LA
FILOSOFIA OCCIDENTAL
Por Marcelo
Suarez Verdinne
18 de Agosto de
1998
Según fue utilizado en su origen por los
griegos clásicos, el término filosofía significa la búsqueda del conocimiento
por sí mismo. La filosofía comprende todas las áreas del pensamiento
especulativo e incluye tanto la reflexión sobre las artes como sobre las
ciencias y la religión. Conforme se fueron desarrollando métodos y principios
particulares en las distintas áreas del conocimiento, cada campo adquirió su
propio perfil filosófico, lo cual dio lugar a la filosofía del arte, de la
ciencia y de la religión. El término filosofía se usa de forma popular para
referirse a un conjunto de actitudes y valores básicos respecto a la vida, la
naturaleza y la sociedad (de ahí procede la frase “filosofía de la vida”). Como
las fronteras que separan las distintas áreas del conocimiento son flexibles y
están sujetas a cambio, la definición del término filosofía sigue estando
sometida a controversia.
Para obtener
información sobre el pensamiento filosófico en el Lejano y Próximo Oriente véase
Filosofía china; Islam; Budismo; Taoísmo; Confucianismo.
Filosofía griega
Se considera en
general que la filosofía occidental comenzó en la Grecia antigua, y en Jonia
más en concreto, como una especulación en torno a la naturaleza subyacente del
mundo físico. En su forma primera no se distinguía de la ciencia natural, pues
los primeros filósofos eran físicos preocupados por determinar qué puede
permanecer tras el aparente cambio. Los escritos de los primeros filósofos no
se han conservado en lo fundamental, excepto algunos fragmentos citados por Aristóteles
y otros autores pertenecientes a épocas posteriores.
La
escuela jónica
El primer pensador
considerado filósofo en el tiempo fue Tales de Mileto, originario de esta
ciudad, en la costa jónica de Asia Menor, que vivió hacia el año 580 a.C.
Tales, venerado por las generaciones posteriores como uno de los Siete Sabios
de Grecia, se interesó por los fenómenos astronómicos, físicos y
meteorológicos, y sus investigaciones científicas le llevaron a pensar que
todos los fenómenos naturales son formas diferentes de una sustancia
fundamental (una primera idea sobre el monismo) que él creía era el agua, pues
pensaba que la evaporación y condensación eran procesos universales. Anaximandro,
discípulo de Tales, mantenía que el primer principio a partir del cual surgen
todas las cosas es una sustancia intangible, invisible e infinita que llamó apeiron
(‘lo ilimitado’). Comprendió, sin embargo, que en todas las cosas se podía
encontrar una sustancia no observable, por lo que su noción de lo ilimitado
anticipó la noción moderna de un Universo sin límite. Esta sustancia, afirmaba,
es eterna e indestructible. Debido a su movimiento continuo, las sustancias
conocidas —como calor, frío, tierra, aire y fuego— evolucionan de una forma
ininterrumpida generando a su vez los distintos objetos y organismos que
configuran el mundo que conocemos por los sentidos.
El tercer gran
filósofo jonio, Anaxímenes, volvió a la suposición de Tales de que la sustancia
primera es algo conocido y material, pero mantuvo que ésta es el aire en vez
del agua. Creía que los cambios que experimentan los objetos se pueden explicar
en términos de rarefacción y condensación del aire. De tal modo, Anaxímenes fue
el primer filósofo que explicó diferencias cualitativas en términos de
diferencias cuantitativas, un método fundamental en la ciencia física.
En general, la
escuela jónica dio el primer paso radical desde la explicación mítica de los
fenómenos naturales a la exposición científica; descubrió los importantes
principios científicos de la permanencia de la sustancia, la evolución natural
del mundo y la reducción de calidad a cantidad.
La
escuela pitagórica
Hacia el año 530 a.C.,
el filósofo Pitágoras de Samos fundó una escuela de filosofía en Crotona, en la
Magna Grecia, al sur de Italia, que fue más religiosa y mística que la escuela
jónica. Pretendía conciliar la antigua visión mítica del mundo con el creciente
interés por la explicación científica. El sistema de filosofía resultante —que
se conoció como pitagorismo— aunó las creencias éticas, sobrenaturales y
matemáticas en una visión espiritual de la vida. Los pitagóricos enseñaron y practicaron
un sistema de vida basado en la creencia de que el alma es prisionera del
cuerpo, del cual se libera al morir y se reencarna en una forma de existencia,
más elevada o no, en relación con el grado de virtud alcanzado. El principal
propósito de los seres humanos tendría que ser la purificación de sus almas
mediante el cultivo de virtudes intelectuales, la abstención de los placeres de
los sentidos y la práctica de diversos rituales religiosos. Los pitagóricos
—que descubrieron las leyes matemáticas del tono musical— dedujeron que el
movimiento planetario produce una “música de las esferas” y desarrollaron una
“terapia a través de la música” para lograr que la humanidad encontrara su
armonía con las esferas celestes. Identificaron la ciencia con las matemáticas
y mantuvieron que todas las cosas son reductibles a números y figuras
geométricas. Realizaron grandes contribuciones a las matemáticas, la teoría
musical y la astronomía.
La
escuela de Heráclito
Heráclito de
Éfeso (Jonia), continuando la búsqueda de la sustancia primigenia que iniciaron
los jonios, afirmó que ésta es el fuego. Observó que el fuego produce cambios
en la materia y anticipó la teoría moderna de la energía. También afirmó que
todas las cosas se encuentran en un estado de flujo continuo (panta rei),
que la estabilidad es una ilusión y que sólo el cambio y la ley del cambio (o logos)
son reales. La doctrina del logos de Heráclito, que identificaba las leyes de
la naturaleza con una mente divina, evolucionó hacia la teología panteísta del estoicismo.
La
escuela eleática
En el siglo V
a.C., Parménides fundó una escuela de filosofía en Elea, colonia griega en la
península Itálica (Magna Grecia). Parménides adoptó una actitud opuesta a la de
Heráclito en la relación entre estabilidad y cambio y mantuvo que el universo o
lo que es, es decir, el ente, se puede describir como una esfera indivisible e
inmutable y que toda referencia a cambio o diversidad es por sí misma
contradictoria. Mantenía que nada puede ser realmente afirmado excepto “lo que
es” (el ente). Zenón de Elea, discípulo de Parménides, intentó probar la unidad
del ser afirmando que la creencia en la realidad de cambio, la diversidad y el
movimiento lleva a paradojas lógicas. Las aporías de Zenón llegaron a ser
enigmas intelectuales que filósofos y lógicos de todas las épocas posteriores
han intentado resolver. El interés de los eleáticos por el problema de la
consistencia racional propició el desarrollo de la ciencia de la lógica.
Los
pluralistas
La especulación
en torno al mundo físico iniciada por los jonios fue seguida en el siglo V a.C.
por Empédocles y Anaxágoras, que desarrollaron filosofías que sustituían la
descripción jónica de una sustancia primera única por la suposición de una
pluralidad de sustancias. Empédocles mantenía que todas las cosas están
compuestas por cuatro elementos irreductibles: aire, agua, tierra y fuego,
combinados o separados por dos fuerzas opuestas según un proceso de
alternancia: el amor y el odio. Mediante este proceso, el mundo evoluciona
desde el caos hasta la forma y vuelve al caos otra vez, en un ciclo reiterado.
Empédocles consideró el ciclo eterno como el objeto verdadero del culto
religioso y criticó la creencia popular en divinidades personales pero no
consiguió explicar cómo los objetos conocidos por la experiencia pueden
desarrollarse al margen de factores que son por completo distintos a ellos. Por
consiguiente, Anaxágoras sugirió que todas las cosas están compuestas por
partículas muy pequeñas o ‘semillas’, que existen en una variedad infinita.
Para explicar cómo se combinan esas partículas para formar los objetos que
constituyen el mundo conocido, Anaxágoras desarrolló una teoría de la evolución
cósmica. Afirmaba que el principio activo de este proceso evolutivo es una
mente universal que separa y combina las partículas, el nous. Su concepto de
partículas elementales llevó al desarrollo de una teoría atómica de la materia.
Los
atomistas
Fue un paso
natural el que condujo desde el pluralismo hasta el atomismo, interpretación
según la cual toda materia está compuesta por partículas diminutas e
indivisibles que se diferencian sólo en simples propiedades físicas como el
peso, el tamaño y la forma. Este paso se dio en el siglo IV a.C. con Leucipo y
su colaborador más conocido, Demócrito de Abdera, a quien se le atribuye la
primera formulación sistemática de una teoría atómica de la materia. Su
concepción de la naturaleza fue materialista de un modo absoluto, y explicó
todos los fenómenos naturales en términos de número, forma y tamaño de los átomos.
Redujo las cualidades sensoriales de las cosas (como calor, frío, gusto y olor)
a las diferencias cuantitativas de los átomos. Las formas más elevadas de
existencia, como la vida de las plantas y animales e incluso la humana, fueron
explicadas por Demócrito en términos físicos en sentido estricto. Aplicó su
teoría a la psicología, la fisiología, la teoría del conocimiento
(epistemología), la ética y la política, y presentó así el primer planteamiento
amplio del materialismo determinista que afirma que todos los aspectos de la
existencia están determinados de forma rígida por leyes físicas.
Los
sofistas
Hacia finales del
siglo V a.C., un grupo de maestros ambulantes llamados sofistas alcanzó un gran
renombre en toda Grecia. Los sofistas tuvieron un papel importante en la
evolución de las ciudades Estado griegas desde unas monarquías agrarias hasta
su consolidación como democracias comerciales. Conforme crecieron la industria
y el comercio helénicos, una nueva clase de ricos comerciantes poderosos en el
ámbito económico empezó a controlar el poder político. Careciendo de la
educación de los aristócratas, quisieron prepararse para la política y el
comercio pagando a los sofistas a cambio de enseñanzas en el arte de hablar en
público, el razonamiento legal y la cultura general. A pesar de que lo mejor de
los sofistas contribuyó mucho al pensamiento griego, el grupo en su conjunto
adquirió una reputación de falaz, hipócrita y demagogo. De ahí que la palabra
sofisma represente esas deficiencias morales. La famosa máxima de Protágoras,
uno de los sofistas más importantes, “el hombre es la medida de todas las
cosas”, es representativa de la actitud filosófica de esta escuela. Sus
componentes mantenían que los individuos tienen el derecho de juzgar por sí
mismos todos los asuntos; negaban la existencia de un conocimiento objetivo en
el que se supone que todo el mundo debe creer, mantuvieron que la ciencia
natural y la teología tienen poco o ningún valor porque carecen de relevancia
en la vida diaria, y declararon que las reglas éticas sólo tenían que asumirse
cuando conviene al propio interés.
Filosofía
socrática
Tal vez la mayor
personalidad filosófica en la historia haya sido Sócrates. Nacido en el 469 a.C.,
practicó un diálogo continuo con sus alumnos hasta que fue sentenciado a
muerte, condena que cumplió bebiendo cicuta en el 399 a.C. A diferencia de
los sofistas, Sócrates se negó a aceptar dinero por sus enseñanzas, afirmando
que no tenía ninguna certidumbre que ofrecer excepto la conciencia de la
necesidad de más conocimiento. Sócrates no dejó ningún escrito, pero sus
enseñanzas fueron preservadas para generaciones posteriores en los diálogos de
su famoso discípulo Platón y también aparecen en los escritos de Jenofonte.
Sócrates enseñó que cada persona tiene pleno conocimiento de la verdad última
dentro de su alma y que sólo necesita llevarlo a la reflexión consciente para
darse cuenta. Por ejemplo, en Menón (un diálogo de Platón) Sócrates
plantea a través de una ficción la forma en que un esclavo ignorante puede
llegar a la formulación del teorema de Pitágoras, demostrando así que el
conocimiento está innato en el alma, en vez de ser implícito o indisociable de
la experiencia. Sócrates creía que el deber del filósofo era provocar que la
gente pensara por sí misma, en vez de enseñarle algo que no supiera. Por eso se
decía partero de ideas. Su contribución a la historia de la filosofía no fue
una doctrina sistemática, sino un método de reflexión, la mayéutica, y un tipo
de existencia. Hizo hincapié en la necesidad de un examen analítico de las
creencias de cada uno, de definiciones claras de los conceptos básicos, y de un
planteamiento racional y crítico de los problemas éticos.
Filosofía
platónica
Platón fue un
pensador más sistemático que Sócrates, pero sus escritos, en especial los
primeros diálogos, pueden ser considerados como una continuación y elaboración
de las ideas socráticas. Al igual que Sócrates, Platón consideró la ética como
la rama más elevada del saber, y subrayó la base intelectual de la virtud al
identificar virtud con sabiduría. Esta idea llevó a la llamada ‘paradoja
socrática’ por la que “ningún hombre hace el mal por propia voluntad”, como
dice Sócrates en Protágoras. Más tarde, Aristóteles advirtió que una
conclusión así no da lugar a la responsabilidad moral. Platón exploró también
los problemas fundamentales de la ciencia natural, la teoría política, la
metafísica, la teología y la epistemología, y enriqueció conceptos que luego
han sido fundamentos permanentes en el pensamiento occidental.
La base de la
filosofía de Platón es su teoría de las ideas, o doctrina de las formas. La
teoría de las ideas (que queda expresada en muchos de sus diálogos, sobre todo
en La
República y Parménides) divide la existencia en dos
esferas o mundos, una “esfera inteligible” de ideas o formas perfectas, eternas
e indivisibles, el Topos Uranos, y una “esfera sensible”, de objetos concretos
y conocidos. Los árboles, las piedras, los cuerpos humanos y en general los
objetos que pueden ser conocidos a través de los sentidos son para Platón
irreales, sombríos y copias imperfectas de las ideas. Llegó a esta, en
apariencia, extraña conclusión por las elevadas reglas que adjudicó al
conocimiento, por ejemplo, que todos los objetos auténticos de conocimiento
fueran descritos sin contradicciones. Como todos los objetos percibidos por los
sentidos experimentan cambios, una afirmación hecha respecto a esos objetos en
un instante no será válida en un momento posterior. Según Platón, esos objetos
no son del todo reales. Las creencias que se derivan de la experiencia de esos
objetos son, por lo tanto, imprecisas e inconstantes, mientras que los
principios de las matemáticas y la filosofía —elaborados a partir de la
meditación interior sobre las ideas— constituyen el único saber digno de ese
nombre. En La
República, Platón muestra la humanidad prisionera en una caverna que
confunde las sombras proyectadas en una roca con la realidad; considera al
filósofo como la persona que penetra en el universo fuera de la caverna de la
ignorancia y alcanza una visión de la verdadera realidad, el mundo de las
ideas. El concepto de Platón del bien absoluto —que es la idea más elevada y
engloba a todas las demás— ha sido una fuente principal de las doctrinas
religiosas panteísta y mística en la cultura occidental.
La teoría de las
ideas de Platón y su visión racionalista del conocimiento son la base de su idealismo
ético y social. El mundo de las ideas eternas facilita las normas o ideales
según los cuales todos los objetos y acciones han de someterse al juicio del
hombre. La persona filosófica, que se abstiene de los placeres sensuales y
busca en su lugar el conocimiento de los principios abstractos, encuentra en
esos ideales los modos para regir la conducta personal y fiscalizar las
instituciones sociales. La virtud personal consiste en una armónica relación
entre las facultades del alma. La justicia social consiste entonces en la
armonía entre las distintas clases de la sociedad. El estado ideal de una mente
sana en un cuerpo sano requiere que el intelecto controle los deseos y las
pasiones, así como el estado ideal de la sociedad requiere que los individuos
más sabios controlen a las masas buscadoras de placer. Según Platón, la verdad,
la belleza y la justicia coinciden en la idea del bien. Por lo tanto, el arte
que expresa los valores morales es el mejor. En su programa social, Platón
apoyó la censura en el arte, por estimarla como un instrumento para la
educación moral de la juventud.
Filosofía
aristotélica
Aristóteles, que
empezó a estudiar en la Academia de Platón con 17 años, en el 367 a.C., es
considerado el más ilustre discípulo de Platón y se sitúa junto con su maestro
entre los más profundos e influyentes pensadores del mundo. Después de asistir
durante varios años a la Academia de Platón, Aristóteles se convirtió en el
preceptor de Alejandro Magno. Más tarde regresó a Atenas para fundar el Liceo,
una escuela que, al igual que la Academia de Platón, fue durante siglos uno de
los grandes núcleos de enseñanza en Grecia. En sus conferencias, Aristóteles
definió los conceptos y principios básicos de muchas de las ciencias teóricas,
como la lógica, la biología, la física y la psicología. Al establecer los
rudimentos de la lógica como ciencia, desarrolló la teoría de la inferencia
deductiva, representada por el silogismo (proposición deductiva que utiliza dos
premisas y una conclusión), y un conjunto de reglas para fundamentar lo que
habría de ser el método científico.
En su teoría
metafísica Aristóteles discutió la separación que hizo Platón de idea y
materia, y afirmó que las ideas o esencias están contenidas dentro de los
objetos mismos que las ejemplifican. Para Aristóteles, cada cosa real es una
mezcla de potencia y acto; en otras palabras, cada cosa es una combinación de
aquello que puede ser (pero que todavía no es) y de aquello que ya es (también
distinguido como materia y forma), porque todas las cosas cambian y se
convierten en otra cosa diferente de lo que son, excepto los intelectos activos
humanos y divinos, que son formas puras.
Para Aristóteles
la naturaleza es un sistema orgánico de cosas cuyas manifestaciones comunes
hacen posible ordenarlas en clases de especies y géneros; cada especie tiene
una forma, propósito y modo de desarrollo en cuyos términos se puede expresar.
El fin de la ciencia teórica es definir las actitudes, propósitos y modos
esenciales de desarrollo de todas las especies y disponerlos en su orden
natural de acuerdo con sus complejidades según su forma, siendo los principales
niveles el inanimado, el vegetativo, el animal y el racional. El alma, para
Aristóteles, es la forma o realidad del cuerpo, y los humanos, cuyo espíritu
racional constituye una forma más elevada que la de las demás especies
terrenales, la más elevada dentro de las perecederas. Los cuerpos celestes, compuestos
de una sustancia imperecedera o éter, y movidos en un perfecto movimiento
circular por Dios, son todavía más altos en el orden de la naturaleza. Esta
clasificación jerárquica de la naturaleza se adoptó por muchos teólogos
cristianos, judíos y musulmanes en la edad media como una visión de la
naturaleza.
La filosofía
política y ética de Aristóteles surgió también de un examen crítico de los
enunciados platónicos. Las normas de conducta personal y social, según
Aristóteles, pertenecen al estudio científico de las tendencias naturales de
los individuos y las sociedades en vez de contemplarse en la esfera celeste de
las ideas puras. Menos insistente que Platón en una conformidad rigurosa
respecto a los principios absolutos, Aristóteles consideró las reglas éticas
como guías prácticas para alcanzar una vida feliz y plena. El énfasis que puso
en la felicidad, como el cumplimiento de las capacidades naturales, expresó la
actitud hacia la vida que mantuvieron los griegos cultos de su tiempo. En
teoría política adoptó una posición más realista que Platón. Se mostró conforme
con el modelo de una monarquía gobernada por un rey sabio que llegaría a
representar la estructura política ideal, pero reconocía asimismo que las
sociedades difieren en sus necesidades y tradiciones, y creía que una democracia
limitada conforma y ordena el mejor compromiso concebible. En su teoría del
conocimiento, Aristóteles rechazó la doctrina platónica por la que el saber es
innato e insistió en que sólo puede adquirirse mediante la generalización desde
la experiencia. Interpretó el arte como una vía al servicio del placer y de la
ilustración intelectual en lugar de ser un instrumento de educación moral. Su
análisis de la tragedia griega ha servido como modelo fundacional de la crítica
literaria.
Filosofía
helenística y romana
Desde el siglo IV
a.C. hasta el desarrollo de la filosofía cristiana en el siglo IV, el epicureísmo,
el estoicismo, el escepticismo y el neoplatonismo fueron las principales
escuelas filosóficas en el mundo occidental. El interés por la ciencia natural
declinó en ese periodo y estas escuelas se preocuparon sobre todo por la ética
y la religión.
Epicureísmo
En el año 306 a.C.,
Epicuro fundó una escuela filosófica en Atenas. Como sus seguidores se reunían
en el jardín de su casa fueron conocidos como los ‘filósofos del jardín’.
Epicuro adoptó la física atomista de Demócrito pero aportó algunas novedades
importantes. En lugar de un movimiento aleatorio de los átomos en todas las
direcciones, afirmó —para simplificar la explicación— que un movimiento
uniforme acontecía en dirección descendente. También admitió la posibilidad de
un factor de casualidad que intervenía en el mundo físico al manifestar que los
átomos, a veces, se desvían en un sentido impredecible (clinamen), facilitando así
una base física para la creencia en el libre albedrío. Sostenía que la ciencia
natural es importante sólo si se puede aplicar en la adopción de decisiones
prácticas y para aplacar el temor hacia los dioses y la muerte. Afirmaba que el
destino de la existencia es obtener la máxima cantidad de placer, que
identificaba con un movimiento de simpatía y con la ausencia de dolor. Las
enseñanzas de Epicuro se conservan sobre todo en el poema filosófico De rerum
natura (De la naturaleza de las cosas) del poeta
romano Lucrecio, que contribuyó mucho a divulgar el epicureísmo en Roma.
Estoicismo
La escuela
estoica, fundada en Atenas hacia el 310 a.C. por Zenón de Citio,
evolucionó a partir del movimiento anterior de los cínicos, que rechazaba las
instituciones que estructuraban la sociedad y los valores materiales vigentes.
El estoicismo representó la escuela más importante en el mundo grecorromano y
en ella coincidieron escritores y personalidades tan importantes como el
esclavo griego y más tarde filósofo romano Epicteto, y el emperador romano Marco
Aurelio, conocido tanto por su sabiduría como por su nobleza de carácter. Uno
de los más relevantes filósofos estoicos del Imperio romano fue el
hispanorromano cordobés Séneca, preceptor del emperador Nerón, que mantuvo las
tesis fundamentales del estoicismo antiguo con un importante tono moral y una
concepción de la sabiduría como benevolencia. Los estoicos proclamaron que se
puede alcanzar la libertad y la tranquilidad tan sólo siendo ajeno a las
comodidades materiales y la fortuna externa, y dedicándose a una vida guiada
por los principios de la razón y la virtud (tal es la idea de la
imperturbabilidad o ataraxia). Asumiendo una concepción materialista de la
naturaleza, siguieron a Heráclito en la creencia de que la sustancia primera se
halla en el fuego y en la veneración del logos, que identificaban con la
energía, la ley, la razón y la providencia encontradas en la naturaleza. La
razón de los hombres se consideraba también parte integrante del logos divino e
inmortal. La doctrina estoica que consideraba esencial cada persona como parte
de Dios y miembro de una familia universal ayudó a romper barreras regionales,
sociales y raciales, y preparar el camino para la propagación de una religión
universal. La doctrina estoica de la ley natural, que convierte la naturaleza
humana en norma para evaluar las leyes e instituciones sociales, tuvo mucha
influencia en Roma y en las legislaciones posteriores de Occidente.
Escepticismo
El escepticismo,
que profundizó en la crítica sofista del conocimiento objetivo, dominó la
academia platónica en el siglo III a.C. Los escépticos descubrieron (al
igual que Zenón de Elea) que la lógica es un mecanismo filosófico poderoso
capaz de destruir cualquier idea positiva, y la usaron con arte. Su suposición
principal era que la humanidad no puede alcanzar el conocimiento o la ciencia
que conciernen a la realidad y que el camino hacia la felicidad, por lo tanto,
se asienta en una absoluta suspensión de juicio. Como ejemplo extremo de esta
actitud, se dice que Pirrón —uno de los escépticos más notables— se negó a
cambiar de rumbo al acercarse a un acantilado y tuvo que ser corregido por sus
alumnos. Carneades mantenía que las creencias adquiridas de la experiencia por
vía inductiva pueden ser probables, pero nunca ciertas.
Neoplatonismo
El filósofo
judeo-helenista Filón de Alejandría sumó la filosofía griega, en especial las
ideas platónicas y pitagóricas, a la religión judaica en un amplio sistema que
anticipó el neoplatonismo y el misticismo judío, cristiano y musulmán. Filón
insistía en la naturaleza transcendente de Dios que supera el entendimiento y
por lo tanto resulta indescriptible para los mortales; describió el mundo
natural como una serie de etapas de declive desde Dios y terminando en la
materia como origen del mal. Abogó por un régimen teocrático, y fue uno de los
primeros en interpretar el Antiguo Testamento para los no judíos. Murió en
torno al año 50 d.C.
El neoplatonismo,
sustrato de una de las escuelas filosóficas y religiosas más influyentes e
importante rival del cristianismo, fue fundado en el siglo III d.C. por Ammonio
Saccas y su discípulo más conocido, Plotino. Éste basó sus ideas en los
escritos místicos y poéticos de Platón, los pensadores pitagóricos y Filón. Para
Plotino, la principal razón de ser de la filosofía es educar a los individuos
para la experiencia del éxtasis, en la que se hacen uno con Dios. Dios (o lo
Uno) está más allá del entendimiento racional y es la fuente originaria de toda
realidad. El universo emana de lo Uno por un proceso misterioso de comunicación
de energía divina en planos sucesivos. Los niveles más altos forman lo Uno: el
logos, que contiene las ideas platónicas, y el Alma cósmica, que da lugar a las
almas humanas y a las fuerzas de la naturaleza. Las demás cosas que emanan de
lo Uno, según Plotino, cuanto más imperfectas y malas son, más cerca están del
límite de la materia en su estado original. El fin más elevado de la vida es
depurarse uno mismo de la dependencia de la conformidad física y, a través de
la meditación filosófica, disponerse para una reunión extática con lo Uno. El
neoplatonismo ejerció una fuerte influencia en el pensamiento medieval.
Filosofía medieval
Durante el
declive de la civilización grecorromana, los filósofos occidentales abandonaron
la investigación científica de la naturaleza y la búsqueda de la felicidad en
el mundo y se preocuparon por el problema de la salvación en otro mundo mejor.
Hacia el siglo III, el cristianismo se había extendido a las clases más cultas
del Imperio romano.
Filosofía
de san Agustín
El proceso por
reconciliar el énfasis de los griegos en la razón con el hincapié que ponían
los romanos en las emociones religiosas de las enseñanzas de Cristo y los
apóstoles se recogió en los escritos de san Agustín. Éste desarrolló un sistema
de pensamiento que, a través de sucesivas rectificaciones y elaboraciones, se
convirtió al fin en la doctrina del cristianismo de aquella época. En gran
parte debido a su influencia, el pensamiento cristiano fue platónico en
espíritu hasta el siglo XIII, punto en que la filosofía aristotélica se hizo
dominante. San Agustín afirmaba que la fe religiosa y el entendimiento
filosófico obran como complementarios en lugar de ser opuestos y que se debe
“creer para comprender y comprender para creer”. Al igual que los
neoplatónicos, consideraba el alma una forma más elevada de la existencia que
el cuerpo y propuso que el conocimiento consiste en la contemplación de las
ideas que han sido depuradas tanto de sensaciones como de imágenes.
La filosofía
platónica fue mezclada con el concepto cristiano de un dios personal que había
creado el mundo y predestinado su evolución, y con la doctrina de la caída de
la humanidad que requería la divina encarnación en Cristo. San Agustín intentó
aportar soluciones racionales a los problemas del libre albedrío y la
predestinación, la existencia del mal en un mundo creado por un dios
omnipresente y todopoderoso, y la naturaleza atribuida a Dios en la doctrina de
la Trinidad.
San Agustín concibió
la historia como una lucha trágica en la humanidad entre el bien, expresado en
la lealtad a la “ciudad de Dios” o comunidad de los santos, y el mal,
identificado en la ciudad terrenal y simbolizado a través de sus valores
materiales. Su idea de la vida humana era pesimista, lo que le llevó a sostener
que la felicidad es imposible en la existencia del individuo, donde incluso con
buena suerte, como excepción, la conciencia de la proximidad de la muerte
echaría a perder cualquier tendencia hacia la satisfacción y el placer. Pensó
que sin las virtudes religiosas de la fe, la esperanza y la caridad —que
requieren de la divina gracia para ser alcanzadas—, una persona no puede
desarrollar virtudes naturales referidas al valor, la justicia, la templanza y
la sabiduría. Sus análisis del tiempo, la memoria y la experiencia religiosa
han sido fuente de inspiración para el pensamiento metafísico y místico.
La única gran
aportación a la filosofía occidental en los tres siglos siguientes a la muerte
de san Agustín fue la del estadista romano del siglo VI Boecio, que reavivó el
interés por el pensamiento griego y romano, en especial por la lógica y
metafísica aristotélicas. En el siglo IX el monje irlandés Juan Escoto Eriúgena
expuso una interpretación panteísta del cristianismo, identificando la Trinidad
divina con lo Uno, el logos y el Alma universal del neoplatonismo, y mantuvo
que tanto la fe como la razón son necesarias para alcanzar la unión extática
con Dios.
Escolasticismo
En el siglo XI se
produjo un resurgir del pensamiento filosófico, fruto del creciente encuentro
entre las diferentes regiones del mundo occidental y el despertar del interés
por las culturas ignotas que culminara en el renacimiento. Los trabajos de
Platón, Aristóteles y otros sabios griegos fueron traducidos por eruditos
árabes y se conocieron en el Occidente cristiano gracias a las aportaciones de
los filósofos musulmanes de al-Andalus y a distintas traducciones del árabe al
latín realizadas en los reinos cristianos de la península Ibérica. Los
filósofos musulmanes, judíos y cristianos interpretaron y clarificaron esos
escritos en una tentativa por conciliar la filosofía con la fe religiosa y
dotar de pilares racionales a sus creencias religiosas. Su trabajo cimentó el escolasticismo.
El pensamiento
escolástico estuvo menos interesado en descubrir nuevos datos y principios que
en demostrar la verdad de los credos ya consolidados. Su método fue, por lo
tanto, dialéctico o discursivo. El interés por la lógica del discurso llevó a
importantes avances tanto en lógica como en teología. El físico árabe del siglo
XII Avicena integró el neoplatonismo y las ideas aristotélicas con la doctrina
religiosa musulmana y el poeta judío Solomon ben Yehuda Ibn Gabirol elaboró una
síntesis semejante entre el pensamiento griego y el judaísmo. El filósofo
eclesiástico y escolástico san Anselmo de Canterbury adoptó la idea de san
Agustín de la relación entre fe y razón y relacionó el platonismo con la
teología cristiana. San Anselmo, que actuaba siguiendo la teoría de las ideas
de Platón, se mostró a favor de la existencia separada de los universales o las
propiedades comunes de las cosas. De esta forma, estableció la posición del
realismo lógico en uno de los debates más conflictivos y trascendentes de la
filosofía medieval, el de los universales.
La idea
contraria, conocida como nominalismo, fue formulada por el filósofo escolástico
Roscelino, quien afirmó que sólo existen los objetos individuales, concretos, y
que los universales (formas e ideas, mediante las que se clasifican las cosas
particulares) constituyen meros sonidos o signos en vez de sustancias
intangibles. Cuando afirmó que la Trinidad tiene que consistir en tres
existencias separadas, sus ideas fueron condenadas por heréticas y fue obligado
a retractarse en 1092. El teólogo francés Pedro Abelardo, cuyo trágico romance
con Eloísa en el siglo XII alimentó una de las historias de amor más memorables
del medievo, propuso un compromiso entre realismo y nominalismo conocido como conceptualismo,
según el cual los universales existen en las cosas particulares como
propiedades y fuera de las cosas como conceptos en la mente. Abelardo mantenía
que la religión revelada tiene que ser justificada por la razón. Fundamentó una
ética basada en la conciencia personal que anticipó el pensamiento protestante.
El jurista y
físico hispanoárabe Averroes (el filósofo musulmán más conocido de la edad
media) hizo que la ciencia y el pensamiento aristotélico tuvieran gran
influencia en el mundo medieval gracias a sus lúcidos y eruditos comentarios de
la obra de Aristóteles. Fue conocido como ‘el comentador’ entre los muchos
escolásticos que consideraban a Aristóteles como ‘el filósofo’. Averroes
intentó superar las contradicciones entre la filosofía aristotélica y la
religión revelada distinguiendo entre dos sistemas de verdad separados: un
cuerpo científico de verdades basado en la razón, y un cuerpo religioso de
verdades inspirado en la revelación. Su idea de que la razón tiene preferencia
sobre la religión le llevó en 1195 al exilio. La llamada doctrina de la doble
verdad de Averroes influyó sobre numerosos filósofos musulmanes, judíos y
cristianos, pero también fue rechazada por muchos otros autores y se convirtió
en un problema importante en el ámbito de la cultura medieval.
El rabino y
físico judío Maimónides (una de las figuras más destacadas del pensamiento
judaico), al igual que Averroes, unió la ciencia aristotélica con la religión,
pero rechazó la idea de que ambos sistemas contrarios pudieran ser verdaderos.
En su Guía
de perplejos (1180) Maimónides intentó dar una explicación racional
a la doctrina judaica y defendió las creencias religiosas (como la de la
creación del mundo) que entraban en conflicto con la ciencia aristotélica, sólo
cuando estuvo convencido de que faltaban evidencias decisivas en el sustrato de
ambas posturas.
El teólogo
escolástico inglés Alejandro de Hales y el filósofo escolástico italiano san
Buenaventura, los dos en el siglo XIII, fundieron los principios platónicos y
aristotélicos e introdujeron la idea de que el alma es forma y sustancia a la
vez (o sustancia no material), para explicar su naturaleza inmortal. La idea de
Buenaventura tendió hacia el misticismo panteísta al hacer del fin de la
filosofía la unión extática con Dios.
El filósofo
escolástico alemán san Alberto Magno fue el primer filósofo cristiano en
aprobar e interpretar la totalidad del pensamiento aristotélico. Estudió y
admiró los escritos de los aristotélicos musulmanes y judíos, que conoció por
los trabajos de la Escuela de Traductores de Toledo, y escribió comentarios
enciclopédicos sobre Aristóteles y la ciencia natural de su tiempo. Alberto
Magno murió en 1280. El monje inglés Roger Bacon, uno de los primeros
escolásticos en mostrar interés por la ciencia experimental, advirtió que quedaba
mucho por aprender aún sobre la naturaleza. Criticó el método deductivo de sus
contemporáneos, así como la confianza de éstos en la autoridad del pasado,
proponiendo un nuevo método de investigación basado en la observación
controlada.
La mayor figura
intelectual de la era medieval fue santo Tomás de Aquino, monje dominico que
estudió con Alberto Magno, a quien siguió hasta Colonia en 1248. Aquino unió la
ciencia aristotélica y la teología agustina en un amplio sistema de pensamiento
que más tarde se convirtió en la filosofía autorizada de la Iglesia católica.
Escribió sobre cualquier tema conocido en filosofía y ciencia, y sus obras más
importantes, Summa theologica y Summa contra Gentiles, donde presenta una
estructura de ideas convincente y sistemática, sigue ejerciendo hoy una
poderosa influencia en el pensamiento occidental. Sus textos reflejan el
renovado interés de su tiempo por la razón, la naturaleza y la felicidad en
este mundo, junto con su fe religiosa y preocupación por la salvación del hombre.
Aquino mantuvo,
en contra de los averroístas, que las verdades de la fe y las verdades de la
razón no podían estar en conflicto, sino que más bien son aplicadas a campos
diferentes. Las verdades de la ciencia natural y de la filosofía son descubiertas
al razonar a partir de datos de la experiencia, mientras que los principios de
la religión revelada (la doctrina de la Trinidad, la creación del mundo y otros
fundamentos del dogma cristiano) están más allá de la comprensión racional,
aunque éstos no hayan de ser contradictorios respecto a la razón y deban
aceptarse mediante la fe. La metafísica, teoría del conocimiento, ética y
política de Aquino provenían sobre todo de Aristóteles, pero el dominico
incorporó en sus doctrinas las virtudes agustinianas de la fe, esperanza y
caridad y el destino de la salvación eterna a través de la gracia, a la ética
naturalista de Aristóteles, cuya meta es conseguir la felicidad en este mundo.
Filosofía
medieval después de santo Tomás de Aquino
Las mayores
críticas a la filosofía tomista (adhesión a las teorías de Aquino) fueron
formuladas por Juan Duns Escoto y Guillermo de Ockham. Duns Escoto desarrolló
un sutil y muy técnico sistema de lógica y metafísica, pero debido al fanatismo
de sus seguidores, el nombre de Duns se convirtió más tarde en símbolo de
estupidez en la palabra inglesa dunce (burro). Escoto rechazó el intento
de Tomás de Aquino de reconciliar la filosofía racional con la religión
revelada. Mantuvo, en una versión modificada de la llamada doctrina de la doble
verdad de Averroes, que todas las creencias religiosas son asuntos de fe,
excepto la creencia en la existencia de Dios, que consideraba demostrable desde
supuestos lógicos. En contra de la idea de Aquino según la cual Dios actúa de
acuerdo con su naturaleza racional, Escoto afirmó que la voluntad divina es
anterior al propio intelecto divino y crea (en vez de amoldarse a ellas) las
leyes de la naturaleza y la moral (voluntarismo), lo que implicaba una noción
del libre albedrío más amplia que la de Tomás de Aquino. Al abordar el problema
de los universales, Duns Escoto planteó un nuevo compromiso entre realismo y
nominalismo al explicar la diferencia entre los objetos individuales y las
formas que esos objetos ejemplifican (individuación) como una distinción lógica
en vez de real.
El franciscano
inglés Guillermo de Ockham formuló la crítica de carácter más radical y
nominalista de la creencia escolástica en el campo de lo intangible, cosas
invisibles como las ideas, esencias y universales. Mantuvo que tales entidades
abstractas sólo son referencias terminológicas que designan a su vez otras
palabras en lugar de ser útiles para referirse a cosas reales. Su famosa regla,
conocida como ‘la navaja de Ockham’ —que afirma que no se debe suponer la
existencia de más cosas de las que son necesarias según imperativos lógicos— se
convirtió en un principio fundamental de la ciencia y filosofía modernas.
En los siglos XV
y XVI, el renacer del interés científico por la naturaleza se vio acompañado
por la tendencia hacia el misticismo panteísta. El prelado católico romano
Nicolás de Cusa o Cusano anticipó la obra del astrónomo polaco Nicolás
Copérnico al sugerir que la Tierra se mueve alrededor del Sol, desplazando así
a la humanidad del centro del Universo, al que concibió como infinito e
idéntico a Dios. El filósofo italiano Giordano Bruno, que también identificó el
Universo con Dios, desarrolló las implicaciones filosóficas de la teoría
copernicana. La filosofía de Bruno influyó en corrientes intelectuales
posteriores que llevaron al nacimiento de la ciencia moderna y a la Reforma.
Filosofía moderna
Desde el siglo XV
la filosofía moderna ha estado marcada por una interacción continua entre
sistemas de pensamiento basados en una interpretación mecanicista y
materialista del Universo y aquellos otros basados en la creencia en el
pensamiento humano como la única realidad última. Esta interacción ha reflejado
el creciente efecto del descubrimiento científico y el cambio político en la
especulación filosófica.
Mecanicismo
y materialismo
Los siglos XV y
XVI marcaron un periodo de desarrollos sociales, políticos e intelectuales de
corte radical. La exploración del mundo, la Reforma (con su énfasis en la fe
individual), el auge de la sociedad urbana comercial, y la aparición de nuevas
ideas en todas las áreas de la cultura estimularon el desarrollo de una nueva
idea filosófica del Universo. La visión medieval del cosmos como un orden
jerárquico de seres creados y gobernados por Dios fue suplantada por la visión
mecanicista del mundo como una gran máquina cuyas partes se mueven de acuerdo
con estrictas leyes físicas, sin propósito ni voluntad. El objetivo de la vida
humana ya no se concebía como preparación para la salvación en el otro mundo,
sino más bien como la satisfacción de los deseos naturales de la gente. Las
instituciones políticas y los principios éticos dejaron de ser considerados
como reflejo del mandato divino para ser vistos en cambio como resortes
prácticos creados por los seres humanos. En esta nueva visión filosófica, la
experiencia y la razón fueron los únicos patrones efectivos para dilucidar la
verdad. La figura del filósofo jesuita español Francisco Suárez tuvo una gran
influencia en la transformación de la escolástica clásica y en una moderna
concepción de la ley y de la autoridad real que, según Suárez, deriva su poder
del consentimiento del pueblo y podía ser rechazada cuando no era ejercida con
justicia.
El primer gran
representante de la nueva filosofía fue el pensador y estadista inglés Francis
Bacon, barón de Verulam, que denunció la confianza en la autoridad y el
discurso verbal, y consideró la lógica aristotélica inútil para acuñar nuevas
leyes físicas. Bacon pidió un nuevo método científico (novum organum) basado en la
generalización inductiva realizada desde la observación y la experimentación.
Fue el primero en formular leyes para la inferencia inductiva.
El trabajo del
físico y astrónomo italiano Galileo fue de mayor importancia en el desarrollo
de una nueva visión del mundo. Galileo Galilei resaltó la importancia de
aplicar las matemáticas a la formulación de leyes científicas. Para ello creó
la ciencia de la mecánica, que aplicaba los principios de la geometría a los
movimientos de los cuerpos. El éxito de la mecánica en la formulación de leyes
fiables y útiles de la naturaleza llevó a pensar a Galileo y otros científicos
posteriores que toda la naturaleza está creada de acuerdo con leyes mecánicas.
Galileo murió en 1642 cerca de Florencia.
Descartes
El matemático,
físico y filósofo racionalista francés René Descartes profundizó en las
críticas de Bacon y Galileo sobre los métodos y creencias existentes, pero al
contrario que Bacon —que se inclinaba por la práctica de un método inductivo
basado en hechos observados—, Descartes hizo de las matemáticas el modelo para
toda ciencia, aplicando sus métodos deductivos y analíticos a todos los campos
del saber. Descartes publicó su primera gran obra, Essais philosophiques (Ensayos
filosóficos), en 1637. Decidió reconstruir todo el conocimiento
humano sobre una base absolutamente certera al rechazar cualquier creencia,
incluso su propia existencia, hasta que pudiera probarla como verdadera
(escepticismo metodológico). Fundó la prueba lógica de su propia existencia en
el acto de dudar de ella y su famosa afirmación “Cogito, ergo sum” (“Pienso,
luego existo”) le proporcionó el dato cierto o axioma a partir del cual pudo
deducir la existencia de Dios y de las leyes básicas de la naturaleza. A pesar
de su perspectiva mecanicista, Descartes aceptó la tradicional doctrina
religiosa de la inmortalidad del alma y mantuvo que la mente y el cuerpo son
dos sustancias diferentes; de esta forma dejó a la mente libre de las leyes
mecánicas de la naturaleza y consagró la libertad de la voluntad. Su
fundamental separación de mente y cuerpo, conocida como dualismo, planteó el
problema de explicar cómo dos sustancias tan diferentes como cuerpo y mente
pueden afectar la una a la otra, problema que fue imposible resolver y que ha
sido desde entonces motivo prioritario de interés en la filosofía.
Hobbes
El filósofo
inglés Thomas Hobbes elaboró un amplio sistema de metafísica materialista que
aportó una solución al problema mente-cuerpo del dualismo al reducir la mente a
los movimientos interiores del cuerpo. Al aplicar los principios de la mecánica
a todas las áreas del conocimiento, definió los conceptos básicos de cada área
(como vida, sensación, razón, valor y justicia) en términos de materia y
movimiento, reduciendo así todos los fenómenos a relaciones físicas y todas las
ciencias a un proceso mecánico. En su teoría ética, Hobbes expuso las reglas de
la conducta humana del instinto de conservación y justificó las acciones
egoístas como una tendencia natural del ser humano. En su teoría política
afirmó que el gobierno y la justicia social son creaciones artificiales basadas
en un contrato social y mantenidas por la fuerza. Apoyó a la monarquía absoluta
como el medio más efectivo de preservar la paz. Acabó en 1642 De cive,
una exposición de su teoría política, y siguió trabajando como erudito y
filósofo hasta su muerte en 1679.
Spinoza
El filósofo
holandés Baruch Spinoza elaboró un sistema filosófico monista claro y riguroso
que ofrecía nuevas soluciones al problema mente-cuerpo, al conflicto entre
ciencia y religión, y a la eliminación mecanicista de los valores éticos del
mundo natural. Como Descartes, afirmó que toda la estructura de la naturaleza
puede deducirse de unas cuantas definiciones básicas y axiomáticas, conforme el
modelo de la geometría de Euclides. Spinoza advirtió que la teoría de las dos
sustancias de Descartes creaba un problema insoluble sobre cómo interactúan la
mente y el cuerpo; llegó a la conclusión de que el único sujeto último de
conocimiento ha de ser la sustancia en sí. Al intentar demostrar que Dios, la
sustancia y la naturaleza son idénticos, llegó a la conclusión panteísta de que
todas las cosas son aspectos (o modos) de Dios. Nacido y criado en la religión
judía, Spinoza fue excomulgado por sus ideas no ortodoxas y desterrado en 1656
de Amsterdam por los rabinos.
Su respuesta al
problema mente-cuerpo (conocida como la teoría del paralelismo psicológico)
explicaba la aparente interacción de mente y cuerpo al considerarlos como dos
atributos de la misma sustancia, paralelas entre sí, que parecían afectar la una
a la otra pero que en realidad no lo hacían. La ética de Spinoza, como la ética
de Hobbes, se basaba en una psicología materialista según la cual los
individuos sólo están motivados por el interés propio; pero al contrario que
Hobbes, Spinoza llegó a la conclusión que el interés propio racional coincide
con el interés de los demás y que la vida más satisfactoria es la que se dedica
al estudio científico y que culmina en el amor intelectual y racional hacia
Dios (amor
intelectuallis Dei).
Locke
John Locke, una
de las figuras más influyentes del pensamiento británico, enriqueció la
tradición empirista iniciada por Bacon. Dotó al empirismo de un marco
sistemático gracias a la publicación de su Ensayo sobre el entendimiento humano
(1690). Locke atacó la creencia racionalista predominante del conocimiento
independiente de la experiencia. Aunque aceptó la división cartesiana (es
decir, de Descartes) entre mente y cuerpo y la descripción mecanicista de la
naturaleza, reorientó la filosofía desde el conocimiento del mundo físico hacia
el estudio de la mente. Con esto hizo de la epistemología (el estudio de la
naturaleza del conocimiento) el principal objeto de interés de la filosofía
moderna. Locke intentó reducir todas las ideas a simples elementos de la experiencia,
pero al distinguir entre sensación y reflexión como fuentes de la experiencia,
determinó que la sensación provee el material para el conocimiento del mundo
externo y la reflexión aporta el material para el conocimiento de la mente.
Aunque no fue un
escéptico, Locke gozó de gran influencia en el escepticismo del pensamiento
británico posterior al reconocer la vaguedad de los conceptos de la metafísica
y señalar que las deducciones sobre el mundo, al margen de la mente no pueden
ser probadas con certeza. Sus escritos éticos y políticos tuvieron también
mucha influencia en el pensamiento subsiguiente; los fundadores de la moderna
escuela del utilitarismo, que en síntesis hicieron de la felicidad para el
mayor número de personas la medida del bien y del mal, se inspiraron en los
escritos de Locke. Su defensa del gobierno constitucional, de la tolerancia
religiosa y de los derechos naturales de los individuos marcaron el desarrollo
del pensamiento liberal en Francia, las islas Británicas y Estados Unidos.
Idealismo
y escepticismo
El filósofo,
matemático y estadista alemán Gottfried Wilhelm Leibniz nació en Leipzig en
1646 y durante su vida concibió un sutil y original sistema de filosofía.
Combinó los descubrimientos matemáticos y físicos de su tiempo con las
concepciones orgánicas y religiosas de la naturaleza heredadas del pensamiento
clásico y medieval. Leibniz consideraba el mundo como un número infinito de
unidades de fuerza infinitamente pequeñas, llamadas mónadas, cada una de las
cuales es un mundo cerrado pero que refleja a su vez a todas las demás en su
propio sistema de percepciones. Todas las mónadas son entidades espirituales, pero
aquellas con las percepciones más confusas forman los objetos inanimados y
aquellas con las percepciones más claras (incluido el autoconocimiento y la
razón) constituyen las almas y las mentes de la humanidad. Dios es concebido
como la Mónada
de las mónadas,
la que crea todas las demás y predestina su desarrollo de acuerdo con una
armonía preestablecida que acaba en la apariencia de interacción entre las
mismas. La idea de Leibniz de que todas las cosas son orgánicas y espirituales
marca el inicio de la tradición filosófica del idealismo.
Berkeley
El filósofo y
obispo anglicano George Berkeley convirtió el idealismo en una poderosa escuela
de pensamiento al unirlo con el escepticismo y el empirismo, y por ello ha sido
muy influyente en la filosofía británica. Al radicalizar las dudas ya expuestas
por Locke sobre el conocimiento del mundo fuera de la mente, Berkeley declaró que
no existe ninguna evidencia de la realidad material de ese mundo, porque lo
único que uno puede observar son las sensaciones propias y éstas se encuentran
en la mente. Afirmaba que existir significa ser percibido (esse est percipi) y que para
existir, cuando uno no las observa, las cosas han de ser percibidas por Dios.
Sus escritos de filosofía, Tratado sobre los principios del conocimiento humano
(1710) y los tres Diálogos entre Hylas y Philonus (1713), fueron desestimados
por sus contemporáneos. Sin embargo, al afirmar que los fenómenos sensoriales
son los únicos objetos del conocimiento, Berkeley estableció la visión
epistemológica del fenomenalismo (teoría de la percepción que indica que la
materia puede ser analizada en términos de sensaciones) y orientó el camino que
adoptaría el movimiento positivista en el pensamiento moderno.
Hume
El filósofo e
historiador escocés David Hume aplicó la crítica de Berkeley sobre la sustancia
material a la propia creencia de este filósofo en la sustancia espiritual,
afirmando que ninguna evidencia observable sirve para la existencia de una
sustancia suprema, el espíritu o Dios. Su obra filosófica más importante, Tratado de
la naturaleza humana, fue publicado en tres volúmenes en 1739 y
1740, cuando todavía el filósofo no había cumplido 30 años. Según él todas las
afirmaciones metafísicas sobre cosas que no se pueden percibir de una forma
directa carecen asimismo de sentido y tendrían que “ser entregadas a las
llamas”. En sus análisis de la causalidad y la inducción, Hume mantuvo que
ninguna justificación lógica existe para creer que dos hechos están conectados
por azar o para establecer ninguna inferencia desde el pasado hacia el futuro,
dando lugar así a problemas que todavía no han sido resueltos. La obra de Hume ha
tenido un profundo efecto en la ciencia moderna al estimular el uso de los
procedimientos estadísticos en lugar de los sistemas deductivos y alentar la
redefinición de los conceptos básicos.
Kant
En respuesta al
escepticismo de Hume, que según sus palabras “lo despertó de su sueño
dogmático”, el filósofo alemán Immanuel Kant construyó un amplio sistema de
filosofía que se sitúa entre los mayores logros intelectuales de la cultura
occidental. Kant combinó el principio empirista de que todo conocimiento tiene
su fuente en la experiencia con la creencia racionalista en el conocimiento
conseguido por la deducción. Sugirió que, aunque el contenido de la experiencia
ha de ser descubierto a través de la propia experiencia, la mente impone forma
y orden en todas sus experiencias y esta forma y orden pueden ser descubiertos a priori,
es decir, mediante la reflexión. Su afirmación de que causalidad, sustancia,
espacio y tiempo, formas de la intuición pura, son modelos impuestos por la
mente en función de su experiencia dio soporte al idealismo heredado de Leibniz
y Berkeley, pero también su filosofía constituyó una crítica al idealismo al
estar de acuerdo con la afirmación empirista de que las cosas en sí mismas —es
decir, las cosas tal y como existen fuera de la experiencia humana— constituyen
la “cosa en sí” (noumeno incognoscible). Por lo tanto limitó el conocimiento
al “mundo de los fenómenos” de la experiencia, manteniendo que las creencias
sobre el alma, el cosmos y Dios (el “mundo de los nombres” que transcienden la
experiencia humana) son asuntos de fe antes que resultar propios del
conocimiento científico. En sus escritos sobre ética, Kant mantuvo que los
principios morales son imperativos categóricos, que para él significaban
mandatos absolutos de la razón que no admiten excepciones y nada tienen que ver
con el placer o el beneficio práctico. En sus ideas religiosas, que tuvieron un
efecto profundo en la teología protestante, hizo hincapié en la conciencia
individual y describió a Dios sobre todo como un ideal ético. En el pensamiento
político y social, Kant fue una figura de primer orden del movimiento en favor
de la razón y la libertad contra la tradición y la autoridad.
En Francia la
actividad social culminó en el periodo conocido como la Ilustración que impulsó
los cambios sociales que produjeron la Revolución Francesa. Entre los mayores
pensadores de esa época se encuentran Voltaire, quien (al ampliar la tradición
de deísmo iniciada por Locke y otros pensadores liberales) redujo las creencias
religiosas a aquello que puede ser justificado mediante la inferencia racional
a partir del estudio de la naturaleza; Jean-Jacques Rousseau, que criticó la
civilización como una corrupción de la naturaleza humana en un hombre bueno en
su origen y que desarrolló la doctrina de Hobbes de que el Estado se basa en un
contrato social con sus ciudadanos y representa la voluntad popular, y Denis
Diderot, que con D’Alembert elaboró la famosa Encyclopédie, a la que
contribuyeron numerosos científicos y filósofos.
Idealismo
absoluto
En Alemania, a
través de la influencia de Kant, el idealismo y el voluntarismo (es decir, la
importancia dada a la voluntad) se convirtieron en las tendencias dominantes. Johann
Gottlieb Fichte transformó el idealismo crítico de Kant en un idealismo absoluto
al eliminar las “cosas en sí mismas” de Kant y hacer de la voluntad la realidad
última. Fichte mantuvo que el mundo es creado por un activo Yo, del que la
voluntad humana es una manifestación parcial y que tiende hacia Dios como un
ideal irrealizable. Sus ideas fueron consideradas como ateas y se vio obligado
a abandonar su cátedra de filosofía en la Universidad de Jena en 1799. Friedrich
Wilhelm Joseph von Schelling fue aún más lejos al reducir todas las cosas a la
actividad de autorrealización de un absoluto, al que identificó con el impulso
creativo en la naturaleza. El énfasis que puso el romanticismo en los
sentimientos y en la divinidad de la naturaleza encontró expresión filosófica
en el pensamiento de Schelling, quien ejerció una destacada influencia en el
movimiento transcendentalista estadounidense que encabezaba el poeta y
ensayista Ralph Waldo Emerson.
Hegel
El espíritu
filosófico más poderoso del siglo XIX fue el filósofo alemán Georg Wilhelm
Friedrich Hegel, cuyo sistema de idealismo absoluto —aunque con muchas
influencias de Kant y Schelling— se basó en una nueva concepción de la lógica
en la que conflicto y contradicción son considerados como elementos necesarios
de la verdad, y la verdad es contemplada como un proceso antes que como un
estado fijo e inmutable de las cosas. La fuente de toda realidad, para Hegel,
es un espíritu absoluto (o razón cósmica) que evoluciona desde una existencia
abstracta e indiferenciada hacia una realidad más concreta a través de un
proceso dialéctico que consiste en etapas triádicas; cada tríada se compone en
primer lugar de un punto inicial (o tesis), en segundo lugar, de su opuesto (o
antítesis), y en tercer lugar, de un punto superior o síntesis, donde se funden
los dos opuestos. De acuerdo con esta idea, la historia se halla regida por
leyes lógicas, de tal forma que “todo lo que es real es racional, y todo lo que
es racional es real”. Las ideas históricas posteriores son cumplimientos más
completos del espíritu absoluto cuyo punto más alto de autorrealización se
encuentra en el Estado nacional de la monarquía de Federico Guillermo IV y en
la filosofía. Hegel impulsó un mayor interés por la historia al representarla
como una penetración en la realidad más profunda que las ciencias naturales. Su
concepción del Estado nacional como la encarnación más alta del espíritu
absoluto se interpretó durante un tiempo como la fuente principal de las
modernas ideologías autoritarias, aunque el propio Hegel se declaró a favor de
la existencia de un amplio grado de libertad individual reconocido por el poder
político.
Otros
filósofos influyentes