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Más sobre este recurso: Catalogado en base de datos como: Biografia de Francisco Goya.: Vida y obra de Francisco Goya. Agregado: 29 de AGOSTO de 2000 | Palabras: 7078 | Votar! | Sin Votos | Sin comentarios | Agregar Comentario Categoría: Apuntes y Monografías > Biografías > |
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GOYA
Por Almudena
(espero que a alguien le sirva para algo)
INDICE
- VIDA: Goya hombre y artista.
- ESTILO Y OBRAS: Formación artística y comienzos
Relaciones con la ilustración
Primera madurez
Plena madurez
Últimas singladuras
- OBRAS COMENTADAS: El pelele
El Conde Palatino
La lámpara del diablo
La familia de Carlos IV
La maja vestida
La maja desnuda
Fusilamientos del 3 de mayo
Saturno devorando a su hijo
- VOCABULARIO
- BIBLIOGRAFÍA
FRANCISCO DE GOYA
GOYA HOMBRE Y ARTISTA
Pintor español nacido en 1746. Su padre José Goya
relacionado con el mundo de las artes, su madre labriega de
Fuendetodos, donde Francisco entró como aprendiz
en el taller de José Luzán. Con éste aprendió los principios del dibujo,
haciéndole copiar las mejores estampas que tenía;
estuvo con él cuatro años y comenzó a pintar de su invención. A éstos
comienzos corresponde su trabajo más antiguo del
que se tiene noticia, la decoración de un armario relicario de la iglesia de
Fuendetodos, pintura llena de inexperiencia pero
de una turbulencia de ejecución que presagia libertades futuras. Entre este
testimonio incipiente y el viaje a Italia, la
actividad de Goya es poco conocida. Consta que en 1763 y 1766 se presentó a
concursos convocados por la academia de San
Fernando, aunque los premios fueron otorgados a otros pintores sin conseguir
ningún voto. En ésta etapa oscura del curso de
Goya hay que situar las pinturas murales del palacio de Sobradies de
Zaragoza, inspiradas a través de gravados en
composiciones de Vavet, Maratta y Correggio, pero que comprenden algunas
figuras aisladas de un extraordinario desenfado
iconográfico y técnico.
Al periodo anterior, al viaje a Italia, corresponden
algunas pinturas murales de iglesias aragonesas.
En abril de 1771 se encontraba en Roma. De su
estancia en Italia se sabe muy poco.
Éste viaje se relaciona con el deseo de Goya por
aprender. Fué un viaje de corta duración. Desde Roma envió un cuadro
"Árbol en los Alpes" a un concurso
abierto por la Academia de Parma en el que obtuvo una mención honorífica. Su
estilo de
éste momento se conoce gracias a una pareja de
lienzos "Sacrificio a pan" y "Sacrificio a Vesto", obras
provistas de firma y
fecha. Era un estilo juvenil influenciado por
Corrado Gianquinto maestro de Velazquez.
A mediados de 1771 Goya había regresado a
Zaragoza, donde en octubre del mismo año se le confió la pintura de la bóveda
del careto del Pilar. Este fresco terminado en la
primera mitad de 1772 es todavía de composición poco hábil, pero presenta
fragmentos de esplendida calidad. Poco después
realizó el gran ciclo mural de la "Vida de la Virgen" de la cartuja
de Aula Dei
(cerca de Zaragoza). La monumentalidad, la
observación vivaz y directa, la riqueza de color que Goya despliega hacen de
él,
el mejor pintor español del s. XVIII.
En julio de 1773 contrajo matrimonio en Madrid con
Josefa Bayeu, hermana de los pintores Francisco, Ramón y Manuel.
Salvo algunos viajes de corta duración, hasta su
emigración a Burdeos, la carrera de Goya se desarrollará desde ahora en la
capital. Francisco Bayeu, zaragozano, discípulo
también de José Luzón y mayor que Goya había ejercido sobre éste un
ascendiente no conocido en detalle, pero que debió
ser mentor y maestro; de hecho, en 1771, al participar en el concurso de
Parma, Goya declaró explicitamente que era
discípulo de F. Bayeu. Gracias a éste, convertido ya en su cuñado, Goya empezó
a trabajar como cartonista de la Real Fábrica de
Tapices de Madrid. Los 63 cartones que ejecutó entre 1775 y 1792
constituyen indudablemente la vertiente más
sabrosa de su producción durante éste periodo, y patentizan el progresivo
dominio técnico, el afinamiento de paleta y la
desenvoltura de invención y observación que el maestro fue desarrollando a lo
largo de esos años. Los temas de los cartones de
carácter costumbrista y popular, no fueron elección de Goya, pero le
ofrecieron un campo muy propicio para dar una
visión fresca, amable y llena de gracia y de humor de la vida que le rodeaba.
Paralelamente a la maestría que acreditan los
cartones y otras pinturas de tenor similar, Goya se fué revelando como
retratista
consumado; algunos de sus retratos del noveno
decenio, de un chispeante gusto rococó como "Floridablanca", "La
familia del
Infante don Luis", "La familia de los
duques de Osuna",... son piezas de primer orden dentro de la impresionante
galería
humana que Goya irá registando hasta su muerte. La
evolución general de la pintura madrileña en los años setenta y ochenta
está marcada principalmente por el influjo en
sentido neoclásico derivado de Mengs. Esta crisis más bien esterilizadora fue
superada por la clarividencia pictorica de Goya,
que sólo la reflejó con resultados limitativos en ciertas obras, especialmente
en los de asunto religioso, más acomodados al
gusto dominante: "Cristo crucificado" de 1780, fuertemente influido
por Mengs,
"La Sagrada Familia", "San Bernardo
de Siena predicando ante Alfonso V". Una interpretación de mayor enjundia
personal
dentro del gusto neoclásico dió Goya en los
cuadros de Sta. Ana de Valladolid (1787). Pero su obra máxima de ésta estapa
en el campo de la pintura religiosa, es el fresco
de la Regyna martyrum del Pilar de Zaragoza, en la que el maestro nutrió el
cielo de savia popular. Significativamente, este
encargo no satisfizo a los comitentes, que a duras penas pudieron obligar a
Goya a someterse a la censura de Francisco Bayeu.
En el periodo que va hasta 1790 Goya se afianza
definitivamente en la Corte. Desde 1780 es miembro de la Academia de San
Fernando y asiste regularmente a sus sesiones. Goza
de bienestar económico. Se va imponiendo como retratista de la nobleza.
Y en 1786 es nombrado pintor de cámara.
En el invierno de 1792-1793, Goya estuvo
gravemente enfermo, que le provocó una total sordera. Esta tara física,
contribuyó
sin duda poderosamente a enriquecer la vida
interior del artista y a propulsar su imaginación hacia zonas no exploradas
hasta
entonces, las del "Goya visionario". Al
mismo tiempo los acontecimientos de la Francia revolucionaria, con la que
España
entró en guerra, habrá suscitado una enérgica
reacción defensiva contra el enciclopedismo y la difusión de "ideas
disolventes".
Pero será precisamente a partir de ahora cuando
Goya, se manifestará cada vez más abierto a las preocupaciones
"progresistas" de crítica social. Sus
obras más peligrosamente comprometidas en éste aspecto pertenecen a una época
posterior, pero en el último decenio del s. XVIII
prepara y publica "Los Caprichos": su primera gran serie de grabados,
en los
que fustiga ciertas lacras de la sociedad coetánea
y da rienda suelta a su fantasía.
Apenas restablecido de su enfermedad, "para
ocupar la imaginación mortificada en la consideración de mis males", según
el
mismo declaró, Goya pintó un grupo de cuadros en
los que logra hacer observaciones, a los que regularmente no dan lugar las
obras encargadas, en las que es capricho y la
invención no tienen ensanche. A éste grupo perteneció "La casa de
locos", "El
naufragio", "El incendio" de
extraordinaria eficacia dramática, que tienen por protagonista a la masa
anónima atacada por las
fuerzas de la naturaleza. Este tema de la masa,
del pueblo como agente o paciente en toda suerte de circunstancias, será una
de las preferidas por el maestro. También en su
pintura religiosa se proyecta el capricho e invención rompedores de
convencionalismos: cuadros de la "Santa Cueva
de Cádiz", "Prendimiento de Cristo" de la catedral de Toledo que
hace pensar
en Rembrant; y, sobre todo, su obra máxima de
pintura mural, la decoración de San Antonio de la Florida (1798) en la que el
tema de un milagro del Sto. titular es un mero
pretexto para describir una muchedumbre en ebullición, como las espectaciones
exaltadas de una corrida.
En 1795 fue nombrado, sucediendo a Bayeu, director
de pintura de la Academia de San Fernando. Pero dos años después
dimitió, a causa de su sordera, y sin duda también
por el concepto totalmente antiacadémico que tenía de la educación
artística; quedo como director honorario. En 1799
llegaba a la cúspide de su carrera oficial con el nombramiento del primer
pintor de cámara. Su labor como retratista es
inmenso en éste periodo, y de una sabiduría pictórica, profundidad psicológica
y
variedad de presentación portentosas. Retrata a
los reyes, a pie y a caballo, y a la familia real entera, "La familia de
Carlos
IV", que une a su calidad excelsa su valor
documental, revelado sin tapujos de la contextura moral de los personajes; el
retrato
colectivo gustó mucho a los reyes, pero acaso sea
significativo que hasta 1808 no se volviera encargar a Goya otro retrato
para palacio. Retrató a Godoy a caballo y en la
guerra de las naranjas, a su esposa "La condesa de Chinchón", tal vez
el
retrato más delicado que pintó el maestro. También
realizó Goya por encargo de Godoy tres alegorías para decorar su palacio
(Prado) y, probablemente, la famosa pareja de
"Majas" que valieron al artista una denuncia a la Inquisición. Otros
retratos
memorables de ésta época son los de la
"Duquesa de Alba", de la que Goya anduvo enamorado, y a la que fué a
visitar al
lejano retiro de Sanlúcar cuando quedó viuda;
"Conde de Fernán", "Javier Goya", "Melendez
Valdés", "La librera de la calle
de Carretas".
En 1808 al subir al trono Fernando VII, Goya le
retrató. En octubre de aquel año, ya en plena guerra contra los franceses,
marchó a Zaragoza llamado por Palafox para ver y
examinar las ruinas de aquella ciudad, con el fin de pintar las glorias de
aquellos naturales. Instalado en Madrid el rey
José, Goya permaneció en su puesto, y no pudo o en parte no quiso evitar
ciertas actuaciones susceptibles de ser
interpretadas como colaboracionismo: pintó la "Alegoría de Madrid" y
"José I", el
Retrato del general francés Goya, el del ministro
Juan Manuel Romero y Juan Antonio Llorente; se le concedió la orden real
de España que nunca llevó; fué uno de los
encargados de seleccionar los cincuenta cuadros que se enviaron al museo
Napoleón. La comisión depuradora constituida al
terminar la guerra le declaró limpio. En realidad, Goya experimentó el drama
de muchos intelectuales coetáneos, admiradores de
Francia como fuente y ejemplo de su ideología político-social, enemigos
de ellos en cuanto invasora de España.
Las medidas liberales dictadas por el rey José,
como la supresión de la Inquisición y la exclaustración, encontraron
ciertamente el aplauso de Goya, como patentizan
sus obras: dibujos burlones sobre los frailes exclaustrados; evocaciones
laudatorios de víctimas ilustres del Sto Oficio;
la Escena de Inquisición de la Academia de San Fernando, etc. Pero la guerra
situó al pintor, como al grueso de los liberales,
junto al pueblo combatiente, al que inmortalizó en dos pinturas insignes,
realizadas en 1811: "La lucha con los
mamelucos" y "Los fusilamientos en la montaña del Principe Pio".
En 1812 retrató a
Wellington; en 1814 a Palafox, pero su retrato
mejor de un héroe militar fué el de un guerrillero "El empecinado".
Al regresar Fernando VII a España, Goya ejecutó
varios retratos del rey. Pero en lo sucesivo, pese a seguir siendo pintor de
cámara, no recibirá más encargos de éste tipo; en
éste apartamiento de la preferencia regia intervinieron seguramente factores
de tipo personal y de gusto artístico; el
retratista favorito de Fernando VII será Vicente lópez.
En 1812 murió Josefa Bayeu. El inventario de
bienes subsiguiente muestra que Goya disfrutaba de una posición económica
desahogada, que mantendría hasta su muerte. Probablemente
poco después, el artista tomó como ama de llaves a Leocadia
Zorrilla de Weiss, separada de su marido, que la
había demandado por indecencia, trato ilícito y mala conducta; agregandose
un genio altanero y amenazador. Al parecer las
relaciones de Goya con Leocadia fueron de carácter íntimo, y se sospecha que
de ellos nació Rosario Weiss, futura pintora. Leocadia,
Rosarito y un hermano mayor de ésta acompañarón a Goya en su
exilio voluntario de Burdeos. En éstos años el
estilo de Goya evoluciona hacia una mayor concentración expresiva, va
renunciando a las veladuras en favor de una
pintura más directa, sintética y cuajada de magia, su paleta se simplifica, con
tendencia a los acordes sobrios y un amplio empleo
de los negros. Ésta evolución, que recuerda la de la última fase de
Rembrandt y de Tiziano, pero que va dictada por
exigencias propias e independientes, puede seguirse muy bien en los
retratos: ademas de los ya citadas, los de Mariano
Goya, nieto del pintor, y Víctor Guye confirmadores de la gracia particular
de Goya como retratista de niños; El duque de
Osuna; La duquesa de Abrantes; los arquitectos Juan Antonio Cuervo y
Tiburcio Pérez; Ramón Satué; la serie de
autorretratos, que arranca desde la época de los cartones, se cierra con las de
la
Academia de San Fernando y del Prado, y con el
originalísimo Goya y el médico Arrieta, dedicado al médico que, como dice
la dedicatoria, " le salvó la vida en la
aguda y peligrosa enfermedad padecida a fines de 1819".
En la pintura religiosa, más que los convencionaes
Asunción y Stas Justas y Rufina, hay que destacar "La oración del
huerto" y
"La última comunión de San José de
Calasanz", quizá sus obras más sentidas y auténticas de todas las de éste
género. En la
pintura profana se suceden las realizaciones de
primer rango: el esplendido grupo de la Academia de San Fernando ("El
entierro de la sardina", "El hospital de
locos", "Los disciplinantes", "La corrida de toros" y
la citada escena de Inquisición);
"Las majas al balcón"; "La mora y
la celestina", "Majas pensando", "La vejez", "La
fragua", "El globo aéreo estático", "La junta
de la compañía de Filipinas". Además de los
dos lienzos épicos de la lucha con los mamelucos y los fusilamientos, la guerra
le
inspiró otras pinturas muy notables, como La
fabricación de balas y La fabricación de pólvora en la sierra de Tardiesta, El
coloso, la serie de Horrores de la guerra; y la
tremenda colección de aguafuertes, Los desastres de la guerra o fatales
consecuencias de la sangrienta guerra en España
contra los Bonaparte y otros caprichos enfáticos, realizados entre 1810 y
1820 aproximadamente y que permaneció inédito en
vida del artista, sin duda por el carácter satírico y anticlerical de algunas
de las estampas, que en tiempos de absolutismo
fernandino implicaba grave peligro. Inédita quedó asimismo la serie de los
disparates, un huracán de pesimismo fatal y
visionario. De la impresionante labor gráfica de Goya en el segundo decenio del
s.XIX que le sitúa con Rembrant y Durero entre los
tres mayores grabadores de todos los tiempos, la única serie que se
conoció contemporaneamente fue la tauromaquia. La
fertilidad increible, el afán continuo de renovación y la capacidad de
trabajo del Goya septuagenario está testimoniado
asimismo por sus primeros ensayos con una técnica nueva, la litografía, y
sobre todo por la decoración mural de la mansión
que había adquirido en 1819, La Quinta del sordo: éstas Pinturas negras,
constituyen una de las manifestaciones más
grandiosas de su genio, un mundo sobrecogedor que se muere entre el humor
negro y la pesadilla escalofriante, y que se
anticipa como un ejemplo inaudito a todos los experimentos futuros del
expresionismo y del subrrealismo.
En octubre de 1823 daba fin al periódo
constitucional abierto en 1820. Fernando VII quedó restablecido en su poder
absoluto, y las comisiones militares y las juntas
de la Fe se lanzaron a la persecución de los liberales. Goya se sintió
amenazado; ya en septiembre había tomado la
precaución de donar la Quinta del sordo a su nieto Mariano, y después se
ocultó en casa de su amigo José Duaso y Latre,
sacerdote ilustrado. En mayo de 1824, pasada la primera oleada represiva,
solicitó permiso del rey para ir al balneario de
Plombiéres, que le fué concedido. A fines de junio estaba ya en Burdeos,
refugio de muchos liberales y afrancesados
españoles; uno de ellos, Moratín, describe al pintor recién llegado
"sordo, viejo,
torpe y débil, sin saber una palabra de francés y
tan deseoso de ver mundo". Un breve viaje a París, emprendido tres días
después de llegar a Burdeos, y otro a Madrid para
solicitar su jubilación, acreditan sus ánimos viajeros. Pese a los achaques,
su espíritu creador sigue dando muestras de
lozanía. Retrata a sus amistades: José Duaso y Latre, María Martinez de Puga,
pintados ambos antes de marchar de Madrid;
Moratín; Joaquín María Ferrer y su esposa; Santiago Galas; Juan Muquiro;
Mariano Goya; José Pío de Molina. Publicó sus
cuatro magnificas litografías de Los toros de Burdeos y realiza otros grabados
y dibujos, en algunas de las cuales sigue
proclamendo su fe liberal. Cuando le proponen realizar Los caprichos, contesta
que
ahora tiene ideas mejores. Una extensa serie de
pinturas de pequeño tamaño sobre marfil, que rompen con el concepto
tradicional de miniatura, insistiendo dentro de su
formato minúsculo en la dirección visionaria de las pinturas de la Quinta del
sordo, corroboran la vitalidad de su mundo
interior hasta el último momento, mientras La lechera de Burdeos expone una vez
más, en una soberbia demostración final, su
apertura hacia la belleza circundante.
Murió en Burdeos el 16 de abril de 1828 a los 82
años de edad, de una parálisis en el lado derecho que terminó en un
accidente apoplético.
FORMACIÓN ARTÍSTICA Y COMIENZOS
Oficio conseguido en Zaragoza en contacto con la
manualidad de Luzón, aplicada a formas convencionalmente eléctricas.
Formas en realidad no demasiado distantes de las
que imperaban en Madrid en el ámbito de los pocos pintores que
gravitaban en torno a la corte, que Goya frecuenta
ya en pronta edad. Lo introduce en el ambiente su paisano y segundo
maestro Francisco Bayeu, hermano y guía de otro
pintor, Ramón Bayeu, que también había estudiado con Luzón en Zaragoza;
después en la capital, en la casa de A. Gonzalez
Velázquez que sale de un aprendizaje con el napolitano C. Gianquinto, para
acabar bajo la férula de Mengs, cuya modernidad
neoclásica, resuelta en un intento de combinar a Rafael con Tiziano y
Correggio, era una de las principales amalgamas
del ya existente electicismo español. Una adecuada idea de los gustos de los
hermanos Bayeu nos dan las copias -pinturas y
dibujos- hechas por ellos y que figuran entre los bienes dejados a sus
herederos; modelos que son: Giaquinto, Luca
Giordano, Mengs, Van Dyck, Carlo Maratta, Velázquez, Claudio de Lorena,
Reni, Solimera, Rembrant, Cignchi; de Mengs y de
G.B. Tiépolo poseían incluso algún original. Eclecticismo también en la
Real Academia de San Fernando, en cuyos concursos
participa, es joven Goya, donde tenía muy en cuenta las ideas de
Mengs. Así pues, el eclecticismo de Mengs se
impone de manera duradera por encima de cualquier otro eclecticismo Ibérico,
especialmente en los retratos.
En cuanto a pintura mural quedaba espacio para la
tradición netamente dieciochesca, reavivada en Madrid no solo por el
fantasioso colorismo y la soltura compositiva sino
también por la inspiración que durante sus últimos años en la capital
borbónica, tiende a solemnizarse, adecuándose en
cierta medida a las modas locales, que aceptaban el rococó sólo si estaba
presto al recuerdo de la decoración clasicista del
siglo XVII. Tales eran los ingredientes a disposición de nuestro aragonés:
densas en sustancia y con bastantes vitaminas de
elegancia formal, de calor intenso y consistente, de oficio consumado y
controladísimo; y el viaje por Italia no hizo más
que confirmas, mediante la comprobación sobre ejemplos ilustres, el empeño
de utilizarles. Cosa que ocurre exactamente en los
murales del careto de Zaragoza en las coetáneas de Muel y de Remolinos
y, con mayor recurso a anchas superficies
cromáticas, escondidas por ritmos verticales, en las de Aula Dei; mientras en
los
primeros retratos es no menos discípulo de Mengs,
reservándose a lo sumo alguna gracia rococó cuando el modelo es el
mismo. Entre 1775 y 1778, Goya empieza a pintar
cartones para la real fábrica de tapices. Si, a falta de documentos en un
principio no se diferencia su mano de la de Ramón
Bayeu, más tarde se advierten aspectos personales en la penetración
humana y en los impulsos cromáticos, que insinúan
notas robustamente discordes dentro de la inocua armonía soñada por
Bayeu; y hay referencias al mejor Giaquinto y a
los Tiépolo, además de Velázquez, cuyas obras en propiedad real copiaba
Goya para publicarlas grabadas. El ejemplo de
Velázquez gobierna la estructura densa y sintética de los cartones para tapices
realizados en 1778 a 1780 cargando sus figuras de
natural vitalidad y condiciona el sobrio difuminado del cristo crucificado
que en 1780 consagra a Goya académico. De 1780 a
1981 es el fresco en el Pilar de Zaragoza, realizado en el ámbito de una
empresa decorativa dirigida por F. Bayeu. Caracteres
expresivos de éste contexto de una despreocupación tan genuinamente
rococó que basta para explicar las diferencias
surgidas con el responsable de los trabajos, quien en 1773 se había convertido,
además, en cuñado suyo. La cúpula del Pilar señala
la cumbre de la adhesión de Goya al refinamiento sensorial típico de la
segunda mitad del siglo XVIII cordialísima y un
tanto cínica. De ahora en adelante prevalecerá la búsqueda naturalista puesta
en marcha con los cartones para tapices, ya pinta
otras composiciones religiosas, pasando de la dinámica envolvente de la
Predicación de San Bernardino, al majestuoso
estatismo de los cuadros del altar de Valladolid y a la solemne escansión
vertical, de sugerencia tal vez zurbaranesca, de
las de Valencia; ya realice retratos, bastante numerosos es el decenio
1780-90, determinando una sensible evolución desde
la fría y compleja rigidez del Floridablanca, hasta la preciosa delicadeza,
derivada probablemente de modelos ingleses, del
Osuna y el mágico carácter inmediato del Osorio; ya vuelva, en fín, a la
temática popular campestre con los nuevos cartones
para los reales tapiceros o realizando el ciclo para la Alameda de los
Osuna, donde el ardor del sondeo humano tiende a
asentarse en composiciones de quieto clasicismo.
RELACIONES CON LA ILUSTRACIÓN
La última serie de cartones para tapices queda
interrumpido por el hastío de Goya por la clase de trabajo y por la enfermedad
de 1792-93. Para entender el iter sucesivo del
pintor, se impone una ojeada a la situación de la cultura en su tiempo: cultura
vivísima, abierta, puesta al día, que hace del s.
XVIIII un siglo en nada menor y desde luego nada carente de interés en la
historia de España.
Se trata de cultura ilustrada difundida en un
entorno político, escritores y hombres de ciencia, a los que Goya frecuentó
gracias
a la amistad de Gaspar Melchor de Jovellanos y que
comprendía también a familias aristocráticas como las de los Osuna, los
Medinaceli... Ya hemos visto, en parte, que éstos
"ilustrados" constituyeron la clientela más fiel de Goya. En cuanto a
la
manifestación de sus ideas, hay que recordar que
ya antes del nacimiento de Goya había sido realizado un considerable
esfuerzo por un grupo de intelectuales españoles,
entre los que figuraba el conde de Aranda, ministro de Carlos III buen amigo
de Voltaire y uno de los primeros protectores del
joven pintor. Algunos coetáneos de Aranda, también solicitados por las
luces francesas, dieron lugar a un nutrido grupo
de la inteligencia madrileña. El desarrollo cultural de Goya se debe a esos
amigos y modelos: y no es aventurado creer que, al
retratarlos, el pintor tratara de conocerlos mejor y que, sobre todo
actuando como grabador, se propusiera transladar
sus pensamientos al ámbito plástico. Como en Francia y en Inglaterra, la
burguesía ilustrada de España tiende a asumir
ciertos privilegios de la aristocracia, pero con críticas de violencia no
igualada en
otros paises. La protesta anticlerical había
comenzado ya a finales del siglo XVII; durante la segunda mitad del XVIII se
hace
ferocísima, apuntando en particular a la
Inquisición y extendiéndose contra los residuos del feudalismo. Meléndez Valdés
y
Jovellanos constituyen las puntas incandescentes
de la polémica y Goya no desmerece en su actividad gráfica (en la que los
temas de la Inquisición, de la superstición, de la
ignorancia, son bastante frecuentes, y pasaron también a su pintura):
"Divina
razón" está escrito al píe de uno de sus
dibujos; y es el anuncio de los "Caprichos" aparecidos en el Diario
de Madrid del 6 de
febrero de 1799, se ha visto con toda razón e
interés aparecen explícitamente citados entre los males que conviene oponerse,
mientras el autoritarismo quedó claramente
sobreentendido. Otras coincidencias no son menos sugestivas: hacer
observaciones, la expresión que Goya emplea para
definir su actividad plástica, es idéntica a la usada por científicos y
pensadores de sus días; y, a través de los
"Caprichos", el artista cree haber conseguido el testimonio de la
verdad. Hacia 1786
empezaron a surgir entre los campesinos y los
obreros españoles manifestaciones muy semejantes a la huelga: un tema como el
del Albañil herido que Goya no duda en traducir en
el cartón para un tapiz destinado al comedor del rey y repite poco
después en un lienzo para la Alameda de Osuna,
podría atestiguar una concomitancia no del todo fortuita. Mas aún: en junio
de 1786, el Consejo de Castilla pide un informe
sobre las diversiones populares a la Academia de la Historia, la cual pasa el
encargo a Jovellanos. Éste pone de manifiesto las
implicaciones sociopolíticas conexionadas con el empleo del tiempo libre e
indica posibles remedios. Los "motivos"
abordados por Jovellanos - teatro, carnavales, corridas de toros, bailes,
juegos de
taberna, peregrinacines, etc-, son los mismos que
Goya desarrolla en sus últimos cartones para tapices; ademas Jovellanos, al
mismo tiempo que aprueba las diversiones
campestres, fustiga la chulería de cierta plebe urbana, las majas. Goya no
llega a
tanto, quizá por deferencia para con una clientela
que ha adoptado ciertas maneras de la majería; pero en la engolada pompa
de algunos de sus majas, la garra satírica ha
dejado señales evidentísimas. En fín, no hay que excluir por el contrario,
parece
obvio - que entre tantos estímulos
"ilustrados" hallaron también puesto algunos precoces fermentos
románticos, que incitarían
al artista al repudio de las reglas en nombre de
la espontaneidad y le pondrían en claro que los tiempos de la historia, incluso
las de ayer, no pueden prescindir del hoy y en
fín, de una profunda intervención del historiador. Madura así, no sin
ambigüedades y contradicciones, la experiencia de
Goya, densa de valores estéticos pocas veces igualados y, al mismo
tiempo, cargada de dramatismo convincente y
conmovedor, precisamente por la íntima adhesión a la sociedad de la que
formaba parte: no documentos anecdóticos, sino
autónomos elaboraciones a través del ejercicio plástico.
PRIMERA MADUREZ
Hemos relacionado en cierto modo el primer gran
"cambio" de Goya con su enfermedad de 1792-93, puede ser que el
misterioso mal, desembocando en la sordera y
comprometiendo la prestancia física que hacía del artista un vividor de óptimo
temple, lo indujera a severas meditaciones; y es
un hecho que durante la convalecencia realiza los cuadritos destinados a la
Academia de Madrid en los que
"caprichos" e "invención" hallan libre curso y sobre todo
dibuja los álbumes llamados "de
Sanlucar" y "de Madrid", que son la
indispensable promesa de los "Caprichos", el punto de partida hacia
el sueño y la
tragedia, en la línea de la gallarda agresividad
de algunos gravados populares de la época, sostenida por el estudio de las
conocidas caricaturas de Leonardo, Ghezz, y de
Hogarth. Entretanto, los retratos realizados en el último decenio del siglo
presentan, en la general consecución de un domino
que aborda cualquier acrobacia estilística, punzantes contrates: por una
parte, la espiritual verdad de algunos modelos y
su persuasiva inserción en el ambiente que, tal vez a ejemplo de pintores
franceses coetáneos, adquiere un timbre de
intimidad cada vez mas románticamente intelectual; por otra parte, el
acompasamiento de los retratos hechos por encargo.
A finales de siglo, los Osuna le encargan un nuevo
ciclo para la Alameda, en el que los monstruos que habían hecho su
aparición en uno de los cuadros de altar para
Valencia, se convierten en protagonistas de una ilustrada condena de las
supersticiones populares. Son un ensayo de vigor
expresionista que, transferido a la temática religiosa, suscita la inquietante
mezcla de conmovida ternura y solemnidad teatral,
suspensos en un tiempo indefinible, de los episodios evangélicos de las
lunetas para Cádiz, del Prendimiento de Cristo
para Toledo y del Milagro pintado al fresco de San Antonio de la Florida en
Madrid. Y si bien se piensa, no es de naturaleza
muy distinta a la fascinación que suscita el carácter algo rápido e inmediato
que ostentan las dos Majas del Prado, coetáneas o
poco posteriores. Se inagura el nuevo siglo con la Familia de Carlos IV y
si parece imposible decir algo que ya no se haya
dicho acerca del despiadado análisis de sus miembros, vale la pena insistir en
la admirable complejidad de la trama lumínica,
verdadera sustancia del grupo. El decenio así iniciado ostenta muchas otros
retratos, algunos de ellos entre los más
memorables de Goya, por su renuncia a cualquier otro elemento que no sea la
captación directa del modelo y el esplendor de la
materia pictorica. Entran en la lista los retratos miniaturas de los parientes
políticos después de la boda de su hijo, de toque
extraordinariamente libre y vital. Pertenecen al mismo decenio algunas
naturalezas muertas que, por la sensibilidad de la
ejecución y por el modo natural que se reviste de sentimientos, constituyen,
entre los de Velázquez y los de Manet, el lazo de
unión de las realizaciones de los impresionistas; y le pertenecen la serie del
Maragato, que señala la transferencia a la pintura
del interés por la tranche de la vida cotidiana en la que la fantasía supera la
realidad, especialmente por el desencadenamiento
de la violencia humana. Esta última es la protagonista de otros grupos de
pinturas hechas inmediatamente después,
generalmente de pequeñas dimensiones. Se trata en parte todavía de la temática
de
los "Caprichos", que también reaparece
en algunas otras obras de tamaño pequeño, las cuales pueden escalonarse entre
1808
y 1820, dedicadas a aspectos populares, y en
grandes lienzos en los que imágenes cotidianas asumen un carácter vagamente
simbólico; pero a menudo se trata ahora de
visiones más atroces que se relacionan con los de los "Desastres de la
guerra",
como las tablitas registradas en el inventario de
1812 y otros que incluso parecen más afines a los "Desastres".
PLENA MADUREZ
Puede creerse que, en un determinado momento, haya
naufragado la fe de Goya en la enseñanza como medio para
transformar a la plebe en un pueblo: los males de
la inteligencia, los "monstruos" individuales de sus amigos
"filosofos", seguían
imponiéndose por doquier. El artista escoge otro
camino, que también pudo haberle sido sugerido por algún ilustrado del
círculo madrileño.
El embajador José Nicolás de Azaro, por ejemplo,
había observado, que entre los sans-culottes de Bonaparte, harapientos y
mal nutridos, las deserciones eran desconocidas:
les integraba el espíritu de independencia y de patriotismo; el mismo por el
que había estallado la revuelta popular de Mayo de
1808 en Madrid, alimentando después de la continuada gerrilla
antinapoleónica prolongada hasta 1814, y que, por
lo tanto, podía constituir el punto de apoyo para llegar a una nación
española. La "Divina libertad" sustituye
a la "Razón". El desconcertante Coloso parece encajar en tal orden de
conceptos, en
el que entran, desde luego, las dos tablas
dedicadas a la resistencia en Aragón y los dos grandes lienzos del Prado, que
precisamante rememoran el 2 y el 3 de mayo de
1808..
En cuanto el rey legítimo Fernando VII se instala
de nuevo en el trono, Goya vuelve a retratarlo, como retrato a miembros
eminentes de su corte, por el placer de trabajar y
necesidad de ganar. En todo caso, no son imágenes de poca monta: la
adaptación de fondos sombríos confiere inédito
vigor a los modelos, fijándolos como presencias impresionantes. También se
intensifican las coetáneas efigies femeninas a
traves de la renuncia al tipo romántico de la maja, en nombre de una
naturalidad
más absorta. El magnifico Autorretrato de 1815
partició en el nuevo "curso" aprovechando además la magia lumínica
que
alcanzan acordes de solemne coralidad en la
Compañía de Filipinas.
ÚLTIMAS SINGLADURAS
Se ha dicho que es uno de los arcos de triunfo
levantados para el regreso de Fernando VII a Madrid estaban colgados los
dos lienzos dedicados por Goya a los sucesos de
mayo de 1808: habría podido representar una garantía para los
"ilustrados".
Pero si lo fué, duró bien poco y muy pronto la
desenfrenada reacción del rey disipó las ilusiones de Goya y de sus amigos.
Hay que creer que la mente del pintor-filósofo
asomaron de nuevo, mas angustiosas que nunca, los monstruos contra los que
había combatido a favor de la Razón y que, para
liberarse de ellos, pintó las alucinas composiciones sobre las paredes de la
Quinta del Sordo. Se las conoce con el título de "pinturas
negras" por el predominio de tonalidades sombrías; pero en realidad
abundan los colores intensos dispuestos con una
urgencia apremiante que acentúa el espectral cúmulo de sátira, sadismo y
angustia exsitencial en dimensiones cósmicas: uno
de los más altos resultados del arte de todos los tiempos. Si la misma
angustia sella pequeños cuadros coetáneos "de
género" y, sublimándose en conmoción mística, la última comunión de San
José
de Calasanz, cima de la obra religiosa del
maestro, los últimos retratos pintados en España alcanzan resultados intimistos
de
excepcional esencialidad.
El 7 de noviembre de 1823 cuando el rey Fernando
VII se establece de nuevo en la capital, después de otro paréntesis
liberal, el pueblo lo acoge con gritos de
"Viva la Inquisición", "Abajo la Constitución" y
"Vivan las cadenas" y, lo que es peor,
"Muera la Nación". Tal vez las antiguas
ilusiones del artista habíanse desvanecido hacía tiempo y es probable que
tomara el
camino del exilio por meros motivos de
conveniencia. También puede ser definitivo el asentamiento de su pintura en la
amplitud tiernísima, a veces lánguida y hasta
temblorosa, de los toques con que construye sus postreros retratos y otras
imágenes, quizá de fantasía, todas de una
vitalidad arrebatadora resultado del peso de la edad sobre el ojo y sobre la
mano.
Pero podrá derivar de una opción y no debe
excluirse que la cultura figurativa de Francia haya contribuido a madurarla;
tonto
más cuanto que las miniaturas realizadas en el
invierno de 1825-26 presentan una violencia formal que parece impuesta por
estímulos incluso más acuciantes y libres de
prejuicios que en las pinturas negras
COMENTARIOS DE OBRAS
EL PELELE
EL CONDE PALATINO (Dibujo)
EL CONDE PALATINO (Prueba antes de la letra)
EL CONDE PALATINO (Edición 1799)
EL CONDE PALATINO
En todos hay charlatanes que sin haber estudiado
palabra lo saben todo y para ello hallan remedio, no hay que fiarse de lo que
anuncian. El verdadero sabio desconfía siempre del
acierto: promete poco y cumple mucho; pero el Conde Palatino, no
cumple nada de lo que promete.
(Manuscrito del Museo del Prado)
Todos los charlatanes y sacamuelas quieren pasar
por Condes y Marqueses extranjeros arruinados para vender bien sus
drogas.
(Manuscrito de la biblioteca Nacional)
Dibujo
Tinta china a pincel.
Prueba antes de la letra
Aguafuerte, aguatinta bruñida, punta seca y
escopolo sobre papel.
Edición 1779
Aguafuerte, aguatinta bruñida, punta seca y
escopolo sobre lámina de cobre.
En éstas imágenes podemos ver como un hombre le
mete los dedos a un señor y mientras otros dos estan aparentemente
vomitando.
Los tres pertenecen a los "Caprichos",
aunque carezcan de color podemos apreciar perfectamente la expresión de sus
rostros.
El dibujo se podría considerar un boceto de los
otros dos, pintados ya con más detalle.
LA LÁMPARA DEL DIABLO
LA LÁMPARA DEL DIABLO
La técnica utilizada es el oleo y el soporte es el
lienzo.
Éste cuadro pertenece a una serie de ocho pinturas
para el gabinete de la duquesa de Osuna en su residencia campestre de la
Alameda: Goya presentó la correspondiente factura
el 27 de junio de 1798 y dos días despues seguía la orden de pago de los
duques. A partir de tales documentos y del vínculo
temático con algunos "Caprichos" parece legítima la referencia de su
ejecución en 1797-98. Los temas adoptados estaban
de moda entonces y entre los amigos del pintor se acupaba
especialmente de ellos Moratín; el hecho mismo de
que algunos hayan sido tomados de obras teatrales de la época prueba su
moda.
En éste caso el tema es procedente de un drama de
Antonio Zamora: El hechizado por la fuerza; el comienzo de un verso de
la escena está transcrito sobre el cartel en
primer término.
Podemos observar como es un cuadro muy oscuro. Predomina
el negro. La luz proviene de la lamparilla que sostiene entre
sus manos el diablo. En la parte trasera del
cuadro vemos unos caballos a dos patas que no aparecen bien definidos.
LA FAMILIA DE CARLOS IV
LA FAMILIA DE CARLOS IV
Se sabe que en marzo y junio del año 1800, Goya
realizó bocetos individuales en la real residencia de Aranjuez; La
correspondiente factura presentada por el maestro
el 23 de julio, se refiere a diez cuadros.
En cuanto al retrato del grupo definitivo de la
familia real, fue pintado entre julio de 1800 y junio de 1801, absorbiendo a
Goya como ninguna otra de sus obras, para hacer
totalmente suyo el esquema inspirado en las Meninas de Velázquez y unifica
la serie de retratos, ligados con indecible
crueldad y que parecerían excluir cualquier inserción en una secuencia
pictórica
global; a la que, en cambio, llega el artista a
través de la vivencia de la luz, origen de las manchas y de los arranques
cronísticos, realzados por una pincelada libre y
sin prejuicios, pero causa de la fusión en un acorde plenamente logrado.
Este cuadro fue pintado al óleo sobre lienzo.
Como en las Meninas, Goya también se representa
apartado del grupo pintado.
Los colores son vivos. Vemos como hace las ropas y
peinados llenos de pequeños detalles que no son otra cosa más que
manchas.
La luz llega de frente dejando la parta de atrás
muy poco iluminada.
LA MAJA VESTIDA
LA MAJA DESNUDA
LA MAJA VESTIDA Y LA MAJA DESNUDA
Éstas dos obras figuran como las obras mejores de
Goya, quizá por cierto misterio que las rodéa.
Fueron pintadas entre 1800 y 1803. Ambas al oleo y
sobre lienzo.
En "La Maja Desnuda" vemos como la dama
muestra su cuerpo sin ningún pudor, dá una sensación de estar posando
libremente. Aunque se dice que la "La Maja
Vestida" posee una mayor sensualidad, ya que aunque bajo finas ropas
muestra
todas las curvas de su cuerpo y debemos resaltar
la sombra que aparece en la zona más femenina de la mujer entre ligeros
pliegues.
La luz en "La Maja desnuda" es escasa y
los colores más bien apagados, mientras que en la que aparece vestida la
apariencia
de luminosidad es mayor y al llevar ropa los
colores aumentan y son más vivos, contratando con un oscuro fondo.
FUSILAMIENTOS DEL 3 DE MAYO
FUSILAMIENTOS DEL 3 DE MAYO
El 24 de febrero de 1814 Goya presentaba al
consejo de Regencia la solicitud para ilustrar episodios sobresalientes de la
insurrección de Madrid contra los franceses de
Napoleón; el 9 de marzo se le encargaba pintar "los más notables y heroicas
acciones o escesos de nuestra gloriosa
insurrección contra el tirano de Europa. Con unos horarios de 1500 reales
mensuales,
más los gastos.
Entre estas heroicas acciones se encuentran los
fusilamientos. La mayoría de ejecuciones de los insurrectos madrileños por
parte de las tropas francesas tuvieron lugar en el
cercado de la casa del Principe Pío.
La luz proviene del farol situado entre los
soldados y los fusilados. Entre tanto personaje el que más destaca es el
próximo
fusilado con camisa blanca y pantalones amarillos.
Podemos apreciar como éstos son los colores que más destacan junto al
rojo de la sangre de los muertos.
Vemos como Goya sabe trasmitirnos con la expresión
de sus rostros el sufrimiento vivido en aquella época.
SATURNO DEVORANDO A SU HIJO
SATURNO DEVORANDO A SU HIJO
Posee una posible inspiración en Rubens. El
esquema referente a la disposición originaria del grupo. Ehexamen, presenta una
permuta entre este cuadro el de "Judit y
Holofemes" en contrate con la sucesión que se deduce de Brugada y de
Yriarte, por