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Formas de gobierno.

Maquiavelo

El gobierno  puede ser de tres clases: monárquico, aristocrático y popular. Otros opinan que las clases de gobierno son seis de las cuales tres son pésimas y las otras tres son buenas en sí mismas, aunque se corrompen tan fácilmente que llegan a resultar perniciosas. Las buenas son las que enumerábamos antes; las malas, otras tres que dependen de ellas y les son tan semejantes y cercanas, que es fácil pasar de una a otra: porque el principado fácilmente se vuelve tiránico, la aristocracia con facilidad evoluciona en oligarquía, y el gobierno popular se  convierte en licencioso sin dificultad. De modo que si el organizador de una república ordena la ciudad según uno de los regímenes buenos, lo hace para poco tiempo, porque, irremediablemente, degenerará en su contrario, por la semejanza que tienen, en este asunto, la virtud y el vicio.

En el principio del mundo, siendo pocos los habitantes, vivieron por algún tiempo dispersos, semejantes a las fieras; luego, al multiplicarse, se reunieron y, para poderse defender mejor, comenzaron a buscar entre ellos al más fuerte y de mayor coraje, le hicieron su jefe y le prestaron obediencia. Viendo que si uno perjudicaba a su benefactor nacían en los hombres el odio y la compasión denostando al ingrato y horado al que le había favorecido, y pensando cada uno que podía recibir las mismas injurias, para huir de tales perjuicios se sometieron a hacer leyes y ordenar castigos para quien les contraviniese, lo que trajo consigo el conocimiento de la justicia. Como consecuencia de ello, cuando tenían que elegir a un príncipe ya no iban directamente al  de mejores dotes físicas, sino al que fuese más prudente y más justo. Pero como luego se comenzó a proclamar a los príncipes por sucesión y no por elección, pronto comenzaron los herederos a desmerecer de sus antepasados, y, pensaban que los príncipes no tenían que hacer otra cosa más que superar a los demás en suntuosidad y lascivia y en cualquier clase de disipación, de modo que, comenzando el príncipe a ser odiado pasó rápidamente del temor a la ofensa y nació la tiranía. Y de aquí surgió el germen de su ruina. La multitud entonces, siguiendo la autoridad de los poderosos, se levantó en armas contra el príncipe,  y, cuando éste fue arrojado del trono, obedeció, como a sus liberadores, a los jefes de la conjura. Estos constituyeron entre ellos un gobierno, y al principio, temiendo la pasada tiranía, se gobernaban según las leyes promulgadas por ellos, posponiendo todo interés propio a la utilidad común, y conservaban y gobernaban con suma diligencia lo público y lo privado. Pasando luego la administración a sus hijos, éstos se dieron a la avaricia, y a la ambición, considerando a todas las mujeres como suyas, y haciendo así que lo que había sido el gobierno d4e los mejores se convirtiese en el gobierno de unos pocos, que sin respeto alguno a la civilidad, se hicieron tan odiosos como el tirano, y la multitud, harta de su gobierno, se convirtió en dócil instrumento de cualquier que quisiera dañar de alguna manera a los oligarcas, y pronto se levantó alguno que, con ayuda de las masas, los expulsó. Y como aún estaba fresca la memoria del principado, la gente se inclinó  a la democracia, ordenándola de manera que ni los poderosos ni un príncipe pudiesen tener ninguna autoridad. Sobre todo después que se extinguió la generación que lo había organizado, rápidamente se extendió el desenfreno, sin respetar a los hombres públicos ni privados, de modo que, viviendo cada uno a su aire, se hacían cada día mil injurias, hasta el punto que, obligados por la necesidad, o por sugerencia de algún hombre bien intencionado, o para huir de tal desorden, se volvió de nuevo al principado.

Y éste es el círculo en que giran todas las repúblicas. Casi ninguna república puede tener vida tan larga como para pasar muchas veces esta serie de mutaciones y permanecer en pie. Más bien suele acaecer que en uno de sesos cambios, se vuelva súbdita de algún estado próximo mejor organizado, pero si no sucediera esto, un país podría dar vueltas por tiempo indefinido en la rueda de las formas de gobierno.

Todas estas formas son pestíferas, pues las buenas tienen una vida muy breve, y las malas son de por sí perversas. De modo que, los legisladores prudentes huyen de cada una de estas formas en estado puro, eligiendo un tipo de gobierno que participe de todas juzgándolo más firme y más estable, pues así cada poder controla a los otros.

En Maquiavelo, las formas de gobierno básicamente son consecuencia de dos factores:

1)      En quienes se apoya el líder político para obtener el poder, y para conservarlo, y

2)      En la intensidad de las desigualdades sociales o económicas imperantes en la sociedad.

Hobbes

Hobbes no hace cuestión de la forma de gobierno. Admite la monarquía, la aristocracia y la democracia. Pero, muestra preferencia por la forma monárquica, por advertirla más provista de recursos prácticos y de cualidades intrínsecas para actuar en el medio social.

Como la soberanía reside en un hombre o en la asamblea de más de uno, y como en esta asamblea puede ocurrir que todos tengan derecho a formar parte de ella, o no todos sino algunos hombres distinguidos de los demás, es manifiesto que puedan emitir 3 clases de gobierno. Cuando el responsable es un hombre, el gobierno es una monarquía; cuando lo es una asamblea de todos cuantos quieren concurrir a ella, una democracia o gobierno popular; cuando la asamblea es de una parte solamente, se denomina aristocracia.

Quienes están descontentos bajo la monarquía la denominan tiranía; a quienes le desagrada la aristocracia la llaman oligarquía; quienes se encuentran agraviados bajo una democracia la llaman anarquía (falta de gobierno).

Locke

Sigue Locke la tradición aristotélica en cuanto a la divisón de los gobiernos en monárquicos, aristocráticos y democráticos, pero introduce una variante.

Los desenvuelve una teoría acerca de la coexistencia de poderes, entiende que es el juego de los poderes del Estado hay un equilibrio y un contrapeso que garantiza los derechos del pueblo. Los poderes de los hombres al ser delegados se encauzan en tres sentidos:

à       el legislativo, que establece por medio de normas, en qué forma debe ser aplicada la fuerza del Estado para asegurar la conservación de la sociedad y de sus miembros.

à       el ejecutivo, que tiene a su cargo la administración y la justicia, asegura (en jurisdicción interna) el cumplimiento de las leyes, y

à       el federativo: vinculado al ejecutivo, es el encargado de las relaciones exteriores: tratados, guerra, paz.

El legislativo es en Locke el alma del cuerpo político. Tanto el poder ejecutivo como el legislativo deben estar en diferentes personas, pues su concentración en una sola o en un grupo conduciría al abuso, camino por el cual se llega al absolutismo, que es en Locke un espectro que debe eliminarse con fuertes resguardos democráticos.

Rousseau

El origen del poder es para Rousseau indudablemente democrático, pues proviene de la voluntad general. Si ésta confía el depósito del gobierno a todo el pueblo o a su mayoría se le llama democracia. Si se deposita el gobierno en manos de los menos, ésta es la aristocracia. Si se concentra todo el gobierno en un magistrado único de quien los demás reciben el poder, es la monarquía o el gobierno real.

La democracia tomada en su rigurosa acepción no ha existido ni existirá jamás verdadera, pues supone:

1)      Un Estado muy pequeño, en el que se pueda reunir al pueblo y cada ciudadano pueda conocer a los demás.

2)      Una gran sencillez de costumbres.

3)      Mucha igualdad en los rangos y fortunas

4)      Poco o ningún lujo

Es sin embargo contrario al orden natural que el mayor número gobierne y los menos sean gobernados. No se concibe que el pueblo permanezca incesantemente reunido para ocuparse de los negocios públicos y es fácil comprender que o podría delegar tan función sin que cambie la forma de administración. “U gobierno tan perfecto –el democrático- no conviene a los hombres”. En definitiva, el gobierno democrático  que propugna es aquel en que los gobernantes son comisarios del pueblo y en el que éste ratifica por medio de la ley las decisiones que se toman.


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