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Más sobre este recurso: Catalogado en base de datos como: Formas de gobierno: Maquiavelo, Hobbes, Locke, sistema legislativo, sistema ejecutivo, sistema federativo, Rousseau, el gobierno democrático, estado, navion, lideres politicos, gobierno monarquico, gobierno aristocratico, gobierno popular. Agregado: 12 de MAYO de 2002 | Palabras: 1392 | Votar! | 1 voto | Promedio: Categoría: Apuntes y Monografías > Derecho > |
Formas de gobierno.
Maquiavelo
El gobierno
puede ser de tres clases: monárquico, aristocrático y popular. Otros
opinan que las clases de gobierno son seis de las cuales tres son pésimas y las
otras tres son buenas en sí mismas, aunque se corrompen tan fácilmente que
llegan a resultar perniciosas. Las buenas son las que enumerábamos antes; las
malas, otras tres que dependen de ellas y les son tan semejantes y cercanas,
que es fácil pasar de una a otra: porque el principado fácilmente se vuelve
tiránico, la aristocracia con facilidad evoluciona en oligarquía, y el gobierno
popular se convierte en licencioso sin
dificultad. De modo que si el organizador de una república ordena la ciudad
según uno de los regímenes buenos, lo hace para poco tiempo, porque, irremediablemente,
degenerará en su contrario, por la semejanza que tienen, en este asunto, la
virtud y el vicio.
En el principio del mundo, siendo pocos los
habitantes, vivieron por algún tiempo dispersos, semejantes a las fieras;
luego, al multiplicarse, se reunieron y, para poderse defender mejor,
comenzaron a buscar entre ellos al más fuerte y de mayor coraje, le hicieron su
jefe y le prestaron obediencia. Viendo que si uno perjudicaba a su benefactor
nacían en los hombres el odio y la compasión denostando al ingrato y horado al
que le había favorecido, y pensando cada uno que podía recibir las mismas
injurias, para huir de tales perjuicios se sometieron a hacer leyes y ordenar
castigos para quien les contraviniese, lo que trajo consigo el conocimiento de la
justicia. Como consecuencia de ello, cuando tenían que elegir a un príncipe ya
no iban directamente al de mejores
dotes físicas, sino al que fuese más prudente y más justo. Pero como luego se
comenzó a proclamar a los príncipes por sucesión y no por elección, pronto
comenzaron los herederos a desmerecer de sus antepasados, y, pensaban que los
príncipes no tenían que hacer otra cosa más que superar a los demás en
suntuosidad y lascivia y en cualquier clase de disipación, de modo que,
comenzando el príncipe a ser odiado pasó rápidamente del temor a la ofensa y
nació la tiranía. Y de aquí surgió el germen de su ruina. La multitud entonces,
siguiendo la autoridad de los poderosos, se levantó en armas contra el
príncipe, y, cuando éste fue arrojado
del trono, obedeció, como a sus liberadores, a los jefes de la conjura. Estos
constituyeron entre ellos un gobierno, y al principio, temiendo la pasada
tiranía, se gobernaban según las leyes promulgadas por ellos, posponiendo todo
interés propio a la utilidad común, y conservaban y gobernaban con suma
diligencia lo público y lo privado. Pasando luego la administración a sus
hijos, éstos se dieron a la avaricia, y a la ambición, considerando a todas las
mujeres como suyas, y haciendo así que lo que había sido el gobierno d4e los
mejores se convirtiese en el gobierno de unos pocos, que sin respeto alguno a
la civilidad, se hicieron tan odiosos como el tirano, y la multitud, harta de
su gobierno, se convirtió en dócil instrumento de cualquier que quisiera dañar
de alguna manera a los oligarcas, y pronto se levantó alguno que, con ayuda de
las masas, los expulsó. Y como aún estaba fresca la memoria del principado, la
gente se inclinó a la democracia,
ordenándola de manera que ni los poderosos ni un príncipe pudiesen tener ninguna
autoridad. Sobre todo después que se extinguió la generación que lo había
organizado, rápidamente se extendió el desenfreno, sin respetar a los hombres
públicos ni privados, de modo que, viviendo cada uno a su aire, se hacían cada
día mil injurias, hasta el punto que, obligados por la necesidad, o por
sugerencia de algún hombre bien intencionado, o para huir de tal desorden, se
volvió de nuevo al principado.
Y éste es el círculo en que giran todas las
repúblicas. Casi ninguna república puede tener vida tan larga como para pasar
muchas veces esta serie de mutaciones y permanecer en pie. Más bien suele
acaecer que en uno de sesos cambios, se vuelva súbdita de algún estado próximo
mejor organizado, pero si no sucediera esto, un país podría dar vueltas por
tiempo indefinido en la rueda de las formas de gobierno.
Todas estas formas son pestíferas, pues las
buenas tienen una vida muy breve, y las malas son de por sí perversas. De modo
que, los legisladores prudentes huyen de cada una de estas formas en estado
puro, eligiendo un tipo de gobierno que participe de todas juzgándolo más firme
y más estable, pues así cada poder controla a los otros.
En Maquiavelo, las formas de gobierno
básicamente son consecuencia de dos factores:
1)
En
quienes se apoya el líder político para obtener el poder, y para conservarlo, y
2)
En
la intensidad de las desigualdades sociales o económicas imperantes en la
sociedad.
Hobbes no hace cuestión de la forma de
gobierno. Admite la monarquía, la aristocracia y la democracia. Pero, muestra
preferencia por la forma monárquica, por advertirla más provista de recursos
prácticos y de cualidades intrínsecas para actuar en el medio social.
Como la soberanía reside en un hombre o en la
asamblea de más de uno, y como en esta asamblea puede ocurrir que todos tengan
derecho a formar parte de ella, o no todos sino algunos hombres distinguidos de
los demás, es manifiesto que puedan emitir 3 clases de gobierno. Cuando el
responsable es un hombre, el gobierno es una monarquía; cuando lo es una asamblea
de todos cuantos quieren concurrir a ella, una democracia o gobierno popular;
cuando la asamblea es de una parte solamente, se denomina aristocracia.
Quienes están descontentos bajo la monarquía
la denominan tiranía; a quienes le desagrada la aristocracia la llaman
oligarquía; quienes se encuentran agraviados bajo una democracia la llaman
anarquía (falta de gobierno).
Sigue Locke la tradición aristotélica en
cuanto a la divisón de los gobiernos en monárquicos, aristocráticos y
democráticos, pero introduce una variante.
Los desenvuelve una teoría acerca de la
coexistencia de poderes, entiende que es el juego de los poderes del Estado hay
un equilibrio y un contrapeso que garantiza los derechos del pueblo. Los
poderes de los hombres al ser delegados se encauzan en tres sentidos:
à
el
legislativo, que establece por medio de normas, en qué forma debe ser aplicada
la fuerza del Estado para asegurar la conservación de la sociedad y de sus
miembros.
à
el
ejecutivo, que tiene a su cargo la administración y la justicia, asegura (en
jurisdicción interna) el cumplimiento de las leyes, y
à
el
federativo: vinculado al ejecutivo, es el encargado de las relaciones
exteriores: tratados, guerra, paz.
El legislativo es en Locke el alma del cuerpo
político. Tanto el poder ejecutivo como el legislativo deben estar en
diferentes personas, pues su concentración en una sola o en un grupo conduciría
al abuso, camino por el cual se llega al absolutismo, que es en Locke un
espectro que debe eliminarse con fuertes resguardos democráticos.
El origen del poder es para Rousseau
indudablemente democrático, pues proviene de la voluntad general. Si ésta
confía el depósito del gobierno a todo el pueblo o a su mayoría se le llama
democracia. Si se deposita el gobierno en manos de los menos, ésta es la
aristocracia. Si se concentra todo el gobierno en un magistrado único de quien
los demás reciben el poder, es la monarquía o el gobierno real.
La democracia tomada en su rigurosa acepción
no ha existido ni existirá jamás verdadera, pues supone:
1)
Un
Estado muy pequeño, en el que se pueda reunir al pueblo y cada ciudadano pueda
conocer a los demás.
2)
Una
gran sencillez de costumbres.
3)
Mucha
igualdad en los rangos y fortunas
4)
Poco
o ningún lujo
Es sin embargo contrario al orden natural que
el mayor número gobierne y los menos sean gobernados. No se concibe que el
pueblo permanezca incesantemente reunido para ocuparse de los negocios públicos
y es fácil comprender que o podría delegar tan función sin que cambie la forma
de administración. “U gobierno tan perfecto –el democrático- no conviene a los
hombres”. En definitiva, el gobierno democrático que propugna es aquel en que los gobernantes son comisarios del
pueblo y en el que éste ratifica por medio de la ley las decisiones que se
toman.
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