Y Ortega, en su primer libro.
Definía la filosofía como la “ciencia general del amor”.
Esa conexión entre amor y
filosofía es esencial, porque la filosofía busca la conexión general de todas
las cosas-eso es precisamene la razón-, y eso es obra del amor. Por eso la filosofía consistió, desde el
principio, en la máxima dilatación del espíritu, hasta llegar a preguntarse por
el todo. ¿Qué es todo esto? Por este camino
se llegó a descubrir la naturaleza, más allá de cada cosa,y como principio de
explicación de ellas (la naturaleza de las cosas). La idea cristiana de creación llevó a ver el mundo como criatura,
con una realidad fundada en la de Dios creador. La evidencia del carácter único
e irreductible de eso que llamamos “yo” llevó al pensamiento moderno (Descartes
y sus continuadores) al idealismo, a la afirmación del yo pensante como la
realidad primaria, de quién serían “ideas” todas las cosas. Pero nuestro tiempo ha visto que, si bien es
verdad que nada puedo saber sin mí, sin ser yo testigo de los demás. Yo no me
encuentro nunca solo, sino rodeado de cosas, en un mundo, haciendo algo con él,
algo que se llama vivir. Y al vivir
encuentro, de una manera o de otra, todo lo que hay, presente y manifiesto o
latente y oculto, accesible o inaccesible, desde mi propio cuerpo y las cosas
que me rodean hasta Dios, del cual encuentro en mi vida al menos la noticia o
revelación.
La filosofía es el
descubrimiento de un horizonte de preguntas ineludibles. Volverse de espaldas a ellas es renunciar a
ver, aceptar una ceguera parcial, contentarse con lo penúltimo. Significa, pues, la filosofía un
incalculable enriquecimiento del mundo.
Es además una disciplina moral: la exigencia de no engañarse, de no
aceptar como evidente lo que no lo es.
(Sin que esto quiera decir que hay que rechazar lo que no es evidente,
porque muy pocas cosas lo son.) Es
sobre todo, una llamada a la lucidez, a ese “señorío de la luz sobre las cosas
y sobre nosotros mismos”, de que hablaba Ortega. Y con ello, una llamada a la autenticidad, a la verdad de la
vida, a ser cada uno quien verdaderamente pretende ser.
El último fruto de la
filosofía es la aceptación del destino libremente elegido, eso que se llama
vocación.
Ø
Bibliografía:
1. Los estudios de
un joven de hoy, de la Editorial Fundación Universidad-Empresa, Madrid 1982.
2. Diccionario de
la Lengua Española.
3. El libro de la
virtudes, Javier Vergara Editor, Buenos Aires, 1995.
4. Platón, Diálogos,
Porrúa, México, 1976.
5. Ser hombre, de
Elías M. Zacarías.
6. Fundamentos de
Filosofía, Madrid 1986
7. Las Virtudes
Fundamentales, Josef Pieper, Ed. Rialp,
Madrid, 1988.
8. Filosofía
Cristiana, José M. De Torre, Ediciones Palabra, S.A.,Madrid, 1982.
9.
Aranguren, José Luis. Me llamo José Luis Aranguren. Madrid:
Aguilar, 1965. Breve y sencilla presentación biográfica realizada por el propio
Aranguren.
10.
Bonete Perales, Enrique. Aranguren: la ética entre la religión
y la política. Madrid: Tecnos, 1989. Análisis de la obra ética de
Aranguren, que señala sus compromisos políticos, así como su relación crítica
con el cristianismo.
11.
Hermida del Llano, Cristina. Aranguren. Madrid: Ediciones
del Orto, 1997. Accesible y breve presentación general de la vida y la obra de
Aranguren.
12.
López Aranguren, José Luis. Obras completas. 6 vols.
Madrid: Trotta, 1994 ss. La edición indispensable, que se encuentra en curso de
publicación, de las obras de Aranguren, con útiles introducciones y adecuadas
bibliografías.
13.
Muguerza, Javier y otros. Etica día tras día. Homenaje al
Profesor Aranguren en su 80º cumpleaños. Madrid: Trotta, 1991. Una
valoración reciente de la obra de Aranguren, realizada por algunos de sus
discípulos.
Ø
Autor: Lic. José Luis
Dell'Ordine
Buenos Aires - Argentina
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